Mostrando entradas con la etiqueta literatura estadounidense. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura estadounidense. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de junio de 2016

"A de Adulterio", de Sue Grafton

Ed. Tusquets
Trad. Antonio-Prometeo Moya
Barcelona, 1990


Esta novela policial es parte de la serie dedicada al detective Kinsey Millhone. Supongo que será la primera. La continuación lógica sería B, luego C, y así. Tampoco sería raro que esté salteada.
Kinsey Millhone es una detective de 32 años que vive en uno de esos pueblos superricos de la costa californiana.
Aunque a su alrededor todo sean mansiones y lujo, ella vive en un monoambiente y alquila un despacho dentro de un edificio de seguros. Tiene secretaria y pistola, dos divorcios sin hijos, padres muertos y al parecer no tiene hermanos (aunque esto quizá se aclare con otra letra, "H de hermanos", por ejemplo, etc.).
La primera frase del libro, dice: "Soy Kinsey Millhone". La última línea: "al final siempre me quedo sola conmigo misma". Aunque esta línea final es ambigua (está sola y consigo misma, o sea, duplicada se acompaña, etcétera, ergo no está sola), es imposible perderse en la historia. Además, ella es la narradora y es muy cordial con los lectores; no se ahorra nada.
Nikki la visita y le pide que investigue el asesinato de su marido, crimen del que fue acusada y pasó años presa por lo mismo. Kinsey empieza averiguaciones y encuentra: un jefe de policía huraño, que la quiere pero es rudo y apenas le da libertad de acción; un abogado (el ex socio del asesinado) con el que se encama (este hombre es fogoso y de mandíbula cuadrada), la ex esposa del occiso y un par de exmanates (una de ellas, la cirujeada esposa de un juez federal, borracha y vulgar), otro crimen con el que podría conectarse, chantajes, Las Vegas, Los Ángeles, playas, un dique, una muchacha gorda y un perro atropellado; también un anciano inválido, otro anciano que es sexi y una anciana que teje vestidos para la esposa de un actor. Por el camino, Kinsey va descubriendo un par de cosas, usualmente anodinas.
Las primeras páginas, con buena voluntad, son entretenidas. Después ya da un poco igual. Entretiene imaginar a Kinsey y las demás mujeres del libro todas son sexys, -salvo una, que es gorda. Los hombres, luego de un par de divagantes líneas, también resultan todos muy atractivos. Kinsey Millhone es una mujer sensual, algo pajera incluso, pero hace como que es distante y fría, aunque por supuesto está siempre con la entrepierna al menos tibia. Por supuesto, hay sexo (la primera noche, "hicimos el amor varias veces), pero resulta complicado por causa del trabajo y esas cosas. El sexo es tratado de manera cursi y melosa, aunque breve.
Me dio la impresión de que Kinsey era rubia. Hay muchas rubias en la novela. Ni un negro, o aborigen, tampoco un oriental o judío. El mundo de Kinsey es perfecto. Los crímenes son limpios, sin grandes efectos secundarios (la cárcel que injustamente padeció Nikki aparenta haberle hecho un bien). Solo hay dos personajes con defectos: un niño sordo y una muchacha gorda. El niño es sordo, pero hermoso; la gorda es muy noble e inteligente. Equilibrio.
Lo que más me gustó fue la descripción de una familia disfuncional. El pilar de la casa es una mujer cuya hija ha sido asesinada. Ella es modista. Su marido está inválido luego de un accidente (come papillas, no habla ni se mueve). El exyerno, un hombre hosco y algo siniestro, la ayuda con el marido lisiado visitándola todos los días. Las cosas de la hija están en un sótano: cuadernos, fotos, ropas de niña. El marido lisiado apenas escucha el nombre el nombre de la hija muerta y empieza a hacer lío. El patetismo de esta familia contrasta enormemente con el resto de la novela. Es, por decirlo de alguna manera, la dimensión humana del libro. El resto, es género.

sábado, 17 de diciembre de 2011

"El sindicato de policía yiddish", de Michael Chabon

Ed. Mondadori, Bs. As. 2008
Traducido por Javier Calvo Perales


Un policía, Landsman, descubre el cadáver del presunto mesías en el hotel donde vive. Esto ocurre en Sitka, Alaska, en las épocas actuales pero en una realidad paralela, una distopía: Sitka es una ciudad donde fueron a parar los judíos expulsados de Israel y del resto del mundo, rechazados por todos, etc. Por cuatro veces estuve a punto de abandonar, pero no lo hice, porque confiaba en Michael Chabon y confío en los premios Pulitzer. Confío en los suplementos y en los gustos de los lectores del mundo, que lo elogian. Muchos personajes extravangantes, cada uno más espectacular que otro; persecusiones, tiroteos, homosexuales; detallada divagación sobre variedad de manifestaciones de la religión judía, con chistes al respecto; detallada descripción de la ciudad de Sitka y su por qué; detalla descripción de una especie de rosca de chocolate; variedad de palabras de origen judío, detalladamente explicadas; 426 páginas de apretada tipografía; una página más de agradecimientos. Confiaba en vos, Michael Chabon, y me jodiste. Un verdadero ladrillo insoportable, lleno de lugares comunes, más propios de la televisión barata, clase B (pero la de la clase B aburrida)... Honestamente no entiendo a quién puede importarle, por ejemplo, que el mesías que propone Chabon sea Gay. ¿Acaso no lo es ya el de la biblia? Largas disertaciones sobre los mesías esperados por el judaísmo... Soy un enfermo, un masoquista, debo pedir otra sesión más a mi psicoanalista, dios santo, me tengo lástima. ¿Por qué me torturé con todas esas páginas? Qué significás, Michael Chabón, si no el autocastigo? Hay un hermoso día de sol y yo estoy encerrado aquí escribiendo este párrafo innecesario sobre "El sindicato..."




-

domingo, 22 de mayo de 2011

"Beloved", de Toni Morrison


Fragmento de la ilustración de Óscar Astromujoff,
preparada para esta edición de la novela



Innumerables sensaciones e impresiones, de algún modo extrajeras y a la vez coterráneas, me provocan las páginas de este libro, lo cual, por otra parte, es gratamente positivo; pues la buena literatura, llegado un punto, conforma el pensamiento que provoca: es decir, leo el libro desde mi sillón y también desde el libro, como -pienso- debe ser; esto significa: ha logrado atraparme.
Me arraiga prácticamente cada párrafo: hay acciones -los personajes hacen cosas, el paisaje varía, el punto de vista se desplazada, etc.- pero lo que más llama mi atención -o más precisamente: la ensueña- es el despliegue de una retórica cargada de profunda melancolía y dolor atroz, en cierto sentido desesperada y también autónoma de lo que relata -me refiero a los hechos mínimos, los detalles que relata-. Esto podría ser intencional, me digo. Y agrego: en su cometido descuida requisitos básicos -como serían la contraposición y precisión en las imágenes- y las escenas resultan descuidadas -muchas veces por poseer excesiva información en cada línea-, con una gratuidad onírica, deshilvanadas, bullentes, densas y por supuesto cursis. Junto con estas ideas me nace la siguiente certeza -sin aviso, como si efectivamente formara parte del mismo movimiento mental-, que me confunde pero me permite seguir leyendo con placer: es prosa para bailar no para para dilucidar -¡Atención que está sonando un blues!-, pide una reacción orgánica antes que una elucubración.
Quizá esto es así porque la historia de Beloved, o lo que ella significa -pienso, no muy seguro-, viene a alojarse en el cuerpo, como un parásito expansivo, tan profusamente como en la memoria y la conciencia; más exactamente: como una notación musical cuya partitura nació durante noches patéticas. Toni Morrison -me disculpo por la pobreza del elogio- la lloró antes de pensarla y escribirla, y mientras lo hacía -llorarla- la incubó: Beloved es producto del dolor de Beloved.

(Me sorprende la perspicacia estética del nombre Blues: el sonido de la lágrima.)



La traducción es Iris Menéndez,
para Ediciones B, S. A.
Impreso en Gerona, España, 1993

+

domingo, 8 de mayo de 2011

“El bosque de la noche”, de Djuna Barnes



RBA Editores, Barcelona 1993
Traducción de Ana Mª de la Fuente
194 pág.


Apuntes de un lector sobresaltado
Toda lectura que conmueve modifica la biografía. Puedo decir que leí esta novela en el transcurso de 11 años. La abandoné la primera vez; es más: tiré el ejemplar y quedé en deuda permanente (aún no subsanada) con la persona que me lo prestó. La razón porque lo hice es completamente, desde cierto punto de vista, incomprensible. Tal vez no hay allí más que un acto reflejo de algún misterio que en ese momento me impelió a volcarme hacia el realismo llano, tipo siglo XIX; o a una vanguardia con una ligazón estrecha, aunque en contraposición, con el realismo. Es decir, era un lector que aceptaba el lenguaje literario, en géneros como la novela o el relato, solo cuando era posible un referente semántico medianamente definido. Únicamente en la poesía me parecía aceptable que el lenguaje represente su danza, su juego de máscaras, su absurdo esencial pero sin embargo, por eso mismo, enfático, cruel, desgarrador. Cuando esta novela me presentó una prosa cuya prosa era –no digo que utilizara técnicas o procedimientos, sino que era- sustancialmente poética, me desamparé. ¿Contra qué pilar sujetaría el techo de la lógica para que no se me caiga en la cabeza? Vine a descubrirme, al hojear unas cuantas páginas de esta novela, como un muchacho bastante trivial a pesar de que a la imaginación creativa ya había volcado mi expectativa de vida. Y no solo me descubrí así: racionalista, cuadrado, lógico; sino también, profundamente anclado en el sentido común, o lo que comprendía entonces como sentido común. Pensé: si la novela es capaz de articular la desvaída y arbitraria prosa del mundo, entonces tiene que haber un posible orden, un eje al que llegar para a partir de allí serenar su esquizofrenia y escuchar la melodía que subyace en ella. Supuse asimismo que ese botón de dicha, el clítoris de la vida, era el que debía manipularse para producir orgasmos estéticos, y perturbar, de paso, pero en otro orden, la soñolienta entrega al desenfreno cotidiano. Múltiples lecturas y experiencias han operado en mí desde entonces, manipulando mis usuales sinapsis, para reubicarme en un plano relativamente más abierto a la hora de observar la novela. Puedo decir que en el realismo acepto ahora la infiltración poética, permutando su hondo romanticismo, abriéndolo a un sentido más incomprensible, pero a la vez más esencial. Aprendí a leer la pretensión arbitraria de la novela como una arbitrariedad, como un orden diferente al de la vida, un mundo aparte, como se dice, una creación, pero por eso mismo, como la otra cara de la misma moneda, más ligada a ella, más encadenada. Y entonces vuelvo a leer El bosque de la noche, vuelvo a enfrentarme a su radicalidad. Prosa y poesía son lo mismo, frasea Barnes, frutos de la misma materia, del mismo follaje de signos y correspondencias, que envuelven y desesperan al ser humano, pero a la vez le permiten trascender. Las tragedias de la vida, el amor, el arte, la libertad, son metáforas de una oscuridad ininteligible. Es posible escribir, por tanto, sin desprenderse del realismo, como lo demuestra Barnes, emergiendo de esa oscuridad, de esa noche, de su bosque espeso, y en el instante de un parpadeo, de la breve levedad de una oración, detenerse y observar, en el punto neutro en que la semiología y la biología tropiezan, algo también ininteligible, y luego volverse a sumergir. Tal como ocurre en la poesía, en la pintura, en la música: igual que en algunas raras páginas de las innumerables novelas que afanosamente se han escrito (y leí) hasta ahora.



+

viernes, 25 de marzo de 2011

“Humo”, de Djuna Barnes



Ed. Anagrama/Pagina 12. Avellaneda 2010
Traducción de Enrique Juncosa


“-Acostémonos sin movernos. Esto es libertad”
Página 124

Esta colección es un libro cuasi póstumo. En todo caso, publicado el mismo año de la muerte de a esta bellísima autora (1982), cuando ya no se ocupaba de menesteres literarios. En ese entonces, era una escritora recluida en un mutismo particular, de más de un par de décadas, cuyo trasfondo debe ser interesante develar pero aquí no viene al caso.
Comparado al resto de su obra, aquí la retórica es comedida; sin embargo, porque principalmente es interesante este volumen, aquí el narrador –que suele ser el más genial de los personajes de Dj. Barnes- es pródigo en atenciones para con el lector, es efusivo, expositivo y explicativo. Por supuesto, parcamente, pues las convenciones del género son respetadas a rajatabla.
Nueve relatos componen el libro, además de cuatro ilustraciones de la escritora –muy interesantes, por lo demás. Podríamos definir cada uno como cuento-de-personaje. A saber, la
línea argumental es básicamente expositiva: la trama no depende de la acción, sino de las reacciones y emociones de los personajes; no se cuenta historias, sino paradigmas. Con todo, no puede afirmarse que carezcan de argumentación, sino simplemente que no son lo principal. No obstante, a mi parecer, queda claro que los hechos bien pueden ser otros, sin que por ello pierdan su objetivo narrativo: los personajes de una época -la bohemia, los solitarios, el capricho, el resentimiento, la resignación, el miedo, el amor y las frustraciones. Podríamos resumir diciendo que ergonómicamente todo integrante individualizado de la sociedad es un raro, tonto, y que solo
más o menos, tras gran esfuerzo, logra contribuir en el conjunto; y que el resultado suele ser más fructífero en aquellos que menos intentan ser útiles, y más aún los que quieren destruirlo todo. Simplificando: en la informe masa gris de la humanidad, los marginales son necesarios pues le dan los colores sin los cuales no podrían reconocerse –diferenciarse- culturas, países, décadas; esto es, el lumpenproletariado es altamente imprescindible a todo sistema social.



+

lunes, 14 de marzo de 2011

Una vaca de Djuna Barnes

«Yo estuve una vez en una guerra -prosiguió el doctor-, en una ciudad pequeña, donde las bombas empezaban a romperte el corazón, y tú te ponías a pensar en toda la majestad del mundo en la que no podrías pensar dentro de un minuto si aquel ruido empezaba a caer. Yo bajé corriendo a una bodega y allí había una vieja bretona y una vaca a la que había arrastrado consigo, y, detrás, uno de Dublín decía: "¡Gloria a Dios!" en un susurro, al otro extremo del animal. Gracias a mi creador, yo tenía al animal de cara, y la pobre vaca temblaba sobre sus cuatro patas de tal modo que de pronto supe que la tragedia de un animal puede ser dos patas peor que la del hombre. La vaca iba soltando su estiércol por el otro extremo, donde la fina voz celta seguía sonando y decía: "¡Gloria a Jesús!" Y yo me dije: "Ya podría hacerse de día, para que yo pudiera ver qué tengo en la cara". Entonces hubo un relámpago y vi que la vaca volvía la cabeza hacia atrás de tal modo que los cuernos formaban dos medias lunas contra sus flancos y las lágrimas le empapaban sus grandes ojazos negros»


El bosque de la noche, de Djuna Barnes.
RBA Editores, Barcelona 1993. Pág. 35-36
Traducción de Ana María de la Fuente

miércoles, 9 de marzo de 2011

“La casa del profesor”, de Willa Cather

Ed. ALBOREAL. Buenos Aires 1963
Traducción de Guillermo A. Maxwell


1
Primeramente quiero decir que Willa Cather es una gran gran escritora, y esta novela es buena buena.
Quiero compartir mi entusiasmo: ¡CLAP, CLAP, CLAP!

2
Como en todas las buenas novelas, aquí no pasa mucho. Sin embargo, ya ha pasado mucho.

3
El profesor St. Peter vive a orillas de lago Michigan. Es profesor universitario, de historia, y ha escrito ocho tomos de las aventuras de los españoles en norteamerica. Tiene dos hijas y dos yernos, y anteriormente tuvo a Tom Outland.

4
El epígrafe del libro recoge un fragmento de diálogo que se da en la mitad de la novela:

“Una turquesa engastada en plata, ¿no era así? Sí, una turquesa engastada en plata opaca.”
Louie Marsellus

Esta cita define el libro.

5
Tom Outland es la aventura jacklondiana de este libro.

6
Cada párrafo una delicia.

martes, 8 de marzo de 2011

Si os pasara por encima una nariz...


«Si os pasara por encima una nariz en busca de la esencia más fragante de vuestras almas, allí donde las flores de vuestra perseverancia han dejado su perfume, esa nariz quedaría inmovilizada sobre la segunda falange de vuestros dedos, porque estáis concentrados en vuestro humo, como yo en mi llama...»


Djuna Barnes,
"Humo", Ed. Anagrama/Página12 - 2010
Traducción de Enrique Juncosa;
del cuento "¿Quién es este Tom Scarlett"
pág. 34-35

lunes, 28 de febrero de 2011

“Una dama perdida”, de Willa Cather

“Una dama perdida” (A Lost Lady - 1923), de Willa Cather.
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires 1977.
Traducción de León Felipe


Desde Cervantes, desconfiamos definitivamente del narrador. Llegado el caso, puede que incluso no nos agrade. Esto me pasó al principio con esta novela. Mis razones: no me agradaron su parsimoniosa prosa ni su subjetividad; sin embargo, el narrador fue resquebrajándose, y en sus intersticios vi las notas muertas de una melodía por donde soplaba una encantadora brisa de desesperación sonriente.
Una dama perdida transcurre en el oeste norteamericano, a fines del siglo XIX. El planteamiento se adecua los movimientos en boga de la fecha en que se publicó la novela (1923); a saber, vanguardia y modernismo*.
Por un lado, se narra el declive del sueño americano: el ocaso de los colonos aventureros del oeste de los Estados Unidos. Y por otro, hay una novedosa postura narrativa: la autora se desdibuja en uno de los personajes principales, sin caer en la primera persona. Esto es: ya que el tema es flaubertiano (las liviandades estético-vitales de una mujer), extrema el recurso del indirecto libre arrinconándose en uno de los personajes: Niel Herbert. A través de él, la novela vertebra un tono, una lírica y una visión ética de la vida.
En su particular bildungsroman, Niel Herbert sigue los pasos de Mirian Forrester, la joven esposa de un ingeniero de ferrocarriles, que posee una casa en Sweet Water, que es donde trascurre prácticamente toda la novela. Los Forrester son amigos del tío-padrastro de Niel, y por lo mismo crece compartiendo con ellos chispazos de su cotidianeidad. Como enamorados de Miriam, de su elegancia y belleza, de su encanto, vamos enterándonos de los pormenores de su vida: el matrimonio con un hombre mayor, su elocuencia hipnótica, su luminosa sonrisa y su inteligencia; posteriormente un amante, que deja la primera mancha de decadencia que irá creciendo a medida que avance la historia; luego la viudez, la depresión; después la adopción de un amante joven, el patán del pueblo (Ivy Peters, representante del impío y corrupto espíritu capitalista); por último vemos la ruina moral y económica de Mirian Forrester, que la lleva a alejarse de la vida de Niel, hasta que él termina despreciándola. Sin embargo, como los ajedrecistas que pueden adentrarse mejor en un juego sin tener el tablero enfrente, abstrayendo aún más lo abstracto de este juego, dándole el peso levísimo que le corresponde, Niel la perdona años después, y en su memoria descubre, luego de haber conocido muchas otras mujeres, lo que Mirian le enseñó; o más bien: le insinuó: la importancia del velo, o al decir de Barthes, el erotismo que hay en la piel entre la manga y el guante, que aparece y desaparece cuando se mueve la mano.
Es tan hermosa la descripción de esta página, que la copio:

«Llegó a alegrarse de haberla conocido y de que ella le hubiese ayudado a iniciarse en la vida. Desde entonces, ha conocido ya muchas mujeres, muchas mujeres inteligentes, pero ninguna como ella en sus mejores días. Sus ojos, cuando miraban a uno sonriendo, parecían prometer una delicia salvaje que él no había encontrado en la vida jamás. “Yo sé dónde está –parecían decir-, yo podría llevarte allí”. Le habría gustado invocar el espectro de la joven señora Forrester, como la bruja de Endor invocó el espectro de Samuel, y obligarla a que le dijese si realmente había encontrado una alegría eternamente lozana, encendida y tan fuerte; o si todo ello no era más que una deliciosa comedia. Probablemente ella no había descubierto más que las otras; pero tuvo siempre el poder de sugerir cosas más encantadoras que ella misma, como el perfume de una sola flor puede hacer surgir todo el encanto de la primavera.»
pág. 120

Lo más cautivante de Una dama perdida es la evolución de la novela. Como quien no quiere la cosa, casi nos aburre al comienzo, nos intriga en la mitad y nos emboba al final: y todo en la prosa, que va cambiando su esencia a medida que avanzan las páginas, dejando atrás poéticas que se superponen como esos sueños que vamos olvidando a medida que crecemos. La vida es una experiencia estética, nos dice, no es más que el desvelamiento de una máscara que oculta debajo otra máscara, y así.




* «La estructura externa de la novela es un verdadero ejemplo de cómo cohesionar una narración a partir de la simetría, la economía y la duplicación. Las dos partes que componen la novela constan de nueve capítulos y en cada una de ellas se reproducen escenas similares cuyas diferencias aportan importantes matices a la evolución de la historia y al efecto principal que se busca. ...» "Willa Cather: el reverso de la alfombra", de Empar Barranco Ureña. Publicacacions de la Universitat de Valèneia, 2008. Página 132




+

domingo, 27 de febrero de 2011

Fernando Vidal Olmos, Ivy Peters y los pajarillos


FERNANDO VIDAL:

«Desde que recuerdo vivió obsesionado por los ciegos y la ceguera.
Un poco antes de la muerte de su madre, cuando todavía vivíamos en Capitán Olmos, recuerdo un hecho característico. Había apresado un gorrión, lo llevó a aquella pieza que tenía arriba, a la que llamaba su fortín, y con una aguja le pinchó los ojos. Luego lo largó, y el pájaro, enloquecido de dolor y de miedo, se lanzaba frenéticamente contra las paredes, sin acertar a salir por la ventana. Yo, que traté de detenerlo en aquella mutilación, me sentí mareado. Creí que mientras bajaba la escalera me desmayaría, y hube de agarrarme durante un buen tiempo de la baranda hasta reponerme; mientras oía que Fernando, allá arriba, se reía de mí.
Y aunque muchas veces me había dicho que les sacaba los ojos a pájaros y otros animales, era la primera vez que lo vi haciéndolo. Y también la última. Nunca podré ya olvidar la espantosa sensación de aquella mañana.»

“Sobre héroes y tumbas”, de Ernesto Sábato.
RBA Editores - Barcelona, 1993
(la primera edición es de 1961)



IVY PETERS:

« … [Ivy] Sacó del bolsillo una caja rota de cuero y, al abrirla, los muchachos observaron que tenía varios instrumentos raros y pequeños. Hojitas afiladas, anzuelos, agujas encorvadas, una sierra, un soplete y unas tijeras.
-Muchas de estas cosas me las mandaron con un estuche de disecar, de la revista Compañero de la Juventud, otras las he hecho yo mismo. –Se arrodilló con trabajo –parecía que sus coyunturas se resistían a doblarse- y escuchó con la oreja pegada al sombrero–. Es tan ligero como un grillo –anunció. Y metiendo de pronto la mano bajo el ala [del sombrero], sacó al asustado pajarillo. No sangraba ni parecía estar herido.
–Ahora, poned atención y os mostraré algo –dijo Ivy. Sostuvo la cabeza del pájaro con el dedo pulgar y el índice, mientras encerraba con la palma de la mano su cuerpo palpitante. Y rápido cual una centella, como si fuese un truco practicado ya muchas por él, le sacó los ojos que brillaban en la aturdida cabecita, con una de aquellas hojitas de metal, y lo dejó libre enseguida.
El pájaro se alzó en el aire con un movimiento en espiral, se lanzó a la derecha y topó con el tronco de un árbol; se lanzó hacia la izquierda y topó con otro. Voló hacia arriba y hacia abajo, hacia atrás y hacia adelante, entre la maraña de ramas, raspándose las plumas y cayendo y levantándose de nuevo. Los muchachos lo observaban inquietos e indignados, no sabiendo qué hacer, y no porque fueran demasiado sensibles: Tedeíto iba al rastro siempre que había matanza, y los hermanos Blum vivían de cosas muertas. Ninguno hubiese creído que podrían angustiarse de aquel modo por un pajarillo herido. Había no sé qué de salvaje y desesperado en la manera en que aquel ciego animalito batía sus alas contra las ramas revoloteando a la luz del sol que no podía ya ver, levantando y sacudiendo la cabeza, como hacen todas las aves cuando beben. Ahora pretendía colocar sus patitas sobre la misma rama donde la habían sorprendido, y pareció reconocer la alcántara. Como si los golpes lo hubiesen adiestrado, picoteando se deslizó a lo largo de la rama y se metió en su mismo agujero.
–Ahora, si lo saco de allí, lo puedo matar para que no sufra más –dijo Niel Herbert con los dientes apretados–…»

“Una dama perdida” (A Lost Lady - 1923), de Willa Cather.
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires 1977.
Traducción de León Felipe



+

domingo, 13 de febrero de 2011

"La maravillosa vida breve de Óscar Wao", de Junot Díaz



Editorial Mondadori. Bs. As. 2008
Traducción Achy Obejas



de E. R.
para V. S.
fecha 26 de enero de 2011 00:38
enviado por gmail.com
ocultar detalles 26 ene

V*,
quería decirte que me encantó el libro de junot díaz. lo estuve leyendo varios días, despacio, disfrutándolo un montón, y así como dijiste, iba poniéndose cada vez mejor. Quizá lo único objetable es que el personaje de óscar permanece brumoso, como si de una idea se tratase y no de una persona, quiero decir: a pesar de abundar descripciones físicas, a los personajes suele dar vida la voz que le dan, y de esto tiene poco óscar. y raro que diga esto, porque no se habla de más que de él en todo el libro... en fin. me encantó, sobre todo la página final, tan hermosamente cursi, cuando óscar consigue curtirse a la puta; es un regalo para los lectores, un regalo bondadoso. pues de otra manera, todo hubiera sido muy amargo. ¿no te parece? un beso



de V. S.
para E. R.
fecha 26 de enero de 2011 16:19
asunto Re:
enviado por gmail.com
firmado por gmail.com
ocultar detalles 26 ene

Hola, E*! Mirá, tan de acuerdo estoy con lo que decís que tengo miedo de que suene condescendiente. Permanece brumoso Oscar, parece definido al principio pero después se va desdibujando un poco, funciona, me parece, como amalgama para todas esas otras historias. De la voz propia de Oscar no hay nada, sólo lo que otros reproducen de él, ese recorte (¿no te encantó el saludo: "ave, perro de Dios" para "hola, dominicano"?). Yo esperaba algo en primera persona, en algún momento, pero nada, empieza en tercera y lo que hay en primera es de otros. El final es un guiño, para mí, la exhibición del artificio. "No puede terminar así pero como esto es literatura, puede", una cosa así; no sé si llamarlo regalo, muestra el juego, eso sí.
(...)
Besos!
V.


------------------------


+

sábado, 24 de julio de 2010

La Hora de la Teta en Sailor's Grave



«-¿Aquién ha enganchado? -preguntó Profane (...)
-A Beatrice -dijo Beatrice.
La señora Buffo, propietaria del Sailor's Grave ("la tumba del marinero"), también llamada Beatrice, tenía la teoría de que, lo mismo que los niños pequeños llamaban mamá a todas las mujeres, los marineros, a su manera tan indefensos como los niños, debía llamar Beatrice a todas las camareras. Para poner en práctica de un modo más perfecto esta política maternal, había instalado para los clientes grifos de cerveza hechos de gomaespuma, a los que dio la forma de grandes pechos femeninos. En las noches de paga, de las ocho a las nueve, tenía lugar algo que la señora Buffo llamaba La Hora de la Teta. La abría oficialmente saliendo de la trastienda vestida con un kimono con dragones bordados que le diera uno de sus admiradores de la VII Flota, se llevaba a los labios un pito de contramaestre de oro y tocaba a fajina. A esta señal todos los presentes ponían proa hacia los grifos y, si tenían suerte de llegar hasta uno de ellos, podían echar un chupito de cerveza. Eran siete los grifos, y solía haber un promedio de 250 marineros a la hora de esta diversión.»


(pág. 13)

"V.", de Thomas Pynchon.
Ed. Tusquets, 1987, Barcelona. 552 pp.
Traducción de Carlos Martín Ramírez.


+

jueves, 27 de noviembre de 2008

La muerte, según personaje de Dick


—Si estuvieras en el pellejo de un muerto, seguirías viendo, pero bastante mal, puesto que no podrías mover los músculos oculares. Tampoco podrías mover los ojos o la cabeza. Estarías paralizado y sólo verías lo que pasara justo por delante. Lo único que harías sería esperar y esperar. Una escena terrible.


P. K. Dick, "Una mirada a la oscuridad"





.

viernes, 17 de octubre de 2008

-Tranquila, no pasa nada...

-Tranquila, no pasa nada -dijo-. No llore, por favor. Vamos al sofá. Van a dar el telediario enseguida. Lo practicaremos ahí.
-¿Lo practicaremos? -preguntó Edipa-. ¿Qué practicaremos?
-El comercio carnal -contestó Nefastis. -Puede que esta noche digan algo sobre China. Me gusta joder mientras hablan de Vietnam, pero lo mejor de todo es cuando hablan de China. Me pongo a pensar en los montones de chinos que hay. Tan fértiles. Vida por doquier. Así es más erótico, verdad?