martes, 16 de julio de 2019

SERENOS EN LA PROVINCIA DE LA LITERATURA FANTÁSTICA - Revista Polvo 2019





Por Bernabé De Vinsenci

La novela de Ever Román, autor paraguayo nacido en Mariscal Estigarribia en 1981, Serenos en la noche (Cachorro de Luna, 2018) nos introduce de sopetón —y sin evadir ni sortear, ante la sorpresa del lector, la destreza con que lo hace— en la escena de la historia: Sampedro quiere ser sereno de la casa en construcción en La Floresta en la que trabaja, a pesar de que otros han desistido, porque necesita plata. Antes de que se impusiera la obra, nos enteramos en boca de otros personajes, había una casa chorizo en la que vivía una anciana que murió de síncope y que fue devorada por sus propios gatos, y mucho antes de que fuera devorada por los gatos, nos enteramos también en boca de otros personajes —la historia se reproduce, a veces más a veces menos, de esta manera—, que la dueña fue docente de portugués, violada por los militares y rechazada por un hijo producto de la violación. La novela permite dos lecturas, o las impone, que el lector puede escoger de manera racional o intuitiva: la tragedia o la tragicomedia. A Román mientras la escribía, por ejemplo, lo hizo reír. Luego suceden episodios paranormales —siempre con una chispa de humor, la formalidad se suspende, aparece episódicamente, quizás como fin secundario— que desconocemos a ciencia cierta si son verdaderos o —lo que nos recuerda a Desplazamientos, de Mario Levrero— transcurren en la cabeza de Sampedro.
¿Cómo nace Serenos en la noche? ¿Cuál fue el puntapié inicial? ¿En cuánto tiempo fue escrito? El autor dice que la escribió en una semana. Golpeó puertas, la olvidó —la nouvelle fue escrita en el año 2012— y los editores de Cachorro de Luna le pidieron algún un texto para publicar, se interesaron y finalmente el año pasado salió a luz. Lo que el lector quisiera saber, como en toda pequeña gran obra, es cómo nace esta nouvelle. Ever dice: “Durante uno de los talleres literarios que dicto improvisé casi todo el cuento, a ver si inspiraba a los asistentes a escribir algo, pero no prosperó. Entonces me dije, lo voy a escribir yo”. Además de dedicarse a la escritura, Ever dicta talleres literarios en instituciones psiquiátricas. “Después, en la escritura, acepté todas las ocurrencias que me vinieron así de buenas a primeras. No tengo mucha ocurrencia en general, así que tampoco tuve que rechazar nada”, agrega el autor. Serenos desdice al autor, no parece un texto escrito por un autor de “pocas ocurrencias”, por el contrario la nouvelle tiene la cualidad de ser muy ocurrente, al punto que despierta sentimientos confusos.
¿Hubo búsqueda poética? “Siempre”, dice el autor. El texto deja constacia. Desde el primer párrafo, vale hacer un paréntesis, el autor deslumbra por su habilidad narrativa cuando al referirse a los albañiles —más próximo a lo poético, a la candidez poética, que a lo narrativo— escribe “se afanan como hormigas en los detalles”; la nouvelle, si bien es narrativa —el habla, o sea lo ordinario, lo más vulgar de la historia, solo aparece en los personajes y en la suerte de monólogo de Ossorio, aunque sostiene el tono—, no pierde el entusiasmo poético, coexiste lo narrativo con lo poético, el autor se desliza por fuera de lo literal, de lo intimista, de la literalidad; el afán poético, cabe decir, no es azaroso; en una entrevista, tiempo atrás, Román afirmaba que no piensa en la poesía sino que la siente —podríamos decir que está enquistada en él— y aseguraba además su devoción por la poesía y que sus lecturas son esencialmente de poetas. También confesaba que ha sido rechazado por numerosas editoriales, lo cual con solo leer Serenos es, sin lugar a dudas, una injustica olímpica, posiblemente un ninguneo, y deja entrever la endogamia porteña y el estandarte monotemático de los textos, al menos en el mundillo editorial, ¿o será acaso que Román —proponiendo universos propios, mucho más logrado que los sobrenaturales de Mariana Enriquez— está por fuera de todo modismo, del relato intimista (o no) clasemediero?
Cachorro de Luna está dirigida por Abel Franzen y Mario Castells. Entre otros han editado a Fidel Maguna, Kike Ferrari y Carla Benisz. La editorial tiene aproximadamente una década de existencia. Es la continuidad del sello editorial La Pulga Renga que editó nueve volúmenes de poesía. A diferencia de esta, Cachorro de Luna amplía sus intereses en otros géneros como el ensayo y la narrativa. Lo que resulta insólito, en exceso, ya que la voz narrativa de Román es madura, tenaz y se propone además realizar ciertos guiños narrativos que lo hacen original, auténtico, genuino.
Por un lado Serenos en la noche, se puede decir, no es una sátira de los procesos militares, pero sí un desajuste, un resquicio de la solemnidad con respecto a todo lo que se ha escrito sobre la postdictadura. Cuando Ossorio, el guardia de la cuadra, narra cómo fue violada Amália —la antigua dueña de la casa— por los militares, los albañiles indignados dicen “tu historia no tiene ninguna gracia, pajero. Es una historia deprimente”. Lo que dice el personaje es la renuncia que, posiblemente, puede llegar a tener un lector que se aveza en estos tipos de textos, además de refrenar el relato pornográfico.
Hay que leer Serenos de la noche en esa clave: como la “desolemnización” de los tiempos aciagos de nuestro país y quizás como la aparición de los desaparecidos, en el que entre tanto desasosiego, con remiendos narrativos, el lector puede sonreírse —no de lo trágico propiamente dicho, sino de la ebullición de la literatura compungida que narra hechos trágicos, repitiendo hasta el hartazgo, en menor o mayor medida, lo que todos mínimamente sabemos— y en el que no hace falta apelar a la primera persona o, como muchos, al relato de infancia; solo basta hacer uso de la polifonía de los personajes, hacerlos hablar, incluso en el monólogo de Ossorio aparecen más voces, voces sobre voces. Sin embargo, subrayar la desolemnización sería rebajar el propósito del autor ya que Serenos se parece más a un delirio, a una alucinación, que a una historia realista histórica, que en verdad es lo que es, delirio y alucinación, o más bien, realismo delirante, o como la han llamado, novela de fantasmas. “Lo que yo quería”, dice el autor, “fue contar una historia de fantasmas y albañiles. Pero sobre todo, contar el género, hablar con él, quizá no tanto parodia sino algo meta. Cuando me puse a escribir todo viró a la parodia”.
Román busca no despanzurranos de risa, aunque por momentos lo logre, sino ponerle un velo al dramatismo —a pesar de que la historia de Amália sea lúgubre y terrorífica—, añadirle apariciones, voces, murmullos, hechos sobrenaturales, y traducirlo en risa o desasosiego, ¿sabe Ever que nosotros, sus lectores, en el transcurso de la lectura carcajeamos ante sus personajes o a menudo nos compadecemos por ellos? “Aunque la historia es muy triste en gran parte la escribí con alegría, pues me movió un gran cariño por los personajes, sobre todo hacia Amália”, dice el autor.
La novela es corta pero en sus escasas páginas (exactamente ochenta y tres) coexisten varias pretensiones, desde la risa hasta la desconsuelo. Ni bien comencé a leerla supuse que la novela tomaría el rumbo de albañiles alcohólicos, asados de por medio, misoginia, piropos y una rutina sumida por un trabajo desgastante entre cal y cemento. Lo que suponía era una novela convencional —vale aclarar e insistir, bien escrita e hipnótica desde el comienzo— pero a medida que la historia avanzaba como por ejemplo cuando Sampedro es poseído por el espíritu de Amália, o el vigilante de la cuadra hace uso de su voz tendidamente, me percaté de que la novela era auténtica, rara. Y más aún sin saber la procedencia de los personajes, lo que le deja espacio a la imaginación; saberla hubiese presupuesto un universo, una historia predeterminada, nadie sin embargo sabe ni sabrá la procedencia ni siquiera el autor, aunque podrían haber sido jujeños, tucumanos, bolivianos o paraguayos, pero como dice Román: “Salieron de la provincia nomás, de la provincia de la literatura fantástica”.

Decías que la novela nació en uno de los talleres que dictás, antes que nada quisiera preguntarte por eso; sé que es difícil trabajar con personas que padecen diferentes patologías y creo (permitime el prejuicio) que muchas veces esas voces al momento de escribir son incoherentes o estrambóticas, ¿cómo son los talleres que dictás? ¿Se logra comunicabilidad en los textos? ¿Qué efectos tiene la escritura en ellos?

Los talleres que doy forman parte de dispositivos de Hospital y Centro de día, así que están enlazados con otros talleres de arte: pintura, manualidades, teatro, música, etcétera. Entonces no están pensados precisamente para formar escritores, sino para canalizar emociones, entretener, orientarse, crear, sublimar y similares. No hay una exigencia de comunicabilidad, sino principalmente lo que se pide o sugiere es una práctica, en mi caso la de la escritura o la elaboración de materiales audiovisuales. Los efectos son varios y privados en cada uno, pocas veces lo comparten conmigo, exceptuando las veces que les causa mucho placer o alto disgusto, o les trae a colación algo de sus vidas y cosas así. Sin embargo es cierto que también me tocó muchas veces trabajar en los talleres con personas que se dedican a alguna actividad creativa, como actorxs, escritorxs y demás, y el trabajo con ellos es distinto y depende siempre de lo que deseen o estén dispuestos a hacer.

Serenos en la noche es una excepción dentro del género, o sea por un lado es un texto sobre la posdictadura, muy fuera de lo convencional, y por otro, un texto meramente fantástico, ¿cómo fue el proceso de escritura, mantener el ambiente, el tono? Aunque digas que lo escribiste en una semana, creo que fuiste elaborándolo. Se percibe. ¿De qué cosas fuiste valiéndote? Calculo que si escribiste la novela en el año 2012 y la publicaste el año pasado, sufrió correcciones e incluso indicaciones por parte de la editorial, ¿o no fue así?

Sí, efectivamente, es cierto que aunque lo escribí en una semana lo fui elaborando. Escribo con asiduidad (o pretendo hacerlo) hace más de 20 años, así que cada frase que escriba en realidad fue elaborándose por más de 20 años. Por lo mismo, decir que un texto sale en una sentada, en realidad esa sentada tiene un par de décadas. Poco después que la terminé, me acuerdo, se la pasé a un par de amigos que me dieron sugerencias muy válidas, pero no las pude aplicar. No supe cómo hacer. Entonces el texto quedó tal cual. En la corrección para la publicación del libro, me indicaron errores, por ejemplo sobre la ropa de albañiles y cosas así (agradezco muchísimo a Mario Castells, Carla Daniela y Dolores Reyes por la lectura atenta), por lo mismo la etapa de corrección ya fue más bien de aceptación de que ciertas partes debían ser retocadas. Pero los retoques fueron mínimos: palabras. Desde que terminé el libro pasaron demasiados años, así que no pude haberla corregido. Seguramente la hubiera querido reescribir. Decidí no correr ese riesgo y la dejé tal cual. Me valí asimismo de muchísimos libros leídos sobre fantasmas y las varias historias que conocía de la dictadura. Sería arduo detallar, pero ni la literatura fantástica ni libros sobre la dictadura me son enteramente desconocidos. Creo además que la política vertebra la mayoría de mis textos, trate sobre lo que trate.

Paraguay es un país desconocido, y su literatura más todavía. ¿Qué autores paraguayos no habría que olvidar? ¿Cómo es actualmente la literatura paraguaya?

Yo tengo la suerte de conocer de literatura paraguaya, gracias a que nací y me formé allí como persona adulta con inclinaciones literarias y demás. Lo que sí cuenta saber es que la Argentina ocupa un papel muy importante en la historia literaria paraguaya, porque gran parte de lxs escritorxs pasaron una temporada aquí y en muchas ocasiones incluso encontraron su vocación aquí. La Argentina fue usualmente un buen lugar desde donde mirar el Paraguay, y lo sigue siendo. Te doy algunos nombres para que los tengas cuenta, por si te cruzás con alguno de sus libros: Humberto Bas, Mónica Bustos, Javier Viveros, Aida Risso, Cristian Kent, Giselle Caputo, Eulo García, Carlos Bazzano, Claudia Pistilli, Cristino Bogado. Cito varios nombres porque son importantes y así tenés más opciones.


¿Cómo es eso de que fuiste rechazado por varias editoriales?

Es un misterio que también me gustaría develar. Creo que no se sabe. A veces debe ser que no es el momento del libro y otras veces quizá es cuestión de gustos. La verdad no sé. Tampoco sabría decir por qué la aceptaron publicar.

¿Cómo es posible mantener el tono poético en una novela, además de mantenerlo, mesurarlo, sin que resulte excesivo?

Creo que la gente que escribe narraciones sabe que el principal personaje de los libros es siempre el narrador, quien cuenta la historia. Entonces, una vez que aparece, ya está a su cargo el mantener y variar el tono cuando convenga.

Por último, ¿qué es Literapunk? ¿Cómo se originó?

Literapunk es un ciclo literario que hacemos desde hace 7 años con Diego Brixton y Martín Méndez. Antes, tuvimos por algunos años un programa de radio y los primeros literapunk salieron de los invitados al programa de radio. Lo hacemos en el Salón Pueyrredón, el segundo miércoles de cada mes. Hay un micrófono, un pequeño escenario, invitamos público y gente de letras y teatro y música, que nos comparten sus cosas. Al final, el micrófono queda disponible para el público, de manera que quien quiera pueda subir a usarlo.



extraído de http://www.polvo.com.ar/2019/06/de-vinsenci-roman/?preview=true&fbclid=IwAR2IYJlVy78h65Uk9gGeyA92sz7WeMxPHD_tVY_vxOj4F2CymPaYuKp4-zQ

Reseña #836- Los cazafantasmas - Revista Solo la tempestad 2019



Por Lorena Gall

Serenos en la noche, la nouvelle de Ever Román que publicó la editorial Cachorro de Luna, nos cuenta la historia de Sampedro, un albañil que empieza a cuidar a contraturno, la obra en la que trabaja durante el día en reemplazo de otros que abandonan el puesto porque, en palabras del capataz, “se cagan” (de miedo). A Sampedro, muy pronto, le tocará experimentar en carne propia los sucesos extraños que han hecho crecer el rumor de que la casa está embrujada.
Esta nouvelle nos cuenta muchas cosas y lo hace cambiando de carril a medida que avanza. En un inicio, nos presenta la dura situación de Sampedro, quien necesita trabajar de día y de noche, la solidaridad de Quispe, un colega que lo ayuda a construir una carpa para guarecerse del frío y el sacrificio de Ossorio, el guardia de la garita cercana, que hace veinte años pasa en vela las largas noches invernales. Este último es el que nos relata el drama de Amalia, la ex dueña de casa, atravesada por la militancia y entrada en la clandestinidad de su marido, la tortura y violación masiva por parte de un grupo de tareas, el descubrimiento atroz de su embarazo luego de aquel episodio, el exilio, el retorno a Argentina y la desaparición forzada de su esposo y su hija.
A través de Amalia vemos la historia trágica del país durante las tres últimas dictaduras militares pero en lugar de ahondar en una mirada realista sobre el pasado, la nouvelle se convierte en un cuento de fantasmas. El encargado de llevarnos por esta dimensión ya no es Ossorio sino Quispe, el único que oye y comprende las voces de los espectros del profesor, de Amalia y de la niña. Ese es un recurso interesante: cada personaje echa luz sobre una parte distinta de la historia y lo hace abriendo el juego de la representación.
Con el narrador externo pasa algo parecido porque nos aporta una reflexión distanciada de lo que leemos. Nos señala, por ejemplo, que la tormenta que se desata en un momento es frecuente en muchos relatos de fantasmas.
Hacia el final, en lugar de hacer crecer el miedo, la historia se abre el camino por el humor. Esta vez es Sampedro el que tiene la información que hace falta para develar el misterio. Luego de un sueño plagado de signos, se vuelve medium de los espíritus de Amalia, su esposo y la hija, y Quispe y Ossorio, dos graciosos cazafantasmas.
Serenos en la noche nos abre entonces interesantes preguntas: ¿podemos abordar el horror  con humor? ¿Cuánto tiempo debemos dejar pasar para permitírnoslo? No es que la nouvelle se prive de mostrarnos el horror pero en cambio, sí nos ofrece una alternativa para exorcizarlo. Quizá porque el humor es el mejor vehículo para comunicar lo incomunicable o quizá porque produce emociones sanadoras es que podemos celebrar este libro y con él, la purificación que ofrece la risa.

Serenos en la noche (2018)
Autor: Ever Román
Editorial: Cachorro de Luna Editorial


extraído de http://www.solotempestad.com/romanxgall/

jueves, 27 de junio de 2019

poema escrito en el colectivo

Algo lleva, arrastra
adormece la lastra
de este cuerpo que acoge
gran acumulacion de pis

ronroneo, balanceo
parpado en cabeceo
y el sueño despliega
su angustiosa flor de pis


27/06/2013

miércoles, 22 de mayo de 2019

#Serenosenlanoche en instagram

entrevista en Mandioca Radioactiva octubre 2018




"En la sexta edición de Mandioca Radioactiva en el tradicional "Terere rape" entrevistamos a Margarita Meira fundadora de Madres contra la trata, en nuestro segmento de arte y cultura "Entonces bailamos" Ever Román nos comenta sobre su último libro - Serenos en la noche -, también en el resumen "Mba'e la oikoa" el compañero Rubén Villalba ex preso político paraguayo nos comparte un saludo; y como de costumbre todo el humor, la buena onda y la mejor música.."

 para escuchar, click aquí: https://youtu.be/mCrfz9GQaCE

minutos 04:08 - 11:08




lunes, 11 de marzo de 2019

El nacimiento de la escritura


Ayer Ramón, participante del taller de literatura del psiquiátrico, me mostró su cuaderno anotador, de cuya existencia ya me había hablado en clases pasadas. En él apunta sus pensamientos y ocurrencias desde hace ya algunos años, mucho antes de ser internado. Mientras hojeo el cuaderno, Ramón me cuenta cómo empezó a escribir. Era empleado de metrovías y asistió a un curso de capacitación, en el que enseñaban sobre electricidad, sistemas de vías, señales de tránsito, tipos de trenes y todo lo posible acerca de las contingencias del trabajo. El profesor les pidió encarecidamente que anoten las clases con el mayor cuidado posible, pues la información iba a resultarles muy útil. Ramón por tanto anotaba todo con suma atención, hasta que se dio cuenta de que entre las palabras del profesor y los gestos que hacía, había una diferencia notable, como si mandara un doble mensaje: su voz apuntaba a lo laboral, pero las manos, que se movían con una codificación extraña, le enviaba mensajes distintos. Estuvo varios días decodificando el mensaje de las manos del profesor hasta que consiguió entender. Le decían que debía cambiar su forma de escribir y en vez de ocuparse de números y dibujos geométricos, empeñarse más en la descripción de los detalles de las clases. Enseguida pasó a pedirle que extienda sus apuntes a la vida entera y tome nota de todo lo que pensaba. En el cuaderno de Ramón se nota ese cambio: las primeras páginas son de números, dibujos de instalaciones, algunos nombres de máquinas; de repente entre estos datos de clase se intercalan comentarios aíslados sobre cuestiones más peregrinas: sobre el color de los trenes, el uniforme de los empleados, el pelo de los compañeros de las clases de capacitación, nombres. Hacia la mitad ya se vuelve completamente literario, aunque la escritura es compleja, pues consta de palabras, borrones (sin que haya nada borroneado) y manchones, líneas y círculos, dibujos de aparatos complejos y difíciles de identificar o asociar con alguna cosa. "El profesor me pedía que aprenda a escribir y anotar todo de mi vida, pues iba a serme útil. Me pedía muchas veces y yo intentaba y no salía. Yo me esfuerzo mucho, pero no sale", me dijo Ramón. Recuerdo una frase de su cuaderno: «Mientras camino por la noche miro las luces alfa». En una misma página aparecen varias cosas, raras veces relacionadas entre sí: pensamientos poéticos, nombres de máquinas, dibujos como de ciencia ficción, etcétera. "Yo me concentro mucho, pero me sale todo destraventriculado", me dijo Ramón. "¿Destraventriluocado?", le pregunté. "Destra-ven-tri-culado?", me repitió Ramón. Le devolví el cuaderno y le pregunté: "¿Sobre qué estás escribiendo ahora?" "Yo escribo sobre lo que me pasa todos los días" -dijo-, "pero lo que yo quiero es escribir sobre el futuro".

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Entrevista a Mario Castells

"Eso de la tensión entre arte y política es un berretin de Walsh que los pibes de Letras, los de izquierda, suelen repetir como un gif y hacer de ello una pose. Hay que dejar de robar con eso por un par de años..."

Entrevista a MARIO CASTELLS


martes, 20 de noviembre de 2018

Entrevista en NUNCA SE SABE

Entrevista en NUNCA SE SABE, radio La Desterrada

Se puede escuchar aquí:

https://soundcloud.com/la-desterrada/entrevista-a-ever-roman-19-11-2018


sábado, 27 de octubre de 2018

#SerenosEnLaNoche, Revista Sonámbula

Serenos que no pueden serenarse o las dos dictaduras sobre el cuerpo de Amalia



Por Carla Benisz


Carla Benisz leyó Serenos en la noche, de Ever Roman, ubicándola dentro del sub-género de “novela de fantasmas” o, tratándose de un misterio articulado por charlas de serenos paraguayos, un caso de pora, aparecidos. A través de una escritura límpida, la novela va enhebrando sutilmente su trama para terminar abordando un trauma histórico. 




“La literatura no necesita de países, tan solo de la lengua” – E.R.



Ever Román, que vive actualmente en el clase-medierísimo barrio de Haedo, nació en Mariscal Estigarribia, una zona más estratégica que nacional para el Paraguay, y yiró por distintas ciudades antes de mudarse a Buenos Aires y ser, además de escritor, gestor dentro del circuito literario under porteño (organiza hace años el ciclo Literapunk, en el Salón Pueyrredón).
Es decir que Ever es escritor y ha migrado. Una de las experiencias personales que más tensiona la lengua y que, en consecuencia, resulta determinantes para un escritor es la de la migración. Esto ha merecido algunos de los mejores trabajos de la crítica latinoamericana, como los de Antonio Cornejo Polar. Con tensión de la lengua no me refiero al contacto entre distintas lenguas, o no a esto solamente, sino que en la experiencia de la migración la lengua propia se hace extraña y esto, al contrario de ser un problema, amplía el margen de maniobra de la literatura.
En un libro maravilloso que es Le deuil de l’origine, Régine Robin analiza la experiencia migratoria de escritores de origen judío que tienen leves reminiscencias de las lenguas judías de su infancia. Ella llama a esto el duelo de la lengua materna, lengua que en realidad nunca poseyeron al ser criados en el rigor de la cultura letrada (que es, para los escritores de origen judío previo a la Segunda Guerra, la cultura del padre), pero construyen su lengua literaria sobre esa falta. Esta falta, sigo con Robin, es concientizada y reflotada en el contexto de viaje, de migración, puesto que genera un tercer nivel de experiencia lingüística y un segundo nivel –más consciente– de extrañeza.
Esa extrañeza es un factor muy dinámico para la literatura que es un tipo de discurso asentado en las oscuridades del lenguaje. Por lo general, cuando leemos a Ever y sobre todo Serenos en la noche, su escritura no tiene apariencia de oscuridad. Al contrario, es una escritura muy límpida. Sin embargo, la novela gira en torno a una elipsis y a un misterio. Algo no dicho entre los protagonistas Quispe y Sampedro que pasa desapercibido por el lector en el inicio de la novela y que se va saber –no resolver– más adelante.
El drama de la novela también es un juego del lenguaje: a los serenos –dice Sándor, otro de los personajes– les falta serenarse. Este uso del lenguaje, como puede verse, está relacionado con un uso muy particular del humor. Un humor con apariencia inocente o naif; no es el humor cínico de los conversos (Jorge Asís) o el humor populista que busca lo epifánico en lo popular y cotidiano (Marechal). Este humor “inocente” narra, con un cronotopo histórico bastante desdibujado (volveré a esto), una peripecia terrible: la desaparición forzada y las violaciones a los derechos humanos. Hechos que tienen referencia histórica identificable para el lector que accede a la novela, si bien esa referencia, como dije, no está precisada: se mencionan dos dictaduras que sufre Amalia pero la dictadura, más que un evento concreto de la historia, es como una marca temporal cuya función en la novela es delimitar el trauma en el tiempo de lo pasado. Es importante que sea un pasado y que sea traumático porque el sub-género, si es que tenemos que inscribir a la novela en uno, es el de novela de fantasmas, un “caso” de pora, de –justamente– aparecidos.
Se suele decir que en la literatura argentina (y acá traslado la novela de Ever al terreno de otro “campo de concentración”, como dijo alguna vez Mario Castells, al fin y al cabo ésta es una edición argentina) ya está todo escrito sobre los setenta, incluso que ya no se puede escribir nada más sobre la dictadura y los desaparecidos. Es ante este escenario al que llega Ever, con una historia de aparecidos, narrada en el lenguaje límpido del que construye el relato como si estuviera encastrando una pared de ladrillos, y con un humorismo naif en las voces de tres serenos (dos en realidad, pero en la noche son tres). Mucho de esa inocencia la aporta un “recién llegado” a tal función, que es Sampedro.
Ahora bien, todo esto tiene una explicación racional en la novela, que tiene que ver con la ciudad, porque es una novela muy porteña. De modo que esa extrañeza de la lengua, también puede observarse sobre la mirada que deposita el narrador sobre Buenos Aires, ciudad que nunca se menciona, pero de la que hay descripciones muy detalladas a partir de eventos cotidianos porteños.

La noche es fría y húmeda; muchos transeúntes van de aquí para allá, enguantados y engorrados, como perdidos, pero con aparente indiferencia. Quispe balancea su cuerpo rechoncho al caminar, sonriente, y le da codazos en las flacas costillas a Sampedro cada tres pasos. Llegan a la parada del colectivo y Quispe se dispone a esperar el 92 al final de una larga fila de rostros ausentes.
Sampedro se despide con un apretón de manos y se dirige al tren, con su forma apurada de rematar las cuadras hasta la estación. Va rumiando sus obsesiones de siempre, agota cigarrillos con los ojos entrecerrados, agacha la cabeza al caminar y, poco a poco, los brillos de su rostro se atenúan hasta apagarse, sin chispa final, volviéndolo anónimo.
Llega a la estación repleta. Innumerables pasajeros se derraman en los andenes, cabizbajos y con las manos en los bolsillos, algunos fuman, otros mastican chicles, pero todos se ven desorientados, tristes, aburridos y completamente agotados. 

Dentro de esa artesanía maleable y delicada a la vez –maleable y delicada porque así como sus transformaciones y combinaciones son infinitas, el resultado de ellas es azaroso y falible– que es el lenguaje, lo interesante de cómo escribe Ever es que muestra que la narración es una artesanía específica dentro de los usos del lenguaje. Ante la propagación, en las últimas décadas, del quiebre de las fronteras genéricas, pareciera que el desafío técnico en la escritura iba por la exacerbación de su carácter artificioso, es decir, la mostración en primer plano de que la construcción del género también es consecuencia del artificio. En el caso de Ever esto se da de otra manera. Él va enhebrando en la trama de una forma muy sutil en la que termina contado un trauma histórico y un episodio absurdo pero donde nada es forzado, al contrario el relato es ágil y, por eso en este caso sí gana la narración porque gana el “contar la historia” independientemente de “la historia” (la fábula). Con esto no estoy desmereciendo nada; cuando digo que gana el contar-la-historia me refiero a que gana el artificio pero como usufructo de las técnicas narrativas en las que éste se termina perdiendo.
Esto es un trabajo sostenido por parte de Ever. Algo de esto ya se veía en algunos de sus cuentos, por ejemplo, en los de Falsete. En varios de ellos, observamos que la fábula a veces es muy mínima, pero el lector se deja llevar por una voz narrativa envolvente y, por momentos, correntosa, que después termina en una revelación cotidiana o absurda. Creo que tal vez la diferencia entre esta novela y esos cuentos es que en ellos, por lo general, el disparador temático (la fábula) son historia mínimas, como puede ser una llamada por teléfono o un mail o la vida gris de un empleado público; acá, en cambio, hay una forma más tradicional del relato que se construye en torno a un misterio y, en contraposición a aquella voz correntosa, aquí, como ya dije, la lengua está más depurada. Pero siempre dentro de la misma búsqueda, que es la de madurar el artesanado de la narración de un modo tal que la juntura de los hilos simulen perderse.



Serenos en la noche fue publicado por Editorial Cachorro de Luna en 2018

https://sonambula.com.ar/serenos-que-no-pueden-serenarse-o-las-dos-dictaduras-sobre-el-cuerpo-de-amalia/