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jueves, 2 de enero de 2014

“Un bel morir”, de Álvaro Mutis


Ed. Norma, Santafé de Bogotá -1992



Un morir hermoso honra toda una vida*, reza el epígrafe de Petrarca con que comienza esta nueva aventura de Maqroll el Gaviero. Quiere alcanzar las fuentes de un río del trópico, en busca de noticias de aquellas personas que alguna vez le hicieron compañía y de las que guarda grato recuerdo. Es que el Gaviero está envejeciendo y la nostalgia de una vida errante y por lo mismo siempre evaporándose, sin dejar huellas convencionales (una familia, hijos, propiedades, etc.), lo hace sentirse un olvidado de aquello que da origen a su tradicional nostalgia. Sé que ‘tradicional’ es un adjetivo espantos, completamente desubicado para esta oración y lo que pretende significar, pero bueno, ya estamos. A llegar al puerto de La Plata, del que no señala más datos geográficos, decide quedarse allí y dejar que el tiempo pase, ya que se apodera de él cierta indolencia y desamparo. Se refugia en una pensión regentada por una mujer ciega y abre cuenta en la cantina del turco, para beber todo lo que pueda mientras recibe rutinariamente un giro que le permite ir tirando un poco más.
Pero, como no se cansa de señalar el Gaviero, los destinos están trazados, y en las líneas escritas para él figura una anécdota más, llena de brutalidad imbécil y a la vez de esos raros elíxires que nos da la vida como para comprender que todo esto que llamamos vida no se agota, sino que sigue siendo pródiga, aun cuando ya todo parece apagarse. Luego de armarse un ritual de putas ocasionales con mujeres que vienen de la montaña al puerto, conoce a Amparo María, un último regalo inesperado, la pasión sexual y la fuerza imponderable de la seducción, unidas al cuerpo de una mujer joven y físicamente agraciada por los dioses.
También, le ofrecen un trabajo más, estrafalario como todos los que desempeñó el Gaviero en su vida azarosa.

En el umbral de la vejez, cuando uno se hincha pletórico de sabiduría, resignación contemplativa y sentido común, aún se puede coger y trabajar, y puede uno ser tomado por boludo
En el largo subtítulo que acabo de poner, se condensa lo aprendido por el Gaviero en esta novela.

El trópico
Como ya se vio en textos anteriores de Mutis, el trópico representa la destrucción y la violencia. La naturaleza consumiéndose a sí misma y degradando y embruteciendo a todo ser vivo que se adentre en ella. Como botánico, Mutis no es optimista ni superficial*, sino que emparenta su percepción con la del grandísimo y mágico poeta Giacomo Leopardi. Cito aquí un fragmento del Zimbaldone, que ilustra esta idea.

«Entrad en un jardín lleno de plantas, hierbas, flores. El más risueño que queráis. En la estación más grata del año. Cualquiera que sea el sitio hacia el que dirijáis vuestra mirada, solo encontraréis sufrimiento. Toda esa familia de vegetales se halla en estado de souffrance, unos individuos más y otros menos. Aquella rosa es herida por el sol… Aquella azucena es succionada cruelmente por una abeja en sus partes más sensibles y vitales. Las industriosas, pacientes, buenas, virtuosas abejas no pueden fabricar la dulce miel sin producir tormentos indecibles en esas fibras delicadísimas, sin una despiadada destrucción de tiernas florecillas. Aquel árbol está infestado por un hormiguero, aquel otro por las orugas, por las moscas, las babosas, los mosquitos; éste está herido en la corteza y es torturado por el aire o el sol que penetran en la herida…»

Desaforemos lo desconsolado del párrafo de Leopardi y estamos cerca de cómo ve Álvaro Mutis el trópico. En “Un bel morir” se agrega, de manera más portentosa que textos anteriores, los efectos que produce esta geografía en los hombres. Sin embargo, hay una particularidad: solo cuando lo civilizado (un pueblo, las personalidades intelectuales o más instruidas), entran en contacto con el trópico, se produce el desastre. Sin embargo, cuando se trata de gentes sencillas, la brutalidad (como en la imagen de los indios que se da en una novela anterior, en “La nieve del almirante”), no significa negatividad. Hay una crueldad en las acciones resultantes que obedecen a una necesidad de ambientarse, de estar a tono con el trópico. Los seres sencillos contraponen su tosquedad con la tosquedad de la geografía, y estando así, en armonía, pueden lograr una existencia feliz y satisfactoria para el que los visita. Es por esta razón que el Gaviero puede trabar relaciones muy  placenteras con los pobladores de regiones agrestes y feroces. Sin embargo, cuando el trópico toca a los sofisticados, a los de espíritu más elevado, los destruye.
Otro punto que desarrolla Mutis en esta novela es la violencia de la historia colombiana, aunque no haya menciones concretas. Un grupo guerrillero se arma en la montaña, en el caso de la novela movida por motivos no revelados, pero de los que se recalca una inhumanidad –incivilidad- asesina, desproporcionada y gratuita. Este grupo es patrocinado por agentes extranjeros, europeos; bandidos todos. Es para ahondar en este punto: la revolución cubana, los ideales liberales europeizantes; supongo que hay tela que cortar; no me siente con ganas de sumergirme en este punto, aunque es central. Fíjense, piénsenlo, lectores que tomen esta novela.
El caso es que la revolución no puede sino volverse estúpida y bestial en el trópico. Podemos pensar que esta es, claramente, una visión objetiva, dados los resultados de las acciones de las FARC. También, claro, la relación con el tráfico de drogas para Europa y Estados Unidos.

Un bel morir
La bella muerte –perdón por el spoiler-, se muestra ausente. O en su defecto como una contracara de la belleza. La muerte del Gaviero, aludida pero sin especificaciones, es por agotamiento. Es una muerte tranquila. Parecida en gran medida a la muerte de Aguirre en la película de Herzog: en un planchón, los cadáveres corrompidos por el paisaje. Pero el Gaviero no es Aguirre. No muere buscando El Dorado, sino sabiéndose en él.

“Diccionario de autores latinoamericanos”, de César Aira
Busco la entrada correspondiente a Álvaro Mutis en este famoso libro de Aira. Dice –es toda la parte analítica- lo siguiente: “caudalosa imaginería surrealista y temática novomundista y viajera”. Evidentemente, es una imbecilidad pasmosa. Le habrán dictado mal los datos. Solo puede explicarse por lo siguiente: no leyó a Mutis, pues de surrealista no más que algunas imágenes de los primeros poemas. De novomundista, una mierda. La narrativa y la poesía de Mutis utiliza el nuevo mundo como lugar, es cierto, pero de él toma lo entroncado a la historia de los puertos de todas las épocas, con prácticamente nada de ‘novomundista’. Y, lo que es peor, el personaje de Maqroll no aparece como viajero, sino como ya viajado. No conocemos con él paisajes, regiones, nada. Al contrario, se trata del re-conocer las razones básicas en que basamos un pensar sobre el mundo, en su caso más bien ligado a cierto pesimismo estilo Quevedo, una pasión elegíaca a lo Saint-John Perse; en fin, etc.


Saludos y buen 2014 para todos los lectores de este blog.





*Un bel morir tutta la vita onora (Francisco Petrarca). Mutis le saca la “h” sonora a honora… Según Ángel Creso la traducción del verso sería así: “un morir bello honra la vida eterna”.


viernes, 27 de diciembre de 2013

“Ilona llega con la lluvia”, de Álvaro Mutis

Ed. Norma – Santafé de Bogotá, 1996


Con el tono ligero de las narraciones orales, ocurre esta segunda novela de la saga de Maqroll, el Gaviero. El narrador/compilador recoge aquí una historia que le relatara el Gaviero, ocurrida en Panamá, teniendo como principal personaje a Ilona Grabowska.
Luego de quedar cesante por el suicidio de Vito, capitán del barco en que trabajaba, Maqroll recala en la ciudad de Panamá sin perspectivas claras sobre su futuro. El dinero pronto se le acaba y termina como vendedor ambulante. El Gaviero se angustia, acosado por la miseria, pero no olvida que las cosas suceden porque tienen que suceder: hay que aceptar el destino con una sonrisa y cierta distancia reflexiva, pues las cosas siempre terminan por acomodarse. Esto mismo ocurre, cuando aparece Ilona sorpresivamente. A partir de este encuentro, entre los dos montan un burdel de azafatas con planes de salir conseguirle dinero a Abdul Bashur para que se compre un barco y puedan navegar juntos los tres, por los mares del mundo.
Finalmente ocurre, fatal, una desgracia.

El trío 
Además de la anécdota argumental, Mutis relata aquí los movimientos subterráneos que mantienen la relación erótico sentimental entre Maqroll, Ilona y Bashur. Esta relación se basa en un cariño profundo, leal a toda sombra, de confianza plena y de deseo pleno. Los tres son aventureros, viajeros impenitentes. Pasan periodos intensos periodos románticos hasta que cada uno retoma su camino, sin cuestionamientos al respecto. No hay muchos textos en la literatura latinoamericana que retraten tríos de este tipo: sin celos ni necesidad de posesión; libre y electiva. No hay un macho alfa (Ilona no cumple esa función, ni por lejos), tampoco inseguridades. Es la aceptación del deseo en su movimiento inconstante y sin detención. El deseo rizomático, aunque con hitos, con islas de paz, pero en las que el deseo no se relaja.
La versión cinematográfica de Sergio Cabrera (1996) hace un retrato delicado y exacto de esta relación en la primera escena de la película homónima. La película es, en general, mala –El papel del Gaviero lo debió haber hecho, creo, Imanol Arias; en fin-, pero si uno ha leído la novela antes, como en mi caso, no deja de tener su encanto. Además, el papel de Ilona lo encarna Margarita Rosa de Francisco, quien es una de las mujeres más hermosas del cine latinoamericano. Se puede ver completa aquí

El erotismo
Como venimos pensando desde Bataille, la sexualidad es impulsada a límites inconcebibles cuando está ligada a la conciencia de muerte. En Mutis, esta conciencia de muerte no sirve de barrera que limita ni frontera que transgredir, sino que es el lugar del erotismo. Estando allí, en el territorio de la muerte, las aguas sexuales masajean a los personajes de esta novela, que chapotean un poco desolados, pero con alegría. No pretenden salir de allí, ni retroceder ni ir más allá. Sin embargo, permanecer allí es imposible. Se paga.
Sin esta ligazón con la conciencia de muerte (el fin de toda relación), no puede entenderse las frágiles y sin embargo inquebrantables ataduras entre Bashur, Ilona y el Gaviero.
Funcionando como una narración espejo, entra el personaje de Larissa a la trama relatando su historia. Larissa viven una relación sexual de a tres con dos fantasmas: uno de ellos la tiene en los puertos, otro en altamar. Larissa es el espejo de Ilona, pero ni Bashur ni el Gaviero son fantasmas. Por lo mismo, el reflejo de sí misma que ve Ilona en Larissa es un reflejo incompleto, errado. Puede pensarse que el verse reflejada en Larissa dice en cierta manera que Ilona está ya saliendo del paisaje erótico por la vía de la transgresión de sus fronteras. Con la sola percepción, ha dado un paso y ya no puede volver atrás. Esta parte de la trama es bastante sutil y se sostiene simbólicamente, aunque es la vez altamente dramática.
En pocas palabras, sostener la relación erótica, es mantenerse en equilibrio, en un equilibrio fatalmente perecedero. El deseo es una fuerza arrolladora, tan potente que erosiona lo que toca.
Siguiendo un poco el argumento, el deseo arde los cuerpos hasta volverlos cenizas.



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lunes, 23 de diciembre de 2013

“La nieve del almirante”, de Álvaro Mutis

Editorial Norma, Bogotá 1992


De Álvaro Mutis reseñé un libro anterior, “La última escala del Tramp Steamer”, que no me había gustado mucho. Se puede leer aquí.
Los libros se hacen en los lectores. A veces estamos cargados de hiel, con lo cual el resultado pocas veces puede ser positivo. Ahora que leí otras tres novelas de Mutis, en este último par de semanas, estoy encantado, busco todo lo que pueda de él, etc.
El cambio de actitud hacia el escritor colombiano se debe a “Las huellas de lo trascendental. La obra de Álvaro Mutis”, de William L. Siemes. Me lo encontré a 5 pesos, nuevo, ignorado por el mundo, en una librería de saldos de Avenida de Mayo. Más por compasión que por curiosidad, lo compré, y enseguida comencé a leerlo. Ya hablaré de este libro en su momento.

Con Maqroll, el Gaviero
El narrador/compilador encuentra los manuscritos de un diario del Gaviero embolsillados en la contracubierta de un ejemplar comprado en una librería de usados de Barcelona. Lo que sigue es el relato del propio Gaviero de su aventura durante un viaje por el Xurandó, un ficticio río del trópico, a través de la selva, para realizar un negocio.
Aquí lo central: para Maqroll el fin último del viaje es el desplazamiento. Lo del negocio es un asunto que deja de interesarle muy pronto: el transitar la selva, cruel e indiferente, como una afrenta gratuita, se vuelve una metáfora de la vida. El barco y la tripulación, ejemplifican la geografía humana. A través de este viaje el Gaviero recapitula todo lo aprendido en su existencia errante. Sin sorprenderse, comprueba una vez más la inutilidad de toda empresa humana.
Como estoy un poco citando disimuladamente el libro, agrego aquí directamente un fragmento:

«Una caravana no simboliza ni representa cosa alguna. Nuestro error consiste en pensar que va hacia alguna parte o viene de otra. La caravana agota su significado en su mismo desplazamiento. Lo saben las bestias que la componen, lo ignoran los caravaneros. Siempre será así»
pp. 28

En el viaje se enferma, recuerda a su amante Flor Estévez, a Abdul Bashur (junto con Maqroll, el otro gran personaje de Mutis), conoce a un par de personajes particulares, hasta que, obviamente, el viaje se acaba. No ahondaré en esta cuestión.
El libro, sin embargo, continúa, desvaído, con un conjunto de apuntes también pertenecientes al Gaviero, que relatan otras aventuras. Es bastante rara esta continuación. En primer lugar, corresponden a otra época y a situaciones distintas. Sin embargo, son coherentes en el postulado general: para Maqroll, el diario y sus aventuras, son, por decirlo así, una excusa para la poesía. Él se presenta a sí mismo, reflexiona y comenta; todo le es íntimo y lo acepta, emocional e intelectualmente.
Por lo mismo, “La nieve del Almirante” es más bien un espacio, un lugar, donde oír la voz del Gaviero, con la excusa de estos apuntes. Da igual, entonces, qué se está contando.
Hacia el final, el Gaviero, ya viejo, es entrevistado por el narrador/compilador. Dice:

«Cuando relato mis trashumancias, mis caídas, mis delirios lelos y mis secretas orgías, lo hago únicamente para detener, ya casi en el aire, dos o tres gritos bestiales, desgarrados gruñidos de caverna con los que podría más eficazmente decir lo que en verdad siento y lo que soy»
pp. 145

Con los fragmentos finales, cuya aparición puede resultar a primera vista arbitraria, se retorna a lo señalado respecto a las caravanas: el Gaviero nunca termina de llegar a ninguna parte, pues siempre está, por decirlo de alguna manera, partiendo. Su condición es la errancia. Condición que, por otra parte, es la de todos nosotros.
Un gran libro, hay que decirlo. Se consigue barato, para colmo.



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sábado, 28 de noviembre de 2009

La última escala del TRAMP STEAMER, de Álvaro Mutis; y El Baile, de Irène Némirowsky


"La última escala del TRAMP STEAMER", de Álvaro Mutis. Ediciones El equilibrista, México DF, 1988. " El Baile, de Irène Némirowsky, Muchink Editores, Barcelona, 1987. Traducción de Magdalena Guilló.


1
Tenía tantas ganas de leer estos libros. Realmente contento me puse de encontrarlos: la ucraniana costó 3 pesos y la del colombiano 6. Gangas, me dije. Además, las ediciones preciosas, especialmente la de Mutis, que es un primor para tocar y tocar. ¡Hasta huele bien! De ahí no hay más.
Mutis empieza bien, muy bien, hasta la mitad, con una prosa que paulatinamente va volviéndose cursi al narrar una historia de Corin Tellado, con chico lindo y mujer bella, exóticos ambos, con barco, etc. Probablemente Corin Tellado hubiera escrito mejor esta historia. "El baile" es un cuento largo que habla de una narradora prodigiosa, con una historia muy chejoviana, escrita sin intención de que deje de ser Chéjov, pero siéndolo igual bastante; y de paso se entrevé una Colette de fin de semana. Sin embargo, hay una película, y debe estar buena, pues es muy visual el libro. Ambos, hay que decir, tienen buenas posibilidades de escribir buenas novelas. Así que deben poner un poco más de empeño y les irá mejor. Quizá Mutis, en el cielo de la vida burguesa encuentre la inspiración; en la biblioteca de casa hay un par de tomos del Gaviero esperando. Y Némirowsky, en los caros ejemplares de Salamandra quizá haya hecho algo mejor antes de ir, innecesariamente, a parar a un campo de concentración, que fue una costumbre bastante despreciable de varios escritores judíos durante la segunda guerra mundial. ¡Como si no tuvieran mejor que hacer!

2
Bueno, puestos a competir, pues si uno no es mejor no tiene derecho a criticar, he aquí un retruco de producción propia:

El post-baile en el Train Steamer, por E. R. (resumen argumental)

Un adolescente de Basavilbaso, provincia de Entre Ríos, de ascendencia judía como muchos de la región, ve pasar una y otra un vez el tren, que hace el trayecto que va de Buenos Aires a Misiones. El tren es interminable y viejo, va trastrabillando como borracho sin popa por los paisajes del norte guiado por una obstinación sin remedio. El adolescente se llama Joven Jung y semanalmente va la estación de su pueblo a mirarlo pasar. Sueña con alguna vez realizar en él un viaje a la capital. Para tal objeto, ha ahorrado como peón de campo en el tambo del padre, que es, como se debe, un ricachón pro-soja que anda pensando y pensando despedir a sus vacas y plantar en sus tierras. Al cumplir 17, Joven consigue plata y oportunidad para ir a Buenos Aires: se casa su hermano con una porteña. Le proponen viajar en coche, con la familia, pero Joven insiste en tomar el tren. Además, arguye, un tío es cocinero en el tren. Familia acepta.
Parado en el andén, viendo llegar al tren, Joven reflexiona: "Es cuestión de presunción. Son invisibles los remos del TRAIN. Es por eso que han dicho sí. Voy a llegar mi OT (objeto transicional) conmigo, así evito medias sombras. Es sorprendente cómo mira el sol. ¡Amarillo! Ya está llegando el tren.
Repleto de turistas cansados, en el andén se posa el gusano tembloroso, mojado de vapor y humedad recogidos en Misiones. Los turistas son porteños ojerosos, que los últimos días estuvieron suspirando frente a las cataratas de Yguasu (aguas grandes). Joven sube a un vagón de clase media. Lleva a su OT bajo el brazo y va vestido con su mejor y más moderno atuendo: cinturón con tachas sobre un overoll gris, y va con un esmerado peinado que apenas le deja libre medio ojo. Sus sandalias están destruidas, puede sentir cada breve ondulación bajo las plantas de los pies. Se para en el pasillo y ve muchas caras jóvenes que lo mirar indiferentes, y reflexiona: "El problema de Mutis radica en su nombre. Desde los griegos se sabe que los nombres nos condicionan. Lo mejor de su novela son las peripecias de su vida, pero cuando más interesante está, hace mutis y le da paso a un cursi que relata una historia basura. ¡Escobar!"
Todavía mirando a los pasajeros, Joven se calza oscuros anteojos y con expresión melancólica se despide de su pueblo.
Y el tren se va, hay paisaje y todo eso, etc.
En la tarde, cerca de los límites provinciales, se acercan a Joven dos chicas post-hippie. Lo invitan a una fiesta que está empezando en el último vagón. Joven las mira de reojo y reflexiona: "La condición del baile, atributo muy apreciado por el Dios de David, es que activa las articulaciones del cuerpo y el alma y el mundo entero. El baile es el gran aceite. Compartir un baile es untarse mutuamente lubricantes. Invitar a bailar es ofrecer manos resbalosas y apasionadas." Y con ojos llorosos, Joven jura que irá al baila. Las chicas le dicen que no es para tanto, que solo cumplen con una cuestión de buena onda. Joven le ofrece su OT a las chicas y estas lo toman y se lo llevan al fondo del tren.
Y pasan más peripecias y bailan y la gente se divierte, pues la gente es Joven y ahí, al darse cuenta de la situación en que está, Joven entra en crisis. Está primorosamente bailando con una chica francesa de 14 años, que vino a parar quién sabe como al tren. "Soy Antoinette, te digo, Joven. Es mi nombre. Antoinette. An-tuá-no-ne-tt-e. Oi tanto este. Bailamos más." Y Joven, le pregunta: "¿Alguna vez has tenido padres?" Y Antoinette: "Oh sí, dos, muy convencional. Mi madre una vez organizó un baile, como este, y no vino nadie, porque no me dieron ganas que venga alguien. Yo soy, etc." Sigue la chica.
Y así bailando, Joven reflexiona: "Némirowsky acertó tanto tanto, antológicamente, en el último párrafo del su primera novela, ahí donde dice que madre e hija se encuentran, como en cambio de posta de generaciones, en el descenso de la primera y el ascenso de la segunda. Como un globo que se eleva para reventar de tanta atmósfera leve." Y mientras la chica habla como quién nunca ha podido, Joven recuerda a su objeto transicional. El tren se tambalea y para en una estación vacía.
"¡Se acabó el baile!", gritan en el último vagón. Y cuando busca a su pareja, Joven se da cuenta de que está solo, en su asiento del principio, allí donde subió. Igual que cuando subió. La misma hora. El tren está todavía por partir. Y allí decide no ir, pues sabe lo que podría encontrarse. Recoge rápido sus cosas y baja. Ya en el andén, contento por la determinación, se da cuenta de que no tiene consigo su OT.
"¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!", se desespera Joven. Y en un salto intenta meterse al tren por una ventana, pero por el ojo no puede ver bien y choca contra el marco. El tren se va, Joven desesperado le baila al andén.
"¿Qué va a ser de mí? ¿Dónde está mi OT? ¿Dónde están los OTs del mundo!", llora Joven, y está solo.
Luego camina hasta su casa y se come un pedazo de queso intentando recordar qué era su OT.





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