domingo, 27 de julio de 2014

“Rabia”, de Sergio Bizzio




                                                       Ed. Interzona, Bs. As. 2005


Hace tiempo que no escribo aquí. Cuesta acordarse de los blogs. Escribir aquí es como hacerlo en un cuaderno que después se pierde entre los estantes, o en un cajón, en cualquier parte: solo la casualidad hará que alguien finalmente lo lea. Hay, por lo mismo, una gran responsabilidad. O decepcionamos, o maravillamos, he ahí a labor bloguera ahora que muchos emigraron a otras plataformas. “Rabia”, la novela de Bizzio. La compré a 15 pesos, no hace mucho, porque estaba barata; jamás pensé que iba a leerla pues lo que sí había leído de él, “Planet”, no me gustó particularmente, me costó bastante terminarla: todavía recuerdo la tapa azulada; entregué el ejemplar como parte de pago de otro libro, no sé cual. O sea, no esperaba quedar tan encantado. La leí en 3 días. El argumento no se los voy contar pues le quitaría gracia, además está en todas partes. Lo que sí les cuento es que el personaje principal es inolvidable, al menos creo que lo recordaré por años, con enorme cariño, tanto por las circunstancias que atraviesa como por sus pequeñas reflexiones y acciones. Esta es una novela vitalista, física, llena de olores y texturas. Creo que en el trabajo de cincelado, el armado argumental, la construcción de los personajes, esa boludez tan admirada en los talleres literarios, los detalles, los breves diálogos, en todo el proceso intelectual que arrastra tanta estilización, hay una enorme delicadeza. Hacia el final da la impresión de que la historia se debilita y las últimas escenas tienen un sabor ligeramente cursi y perezoso. Pero es una novela intensa, viva. De pocos libros se puede decir lo mismo. Qué bueno que la literatura siga ofreciendo novelas así. Se la podría hermanar –en la construcción de personajes, sobre todo- con Aira, el de “La luz argentina” para adelante, en cuanto a la elección de los elementos miméticos  para la elaboración de caracteres un tanto caricaturescos, pero muy atractivos, que causan inmediata empatía: el personaje de José María es uno de los más bellos que leí. Lo que no entiendo es el título, “Rabia”, pues el libro rebosa ternura, aunque sí hay personajes completamente detestables, casi todos. Tal vez rabia hacia la clase alta; aunque más bien yo en lo personal percibí asco. Ternura, asco y fatalidad, he ahí la trinidad que emana de este texto. Salud.-

sábado, 31 de mayo de 2014

Literapunk mayo (ciclo de lectura)







Lugar: Salón Pueyrredón (Santa Fe 4560, Capital Federal)
Hora: 20:30 hs.
Gratis! (se puede colaborar para afiches y publicidad, es voluntario!)

domingo, 6 de abril de 2014

globo de oro

Perelá habla con el poeta:
«- (...) La poesía, señor Perelá, es un mundo, un globo todo él de oro, solamente de oro, del que no se acuña, y es el poeta, en el Parnaso, quien lo insufla con su aliento divino. Y lo prepara para el ascenso celestial. ¿Qué es el arte? Saberlo insuflar hasta hacerlo transparente para que se eleve con ligereza y rapidez, hasta hacerlo incandescente para que todo el mundo lo pueda admirar, para que todo el mundo lo vea.
-¿Y usted asciende con él?
-¿Un cuerpo extraño? ¡Válgame Dios! Si yo me agarro, adiós al invento, se queda en la tierra para siempre. Cuando lo he insuflado bien, me despido de él, yo me quedo en el Parnaso.
-Supongo que vigila usted su globo para que no le entre nada mientras lo insufla.
-No le quepa duda, un solo granito de la más simple materia le impediría el ascenso. Puede parecer que dentro de ese globo deslumbrante hay algo, y sin embargo no hay nada. Conseguir el vacío es el arte sublime del poeta.»

Perelá habla con el crítico:
«-¿Y se lo enseña insuflado o todavía sin insuflar?
-¿Qué?
-El globo.
-Me lo enseña insuflado.
-¿Y usted tiene que subir con el globo?
-No, sube él, solo faltaría eso, yo no me muevo ni un milímetro, tengo un catalejo. ¿Conoce el catalejo de la crítica? Es el más largo de cuantos existen y el más plegable. Lo llevo en el bolsillo del chaleco: mire»


"El código Perelá", de Aldo Palazzeschi

jueves, 2 de enero de 2014

“Un bel morir”, de Álvaro Mutis


Ed. Norma, Santafé de Bogotá -1992



Un morir hermoso honra toda una vida*, reza el epígrafe de Petrarca con que comienza esta nueva aventura de Maqroll el Gaviero. Quiere alcanzar las fuentes de un río del trópico, en busca de noticias de aquellas personas que alguna vez le hicieron compañía y de las que guarda grato recuerdo. Es que el Gaviero está envejeciendo y la nostalgia de una vida errante y por lo mismo siempre evaporándose, sin dejar huellas convencionales (una familia, hijos, propiedades, etc.), lo hace sentirse un olvidado de aquello que da origen a su tradicional nostalgia. Sé que ‘tradicional’ es un adjetivo espantos, completamente desubicado para esta oración y lo que pretende significar, pero bueno, ya estamos. A llegar al puerto de La Plata, del que no señala más datos geográficos, decide quedarse allí y dejar que el tiempo pase, ya que se apodera de él cierta indolencia y desamparo. Se refugia en una pensión regentada por una mujer ciega y abre cuenta en la cantina del turco, para beber todo lo que pueda mientras recibe rutinariamente un giro que le permite ir tirando un poco más.
Pero, como no se cansa de señalar el Gaviero, los destinos están trazados, y en las líneas escritas para él figura una anécdota más, llena de brutalidad imbécil y a la vez de esos raros elíxires que nos da la vida como para comprender que todo esto que llamamos vida no se agota, sino que sigue siendo pródiga, aun cuando ya todo parece apagarse. Luego de armarse un ritual de putas ocasionales con mujeres que vienen de la montaña al puerto, conoce a Amparo María, un último regalo inesperado, la pasión sexual y la fuerza imponderable de la seducción, unidas al cuerpo de una mujer joven y físicamente agraciada por los dioses.
También, le ofrecen un trabajo más, estrafalario como todos los que desempeñó el Gaviero en su vida azarosa.

En el umbral de la vejez, cuando uno se hincha pletórico de sabiduría, resignación contemplativa y sentido común, aún se puede coger y trabajar, y puede uno ser tomado por boludo
En el largo subtítulo que acabo de poner, se condensa lo aprendido por el Gaviero en esta novela.

El trópico
Como ya se vio en textos anteriores de Mutis, el trópico representa la destrucción y la violencia. La naturaleza consumiéndose a sí misma y degradando y embruteciendo a todo ser vivo que se adentre en ella. Como botánico, Mutis no es optimista ni superficial*, sino que emparenta su percepción con la del grandísimo y mágico poeta Giacomo Leopardi. Cito aquí un fragmento del Zimbaldone, que ilustra esta idea.

«Entrad en un jardín lleno de plantas, hierbas, flores. El más risueño que queráis. En la estación más grata del año. Cualquiera que sea el sitio hacia el que dirijáis vuestra mirada, solo encontraréis sufrimiento. Toda esa familia de vegetales se halla en estado de souffrance, unos individuos más y otros menos. Aquella rosa es herida por el sol… Aquella azucena es succionada cruelmente por una abeja en sus partes más sensibles y vitales. Las industriosas, pacientes, buenas, virtuosas abejas no pueden fabricar la dulce miel sin producir tormentos indecibles en esas fibras delicadísimas, sin una despiadada destrucción de tiernas florecillas. Aquel árbol está infestado por un hormiguero, aquel otro por las orugas, por las moscas, las babosas, los mosquitos; éste está herido en la corteza y es torturado por el aire o el sol que penetran en la herida…»

Desaforemos lo desconsolado del párrafo de Leopardi y estamos cerca de cómo ve Álvaro Mutis el trópico. En “Un bel morir” se agrega, de manera más portentosa que textos anteriores, los efectos que produce esta geografía en los hombres. Sin embargo, hay una particularidad: solo cuando lo civilizado (un pueblo, las personalidades intelectuales o más instruidas), entran en contacto con el trópico, se produce el desastre. Sin embargo, cuando se trata de gentes sencillas, la brutalidad (como en la imagen de los indios que se da en una novela anterior, en “La nieve del almirante”), no significa negatividad. Hay una crueldad en las acciones resultantes que obedecen a una necesidad de ambientarse, de estar a tono con el trópico. Los seres sencillos contraponen su tosquedad con la tosquedad de la geografía, y estando así, en armonía, pueden lograr una existencia feliz y satisfactoria para el que los visita. Es por esta razón que el Gaviero puede trabar relaciones muy  placenteras con los pobladores de regiones agrestes y feroces. Sin embargo, cuando el trópico toca a los sofisticados, a los de espíritu más elevado, los destruye.
Otro punto que desarrolla Mutis en esta novela es la violencia de la historia colombiana, aunque no haya menciones concretas. Un grupo guerrillero se arma en la montaña, en el caso de la novela movida por motivos no revelados, pero de los que se recalca una inhumanidad –incivilidad- asesina, desproporcionada y gratuita. Este grupo es patrocinado por agentes extranjeros, europeos; bandidos todos. Es para ahondar en este punto: la revolución cubana, los ideales liberales europeizantes; supongo que hay tela que cortar; no me siente con ganas de sumergirme en este punto, aunque es central. Fíjense, piénsenlo, lectores que tomen esta novela.
El caso es que la revolución no puede sino volverse estúpida y bestial en el trópico. Podemos pensar que esta es, claramente, una visión objetiva, dados los resultados de las acciones de las FARC. También, claro, la relación con el tráfico de drogas para Europa y Estados Unidos.

Un bel morir
La bella muerte –perdón por el spoiler-, se muestra ausente. O en su defecto como una contracara de la belleza. La muerte del Gaviero, aludida pero sin especificaciones, es por agotamiento. Es una muerte tranquila. Parecida en gran medida a la muerte de Aguirre en la película de Herzog: en un planchón, los cadáveres corrompidos por el paisaje. Pero el Gaviero no es Aguirre. No muere buscando El Dorado, sino sabiéndose en él.

“Diccionario de autores latinoamericanos”, de César Aira
Busco la entrada correspondiente a Álvaro Mutis en este famoso libro de Aira. Dice –es toda la parte analítica- lo siguiente: “caudalosa imaginería surrealista y temática novomundista y viajera”. Evidentemente, es una imbecilidad pasmosa. Le habrán dictado mal los datos. Solo puede explicarse por lo siguiente: no leyó a Mutis, pues de surrealista no más que algunas imágenes de los primeros poemas. De novomundista, una mierda. La narrativa y la poesía de Mutis utiliza el nuevo mundo como lugar, es cierto, pero de él toma lo entroncado a la historia de los puertos de todas las épocas, con prácticamente nada de ‘novomundista’. Y, lo que es peor, el personaje de Maqroll no aparece como viajero, sino como ya viajado. No conocemos con él paisajes, regiones, nada. Al contrario, se trata del re-conocer las razones básicas en que basamos un pensar sobre el mundo, en su caso más bien ligado a cierto pesimismo estilo Quevedo, una pasión elegíaca a lo Saint-John Perse; en fin, etc.


Saludos y buen 2014 para todos los lectores de este blog.





*Un bel morir tutta la vita onora (Francisco Petrarca). Mutis le saca la “h” sonora a honora… Según Ángel Creso la traducción del verso sería así: “un morir bello honra la vida eterna”.


lunes, 30 de diciembre de 2013

libros disfrutados en 2013

también tengo mi lista de libros que disfruté leer este año (aunque, por supuesto, puede que recuerdo mal y cito libros que en verdad odié... en fin)
-"Gonge", de Marcelo Cohen. ed. interzona (nouvelle)
-"El reglamento", de Pablo Farrés. Ed. letra viva (novela)
-"La peste negra", de Nina Berberova. Ed. Circe (cuentos)
-"Una soledad demasiado ruidosa", de Bohumil Hrabal. no se qué editorial era... (novela)
-la nieve del almirante, ilona vuelve con la lluvia, un bel morir, caravasany. ed. norma. novelas y poemas
-"El cielo en llamas", de Mário de Sá-Carneiro. Ed. Gadir (cuentos y nouvelles)
-"La cebolla" y "El volcán" (!!!), de Antonio Moresco. Ed. Melusina. lo mejor de este año. (novela y ensayo, respectivamente)
-"El origen de las especies" y "Todos los bosques", de Belen Iannuzzi. Ed. Pánico el pánico. (poemas)
-"Campeón", de Cristian Godoy. Ed. municipal de san salvador de jujuy (nouvelle)
-"Las adicciones", de enrique juncosa (ensayos sobre arte)
-"Melancolía de la resistencia", de Lazlo krasznahorkai. Ed. Acantilado (novela)
-"El alienista", de Machado de Assis. Ed. tustquets (nouvelle)
-"Hashishs", de walter benjamin. ed. nacional madrid. (ensayos, crónicas, relfexiones, benjaminianos)
-"un drama de caza", chejov. ed. lectorum (novela)
-la biografía cruzada de deleuze y guattari. ed. etc.
-"Los elementos del desastre", de alvaro mutis. (poemas, bajado pdf de internet)
-"la felicidad, el erotismo y la literatura", d george bataille. ed. adriana hidalgo (artículos, ensayos, etc.)
-"lecciones para una liebre muerta", de mario bellatin. ed. anagrama (novela)
-"teoria del bloom", de tiqqun. ed. melusina (ensayos)
-"Hurras a bizancio", de joaquin morales. ed. jakembo (poemas)
-"teoría de la ambición", de Hérault de Séchelles. ed. siruela (una joya, esta tarde empiezo a releerlo. es una guía para ambiciosos)
-"manual de esgrima para elefantes", de javier viveros. ediciones encendidas (cuentos)
-"o corpo em performance", de sara rojo, lyslei nascimento y antonio hildebrando. ed. NELAP (ensayos)
-"Diarios", de fernando pessoa. ed. gadir

hay más, este fue un año pródigo...

viernes, 27 de diciembre de 2013

“Ilona llega con la lluvia”, de Álvaro Mutis

Ed. Norma – Santafé de Bogotá, 1996


Con el tono ligero de las narraciones orales, ocurre esta segunda novela de la saga de Maqroll, el Gaviero. El narrador/compilador recoge aquí una historia que le relatara el Gaviero, ocurrida en Panamá, teniendo como principal personaje a Ilona Grabowska.
Luego de quedar cesante por el suicidio de Vito, capitán del barco en que trabajaba, Maqroll recala en la ciudad de Panamá sin perspectivas claras sobre su futuro. El dinero pronto se le acaba y termina como vendedor ambulante. El Gaviero se angustia, acosado por la miseria, pero no olvida que las cosas suceden porque tienen que suceder: hay que aceptar el destino con una sonrisa y cierta distancia reflexiva, pues las cosas siempre terminan por acomodarse. Esto mismo ocurre, cuando aparece Ilona sorpresivamente. A partir de este encuentro, entre los dos montan un burdel de azafatas con planes de salir conseguirle dinero a Abdul Bashur para que se compre un barco y puedan navegar juntos los tres, por los mares del mundo.
Finalmente ocurre, fatal, una desgracia.

El trío 
Además de la anécdota argumental, Mutis relata aquí los movimientos subterráneos que mantienen la relación erótico sentimental entre Maqroll, Ilona y Bashur. Esta relación se basa en un cariño profundo, leal a toda sombra, de confianza plena y de deseo pleno. Los tres son aventureros, viajeros impenitentes. Pasan periodos intensos periodos románticos hasta que cada uno retoma su camino, sin cuestionamientos al respecto. No hay muchos textos en la literatura latinoamericana que retraten tríos de este tipo: sin celos ni necesidad de posesión; libre y electiva. No hay un macho alfa (Ilona no cumple esa función, ni por lejos), tampoco inseguridades. Es la aceptación del deseo en su movimiento inconstante y sin detención. El deseo rizomático, aunque con hitos, con islas de paz, pero en las que el deseo no se relaja.
La versión cinematográfica de Sergio Cabrera (1996) hace un retrato delicado y exacto de esta relación en la primera escena de la película homónima. La película es, en general, mala –El papel del Gaviero lo debió haber hecho, creo, Imanol Arias; en fin-, pero si uno ha leído la novela antes, como en mi caso, no deja de tener su encanto. Además, el papel de Ilona lo encarna Margarita Rosa de Francisco, quien es una de las mujeres más hermosas del cine latinoamericano. Se puede ver completa aquí

El erotismo
Como venimos pensando desde Bataille, la sexualidad es impulsada a límites inconcebibles cuando está ligada a la conciencia de muerte. En Mutis, esta conciencia de muerte no sirve de barrera que limita ni frontera que transgredir, sino que es el lugar del erotismo. Estando allí, en el territorio de la muerte, las aguas sexuales masajean a los personajes de esta novela, que chapotean un poco desolados, pero con alegría. No pretenden salir de allí, ni retroceder ni ir más allá. Sin embargo, permanecer allí es imposible. Se paga.
Sin esta ligazón con la conciencia de muerte (el fin de toda relación), no puede entenderse las frágiles y sin embargo inquebrantables ataduras entre Bashur, Ilona y el Gaviero.
Funcionando como una narración espejo, entra el personaje de Larissa a la trama relatando su historia. Larissa viven una relación sexual de a tres con dos fantasmas: uno de ellos la tiene en los puertos, otro en altamar. Larissa es el espejo de Ilona, pero ni Bashur ni el Gaviero son fantasmas. Por lo mismo, el reflejo de sí misma que ve Ilona en Larissa es un reflejo incompleto, errado. Puede pensarse que el verse reflejada en Larissa dice en cierta manera que Ilona está ya saliendo del paisaje erótico por la vía de la transgresión de sus fronteras. Con la sola percepción, ha dado un paso y ya no puede volver atrás. Esta parte de la trama es bastante sutil y se sostiene simbólicamente, aunque es la vez altamente dramática.
En pocas palabras, sostener la relación erótica, es mantenerse en equilibrio, en un equilibrio fatalmente perecedero. El deseo es una fuerza arrolladora, tan potente que erosiona lo que toca.
Siguiendo un poco el argumento, el deseo arde los cuerpos hasta volverlos cenizas.



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lunes, 23 de diciembre de 2013

“La nieve del almirante”, de Álvaro Mutis

Editorial Norma, Bogotá 1992


De Álvaro Mutis reseñé un libro anterior, “La última escala del Tramp Steamer”, que no me había gustado mucho. Se puede leer aquí.
Los libros se hacen en los lectores. A veces estamos cargados de hiel, con lo cual el resultado pocas veces puede ser positivo. Ahora que leí otras tres novelas de Mutis, en este último par de semanas, estoy encantado, busco todo lo que pueda de él, etc.
El cambio de actitud hacia el escritor colombiano se debe a “Las huellas de lo trascendental. La obra de Álvaro Mutis”, de William L. Siemes. Me lo encontré a 5 pesos, nuevo, ignorado por el mundo, en una librería de saldos de Avenida de Mayo. Más por compasión que por curiosidad, lo compré, y enseguida comencé a leerlo. Ya hablaré de este libro en su momento.

Con Maqroll, el Gaviero
El narrador/compilador encuentra los manuscritos de un diario del Gaviero embolsillados en la contracubierta de un ejemplar comprado en una librería de usados de Barcelona. Lo que sigue es el relato del propio Gaviero de su aventura durante un viaje por el Xurandó, un ficticio río del trópico, a través de la selva, para realizar un negocio.
Aquí lo central: para Maqroll el fin último del viaje es el desplazamiento. Lo del negocio es un asunto que deja de interesarle muy pronto: el transitar la selva, cruel e indiferente, como una afrenta gratuita, se vuelve una metáfora de la vida. El barco y la tripulación, ejemplifican la geografía humana. A través de este viaje el Gaviero recapitula todo lo aprendido en su existencia errante. Sin sorprenderse, comprueba una vez más la inutilidad de toda empresa humana.
Como estoy un poco citando disimuladamente el libro, agrego aquí directamente un fragmento:

«Una caravana no simboliza ni representa cosa alguna. Nuestro error consiste en pensar que va hacia alguna parte o viene de otra. La caravana agota su significado en su mismo desplazamiento. Lo saben las bestias que la componen, lo ignoran los caravaneros. Siempre será así»
pp. 28

En el viaje se enferma, recuerda a su amante Flor Estévez, a Abdul Bashur (junto con Maqroll, el otro gran personaje de Mutis), conoce a un par de personajes particulares, hasta que, obviamente, el viaje se acaba. No ahondaré en esta cuestión.
El libro, sin embargo, continúa, desvaído, con un conjunto de apuntes también pertenecientes al Gaviero, que relatan otras aventuras. Es bastante rara esta continuación. En primer lugar, corresponden a otra época y a situaciones distintas. Sin embargo, son coherentes en el postulado general: para Maqroll, el diario y sus aventuras, son, por decirlo así, una excusa para la poesía. Él se presenta a sí mismo, reflexiona y comenta; todo le es íntimo y lo acepta, emocional e intelectualmente.
Por lo mismo, “La nieve del Almirante” es más bien un espacio, un lugar, donde oír la voz del Gaviero, con la excusa de estos apuntes. Da igual, entonces, qué se está contando.
Hacia el final, el Gaviero, ya viejo, es entrevistado por el narrador/compilador. Dice:

«Cuando relato mis trashumancias, mis caídas, mis delirios lelos y mis secretas orgías, lo hago únicamente para detener, ya casi en el aire, dos o tres gritos bestiales, desgarrados gruñidos de caverna con los que podría más eficazmente decir lo que en verdad siento y lo que soy»
pp. 145

Con los fragmentos finales, cuya aparición puede resultar a primera vista arbitraria, se retorna a lo señalado respecto a las caravanas: el Gaviero nunca termina de llegar a ninguna parte, pues siempre está, por decirlo de alguna manera, partiendo. Su condición es la errancia. Condición que, por otra parte, es la de todos nosotros.
Un gran libro, hay que decirlo. Se consigue barato, para colmo.



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domingo, 22 de diciembre de 2013

“Plop”, de Rafael Pinedo

 
Editorial INTERZONA
Buenos Aires 2004


“Desde el fondo del pozo solo se ve un pedazo 
de cielo a veces gris, a veces negro”
pp. 1

En un mundo que combina Mad Max, Shaka Zulu, La guerra del fuego y Wall-E, nace Plop, que es bautizado así porque de la concha de su madre cae directo al barro haciendo este ruido. El paisaje es un gran basural, todas las aguas están contaminadas –salvo las del cielo-, no hay comida por ninguna parte, la sociedad se reduce a grupos cuyas reglamentaciones se basamentan en la bruta supervivencia y la organización por castas.
La historia de Plop es la de un ascenso social que termina como terminan (no olvidar la lección de Stendhal con Julien Sorel) estas historias en que el escalador empieza de abajo, lo consigue todo y, fatalmente, se extravía  en las nubes y cae. En este sentido, el relato es bastante convencional, y está enhebrado de manera harto sabida: la ruta del héroe con sus obstáculos radicales pero salvables, la irrupción del azar para equilibrar las fuerzas en combate – es rigurosamente lógico-, cuidada artesanía en la elaboración de personajes y situaciones, etc. Es, a fin de cuentas, magistral en su estructura.
Como distopía, Plop ofrece una serie de reflexiones sobre el funcionamiento de la cultura. En primer lugar, por la ubicación temporal de la historia: un futuro en que ocurrió alguna catástrofe que mermó la población y obligó a los sobrevivientes a empezar de nuevo. La herencia que reciben de nuestra época se limita a basura y harapos culturales: hay algunos lectores, aunque no sepan a ciencia cierta de qué trata lo que leen, y también un par de personajes que manejan ciertos rudimentos técnicos, en este caso para la fabricación de armas y telas. Entonces surge, así, la primera pregunta elemental que ilumina la novela: ¿qué heredaremos al futuro? Creo que la respuesta es simple: la experiencia del reciclaje. Esto, por supuesto, en un sentido amplio, tanto de la producción cultural como industrial. Ya estamos experimentando el reciclaje, es cierto, pero lo hacemos de manera lúdica; sin embargo pronto se jugarán en ello la vida y la muerte.
Por otra parte, pensando más al nivel de los personajes, está el movimiento ineludible que empuja a romper los límites de las reglamentaciones represivas de toda organización social, de ir un poco más allá: las culturas más sofisticadas trayendo a un primer plano los instintos más elementales (el sexo y la muerte, la violencia –“El club de la pelea”, por ejemplo), o las sociedades primitivas entonando poesía y persiguiendo un universo místico inalcanzable. En Plop, los hitos del dispositivo cultural se llaman tabúes. El término está indudablemente bastante manoseado, pero Pinedo le devuelve su significación primitiva, su lugar incuestionable, y con ello la potencia extrema que condicionó y creo las distintas sociedades y religiones que ahora conocemos. Tal vez no lo pensemos mucho, pero aún hoy el derecho se vertebra en base a tabúes: pongamos por caso, nomás para mencionar algunos, la clonación humana, las drogas, los géneros sexuales, la venta de órganos, etc. Los tabúes de Plop son un poco más pedorros, con lo cual se acercan más a su modo de funcionamiento primitivo: tienen que ver con detalles sexuales, con ciertas zonas geográficas que no se deben atravesar, con ‘reglas de etiqueta’, el sistema de castas, etc.; todas ellas castigadas con una pena radical y a la vez banal: la muerte. Y aquí otra iluminación: aún en lo más decadente y estropajoso, es imposible parar la descomposición. La descomposición es el movimiento que acompaña inexorablemente a la vida. Es, puede decirse, su condición ontológica. Nada puede sostenerse de manera inquebrantable. No hay eternidad: tanto en el cielo como en el infierno, remolinea el tiempo deshaciendo todo. Plop consigue subir a la cima y apenas llegar descubre que la misma no es el fin del camino: aún hay más, y más. Elegantemente decide aceptar este destino y se entrega, por un pete.




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miércoles, 18 de diciembre de 2013

“El molinero aullador”, de Arto Paasilinna

Ed. Anagrama, Barcelona, 2004
Traducción de Úrsula Ojanen y Eduardo Vila Santos

Gunnar Huttunen vino del sur, como el personaje de Borges, era alto y apenas llegado alteró el orden en la comarca: no respetaba las convenciones, su tara consistía en aullar, imitaba animales, a los pobladores, era impulsivo y antojadizo; en resumidas cuentas, era un tipo extravagante. Más o menos esto dice la solapa de esta encantadora novela finlandesa. Según la contratapa, este tipo de personajes es bastante normal en Paasilinna; “rechazan la normalidad”, dice. Esto no puedo saberlo, pues apenas leí este libro. En cualquier caso, es cierto que no solo el molinero tiene comportamientos extravagantes, sino varios de los otros personajes de este relato. Uno de ellos, que es cartero y destilador de aguardiente –impenitente borracho, dicho sea de paso-, recuerda a los seres creados por otro escritor de comportamientos marginales, el grande entre los grandes Bohumil Hrabal. También, la adopción de narraciones en los bordes de lo convencional, con fuertes tintes de fábula y una moralina picaresca, lo acerca al checo. El alejamiento se produce al nivel de la prosa: la lírica del checo es barroca y truculenta, lleva a la carcajada y a la lágrima en la misma línea, es poesía in extremis; mientras que el finlandés sigue la estela de escritores más prosaicos y convencionales, que utilizan un lenguaje más bien descriptivo, lleno de imágenes que evocan acciones y con pocas entradas reflexivas, aunque cuando lo hace levanta un vuelo particularmente intenso y encantador, dirigiéndose al lector como lo hacen narradores orales.
Aunque lleno de humor, “El molinero aullador” es profundamente pesimista. Habla de un mundo desalmado y cruel, que mata la fantasía, que no soporta las diferencias. Huttunen es calumniado, pasa por instituciones psiquiátricas, le roban, en fin, toda posibilidad de identidad, lo despersonalizan; sin embargo, consigue aliados, no claudica, confronta y, en cierta manera, triunfa. Pero este triunfo lo hace desde la marginalidad, es decir, no le es posible formar parte de la sociedad mercantilista y vacía de que parecía no poder escapar. Para conservar la dignidad, lo propio, parece decirnos, hay que permanecer en pie de guerra. Ni un paso atrás, como reza el lema, pues apenas vacilamos nos aplastan.
Da para pensar todo lo que hacemos para vivir en sociedad. Todas nuestras claudicaciones y prosternaciones, ante ideas, hechos y perspectivas completamente idiotas. La normalidad, como decía Ferdydurke, se sustenta en una delirante locura.
Hermano de Kaurismaki y Hrabal, Paasilinna escribió esta maravilla.




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