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miércoles, 9 de marzo de 2011

“La casa del profesor”, de Willa Cather

Ed. ALBOREAL. Buenos Aires 1963
Traducción de Guillermo A. Maxwell


1
Primeramente quiero decir que Willa Cather es una gran gran escritora, y esta novela es buena buena.
Quiero compartir mi entusiasmo: ¡CLAP, CLAP, CLAP!

2
Como en todas las buenas novelas, aquí no pasa mucho. Sin embargo, ya ha pasado mucho.

3
El profesor St. Peter vive a orillas de lago Michigan. Es profesor universitario, de historia, y ha escrito ocho tomos de las aventuras de los españoles en norteamerica. Tiene dos hijas y dos yernos, y anteriormente tuvo a Tom Outland.

4
El epígrafe del libro recoge un fragmento de diálogo que se da en la mitad de la novela:

“Una turquesa engastada en plata, ¿no era así? Sí, una turquesa engastada en plata opaca.”
Louie Marsellus

Esta cita define el libro.

5
Tom Outland es la aventura jacklondiana de este libro.

6
Cada párrafo una delicia.

lunes, 28 de febrero de 2011

“Una dama perdida”, de Willa Cather

“Una dama perdida” (A Lost Lady - 1923), de Willa Cather.
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires 1977.
Traducción de León Felipe


Desde Cervantes, desconfiamos definitivamente del narrador. Llegado el caso, puede que incluso no nos agrade. Esto me pasó al principio con esta novela. Mis razones: no me agradaron su parsimoniosa prosa ni su subjetividad; sin embargo, el narrador fue resquebrajándose, y en sus intersticios vi las notas muertas de una melodía por donde soplaba una encantadora brisa de desesperación sonriente.
Una dama perdida transcurre en el oeste norteamericano, a fines del siglo XIX. El planteamiento se adecua los movimientos en boga de la fecha en que se publicó la novela (1923); a saber, vanguardia y modernismo*.
Por un lado, se narra el declive del sueño americano: el ocaso de los colonos aventureros del oeste de los Estados Unidos. Y por otro, hay una novedosa postura narrativa: la autora se desdibuja en uno de los personajes principales, sin caer en la primera persona. Esto es: ya que el tema es flaubertiano (las liviandades estético-vitales de una mujer), extrema el recurso del indirecto libre arrinconándose en uno de los personajes: Niel Herbert. A través de él, la novela vertebra un tono, una lírica y una visión ética de la vida.
En su particular bildungsroman, Niel Herbert sigue los pasos de Mirian Forrester, la joven esposa de un ingeniero de ferrocarriles, que posee una casa en Sweet Water, que es donde trascurre prácticamente toda la novela. Los Forrester son amigos del tío-padrastro de Niel, y por lo mismo crece compartiendo con ellos chispazos de su cotidianeidad. Como enamorados de Miriam, de su elegancia y belleza, de su encanto, vamos enterándonos de los pormenores de su vida: el matrimonio con un hombre mayor, su elocuencia hipnótica, su luminosa sonrisa y su inteligencia; posteriormente un amante, que deja la primera mancha de decadencia que irá creciendo a medida que avance la historia; luego la viudez, la depresión; después la adopción de un amante joven, el patán del pueblo (Ivy Peters, representante del impío y corrupto espíritu capitalista); por último vemos la ruina moral y económica de Mirian Forrester, que la lleva a alejarse de la vida de Niel, hasta que él termina despreciándola. Sin embargo, como los ajedrecistas que pueden adentrarse mejor en un juego sin tener el tablero enfrente, abstrayendo aún más lo abstracto de este juego, dándole el peso levísimo que le corresponde, Niel la perdona años después, y en su memoria descubre, luego de haber conocido muchas otras mujeres, lo que Mirian le enseñó; o más bien: le insinuó: la importancia del velo, o al decir de Barthes, el erotismo que hay en la piel entre la manga y el guante, que aparece y desaparece cuando se mueve la mano.
Es tan hermosa la descripción de esta página, que la copio:

«Llegó a alegrarse de haberla conocido y de que ella le hubiese ayudado a iniciarse en la vida. Desde entonces, ha conocido ya muchas mujeres, muchas mujeres inteligentes, pero ninguna como ella en sus mejores días. Sus ojos, cuando miraban a uno sonriendo, parecían prometer una delicia salvaje que él no había encontrado en la vida jamás. “Yo sé dónde está –parecían decir-, yo podría llevarte allí”. Le habría gustado invocar el espectro de la joven señora Forrester, como la bruja de Endor invocó el espectro de Samuel, y obligarla a que le dijese si realmente había encontrado una alegría eternamente lozana, encendida y tan fuerte; o si todo ello no era más que una deliciosa comedia. Probablemente ella no había descubierto más que las otras; pero tuvo siempre el poder de sugerir cosas más encantadoras que ella misma, como el perfume de una sola flor puede hacer surgir todo el encanto de la primavera.»
pág. 120

Lo más cautivante de Una dama perdida es la evolución de la novela. Como quien no quiere la cosa, casi nos aburre al comienzo, nos intriga en la mitad y nos emboba al final: y todo en la prosa, que va cambiando su esencia a medida que avanzan las páginas, dejando atrás poéticas que se superponen como esos sueños que vamos olvidando a medida que crecemos. La vida es una experiencia estética, nos dice, no es más que el desvelamiento de una máscara que oculta debajo otra máscara, y así.




* «La estructura externa de la novela es un verdadero ejemplo de cómo cohesionar una narración a partir de la simetría, la economía y la duplicación. Las dos partes que componen la novela constan de nueve capítulos y en cada una de ellas se reproducen escenas similares cuyas diferencias aportan importantes matices a la evolución de la historia y al efecto principal que se busca. ...» "Willa Cather: el reverso de la alfombra", de Empar Barranco Ureña. Publicacacions de la Universitat de Valèneia, 2008. Página 132




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domingo, 27 de febrero de 2011

Fernando Vidal Olmos, Ivy Peters y los pajarillos


FERNANDO VIDAL:

«Desde que recuerdo vivió obsesionado por los ciegos y la ceguera.
Un poco antes de la muerte de su madre, cuando todavía vivíamos en Capitán Olmos, recuerdo un hecho característico. Había apresado un gorrión, lo llevó a aquella pieza que tenía arriba, a la que llamaba su fortín, y con una aguja le pinchó los ojos. Luego lo largó, y el pájaro, enloquecido de dolor y de miedo, se lanzaba frenéticamente contra las paredes, sin acertar a salir por la ventana. Yo, que traté de detenerlo en aquella mutilación, me sentí mareado. Creí que mientras bajaba la escalera me desmayaría, y hube de agarrarme durante un buen tiempo de la baranda hasta reponerme; mientras oía que Fernando, allá arriba, se reía de mí.
Y aunque muchas veces me había dicho que les sacaba los ojos a pájaros y otros animales, era la primera vez que lo vi haciéndolo. Y también la última. Nunca podré ya olvidar la espantosa sensación de aquella mañana.»

“Sobre héroes y tumbas”, de Ernesto Sábato.
RBA Editores - Barcelona, 1993
(la primera edición es de 1961)



IVY PETERS:

« … [Ivy] Sacó del bolsillo una caja rota de cuero y, al abrirla, los muchachos observaron que tenía varios instrumentos raros y pequeños. Hojitas afiladas, anzuelos, agujas encorvadas, una sierra, un soplete y unas tijeras.
-Muchas de estas cosas me las mandaron con un estuche de disecar, de la revista Compañero de la Juventud, otras las he hecho yo mismo. –Se arrodilló con trabajo –parecía que sus coyunturas se resistían a doblarse- y escuchó con la oreja pegada al sombrero–. Es tan ligero como un grillo –anunció. Y metiendo de pronto la mano bajo el ala [del sombrero], sacó al asustado pajarillo. No sangraba ni parecía estar herido.
–Ahora, poned atención y os mostraré algo –dijo Ivy. Sostuvo la cabeza del pájaro con el dedo pulgar y el índice, mientras encerraba con la palma de la mano su cuerpo palpitante. Y rápido cual una centella, como si fuese un truco practicado ya muchas por él, le sacó los ojos que brillaban en la aturdida cabecita, con una de aquellas hojitas de metal, y lo dejó libre enseguida.
El pájaro se alzó en el aire con un movimiento en espiral, se lanzó a la derecha y topó con el tronco de un árbol; se lanzó hacia la izquierda y topó con otro. Voló hacia arriba y hacia abajo, hacia atrás y hacia adelante, entre la maraña de ramas, raspándose las plumas y cayendo y levantándose de nuevo. Los muchachos lo observaban inquietos e indignados, no sabiendo qué hacer, y no porque fueran demasiado sensibles: Tedeíto iba al rastro siempre que había matanza, y los hermanos Blum vivían de cosas muertas. Ninguno hubiese creído que podrían angustiarse de aquel modo por un pajarillo herido. Había no sé qué de salvaje y desesperado en la manera en que aquel ciego animalito batía sus alas contra las ramas revoloteando a la luz del sol que no podía ya ver, levantando y sacudiendo la cabeza, como hacen todas las aves cuando beben. Ahora pretendía colocar sus patitas sobre la misma rama donde la habían sorprendido, y pareció reconocer la alcántara. Como si los golpes lo hubiesen adiestrado, picoteando se deslizó a lo largo de la rama y se metió en su mismo agujero.
–Ahora, si lo saco de allí, lo puedo matar para que no sufra más –dijo Niel Herbert con los dientes apretados–…»

“Una dama perdida” (A Lost Lady - 1923), de Willa Cather.
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires 1977.
Traducción de León Felipe



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