martes, 14 de mayo de 2013

epifanía 1

Si los programas de televisión que parasitan de otros programas, como todos esos que viven de tinelli y lanata, se llaman metatelevisión, entonces ¿son parientes cercanos de la metaliteratura?
¿es decir, tinelli y lanata son como borges y lamborghini, por ejemplo, respectivamente?

sábado, 27 de abril de 2013

Sobre "Siberia", dirección de Deby Wachtel


"En medio del escenario hay un sillón rojo de dos cuerpos. Tres cuadros de papel madera cuelgan en el fondo. Son dibujos de pinos, montañas, paisajes nevados. A la derecha otro cuadro: una cocina. A la izquierda, biombos pintados: el hogar con leña, la cabeza de un reno disecado, bibliotecas, una puerta que se abre a un camino nevado. Entra al escenario un chico con auriculares y micrófono. Pide disculpas: “No sé qué pasó. ¿Quién dio sala? Denme cinco minutos y arrancamos”. Entran tras él otros personajes: los tramoyistas. Tras ellos, una mujer que se presenta como la directora. Pide explicaciones, pregunta quién dio sala, pide al público paciencia, ya empezará la obra. Entran otros dos personajes que se sientan entre el público, hablando en voz alta, comen ruidosamente caramelos. La directora pide al público que no coman caramelos durante la presentación –en la entrada del teatro, se repartió caramelos entre el público-, y luego se retracta: piden que se los coman todos a la vez. El público obedece, ríe nervioso."


“Siberia”, con dirección de Deby Wachtel, se presenta todos los domingos a las 19 hs., en el Teatro Calibán (México 1428, pb 5). Entradas $40. Reservas al 4381-0521

Leer aquí nota completa:

http://www.espectaculosdeaca.com.ar/?p=4694

martes, 16 de abril de 2013

Artículo para la revista No-Retornable



Panorama Interzona. Narrativas argentinas emergentes, AA.VV., compilado por Elsa Drucaroff
(Buenos Aires, Interzona, 2012) 

A partir del recorte que supone toda selección –y no otra cosa es una antología-, podemos pensar en la mirada que posa sobre los discursos de una determinada época o tipo de narración. Su intención apunta a un procesamiento de devenires para darlos a conocer y servir de ejemplo, muestrario, referencia, etc. Pero, también, una antología es un acontecimiento autónomo, que expresa algo por sí mismo; es una obra singular. En el reordenamiento de signos de obras preexistentes surge una nueva semántica. La Antología del humor negro, de André Breton, por ejemplo, no se limita dar a conocer autores mediante la compilación, sino que forma parte del movimiento surrealista, le da una historia, identifica su devenir. En este sentido, el antólogo escribe su obra reconfigurando la de los autores que elige. En una palabra, un antólogo es unreescritor. 

Con textos tomados de 27 escritores, Elsa Drucaroff reescribió este libro. 

seguir leyendo aquí: http://www.no-retornable.com.ar/v13/nuevo/roman.html


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lunes, 8 de abril de 2013

Menstruación, ahorcamiento, efectividad autodestructiva masculina, etc.


«'Los hombres se matan más que las mujeres'

El factor género es determinante: los hombres de todas las edades consuman el suicidio en una proporción que triplica los suicidios de la mujeres. La excepción es China, donde la mayoría de los suicidas son femeninos, dato que contradice la tendencia mundial pero que tal vez es explicable por la situación de desventaja de género que vive ese país.
«...los hombres suelen tener más éxito [por] la elección del método: el ahorcamiento..., el salto al vacío..., las armas de fuego... En cambio, el recurso más frecuente al que apelan las mujeres es el envenenamiento o las sobredosis de medicamentos...

...En contrapartida, una revisión de las estadísticas mundiales mostró que las tentativas de suicidio son más comunes entre las mujeres, quienes triplican las de los hombres. Y en caso de consumar el suicidio, las mujeres suelen suicidarse durante la menstruación o durante los días premenstruales...»
(pág. 40)

(pág. 48)

"Por mano propia. Estudio sobre las prácticas suicidas", de Diana Cohen Agrest
Editorial Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2010

viernes, 29 de marzo de 2013

domingo, 24 de marzo de 2013

"Las damas de San Petersburgo", de Nina Berberova

Ed. Circe, 1995

El libro lo componen dos relatos, dos historias de mujeres, ambas ambientadas en los periodos iniciales de la revolución rusa del 17 – entre las fechas un poco anteriores e inmediatamente posteriores del triunfo de la revolución, en el primero; y en los periodos de estabilización de la misma en el segundo.

“Las damas de San Petersburgo”
Una muchacha casadera, Margarita, llega con su madre a un pueblo. Se instalan en una posada cuyo dueño es médico. Estamos en plenas escaramuzas entre el ejército zarista y el bolchevique. Nada es estable ni se sabe dónde irán a parar las cosas.
De repente, muere la madre de Margarita. Se escuchan estampidas de batallas lejanas. El médico sugiere enterrar sin mucha vuelta el cadáver, antes de que empiece a apestar, pues hace calor. Un carpintero mujik pide una fortuna por el ataúd. El médico negocia, mirando con altivez y desprecio al carpintero, pero este lo retruca llamándolo “camarada”.
Hay rabia hacia los burgueses por parte de los campesinos del pueblo, pero también lástima. Y los burgueses sienten miedo de los campesinos y sin decirlo ruegan compasión. Sin embargo, a pesar de en cierta manera quererlo, no se rebajan a sentimentalismos: no es el momento.
Margarita termina enterrando a la madre en el jardín de la posada, porque el cementerio está lejos, no hay quien transporte el cadáver (los campesinos están en otra, ya no pueden ser sirvientes).
Podría reducirse este cuento su claves simbolistas: el cadáver de la madre, apestando ya como la burguesía zarista, Margarita extraviada y sin privilegios de clase como toda su generación y la ascendencia de antiguamente desclasados, siervos, a la insólita condición de ciudadanos. Pero Berberova no deja pasar que se trata de personas, débiles, vacilantes, inseguras, en cierta manera incapaces de asumir la enormidad de lo que estaba ocurriendo en ese momento y que sin embargo asumirán, un poco fatalmente.

“Zoia Andreiévna”
A Zoia se le desgarraron los bajos de la falda y la pluma del sombrero se le rompió, además, lleva las ojeras excesivamente pronunciadas. Estos hechos, aparentemente triviales, los siente con más gravedad, con mayor carga trágica, que el haber perdido los bienes y privilegios de su anterior clase social. Los habitantes del pueblo al que arriba ven en ella, en sus ropas raídas y su cuerpo agotado y polvoriento, los brillos, aunque opacados, de refinamiento de la cultura burguesa, de los antiguos amos, en suma, de ese mundo misterioso que desconocen. La miran con una mezcla de envidia y repugnancia.
Las aventuras de Zoia se enmarcan en el momento de acoplamiento entre el viejo orden y el nuevo. El relato nos ilumina las formas de la decadencia y el aplastamiento, así como también las formas en que se asienta la revolución. Podría decirse, en fin, que es el relato del cambio de una estética por otra, con el dolor y la alegría que es implica. Como siempre, la prosa de Berberova, sin contemplaciones ni flojera, es magistral.


Berberova observa los detalles que alteró la revolución rusa: la vestimenta, el polvo, las telarañas, así como los nuevos brillos, las nuevas reglas de comportamiento social (palabras que surgen y se asientan, otras que desaparecen). Y también, sobre todo, la culpa. Si bien los del antiguo orden matarían a los bolcheviques sin parpadear, quizá, si pudieran, saben que no tienen a su favor ninguna ley divina, ni racional, ni nada. Les es doloroso haber caído, pero en cierta forma presiente que eso tenía que pasar.



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viernes, 8 de marzo de 2013

“La peste negra”, de Nina Berberova


Ed. Circe - Barcelona 1989
Traducción de José Manuel Álvarez-Flores

Este libro reúne 3 relatos: “La Peste Negra”,” La Capa” y “En Memoria De Schliemann”. Simplemente, para sacarse el sombrero, o el kepis, o por le menos peinarse el jopo.

1
“Me da absolutamente igual vivir
en un sitio que en otro, en realidad.
Me gustan las impresiones nuevas,
alivian el dolor que llevo dentro.
¿Y no desea eso todo hombre?”
Pág. 84

Si un diamante tiene la ‘peste negra’, quiere decir que un punto oscuro, una partícula de carbón ya visible se ha originado en su interior. Este fenómeno se produce en millones de años, y el resultado es que el diamante ya no vale nada, pues está manchado, apestado, es impuro.
El relato de Evgenii Petrovich, exiliado ruso en Paris, empieza cuando recibe el visado para emigrar a Estados Unidos. Para conseguir el dinero necesario, va por los pendientes de diamantes que le pertenecieron a su ex-mujer y se entera de la desgracia: algo que ocurre en extensísimos periodos de tiempo, le había pasado a él, a su diamante, en solo una década de viudez.
Empieza entonces una aventura para conseguir el dinero, que consisten en compartir su piso con una mujer, también rusa, muy bonita, bailaría, con la condición de que se hagan pasar por pareja y así esta mujer, previo pago de un monto, podrá quedarse con el alquiler del piso cuando EP se marche. Desde aquí, tras una pausa de más de una década en Paris, EP retoma la búsqueda del sitio ideal, del paraíso, y para llegar a él desprecia las distracciones –mujeres y amor, en este caso-, que se le presentan.
La Peste Negra es la que tiene el hombre contemporáneo: el desarraigo de cualquier sitio, la imposibilidad de pertenecer a ningún lado. Esta peste es una condena que desde su nacimiento estuvo gestándose, pero recién en el siglo XX se mostró, se evidenció. Evgenii no lo vive como una maldición, sino que lo asume con una especie de melancólica alegría. Se inventa un lugar propio, incluso quien lo espere, y va tras  ese ideal, siempre está yendo, sin poder detenerse.
Para Nina Berberova, la historia de Rusia y lo que ocurrió con los numerosos exiliados durante la revolución, son excusas para hablar de la vida.
El tono es de fábula, un poco Dinesen, e incluso el Nabokov de la primera época, aunque más atemperado. Hay una escena maravillosa en que EP pasea en barco con una mujer. El barco se adentra en el océano en plena oscuridad. Ambos desconocen dónde están yendo, cuándo volverán, dónde están; apenas pueden distinguirse estrellas y el olor salado del mar. Sin embargo, o por eso mismo, se sienten completamente felices.

2
“Me daba miedo la vida y creía en ella.
Quería algo grande y me sentía muy
pequeña. Siempre llegaba la primera
y no me necesitaba nadie”
pág. 89

Sasha es obrera textil en Paris, donde vive como puede, luego de abandonar Rusia con su familia. Allí recuerda su vida, desde su infancia en Petersburgo. Si hay algo en el que don literario de Berberova brilla, es en el comentario de la infancia: sus golpes bajos, su desesperación y su vaguedad.
Sasha tiene una hermana, llamada Ariadna, que aparte de tener un ojo de vidrio es muy hermosa y está llena de ganas de vivir pasiones sensuales, pero le toca hacerlo en plena revolución rusa. Sin embargo, Ariadna huye con un dramaturgo de segunda o tercera fila, ya casado, se hace actriz y posteriormente, aún joven, es comida por la enfermedad, anónima. Sasha huye a Paris con el padre, aún siendo niña. Pero antes, vive con curiosidad la miseria de la vida de los burgueses y nobles, que habían caído a pique en la revolución. En su casa se instalan obreros y ella y su padre, son confinados al living. Una condesa ayuda a Sasha a fregar los pisos, mientras le cuenta las épocas alentejueladas de su vida social de una década antes.
Luego, ya en Paris, donde esperaban recuperar glorias pasadas, el país de la libertad, solo ven su antiguo piso de Petersburgo trasplantado en los suburbios de la ciudad luz, neblinosa, húmeda, pobre y fría.
Para Berberova Rusia es la infancia, es lo que se pierde (como el título de un libro de Alejandra Zina que tengo muchas ganas de leer), el paraíso de los románticos. Más que un país, es un estado de alma. Fuera de allí solo hay adultez mediocre, miserable, estúpida, bruta. No hay luces en Paris, solo paredes sucias y resquebrajadas. En otras palabras, Rusia es una metáfora. Por eso, sus relatos, son universales: no importan tanto las circunstancias descritas, sino más bien la disposición del mundo enfrentada a la vida.

3
“En vez de aquella costa libre, aquella
última niebla que envolvía la esperanza,
había otra ciudad más”
pág. 180

Un contable de una ciudad del futuro –no muy lejano-, obtiene tres días de permiso. Emprende un viaje en pos de una playa. Por mientras, planea una organización social que resolvería los problemas de superpoblación del planeta, un poco bastante parecido a lo que está sucediendo ahora: horarios laborales que cubran todo el espectro diurno y nocturno, y toda la semana de cada año, para que los que están trabajando den espacio a los que están paseado, y viceversa. También, pues habían instalado recientemente en su empresa una máquina de planeamiento vital de los empleados, divaga sobre los efectos positivos que tendría sobre la humanidad el someterse completamente a un sistema que regule completamente cada actividad mínima, inclusive el pensamiento.
Mientras va pensando estas cosas, el personaje viaja, en colectivo primero, luego en tren, y finalmente a pie, hasta esa playa que nunca aparece. En todo su trayecto solo ve ciudades y más ciudades, gente entrechocándose, yendo y viniendo, coches, en fin, no ve lo que se dice terrenos abiertos, descampados, puesto cada rincón ha sido urbanizado. Entonces, olvida un poco sus divagaciones y se embarca en una aventura desesperada por alguna playa, cualquiera, pues la que le habían recomendado no existe –contaminada, imposible siquiera estar en sus orillas-. Le comentan de la existencia de una costa marítima y allí se dirige. Llega a una ciudad costera, repleta de veraneantes como él –por cierto, hace un calor espantoso en todo el cuento-, cruza el centro, plagado de restaurantes, llega hasta la playa, donde es imposible caminar con libertad por la cantidad de gente. La playa resultar ser algo así como los andenes del subte: hay que esperar el turno para avanzar un paso en hora pico. Con paciencia, el personaje va acercándose al agua, hasta que puede meterse. Nada un buen rato, hasta que, por fin, ve espacios libres, terrenos sin ciudades, solo agua y niebla.
Este relato tiene parentela: pienso por ejemplo en “Bilenio”, de Ballard, y “Gelatina”, de Levrero, que describen ciudades en que no hay un metro cuadrado libre de gente. Ciudades como estadios de fútbol repletos. Los personajes ya no se sientan oprimidos y quieren huir, sino que están más bien rendidos, entregados. Cada uno de estos relatos plantea algo particular. En Berberova, el personaje sigue buscando ese lugar ideal, esta vez sin ciudades nuevas. El peregrinaje de los desterrados, de los emigrantes existenciales, está lleno de ciudades que no duermen y que son indiferentes entre sí; hormigón y cemento, y más hormigón y cemento: es lo que se acumula, piedra sobre piedra más que experiencia vital; sitios en vez de lugares, cosas así.

En resumidas cuentas, “La peste negra”, es un libro excelente.



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jueves, 7 de marzo de 2013

Entrevista a Humberto Bas


"Mi última lectura fue Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy del irlandés Laurence Sterne. Es una aventura fascinante porque de alguna manera veo que en esa novela están presupuestas todas las otras grandes novelas que a mí me han gustado. Incluso creo que está presupuesta la novela de Macedonio Fernández. La novela es de 1750 y según algunos autores es la primera que desciende directamente de El Quijote; se llega a decir que El Quijote tuvo hijos del otro lado de La Mancha, y ese hijo es la novela de Sterne"



http://revistaruletachina.blogspot.com.ar/2013/03/entrevista-humberto-bas-el-hombre-que.html?spref=fb

lunes, 4 de marzo de 2013

“Gongue”, de Marcelo Cohen


Ed. Interzona, 2012


Este fue mi segundo encuentro con la obra de este escritor (leí sin embargo varias traducciones suyas de otros autores, la que más recuerdo es “El dios salvaje”, de Al Alvarez, libro absolutamente genial). La primera vez fue con “El lamento de O’jaral” y me pareció una tortura. Quizá se debió a alguna particularidad mía por aquella época, pero me tomó como 5 meses terminar la novela. Me dolió, el aburrimiento que me produjo me calaba los huesos como la humedad, yo quedaba luego de un par de páginas como expuesto a algún tipo de radiación ácida, deprimido, en fin, no me gustó mucho que digamos. Así que cuando me prestaron esta novela, le puse la mejor voluntad, aunque estaba dispuesto a tirarlo por la ventana si me sentía arrastrado hacia los desbarrancaderos aquellos que tan bien conocí anteriormente. 
Ahora, que atravesé el “Gongue” -o mejor, que me atravesó-, puedo arriesgar una teoría: Marcelo Cohen no debería escribir nunca libros de más de 80 páginas. 
“Gongue” es absolutamente magistral, y lo es precisamente porque está muy sabiamente dosificada. Me explico: la prosa de Cohen es deleitable, como una golosina de excesivo sabor (es posible citar cualquier párrafo para demostrar que es un escritor magnífico, cualquier frase, cualquier contubernio entre de dos palabras que usualmente aparenta un carácter levemente ilícito), como una gran torta de merengue, de digamos 20 kilogramos, que por un proceso químico-cuántico fue comprimida en la geografía de un alfajor. Es imposible soportar 200 páginas (al menos para mí lo es), de espectacular prosa meditada, descompuesta atómicamente y vuelta a recomponer como si se construyera de nuevo el lenguaje en cada línea.
En “Gongue” la historia es mínima. Un hombre, Támper, vigila las posesiones inundadas de su jefe, armado de ciertos aparatos tecnológicos, un lanchón tirado por un animal de seis patas, el instrumento musical conocido como gongue (imaginable como una especie de gong), la celebración de un Dios cabrón y abandonito y sus delirios metafísico-sexuales: Támper es Sor Juana Inés de la Cruz en Woodstock. Sobre el flujo cruzado del Delta, Támper despliega el gongue, que se desplaza reptando sobre las aguas, encabalgado en él su discurso apasionado, senil, perezoso pero inmensamente apasionado.
Cohen inventó una geografía para sus novelas, el Delta Panorámico, que vertebró con una particular semántica. En esta novela, la naturaleza se despliega parsimoniosamente y la humanidad, esa cosa artificiosa, tecnocrático-biológica, ese palabrerío, se adecua a ella contraponiéndole una sonoridad que busca armonizar con ella, pero enfrentándola y a la vez riñendo consigo misma.
Son solamente 80 páginas. Pero la lectura es arduamente sensual, enormemente gozosa. Se me acalambran los dedos en mi intento por evitarle adjetivos elogiosos, pero la verdad es que quiero llenar de loas, vivas, hurras y demás al gongue coheniano.




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