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jueves, 5 de abril de 2018

Estudiantes universitarios, siglo XV

En 1452 la universidad estaba en un gran desorden, y François Villon ingresó en el momento en que los estudiantes eran más rebeldes y tumultuosos. La agitación se prolongaba desde 1444. El rector, con el pretexto de que había sido insultado por negarse a pagar una contribución, hizo cesar las clases desde el 4 de septiembre de 1444 al 4 de marzo de 1445, Domingo de Pasión. Existían precedentes, y la universidad ya había ganado la causa en un episodio de este tipo en 1408. Sin embargo, la justicia laica fue severa; algunos estudiantes fueron llevados a prisión y, a pesar de las protestas de la universidad, el rey Carlos VII hizo que se juzgara el caso en el Parlamento y amenazó con perseguir a los responsables del cese de las lecciones y los sermones. El cardenal Guillaume d’Estouteville fue delegado por el papa Nicolás V para que redactara un acta de reforma (1º de junio de 1452). Pero los estudiantes no aceptaron el nuevo reglamento. Se habían habituado al libertinaje.El procurador del rey, Popaincourt, protestando ante el Parlamento en junio de 1453, dijo

"que desde hace cuatro años a esta parte ha venido a notarse que algunos de la universidad cometían diversos excesos de los que se murmuraba en París, como haber arrancado mojones[2] y haber ido al Hostal del Rey[3] portando armas y no hacía mucho se habían trasladado con escaleras a la Puerta Baudet y habían arrancado de las casas las enseñas sostenidas con ganchos de hierro y se estaban jactando de tener otras enseñas."

(...) Habían puesto una de las piedras sobre la montaña de Sainte-Geneviève, y la otra sobre el monte Saint-Hilaire, un poco más abajo, en el lugar del Colegio de Francia. Allí, entre ceremonias burlescas, habían casado a los dos mojones y consagrado sus privilegios. Todos los que pasaban por allí, y sobre todo los oficiales del rey, estaban obligados a cubrirse ante las piedras y a respetar sus prerrogativas. Los domingos y días de fiesta coronaban los mojones con “sombreros” de romero, y por la noche los estudiantes bailaban a su alrededor “al son de flautas y tambores”. Los estudiantes de la curia se habían unido a los otros en estas diversiones. Por la noche rompían las enseñas con gran tumulto, gritando: “¡Muera! ¡Muera!” para hacer que los burgueses se asomaran a las ventanas. (...) En Vanves habían raptado a una joven a quien mantenían desde entonces en su fortaleza. En Saint-Germain-des-Prés habían robado treinta gallinas y pollos. Los carniceros de la montaña de Sainte-Geneviève se quejaron al prebostazgo: los estudiantes se habían llevado los ganchos de hierro donde colgaban sus pedazos de carne. Finalmente se retiraron sobre la montaña, en el Palacio Saint-Etienne, donde tenían las enseñas, dos palancas cubiertas de sangre, los ganchos de hierro, un pequeño cañón y grandes espadas.
Esta extraña turbulencia duró hasta el mes de mayo de 1453. Los estudiantes “pululaban”, según los testigos, sobre la montaña de Sainte-Geneviéve. Los burgueses se lamentaban y los comerciantes se quejaban.

(...) En la mañana de San Nicolás (el 9 de mayo de 1453), el preboste de París Robert d’Estouteville, el teniente de lo criminal, Jean Bezon, y algunos examinadores de Châtelet, junto con sargentos armados de garrotes, se presentaron en el barrio de las Écoles.
Los estudiantes habían anunciado que habría “cabezas golpeadas” si se les molestaba; pero esa mañana muchos de ellos estaban en la misa de sus “naciones”. Los sargentos forzaron las puertas de tres casas de la calle Saint-Jacques, donde estaban guardadas las enseñas descolgadas, arrancaron los mojones y los metieron en una carreta. Luego desfondaron un tonel de vino en una de las casas y bebieron y comieron de las provisiones de los estudiantes, ya que estaban en servicio extraordinario. Luego de beber, encontraron a la joven raptada en Vanves, que estaba cortando unos puerros, y la metieron también a la carreta, cubierta con la capa de un estudiante. Uno de los sargentos se disfrazó, en son de broma, con la toga de un estudiante y una caperuza, y los otros lo llevaban, para reírse, cogido por los brazos, como representante de los estudiantes de la universidad, golpeándolo por todos lados y gritándole: “¿Dónde están tus compañeros?”.

(...) El rector, a la cabeza de ochocientos estudiantes, formados en columna de a nueve en fondo, vino a reclamarle sus prisioneros al preboste, Robert d’Estouteville, que vivía en la calle de Jouy. El preboste consintió en entregar a los estudiantes, pero desgraciadamente, después de que Robert d’Estouteville envió las órdenes al teniente de lo criminal y a los sargentos con su barbero, hubo insultos entre estudiantes y gente de la patrulla. Se armó una trifulca terrible. Los estudiantes atacaron a pedradas, y los sargentos se defendieron con sus mazas y sus arcos. Un joven estudiante de derecho murió ahí mismo. El arquero Clouet tenía ya apuntado al rector; alguien desvió la flecha. Un pobre cura fue arrojado al arroyo y más de ochenta personas le pasaron por encima; perdió su caperuza y su capelo, y al encontrar a un sargento que estaba vestido con una cotilla violeta, le hizo notar que era cura, pero el sargento le tiró una cuchillada. Corrió entonces hacia la casa de un talabartero, que lo ahuyentó, y huyó luego al ver gente armada con palas y garrotes. Dos chiquillas le ofrecieron asilo pero él no aceptó por pudor. Finalmente logró llegar hasta la casa de un barbero, donde encontró muchos estudiantes metidos dentro de arcones y bajo las camas; él se refugió bajo la mesa, y gritaba que le dieran algo de beber.



Macerl Schwob: "Ensayos y perfiles" (capítulo acerca de François Villon)

martes, 24 de marzo de 2015

"Virginia Wolf ataca de nuevo", de Copi

Este libro fue publicado en el 2010, en un convenio bastante bueno entre Anagrama y Página 12 (un título antológico: "Autobiografía suscinta", de Gombrowicz, joya). La traducción está a cargo (del francés al español de castilla) de Albertó Cardín (apellido sugerente, por lo demás). Son 7 relatos, el que da el título tiene como protagonista a un pseudo Copi que es urgido por su editore a publicar un libro al que le falta un relato, el cual termina siendo precisamente ese, con una historia de crímenes y conversaciones y cosas así, En los otros hay caricaturistas, travestis, ese tipo de personajes que conoció e incluso encarnó el mismo Copi a su manera. El libro es, en suma, bastante parejo: malo desde la primera hasta la última página. Más bien creo que es aburrido en prácticamente cada párrafo, o más exactamente en cada línea. Me recuerda una antología de relatos de Bryce Echenique, "Guia triste de Paris", uno de esos textos escritos por autores consagrados, seguros de haber dado con la fórmula y que son partícipes de esa idea de que una vez que uno escribió un buen texto ("El uruguayo", en el caso de Copi, magnífico relato cuyos arenales siguen la estela de Fernand Combet) ya todo lo que escriba será genial. Falso, falso. El libro de Bryce es ejemplarmente pésimo y este de Copi va por ahí. Que lo disfruten.

martes, 22 de enero de 2013

“Plataforma”, de Michel Houellebecq


Ed. Anagrama/Página12
Trad. de Encarna Castejón
Bs. As. 2012

La novela arranca bien: el padre de Michel ha muerto asesinado por el hermano musulmán de la mucama musulmana que lo atendía y con la que tenía un romance. Un detective se encarga del caso, lo resuelve enseguida, el homicida va preso, Michel hereda una pequeña fortuna, etc. Decepción de la trama policial, muy bien manejada, moderna, chiste a los géneros y demás. El narrador de la novela es Michel, empleado municipal del departamento de fomento artístico, en la comuna de Paris; 40 años, soltero, aficionado a las prostitutas y a masturbarse, cínico, naif, inteligencia media, apagado y turista ocasional. Luego de este asunto del padre, Michel viaja a Tailandia en sus vacaciones y conoce a una chica que a la vuelta se convierte en su amante. La chica se llama Válerie y trabaja en la empresa de turismo que le vendió los pasajes a Michel. El carácter de esta muchacha es bastante similar al de Michel, su versión con vagina, sin rastros de femineidad (lo que sea que esto signifique). En otras palabras, Michel se enamora de sí mismo con vagina y Válerie del Michel enamorado de sí mismo con vagina. Esto en sí ya representa un asunto picante. ¿Se le puede decir incesto, o algo similar? ¿Inselfto? En cualquier caso, lo picante es el interés principal de esta novela. Michel emprende con su novia una aventura financiera para que la empresa de turismo abra viajes destinados a la aventura sexual paga de los turistas europeos en países del tercer mundo: Cuba, Tailandia, Costa de Marfil, etc. La iniciativa fracasa porque un grupo extremista musulmán coloca una  bomba y mata a mucha gente, entre ella a Válerie. Michel queda devastado, pues se había enamorado bastante, y termina sus días en un pueblo post-hippie de Tailandia, escribiendo la novela de la que estoy hablando. Sé que soy un cabrón por revelar parte del argumento, pero mi intención es noble: ahorrarles un valioso tiempo que podrían dedicarle a leer algo más interesante, o a tener sexo, pasear, hacer turismo, etc. Entremedio de todo este asunto que se corresponde a la trama argumental, hay varias digresiones que señalan los pensamientos de Michel respecto a las novelas policiales, en los que defenestra a John Le Carré y otro par más (recordemos que el comienzo de “Plataforma” ya se ocupa de las tramas policiales); así como sobre el sexo (hay todo un recuento de escenas porno light –sobre esto apunto: si Houellebecq hubiera sido latinoamericano no le hubiera parecido tan espectacular coger en plazas, baldíos, etc.), o más bien sobre la desexualización de la vida de occidente por causa del capitalismo que vuelve abstracto el  cuerpo, objeto de intercambio, etc.; y propone la solución de la universalización del pago por sexo: occidente con plata y sin interés por perder el tiempo en el flirteo, da billetes al tercer mundo pobretón a cambio de polvos tropicales, subtropicales, desérticos, coloridos y demás; también hay más digresiones que seguramente no son nada interesantes pues no las recuerdo. Lo más trascendental, junto al tema del sexo en occidente, es el fenómeno del islamismo, contra el cual hay dos argumentos bastante ‘picantes’: el haber aplastado a culturas milenarias como la egipcia y la obstinación por la proliferación de tabúes como justificación de un afán por la violencia gratuita, vulgo terrorismo. La novela es epidérmica en su aproximación a los temas que propone y se desliza veloz como la vida en las grandes ciudades europeas y los mensajes de texto; pero esto más o menos hasta la mitad, luego se vuelve demasiado idiota y cursi.



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viernes, 21 de septiembre de 2012

Ma Bohème




Je m'en allais, les poings dans mes poches crevées;
Mon paletot soudain devenait idéal;
J'allais sous le ciel, Muse, et j'étais ton féal;
Oh! là là! que d'amours splendides j'ai rêvées!
Mon unique culotte avait un large trou.
Petit-Poucet rêveur, j'égrenais dans ma course
Des rimes. Mon auberge était à la Grande-Ourse.
Mes étoiles au ciel avaient un doux frou-frou

Et je les écoutais, assis au bord des routes,

Ces bons soirs de septembre où je sentais des gouttes
De rosée à mon front, comme un vin de vigueur;

Où, rimant au milieu des ombres fantastiques,

Comme des lyres, je tirais les élastiques
De mes souliers blessés, un pied près de mon coeur!




Mi bohemia: Me fui, los puños en los bolsillos rotos;/ mi paletó de golpe devino ideal;/ bajo el cielo, Musa, yo fui tu vasallo;/ oh, la la! Qué amores espléndidos soñé!/ Mi único pantalón tenía un gran agujero./ Pulgarcito soñador, sembré mi camino/ de rimas. Mi hostal era la osa mayor./ Mis estrellas del cielo hacían un dulce fru-fru/ y yo las escuchaba, sentado al borde de las rutas,/ esas buenas tardes de setiembre en que sentía gotas/ de rocío en la frente, como un vino de vigor;/ mientras, rimando entre sombras fantásticas, tiraba los cordones,/ como liras, de mis zapatos rotos, a un pie de mi corazón!





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martes, 7 de junio de 2011

Poema de Gilberte Dallas



Extraje este poema aquí.
Va para ustedes.
Saludos.


Des soleils noirs

Les soleils noirs
Millions de soleils noirs
Girent dans le ciel
Dévorent le ciel
S'abattent sur les pavés
Éventrent les églises du Bon Dieu
Éventrent les hôpitaux
Éventrent les gares
Comme de visqueuses méduses
Éventrent les eaux des ports
Poussent dans les mains des hommes
qui ont des mains
Poussent effroyables jouets
dans les mains des enfants
Mille soleils de faims inassouvissables
Mille soleils de vertige et de douleur
Mille soleils de désespoir et de suicide
Mille soleils de mort lente et de mort rapide
Mille soleils de Terre Éternelle
Mille soleils d'abnégation et de négation
Mille soleils de zéro
Mille millions de soleils de jamais
pour toujours.

"Poètes maudits d'aujourd'hui 1946-1970"
Éditiions Pierre Seghers


Soles Negros
Los soles negros / Millones de soles negros / Giran en el cielo / Devoran el cielo / Se abaten sobre los pavimentos / Destripan las iglesias del Buen Dios / Destripan los hospitales / Destripan las estaciones / Como viscosas medusas / Destripan las aguas de los puertos / Crecen en las manos de los hombres / que tienen manos / Estrujan juguetes terribles / En manos de niños / Mil soles de apetitos insaciables / Mil soles de vértigo y dolor / Mil soles de desesperación y suicidio / Mil soles de muerte lenta y muerte rápida / Mil soles de Tierra Eterna / Mil soles de abnegación y negación / Mil soles de cero / Mil millones de soles de jamás / para siempre.


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viernes, 20 de mayo de 2011

para recordar



«por perfecta que sea una obra, nunca podrá ser irreprochable»


en "Bouvard y Pécuchet", de Gustave Flaubert
Traducción de Margarita Latorre y Mónica Maragall
Ed. Montesinos, Barcelona, 1993

jueves, 23 de septiembre de 2010

"Memorias de un loco", de Gustave Flaubert




Ed. EL PAÍS (Relatos breves). Madrid 2007


Traducción de María Badiola



Esta es la primera novela de Flaubert, escrita cuando tenía alrededor de 17 años.


Lleno de clichés y prejuicos de época, y por eso mismo, como retrato de un adolescente presumido e inconsiente de su ingenuidad, es excelente. Aunque literariamente banal. Se arroga en un romanticismo wertheriano excesivo. Sin embargo, cuando se deja arrastrar por la rabia (¡el umbral de las epifanías!), y la impotencia, en airadas parrafadas, a puro impulso malditista, es grandemente iluminador. Flaubert dio el primer paso con el pie derecho. Como un aventajado alumno del nihilismo más recalcitrante, dostoievskiano. Hacia el final, resignado en la amargura (otra vez) werheriana, y no da un paso más. Pero el último capítulo (poema), es sublime. Sublime. Y una predicción de su él mismo pocos años después. Con el agregado de humor que tenía que venir para ser nuestro querido Gustave.



"Mi alma echa a volar hacia la eternidad y el infinito planea sobre el océano de la duda, al son de la voz que anuncia la muerte."


pág. 79






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miércoles, 25 de agosto de 2010

Mi úlcera (según Michel Onfray)






El gastronterólogo es también proctólogo. Normal: es un especialista del orificio, tanto el de la deglución como el de la defecación. Lo igual y lo diferente, la entrada y la salida, la vida y la muerte, la sustancia y sus restos. Tengo en la boca una especie de aro de plástico que debo morder. En el fondo de la garganta, empiezo a sentir un entumecimiento: el efecto del gel anestesiante. El excipiente con sabor a frambuesa es repugnante, su consistencia, viscosa. El hombre con chaqueta blanca prepara una fibroscopía, la tercera de mi carrera.
La expresión "entubar" nunca tuvo mayor sentido y pertenencia. En el hueco de mi boca pasiva y paralizada, el especialista introduce con breves golpecitos bruscos un larguísimo tubo con un extremo luminoso. Siento como una serpiente cuyos anillos se atascan en mi garganta. El objeto desciende. Sigo su recorrido mentalmente: boca, úvula, garganta, tubo digestivo, boca del estómago, mucosas ácidas, duodeno. Con el ojo clavado en su endoscópio, el médico revisa, observa, invade el interior de mi cuerpo.
Los movimientos del tubo me provocan eructos, bolsas de aire que estallan. Eructor tras eructos interminables, que no puedo retener. Las lágrimas corren por mis mejillas. Estoy acostado. La saliva sale de mi boca y baja por el mentón. Siento náuseas, ganas de vomitar. Con una pinza fijada a la punta del tubo, el médico me hace una biopsia, una pequeña toma de mi carne podrida, averiada. Porción de úlcera. ¿Cáncer o no? El laboratorio dirá.
Luego, rápidamente, la serpiente abandona mi vientre, mi pecho, mi boca. Ahora está enrollada dentro de un recimiente con líquido desinfectante. Me dan papel para secarme todo lo que fluye: lágrimas, saliva, líquidos diversos. Sentado en el borde de esa cama de infortunio, miro, frente a mí, un gran cartel en forma de planisferio que representa la úlcera: purulencias como volcanes, abismos, agujeros, grietas, excrecencias. Carnes oscuras, manchadas, rojizas en el centro. Mezcla de sangre coagulada y tumores en acción. En el centro de mí, está acuando esa podredumbre que tendrá la última palabra, prefiguración de cadáver, antesala de la descomposición.
Con la receta en el bolsillo, la boca neutra, blanca, anestesiada, la garganta aún con el recuerdo de la serpiente que se debatía dentro de ella, vuelvo al exterior, a la vida que bulle. Afuera, todo resplandece, efervescente; dentro de mi cuerpo, la muerte avanza, audaz. Antes que el gusto a carne podrida en mi boca, está el sol del otoño. Carpe diem.



De "EL DESEO DE SER UN VOLCÁN".
Michel Onfray. Traducción de Silvia Kot.
Libros perfil 1999. Bs. As.




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domingo, 8 de agosto de 2010

Presentación de: "MEMORIAS DE UN MUERTO: El viaje sin retorno de Amado Bompland", de Eric Courthès


Ed. Servilibro, Py. 2010


Tengo el agrado de invitarlos a todos el lunes 09 de agosto, en la sala Augusto Raúl Cortázar, de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, a las 19h, a la presentación de mi primera novela:
Se trata de las primeras memorias apócrifas de Amado Bonpland, el gran explorador francés del XIX, nacido en 1773 charentés, como yo y muerto correntino en 1858, después de haber recorrido gran parte de América Latina, primero con Alejandro de Humboldt y luego solito, y a los cuales bien se los puede considerar como los RE-DESCUBRIDORES de este maravilloso continente...

Eric Courthès


Texto de la contratapa del libro:

Otra vez se lo resucita a Amado Bonpland, empero, por primera vez, nos toca leerlo a él mismo. Este relato en primera persona no sólo constituye un homenaje novelesco original sino que también le confiere al personaje una libertad que hacía falta crear en la literatura del género. De aquel género bien podríamos decir que es ante todo él de la aventura, del exotismo y de los anhelos. En efecto, en esta obra Bonpland aparece tal como un arquetipo del aventurero o de aquellos héroes que lidiaban con los molinos de viento.
La vida de aquel botánico y médico nacido rochelés en 1773 y muerto casi argentino en Corrientes en 1858, se inscribe en la historia de los soñadores ilusos: un hombre arrebatado por las Luces, un filántropo y un hombre con un humanismo tan grande que parece cándido ... A aquel hombre que gustaba del otro, desde la Corte Napoleónica hasta las selvas brasileñas, se lo reconstituye en su afán de libertad y en su amor por la recién adquirida independencia de las naciones suramericanas.
Eric Courthes sacó su inspiración de ahí para retratar al eterno viajero que resucita de sus múltiples muertes simbólicas, que renuncia a su herencia charentesa, a su vida científica francesa, a su familia porteña, a su existencia paraguaya, a sus amores argentinos ... Amado Bonpland barloventeó entre la gloria, el infierno y el olvido.
Al recorrer estas diferentes etapas es de esta forma que el autor nos explica el por qué de aquel viaje sin retorno, supeditando lo político a los amores y amistades sin olvidarse tampoco del complejo contexto de formación de los estados rioplatenses. Por todas estas características, este libro resulta ser a la vez una novela histórica y una historia romántica perfectamente logradas.

(Extractos del prefacio de Cédric Cerruti)


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martes, 22 de junio de 2010

Ménage à trois: lectura de dos relatos de Marcel Schwob y Francisco Ayala, por mí, que soy solo uno



Introito
La relación con la literatura es básicamente un trío: escritor – texto – lector. Pero se da en parejas: escribe el escritor; lee el lector; y el texto es un manoseado lábil vegetante.
Los relatos escogidos hablan de tríos: “Los sin cara”, de Marcel Schwob, perteneciente al libro La Cruzada de los Niños, publicada por Biblioteca 100 x 100 en 1997, con traductor innominado (quizá Julio Torri); y “San Juan de Dios”, de Francisco Ayala, de Los Usurpadores (en mi humilde opinión, una de las mejores colecciones de relatos en español del siglo XX) en edición de IBERIA, 1989.

Los Sin Cara
“Sus ropas habían volado hechas jirones.
La conflagración de la pólvora había
borrado el color de los números”
Pág. 55

Empezamos por este relato porque fue escrito primero, aunque la acción ocurre en un tiempo más próximo al nuestro (siglo XIX, mientras que el de Ayala ocurre en el XVI).
Luego de una batalla, encuentran a dos soldados destrozados por el fuego cruzado. En el primer párrafo, de un erotismo descarnado, se describe el estado de los cuerpos: no tienen ojos y un agujero desproporcionado hace de boca, perdieron la lengua y también los miembros; son dos masas de carne idénticas, e increíblemente, apenas, todavía están vivas. En la ambulancia los bautizan como Sin Cara 1 y Sin Cara 2. Un cirujano inglés les cura las heridas y “modeló aquel amasijo de carne”. Los Sin Cara, que no oyen ni hablan, emiten ronquidos como incompresibles señales de radio. Se curan en el hospital, en camas contiguas. Aparte de comer, cagar y dormir, fuman, gracias a un par de pipas confeccionadas especialmente para sus enormes bocas, y van soltando bocanadas de humo con gran placer. Un día llega al hospital una mujer muy atractiva y, para sorpresa de todos, dice que uno de los Sin Cara debe ser su marido desaparecido en la batalla. El problema es que, dado el parecido trágico de los Sin Cara, no puede identificar cuál. Entonces el médico jefe le sugiere, a tono de broma, llevarse a los dos para tantearlos y así zanjar la cuestión. La mujer se escandaliza con la idea. Pero luego de observarlos bien y notar que ninguno de los dos reaccionaba de forma particular a su presencia, decide quedárselos por un mes de prueba. Ya en su casa, la mujer, cuidándolos como a bebés, esperó algún signo para identificar a su hombre, pero los dos Sin Cara no hacían más que disfrutarla y fumar, con gran placer, sus pipas. Por más que los examina, la mujer no puede identificar a su marido en ninguno de los dos. Poco a poco se relaja y cede a la costumbre de tenerlos a ambos. Ensamblando los dos muñecos grotescos, embebida en una gran ternura, se compone el marido. Pero con el tiempo, insensiblemente, se acostumbra más a uno de ellos. El Sin Cara dejado de lado, empieza a entristecerse: deja de fumar y se repliega, lleno de celos turbulentos, en sí mismo. Entonces la mujer, sin comprender mucho, comienza a ocuparse más de él. Pero el Sin Cara triste, víctima de su corazón, se deja morir. Viendo el cuerpo sin vida del Sin Cara triste, el corazón de la mujer se despierta. Y corre llena de odio hacia el otro Sin Cara. Pero al verlo, fumando alegremente, tan tranquilo, es de nuevo presa de una dulce compasión infantil.

San Juan de Dios
«…los vicios de mi educación: el haber sido
criado como hijo de señores, cuyos deseos son
antes servidos que adivinados…»
Pág. 36

Este cuento obedece a un recuerdo del narrador: en su casa de niño, hay un cuadro de San Juan de Dios, de autor anónimo. Al narrador le gusta el cuadro por sus tintes ocres, en los que ve una gran belleza, sin que esto le despierte necesariamente un sentimiento religioso. Más bien, el cuadro pertenece a lo que sería su acervo cultural. Entonces, luego de presentar someramente al santo, nos relata una anécdota sobre él, que al narrador, al igual que el cuadro, le gusta mucho estéticamente y que, de una cierta vaga manera, también le corre por las venas.
Cuando San Juan de Dios decidió (por epifanía) ser un santo, empezó primero pidiendo limosna para los enfermos. En una de esas, está pidiendo limosna y se cruza con un caballero que le da una paliza por interrumpirle el paso. Queda el santo todo magullado y camina por ahí. Entonces ve a un chico que intenta llevarse inútilmente a un burro viejo, tarea de la que lo disuade el santo. El chico le limpia las heridas y con actitud cervantina relata su vida de huérfano y San Juan decide cuidar de él. Llega entonces una mujer y San Juan corre a pedirle limosna. La mujer opta por llevarse al chico de criado, con la condición de mandarle limosnas periódicas a través de él al santo. Quedó así el convenio que se desarrolló sin pausas. Tiempo después, el santo se encuentra con un hombre que en lugar de manos presentaba dos muñones. El manco le cuenta su historia: él es el caballero que le dio la paliza, y le cuenta más: pagó por ello con sus manos. Le relata que nació hijo de señores pero que por cosas de la vida quedó huérfano sin herencia, ya que su patrimonio pasó a manos de parientes. Cuando creció, fue a recuperar, con buena fortuna, su dinero; y en ello conoció a un primo suyo y a la prometida de éste. No contento con recuperar su herencia, se quedó también con la prometida de su primo. El día de la boda, el primo del manco, loco de ira, fue a ver a la mujer y le tocó las tetas sin permiso. El manco se enteró y decidió vengarse: le cortaría las manos y se las daría a la mujer como ofrenda el día de la boda. Cuando la mujer se entera de su plan, le dice que nunca se casará con un patán semejante y el manco decide entonces, por no perderla, anular su venganza. Galopa hasta la trampa preparada para su primo y confundido por los matones que contrató, termina sin manos. Comienza a vagar por la vida hasta que se encuentra a San Juan y le pide ser su discípulo. San Juan de Dios lo convence de pedirle disculpas al primo. Encuentran al mismo a la puerta de una iglesia y resulta estar también perdido en el mundo. Los primos se hacen discípulos del santo, y se reconcilian en la entrega a Dios y a los enfermos. Un día llega hasta ellos el chico del burro: su dama está muriéndose de peste y le pide al santo ayuda. Se entera San Juan que la dama del chico es la prometida de los primos y sin consultar envía a los dos a cuidarla. Los primos llegan junto a la mujer cuando ya ha muerto. Lloran a sus pies y le hacen los servicios fúnebres. Terminan siendo los discípulos más fieles del santo. El cuento continúa un par de líneas más, sin ánimo de hacer parábola cristiana, dando los últimos retoques al cuadro de San Juan de Dios.

Extroito
En lugar de versar sobre los encuentros sexuales o el durante de las ménage à trois de las historias, estos relatos se ambientan para dar una resolución a este tipo de relación amorosa. Quiero decir, leídos con alevosía, dan una respuesta a la pregunta de si es posible un clímax de a tres. Pero terminan dando una explicación sobre el esquema necesario para el funcionamiento de las relaciones amorosas de a dos.
Estando de a tres, los amantes no funcionan, pues terminan escogiendo una pareja y dejan de lado al otro, pero sin abandonarlo completamente.
En Schwob, vencido el sentimiento de escándalo de la mujer (clichés de pensamiento, subjetividad heredada, etc.), ella puede gozar aparentemente con ambos amantes, pero su cuerpo escoge a uno de ellos, y cuando el Sin Cara dejado de lado muere, esto abre una nueva perspectiva, más libre, a relación de a dos con el sobreviviente. En Ayala es la muerte física de la amada lo que exalta la unión de los primos, que de antemano habían ya optado por estar juntos; pero recién se liberan a su goce cuando entre los dos amortajan a su amada.
Dicho de una manera más simple: el primer cuento refiere a lo corporal y el segundo a lo espiritual. Es lo carnal lo que decide entre los amantes de Schwob, entregados al placer de sentir como están los personajes. Y en Ayala es lo ideal del amor: la entrega absoluta a un sentimiento que ya no pide un objeto sino que se entrega al mar tumultuoso del mundo entero.
Para ser disfrutada a pleno, toda relación amorosa necesita un otro muerto. Más precisamente: sobre el cadáver del otro muerto, los sobrevivientes a la catástrofe amorosa inauguran su lecho de amor.




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lunes, 19 de abril de 2010

Vivir me mata, de Paul Smaïl


Editorial ElCobre, Barcelona (España) 2003
Traducción (“Vivre me tue”) del original francés por Ana Labra y Cristina Abril

Esta novela no tiene un autor preciso (aunque probablemente ya se haya aclarado el tema desde el año de la publicación de la misma) y se la atribuye a Jack-Alain Léger, escritor especialista en literatura comparada; es decir: un crítico. Y esto es más o menos lo que pretende la novela: denunciar y explicar la situación de los magrebíes nacidos en Francia, muchas veces incluso ya de padres franceses, pero que siguen siendo tratados como plaga inmigrante.
Paul Smaïl escribe su autobiografía, cuyo resultado es un dietario de frustraciones, donde se enumera numerosos fracasos laborales, amorosos, familiares.
Nos enteramos, entre otras cosas, que de chico era golpeado sistemáticamente por un grupo de inadaptados (o adaptados, por lo cual sería él el inadaptado…); entonces su padre, al enterarse de que fue asaltado con el resultado de quedar sin zapatos, lo llevó a practicar boxeo en el gimnasio de un franco-español, hijo de exiliado republicano, en donde aprendió a tener autoconfianza; luego estudió literatura en Paris X y trabajó de repartidor de pizza y vendedor de libros; tenía un hermano fisiculturista y gay, adicto a los esteroides, que termina muerto, muy joven, en Hamburgo; el padre muere de cáncer de estómago, sufriendo estoicamente; se enamora de una chica judía y es abandonado por ella, situación de la cual no da mayores datos; le gustaba Melville; y un par de cosas más.
En fin, nos enteramos de su vida.
Hay que decir que el personaje Paul es enormemente interesante y deja claramente cuál es la vida de un marroquí en Paris. Parafraseando a Shylock escribe en la página 150:
«Soy árabe. ¿No tiene un árabe ojos? ¿No tiene un árabe manos, órganos, proporciones, sentidos, emociones, pasiones? ¿No se alimenta de lo mismo, es herido por las mismas armas, sufre las mismas enfermedades, se cura con los mismos remedios, siente calor o frío con el mismo verano y el mismo invierno que un francés de pura cepa?»
Y ya antes cita en la página 88: “And if you wrong us shall we not revenge? If we are like you in the rest, we will resemble you in that… (¿No habremos de vengarnos al fin sin nos ofenden? Si en todo lo demás somos iguales, también en eso habremos de parecernos…)”
Una de las partes más interesantes relata someramente los sucesos del 17 de octubre de 1961. Esa noche, miles de argelinos residentes en Paris fueron torturados y ejecutados por escuadrones que asolaban calles y casas y se llevaban a todo aquel que parecía moro.
El libro contiene suficiente información sociológica; pero literariamente no apasiona. Está escrito muy a lo informe médico. Los dos únicos personajes vivos son Paul (el narrador) y, aunque más parcialmente, su hermano Daniel. También Diop, un negro compañero del gimnasio, pinta carne. El resto, una procesión de fantasmas borrosos.
La prosa, metódica, no tiene vuelo. Así que la recomendación va más por el lado sociológico.
Vale decir, de paso, que es un libro corto, ágil, para leer en dos sentadas; no exige profundización sino solo una leve concentración para acordarse de las inmediatas páginas anteriores.
Sin embargo, en la memoria, quedan fijas algunas escenas, casi fílmicas. Y ya por eso vale la pena.
Un beso a todos.




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jueves, 18 de marzo de 2010

Gout(t)man




Él puzzle está en tu cabeza

1
Gaspard Winckler ocupaba el departamento de la derecha del 6º piso del número 11 de la rue Simon-Crubellier. Era un artesano de manos mágicas. Frecuentaba el café Riri, donde leía todos los periódicos y jugaba al chaquete con Morellet. Gaspard Winckler, judío como George Perec, es uno de los personajes más entrañables de “La vida instrucciones de uso” (1978).
Al igual que Perec, Winckler armaba puzzles para que nosotros los encastremos sin darnos cuenta de que cada pieza que agarramos, que examinamos y acariciamos, cada combinación, «cada tanteo, cada intuición, cada esperanza, cada desilusión han sido decididos, calculados, estudiados» (pág. 16) por ellos.
Gaspar Winckler aprendió el oficio de artesano de un hombre llamado Gouttman que «fabricaba objetos religiosos que vendía él mismo en iglesias y procuras: cruces, medallas y rosarios de todos los tamaños, candelabros para oratorias, altares portátiles, flores de fantasía, sagrados corazones de cartulina azul, San Josés de barba roja, calvarios de porcelana» (pág. 51-52).
Este hombre tomó como aprendiz a Gaspard Winckler llevándolo a su casa cuando apenas había cumplido doce años. Estuvo varios años con él, aprendiendo mucho, pues el hombre sabía hacerlo todo con las manos.
¿Quién y de dónde era este Gouttman?
Es posible encontrar pistas sobre él en otra novela, mucho más vieja, publicada en 1881, de manera póstuma, pero escrita por Gustave Flaubert durante varios años, según pistas desde 1872. La novela es la maravillosa Bouvard y Pécuchet.
En esta novela, llevados por las peripecias de la investigación teórico-práctica sobre la cultura humana, Bouvard y Pécuchet abrazan, cada uno a su manera, la fe católica. Puestos en ello, reciben un día la visita de un «individuo obeso, con ojillos de chino y la nariz como el pico de un buitre. Era el señor Goutman, comerciante de artículos piadosos; bajo el cobertizo (de la casa de Bouvard y Pécuchet) desenvolvió algunos, metidos en cajas: cruces, medallas y rosarios de todas las dimensiones, candelabros para oratorios, altares portátiles, ramilletes de oropel y sagrados corazones de cartón azul, San Josés con barba roja, calvarios de porcelana...» (pág. 213)
Este Goutman, a quien transcurrido un siglo Perec le agregó una "t" (¿de temps?) sin alterar la fonética, según nos cuenta Flaubert « prefería el trueque..., a cambio de hierros viejos y de todos los plomos, ofreció un surtido de sus mercancías.» Pero, cuando «lo vio tan fácil, Goutman quiso además la alabarda... Hecha la estimación total, los señores (Bouvard y Pécuchet) debían aún cien francos.» (pág. 213)
La novela de Flaubert, a grandes rasgos, transcurre en la década de 1840. La de Perec en la década de 1970.
Gaspard Winckler se mudó a París entre fines de los 20 y principios de los 30. Era aún joven. Por tanto, aprendió a ser artesano entre guerras. Esto nos dice que transcurrieron por lo menos 70 años entre el encuentro de Goutman con Bouvard y Pécuchet y el de Gouttman con Gaspard Winckler.
¿Qué sucedió mientras tanto con Goutman-Gouttman?
Pues quién sabe. Lo que sí sabemos es que es cómo acabó:
«A pesar de sus muchas actitudes, Gouttman no era hombre de negocios. Cuando había vendido todas sus existencias, se iba a la ciudad y dilapidaba todo su dinero en dos o tres días. Entonces regresaba a casa y empezaba de nuevo a esculpir, tejer, trenzar, enhebrar, bordar, coser, amasar, pintar, barnizar, recortar, ensamblar hasta recomponer sus existencias y salir otra vez a venderlas por los caminos. Un día no regresó. Winckler supo más tarde que había muerto de frío al borde de la carretera, en el bosque de Argonne, entre les Islettes y Clermont.»

2
Gaspard Winckler trabajaba como artesano de puzzles para un inglés llamado Bartlebooth.
Percival Bartlebooth decidió un día que toda su existencia quedara organizada en torno a un proyecto cuya necesidad arbitraria tuviera en sí misma su propia finalidad.
El mejor amigo de George Perec, compañero del Oulipo, lector de sus manuscritos, era el escritor Harry Mathews, estadounidense.
La novela la dedica Perec a Raymong Queneau.
Raymong Queneau publicó sus primeras obras con el seudónimo de Sally Mara, a imitación del Vernon Sullivan de Boris Vian.

Etc.




"Bouvard y Pécuchet", Ed. Montesinos, Barcelona 1983.
Traducción de Marga Latorre y Mónica Maragall
"La vida instrucciones de uso", Ed. Anagrama, Barcelona 2001.
Traducción de Josep Escué

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lunes, 8 de febrero de 2010

lgunas estrellas fugaces se deslizaron de improviso...


«Algunas estrellas fugaces se deslizaron de improviso, describiendo en el cielo la parábola de un cohete monstruoso.
-¡Mira -dijo Bouvard-, mundos que desaparecen!
Pécuchet prosiguió:
-Si también el nuestro hiciera una cabriola, los ciudadanos de las estrellas no se conmoverían más que nosotros en este momento. Este tipo de ideas aplastan el orgullo a cualquiera. ¿Cuál es la finalidad de todo esto?
-Tal vez no haya finalidad.
-Sin embargo...
Y Pécuchet repitió dos o tres veces "sin embargo", sin encontrar nada más que decir.
-¡No importa! Me gustaría saber cómo se ha formado el universo.»

(pág. 72)


"Bouvard y Pécuchet", de Gustave Flaubert
Ed. Montesinos, Barcelona, 1993
Traducción de Margarita Latorre y Mónica Maragall
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lunes, 18 de enero de 2010

Eugenia Grandet, de Honorato de Balzac


Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1984. 268 pp.
Traducción de María Luz Huidobro (buenísima)

1
Una vez, camino a comprar puchos un amanecer de borrachera, me explicaron la diferencia entre "rimpianto" y "rimorso". La primera es arrepentirte de algo que no has hecho, y la segunda de algo que has hecho. (Quizá Strika pueda saber si hay un paralelo español para estos verbos.) Y yo supe que prefería un rimorso a un rimpianto.
Neruda nunca leyó a Balzac. Lo que se perdió. 28 años esperé a leer una novela completa del cabezón (antes leí algunos relatos y por la mitad unas cuantas novelas).
Sabe Dios que fue una decisión sabia.
Si creen en las recomendaciones, pues, simplemente, lean a Balzac.

2
Anoche tuve un insomnio espantoso. Tenía un humor de perros. A las 7 de la mañana fui a comprar leche chocolatada y me tomé medio litro y luego me bañé y salí a tomar el subte, zombi. Le había dicho a mi mujer, cerca del alba, que no paraba de moverse y que no me dejaba dormir. Podrías guardarte ese brazo en el ropero, perra, le dije. Podrías amputarte la pierna en vez de moverla como una anguila epiléptica por la lúgubre cama, le dije. Ella dormía sin escucharme, pues lo dije todo entre dientes. ¿Para qué iba a despertarla, después de todo?
Pero ella no me dio insomnio. Peor, tampoco fue ansiedad por algo ni nada por el estilo. Simplemente dejé que el sueño pase, porque preferí hacer otra cosa.
¿Y qué fue lo que preferí? Pues a Balzac.
Me faltaban unas 150 páginas a las doce de la noche. Me dije, leo un poco y a dormir. A las 3 am me faltaban solo unas 70 páginas. Eugenia estaba volviéndose sublime y yo no iba a entregarme a Morfeo lleno de curiosidad. Terminé a las 5:30, todo cargado de tormenta.
¿Dónde se mete uno tanto libro y después pretende estarse así tan tranquilo?
Estreñido de Eugenia, evité un rimpianto. Y, por supuesto, tuve mi rimorso babeando en mi caja laboral. En mi ataúd rutinario, hecho un drácula insomne.

3
Cuando escribo relatos, atrapo palabra por palabra, como quien oye susurros a través del vano de una puerta, oculto, indigno de entrar, temeroso y culpógeno; atrapo, repito, palabra por palabra, a veces hasta letra por letra, la frase que compondrá hilándose con otras, llena de remiendos, el párrafo, la página, el relato.
Me hago de pobre literatura igual que un voyeur, como un yacaré. Robo el fruto de mi deseo como si fuera de otro. Y me lo guardo en el bolsillo y me desplazo por pasillos vacíos cubierto con un gabán, hasta saberme sin vigilancia y allí, escondido tras la taza de un baño de sótano, tomo apuntes.
¡Oh, no saben el placer!

4
En cambio Balzac, ese gordo cabezón, abre la puerta de cortinas gruesas de su imaginación, y si no le satisface lo que ve grita órdenes a sus fantasmas y los acomoda, cruel, a su antojo.
Cuando los amantes de sus novelas se apasionan, les corta el delirio con frases como: "se dijeron un par de tonterías más y luego ella..." Y no lo hace despectivamente, ¿acaso no son tonterías las bases del amor?
En pleno romanticismo, cuando todo es pasión, Balzac ya es post industrial, sabe que el dinero mueve más pasiones, que la avaricia, la sed de poder y reconocimiento social, no se contraponen a los sentimientos puros, sino que los someten y los borran; y sabe que esto es profundamente humano.
Llegado un punto, cuando más órdenes les está dictando a sus fantasmas, y cuando más seguro de sí se siento, ya pasada media novela, con el límpido camino hacia el final abierto solo para él, Balzac se da cuenta de que los fantasmas se burlaron de él, y que lo que hará no es un estudio sociopolítico, sino gran literatura, enorme literatura, una de las más artificiales y poderosas tretas que haya podido lograr la imaginación de un escritor.
Pasada la mitad de Eugenia Grandet, ya nos es Balzac quien empuja la novela, sino que es arrastrado por el ella, por la corriente atormentada que él mismo creó.
Es tan cierta la frase: consumido por la pasión creadora...
12 a 16 horas de trabajo diario. ¿Cómo no iban a crear un tarado?

5
Consumido el primer sueño por Balzac, estoy listo, cabeceo ya, para tener un sueño más profundo y tranquilo, luego de leer una porquería de página de cualquier revista.



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lunes, 11 de enero de 2010

Es a partir de allí que se interroga la disparidad...

«... Es a partir de allí que se interroga la disparidad. Del lado hombre, eso goza en silencio. El fantasma opera en silencio. Hay toda una patología del silencio en el lado masculino: el hombre no debe ser perturbado por el ruido o por la palabra que no va, mientras que esté en lo suyo. O aún, exige que si hay palabras, ellas deben siempre relevar del vocabulario en juego en la sexualidad. Nunca de otro. Hay allí toda una sensibilidad frágil.
Del lado dama, es preciso que el ser amado hable. Ella solo puede consentir a la sexualidad después de una preparación que consiste escencialmente el ser envuelta en palabras, después de lo cual el sujeto conciente. Hay ahí toda una disimetría que hace a lo cómico de las dificultades del amor...»


Eric Laurent, "Los objetos de la pasión"
Editorial Tres Haches.
Trad. Marcela Antelo. pp. 129


martes, 6 de octubre de 2009

"Oscar Wilde", de André Gide

Editorial LUMEN, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach


André Gide es un tipo famoso porque tenía un matrimonio blanco, es decir: no se echaba polvos con la mujer. Oscar Wilde se hizo famoso por cogerse a un lord (Bosie). André Gide se excitaba al ver masturbarse niños; Wilde bien pudo haberse excitado con eso, como también podía excitarse viendo otras cosas. Gide inclinaba la estética hacia lo moral, Wilde hacía estética de la moral, como de casi todo lo que encontraba. Gide era un chico bien y se hizo trolo gracias a que Wilde le dio un empujoncito en un viaje al África; Wilde se enamoró de un chico y se lo culió cuantas veces pudo. Gide defendió los derechos de los homosexuales, Wilde denunció por difamación a los que lo llamaron sodomita. Gide escribió hondas parábolas morales, Wilde hermosas fábulas morales. Gide era un tipo serio, Wilde un dandy guiñolesco. Gide tuvo una vida tranqui, pero se inclinó siempre a la tragedia; Wilde tuvo una vida trágica, y prefería la comedia. Gide comprendió y defendió a los oprimidos, Wilde los amó cuando fue uno de ellos. Gide dominó como un papa la literatura francesa de primera mitad del siglo XX, nobel incluido; Wilde era un nombre que daba vergüenza. Gide era serio, Wilde no. Gide era espantosamente honesto, Wilde un ficcionador. Los libros de Gide, salvo Teseo, son casi deliberadamente aburridos; Wilde tiene libros encantadores, todos. Y ambos fueron amigos, pero unos amigos particulares. A Wilde le gustaban los libros de Gide y lo aburría la persona, pero a éste último le gustaba Wilde y no sus libros.
En fin, cada uno hizo lo que pudo.
Y cuando murió el irlandés, Gide escribió sobre él un par de textos. Dos artículos in memoriam. Están en un librito, este al lado de mí, que miro, con foto de Wilde a lo actor de Hollywood.
Gide, como siempre, tiene una prosa bien y una actitud bien. Pero dos frases duelen, sin saber bien por qué:
«... fuerza es reconocerlo: Wilde no era un buen escritor»
(a la primera oportunidad explica que no es un eufemismo para llamarle genio, sino que dice que era hasta torpe y arruinaba sus fábulas al componerlas)
Y también: «sus obras, lejos de sostenerle, parecieron hundirse con él»
Gide propone rescatar la vida del hombre, pues así tienen sentido sus escritos, solo así pueden comprenderse.

Pero pasan los años, gideano Gide
Si uno va a una mesa de saldos, los libros de Gide son inencontrables. Razón simple: no se editan seguido, están siendo olvidados. Los libros de Wilde se editan hasta en Paraguay y Bolivia. ¿Quién se hunde entonces, pelotudo?
Es posible, sin embargo, que dentro de unos años, Gide sea reimpreso y se renueve su vitalidad. Nunca se sabe, pues el tiempo es arbitrario y las editorias tienen actitudes extrañas.
El tiempo es un juez caprichoso y superficial.
Y con respecto a eso de salvar al hombre y luego ocuparse de su literatura. Si no fuera por Lacan, las psicólogas (y las lectoras de Lacan), que son las últimas lectoras Gide, que lo leen por perverso, pocos leerían a Gide. A Wilde lo leen los niños sin saber ni que interese quién es, solo por sus relatos. Las memorias de Gide son lo más leído de su obra, mientras que la carta autobiográfica de Wilde solo interesa a fanáticos.
Ambos tuvieron vidas ejemplares, que las hay, uno gideano, el otro wildeano, no queda por decir.
A fin de cuentas, ¿qué es ser un gran escritor?
¿Ser homosexual, ir preso, ganar el nobel, ser perverso o un esteta?
¿O ser interminablemente reeditado?
¿O simplemente no aburrir?
¿Qué es la aburrición?
¿Quiénes son, Gide y Wilde?
¿Dónde han ido a parar, cadáveres?
Ah, gideanos wildes, sedliw edig, definitivamente.


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martes, 2 de junio de 2009

«La manía de casi todos los hombres es mostrarse por encima de lo que son; la manía de los escritores es mostrarse hombres de Estado. En consecuencia, todas las grandes medidas de fuerza extrajudicial, todos los recursos a las medidas ilegales en situaciones de peligro han sido, siglo tras siglo, contadas con respeto y descritas con complacencia. El autor, tranquilamente sentado ante su mesa, lanza en todas las direcciones la arbitrariedad, he intenta inyectar en su propio estilo la rapidez que recomienda en las medidas; por un instante, se cree investido del poder, ya que predica su abuso, y su vida especulativa se inflama con todas la demostraciones de fuerza y de potencia con que decora sus frases; de manera que se ofrece a sí mismo algo del placer de la autoridad, repite a voz en grito las grandes palabras de salvación del pueblo, de ley suprema, interés público; se extasia ante su propia profundidad y se maravilla de su propia energía. ¡Pobre imbécil! Habla a hombres que no piden otra cosa que escucharle y que, en la primera oportunidad, realizarán sobre él la experiencia de su teoría.
»Esta vanidad, que ha alterado el juicio de tantos escritores, ha provocado más inconvenientes de lo que se cree durante nuestros conflictos civiles. Todos los espíritus mediocres, conquistadores de una porción de la autoridad, estaban atiborrados de todas estas máximas, tanto más agradables a la estupidez cuanto más le servían para cortar los nudos que ella no puede desatar. No soñaban en otra cosa que en medidas de salvación pública, grandes medidas, golpes de Estado.»

Benjamin Constant.
"DEL ESPÍRITU DE CONQUISTA Y DE LA USURPACIÓN"

jueves, 4 de diciembre de 2008

¿Por qué no un porno?, de Philippe Djian


"Uno de esos tenderos que han
descubierto que cualquier hombre
se resigna a comprar cualquier libro"
JLB

Sé que cada escritor escribe (con derecho) lo que se le antoja, y cómo decía borges, cualquier persona lee cualquier libro. Habemos lectores para cada libro. Con esto también se entiende: hay libros que no son para uno, para los que uno no sirve, resulta sobrante, tonto. Este año me tocaron algunos que me hicieron sentir así: ¡qué hacés con esto en las manos, regalalo rápido o tiralo! ¡Le hacés daño a este libro con tus pensamientos malvados sobre él, pobre, que no tiene la culpa! Lector, a fin de cuentas, molestoso. Les hablaré entonces de tres libros que este año me perdieron en ganas de hacer cualquier otra cosa antes que leerlos, pero que sin embargo, vaya a saber por qué, terminé hasta la última página.



¿Por qué no un porno?, de Philippe Djian.
Tengo que agarrar el libro de la biblioteca para recordar. Es grande, pesado, 331 pág. En la contratapa tiene una foto del autor, con cara de mono intelectual. Dice en la contratapa: "La novela de Djian se asemeja en calidad a las grandes escenas de
Sexus de Henry Miller", ELLE. Este libro lo encontré en la librería Libertador, en febrero de este año. Iba revisando los estantes hasta que me topo con este armastote. Leí los primeros párrafos: prosa antirretórica (bien digerible, pensé); el primer capítulo habla de un tipo sentado, sin saber qué hacer, pensando en su mujer que está en un vuelo con sus hijos y él teme que el avión explote. Efectista, pero con humor. El sensualísmo diseño de tapa y el sugerente título me cautivaron: $10. Dios, espero que nunca más me pase. Apenas llegué a casa lo empecé a leer: habla de un escritor que no vende nada, que tiene un amigo escritor que es un éxito; su mujer le sugiere que escriba una novela porno para pagar las deudas y también le dice que se acueste con la mujer del escritor famoso para inspirarse (no recuerdo bien si era así, al caso no importa mucho). La familia del escritor vive en un pueblo del sur de Francia donde viven muchos otros escritores; para sobrevivir, pues vende pocos libros, distribuye ropa militar entre sus conocidos por unas monedas de más; no recuerdo si también vendía marihuana o alguna droga similar. Hongos, puede ser. Juegan tenis, hacen fiestas. La idea no estaba mal. La estuve leyendo como poseso por unos cuatro días: en el desayuno, las pausas del laburo de telemárketer, en el baño, antes de dormir. Un tormento avanzar cada párrafo: no paraba de decirme: ¿es posible escribir semejantes estupideces y encima ser traducido? No pasa mucho en la novela, la prosa es tonta, mecánica, servicial; un tanto Hunter S. siendo optimista, por el intento de encadenar delirios paranoicos, pero con pata de palo; hay sí algunos comentarios sobre la comercialización de la literatura (las editoriales grandes asociadas con capitalistas asesinos) y posturas anti corporacionistas, pero tan superficiales que uno no sabe qué hacer. Sexo con descripciones escatológicas hechas a los apurones es lo que más hay. Ejemplo: "Nicole me llama entre dos gemidos. Voy y le planto la polla hasta el fondo de la garganta. Olga levanta la cabeza. Parece que acabe de meter la cara en una palangana de lejía. La agarro por la nuca e intercambiamos un beso con gusto a culo. Después masturba a Nicole con un pezón mientras yo le chupo el otro. Cuando se levanta, meto la nariz en el coño de Nicole, que continúa chupándome la polla. Olga me coge la mano y se la lleva a la entrepierna. Le meto un dedo en el culo". El personaje se coge así unas cuantas mujeres (no recuerdo si hacía más, hace ya casi un año que la leí). Hacia la página 200, a punto de tirar al carajo la novela, leo que a una de las mujeres, no sé si una vecina escritora u otra, el escritor le hace una bondage. Bueno, me digo: acá tal vez pueda aprender algo, tratándo de ejercitar el viejo axioma escolar: de todo libro se saca una enseñanza. Sé que es ingenuo, pero soy así. Del bondage (práctica sexual de encordonar a otra persona) lo único que encontré fueron más descripciones inútiles: ningún consejo, ni siquiera qué tipo de cuerdas usar, o al menos un nudo. Nada. Avancé, pues, en esto, unas 50 páginas más. Después la terminé porque a fin de cuentas el final ya estaba ahí nomás. Una de las amigas del escritor se suicida y creo que escribe algo (o al menos se recupera de la locura en que se sumergió con las otras mujeres con muchas historias para escribir), gracias a que su esposa le da una mano tranquilizadora y le recuerda su amor. Y así nomás se terminó. Intenté entregar el libro en montón de librerías como parte de pago (la última en Parque Rivadavia, a un señor que vende libros de un peso y que no parece rechazar nada); pero no la aceptaron. Sigue ocupando un enorme espacio en el mueble de los libros.
Aquí algunos subrayados que sin embargo resultan interesantes:

"En el fondo, me parece que la vida me interesaba más que la literatura... Y eso no es lo más adecuado para esta profesión"

"en materia de literatura, la verdadera valentía tiene aires de suicidio"

"la literatura del momento estaba copada por un puñado de mal follados que rumiaban sus fracasos y destilaban rencor"

"Multinacionales. Holdings. Vendedores de petróleo. Fabricantes de armas. Asesinos de la industria agroalimentaria. Monsanto. ¡Horror! ¡Horror! (...) Se han filtrado en la Food and Drug Administration. Han comercializado el aspartamo, el Roundup y la hormona bovina de crecimiento recombinante. Quieren lanzar Terminator al mercado. ¿Sabes lo que es? Una semilla cuya descendencia se autodestruye. ¿Lo ves? ¡Esos son tus socios! Monsanto o alguna empresa de la misma calaña."

"Nicole afirmaba que esa mise en abyme, practicada tan a menudo y tan a menudo sobrevalorada en la literatura (como la narración no lineal, que atrae la atención de los críticos y sirve de escudo a los escritores domingueros), multiplicaba, si no el número, sí la intensidad de sus orgasmos".


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miércoles, 5 de noviembre de 2008

La muerta enamorada


Théophile Gautier escribió esta novelita gótica cuando tenía alrededor de 25 años, influído por E. T. A. Hoffmann y Matthew Gregory Lewis, cuyas obras "Los elíxires del Diablo" y "El monje", que relatan el mismo tema (un religioso que cede su castidad por las pasiones del cuerpo). En los tres relatos los hechos sobrenaturales se mezclan con los sueños, la mujer es el demonio, la entrega a la fé mediante oraciones y otros sacrificios recupera el alma para Dios. En fin, típico del delicado espíritu de la época, en que blasfemar servía para redirigir las almas al cadalso. Pero en los tres relatos, cada autor se sirve de una o dos páginas para tambalearnos. El demonio es hiperseductor en El monje, el onirismo domina la narración de Hoffmann (lo siniestro, como definiría Freud luego). Lo que diferencia a Gautier de estos dos, es su énfasis preciosista. La belleza de la prosa del francés es insuperable. Ya le puso Baudelaire el epíteto por el que le recordamos, en su dedicatoria de Las Flores del Mal: ...perfecto mago de las letras francesas.
"La muerta enamorada" es la confesión del Cura Romualdo, que a sus 68 años recuerda la única vez que se enamoró en su vida de párraco (" el amor es una historia singular y terrible"), amor que pudo vencer gracias a su sacerdote de cabecera (tipo doctor de almas), el ínclito y pesado Serapione.
El día principal y más esperado por Romualdo, cuando estaba en la fila de espera junto con otros seminaristas para ser ungido como sacerdote, emocionado hasta las bolas, tembloroso en medio de la misa, ve en la iglesia a una mujer sentada en los últimos bancos ("Esa mujer era un ángel o un demonio, acaso ambos... no procedía de Eva, nuestra madre común") y ahí nomás se enamora hasta la médula, epifánicamente, y empieza una aventura por derroteros confusos, durante tres años, hasta que gracias a Serapione y, vale decirlo, su delirante elección por Dios, se salva. O condena. A sus 68 años, Romualdo todavía se estremece al pensar en el nombre de Clarimonda (sensualísmo el nombre, no?). No sabe si hizo bien o mal, su sacrificio le hurtó la felicidad, pero lo reconcilió con dios.
Roger Callois decía que esta historia de Gautier era la réplica occidental del sueño de Chuang-Tsé (cuando éste despierta y no sabe si es un filósofo que soñaba ser una mariposa o si una mariposa que sueña ser un filósofo), En efecto, la vida de Romualdo se maneja entre dos ejes complementarios a partir de que conoce a Clorimonda: es un cura penitente y enamorado, y también un libertino enamorado: en una especie de sueño, Romualdo vive ambas vidas a partir de ahí.
Hasta la mitad del libro, el argumento es genial; hacia el final, deriva en una lastimosa simpleza. Toda esa cosa vampiresca, decía Callois. Simpleza y apuro por acabar, digo yo. En fin, nada de esto le quita la genialidad. La prosa, tan hermosa, perfecta, es liviana y tensa como los aleteos de la mariposa de Chuang-Tsé. Como una cuerda de arco a punto de reventar la manzana de tu corazón. Oh l'amour! Uno tiende a decir estas cosas por flojera metafórica.
En la prosa de Gautier están las novelas eróticas de Musset, los parnasianos escribiendo sobre cualquier cosa, cierto Baudelaire, etc. Grandes educados.
En fin, se disfruta.
Aquí abajo va el párrafo en que Clarimonda declara su amor a Romualdo (todo lo cual es dicho, para más espectacularidad, telepáticamente), cuando éste la mira justo antes de recibir la unción que lo condenará a cura:

«Si quieres ser mío, yo te haré más dichoso que el mismo Dios en su paraíso; los ángeles te envidiarán. Desgarra ese fúnebre sudario con que van a envolverte; soy la belleza, soy la juventud, soy la vida: si acudes, seremos el amor. ¿Qué podría ofrecerte Jehová en cambio? Nuestra existencia se deslizará como un sueño y será un beso eterno. Derrama el vino de ese caliz y serás libre. Te llevaré a islas desconocidas, dormirás junto a mí en un lecho de oro macizo, bajo un dosel de plata; porque te amo y quiero arrancarte a tu Dios, hacia quien tantos corazones vierten torrentes de amor sin alcanzarlo jamás».



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