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martes, 26 de noviembre de 2013

Comentario teatral: "Saverio, mi cruel", de Edgardo Dib

(foto prestada de www.espectaculosdeaca.com.ar)

Severa crueldad

Llegado a cierto punto, todo artista se pregunta cómo responder a la tradición. No se trata solamente de romper con lo anterior para crear algo nuevo, sino de cómo crear a partir de lo dado: masticar, digerir, ¿y luego?
Edgardo Dib se hace cargo del emblemático texto de Arlt, “Saverio, el cruel” (estrenado por primera vez en 1936), cambiando el artículo por un pronombre personal: “mi”. Es decir, se apropia de la obra desde el nombre y a partir de allí la lleva a un lugar cuyo paisaje es otro, aunque sin perder de vista los ejes –locura, poder, decadencia- sobre los cuales se asienta el original. El cambio de paisaje, que puede entenderse como una reducción de ámbito –de una clase social al fundamento de toda sociedad: la familia-, para con ello explorar más esencialmente los asesinatos cotidianos que vivimos, las tiranías íntimas, el desmantelamiento de los afectos fraternales, su desnudamiento, el núcleo cruel sobre el cual se basamenta eso que inocentemente llamamos hogar.
En la primera escena, que reescribe la reunión del té donde le celebran a la Alicia de Carroll su no cumpleaños, está la familia de Susana debatiendo sobre la mejor manera de convencer a Saverio –entonces encerrado en una habitación, dudando entre quedarse o marchar- para que haga el papel del coronel. A partir de allí, se conjugan los golpes a la mesa con las tazas, las comilonas de dulces, el té y el lemoncello, con la presencia-ausencia de Saverio, sugerido, visitado tras la puerta del fondo, siempre dubitativo, dirigiendo desde su escondite –un Godot, a su modo- las acciones y reacciones de una familia senil.
El humor clisé se aúna con juegos de palabras y gags bastante divertidos. Los personajes, interpretados por actores simplemente excelentes, son complejos y sometidos al dictamen del teatro, de la puesta en escena del mito fundacional: toda familia se inaugura con un crimen, que a la vez es la gran herencia.
El elenco de la obra -integrado por Stella Maris Brandolín, Liana Müller, Carlos Ponte, Cristina Pagnanelli y Claudia Todino- es sencillamente maravilloso. Sin embargo, es quizá cuestionable la utilización del espacio teatral, demasiado esquemático y estructurado –la escena se desplaza en conjunto, ocupando rincones, dejando vacíos, sin que nada lo justifique. Juega en contra esta puesta porque si bien la obra se maneja por esquemas, los móviles de los personajes son pasionales, dionisiacos, desenfrenados, con lo cual el cinturón de castidad espacial termina empequeñeciendo el desenvolvimiento de los cuerpos.
En cualquier caso, es una obra para no perderse. Un radical posicionamiento hacia la herencia de lo mejor del teatro argentino, a la vez que una reflexión sobre los desquiciados lazos familiares.


publicado en: http://www.espectaculosdeaca.com.ar/?p=8081



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sábado, 26 de octubre de 2013

"Los hechizados", de Héctor Levy-Daniel





“¿Pero qué sucedía en el castillo, coloso milenario 
que al caer la noche levantaba en medio de las 
aguas su temible escalonamiento de piedra, masa 
enorme de muros solitarios y orgullosos, ruinas de 
un esplendor pasado y vestigios de fastos caducos, 
entre los cuales la pasión, el miedo y la locura dirigían 
el baile?”
Gombrowicz, LOS HECHIZADOS

La última obra de Héctor Levy-Daniel -basada en “Lástima que sea una puta”, de John Ford-,  es un comentario apasionado sobre la potencialidad disruptiva del deseo, sobre su fuerza destructiva.
Dos hermanos,  Juan y Ada, mantienen una oculta relación incestuosa durante años, hasta que las lluvias destruyen los campos donde se asienta el caserón pampeano donde viven y el padre de ambos, Franco, se ve en la obligación de buscar una salida a la inminente bancarrota. Ada, que creció rechazando pretendientes, es obligada a aceptar en matrimonio a Toranzo, rico terrateniente de la zona.
Sobre dos ejes pivota el planteamiento de la trama.
Por un lado, la total ausencia de culpa –aunque sí hay cierto temor a dañar al padre moralmente y vagos e inconsistentes remordimientos ocasionales- con que Ada y Juan llevan su relación. No hay ella espacio para la reflexión sobre las reglas que rompieron, o sobre el futuro. Este tipo de coyunturas metafísicas fueron ya superadas: solo queda el presente, lo episódico, cuyos impedimentos se muestran débiles, desdibujados, por el deseo que todo lo subvierte y lo revierte, lo reescribe, egoísta, implacable. Ni la mentira familiar, ni la quiebra y el matrimonio con Toranzo, consiguen aplacar los escarceos de la pareja. Bien al contrario –la obra lo señala en varias escenas-, cada encuentro es más intenso que el anterior, en un in crescendo cuyo desenlace no puede sino ser trágico. Si el amor se sostiene en ideales, parece decirnos la obra, el deseo es más fuerte porque se asienta en el cuerpo.
Por otro lado tenemos el tratamiento del género melodramático, que en la argentina escogió su paisaje en La Pampa, o más precisamente en el interior de las casas pampeanas (recordemos “El inglés de los güesos”, de Carlos Hugo Christensen, como ejemplo). El carácter doméstico del melodrama se señala aquí al excluir referencias directas al exterior: los vastos espacios pampeanos, su intemperie, se yerguen como una bóveda claustrofóbica sobre los amantes, cuyo único refugio son los vericuetos del hogar. Juan exploró los espacios exteriores durante una temporada, se recibió de médico, pero no fue capaz de encontrar una cura al deseo. Ada, por su parte, se negó todo el tiempo, rechazando otros amores, a abandonar la humedad interior del hogar, donde la presencia de su hermano fue creciendo hasta ocupar todos los rincones. En el melodrama siempre hay transgresión, enseñan los manuales. Y un castigo final que devuelve el orden al mundo. Esto se cumple en la obra de una manera que roza lo humorístico, cargando cada escena con un tinte irónico: los diálogos afloran obsesivos, los estereotipos son incorruptibles (Toranzo como el mal y el vengador, el capataz Cipriano como el justiciero; es decir, típicos personajes de todo melodrama). En el trabajo actoral, con énfasis sublime en la prestancia, en el gesto y la mirada, el símbolo de lo que cada personaje representa es extremado. En este sentido, más que una historia de personajes, “Los hechizados” de Levy-Daniel son las encarnaciones de una ontología: la de la incorruptibilidad del deseo, su esencia pura, que no se inmuta ante los tabúes sociales. En lo actoral, los trabajos de Maia Francia y Enrique Papatino literalmente brillan.
El final, aunque se sostiene en un fuerte dramatismo, es de relevancia menor, una aceptación genérica. No consigue, para nada, hacer olvidar al espectador la pasión incestuosa, el deseo soberano.



Teatro NoAvestruz | Humboldt 1855 | CABA
Localidades: $70 | Estudiantes y jubilados: $50
Reservas: reservas@noavestruz.com.ar o al 4777.6956
En facebook: Los Hechizados de Héctor Levy-Daniel






martes, 30 de julio de 2013

Acerca de "No soy un caballo", dirección de Eduardo Pérez Winter

publicado en: http://www.espectaculosdeaca.com.ar/?p=6339

Historia de campo

Un paisaje no es más que juego luces y movimiento. O sea, escenario, artificio. Con esta determinación se montan muchas obras contemporáneas, prácticamente sin elementos decorativos. En cambio pocas veces la experiencia de espectador participa del paisaje de una obra teatral como en el caso de “No soy un caballo”: se huelen los pastos y la bosta de caballo, la niebla roza la cara y la intemperie se nos pega.
El caserón en que se asienta el Teatro Silencio de Negras se abre y se cierra sobre sí mismo, vive un latido pampeano, con los desplazamientos de los personajes, el diseño de luces, el humo, los vidrios, las puertas entreabiertas.
La anécdota narrada es mínima, precisa, de estructura casi cinematográfica. Sin embargo, está llena de pliegues, recovecos, desplazamientos, fugas. Esteban (Diego Cremonesi) recibe de herencia las deudas del abuelo por lo que tiene que volver, 15 años después, al pueblo donde creció. Lo acompañan dos amigos porteños: Matías (Walter Jakob), el encantador, y Fernando (Francisco Egido), el abogado. Cada personaje lleva consigo su propia historia que se irá desenvolviendo entrecruzada con la del abuelo de Fernando, los relatos del peón Raimundo, las apuestas de El Turco, envidias, egoísmos, amarguras.
Si Marcel Proust inicia su travesía por la memoria (que abre sus vericuetos como “flores japonesas” puestas en agua) con el sabor de una magdalena, en esta obra teatral cada personaje tendrá también su propia factura, en ambas acepciones de la palabra: algo que despierte al animal dormido que empezará a rugir su propia tragedia, y algo que pagar. Es de destacar la delicadeza en la utilización de disparadores por parte de la dramaturgia, que es de creación colectiva: la caricia a un caballo, un par de palabras sobre la amistad, el azar del juego. En este sentido, es notable el trabajo de los actores, cuya participación colectiva en la escritura de la obra hizo que más que un espectáculo, el resultado sea una experiencia vivencial.
Nietzsche sostenía que también somos animales y como tales debemos seguir nuestros instintos, cosa que no solemos hacer, y en esta negación reside el autocastigo que reprime nuestros deseos, nuestras “inclinaciones naturales”. La sociedad siempre trata de despreciar, esquivar u ocultar esta verdad. Los personajes de esta obra teatral, contactan con esta parte de su ser y a la vez hacen una invitación a todos los espectadores para hacer lo mismo.



Teatro Silencio de Negras
Luis Sáenz Peña 663, CABA
www.silenciodenegras.wordpress.com
Reservas: 4381-1445
Entradas $60/$40
 Gacetilla:

http://www.espectaculosdeaca.com.ar/?p=5677