sábado, 27 de octubre de 2018

#SerenosEnLaNoche, Revista Sonámbula

Serenos que no pueden serenarse o las dos dictaduras sobre el cuerpo de Amalia



Por Carla Benisz


Carla Benisz leyó Serenos en la noche, de Ever Roman, ubicándola dentro del sub-género de “novela de fantasmas” o, tratándose de un misterio articulado por charlas de serenos paraguayos, un caso de pora, aparecidos. A través de una escritura límpida, la novela va enhebrando sutilmente su trama para terminar abordando un trauma histórico. 




“La literatura no necesita de países, tan solo de la lengua” – E.R.



Ever Román, que vive actualmente en el clase-medierísimo barrio de Haedo, nació en Mariscal Estigarribia, una zona más estratégica que nacional para el Paraguay, y yiró por distintas ciudades antes de mudarse a Buenos Aires y ser, además de escritor, gestor dentro del circuito literario under porteño (organiza hace años el ciclo Literapunk, en el Salón Pueyrredón).
Es decir que Ever es escritor y ha migrado. Una de las experiencias personales que más tensiona la lengua y que, en consecuencia, resulta determinantes para un escritor es la de la migración. Esto ha merecido algunos de los mejores trabajos de la crítica latinoamericana, como los de Antonio Cornejo Polar. Con tensión de la lengua no me refiero al contacto entre distintas lenguas, o no a esto solamente, sino que en la experiencia de la migración la lengua propia se hace extraña y esto, al contrario de ser un problema, amplía el margen de maniobra de la literatura.
En un libro maravilloso que es Le deuil de l’origine, Régine Robin analiza la experiencia migratoria de escritores de origen judío que tienen leves reminiscencias de las lenguas judías de su infancia. Ella llama a esto el duelo de la lengua materna, lengua que en realidad nunca poseyeron al ser criados en el rigor de la cultura letrada (que es, para los escritores de origen judío previo a la Segunda Guerra, la cultura del padre), pero construyen su lengua literaria sobre esa falta. Esta falta, sigo con Robin, es concientizada y reflotada en el contexto de viaje, de migración, puesto que genera un tercer nivel de experiencia lingüística y un segundo nivel –más consciente– de extrañeza.
Esa extrañeza es un factor muy dinámico para la literatura que es un tipo de discurso asentado en las oscuridades del lenguaje. Por lo general, cuando leemos a Ever y sobre todo Serenos en la noche, su escritura no tiene apariencia de oscuridad. Al contrario, es una escritura muy límpida. Sin embargo, la novela gira en torno a una elipsis y a un misterio. Algo no dicho entre los protagonistas Quispe y Sampedro que pasa desapercibido por el lector en el inicio de la novela y que se va saber –no resolver– más adelante.
El drama de la novela también es un juego del lenguaje: a los serenos –dice Sándor, otro de los personajes– les falta serenarse. Este uso del lenguaje, como puede verse, está relacionado con un uso muy particular del humor. Un humor con apariencia inocente o naif; no es el humor cínico de los conversos (Jorge Asís) o el humor populista que busca lo epifánico en lo popular y cotidiano (Marechal). Este humor “inocente” narra, con un cronotopo histórico bastante desdibujado (volveré a esto), una peripecia terrible: la desaparición forzada y las violaciones a los derechos humanos. Hechos que tienen referencia histórica identificable para el lector que accede a la novela, si bien esa referencia, como dije, no está precisada: se mencionan dos dictaduras que sufre Amalia pero la dictadura, más que un evento concreto de la historia, es como una marca temporal cuya función en la novela es delimitar el trauma en el tiempo de lo pasado. Es importante que sea un pasado y que sea traumático porque el sub-género, si es que tenemos que inscribir a la novela en uno, es el de novela de fantasmas, un “caso” de pora, de –justamente– aparecidos.
Se suele decir que en la literatura argentina (y acá traslado la novela de Ever al terreno de otro “campo de concentración”, como dijo alguna vez Mario Castells, al fin y al cabo ésta es una edición argentina) ya está todo escrito sobre los setenta, incluso que ya no se puede escribir nada más sobre la dictadura y los desaparecidos. Es ante este escenario al que llega Ever, con una historia de aparecidos, narrada en el lenguaje límpido del que construye el relato como si estuviera encastrando una pared de ladrillos, y con un humorismo naif en las voces de tres serenos (dos en realidad, pero en la noche son tres). Mucho de esa inocencia la aporta un “recién llegado” a tal función, que es Sampedro.
Ahora bien, todo esto tiene una explicación racional en la novela, que tiene que ver con la ciudad, porque es una novela muy porteña. De modo que esa extrañeza de la lengua, también puede observarse sobre la mirada que deposita el narrador sobre Buenos Aires, ciudad que nunca se menciona, pero de la que hay descripciones muy detalladas a partir de eventos cotidianos porteños.

La noche es fría y húmeda; muchos transeúntes van de aquí para allá, enguantados y engorrados, como perdidos, pero con aparente indiferencia. Quispe balancea su cuerpo rechoncho al caminar, sonriente, y le da codazos en las flacas costillas a Sampedro cada tres pasos. Llegan a la parada del colectivo y Quispe se dispone a esperar el 92 al final de una larga fila de rostros ausentes.
Sampedro se despide con un apretón de manos y se dirige al tren, con su forma apurada de rematar las cuadras hasta la estación. Va rumiando sus obsesiones de siempre, agota cigarrillos con los ojos entrecerrados, agacha la cabeza al caminar y, poco a poco, los brillos de su rostro se atenúan hasta apagarse, sin chispa final, volviéndolo anónimo.
Llega a la estación repleta. Innumerables pasajeros se derraman en los andenes, cabizbajos y con las manos en los bolsillos, algunos fuman, otros mastican chicles, pero todos se ven desorientados, tristes, aburridos y completamente agotados. 

Dentro de esa artesanía maleable y delicada a la vez –maleable y delicada porque así como sus transformaciones y combinaciones son infinitas, el resultado de ellas es azaroso y falible– que es el lenguaje, lo interesante de cómo escribe Ever es que muestra que la narración es una artesanía específica dentro de los usos del lenguaje. Ante la propagación, en las últimas décadas, del quiebre de las fronteras genéricas, pareciera que el desafío técnico en la escritura iba por la exacerbación de su carácter artificioso, es decir, la mostración en primer plano de que la construcción del género también es consecuencia del artificio. En el caso de Ever esto se da de otra manera. Él va enhebrando en la trama de una forma muy sutil en la que termina contado un trauma histórico y un episodio absurdo pero donde nada es forzado, al contrario el relato es ágil y, por eso en este caso sí gana la narración porque gana el “contar la historia” independientemente de “la historia” (la fábula). Con esto no estoy desmereciendo nada; cuando digo que gana el contar-la-historia me refiero a que gana el artificio pero como usufructo de las técnicas narrativas en las que éste se termina perdiendo.
Esto es un trabajo sostenido por parte de Ever. Algo de esto ya se veía en algunos de sus cuentos, por ejemplo, en los de Falsete. En varios de ellos, observamos que la fábula a veces es muy mínima, pero el lector se deja llevar por una voz narrativa envolvente y, por momentos, correntosa, que después termina en una revelación cotidiana o absurda. Creo que tal vez la diferencia entre esta novela y esos cuentos es que en ellos, por lo general, el disparador temático (la fábula) son historia mínimas, como puede ser una llamada por teléfono o un mail o la vida gris de un empleado público; acá, en cambio, hay una forma más tradicional del relato que se construye en torno a un misterio y, en contraposición a aquella voz correntosa, aquí, como ya dije, la lengua está más depurada. Pero siempre dentro de la misma búsqueda, que es la de madurar el artesanado de la narración de un modo tal que la juntura de los hilos simulen perderse.



Serenos en la noche fue publicado por Editorial Cachorro de Luna en 2018

https://sonambula.com.ar/serenos-que-no-pueden-serenarse-o-las-dos-dictaduras-sobre-el-cuerpo-de-amalia/

miércoles, 24 de octubre de 2018

Serenos en la noche, #Acheli Panza

Escribe Acheli Panza:
El abuelo de mi mamá, lo conocí por el amor que ella le tiene y por todo lo que me contó sobre él. Fue un español, anarquista que acá trabajó como sereno. Eso y porque me gustan mucho las historias que hablan sobre la amistad y el trabajo como posibilidad de sobrevivir, aunque en planos contrapuestos, es que me gustó tanto el libro. Aparte es una historia escrita con imágenes sutiles y poderosas, tiene poesía. Para disfrutar mucho.

Serenos en la noche, Ever Román.
"En qué consiste ser un sereno? Básicamente, la tarea se fundamenta en una actitud polisémica y en un levísimo desplazamiento semántico: ser sereno tiene que ver con la serenidad, con volverse un poco como la humedad de la noche que inunda todo, de manera tangible pero delicada, como una caricia; ser sereno es ser el habitante de la intemperie, todo ojos y movimiento, en vela, encendido y flameante, y la vigilia de un sereno requiere un vigilar tanto intelectual como físico de algo muy concreto y ajeno, exterior a él y perteneciente a otro. En pocas palabras, el sereno dona su cuerpo y su mente por algunas horas, deja de pertenecer pero tampoco pertenece a nadie, es más bien un obstáculo, cumple la función de un impedimento. Ser sereno es ser un impedidor."

martes, 23 de octubre de 2018

poema #Facebook

Contemplo perfiles de facebook
como quien mira desde el más allá
las fotos son radiografias
que muestran huesos amontonados
entre eslóganes y metáforas
cada like es una despedida
que se pierde en la niebla
cada comentario un epitafio.

jueves, 18 de octubre de 2018

poema #Carnicería

fui
te lo cuento en
este poema
fui a la carnicería
por milanesas
una señora
estaba comprando
asado
tiras
pidió que le corten
las costillas en
tiras
las costillas de la vaca
no las de ella
y el carnicero
las puso en la máquina
de tiras
que con
siste en una sierra fina
como hilo dental
como bikini
con dientes
que baja y sube
sobre una plancha de metal
los dientes filosos muerden
la carne el hueso
Atención
el caso es que la señora pidió
tiras
más finas quiero las tiras
y el carni
cortó las costillas en
tiras
cada vez más finas
quiero tiras
tiras
decía la señora
y el carnicero cortaba
en un momento las costillas
eran tan finas como serpentinas
casi sin espesor
se movían al viento de la respiración
del carni
más tiras decía la señora quiero
tiras
tiras muy finas
y el carni seguía cortando y las
tiras
las iba amontonando sobre la plancha de metal
eran como un montón de cabellos
cortados
de peluquería
enredados entre sí
y el carni seguía cortando y respiraba
y las tiras de costilla flameaban
algunas iban por el aire
de la carnicería y salía por la puerta
a la calle
yo abrí la boca
tiras
decía la mujer
más finas
y unos hilos de costilla de vaca se enredaron
en mis dientes
en mi lengua
húmedas
como si alguien se hubiera
puesto a lavar cabellos
cortados de una peluquería
luego me los metiera en la boca
y me llenera la boca de
cabellos sangrientos.

martes, 2 de octubre de 2018

Acerca de "Serenos en la noche

Fernando Catz escribe sobre "Serenos en la noche"

29 de septiembre a las 20:38 ·

Dicen que para saber si estamos leyendo una gran novela, hay que llegar a la página 100. En Serenos en la noche no hace falta. Cuando llegamos a la página 83 la novela se termina. Ahí nos damos cuenta de que es una novela bien corta. Pero juguetona.
La Floresta se transforma en un oscuro escenario de terror tropical, donde tres personajes para pasar en vela la noche tormentosa prestan sus voces para una historia de fantasmas, hasta que terminan demasiado involucrados.
Más que novela, queda la sensación de haber asistido a una obra de teatro. Una sensación escenográfica y corporal. O como dijo hace poco mi amigo Al Bardo Cabro un teatro de obra, de albañiles entre ventanas sin vidrios y polvillo de material.
Incluso, más específicamente, diría que me habría gustado que sea la novela de Bertolt Brecht que nunca leí. Brecht es uno de mis autores preferidos, aunque siempre que lo leo siento que las traducciones son horribles y se perdió gran parte de la gracia del texto, los dobles sentidos, el tono de clase social y sentimental de la voz de cada personaje. Incluso la Novela de Cuatro céntimos de Brecht nunca pude terminarla, porque me pareció un bodriazo, como que no logró adecuarse al género. En cambio, el librito de Ever Roman es como si Brecht hubiera podido hacer novela, por el registro de los personajes y el humor, el logro del distanciamiento y la teatralidad en papel, la carga de densidad en la explotación y el horror.

Serenos en la noche, Ever Román, ed. Cachorro de Luna.



sábado, 29 de septiembre de 2018

"Lose Yourself To Dance"

Hoy, en uno de los talleres que dicto en instituciones psiquiátricas, hablamos sobre el arte y la realidad. ¿Qué hace, o qué puede hacer el arte con la experiencia? Dimos muchas respuestas. Una de estas respuestas, que les quiero compartir, se puede ver en youtube. La base digamos real de la situación, el plano de la experiencia, sería "Soul Train" (1971), de Stevie Wonder. El video fue grabado en directo, en una pista de baile. La canción es maravillosa y el video absolutamente mágico: bailan entregadas a la música mujeres y hombres con movimientos extravagantes, olvidados de sí, como si se donaran. Es una experiencia de intensidad absoluta. En 2013, 42 años después, Daf Punk, o digamos el arte, saca el video de "Lose Yourself To Dance" (una de las más hermosas canciones de todos los tiempos, dicho sea de paso). Utiliza para el videoclip las imágenes de "Soul train": el baile feliz de esa gente bellísima. Pero la música es otra; es también un soul, pero un soul exageradamente cadencioso, como si tuviera la columna vertebral de gelatina, puras vértebras temblorosas. Es un soul contaminado de melancolía y tristeza, pero es también una forma de la felicidad. Y las imágenes recicladas del video de Steve Wonder se tiñen de algo inexplicable: hay un homenaje al soul, es verdad, un homenaje directo a la realidad; pero ya suena y se ve como otra cosa, una puerta abierta y vuelta a cerrar, una pérdida y una despedida. Habla de todo lo que perdemos y que de todas maneras no puede nunca pertenecernos (el dance de los 70, pongamos por caso; el baile despreocupado, etcétera; o nosotros mismos). Y nos pide que nos entreguemos a la música, pero no a la música soul, o al espíritu de los 70; sino a la música de la música; nos pide abandonar y saltar y perder.






Stevie Wonder:


https://www.youtube.com/watch?v=7SUEyf_2fbo




Daft Punk:


https://www.youtube.com/watch?v=TBXv37PFcAQ&feature=youtu.be

viernes, 4 de mayo de 2018

"Remedo de paisaje", de Carla Benisz




UN PÁJARO QUE CAE
Acerca de “Remedo de paisaje” (Rosario, 2017), libro de poemas de Carla Benisz

(por ever roman, para Revista Liberoamerica)


Este primer libro de poemas de Carla Benisz (Argentina, 1985), es, en realidad, el compendio de dos libros: Remedo de paisaje (2008-2013) y La camorra (2015), reunidos en un solo volumen por la editorial rosarina Cachorro de Luna. Ambos comparten la reflexión poética sobre la escritura, aunque el mirar y el decir hayan mutado en cada apartado -decir cambiado es poco, la palabra no alcanza. Los textos del primero hablan a través de otros textos, a los que atraviesa y pervierte: las citas se multiplican, la referencias abundan, se rehacen fragmentos, se reviven personajes, se da voz a los callados. Hacen literatura encima de la literatura, un palimpsesto. En segunda parte se hace literatura con el pájaro de la música herido, que ya no puede volar: con silencio, grito, ruido, algo.



El paisaje
Un paisaje no es una cosa que está ahí y ya, si no una construcción, una elaboración. El paisaje es, primero, de los que sienten, una emoción; luego es asimilación, costumbre; después evocación; pero a veces es solo invención. ¿Qué paisaje? Pues el de la poesía: “Es una parodia triste este remedo de paisaje”, dice uno de los poemas.
Por mi parte quisiera acercarme a este libro por mediación de ciertas imágenes que aparecen en él: hacer una escritura acerca de la Benisz como quien describe un paisaje a partir de ciertos elementos dispersos, pues el conjunto se le pierde; como apuntes de turista.



Lo húmedo y lo seco
Cito uno de los poemas: “Lo húmedo y lo seco / recortan las coordenadas del paisaje / […] mamá humedal – papá estepa: / cobijo y encierro”. Lo femenino y lo masculino en la tradición literaria están aquí: el adentro, el cuerpo, sus excreciones (las lágrimas, la sangre, la sexualidad) por un lado; el afuera, el viento y lo seco por el otro. Sensibilidad e intelecto. Pero el cierre del poema reacciona ante esta dualidad: esta manera de ver de la literatura, de sentir, arrebuja (por ser territorio familiar), pero también es una cárcel.
Los poemas de Benisz brotan, entre angustiados y serenos, en el corte entre estas dos instancias. Son fruto de una herida. Pero no se trata de un tono, o una génesis, sino que los poemas van hacia ahí, buscan ese espacio: “En esa juntura, un rumor -el agua / del que ser potencia”.
Lo seco, la pampa argentina -que es un territorio literario, mito de origen de una tradición que incluye la patria-, es abordado como potencia, justamente, en el primer poema. Le pide a la cautiva (la mujer blanca prisionera de los salvajes, un tópico de referencia adoptado por la literatura argentina) que mate al blanco: “el opresor primero, / el puro”, con el cuchillo ya manchado con la sangre aborigen, para mestizar.



La saliva
El encuentro entre instancias aparece más adelante en otra imagen: “Un vacío de saliva / obliga a llenar palabras con pausas, con ritmos”. La literatura es la voz sin cuerpo, sin órganos. ¿Es una caja de música, un dispositivo aséptico, la literatura? A lo largo del libro estas preguntas resurgen y se las desmenuza un poco más cada vez. Por ejemplo, el mismo poema citado concluye: “La escritura es guardarse de olvidos / y un ruego de otra cosa”. El guardarse de olvidos se adopta como procedimiento en la reescritura -la parodia triste- de géneros como la gauchesca, o la voz criolla, con sus temas, etcétera; pero la poesía de Benisz va también hacia otra cosa,  hacia algo más secular: una disposición del cuerpo, un acto sensorial e intelectual, el acto del poema: como una afirmación, “sí, el olvido del cuerpo”; o como voluntad: “construyó este silencio de a poco, lo mantengo”. El cuerpo es de la poesía y la poesía es del cuerpo: el rostro de Jano. A veces,  silencio, pero otras: “el alarido animalesco, / la saliva sanguinolenta / y la vista alzada con odio”. O bien: “No sosiega, la arritmia, el cuerpo. / La poesía catapultó mis nervios enfermos”.



Las cenizas
La memoria es un personaje anfibio, que es tanto del intelecto como de lo sensible: “Leyendo en la memoria del aire de tus suspiros / y tus medias salivas”. La poesía no reconstruye el pasado, sino que lo saborea (como la magdalena de Proust): “Traje para mí las cenizas / que sobrevolaron / tras la tormenta”. Incluso la ya ausencia de las cosas que fueron reviene palpable: “Hay un ritual de inicio en esa ausencia / el de sentir cada mañana echando -cada noche sola / los movimientos libres de su cuerpo”.



La música
El pájaro de la música sobrevuela el paisaje de la poesía como una interrogante, agónico: “Quiero ser una caja vacía / una percusión primitiva, y soy / un pájaro que cae”. Sin embargo, lo musical participa, mestizo cimarrón, de los poemas de este libro. Hay como un canto quebrado, un movimiento detenido pero que en su detención es aún movimiento (el pájaro está cargado de vuelo, que dice Juarroz), intenso, en cada verso. Silencio, ruido, mudez, grito; humedal, tierra yerma; alma y corazón; violencia y náusea; odio y contemplación; inaprehensible: así es la poesía en Remedo de paisaje.



jueves, 5 de abril de 2018

Estudiantes universitarios, siglo XV

En 1452 la universidad estaba en un gran desorden, y François Villon ingresó en el momento en que los estudiantes eran más rebeldes y tumultuosos. La agitación se prolongaba desde 1444. El rector, con el pretexto de que había sido insultado por negarse a pagar una contribución, hizo cesar las clases desde el 4 de septiembre de 1444 al 4 de marzo de 1445, Domingo de Pasión. Existían precedentes, y la universidad ya había ganado la causa en un episodio de este tipo en 1408. Sin embargo, la justicia laica fue severa; algunos estudiantes fueron llevados a prisión y, a pesar de las protestas de la universidad, el rey Carlos VII hizo que se juzgara el caso en el Parlamento y amenazó con perseguir a los responsables del cese de las lecciones y los sermones. El cardenal Guillaume d’Estouteville fue delegado por el papa Nicolás V para que redactara un acta de reforma (1º de junio de 1452). Pero los estudiantes no aceptaron el nuevo reglamento. Se habían habituado al libertinaje.El procurador del rey, Popaincourt, protestando ante el Parlamento en junio de 1453, dijo

"que desde hace cuatro años a esta parte ha venido a notarse que algunos de la universidad cometían diversos excesos de los que se murmuraba en París, como haber arrancado mojones[2] y haber ido al Hostal del Rey[3] portando armas y no hacía mucho se habían trasladado con escaleras a la Puerta Baudet y habían arrancado de las casas las enseñas sostenidas con ganchos de hierro y se estaban jactando de tener otras enseñas."

(...) Habían puesto una de las piedras sobre la montaña de Sainte-Geneviève, y la otra sobre el monte Saint-Hilaire, un poco más abajo, en el lugar del Colegio de Francia. Allí, entre ceremonias burlescas, habían casado a los dos mojones y consagrado sus privilegios. Todos los que pasaban por allí, y sobre todo los oficiales del rey, estaban obligados a cubrirse ante las piedras y a respetar sus prerrogativas. Los domingos y días de fiesta coronaban los mojones con “sombreros” de romero, y por la noche los estudiantes bailaban a su alrededor “al son de flautas y tambores”. Los estudiantes de la curia se habían unido a los otros en estas diversiones. Por la noche rompían las enseñas con gran tumulto, gritando: “¡Muera! ¡Muera!” para hacer que los burgueses se asomaran a las ventanas. (...) En Vanves habían raptado a una joven a quien mantenían desde entonces en su fortaleza. En Saint-Germain-des-Prés habían robado treinta gallinas y pollos. Los carniceros de la montaña de Sainte-Geneviève se quejaron al prebostazgo: los estudiantes se habían llevado los ganchos de hierro donde colgaban sus pedazos de carne. Finalmente se retiraron sobre la montaña, en el Palacio Saint-Etienne, donde tenían las enseñas, dos palancas cubiertas de sangre, los ganchos de hierro, un pequeño cañón y grandes espadas.
Esta extraña turbulencia duró hasta el mes de mayo de 1453. Los estudiantes “pululaban”, según los testigos, sobre la montaña de Sainte-Geneviéve. Los burgueses se lamentaban y los comerciantes se quejaban.

(...) En la mañana de San Nicolás (el 9 de mayo de 1453), el preboste de París Robert d’Estouteville, el teniente de lo criminal, Jean Bezon, y algunos examinadores de Châtelet, junto con sargentos armados de garrotes, se presentaron en el barrio de las Écoles.
Los estudiantes habían anunciado que habría “cabezas golpeadas” si se les molestaba; pero esa mañana muchos de ellos estaban en la misa de sus “naciones”. Los sargentos forzaron las puertas de tres casas de la calle Saint-Jacques, donde estaban guardadas las enseñas descolgadas, arrancaron los mojones y los metieron en una carreta. Luego desfondaron un tonel de vino en una de las casas y bebieron y comieron de las provisiones de los estudiantes, ya que estaban en servicio extraordinario. Luego de beber, encontraron a la joven raptada en Vanves, que estaba cortando unos puerros, y la metieron también a la carreta, cubierta con la capa de un estudiante. Uno de los sargentos se disfrazó, en son de broma, con la toga de un estudiante y una caperuza, y los otros lo llevaban, para reírse, cogido por los brazos, como representante de los estudiantes de la universidad, golpeándolo por todos lados y gritándole: “¿Dónde están tus compañeros?”.

(...) El rector, a la cabeza de ochocientos estudiantes, formados en columna de a nueve en fondo, vino a reclamarle sus prisioneros al preboste, Robert d’Estouteville, que vivía en la calle de Jouy. El preboste consintió en entregar a los estudiantes, pero desgraciadamente, después de que Robert d’Estouteville envió las órdenes al teniente de lo criminal y a los sargentos con su barbero, hubo insultos entre estudiantes y gente de la patrulla. Se armó una trifulca terrible. Los estudiantes atacaron a pedradas, y los sargentos se defendieron con sus mazas y sus arcos. Un joven estudiante de derecho murió ahí mismo. El arquero Clouet tenía ya apuntado al rector; alguien desvió la flecha. Un pobre cura fue arrojado al arroyo y más de ochenta personas le pasaron por encima; perdió su caperuza y su capelo, y al encontrar a un sargento que estaba vestido con una cotilla violeta, le hizo notar que era cura, pero el sargento le tiró una cuchillada. Corrió entonces hacia la casa de un talabartero, que lo ahuyentó, y huyó luego al ver gente armada con palas y garrotes. Dos chiquillas le ofrecieron asilo pero él no aceptó por pudor. Finalmente logró llegar hasta la casa de un barbero, donde encontró muchos estudiantes metidos dentro de arcones y bajo las camas; él se refugió bajo la mesa, y gritaba que le dieran algo de beber.



Macerl Schwob: "Ensayos y perfiles" (capítulo acerca de François Villon)

martes, 17 de octubre de 2017

"Papeles de encierro", de Cave Ogdon



Escribí sobre Papeles de encierro, la novela de Cave Ogdon publicada en Arandura este año.
El artículo se puede leer acá:


https://liberoamerica.com/2017/10/16/la-melancolia-del-subsuelo/