domingo, 1 de enero de 2017

Acerca de #FALSETE, por Esteban Cancio

nombre masculino
1. 1.
Voz más aguda que la natural, que se produce voluntaria o involuntariamente al hablar y sobre todo al cantar.
"empezaron a lanzar gritos en falsete e histéricas risitas"
2. 2.
Puerta pequeña y de una hoja, para pasar de una habitación o sala a otra.
Este es el primer resultado que arroja Google cuando uno busca el significado de “falsete”. Una salida de tono, una ligera distorsión de la voz, una impostación que puede ser incluso involuntaria pero que en ningún caso es natural; y también el hueco que nos permite pasar de un espacio a otro, cambiar de lugar, deslizarnos subrepticiamente o al menos con cierta discreción en un ámbito vecino. El buscador no lo dice, pero también es el título de un libro de Ever Román, publicado por Arandurá (Asunción, 2016).
Dice Humberto Bas en la contratapa del libro que Ever escribe con la frescura y la displicencia de los maestros. Yo no sé si es cierto, al menos no son esos los adjetivos que se me ocurren cuando lo leo. Sí creo que Ever domina una prosa que se despliega sobre la página como un batallón de infantería y avanza sin detenerse hasta aplastar cualquier obstáculo. Ese avance puede resultar desprolijo, a veces, pero es siempre eficaz. Por eso es admirable. Nada más lejos de sus intenciones que la corrección, política o estilística. Ever no escribe como se debe, no escribe correctamente. Por eso nunca lo va a editar Eterna Cadencia. No antes de que le den el Premio Nobel. Porque si algo distingue a los escritores que valen la pena es lo poco que se ajustan a la norma. Y con Ever pasa eso. Parece que nunca hubiera participado de un taller literario. Y sin embargo, te aplasta. Porque su narrativa es tan potente que convierte lo que en cualquier otro sería pedregullo en una bala tumbera. En eso se parece a sus maestros. Porque nadie nace de un repollo y cualquiera advierte que si Ever leyó con atención y provecho a Thomas Bernhard (y algo del aliento largo y entrecortado del austríaco está presente en sus cuentos, más como una mirada sobre lo real que como un modo de escanciar la frase) lo mismo hizo con Gombrowicz. Hay en Ever una obsesión por la máscara, la identidad, la construcción social del sujeto y los mecanismos por los cuales uno deviene argentino, estudiante, empleado bancario, peronista o hincha de Independiente. La militancia de izquierda, en Chupetines, o la estrategia del empleado público para dotar de sentido un puesto burocrático que es apenas un sueldo en una repartición y cuya inanidad solo puede conducir a la locura en La Venus de mantenimiento, hablan justamente de la tensión entre los condicionamientos externos y la libertad a la que todos nos vemos sometidos, y que finalmente nos convierte en lo que somos, si es que somos algo. Y es en esa tensión, justamente, donde se instalan los cuentos de Ever. Un desplazamiento imperceptible convierte la tragedia en una farsa. Condenados a actuar de lo que no somos, hacemos lo posible por cumplir correctamente el papel asignado. Empleados públicos sin ocupación fija, estudiantes universitarios volcados a una militancia desquiciada, poetas que organizan lecturas y riñas callejeras, compañeros de juego del hijo de un dictador obligados a improvisar con angustia la construcción de un verosímil, negocios turbios, papeles falsos, apodos, identidades dudosas, profesiones absurdas. En el mazo de cartas de lo real todos los naipes están marcados, porque la ley organiza en sí misma su propia trampa, y en el sustrato último de toda realidad se adivina el doble fondo. Así es el mundo de Falsete. Puede parecer oscuro o desesperante, pero también es liviano y grácil como un bailarín de tango entrado en carnes (Virulazo) o un crack de fútbol del ascenso, retirado hace años, que se prende en un picado de barrio y con dos amagues nos deja a todos en ridículo. Porque la prosa de Ever nunca pierde el humor, ese antídoto de la lucidez contra el embole de la indignación moral y el rezongo estéril.
Nada más. Leánlo, si pueden.

ESTEBAN CANCIO

sábado, 12 de noviembre de 2016

sábado, 5 de noviembre de 2016

viernes, 28 de octubre de 2016

ténder & poema para anna kavan

TÉNDER
La primera línea de un poema
es como el cable de tender la ropa
Ahí sola no significa más que
un recorte en el horizonte
una tensión inútil y arbitraria
Pero por eso mismo tiene el temple
de las cosas que rompen que hieren
Sin embargo he aquí que llega el poeta
y empieza a colgar sus bombachas
sus medias mal lavadas
su camiseta sus toallas
y eso que fue tensión eléctrica
termina siendo la fotografía
de las miserias humanas


POEMA PARA ANNA KAVAN

la tormenta azota las babosas de China
China es el nombre del chirrido
que se pega a las paredes de mi cabeza
erguidas como las de una cárcel
llenas de arañazos
pintarrajeadas con heces
ruge la tormenta en China
espesa como la grasa corporal
esa pátina que protege de la muerte
China es el nombre de la muerte
tormenta es el nombre de la muerte
muerte no es un nombre
es la babosa que unta las paredes de miel

jueves, 13 de octubre de 2016

Revista INVISIBLES

publicaron un fragmento de una novela mía aquí:

Caminata, caballo, caminata

De Ever Román

Presentamos un fragmento de Resistencia, novela inédita del narrador paraguayo Ever Román, en la que asistimos a la supervivencia del protagonista luchando contra el hambre y su propia locura en medio de una llanura, como una presencia fantasmal donde el absurdo ocupa su pensamiento y domina todos sus actos. 


texto aquí:



sábado, 18 de junio de 2016

"A de Adulterio", de Sue Grafton

Ed. Tusquets
Trad. Antonio-Prometeo Moya
Barcelona, 1990


Esta novela policial es parte de la serie dedicada al detective Kinsey Millhone. Supongo que será la primera. La continuación lógica sería B, luego C, y así. Tampoco sería raro que esté salteada.
Kinsey Millhone es una detective de 32 años que vive en uno de esos pueblos superricos de la costa californiana.
Aunque a su alrededor todo sean mansiones y lujo, ella vive en un monoambiente y alquila un despacho dentro de un edificio de seguros. Tiene secretaria y pistola, dos divorcios sin hijos, padres muertos y al parecer no tiene hermanos (aunque esto quizá se aclare con otra letra, "H de hermanos", por ejemplo, etc.).
La primera frase del libro, dice: "Soy Kinsey Millhone". La última línea: "al final siempre me quedo sola conmigo misma". Aunque esta línea final es ambigua (está sola y consigo misma, o sea, duplicada se acompaña, etcétera, ergo no está sola), es imposible perderse en la historia. Además, ella es la narradora y es muy cordial con los lectores; no se ahorra nada.
Nikki la visita y le pide que investigue el asesinato de su marido, crimen del que fue acusada y pasó años presa por lo mismo. Kinsey empieza averiguaciones y encuentra: un jefe de policía huraño, que la quiere pero es rudo y apenas le da libertad de acción; un abogado (el ex socio del asesinado) con el que se encama (este hombre es fogoso y de mandíbula cuadrada), la ex esposa del occiso y un par de exmanates (una de ellas, la cirujeada esposa de un juez federal, borracha y vulgar), otro crimen con el que podría conectarse, chantajes, Las Vegas, Los Ángeles, playas, un dique, una muchacha gorda y un perro atropellado; también un anciano inválido, otro anciano que es sexi y una anciana que teje vestidos para la esposa de un actor. Por el camino, Kinsey va descubriendo un par de cosas, usualmente anodinas.
Las primeras páginas, con buena voluntad, son entretenidas. Después ya da un poco igual. Entretiene imaginar a Kinsey y las demás mujeres del libro todas son sexys, -salvo una, que es gorda. Los hombres, luego de un par de divagantes líneas, también resultan todos muy atractivos. Kinsey Millhone es una mujer sensual, algo pajera incluso, pero hace como que es distante y fría, aunque por supuesto está siempre con la entrepierna al menos tibia. Por supuesto, hay sexo (la primera noche, "hicimos el amor varias veces), pero resulta complicado por causa del trabajo y esas cosas. El sexo es tratado de manera cursi y melosa, aunque breve.
Me dio la impresión de que Kinsey era rubia. Hay muchas rubias en la novela. Ni un negro, o aborigen, tampoco un oriental o judío. El mundo de Kinsey es perfecto. Los crímenes son limpios, sin grandes efectos secundarios (la cárcel que injustamente padeció Nikki aparenta haberle hecho un bien). Solo hay dos personajes con defectos: un niño sordo y una muchacha gorda. El niño es sordo, pero hermoso; la gorda es muy noble e inteligente. Equilibrio.
Lo que más me gustó fue la descripción de una familia disfuncional. El pilar de la casa es una mujer cuya hija ha sido asesinada. Ella es modista. Su marido está inválido luego de un accidente (come papillas, no habla ni se mueve). El exyerno, un hombre hosco y algo siniestro, la ayuda con el marido lisiado visitándola todos los días. Las cosas de la hija están en un sótano: cuadernos, fotos, ropas de niña. El marido lisiado apenas escucha el nombre el nombre de la hija muerta y empieza a hacer lío. El patetismo de esta familia contrasta enormemente con el resto de la novela. Es, por decirlo de alguna manera, la dimensión humana del libro. El resto, es género.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Falsete, de Ever Román



ejemplares a pedido
acá
o a barcoborracho@gmail.com

lunes, 25 de abril de 2016

bestialismo y amor

Acabo de ver "En tierra de osos" (2003), la película de Disney. No vi el comienzo, pero no importa. Una princesa indígena está enamorada de un oso. La zoofilia es solo temporal, pues por intermediación de los espíritus, ella se transforma en una Osa para estar con su amado. Hay toda una serie argumentaciones decorativas que pretenden justificar esta situación: espíritus, la noche, mitologías indígenas, los muertos, pero lo central es básicamente la relación amorosa posible entre una humana y un oso. Si el pensamiento filosófico se da, como dice Badiou, en el encuentro entre extraños sin una medida común (lo animal y lo humano), en esta película este encuentro se resuelve con el siguiente pensamiento filosófico: entre lo humano y lo animal no hay relación posible, uno de los dos debe claudicar su ser y entregarse al otro: como alimento, como objeto de amor, como cosa donada. No es posible que uno continúe siendo animal y el otro humano. Puede extenderse esta idea a la sociedad: alguien debe cambiar, entregarse, para armar una relación de dos. No se constituye una síntesis hegeliana, sino la antiquísima idea del triunfo de la fuerza sobre la debilidad, del que es capaz de conservarse contra el que se pierde. El oso y la princesa-osa no viven, luego de la transformación de ella, en un universo intermedio, en que son medio animales y medio humanos: triunfa un extremo, van al bosque , se vuelven osos comunes y corrientes; lo humano de la princesa es la pérdida. Este tipo de amor es el convencional, el que tiene más himnos, poemas (algunos versos: me doy a vos, sos mi dueño, soy tuyo, etcétera). El que cede se vuelve el recipiente vacío para el ser del otro, que lo colma. Ahora bien, el bestialismo (por ejemplo, Woody Allen: "Everything You Always Wanted to Know About Sex...") opone a esta idea un gesto revolucionario: es precisamente la diferencia, lo animal del animal, lo que seduce, y ambos conservan plenamente su particularidad (el animal sigue animal, el humano sigue humano). Propone, por tanto, un espacio de mediación sin pérdida: el sexo. Al menos en abstracto funciona así. Recuerdo también, aparte de estos casos de bestialismo, una escena de La balada de Narayama (1983), que es parte de las leyendas del folclore del campo: un campesino se coge un perro blanco, por la razón de que no encuentra con quién más tener sexo; no hay mujeres cerca, tampoco hombres. Aquí el problema se resuelve por imposibilidad: no hay opciones, entonces el perro. El sexo, que aún es un espacio de mediación sin pérdida, es sin embargo ejercido sin amor; o sea, es el espacio de la mecánica, no de la pasión. En otras palabras, el amor no entra en juego aquí, si no la necesidad, inclusive la fatalidad. Es la relación sin amor, la relación de intereses mercenarios, en ella hasta es posible conservar la particularidad de cada integrante (es opcional cambiar, a veces se exige el cambio, pero no siempre, en cuyo caso lo que ocurre es más bien fingimiento). Entonces, con todo esto, ¿adónde voy? No sé. Quizá a preguntarnos qué hacer con la zoofilia, con la que nos toca vivir.

miércoles, 23 de marzo de 2016

El hombre que hablaba en flores, de Christian Broemmel

(Décima Editora, 2015)


1
Tal vez sólo sea por una suerte de azar sostenido por la comodidad que nos limitamos a hablar con sonidos. Pudimos haberlo hecho solamente y para siempre por señas; o con herramientas especialmente preparadas para hacerlo, no sé, digamos por cierta disposición de ramas y hojas y piedras, por ejemplo, o por cosas que señalamos, o moldeando estas cosas, dibujando, etc.; o bien pudimos hablar en tlöniano; o haciendo círculos de humo con nuestros cigarrillos, de noche y en la intemperie, como ocurre en una hermosa novela de Fernand Combet; o aún mejor limitarnos a los besos y caricias...
En la novela de Broemmel, Marcelo, el personaje principal, habla en flores. No a través de, sino en: la voz le fue sustituida por flores. La situación de Marcelo es, en última instancia, una condición lingüística particular, insólita, pero que, por códigos compartidos de belleza y fealdad, nos permite una aproximación a lo que dice: es un lenguaje que nos resulta relativamente legible.


martes, 22 de diciembre de 2015

Whatsapp


La antigravedad de los sueños me empujó a la estratósfera
Escribo en el vacío
Mi nave espacial es un celular sin saldo
Escribo mensajes que no se irán
Ni obtendrán respuesta
Mis cadenas se disolvieron
Ya no me reclaman ningún error
Incluso la muerte me ha perdonado