“Estoy leyendo una novela muy rara, es de un holandés que suele escribir sobre viajes, es una novela muy rara pero muy buena”, me dijo R. hace 8 años, en el tercer piso del viejo edificio de
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Otra mañana de invierno, nublada pero sin llovizna, volvíamos con N. de una aburridísima fiesta en San Telmo, borrachos, gritándole boludeces a la gente, hasta que en la esquina de Córdoba y Jean Jaures vimos una pila de revistas Ñ: más de 50 ejemplares amontonados, del período 2003-2005. Por supuesto, nos llevamos los que pudimos. Al otro día empecé a hojearlos para ver si encontraba algo interesante: una tras otra las revistas fueron a parar al tacho de basura. Hasta que di con una entrevista entrañable y esperada por años, esto último sin que yo fuera plenamente consciente.
“¡Yo siempre quise leer a este tipo!”, le dije a N.
Soy un viajero que escribe, es el título de la entrevista, fechada el 19 de marzo de 2003. Se la hicieron a Cees Nooteboom durante una visita a Buenos Aires. Fue mi primera lectura de Nooteboom, de su voz. En ella cuenta que va a todas partes con un cuadernito que le regala la editorial que publica sus libros en Francia. En el cuadernito anota todo lo que puede: «Uno tiene una inspiración. Una línea que viene, de repente, de la nada, de ninguna parte. Y después hay que anotarla, y trabajar, ¿no?», dice. Luego continúa: «Bueno, me han robado una aquí (una agenda), en Buenos Aires, hace 10 años, durante un viaje en colectivo: el ladrón seguramente habrá quedado defraudado… Había visitado la biblioteca personal de Borges, en la antigua Biblioteca Nacional. Me acuerdo que había soldados transportando los libros a la nueva biblioteca. Borges ya había muerto. Para mí era un gran misterio el orden en que había ordenado sus libros. Estaban todos mezclados en género, idioma, autor. Me imaginaba que había un orden especial, pero por más esfuerzo que hice no lo pude discernir. Entonces, para seguir pensándolo después, anoté todos los títulos y el orden en que estaban. Una hora más tarde me robaron ese cuaderno. Fue desesperante porque sentía que yo era la última persona en ver la biblioteca de Borges».
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Este verano, como hago cada vez que me sobran unos pesos (o hago que me sobran, lo cual quiere decir que me faltará para otras cosas), fui al Parque Rivadavia a ver libros. Llovía y hacía un sorprendente frío para febrero. Más de la mitad de los puestos estaban cerrados, por lo que no demoré más de media hora en recorrerlos todos. En uno de los últimos vi un ejemplar de “La historia siguiente”, de Nooteboom, y lo agarré rápido y leí la contratapa: «Herman Mussert, un profesor neerlandés de lenguas muertas, se acuesta en su tranquilo departamento de Ámsterdam y amanece, al día siguiente, en la habitación de un hotel de Lisboa». Pregunto el precio: $15!
En resumidas cuentas me leí el libro.
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La historia siguiente
«Nunca he tenido un interés exagerado por mi propia persona, pero esto tampoco implicaba que fuera capaz de dejar de reflexionar sobre mí, sin más, cuando quisiera; lamentablemente este no es el caso. Y esta mañana tenía algo sobre lo que reflexionar, eso es cierto. Otra persona hubiera hablado quizá de un asunto de vida o muerte, pero yo no utilizo este tipo de palabras grandilocuentes; ni siquiera cuando no hay nadie cerca, como entonces.»
La novela va de un ex-profesor holandés de lenguas muertas, de más de 60 años, apodado Sócrates por el parecido que tiene con el filósofo griego, feo como él, que se dedica, luego de ser despedido 20 años atrás por una pelea con otro profesor (también luchador y poeta) a causa de un lío de cuernos y demás, a escribir guías de viaje “para epatar a la burguesía”. El ex–profesor vive en Ámsterdam y una noche, como de costumbre, para aplacar una cotidiana y leve borrachera, se traga comida enlatada mientras mira la reproducción de una imagen pintada por Pitino (Peleo luchando con Tetis) en el fondo de un cuenco (s. IV a. C.) y luego se pone a leer: Tácito; sobre Java y el diario de
en los clásicos está escrito todo lo que vale la pena leer y lo que a fin de cuentas hemos vivido, vivimos y viviremos;
el viaje como transmutación del cuerpo y del alma: a través de la geografía, el espacio exterior y las diversas culturas. Y el viaje definitivo que es la vida hacia el, por supuesto, destino final: la muerte;
la enseñanza, de maestro a alumno (Sócrates, que enseña a morir, es decir a vivir), de alumno a maestro (que ejemplifica la enseñanza para deleite y reflexión del maestro, que renueva por lo mismo todo punto fijo que creía tener);
y la historia de cada persona que no es sino una suma de clichés que se dan iguales a lo largo de la historia, que solo pueden ser rescatados de su banalidad a través de la poesía: elíxir y asiento, bálsamo y máscara.
Y una idea no del todo clara, al menos para mí: el tiempo gira sobre sí mismo, capturado por un punto fijo, y cuando avanza lo hace para atrás (ej. un reloj lisboeta que gira en sentido contrario): somos más corruptos que en Roma, más banales con los avances (la vida se ha vuelto un sinsentido ipso facto), somos menos míticos pero más metafísicos, etc.
A todo esto el tipo se duerme y al otro día despierta en Lisboa. 20 años atrás, en esta ciudad, el profesor Sócrates había vivido ciertas historias, que no vale la pena contar pues están en el libro. Despierta en un hotel donde ya había estado y es recibido por el personal del hotel, la gente de la calle y su billetera, como si él hubiera estado durmiendo ahí siempre. Y así, mezcla de recuerdo y reflexión, en un monólogo denso no exento de humor y máximas, se desarrolla la novela.
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El relato es retorcido y conforme avanza adquiere tintes conradianos: como en Corazón en tinieblas hay un viaje en barco, viajeros que intercambian sus historias, pero en vez del Infierno-África está el Amazonas-Estigia: también, como en Conrad, parece estar narrado desde dentro de un sueño: con retórica espesa, cargado de significantes e inventivas verbales, contado para oyentes imprecisos, casi etéreos, pero como si fueran a la vez importantísimos, imprescindibles.
El profesor Sócrates tiene, como tenía que ser, mujeres en su historia: de la que se enamora primero es la esposa del profesor que le da la paliza que deriva en la pérdida de su trabajo. Esta mujer rabia contra el marido que se coge una alumna (que representa a Critón en la novela), por lo que en cada oportunidad recuerda a Sócrates su fealdad. Esto provoca una sensación ambigua: por un lado empatía por los insultos que recibe el ex-profesor y por otro lado como una forma de ternura irónica (socrática), o un sarcasmo hacia las convenciones típicas del amor burgués: belleza, dulzura, armonía, etc.; e incluso un sarcasmo hacia el propio autor: enamorado de la armonía y cadencia latinas, su amante le recuerda que él es feo pero permanece con él, lo elige: “Para ser feo eres bastante guapo”, le dice, entre otras cosas.
Las obviedades se manejan con maestría: Sócrates y la cicuta, la transmisión del consuelo de la muerte justa a sus discípulos (Critón), la defensa, aunque no del todo creída, de las leyes de la ciudad (la cultura), del amor y la vida.
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A pesar de ser muy pesado en partes, de envolver al lector en una niebla verbal mallarmeana (¿hay algo detrás?), la novela es muy hermosa, muy querible. Sí que justifica 8 febreros de espera.
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