sábado, 1 de febrero de 2020

Serenos en la noche: el pasado nos asedia (por Juan Mattio)




// Por Juan Mattio

Desde hace unas semanas, cada mañana, antes de tomar el subte en la estación Pasteur de la línea B, miro el cartel que promociona la película de terror “Annabelle 3” que nos promete “todo será poseído”. Como no vi las otras películas de la saga, no puedo decir de qué se trata esta tercera parte. Excepto lo que podríamos inferir por las reseñas rápidas: un matrimonio de demonólogos (?) guardan una muñeca poseída en una vitrina bendecida (!?). Lo hacen como medida de seguridad pero el poder de la muñeca -o del espíritu que la posee- es tan grande que logra despertar una “noche terrorífica” y atraer otros espíritus malignos sobre la pequeña hija de la pareja. Lo siguiente es más o menos previsible.
Pero, cada mañana, antes de tomar el subte, cuando leo “todo será poseído” no puedo evitar pensar en la nouvelle que Ever Román publicó bajo el título “Serenos en la noche” (Ed. Cachorro de luna, 2018). Si tuviéramos que pensar un cartel para promocionar esta historia creo que podríamos servirnos del slogan de Annabelle pero a condición de cambiar el tiempo verbal, en la novela de Ever todo está poseído.
La apuesta es construir un relato de fantasmas típico: un albañil -Sampedro- se propone como casero de la construcción en la que trabaja. Un compañero -Quispe- le advierte que todos los anteriores renunciaron por miedo: la casa está llena de eventos inexplicables. El guardia de la garita de la esquina -Ossorio- trae una explicación (que es, por supuesto, una historia fijada en el pasado): esa casa fue habitada por una familia marcada por las violencias políticas de las dictaduras argentinas. Todxs atravesadxs por la brutalidad y el dolor y, también, el secreto o el silencio. Las presencias de esos cuerpos rotos, violados, desaparecidos perviven en la casa que se transforma en una ciudad fronteriza entre vivxs y muertxs.
Antes de entrar a un movimiento interpretativo me interesa apuntar otros dos rasgos de construcción de la novela. Por un lado, la sexualidad macabra que propone Ever Román y hace pensar en la tradición de Copi, de Perlongher, de los hermanos Lamborghini. Es una sexualidad exasperada y alucinada que evita el registro hiperrealista (y atrofiado y por eso mismo no-realista) de la pornografía, como un movimiento de defensa contra una de las lógicas que enuncia el propio Quispe cuando afirma que en este país  “Nos muestran una escena de horror y vemos una porno.” Frente a la naturalización de la violencia (política), entonces, la hipérbole macabra, el absurdo y también la risa.
El segundo rasgo tiene que ver con la autoconciencia de la novela sobre el género en el que está trabajando. A diferencia de Annabelle, “Serenos en la noche” sabe -y no lo oculta- qué tipo de expectativas genéricas está manejando: “Antes, el terror se desenvolvía en noches serenas y límpidas, a lo sumo con espesa llovizna. El típico decorado de truenos y relámpagos solo se podía ver en el cine. Evidentemente, algo se desancló o averió, provocando un ligero desplazamiento del eje terrestre, modificando así el carácter del cielo de La Floresta. Sin embargo, esto no quiere decir que no haya habido historias de fantasmas, espantos, encuentros fronterizos entre la vida y la muerte. Lo que interesa saber aquí es que el ambiente, el escenario, se ha vuelto cada vez más propicio -adecuado según los cánones estéticos predominantes- para vivir situaciones de miedo: tormentas cada vez más eléctricas, lluvias cada vez más oscuras, etcétera”.
Este narrador, capaz de poner en pausa los acontecimientos para reflexionar sobre la historia del género y sus regularidades, es un síntoma o, en términos de Fredric Jameson, no es cuestión de gusto individual del autor sino “el resultado de restricciones objetivas en la situación de la producción cultural actual” (Jameson, 1981).
Una vez que el relato de terror, y en particular el relato de fantasmas, alcanzó un alto grado de estandarización que permite a lxs lectorxs/espectadorxs saber casi todo de la trama antes incluso de abrir el libro o sentarse en la butaca del cine, sólo lo que Jameson llama “pastiche de géneros” puede introducir variables. A la muerte del género se le responde con “La producción metagenérica, ya sea conscientemente o no, como solución al dilema”.
Serenos en la noche es otro modo de inscribirse en la “cultura de la nostalgia” a través de un pastiche que trabaja sobre el error o la confusión en las categorías genéricas. Lo importante es qué tipo de variaciones ofrece sobre el relato de fantasmas tradicional.

Fantasmas en el espacio

Para trabajar sobre esta zona me gustaría prestar atención a una serie de reflexiones que podríamos intentar hibridar en este artículo. Por un lado, Walter Benjamin escribe en “Paris, capital del siglo XIX: “Nuestra investigación se propone mostrar como a consecuencia de esta representación cosista de la civilización, las nuevas formas de vidas y las nuevas creaciones de base económica y técnica, que le debemos al siglo pasado, entran en el universo de una fantasmagoría. Esas creaciones sufren de esta iluminación no sólo de manera teórica, mediante una transposición ideológica, sino que en la inmediatez de la presencia sensible. Se manifiestan como fantasmagorías. (…) Estas fantasmagorías del mercado, donde los hombres no aparecen sino bajos aspectos típicos, se corresponden con las del interior, que se encuentran constituidas por la imperiosa propensión del hombre a dejar en las habitaciones que habita la impronta de su existencia individual privada”.
Tenemos, entonces, en primer lugar, una mecánica social que bajo el régimen capitalista aparece de forma espectral. Es el propio Marx el que afirma que bajo el fetichismo de la mercancía “las relaciones sociales están cosificadas, y las cosas adquieren un movimiento que se independiza del control de los productores (…) Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquéllos”.
Pero en un segundo movimiento, Benjamin trabaja sobre la hipótesis de que esa dinámica se adhiere o se articula a la “propensión del hombre a dejar en las habitaciones que habita la impronta de su existencia individual privada”. De modo que nos tocaría pensar por qué y de qué manera lo fantasmal suele presentarse encadenado a un espacio -la casa embrujada, el castillo encantado, etc.-.
Un camino posible podría ser pensar, desde la tradición gótica, en la supervivencia de un pasado no burgués en los territorios de la vieja aristocracia en decadencia. ¿Cuánto de esto hay en las mansiones sureñas que cuenta Poe en el siglo XIX y vuelve a contar Faulkner en el siglo XX? ¿Cuánto de la persistencia de lxs derrotadxs en la guerra de secesión? ¿Cuánto de ese pasado espectral interfiriendo en las existencias de sus herederxs? El relato de fantasmas aparece como la forma desfigurada de esa insistencia.
Otro camino sería pensar escenarios contemporáneos que puedan dar lugar a temporalidades entrecruzadas. La superposición del presente -donde los albañiles construyen la nueva casa- con el pasado -donde la familia de Amalia fue arrasada por la dictadura-, genera la interferencia de escenas históricas. Son el ruido blanco que interrumpe la emisión de un programa en la televisión. Para encontrar un paralelo contemporáneo, podemos pensar en la dinámica que opera sobre Siria, donde los videos en 3D de los planos de reconstrucción se exhiben sobre áreas todavía bajo toque de queda “En él, fantasmas renderizados patrullan una suerte de prolijo paisaje de videojuegos, constituido a partir de un estilo tradicional que omite los signos de las diferentes culturas y religiones que poblaron la ciudad desde la Antigüedad. Las imágenes de la destrucción fueron reemplazadas por renders digitales de felices patios de juegos y senderos haussmanizados gracias a un barrido desprolijo.” (Hito Steyerl, 2017).

Fantasmas en el tiempo

Pero si es cierto que el fantasma es un evento adherido a un espacio, no es menos cierto que tiene su origen en un evento temporal. En realidad, en términos de Freud, podemos decir que se trata de un duelo mal resuelto donde el objeto de la aflicción se niega a retirarse o el sujeto afligido se niega a dejar ir. El fantasma es la repetición incesante del pasado y por eso adopta la forma temporal del GIF que no puede más que recomenzar.
¿Cómo se conjura un fantasma? En Hamlet, Horacio quiero obligarlo a hablar, a explicarse, a racionalizarse a través de la palabra. Horacio es un intelectual – un scholar- y por eso mismo no cree en fantasmas y no está preparado para enfrentar este “malestar de la percepción” como lo llama Derridá en Espectros de Marx.
“Una tarde -escribe Ever Román-, cuando colocó el último ladrillo en el marco de la ventana, escuchó claramente lo que decían las voces. Era una frase larga, sin pausas, que Quispe no recuerda con exactitud, solo recuerda que se refería a carreras, a fracasos y al tiempo. Quispe no se asustó de lo que escuchó, sino que sintió que le habían dado un mensaje importantísimo, como si hubiera encontrado una carta estancada en las ondas electromagnéticas de la casa”.
Quispe, a diferencia de Horacio, puede relacionarse con los espectros porque, antes que nada, cree en ellos, es decir, es capaz de enfrentar el tiempo disyunto de la fantasmagoría y advertir su condición de presencia no presente. Y por eso logra que la sombra de Amalia cese: “Voy a desprenderme de mi misma, dice Sampedro con voz de Amalia, voy a ir al lugar donde estoy yendo sin parar hace años, a lo profundo del olvido extraoficial, a la serenidad de la bocanada de humo sin cigarrillo, al pliegue del sobre sin la carta, al grafito del lápiz sin papel…”
El fantasma es conjurado en la medida que se aprende a hablar con él. O, tal vez se más preciso decir, a hablar de él. Jameson piensa que el significado social del relato de fantasmas se articula con el control del pasado sobre la propia casa, una posesión sobre la historia de esa construcción que se dramatiza en este género. Se trata de un “producto compensatorio, una reacción-formación activada por la resistencia de una evolución social más general de una sociedad sin memoria histórica”. Hay fantasma en la medida que hay silencio y hay olvido.
El pasado, cuando se articula como relato, deja su lugar entre lo reprimido y se vuelve legible. La historia de Amalia y su familia necesita ser articulada, puesta en la nueva casa, para abandonarla. Es aquí donde se presenta el verdadero papel del espacio -la casa- que no es por sí mismo más que territorio donde se devela un conflicto temporal: la relación entre las generaciones con sus muertxs y la contemplación de un pasado que persiste. Y en esta misión, los albañiles de Ever Román han ganado una batalla.



nota de Proyecto SYNCO
se puede leer el texto original ---acá---

martes, 16 de julio de 2019

SERENOS EN LA PROVINCIA DE LA LITERATURA FANTÁSTICA - Revista Polvo 2019





Por Bernabé De Vinsenci

La novela de Ever Román, autor paraguayo nacido en Mariscal Estigarribia en 1981, Serenos en la noche (Cachorro de Luna, 2018) nos introduce de sopetón —y sin evadir ni sortear, ante la sorpresa del lector, la destreza con que lo hace— en la escena de la historia: Sampedro quiere ser sereno de la casa en construcción en La Floresta en la que trabaja, a pesar de que otros han desistido, porque necesita plata. Antes de que se impusiera la obra, nos enteramos en boca de otros personajes, había una casa chorizo en la que vivía una anciana que murió de síncope y que fue devorada por sus propios gatos, y mucho antes de que fuera devorada por los gatos, nos enteramos también en boca de otros personajes —la historia se reproduce, a veces más a veces menos, de esta manera—, que la dueña fue docente de portugués, violada por los militares y rechazada por un hijo producto de la violación. La novela permite dos lecturas, o las impone, que el lector puede escoger de manera racional o intuitiva: la tragedia o la tragicomedia. A Román mientras la escribía, por ejemplo, lo hizo reír. Luego suceden episodios paranormales —siempre con una chispa de humor, la formalidad se suspende, aparece episódicamente, quizás como fin secundario— que desconocemos a ciencia cierta si son verdaderos o —lo que nos recuerda a Desplazamientos, de Mario Levrero— transcurren en la cabeza de Sampedro.
¿Cómo nace Serenos en la noche? ¿Cuál fue el puntapié inicial? ¿En cuánto tiempo fue escrito? El autor dice que la escribió en una semana. Golpeó puertas, la olvidó —la nouvelle fue escrita en el año 2012— y los editores de Cachorro de Luna le pidieron algún un texto para publicar, se interesaron y finalmente el año pasado salió a luz. Lo que el lector quisiera saber, como en toda pequeña gran obra, es cómo nace esta nouvelle. Ever dice: “Durante uno de los talleres literarios que dicto improvisé casi todo el cuento, a ver si inspiraba a los asistentes a escribir algo, pero no prosperó. Entonces me dije, lo voy a escribir yo”. Además de dedicarse a la escritura, Ever dicta talleres literarios en instituciones psiquiátricas. “Después, en la escritura, acepté todas las ocurrencias que me vinieron así de buenas a primeras. No tengo mucha ocurrencia en general, así que tampoco tuve que rechazar nada”, agrega el autor. Serenos desdice al autor, no parece un texto escrito por un autor de “pocas ocurrencias”, por el contrario la nouvelle tiene la cualidad de ser muy ocurrente, al punto que despierta sentimientos confusos.
¿Hubo búsqueda poética? “Siempre”, dice el autor. El texto deja constacia. Desde el primer párrafo, vale hacer un paréntesis, el autor deslumbra por su habilidad narrativa cuando al referirse a los albañiles —más próximo a lo poético, a la candidez poética, que a lo narrativo— escribe “se afanan como hormigas en los detalles”; la nouvelle, si bien es narrativa —el habla, o sea lo ordinario, lo más vulgar de la historia, solo aparece en los personajes y en la suerte de monólogo de Ossorio, aunque sostiene el tono—, no pierde el entusiasmo poético, coexiste lo narrativo con lo poético, el autor se desliza por fuera de lo literal, de lo intimista, de la literalidad; el afán poético, cabe decir, no es azaroso; en una entrevista, tiempo atrás, Román afirmaba que no piensa en la poesía sino que la siente —podríamos decir que está enquistada en él— y aseguraba además su devoción por la poesía y que sus lecturas son esencialmente de poetas. También confesaba que ha sido rechazado por numerosas editoriales, lo cual con solo leer Serenos es, sin lugar a dudas, una injustica olímpica, posiblemente un ninguneo, y deja entrever la endogamia porteña y el estandarte monotemático de los textos, al menos en el mundillo editorial, ¿o será acaso que Román —proponiendo universos propios, mucho más logrado que los sobrenaturales de Mariana Enriquez— está por fuera de todo modismo, del relato intimista (o no) clasemediero?
Cachorro de Luna está dirigida por Abel Franzen y Mario Castells. Entre otros han editado a Fidel Maguna, Kike Ferrari y Carla Benisz. La editorial tiene aproximadamente una década de existencia. Es la continuidad del sello editorial La Pulga Renga que editó nueve volúmenes de poesía. A diferencia de esta, Cachorro de Luna amplía sus intereses en otros géneros como el ensayo y la narrativa. Lo que resulta insólito, en exceso, ya que la voz narrativa de Román es madura, tenaz y se propone además realizar ciertos guiños narrativos que lo hacen original, auténtico, genuino.
Por un lado Serenos en la noche, se puede decir, no es una sátira de los procesos militares, pero sí un desajuste, un resquicio de la solemnidad con respecto a todo lo que se ha escrito sobre la postdictadura. Cuando Ossorio, el guardia de la cuadra, narra cómo fue violada Amália —la antigua dueña de la casa— por los militares, los albañiles indignados dicen “tu historia no tiene ninguna gracia, pajero. Es una historia deprimente”. Lo que dice el personaje es la renuncia que, posiblemente, puede llegar a tener un lector que se aveza en estos tipos de textos, además de refrenar el relato pornográfico.
Hay que leer Serenos de la noche en esa clave: como la “desolemnización” de los tiempos aciagos de nuestro país y quizás como la aparición de los desaparecidos, en el que entre tanto desasosiego, con remiendos narrativos, el lector puede sonreírse —no de lo trágico propiamente dicho, sino de la ebullición de la literatura compungida que narra hechos trágicos, repitiendo hasta el hartazgo, en menor o mayor medida, lo que todos mínimamente sabemos— y en el que no hace falta apelar a la primera persona o, como muchos, al relato de infancia; solo basta hacer uso de la polifonía de los personajes, hacerlos hablar, incluso en el monólogo de Ossorio aparecen más voces, voces sobre voces. Sin embargo, subrayar la desolemnización sería rebajar el propósito del autor ya que Serenos se parece más a un delirio, a una alucinación, que a una historia realista histórica, que en verdad es lo que es, delirio y alucinación, o más bien, realismo delirante, o como la han llamado, novela de fantasmas. “Lo que yo quería”, dice el autor, “fue contar una historia de fantasmas y albañiles. Pero sobre todo, contar el género, hablar con él, quizá no tanto parodia sino algo meta. Cuando me puse a escribir todo viró a la parodia”.
Román busca no despanzurranos de risa, aunque por momentos lo logre, sino ponerle un velo al dramatismo —a pesar de que la historia de Amália sea lúgubre y terrorífica—, añadirle apariciones, voces, murmullos, hechos sobrenaturales, y traducirlo en risa o desasosiego, ¿sabe Ever que nosotros, sus lectores, en el transcurso de la lectura carcajeamos ante sus personajes o a menudo nos compadecemos por ellos? “Aunque la historia es muy triste en gran parte la escribí con alegría, pues me movió un gran cariño por los personajes, sobre todo hacia Amália”, dice el autor.
La novela es corta pero en sus escasas páginas (exactamente ochenta y tres) coexisten varias pretensiones, desde la risa hasta la desconsuelo. Ni bien comencé a leerla supuse que la novela tomaría el rumbo de albañiles alcohólicos, asados de por medio, misoginia, piropos y una rutina sumida por un trabajo desgastante entre cal y cemento. Lo que suponía era una novela convencional —vale aclarar e insistir, bien escrita e hipnótica desde el comienzo— pero a medida que la historia avanzaba como por ejemplo cuando Sampedro es poseído por el espíritu de Amália, o el vigilante de la cuadra hace uso de su voz tendidamente, me percaté de que la novela era auténtica, rara. Y más aún sin saber la procedencia de los personajes, lo que le deja espacio a la imaginación; saberla hubiese presupuesto un universo, una historia predeterminada, nadie sin embargo sabe ni sabrá la procedencia ni siquiera el autor, aunque podrían haber sido jujeños, tucumanos, bolivianos o paraguayos, pero como dice Román: “Salieron de la provincia nomás, de la provincia de la literatura fantástica”.

Decías que la novela nació en uno de los talleres que dictás, antes que nada quisiera preguntarte por eso; sé que es difícil trabajar con personas que padecen diferentes patologías y creo (permitime el prejuicio) que muchas veces esas voces al momento de escribir son incoherentes o estrambóticas, ¿cómo son los talleres que dictás? ¿Se logra comunicabilidad en los textos? ¿Qué efectos tiene la escritura en ellos?

Los talleres que doy forman parte de dispositivos de Hospital y Centro de día, así que están enlazados con otros talleres de arte: pintura, manualidades, teatro, música, etcétera. Entonces no están pensados precisamente para formar escritores, sino para canalizar emociones, entretener, orientarse, crear, sublimar y similares. No hay una exigencia de comunicabilidad, sino principalmente lo que se pide o sugiere es una práctica, en mi caso la de la escritura o la elaboración de materiales audiovisuales. Los efectos son varios y privados en cada uno, pocas veces lo comparten conmigo, exceptuando las veces que les causa mucho placer o alto disgusto, o les trae a colación algo de sus vidas y cosas así. Sin embargo es cierto que también me tocó muchas veces trabajar en los talleres con personas que se dedican a alguna actividad creativa, como actorxs, escritorxs y demás, y el trabajo con ellos es distinto y depende siempre de lo que deseen o estén dispuestos a hacer.

Serenos en la noche es una excepción dentro del género, o sea por un lado es un texto sobre la posdictadura, muy fuera de lo convencional, y por otro, un texto meramente fantástico, ¿cómo fue el proceso de escritura, mantener el ambiente, el tono? Aunque digas que lo escribiste en una semana, creo que fuiste elaborándolo. Se percibe. ¿De qué cosas fuiste valiéndote? Calculo que si escribiste la novela en el año 2012 y la publicaste el año pasado, sufrió correcciones e incluso indicaciones por parte de la editorial, ¿o no fue así?

Sí, efectivamente, es cierto que aunque lo escribí en una semana lo fui elaborando. Escribo con asiduidad (o pretendo hacerlo) hace más de 20 años, así que cada frase que escriba en realidad fue elaborándose por más de 20 años. Por lo mismo, decir que un texto sale en una sentada, en realidad esa sentada tiene un par de décadas. Poco después que la terminé, me acuerdo, se la pasé a un par de amigos que me dieron sugerencias muy válidas, pero no las pude aplicar. No supe cómo hacer. Entonces el texto quedó tal cual. En la corrección para la publicación del libro, me indicaron errores, por ejemplo sobre la ropa de albañiles y cosas así (agradezco muchísimo a Mario Castells, Carla Daniela y Dolores Reyes por la lectura atenta), por lo mismo la etapa de corrección ya fue más bien de aceptación de que ciertas partes debían ser retocadas. Pero los retoques fueron mínimos: palabras. Desde que terminé el libro pasaron demasiados años, así que no pude haberla corregido. Seguramente la hubiera querido reescribir. Decidí no correr ese riesgo y la dejé tal cual. Me valí asimismo de muchísimos libros leídos sobre fantasmas y las varias historias que conocía de la dictadura. Sería arduo detallar, pero ni la literatura fantástica ni libros sobre la dictadura me son enteramente desconocidos. Creo además que la política vertebra la mayoría de mis textos, trate sobre lo que trate.

Paraguay es un país desconocido, y su literatura más todavía. ¿Qué autores paraguayos no habría que olvidar? ¿Cómo es actualmente la literatura paraguaya?

Yo tengo la suerte de conocer de literatura paraguaya, gracias a que nací y me formé allí como persona adulta con inclinaciones literarias y demás. Lo que sí cuenta saber es que la Argentina ocupa un papel muy importante en la historia literaria paraguaya, porque gran parte de lxs escritorxs pasaron una temporada aquí y en muchas ocasiones incluso encontraron su vocación aquí. La Argentina fue usualmente un buen lugar desde donde mirar el Paraguay, y lo sigue siendo. Te doy algunos nombres para que los tengas cuenta, por si te cruzás con alguno de sus libros: Humberto Bas, Mónica Bustos, Javier Viveros, Aida Risso, Cristian Kent, Giselle Caputo, Eulo García, Carlos Bazzano, Claudia Pistilli, Cristino Bogado. Cito varios nombres porque son importantes y así tenés más opciones.


¿Cómo es eso de que fuiste rechazado por varias editoriales?

Es un misterio que también me gustaría develar. Creo que no se sabe. A veces debe ser que no es el momento del libro y otras veces quizá es cuestión de gustos. La verdad no sé. Tampoco sabría decir por qué la aceptaron publicar.

¿Cómo es posible mantener el tono poético en una novela, además de mantenerlo, mesurarlo, sin que resulte excesivo?

Creo que la gente que escribe narraciones sabe que el principal personaje de los libros es siempre el narrador, quien cuenta la historia. Entonces, una vez que aparece, ya está a su cargo el mantener y variar el tono cuando convenga.

Por último, ¿qué es Literapunk? ¿Cómo se originó?

Literapunk es un ciclo literario que hacemos desde hace 7 años con Diego Brixton y Martín Méndez. Antes, tuvimos por algunos años un programa de radio y los primeros literapunk salieron de los invitados al programa de radio. Lo hacemos en el Salón Pueyrredón, el segundo miércoles de cada mes. Hay un micrófono, un pequeño escenario, invitamos público y gente de letras y teatro y música, que nos comparten sus cosas. Al final, el micrófono queda disponible para el público, de manera que quien quiera pueda subir a usarlo.



extraído de http://www.polvo.com.ar/2019/06/de-vinsenci-roman/?preview=true&fbclid=IwAR2IYJlVy78h65Uk9gGeyA92sz7WeMxPHD_tVY_vxOj4F2CymPaYuKp4-zQ

Reseña #836- Los cazafantasmas - Revista Solo la tempestad 2019



Por Lorena Gall

Serenos en la noche, la nouvelle de Ever Román que publicó la editorial Cachorro de Luna, nos cuenta la historia de Sampedro, un albañil que empieza a cuidar a contraturno, la obra en la que trabaja durante el día en reemplazo de otros que abandonan el puesto porque, en palabras del capataz, “se cagan” (de miedo). A Sampedro, muy pronto, le tocará experimentar en carne propia los sucesos extraños que han hecho crecer el rumor de que la casa está embrujada.
Esta nouvelle nos cuenta muchas cosas y lo hace cambiando de carril a medida que avanza. En un inicio, nos presenta la dura situación de Sampedro, quien necesita trabajar de día y de noche, la solidaridad de Quispe, un colega que lo ayuda a construir una carpa para guarecerse del frío y el sacrificio de Ossorio, el guardia de la garita cercana, que hace veinte años pasa en vela las largas noches invernales. Este último es el que nos relata el drama de Amalia, la ex dueña de casa, atravesada por la militancia y entrada en la clandestinidad de su marido, la tortura y violación masiva por parte de un grupo de tareas, el descubrimiento atroz de su embarazo luego de aquel episodio, el exilio, el retorno a Argentina y la desaparición forzada de su esposo y su hija.
A través de Amalia vemos la historia trágica del país durante las tres últimas dictaduras militares pero en lugar de ahondar en una mirada realista sobre el pasado, la nouvelle se convierte en un cuento de fantasmas. El encargado de llevarnos por esta dimensión ya no es Ossorio sino Quispe, el único que oye y comprende las voces de los espectros del profesor, de Amalia y de la niña. Ese es un recurso interesante: cada personaje echa luz sobre una parte distinta de la historia y lo hace abriendo el juego de la representación.
Con el narrador externo pasa algo parecido porque nos aporta una reflexión distanciada de lo que leemos. Nos señala, por ejemplo, que la tormenta que se desata en un momento es frecuente en muchos relatos de fantasmas.
Hacia el final, en lugar de hacer crecer el miedo, la historia se abre el camino por el humor. Esta vez es Sampedro el que tiene la información que hace falta para develar el misterio. Luego de un sueño plagado de signos, se vuelve medium de los espíritus de Amalia, su esposo y la hija, y Quispe y Ossorio, dos graciosos cazafantasmas.
Serenos en la noche nos abre entonces interesantes preguntas: ¿podemos abordar el horror  con humor? ¿Cuánto tiempo debemos dejar pasar para permitírnoslo? No es que la nouvelle se prive de mostrarnos el horror pero en cambio, sí nos ofrece una alternativa para exorcizarlo. Quizá porque el humor es el mejor vehículo para comunicar lo incomunicable o quizá porque produce emociones sanadoras es que podemos celebrar este libro y con él, la purificación que ofrece la risa.

Serenos en la noche (2018)
Autor: Ever Román
Editorial: Cachorro de Luna Editorial


extraído de http://www.solotempestad.com/romanxgall/

jueves, 27 de junio de 2019

poema escrito en el colectivo

Algo lleva, arrastra
adormece la lastra
de este cuerpo que acoge
gran acumulacion de pis

ronroneo, balanceo
parpado en cabeceo
y el sueño despliega
su angustiosa flor de pis


27/06/2013

miércoles, 22 de mayo de 2019

#Serenosenlanoche en instagram

entrevista en Mandioca Radioactiva octubre 2018




"En la sexta edición de Mandioca Radioactiva en el tradicional "Terere rape" entrevistamos a Margarita Meira fundadora de Madres contra la trata, en nuestro segmento de arte y cultura "Entonces bailamos" Ever Román nos comenta sobre su último libro - Serenos en la noche -, también en el resumen "Mba'e la oikoa" el compañero Rubén Villalba ex preso político paraguayo nos comparte un saludo; y como de costumbre todo el humor, la buena onda y la mejor música.."

 para escuchar, click aquí: https://youtu.be/mCrfz9GQaCE

minutos 04:08 - 11:08




lunes, 11 de marzo de 2019

El nacimiento de la escritura


Ayer Ramón, participante del taller de literatura del psiquiátrico, me mostró su cuaderno anotador, de cuya existencia ya me había hablado en clases pasadas. En él apunta sus pensamientos y ocurrencias desde hace ya algunos años, mucho antes de ser internado. Mientras hojeo el cuaderno, Ramón me cuenta cómo empezó a escribir. Era empleado de metrovías y asistió a un curso de capacitación, en el que enseñaban sobre electricidad, sistemas de vías, señales de tránsito, tipos de trenes y todo lo posible acerca de las contingencias del trabajo. El profesor les pidió encarecidamente que anoten las clases con el mayor cuidado posible, pues la información iba a resultarles muy útil. Ramón por tanto anotaba todo con suma atención, hasta que se dio cuenta de que entre las palabras del profesor y los gestos que hacía, había una diferencia notable, como si mandara un doble mensaje: su voz apuntaba a lo laboral, pero las manos, que se movían con una codificación extraña, le enviaba mensajes distintos. Estuvo varios días decodificando el mensaje de las manos del profesor hasta que consiguió entender. Le decían que debía cambiar su forma de escribir y en vez de ocuparse de números y dibujos geométricos, empeñarse más en la descripción de los detalles de las clases. Enseguida pasó a pedirle que extienda sus apuntes a la vida entera y tome nota de todo lo que pensaba. En el cuaderno de Ramón se nota ese cambio: las primeras páginas son de números, dibujos de instalaciones, algunos nombres de máquinas; de repente entre estos datos de clase se intercalan comentarios aíslados sobre cuestiones más peregrinas: sobre el color de los trenes, el uniforme de los empleados, el pelo de los compañeros de las clases de capacitación, nombres. Hacia la mitad ya se vuelve completamente literario, aunque la escritura es compleja, pues consta de palabras, borrones (sin que haya nada borroneado) y manchones, líneas y círculos, dibujos de aparatos complejos y difíciles de identificar o asociar con alguna cosa. "El profesor me pedía que aprenda a escribir y anotar todo de mi vida, pues iba a serme útil. Me pedía muchas veces y yo intentaba y no salía. Yo me esfuerzo mucho, pero no sale", me dijo Ramón. Recuerdo una frase de su cuaderno: «Mientras camino por la noche miro las luces alfa». En una misma página aparecen varias cosas, raras veces relacionadas entre sí: pensamientos poéticos, nombres de máquinas, dibujos como de ciencia ficción, etcétera. "Yo me concentro mucho, pero me sale todo destraventriculado", me dijo Ramón. "¿Destraventriluocado?", le pregunté. "Destra-ven-tri-culado?", me repitió Ramón. Le devolví el cuaderno y le pregunté: "¿Sobre qué estás escribiendo ahora?" "Yo escribo sobre lo que me pasa todos los días" -dijo-, "pero lo que yo quiero es escribir sobre el futuro".

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Entrevista a Mario Castells

"Eso de la tensión entre arte y política es un berretin de Walsh que los pibes de Letras, los de izquierda, suelen repetir como un gif y hacer de ello una pose. Hay que dejar de robar con eso por un par de años..."

Entrevista a MARIO CASTELLS


martes, 20 de noviembre de 2018

Entrevista en NUNCA SE SABE

Entrevista en NUNCA SE SABE, radio La Desterrada

Se puede escuchar aquí:

https://soundcloud.com/la-desterrada/entrevista-a-ever-roman-19-11-2018