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jueves, 24 de octubre de 2013

la irreparable fuga de Giovanni Drogo

«Tendido en el camastro, fuera del halo de la lámpara de petróleo, mientras fantaseaba sobre su propia vida, a Giovanni Drogo lo asaltó repentinamente el sueño. Y mientras tanto, precisamente esa noche —oh, si lo hubiera sabido, quizá no tendría ganas de dormir—, precisamente esa noche comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo.
Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas, y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.
¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.
Así se continúa andando en medio de una espera confiada, y los días son largos y tranquilos, el sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.
Pero en cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también.
Cierran en cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar. Pero Giovanni Drogo en ese momento dormía, ignorante, y sonreía en sueños como hacen los niños.
Pasarán días antes de que Drogo comprenda lo que ha sucedido. Será entonces como un despertar. Mirará a su alrededor, incrédulo; después oirá un pataleo de pasos que llegan a sus espaldas, verá la gente que, despertada antes que él, corre afanosa y se le adelanta para llegar primero. Oirá el latido del tiempo escandir ávidamente la vida. A las ventanas ya no se asomarán risueñas figuras, sino rostros inmóviles e indiferentes. Y si él pregunta cuánto camino queda, ellos señalarán de nuevo al horizonte, sí, pero sin ninguna bondad ni alegría. Mientras tanto los compañeros se perderán de vista, alguno se queda atrás, agotado; otro ha escapado delante; ahora ya no es sino un minúsculo punto en el horizonte.
Detrás de aquel río —dirá la gente—, diez kilómetros más y habrás llegado. Pero nunca se acaba, los días se hacen cada vez más breves, los compañeros de viaje más escasos; en las ventanas hay apáticas figuras pálidas que sacuden la cabeza. Hasta que Drogo se quede completamente solo y aparezca en el horizonte la franja de un inmenso mar azul, de color plomo. Ahora estará cansado, las casas a lo largo del camino tendrán casi todas las ventanas cerradas y las escasas personas visibles le responderán con un gesto desconsolado: lo bueno estaba detrás, muy detrás, y él ha pasado por delante sin saberlo. ¡Oh!, es demasiado tarde ya para regresar, detrás de él se amplía el estruendo de la multitud que lo sigue, empujada por idéntica ilusión, pero aún invisible por el blanco camino desierto.
Giovanni Drogo ahora duerme en el interior del tercer reducto. Sueña y sonríe. Por última vez llegan a él, en la noche, las dulces imágenes de un mundo completamente feliz. ¡Ay! Si pudiera verse a sí mismo, como estará un día, allá donde el camino acaba, parado a la orilla del mar de plomo, bajo un cielo gris y uniforme, y a su alrededor ni una casa, ni un hombre, ni un árbol, ni siquiera una brizna de hierba, y todo así desde tiempo inmemorial...»


"El desierto de los tártaros", de Dino Buzzati
(Trad. de Esther Benítez)
Ed. Hyspamérica 1985
pp. 50 - 52

domingo, 28 de octubre de 2012

"El derrumbe", de Dino Buzzati


Ed. Emecé - Buenos Aires, 1955
En italiano: "Il crollo della Baliverna"
Traducción de Juan Rodolfo Wilcock



37 son los cuentos reunidos en este libro del extraordinario escritor italiano Dino Buzzati. Extraordinario -alguien con un plus sobre lo común- es uno de los adjetivos que está, a mi parecer, al límite de lo hiperbólico; apenas es todavía aplicable a un escritor. Está ahí nomás de la zalamería.
Sin embargo, Dino Buzzati es extraordinario. Tengo varias razones para decirlo:
Primero, escribe como a las apuradas, o laboriosamente se ha forjado una prosa que parece haber sido escrita a las apuradas, y aún así resulta encantador. Una prosa de periódico dominical, que uno puede leer mientras mira por la ventana o habla por teléfono;
segundo, Buzzati es un pesimista, pero un pesimista risueño, ampliamente dispuesto a reírse del mundo incluyéndose a sí mismo y a sus creaciones: basta recordar que no se consideraba escritor, sino un periodista que escribía ficción cada tanto y también pintaba;
y tercero, en medio de una amalgama de boludeces -peripecias rápidamente trazadas, diálogos sencillísimos, descripciones más que menos torpes- salta, de golpe, directo a la cara, la más pura poesía, el encanto encandilador, la magia: varios adjetivos de admiración me surgen a borbotones para esta característica de pocos, poquísimos.
Otra particularidad que puedo sumar, de yapa: con Buzzati uno es capaz de divertirse aburriéndose.
Este libro lo conforman fábulas, pero sin moraleja. Hay curas, perros, extraterrestres, hasta está Albert Einstein. A los héroes todo les sale mal. Fracasan inexorablemente y se limitan a resignarse. El narrador, dulce como la miel, es cruel, no les tiene ninguna piedad. Hay dolor, catástrofe, cadáveres, milagros intrascendentes, cretinismo. Como si dijera: ahondar en el mundo surrealista, la magia, el amor, la mística religiosa, el espacio sideral, la prehistoria o el futuro, lleva siempre a encontrarse con la muerte, la estupidez, el fastidio, el sufrimiento, la desesperación, la frivolidad. Más o menos igual que del lado de la vigilia, la seriedad, la ciencias duras. Ni siquiera en la locura podemos escapar a nuestra condena: no hay sentido, ni venimos ni vamos a ninguna parte, no tenemos la menor importancia, todo es absolutamente banal. Leve en la levedad se nos evapora la vida.
A fin de cuentas, nos dicen los relatos de Buzzati, el mundo es elocuentemente ridículo. Pero si estamos dispuestos a reír, si le ponemos onda, podemos pasarla de lo lindo, al menos por ratos, hasta que algún idiota nos reviente una bomba en la cara, o se nos caiga, sin causa alguna, un ladrillo en la cabeza, o enfermemos, o simplemente perezcamos porque ya es la hora.



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lunes, 1 de junio de 2009

Miedo en la Scala, Dino Buzzati



Centro Editor de América Latina, 1983 (Buenos Aires). 192 páginas. Traducción de María Julia de Ruschi Crespo.


"Voy notando -y no se lo he confiado a nadie hasta ahora- voy notando que de día en día, a medida que avanzo hacia la meta improbable, en el cielo brilla una luz insólita antes nunca vista, ni siquiera en sueños; que las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una escencia diferente de la nuestra y que el aire trae presagios que no sé explicar."
pág. 96




Somos frágiles, los seres humanos. Unas pocas páginas nos causan un temblor extraño y leve, que pasa rápido, y cuando creemos que recuperamos el aplomo lo que en verdad recuperamos es el viejo y siempre hermoso temblor: la emoción infantil ante la voz de alguien que ha vivido o sabe cosas que nosotros no.
Más o menos así sentí durante la lectura de este libro. Me dije: sigo siendo un niño. Esto es un eufemismo para decir: ¡soy tan fácil de embaucar!
¿Y cómo embauca Buzzati?
Pues con la serenidad de un fabulador vestido de Marco Polo en un teatro cuyos espectadores son todos niños disfrazados de grumetes, sandokanes, pilotos de avión, hombres-rana, etc.
Y se presenta como un Marco Polo bastante melancólico. Y sus historias son tristes como es triste la verdad. Y sus personajes muchas veces están muriéndose, o matando, o ya han muerto. Y sus paisajes se están desvaneciendo.
¿Cómo se crea un corazón aventurero?
Pues con miedo. Los niños son los que más saben del miedo. Porque siempre hacen algo con él. Tarde o temprano, lo enfrentan, ya sea fabulándolo, destrozándolo, dejándose destruir, huyendo, burlándose de él. Los niños se aventuran en el miedo, como mejor pueden, y crecen.
Buzzati escribe con el corazón aventurero.
Al leerlo volví a sentir el dolor de crecer.
Son 19 cuentos en este libro, algunos geniales, otros malos.
Fue un placer haber vuelto a sentirme crecer.



"Una esperanza nueva me llevará mañana

adelante todavía, hacia aquellas montañas
inexploradas que las sombras de la noche
están ocultando. Todavía una vez levantaré
el campamento mientras Domingo desaparecerá
en el horizonte por la parte opuesta, llevando
a la ciudad lejanísima mi mensaje inútil"
pág. 96


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