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miércoles, 23 de julio de 2008

Am0 El bUllicio y la agitaci0´N incESaNtE de la graN ciUdad...

Amo el bullicio y la agitación incesante de la gran ciudad. Lo que discurre perpetuamente obliga a adoptar una moral. Viendo a toda aquella gente en acción, el ladrón, por ejemplo, tendrá que darse cuenta involuntariamente de que es un granuja, y ese alegre y animado espectáculo puede mejorar en algo su espíritu destartalado y ruinoso. Quizá el fanfarrón se vuelva algo más modesto y reflexivo en presencia de todas esas fuerzas creadoras, y es posible que el bravatero se diga, al observar la flexibilidad de la mayoría, que es en verdad un sujeto repugnante por el hecho de complacerse tan necia y vanamente en su presunción y jactancia. La gran ciudad nos educa, nos forma, y no con áridos principios aprendidos en los libros, sino con ejemplos. Nada profesoral hay en ella, lo cual es halagüeño, pues la dignidad del saber acumulado desalienta. ¡Y hay además tantas cosas estimulantes, que sirven de apoyo y de ayuda! Casi imposible enumerarlas. ¡Qué difícil es expresar con vivacidad lo bueno y delicado! Aquí uno agradece la modesta vida que lleva, agradece siempre un poco el vivir aguijoneado y sometido por la prisa. Quien puede malgastar su tiempo ignora lo que éste significa, es el ingrato auténtico y necio. En la gran ciudad, cualquier recadero conoce el valor del tiempo y no hay vendedor de periódicos dispuesto a derrochar el suyo. ¡Y encima todo este trasfondo ensoñador, pintoresco, poético! La gente va con prisa y nos deja siempre una impresión al pasar. Pues bien, esto, que algún significado ha de tener, estimula y da vivacidad al espíritu. Mientras yo estoy aquí, dudando, cientos de personas y de cosas han pasado ya frente a mis ojos y por mi cabeza, demostrándome lo perezoso, lerdo e incumplido que soy. La prisa aquí se ha generalizado porque se piensa que tiene un encanto luchar por conseguir algo, que así la vida cobra un cariz más excitante. Las heridas y sufrimientos ganan en profundidad, la alegría se torna más jubilosa y dura más que en otras partes, pues el que aquí se alegra parece haber conquistado siempre su derecho al gozo con agrura y dureza, a base de fatigas y esfuerzos. Y luego están los jardines, tan silenciosos y perdidos tras las elegantes verjas, como esos rincones secretos que hay en los parques ingleses. Muy cerca de ellos truena y resuena el tráfago del comercio, como si nunca en la vida hubieran existido los paisajes o los ensueños. Los trenes retumban sobre los puentes, que tiemblan a su paso. Por la noche refulgen los escaparates, ricos y elegantes como en los cuentos de hadas, y ríos y oleadas serpenteantes de seres humanos se agitan ante las tentaciones de la riqueza industrial allí expuesta. Sí, todo esto me parece bueno y grande. Resulta beneficioso verse en medio del hormigueante torbellino. Se experimenta una agradable sensación en piernas, brazos y pecho al abrirse paso hábilmente y sin mayores miramientos por entre aquel tráfago viviente. Por la mañana todo parece renacer, y por la tarde todo cae en los apasionados brazos de un ensueño nuevo y desconocido hasta entonces. Es muy poético....



"Jakob Von Gunten"
Robert Walser
(1878-1956)