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jueves, 7 de marzo de 2013

Entrevista a Humberto Bas


"Mi última lectura fue Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy del irlandés Laurence Sterne. Es una aventura fascinante porque de alguna manera veo que en esa novela están presupuestas todas las otras grandes novelas que a mí me han gustado. Incluso creo que está presupuesta la novela de Macedonio Fernández. La novela es de 1750 y según algunos autores es la primera que desciende directamente de El Quijote; se llega a decir que El Quijote tuvo hijos del otro lado de La Mancha, y ese hijo es la novela de Sterne"



http://revistaruletachina.blogspot.com.ar/2013/03/entrevista-humberto-bas-el-hombre-que.html?spref=fb

domingo, 22 de agosto de 2010

domingo, 23 de mayo de 2010

El Superpalo: una lectura


(Este es el texto de presentación de "El superpalo",
de Humberto Bas, que leí en la Librería La Libre,
del Barrio de San Telmo, el día sábado 22 de mayo.)


La primera edición de El Superpalo, publicada en 2007 por El Fracaso y Jakembo Ediciones, era un libro mucho más chiquito que este. Más chiquito en todo sentido: tenía menos páginas y de la impresión pactada para gran tirada apenas salieron unos pocos ejemplares.
Su lectura me dio la impresión de estar viendo una telenovela tragicómica, en cuyo desarrollo los personajes principales van sumergiéndose en rincones oscuros dejando emerger a otros, lo cual genera una trama en constante bifurcación, como una dialéctica al revés, sostenida por un esqueleto en forma de colectivo de madera cuyo nombre da título al libro. Este colectivo, como todo electrodoméstico, es construido, alcanza un clímax y luego se descompone. Junto con esta trama básica, la telaraña narrativa va abarcando el territorio de la Comarca de La Trapa (una versión del condado de Yoknapatawa), en cuyas calles desfila una serie de personajes sumidos en soliloquios urgentes y perturbados, y con un deseo que los impelía a seguir un sendero a la vez telúrico y onírico: es decir, puramente erótico. Lo que más impresiona de la novela es que está llena de deseo: desean los personajes, desea el paisaje, e incluso desea el narrador.
El relato empieza presentando dos accesos a La Oliva, el pueblo donde ocurren las mayoría de las historias, y nos cuenta el narrador que de una de las entradas a este pueblo se “ha escrito hasta el hartazgo”, por lo cual entraremos por la segunda, hasta el momento ignota. Desde el comienzo el autor nos advierte que no es la primera vez que se escribe sobre el lugar: el libro nace en un mundo hastiado de libros, es uno más. Sin embargo, como reza la advertencia, hay cosas que aún no se dijeron: La Oliva de la que él nos contará es exclusiva y única de él, porque él, y junto con él nosotros, tomará una puerta secundaria para entrar. Así de simple.
¿Por qué seguir escribiendo literatura, cuando ya se ha escrito tanto? Porque hay puertas secundarias cuyo franqueo ofrece una epifanía. Y lo único que necesitamos para entrar es el deseo de hacerlo: deseo de escribir y de leer.
Si bien lleva el mismo nombre, El Superpalo, la primera versión no es el mismo libro que presentamos esta noche. Dos son los grandes cambios que se introducen en la historia: mayor cantidad y amplitud de personajes; y una ambiciosa desfachatez en la figura del narrador.
A continuación una síntesis del resultado de estos cambios.

El proscenio del teatro del mundo
En la obra Como gustéis (As you like it), del dramaturgo William Shakespeare, está uno de los monólogos más famosos de la literatura universal, en el que el personaje Jaime dice que el mudo es un gran teatro, donde todos somos actores. Si tomamos al pie esta frase, para una lectura más apropiada de El superpalo habría que agregar lo dicho por Calderón de la Barca en El gran teatro del mundo: “No olvides que es comedia nuestra vida / y teatro de farsa el mundo todo”.
Shakespeare creó a lo largo de su vida tantos y tan vastos personajes, que comparan su fertilidad con la biblia. Puck y Yago, Otelo y Mercucio, donaron sus rasgos a innumerables libros de innumerables autores. Humberto Bas también se relacionó con el dramaturgo inglés, pero en vez de recrear sus personajes y revestirlos con un armazón acorde a sus propósitos, les robó el alma (el soliloquio metafísico) para debatir con ellos cuestiones más terrenas. Y no se esmeró en varias obras para darle cabida al universo shakesperiano: se jugó todo en una sola novela.
El escenario principal es La Oliva, capital de la Comarca de la Trapa. Los habitantes son todos protagonistas principales. A cada uno le toca un momento para interpelar al lector con sus dramas, que son los dramas de la cultura humana: la pasión por procrear, los malestares del amor y los escarceos la sexualidad; las vicisitudes de los celos, la imperiosidad del poder y las limitaciones de la aventura; los laberintos de los sueños, el salvajismo del dinero, las incógnitas de la amistad y la lealtad, y la virginidad absoluta.
El personaje más emblemático es el que da el título al libro. El superpalo es un colectivo que llega vía importación siendo solamente chasis y motor. Le construyen entonces una carcasa de madera y lo pintan de verde. El superpalo es como el fantasma del padre del Príncipe Hamlet: va impulsando la vida de los pobladores de la Oliva al ritmo de sus caprichos. Pero en vez de ser un personaje lóbrego, que altera la oscuridad del corazón de la gente, es completamente luminoso: hace despertar desopilantes reflexiones en los que se cruzan con él, y no tolera la connivencia ni la maledicencia gratuita. Más bien, remueve las esencias para guiarlas hacia fines nobles. Con su nacimiento y muerte, marca los hitos de la novela.
En una de sus fantásticas premisas, Óscar Wilde dice: “En el arte todo importa salvo el tema”. Casi con esta máxima, el narrador deambula de un personaje a otro, posando en ellos una mirada entre compasiva y burlona, y así también pasa de un tema a otro, bailando, sin dejarse encorsetar. Casi con la premisa Wilde, porque al narrador le importa todo, incluso el tema. Los hechos que en otro libro serían triviales se superponen aquí en primer plano, como en un cuadro cubista. Macerado su deseo de contar, en el narrador rebalsa una ambición felizmente cumplida: contando una historia nos explica el mundo.
Ya en el prólogo dice:
“Una crónica crónica no es sino la hesitación de un sentimiento, una prolongada incertidumbre hacia los rumbos… Una rebelión de los hechos hacia su aprehensión… Cronista y hecho se enfrentan en una doma”
El libro está escrito contra la solemnidad, el gran lugar común del escritor, y también contra la artificiosidad banal que pasa usualmente por profunda. E Intercede a favor del chismorreo, la verborrea poética, el encanto aventurero y la indignación política.

miércoles, 22 de julio de 2009

La culeada, de Humberto Bas

“Sin nadie con quien hablar de estas cosas,
termino hablando solo, conmigo mismo.
Puedo malgastar mis palabras.
¿A qué malgastar mi silencio...?”
Augusto Roa Bastos


1
Usted ve todo mal porque tiene la vista así. Dice que las mujeres se hacen a golpes y deja que Francisco me pegue. Ve cómo rompo las tazas cuando estoy enrabiada y me mira mal, que por qué hice eso, me pregunta, que eso no se hace, me dice.
Por eso creo que el problema está en sus ojos; en el adentro de sus ojos. Allí, por esas viboritas que le hacen de venas o músculos, por esos cables que atan sus ojos a su cerebro y le hacen trastabillar las ideas.
Mira cuando subo a bajar las bolsas de afrecho y dice; la mujer se hace a golpes, mientras ve cómo me caigo. Por las noches pega su oído a la puerta, escucha mi grito apagado en la almohada y los gritos de chancho lleno de Francisco y se siente contenta. Se siente así porque no es la que está allí. Cuando por las mañanas tengo mis ojos con sombra, dice que me maquillo y no que son moretones de sopapos.
Yo creo que tiene los ojos dados vuelta, hacia atrás, y se mira, y se retuerce viéndose toda negro adentro, como víspera de tormenta, como en esos sueños desbarrancados que uno cae en el pozo y amanece bajo el catre.
Pero cuando ve al Pancho saliendo de mí atrás, abrochándose el pantalón y secándose el sudor con olor a cochinada, usted relame esa su boca sin dientes y se le encienden sus ojos enrevesados.
Por eso pienso, cuando él me abre de atrás, como destajando sandía, cuando me hace mojar la sábana con mi sangre y mi saliva, que usted también pasó por esto. Pienso que extraña a papá haciéndole así, o que le da pena que él ya no esté, desde que murió atragantado con locro, mientras hacían eso, y no tiene a quien latarle toda la rabia que le entró.
Pienso que extraña, no el gusto, sino la costumbre del dolor que le solía arrancar tajos de su grito en esas siestas en la que me mandaban a lo de Erótida.
No pudo vengarse de él, por sus desgarraduras, y se venga de mí. Quiere partir su dolor de antes y tirar sobre mi dolor de ahora, de pura egoísta que es nomás.
Eso pienso porque no me hace caso cuando le grito, sin palabras, con mis ojos, para que me ayude, que me socorra y sólo encuentro sus ojos que se escapan y entonces, mejor, quedo callada, mirando el piso, que aunque sucio, me escuha no diciéndome nada, no mostrándome de vuelta mi cara como usted lo hace.
Yo veo en su cara mi cara y me asusto, tengo vergüenza de mí.
Después veo esa misma vergüenza en la cara de los vecinos, cuando me ando por la calle y me miran fiero.
A mi espalda siento el hediondo de sus miradas y tapo mi nalga por si quedan manchones de sangre allí.

María Kilina... la desculada.
María Kilina... la culeada -escucho que gritan.

Pero a veces tomo fuerza y, de repente nomás miro hacia atrás para tirar algún cascote y los veo callados, hablando co-mo si no me vieran. Pero sigo escuchando...

la desculada... la culeada...

y me quedo quieta, los miro, no los veo, tapo mis oídos y sigo escuchándolos, tapo mis ojos y sigo viendo a Pancho parapetarse en mi trasero y escucho, veo, corro, corro... como una loca, como una lechera, una burra, como una yegua, como todos esos animales que él dice que soy y que usted asiente y encuentro que los vecinos me siguen gritando...
Kilina... loca... locaa... locaaaaaaaaaaa!

No sé cuánto he de aguantar esto.
Cuando le pregunté por cuánto tiempo dolía, usted me respondió que las primeras veces nomás mi hija..., las primeras veces nomás. De a poco una se acostumbra, la desgarradura se agranda y queda así y eso conviene porque después ya no te agarra estreñidura. ¡Hay que verle la cara linda al sapo, hay que verle!
Eso me decía, me dice y seguirá diciéndome si yo le doy aire para su labia.
Yo sólo digo que usted ve todo mal porque tiene sus ojos así.
Ahora dice, como siempre, eso no se hace, una mujer no agarra hacha. Eso es cosa de hombres, y más si no es para hacer leña.
Así empezamos a discutir por primera vez, porque la enfrento y ya no callo y le digo que no tenía de dónde agarrarme sino del hacha porque usted se me resbalaba de la mano como semilla del mango recién chupada.
Las dos quedamos frente a frente, balanceándonos como esos gajos de laurel rotos por el ventarrón.
Usted triste, yo contenta.
Sé que ahora él no se va a levantar del cajón para parapetarse en mi atrás, que no voy a amanecer con su baba endurecida en mi cuello y que voy a dormir tranquila.

2
Usted me escucha hablar así y piensa que me hago, que fabrico mi decir para no parecer loca.
Pero le trato de usted para alejarme más y ver desde lejos su cara, su cuerpo y todo lo que me dijo antes; para no mojarme con el salpicón de su lengua de víbora.
No puedo usar su habla para decir todo esto. Usted la ahuecó y la dejó sin panza.
Hablo así para no pegármele tanto y terminar creyendo sus creencias.
Pero igual se burla. Dice que me hago, que mis palabras son ensayadas, moldeadas por mi mala paciencia.
Hay que ver quién se hace. Yo digo que estoy loca y usted carcome su pudrición para que no salga afuera.
Debo salir del corral de su olor, me digo, de ese corral que me encierra en sus palabras. Esas palabras que me enseñó a quererla porque es mi madre, a respetarla, a obedecerla, a defenderla y nada más que porque me parió.
Yo pensaba en la maldición de Dios cuando veía mal sus cosas. Me tapaba los ojos y apretaba el pecho y sentía en mis ojos la mirada de unos murciélagos. Por eso no chillaba con sus castigos. Sólo hacía que lloraba para que deje de bajar su chancleta en mi nalga.
Pero fui haciéndome dura con sus palizas. Fui muriendo de a pedazos y me puse dura por partes, ahora soy como una piedra. Sus cosas me rebotan. Sólo entramos en razón con eso de que soy una mal parida.

Pero no crea que mi vida es todo lamento, ni que ahora estoy triste, aquí, en este agujero. Esos pedazos de hierro en la puerta solo hacen que el mundo parezca rayado. Esos señores que pasan por el pasillo; esas otras mujeres que me escupen y las que lloran y se ríen o se arrastran, también están rayadas por los hierros. Pero me siento más liviana, con mis callos haciéndose plumas y pienso volar. Volar como cuando con Pancho me encontraba en la loma buscando terneros. De cuando derramaba mi sudor en el pastizal y también mi primera sangre.
Cuando eso daba gusto, porque el dolor me hacía cosquillas y porque respirábamos cansados y nos cambiábamos el sudor.
Yo todavía recuerdo esa planta de lapacho que nos cobijaba. Allí está, fuerte, que no se quiere caer. Es un recuerdo agarrotado que se empaca en la tierra para no tumbarse y hacerme creer que mi vida nunca valió.
Yo sé que valió, y que vale ahora. Vale desde que sentí mojarme otra vez con su sangre, con sus pedazos de ceso que se teñían de rojo y que manchaban mi blusa. Desde que lo sentí respirar como la primera vez.
Lástima que fue la última.
Pero igual me monté encima y con su cabeza achatada lo galopé hasta descoyuntar mi cadera de gusto. Ahora es mi turno, me decía, ahora yo te galopo, hijo de una gran yegua. Y sabe, me salía ese odio como un hermoso vómito, con gusto, como si acabara de nuevo, olvidada de mí, esfumada se dice, no, y ahí no estaban ni usted, ni el Pancho, estaba yo con mi gusto.
Él muchas veces me mató igual. Me cabalgaba muerta y me metía sus talones en mi verija. Era la peor muerte porque me dejaba viva sintiendo asco de mí. Y el asco de una ha de ser una cosa que no se perdona nunca.
Así nomás son las cosas.
Ahora usted es más pequeña.

Antes yo le decía usted a la vecina Leonancia y al maestro Aurelio y ellos eran grandes. Eran grandes por lo de usted y yo les hablaba más cortado, con la lengua trabada y todo mi cuerpo trabado por el miedo. Y ahora... ahora digo usted para no bajarme desde donde estoy volando, para no empujarla más, para que no se me acerque tanto y me haga recordar con su lengua chapucera, que usted es mi madre, que sudó lacre cuando vine de culo a este mundo, que limpió mi traste de mierdas, y que me curó el sarampión, la papera, la rubiola, la disentería, bronquitis y todas esas maldades que le agarran al cuerpo de cuando una es niña y que usted se encarga de recordármela junto con el padre nuestro de cada día.
Yo por eso hago distancia y no me fijo en su lengua. Alejo mi recuerdo, pero... otra vez me vienen esas cosas; sus sacrificios de cuando vendía frutas en el mercado, para que yo pueda tener la ropa, el zapato como la gente e irme a la escuela donde la niña Filártiga; para que pueda hacer la comunión con sandalia blanca y vestida como la Virgen María.
¡Virgen María... ja!
Me da gracia nomás, porque cuando eso ya conocía el olor a queso del asunto de Pancho y ya no caminaba como de siempre.
Ahora voy a salir de aquí. Voy a atar los hilos de sisal de la sábana y me voy a colgar del cuello. El señor, su señor, me mira desde el techo. Me tiene compasión. ¡Pobrecito!, le digo yo, ¿acaso conoce otra cosa?
Sigo haciendo la soga de sisal mientras hablo. Mientras despanzurro los catarros podridos que nunca tosí. Todavía me ha de quedar un pedacito de corazón, por eso hablo, hablo y hablo...
Calzo la soga a mi cuello y hago un lazo en el otro extremo; se lo encajeto al cuello de su señor, estire de una buena vez, mierda, le digo. Así voy subiendo hasta sentir mis pataletas como las de Pancho cuando terminaba adentro mío.

3
Siga mirándome nomás y largue esa su lágrima de urraca comadrera.
Dígale a su vecina que, ¡pobrecita!, le salí mal y que no sabe por qué y retuérzase en su rosario, que le sirva aunque sea para colgarse como yo.
Ahora póngame esa puntilla negra que con tanto gusto tejió para esta ocasión, rece lo que tenga que rezar y déjeme descansar en paz.



(1989)

Extraído de "La culeada y otros cuentos", de Humberto Bas.
Barcoborracho ediciones, 2008.

viernes, 12 de septiembre de 2008

El Súperpalo (fragmento1)


«-Yo, por ejemplo, de chiquito jubagaba a los barquitos. Lo primero que aprendí a hacer con las manos fueron barquitos de papel. Apenas veía que el cielo se nublaba, o que olía a lluvia, me ponía a preparar mi barquito, y cuando se formaba el raudal en la cuneta de mi casa largaba el barquito y lo seguía imaginándome ser yo el capitán, navegando por esas aguas turbulentas. Con el tiempo fui agragándole cosas a mis barquitos, cosas como bichitos, hormiguitas, hojitas, palitos, muñequitos de mazapán. Así me imaginaba que esas hormiguitas eran marineros hasta que llegó el día en que aprendía a leer. Entonces reeplacé a los barquitos por los libros porque en los libros los barcos me parecían más reales. Un día era pirata o corsario, otro día era capitán ballenero, un aventurero en los mares de la Polinesia que de repente era atacado por un gran pulpo pero que al matar al gran pulpo se encontraba con una gran concha con una perla dorada. Pero las que siempre me impresionaron fueron las historias de los barcos que naufragaban, de los marineros que se hacían a la mar en las canoas en medio de las grandes olas que los tragaban, mientras que el capitán les decía, vayan, vayan, ahorita voy, pero era en realidad una promesa falsa porque el capitán tenía el deber moral de morir con su embarcación. Hay que querer mucho a una maquina para querer morir con ella, ¿no señor?»

(pág. 53)







Coedición de Editorial El Fracaso y Jakembo Editores. 2007, Asunción (Py)