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lunes, 9 de septiembre de 2013

“Mejillones para cenar”; de Birgit Vanderbeke





Ed. EMECE, Barcelona 1991
Trad. Marisa Presas


¿Para qué sirve un padre? Esta pregunta es la que ataca la novela. Narrada en primera persona, en obsesivo tono bernhardiano, con mucho humor y rabia, con odio incluso, se nos relata la espera a cenar de un padre que carga en su figura las dos Alemanias: la federal y la democrática.
Excelente. Ya está.
Aquí un comentario interesante.


sábado, 17 de agosto de 2013

“Fantasmas”, de Judith Hermann

Editorial RBA, Barcelona 2006
Traducción de Marisa Presas

Lo que primero que se puede decir de esta joven escritora alemana (43 años), es que es bastante atractiva. En segundo lugar, parece haber tenido mucho éxito en Alemania según la contratapa de este libro de cuentos, pero al parecer no hizo mucho eco en el mundo hispano parlante. En tercer lugar, se puede decir cualquier cosa, aunque yo me ocuparé un poco de Fantasmas, que me tocó leer hace poco más de un mes, con inmenso placer, con enorme aburrimiento, y así, alternando.
7 relatos lo componen, ambientados en 7 lugares distintos: me siento uno de esos embolantes reseñadores de diario dominical, así que mejor abandono este camino. El amor y sus variaciones, o mejor: sus ramificaciones y modulaciones; y también los paisajes, cómo los paisajes dicen el amor o dialogan con él; podría resumirse así el universo que da conjunción a cada cuento. Sus personajes, y en algunos casos también narradores, son gente sensitiva, que percibe estéticamente la vida. En otra palabra, son seres artísticos.
Todo amor es orgiástico, podría decirse también. Incluye traición, entrega, olvido, indiferencia hacia leyes morales, mucha culpa, desencuentros, y ocurre en lugares inverosímiles, e incluso inadecuados. Cómo tomarlo, es una cuestión de actitud, en cualquier caso, ninguna forma de recepción lo desmerita o lo achica: el amor invade y se expande, y de golpe se vuelve vaporoso e impredecible. Dentro de lo que podría llamarse las manifestaciones del amor, en Fantasmas están algunas de sus tipificaciones: la amistad, el matrimonio, los amantes casuales, el hijo, la mentira, la aventura de viaje, los padres, el egoísmo, la infidelidad, etc. El recorrido, por lo mismo, puede resultar un poco monótono, pero la prosa de Hermann es un placer. Su forma de mirar es un placer, aunque por momentos resulte demasiado esquemática.
Junto con Birgit Vanderbeke e Irene Dische, Judith Hermann compone un interesante trío en la narrativa alemana contemporánea. Aunque brilla sola.


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domingo, 29 de enero de 2012

"Werther", de Goethe


Biblioteca básica SALVAT, 1969

“Lo que yo sé, cualquiera lo puede saber; pero mi corazón lo tengo yo solo”
Pág. 107

Llevar el suicidio en bolsillo como Werther, predisposición tan enarbolada por Cioran –quien por otra parte es uno de los grandes críticos, o más bien despreciadores de Goethe: ese tipo que nunca sufrió nada, decía de él-, es algo que hacemos todos, o podemos hacer, aunque pensar en ello puede resultar perturbador, al menos pensarlo en serio, y más aún comentarlo –“Tengo mi suicidio en el bolsillo, mamá”, ¿se imaginan decir algo así?-, porque esto nos orillaría, nos marginaría, en cualquier caso pruébenlo.
Werther se enamora de una muchacha llamada Carlota -¿recuerdan a la Carlota Rittenmeyer, de Palmeras Salvajes, quien sí cede al adulterio y hace apología de él, pagando?-, pronta a casarse con Alberto. Werther es poeta, dibujante, flojo, un emo, para resumir. Pero ser emo es también ser un rebelde, a no olvidar. Carlota, Alberto y Werther viven un trío atormentado y cómodo: nadie intenta hacer alguna cosa para modificar la situación de los tres, salvo Werther, que al final se escapa al meterse un tiro. Pero este trío es puramente sentimental –Goethe, quizá por exceso de pudor, no nos cuenta nada más, pero esto no quiere decir que no lo hubiera, aunque yo no lo creo, pues Werther ni siquiera se masturbaba, en cualquier caso no lo dice, recién al final cede a su deseo carnal, a la voluptuosidad de los sentidos, que ya intuía a lo largo de las cartas que redacta a su amigo Guillermo, otro personaje que participa como destinatario de las cartas de Werther y por lo mismo también como depositario de los ideales estéticos con que él escribe, por tanto Guillermo, receptor que no habla, es quien condiciona el estilo y la temática de Werther, o sea Guillermo somos nosotros, ¡oh!-, digamos que todos sienten algo: Werther se deja vencer por su sentir (que es oscuridad al borde del despeñadero, al que hay que caer), Carlota es traspasada por sus contradicciones y esto la paraliza, Alberto siente alguna cosilla que no dice, pero sobre todo es racional y comedido, y Guillermo, el destinatario de las cartas de Werther, quién sabe si sienta alguna cosa, quizá sí, o bien se aburre con las disquisiciones de su amigo, de todas maneras emite opiniones que sabemos por las respuestas de Werther, opiniones que le dicen, básicamente, que se marche de allí pues está haciendo el ridículo. Efectivamente, Guillermo somos nosotros -¡oh!
Pero bueno, aquí hay más que una historia de amor: Werther odia la sociedad burguesa, el servilismo y la razón helada, cadavérica, con que supuestamente se manejan los hombres –él sabe que debajo de esta razón solo hay envidias, prisión, debilidad, cobardía, etc.-; solo quien fue adolescente puede entender a Werther –es cierto que todos tuvimos 16 años, pero no todos fuimos adolescentes; no todos nos dejamos caer, aunque tarde o temprano lo hacemos, es lo que pienso.


“Sí; yo no soy otra cosa que un viajero, un peregrino en el mundo. ¿Y tú? ¿Eres algo más?”
Pág. 108

Leer hoy esta novela, de prosa cursi por ratos, pero no por eso menos intensa en grandes trechos, servirá probablemente para recordarnos que no somos correspondidos, ni en el amor, el odio o la alegría, y que toda tragedia es solitaria, ridícula, banal, incomprensible para otros, y que no hay otra cosa por la que valga la pena vivir: hay que sufrir, no importa por qué, de todas maneras es imposible no hacerlo, sino en la muerte, o siendo zombies.


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martes, 6 de julio de 2010

Habla el príncipe, de Jan Peter Bremer



Editorial Andrés Bello, 1997 (España)
Traducción de Pierre Jacomet
Sobre el autor aquí.

1
En Oscar Wilde las fábulas infantiles dejan una enseñanza bastante clara y asimilable; además de ser del acervo del sentido común: la piedad, el amor, la ingenuidad, etc. Basta recordar el relato El gigante egoísta para ilustrarnos: un ogro, tras sufrir el invierno más cruel mientras a su alrededor florece la primavera, abre su corazón a los niños (los capullos del gran jardín del mundo) y descubre la tristísima felicidad. Este es uno de mis cuentos por siempre favoritos, dicho sea de paso. Está magistralmente narrada: aúna la más pura sensibilidad romántica con el más álgido esteticismo.
Por otro lado, las fábulas de Franz Kafka. ¿Qué quieren decirnos exactamente? Hay múltiples respuestas a esta pregunta, porque, bien claramente, nos dicen todo. Por ejemplo, el cuento “Las
Preocupaciones de un Padre de Familia”. Se ha dicho que el Odradek, personaje sobre el que nos cuenta el padre de familia, es el desecho de los bienes de consumo, lo puramente material, una vez despojado del aura que impele al deseo del consumidor (Willi Goetschel). También se dice que es el regreso de lo reprimido (Goetschel). Y así, gentes como Žižek le dan también una interpretación. Y ni qué decir el lector común, que también, diverso y haragán, le da su porqué al relato.
La forma de tomar una fábula de Wilde es la siguiente: leerlo como un epigrama. Hay un concepto o enseña que se desarrolla en un argumento. Tiene, por decirlo de alguna manera, el
Síndrome del Jesús despreocupado de Dios: quizá la parábola es más profunda, pero si se ahonda demasiado, puede resultar aburrida; entonces, se queda en los márgenes y se despreocupa del vacío. Es el lector el que carga con el ansia en el pecho, ese sentir que hay más tras la bofetada de la belleza. En cambio en Kafka, hay lo que se dice Síndrome del Jesús sin Dios: ha recibido las parábolas, sin saber de dónde, y tampoco sabe la explicación; por tanto, Kafka trata de descifrarlas mientras las escribe y el resultado es un cauce incendiado. El río se evaporó, no podemos matar la sed, pero sabemos dónde estaba el río, al menos, y miramos con melancolía los peces calcinados. Es por esto que los lectores (y críticos) le dan importancia a cada palabra de un texto de Kafka, más que al argumento mismo; y en cambio, dan por hecho que los textos de Wilde tienen las palabras adecuadas para eso que cuenta y por tanto se inclinan más hacia el
argumento.
En resumen, Wilde es un narrador y Kafka un poeta. El mundo, absurdo y banal, es el mismo. Uno lo mejora, el otro se embelesa: ambos encantan.

2
La historia es corta, llena de humor que produce muecas en vez de risa, y no la puedo contar porque no tiene sentido. No es que no tiene sentido contar la historia, sino que la historia no tiene sentido. Quiero decir, yo no sé cuál es. Va, de todas formas, más o menos así:
Al castillo llega un nuevo administrador. El príncipe conversa sobre él con el mayordomo. El mayordomo le explica el orden en que transcurrirá el día con el nuevo integrante del reino y
tranquiliza las extrañísimas ansiedades del soberano. Y luego al administrador le toca lo mismo.
Todos consuelan al príncipe, porque al parecer el príncipe sufre, o puede estar sufriendo, porque no lo saben a ciencia cierta, y de todas maneras no se pueden permitir el más leve sufrimiento en su príncipe, para eso están, para consolarlo del peso de ser príncipe, para mantenerlo puro en su estado de príncipe, sostenerle el aura, tejerle la red que haga de su vida un ideal, y también el príncipe quiere ocupar su papel de la manera más brillantemente posible, igualmente quiere ser un buen príncipe, de hecho sabe que es un buen príncipe, no le queda más que ser un buen príncipe, y se preocupa de no ser un buen príncipe frente a los domésticos, tiene complejo ante ellos, sufre por ser un príncipe que todavía puede ser más efectivamente perfecto, y sin embargo la situación, ser príncipe y demás, ya que por la sangre real corre un misterioso sino, es difícil de asimilar, y más todavía asimilar la idea de que hay súbditos, y también servicio, entonces el príncipe es un niño, puro capricho, sorprendido de todo, curioso, pero también lleno de miedo, de súbitos pavores, y pide que se lo constaten todo, quiere tocarlo todo, pero tocar como príncipe, es decir sin ser manchado, sin parecer curioso, pues todo está para sus ojos, después de todo, para su corazón, para su simple corazón.

3
¿Qué puede obtenerse de la mezcla de Oscar Wilde y Franz Kafka? Pues simplemente un fabulador genial. El escritor de este libro que me gustaría recomendárselo a todo el mundo.


4
Este libro en oferta en casi todas las librerías de usados de Buenos Aires, a 5 pesos, nuevo.




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jueves, 10 de junio de 2010

Cómo muere Dios, según Federico Nietzsche (o Jorge Plotkin)


«No he sido yo, sino San Pablo y Lutero los grandes inmoralistas que enseñaron a los devotos cristianos cómo asesinar, mentir, robar y evitar la venganza de Jehová. Fueron San Pablo y Lutero quienes empujaron a los buenos cristianos más allá del bien y del mal, más allá de la ley moral, y predicaron la salvación mediante las tretas de la sangre del sacrificio de Cristo. Desde entonces se han redimido a sí mismos a través de la sangre del judío Jesús, y a través de millones de sus compañeros judíos. En el siglo veinte, en un paroxismo de frenesí nihilista, transformarán a toda Europa en un sangriento matadero y limpiarán sus pecados en la sangre de Israel. Esto no es simple imaginación: Heine ya ha profetizado el próximo derrumbe de la civilización cristiana, cuando los alemanes sacudan el polvo de sus viejos dioses paganos y sumerjan al Occidente en un terrible baño de sangre. Si Dios realmente viviera no permitiría que el siglo veinte sobrevenga. Por lo tanto, Dios debe estar muerto. Pero, ¿cómo murió? ¿Cómo un estoico demasiado orgulloso para ver su mundo remendado por los llamados prosélitos de Jesús? ¿Cómo un divino fariseo en protesta contra la calumnia cristiana de los fariseos, nobles judíos que creían en las buenas obras como piedra fundamental de la conducta moral? Dios, el fariseo, se mató en protesta contra puercos tales como San Pedro, San Lucas, San Juan y San Pablo, que corrompieron las enseñanzas de Moisés, contaminándolas con las turbias aguas del helenismo putrefacto y la bazofia oriental. ¡Qué censura para los cristianos fanáticos como mi hermana!
Elisabeth no podía aguantar el hecho de que Lou Salomé fuera una judía, ¡pero Dios no podía soportar la amarga verdad de que ella era una cristiana que veneraba al Príncipe de la Paz, urdiendo pogroms junto a su antisemita marido de ojos feroces! Así, en un paroxismo de ira y repugnancia, Él cortó Su garganta con el filo dentado de una estrella y dejó que Su sangre vertiera sobre la tierra en un tormento divino de remordimiento.
No, esta versión es demasiado romántica, tiene sabor a Wagner y al wagnerianismo. La explicación de Stendhal era más prosaica y más compatible con la verdad. Dios, el mecánico, falleció de muerte natural, ¡la enfermedad del corazón! Dejó Su mundo al Hijo, quien, como yo, no conocía nada de mecánica, ya que era un poeta, un soñador de salvajes fantasías. El Hijo se introdujo en el taller cósmico, rascó su cabeza ante el espectáculo de la complicada e inmensa maquinaria de la existencia, y levantó la palanca para que la maquinaria funcionara a contramarcha, causando locos estragos a través del universo, que se cubrió de ruedas que volaban por los aires, y de los despojos de una maquinaria destrozada.
Así debió suceder: no es Dios sino Su Hijo el causante del caos del mundo. Dios murió de un ataque al corazón y Su Hijo nos sumió en un cósmico atolladero.
Algunas veces creo que Su Hijo es Federico Nietzsche, el cual expía ahora sus torpes tonterías. Él paralizó el cosmos y ahora él mismo está en las garras de la parálisis.»


Federico Nietzsche, "Mi hermana y yo".
Trad. Bella M. Albelia
Santiago Rueda - Editor. Buenos Aires, 1955.
Páginas 227 - 228

lunes, 7 de junio de 2010

Shopenhauer y los perros, según Federico Nietzsche (o Jorge Plotkin)



«Un huésped de este hospicio tiene un perro de lanas a quien llama Atma (el alma del mundo) igual que el perro que Schopenhauer quería tanto. El animal se ha encariñado conmigo, como si reconociera a un compañero filósofo confinado en la perrera. Cuando uno de los guardias castigó al animal, se oyó su gañido. ¡Basta, grité yo, no le peguen! ¡Es el espíritu de un amigo mío! ¡Reconocí su voz!
Uno de los médicos anotó solemnemente mí observación como prueba ulterior de mi locura. El filisteo no se dio cuenta que yo simplemente remedaba a Pitágoras y repetía su famosa exclamación cuando vio que un zorrino de figura humana maltrataba a un perro. Pero la idea de la transmutación de las almas no es tan descabellada como parece, y mi concepto del eterno retorno es simplemente una resurrección moderna del credo de Pitágoras. Hemos sido perros alguna vez y volvemos nuevamente a nuestra primaria humanidad canina.
Por lo menos esto es verdad en Schopenhauer, que se reconocía a sí mismo en su perro; y su principal trabajo, El mundo como voluntad e idea, que él consideraba le fue dictado por el Espíritu Santo, era realmente el producto de su mente canina. Los perros de lanas son animales inteligentes que aprenden fácilmente varias artimañas, y tienen más aptitud para las trampas que el filósofo que despreciaba la vida en su filosofía, pero vivió como Trimalchio, el cerdo burgués de Petronio, todos los días de su puerca existencia. Este voluptuoso de Dresden, que odiaba a las mujeres en sus libros y las amaba en su cama, fue una vez mí ídolo, hasta que descubrí que su ascético budismo era simplemente una máscara para la diosa ramera de Carlyle, la misma prostituta de Babilonia.»


Federico Nietzsche, "Mi hermana y yo". Trad. Bella M. Albelia
Santiago Rueda - Editor. Buenos Aires, 1955.
Páginas 190 - 191



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miércoles, 3 de septiembre de 2008

Nietzscheana divagación sobre la excritura


Diez mandamientos para escribir con estilo
(Freddy Niezsche)


1. Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.
2. El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.
3. Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.
4. El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.
5. La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.
6. Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.
7. El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.
8. Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
9. El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.
10. No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.




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