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martes, 14 de julio de 2009

La gloria literaria y un fragmento de Stendhal por Zweig




Antes de las computadoras, había un trabajo magnífico: transcribir los manuscritos de los escritores para la editorial correspondiente. Cuenta la leyenda que Pizarnik perdió el manuscrito de Rayuela por algunas semanas, pues Cortázar se lo había pasado para tipearlo y que así se gane unos pesos. Yo, cada tanto, escribo en un cuaderno frases que me gustan, como una quinceañera enamorada. Pero mi leit motiv es diferente. No lo hago para dejar
constancia de que las frases existen ni nada por el estilo, como un enamorado de la retórica, sino para intentar de alguna manera escribirlas yo. Quiero saber cómo se siente estar escribiéndolas. Ni siquiera me interesa qué sintió el autor ni nada por el estilo. Es egoismo puro, paja, acto de disfrazarse de gran escritor.
Hoy, que empecé la biografía "Stendhal", escrita por Stefan Zweig, apenas empezado el libro, quiero cometer mi crimen y, porque a pesar de mis juegos el texto es hermoso, donárselo a la red. Así seré un Zweig doble: escribiré lo que él y lo daré al mundo, como lo hizo él.
En cierto sentido, como Zweig se trepa en Stendhal, yo me treparé en Zweig, pero aún más impúnemente que si escribiera su biografía.
Oh, gloria literaria. A veces es tan fácil aprehenderte...

«Pocos hay que hayan mentido tanto, y con más pasión mistificado el mundo, como lo hizo Stendhal, pero pocos hay también que hayan dicho más profundamente la verdad.
Sus disfraces y falsedades forman verdaderos regimientos. Antes de abrir uno de sus libros, hay ya algo de eso; en su cubierta o en el prólogo hay ya un nombre que no es el suyo, pues el autor, Henri Beyle, llana y sencillamente comienza siempre por ocultar su nombre. A veces se adjudica un título de nobleza, otras se disfraza con el nombre de "César Bombet" o añade a sus iniciales H. B. unas misteriosas A. A. tras las que nadie podría adivinar que se oculta un "ancien auditeur", es decir, un ex auditor del Estado. Sólo el seudónimo, en el informe falso, se siente seguro.
Unas veces se presenta como austríaco; otras como "ancien officier de cavalerie" y muy a menudo con el nombre extraño de Stendhal, incomprensible para sus compatriotas y que es el nombre de una pequeña ciudad prusiana, célebre por su carnaval. Cuando cita una fecha, puede jurarse que no es exacta. En el prólogo de la "Chartreuse de Parme" dice el que el libro fue escrito en 1820 a más de mil millas de París; ese dato falso no basta para que dejemos de saber todos que, en realidad, la novela fue escrita en 1839 y en el mismo París.
En los hechos que cita, las contradicciones chocan continuamente unas con otras. En una autobiografía, afirma con solemnidad que estuvo en las batallas de Wagram, Aspern y Eylay; nada de eso es cierto, pues su diario prueba irrefutablemente que en ese tiempo estaba instalado cómodamente en París. Alguna vez habla de una larga e importante conversación que hubo de sostener con Napoleón, pero ¡oh fatalidad!, en el volumen siguiente, léese la confesión de que "Napoleón no hablaba con necios como yo". Así que cualquier afirmación que haga Stendhal hay que tomarla cuidadosamente entre los dedos como vía de precaución y más que nada hay que ir alerta con sus cartas que, por temor a la policía, probablemente, van siempre con fechas falsas y firmadas con nombres distintos cada vez. Si está paseando tranquilamente por Roma, fecha sus cartas en Orvieth; si escribe desde Besancon, seguramente es que está en Grenoble; el año de la fecha es a veces falso, la más de las veces ocurre lo mismo con el mes, y el nombre, como regla general, es siempre falso. Los biógrafos han podido reunir más de doscientas firmas fantásticas. Stendhal -que en realidad se llama Beyle- al firmar sus cartas se da el nombre de Cottinen, Dominique, don Flegme, Gaillard, A. L. Feburier, Barón Dormant, A. L. Champagne y hasta a veces firma con nombres como Lamartine y Jules Janin. Pero eso no lo hace solamente, como se ha supuesto, por miedo al gabinete negro de la policía austríaca, sino más bien por un innato placer de bluff, de deslumbrar, de disfrazarse, de esconderse. Stendhal miente, no por impulso exterior, sino para hacer su ser misterioso e interesante. Maneja mistificaciones y errores magistralmente como si blandiera un florete por encima de su cabeza para que nadie se le aproxime y nunca ha disimulado ésa su inclinación a la intriga y a la falsedad. Una vez en que un amigo le culpa en una carta de haberle engañado infamemente, él escreibe con toda tranquilidad una nota, al margen, que dice "vrai", cierto. Con ánimo tranquilo y con placer irónico, mezcla falsos años de servicio en su empleo, modos de pensar ya contra los Borbones, ya contra Napoleón; en todos los escritos oficiales o privados, públicos o particulares, pululan las inexactitudes como pececillos en una charca. Y la última de sus mistificaciones es, ¡récord asombroso de la mentira!, que, por dispocisión testamentaria ordenada se ponga sobre su tumba una mentira tallada en mármol, así que, en el cementerio de Montmartre, se puede leer la lápida de su sepulcro, que dice así: Arrigo Bely, Milanese. ¡Él, tan francés, que se llamó Henry Beyle, que fue bautizado en su ciudad natal de Grenoble! Hasta ante la muerte, quiso presentarse románticamente disfrazado.
Pero, a pesar de todo eso, pocos hombres han dicho al mundo tantas verdades acerca de sí mismos como lo hizo este artista del fingimiento. Stendhal supo, cuando llegó el caso, se tan perfectamente sincero, ser tan amante de la verdad como antes lo fue de la mentira. Con un desparpajo que haría, no ya enrojecer, sino más bien estremecer, ha sabido contar osadamente, como nadie lo ha hecho nunca, sus más íntimos sentimientos y observaciones, confesiones que los demás se apresuran a cubrir con un velo tan pronto como les suben a la conciencia. Stendhal hace, coluntariamente y realmenten, toda clase de confesiones a las que otros ni aun esposados se les podría llevar, pues Stendhal tiene tanto valor, tanto descaro díríamos, para la verdad como para la mentira; tanto en la una como en la otra, salta por encima de toda reflexión o consideración social y traspasa los límites dela propia censura. Insaciable en la vida, tímido en su trato con las mujeres, encerrado siempre entre los gruesos muros del fingimiento, se vuelve valiente tan presto como toma la pluma en su mano, y no hay obstáculos para él; al contrario, cuando encuentra resistencia en sí mismo, se echa de cabeza allí para hacerse la anatomía. Precisamente aquello que más le cohibía en la vida, es lo que más le domina psicológicamente. Intuitivo, ha descubierto ya en 1820 las más complicadas claves y mecanismos de la mecánica del espíritu que solo cien años después, con el psicoanálisis, ha sido imposible (sic) estudiar y recostruir. Y para eso Stendhal no tiene más laboratorio que su propia obsercabión; para su asalto maravilloso no tiene el apoyo de ninguna teoría: su único instrumento es y sigue siendo siempre una gran curiosidad, su impulso un valor indomable para descubrir la verdad. Obserca lo que siente y, eso que siente, lo dice con sinceridad, descaradamente y con tanta más pasión cuanto más íntimo sea. Sus sentimientos más feos es lo que más le atrae a su estudio; recuerdo ahora cuán a menudo y cuán fantásticamente se vanagloria del odio que sentía por su padre, cuán económicamente describe que, durante un mes, se esforzó en sentir pena cuando supo la muerte del padre. Todas sus penosas confesiones sexuales, sus continues fracasos con las mujeres, las crisis de su vanidad, todo eso lo expone tan detalladamente, tan exactamente ante el el lector, como si fuera un mapa militar; así que, en Stendhal, encontramos confesiones tan íntimas, de tan sutil sinceridad y descritas tan científicamente, que, antes de él, ningún hombre se hubiera decidido a dejarlas salir de la garganta ni menos a imprimirlas. Y eso fue su hazaña; gracias a él, gracias al cristal de su inteligencia, han quedado cristalizados para siempre preciosos conocimientos para la posteridad. Sin ese admirable maestro del fingimiento, sabríamos ciertamente muchas menos verdades del mundo del espíritu y de sus bajos fondos.»

"Stendhal", de Stefan Zweig. Editorial Tor, 1942. Páginas 7-14.




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