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miércoles, 8 de febrero de 2012

“Gran ensayo sobre Baudelaire”, de Felipe Polleri

Editorial HUM, 2007

Y bueno, esto está complicado. Tenía muchas ganas de leer a Polleri, muchas. Así que el mes pasado me compré un par de ejemplares de sus libros en Montevideo, a precio astronómico, que me dejó sin el café con crema que tal vez, muy probablemente, hubiera embellecido aún más esa soleada tarde uruguaya en que lo hice, que bastante hermosa era ya.
Entonces, apenas llegado a Buenos Aires, me leí primero el ejemplar del que voy a hablar. Me gusta mucho evocar las circunstancias de lectura de un libro, intercalar apreciaciones peregrinas, etc., principalmente cuando el libro es una mierda. Sin embargo, este no es el caso, aunque de ninguna manera diré lo contrario, que es oro puro, por ejemplo, pues no lo es, además el oro no me gusta y yo no le gusto, pero el loro sí: tal vez hubiera sido éste una mejor tapa para este libro, de tan bonito diseño –dicho sea de paso. La editorial HUM tiene excelentes diseñadores pero pésimos correctores: este ejemplar está lleno de erratas; tal vez enumerarlas estaría bien, sería más útil, que cualquier otra apreciación que pienso tener.
Si la tapa hubiera sido un Loro (y no la gráfica tan fea tipo Futurama que tiene) tal vez yo habría interpretado mejor el contenido del libro, que no entendí un carajo. Sospecho, con todo, que no hay mucho para entender –en el sentido vulgar de esta palabra.
A por el libro, entonces: son 90 páginas, cuatro capítulos (uno de ellos el epílogo), cada uno de ellos divididos a su vez en apartados cortos –algunos cortísimos, de una sola línea. Lo narran dos: un escritor y tal vez su esposa, o amante, amiga, lo que sea; no se aclara mucho, nada es muy claro, pero tampoco es oscuro, creo que solo es impenetrable, pero no como una pared, sino como una mampara de agua levísima a la que uno se acerca, quiere entrar en ella imaginando quién sabe qué cosa, un mundo subacuático o algo así, y apenas da un paso de golpe está ya del otro lado, con la mampara detrás, impertérrita.
Al comienzo un escritor cuenta que soñó que escribió una novela llamada Baudelaire, dice él que es una novela odiosa y odiada, pero no explica por qué, y hacia el final va a casa de un amigo de él, que murió hace poco; todo ocurre, por supuesto, como en un sueño; tal vez solo fue a pasear y me invento lo del amigo muerto, que sin embargo es parte de la novela, pues acusan al escritor de asesinato, en fin, como sea. El estilo narrativo es también mamparesco: quiero decir, está lleno de dijo, se cede la palabra a otro, no identificado, y nosotros solo tenemos sus palabras, etc.; o bien las situaciones narradas ocurrieron a otros, antes, o bien al que lo narra, pero antes, sin aclararse nada, etc. Lo que tenemos entre manos es, a fin de cuentas, las palabras que conformarían el argumento de la novela, pero sin novela, develadas (y desveladas), y bien sabemos que una novela que no vela es un espanto, como ocurre en este caso. Luego otro narrador (aquí es donde pienso que es quizá la mujer, o simplemente una mujer, en cualquier caso es una voz femenina) cuenta las andanzas de este escritor por oficinas editoriales y las calles de, imagino, Montevideo, desquiciadas, llevando el manuscrito de Baudelaire en la mano. Y también fragmentos en que el escritor nos habla de Baudelaire, principalmente de la relación que tenía este con su madre, bastante malsana, exasperada, tal como se lo narra. El resultado es bastante cómico, carcajeante, sin explicación alguna, como los buenos chistes. Principal es el relato y la divagación acerca de las conferencias que Baudelaire dictó en Bruselas, famosas por su estridente fracaso. El simbolismo es evidente, pero los símbolos no cargan con nada, si no que están allí desnudos en su orfandad, desamparados: caso ejemplar es el de la valija que el escritor de la novela Baudelaire carga por toda la ciudad (la valija puede ser su vida, su libro, la sociedad, quién sabe; pero más probablemente es solo una valija, en otra parte pudo haber sido más) y que también el mismo Baudelaire cargó alguna vez por las calles de Bruselas.
Mucho lenguaje procaz en este libro, pero de una procacidad puramente sonora. Después de todo, despojadas de significancia, ¿qué son las palabras sino ruidos cortantes, tartamudeantes, ruido y furia, etc.?
El argumento se extravió, quedaron fragmentos de él en forma de frases, palabreríos, desamparados de su sentido. Como cuando uno despierta de una pesadilla –es evidente la fuerza de lo onírico en este libro, empieza citando un sueño, por otra parte- y solo quedan retazos, girones, imágenes injuriosas, obcecación, intemperie y acumulación desbordada de posibles sentidos.
La lectura de este libro me dejó descorazonado y perplejo: quería que termine ya pero no me gustó que termine tan rápido, pues yo quería más: me divertí enormemente leyéndolo y me aburrí así también, formidablemente, pero ambas sensaciones duraban poquísimo, eran fugaces, parpadeantes, no sabía acomodarme bien en ninguna de las dos, pues rápido se cedían el paso entre sí, excesivamente consideradas.
De cualquier manera, quiero más Polleri, de hecho ya leí otro que comentaré en su momento.
Saludos


...

miércoles, 25 de enero de 2012

"Portland", de Alejandro Ferreiro

Editorial HUM
Montevideo 2007



Leí este libro hace unos dos meses y es desde entonces que quiero escribir sobre él, recomendarlo, pues me gustó mucho, lo leí con delectación, de eso me acuerdo, incluso de los momentos en que me ensimismaba a causa de algún párrafo, pero lastimosamente no recuerdo de qué trataba la novela, tampoco recuerdo un personaje, muy vagamente sí me acuerdo que la geografía en que ocurre la trama es Europa, o pretende serlo, pero no niego también que puede ser esta una impresión falsa, producto de la desmemoria, en cualquier caso recuerdo también que la historia se cruzaba, había, de esto estoy seguro, más de un narrador, cuyos nombres –pido mil disculpas- ignoro completamente, pero lo cierto es que en la novela tampoco se identifican estos dos narradores -si no eran tres, o más-, solo al final uno cae en la cuenta de que hechos en apariencia contradictorios se deben a que los narran, y le ocurren, a personajes diferentes, pero no pude saberse a quién ya que el escritor omite identificar a los narradores, simplemente sus voces pasean por las páginas –tan poéticas- de la novela, devanando su drama sin impacientarse –recuero sí, pero esto porque releí un par de páginas hace diez minutos, que hay una mujer llamada Lude, y ahora que recuerdo esto, gracias la lectura reciente, puedo recordar también un poco de la trama: esta Lude tiene un amante y le pone los cuernos, y el amante de Lude conjetura cuál sería el hombre con quien Lude lo engaña, y la duda está entre dos de sus amigos, con quienes comparte borracheras cotidianas, por lo que opta por acusar a uno, al menos mentalmente, pero se equivoca-, en muchos momentos me dio la sensación de que el narrador está en un estado poético tan intenso que no necesita demostrarlo escribiendo poéticamente pero finalmente este estado poético –no sé cómo definirlo, porque no es el reino de la metáfora o cursilería similar, sino un estado de exaltación expectante y oscura, densa y vertiginosa, pero no como el miedo o el espanto, aunque tiene mucho de estos, sino más bien cercano al orgasmo, pero cercano yéndose, es decir lo poético sería el momento exacto en que el orgasmo va a acabarse, no puede haber mayor intensidad, y nos llega de improviso la conciencia de su acabamiento, y uno no sabe cómo retenerlo, sabe que es imposible, pero tampoco puede detenerse en este saber, pues el orgasmo que se va también lo lleva a uno, lo tira hacia cualquier parte-, en fin, no hay mucho más en mi memoria, solo que se habla de caminatas y un robo, o al menos está la policía reclamando un robo, en una casa de informática, donde el narrador, uno de ellos al menos, trabaja, y adonde fue, justo antes de producirse el robo, a probar un disquete que tiene un poema o el fragmento de un diario en el que se habla de Lude y termina como sospechoso del robo, pero ya no recuerdo, esto sí que es triste, lo que ocurría con tal misterio, sé que en cualquier caso podría releer el libro -me gustó-, porque es muy corto -66 páginas-, pero me da pereza, no el libro sino que la pereza es esencial en mí, es mi pasión más profunda, o más intensa, como dice un personaje de Beckett, no me acuerdo cuál, por dios, mi memoria, por lo menos todavía sé quién soy, o eso creo…


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viernes, 9 de septiembre de 2011

"FAUNA / DESPLAZAMIENTOS", de Mario Levrero

Ediciones de la Flor, Bs. As. 1987

Dos novelas cortas. La primera posee una estructura temporal lineal y la segunda en cambio es, puede decirse, cuántica. Ambas están narradas en primera persona del singular. Imagino que estos datos le interesarán a alguien. Ojalá.

FAUNA
Empieza con un "sueño borrascoso, cargado de significados ocultos", del narrador: llamémoslo Mario. Este hombre posee un kiosko en algún barrio de, tal vez, Montevideo; es aficionado a la parapsicología y sus derivados, además de escritor. Una llamada telefónica lo despierta al relato: extraña psicóloga argentina lo contrata para salvar a su hermana, llamada Flora, de la influencia de Monsieur Victor, presumiblemente un mentalista poderoso con inclinaciones malignas. Esta psicóloga desaparece luego de dejar cierto dinero y Mario queda completamente prendado. Comienza entonces su vagabundeo detectivesco: contrata un ayudante para reemplazarlo en el kiosko, visita los cafés donde acostumbra ir Flora, busca a Monsieur Victor por todas partes (lo imagina como una versión exagerada de Rasputin, con ojos como ascuas, terrorífico). Posteriormente da con Flora -de paso nos explica detallada y repetidamente el funcionamiento y las reglas del pinball (o flipper)- e inicia el tratamiento para salvarla. Luego Mario contrata los servicios de un mesmerista famoso y así se acota y aclara el relato. Finalmente, no diré quién, alguien despierta disolviendo la urdimbre del planteamiento inicial: pero la novela no se trata de un sueño per se.
Un par de cositas: a primera vista este probablemente sea el texto más light de Levrero. Light en estos sentidos: argumento aparentemente explícito; la parodia del policial no se complica en escarbar demasiado las reglas del género sino que se contenta con esbozar; un solo recurso del fantasy es apaleado: el doppelgänger, a su vez duplicado (sobre este punto me extenderé en el párrafo siguiente); pocos personajes; pocas locaciones; e invita a una cierta comprensión transparente de la trama.
El doppelgänger sería el fantasma especular de cada uno, "el que camina al lado" (Jean Paul), pero con una personalidad ajena a la nuestra, o en todo caso desconocida. Pero cuando ese otro tiene una presencia física, se lo llama "gemelo malvado" (caso Caín y Abel). Ciertamente, el "gemelo malvado" es bastante melodramático, o mejor dicho: es altamente melodramático. Por esto mismo abunda por ejemplo en las telenovelas o numerosos clásicos fílmicos. Y hay un tipo de gemelo que no es sencillamente malvado: por ejemplo, Donald Kaufman, el gemelo ficticio de Charlie Kaufman en la película El ladrón de orquídeas. Este tipo de gemelo sería más bien el uno mismo liberado, o en todo caso exaltado, y que puede poseer los mismos rasgos del original e incluso llegar a ser una copia mejorada.
Cuesta mucho avanzar sobre esta idea sin revelar el argumento, pero sigamos.
En esta novela hay un gemelo malvado, aunque no enteramente malvado. El rasgo negativo (opacamiento, ahogamiento, limitación extrema: el tánatos andante) en este caso corresponde al original. El gemelo actúa más bien como un estimulador. Si buscamos una respuesta rápida a la pregunta de dónde tenemos todos a nuestro oscuro hermano gemelo, nuestro doble ilimitado, podemos responder: en el yo del sueño. Ese yo está por cierto en el lado B de la vida, habita el lado oscuro, entremezclado, polisémico, que aunque posee rasgos de la realidad conciente los tiene ligeramente desviados, no reglados socialmente, sino con otras reglas de conformación. Bien sabemos que los designios del sueño son a veces incomprensibles, pero cuando se vuelven evidentes, y nos ayudan a conciliarnos con la realidad conciente, lo hacen a veces en forma delirante, angustiosa, tensa, etc. Es la muerte que nos empuja a la vida, para exagerar un poco el paralelismo.
En la novela, el doppelgänger se presenta dos veces. Uno es físico: se vuelve gemelo, e incita a la salvación del original, como cuando el sueño nos tiende una mano amiga a través de una pesadilla. El otro, escondido dentro del original y despertado mesméricamente, es solo una mala copia, egoista, omnipotente, completamente desinteresado de su original, sino que más bien lo desprecia. Pero este despreciador, este libertino, conoce sin embargo el inconciente del original, y a través de una intrincada red, sin proponérselo, también termina ayudando a éste a resolver su cometido.
Resumiendo podemos decir que Fauna posee niveles de lectura (!) que descienden a estratos más bajos.

DESPLAZAMIENTOS

Marco teórico: Llevo varios días abriendo y cerrando páginas de internet en busca de una explicación más o menos comprensible sobre la teoría cuántica, e incluso sobre la literatura cuántica (hasta hay un manifiesto), nada más para abordar la arbitraria expresión que utilicé para referirme a esta novela. Pero me da una pereza infinita leer sobre cuántos y demás, mi ignorancia es enorme, en fin, no me importa. Alguna vez me explicaron un par de cosas y se me quedaron algunas impresiones, vagas, vaporosas: serán éstas, pues, mi base teórica.
Resumiendo: la realidad está entrelazada por discretas transferencias de energía. Si contactámos dos objetos entre sí (por ejemplo un aparato de medición y un fotón de luz), estos se entrelazan definitivamente, y modifican a uno y otro. Apenas entran en contacto ya quedan ligadas, entrelazadas, independientemente de la distancia que tomen posteriormente, y siguen provocando modificaciones en uno y otro. Sin embargo, siendo toda materia del universo esencialmente energía, puede afirmarse entonces que es esta interrelación la que crea la relidad tal cual la percibimos. Por tanto, al dejar de percibirla, o mirarla, quién sabe qué ocurrirá con ella; pues solo podemos medir lo que efectivamente alteramos, ya que todo acercamiento (observación) es una alteración de la realidad. Ergo, es posible la existencia de más de una realidad: la que estamos observando, la que habíamos observado, la que alguna vez observaremos, la que nunca nos alterará ni nosotros a ella, etc. Y todas estas realidades, a su vez, se interrelacionan entre sí, con discretas transferencias de energía...
Análisis de la obra: En la novela un hombre va a cobrar el alquiler a una casa heredada del padre recientemente fallecido. Llamemos M* a este hombre. M* odia a su padre, y los inquilinos de la pensión ven a M* como una proyección del padre (un hijo de puta) y se previenen actuando el drama acostumbrado: se esconden, lo maltratan, lo intentan seducir etc. La casa es lúgubre, tan del amor de las viviendas de Levrero. En esta casa M* se enamora de una de las inquilinas, que tiene un bebé y una hermana un poco más joven y más fea. Con este esquema básico se desarrollan varias tramas argumentales, o más bien varios argumentos, que convergen en el protagonista.
Si M* por ejemplo acomete una acción, esta se desarrolla por un cauce. Bruscamente esta narración es interrumpida y se retoma desde un punto, a veces desde el inicio o desde la mitad, y el cauce se desplaza hacia otros acontecimientos. A su vez, estos cauces nuevos son retomados desde ciertos puntos y se vuelven a desviar. Se abren así madejas de posibilidades, cada una de ellas explorada (concretada).
No tenemos por tanto una historia lineal, sino muchas: ergo, los relatos son múltiples, paralelos entre sí pero convergentes en M*. Pero este M* es diferente en cada caso, ya sea porque ha tomado una decisión distinta o ha pensado algo distinto.
En una palabra: la multiplicidad de la realidad no la percibimos en el cotidiano, sin embargo a través de la literatura sí lo podemos hacer. Pues la literatura es una creación, en primera instancia lúdica y en gran medida voluntaria de un autor. Cuando el escritor despliega la página todas las posibilidades se presentan a la vez: escoge un camino y va por allí hasta donde llegue; esto en nombre de la coherencia argumental, las convenciones narrativas, el tema, etc. Es decir, un autor se restringe a un solo camino y por allí deviene su relato. Los otros relatos no escritos indefectiblemente convergen en el que está siendo narrado, reforzándolo o destrozándolo, etc. Lo que hace Mario Levrero es escribir algunos de estos relatos que usualmente son dejados de lado. La trama entonces se teje en varios cauces, como un río que desborda y crea por lo mismo nuevos ríos por los que la novela deviene. Si bien la narración no persigue estos nuevos argumentos hasta el final, los traza, les da una importancia capital. Los pone en primer plano.

CONCLUSIÓN
Obviamente, este texto necesita una conclusión. Lo tendré en cuenta para más adelante.
Saludos




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miércoles, 27 de julio de 2011

No sé si se nota...

«No sé si nota que he dado vida a un monstruo delirante que me persigue sin cesar; por algo, por algo sería que tanto me resistía y tantas vueltas daba antes de ponerme a escribir las primeras líneas de esta novela. Lo más disparatados episodios de mi vida se agolpan en mi mente y no me dejan descansar; estoy comiendo y durmiendo mal, despertándome muy tarde y acostándome cuando ya está saliendo el sol; ayer hubo serias amenazas de nuevos cólicos hepáticos y, desde antes de ponerme a escribir, vivo en un permanente estado gripa, a todas luces falso: una excusa para perder el tiempo esribiendo. Vivo para la novela; pienso en ella todo el tiempo; paso en limpio las hojas del borrador, añado y podo, y pienso, pienso, pienso. Mi vida se ha transformado en un discurso, en un monólogo ininterrumpido que se ha hecho ya del todo independiente de mi voluntad. Es el delirio, la búsqueda de catarsis, la imposición del trabajo que debo realizar -quiéralo o no- con la única, borrosa esperanza de llegar a un punto final, quedar vacío, exhausto, limpio -y pronto para para otra-. Pues debo insistir en el hecho de que ninguna de las experiencias luminosas y ninguna de las experiencias liberadoras ha servido para poder decir "ya está", "ya llegué", ahora soy muy consciente de que eso solo se alcanza con la muerte, y a eso, pues, le disparo más que al mismísimo demonio. Que nadie se llame a engaño: no tengo ninguna gran sabiduría para transmitir y espero no llegar a tenerla nunca. El nombre de la sabiduría es: arteriosclerosis.
Corro, pues, detrás de mis pensamientos porque ellos me exigen ser trasladados al papel, y hacerlo es el único recurso que se me ocurre para confiar en que se agoten.»



Mario Levrero, La novela luminosa - pág. 480
Mondadori, Bs. As. 2010



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sábado, 9 de julio de 2011

"Aguas salobres", de Mario Levrero



Ediciones MINOTAURO. Buenos Aires 1983



Este libro consta de cuatro relatos, publicados anteriormente en revistas y, si no estoy mal informado, alguno aparece en otro libro, ahora reeditado por Editorial HUM, de Montevideo, bajo el título de “Todo el tiempo”. En fin, recorrí gran parte de la web buscando el índice de este libro, “Todo el tiempo”, pero no lo encontré. No sé por qué lo hice, no creo que haya sido solamente para saber cuál es el cuento que ya fue publicado en otro libro, que reaparece en este, tal vez modificado o igual, el caso es que no tiene la mayor importa.
Aquí el índice de “Aguas salobres”, por si alguien lo necesita: La cinta de Moebius, La casa abandonada, Las sombrillas y Aguas salobres.

Bijou
Todo empezó con un gato. O más bien tres: uno que conoció Levrero en su infancia, otro que pertenece a la amiga del personaje de La cinta de Moebius y la última es mi gata, Segismunda.
Siempre estoy en alguna tratativa con Segismunda: darle de comer, hablarle, abrirle la ventana, buscarla, hablarle, llevarla a la veterinaria, contemplarla, acariciarle el pelaje, hablarle, etc. Sus repuestas se limitan a mordiscos y en ciertas ocasiones cede a un amor desorbitado hacia mí: ronroneos y lamidas ásperas. El caso es que me fijo en cada gato que veo…, pero ya estoy sintiéndome avergonzado al hablar de mi gata, creo que le quito intimidad al asunto, nuestro asunto...
En “La novela luminosa” (Ed. Mondadori, Buenos Aires, 2010) Levrero escribió lo siguiente, que se corresponde a los fragmentos del diario de la beca, o sea su diario personal:

«Y de noche, antes de dormirme, me llegó el recuerdo de otro maltrato a un animal, esta vez en mi temprana infancia, y casi como cómplice, ya que la idea de maltratar al gato surgió, o así quiero recordarlo, de mi amiguita Sussy. Estamos hablando de los tres años de Sussy y de los cinco o seis míos. Ella tenía un precioso gatito negro llamado Bijou, muy simpático y amigable. Por algún motivo un día decidimos perseguirlo a pedradas, y nos divertía mucho correr tras él y tirarle con cuanta cosa tuviéramos a mano. Hicimos de eso un hábito. Por lo general el animalito terminaba refugiándose entre una pila de troncos, cortados para leña, que había contra un cobertizo en el fondo del amplio terreno de mis vecinos, lugar que nos resultaba inaccesible. Después de unos días el gato se fue, creo que para siempre. De eso me acordaba cuando me dormí.»
Pág. 235

Yo me acosté a dormir luego de leer este párrafo y, por supuesto, lo hice acariciando a mi gata y pensando en ella, o más bien pensando en lo que podría estar pensando ella: ¿la intrigaré tanto como ella a mí? Bueno, ese tipo de cosas.
Ayer domingo me dispuse a leer algo más de Levrero y tomé el ejemplar que titula este texto. En el primer relato, La cinta de Moebius, encontré lo siguiente:

(los personajes, dos niños, están en un barco rumbo a Europa):
«Susana creía que el barco era Europa llorando amargamente durante largo rato porque decía que Europa no le gustaba; después empezó a llorar otra vez porque extrañaba a sus padres. Yo la llevé aparte y le expliqué que el barco era solamente un medio de transporte; que en Europa estaba Francia, y en Francia estaba Paris. Le hablé del Moulin Rouge y del Follies Bergère y de cuánto nos íbamos a divertir juntos allá. Esto la calmó por completo y entonces extrajo de entre las ropas a su gato, que traía de contrabando. Se llamaba Bijou, y nuestro juego favorito era soltarlo y perseguirlo sin tregua, acosarlo entre la leña y tirarle piedras hasta que se ponía rabioso y erizaba los pelos y bufaba. Pero allí no había leña y pronto se perdió entre los vericuetos del barco. Nunca más lo volvimos a ver.»
Pág. 14 – 15

Como es de prever, cavilé lo siguiente:
1) Si el yo narrador de los relatos de Levrero es una creación literaria, bien podría serlo también el yo narrador de los diarios de “La novela luminosa”; ergo, hay un puente directo entre estos narradores, pertenecientes al ámbito imaginativo (con independencia de que tengan raíz en la experiencia personal del escritor), por lo que este gato, Bijou, solo existió, existe y existirá en la literatura de Levrero (lo mismo podría decirse de esta niña Susana, o Sussy). Con esto se explicaría cabalmente el parecido entre ambos párrafos y la situación que relatan, con la salvedad de que uno está en un cuento y el otro en los diarios del escritor uruguayo;
2) si, por el contrario, el gato existió realmente como mascota, esto significaría que el yo narrador de los relatos –por ende también el de los diarios- es el mismo escritor, no un alter ego, y sus textos, del primero al último, narran experiencias percibidas como reales, lo cual podría expresar: a) Levrero estaba completamente loco para escribir lo que escribió, o al menos padecía cierto desorden mental; b) no entiendo absolutamente nada por incompetente; c) Levrero narra sus sueños desde el yo de sus sueños, por lo mismo nunca sabremos quién fue el que escribió los libros, y tampoco podríamos enterarnos del mismo aún en las entrevistas, aunque tal vez sí en las hechas durante hipnosis, o por algún procedimiento similar; d) Mario Levrero no sabía ni hubiese podido saber nunca de sus relatos, pues los escribía en trance, ya sea por influjo de alucinaciones hipnagógicas, drogas, una ciertamente precaria percepción espacio-temporal, alguna incapacidad o ultra-capacidad sináptica, dios sabrá qué; d) esta broma fue meticulosamente preparada durante tres décadas; e) las posibilidades de interpretación se bifurcan constantemente.

Si consideramos (Ricoeur) que “la trama es el conjunto de combinaciones mediante las cuales los acontecimientos se transforman en una historia o —correlativamente— una historia se extrae de acontecimientos”, o sea la trama sería una mediadora entre el acontecimiento y la historia,

Hace una semana detuve bruscamente -por alguna cosa que ocurrió, ignoro qué fue- la redacción de este texto sobre el libro de Levrero. Tampoco lo continué o releí, a causa de numerosas ocupaciones que no vienen al caso referir. Olvidé por qué, para qué, etc., o hacia dónde quise ir al escribir este texto. Seguramente había alguna cosa que me obsesionaba, o al menos me causaba escozor, algo de eso.

La urdimbre
Si en primera instancia los relatos de Levrero remiten a técnicas narrativas que utiliza el sueño: por ejemplo la yuxtaposición y la polisemia; en segunda instancia encontramos: la metaliteratura, pero desquiciada, y también la simple cita literaria, ubicada extrañamente en ciertos sitios, salpicando de color, o como chiste; pero el caso es que la manera en que se autoreferencia la escritura o bien la aparición de otros textos literarios es también a través de la yuxtaposición y la polisemia. Sé que aquí debería aclarar un poco más esto o al menos colocar estratégicamente un par de ejemplos. Bien. En La cinta de Moebius (título de un cuento de Cortázar) el personaje principal recala en Paris y allí se encuentra con Isidore Ducasse, entre otros personajes, pero no solo el conde es el Conde Lautr… sino que es sobre todo el conde de Lautr… creado por Cortázar, en su cuento El otro cielo. Literalmente el personaje se mete en El otro cielo de Cortázar, y narra por un par de páginas desde el narrador de Cortázar, y se va, de golpe, a otra parte, a otro relato. Para los que no recuerdan: El otro cielo es un cuento en que un tipo que está en Buenos Aires en los 50 dobla una esquina o cruza un zaguán (no recuerdo bien qué hacía), algún pasaje cualquiera de la ciudad, y termina en Paris del 1870, o por ahí, recorriendo los sitios donde supuestamente estaba, según crónicas literarias, el Conde de Lautréamont, nacido en Montevideo con el nombre de Isidore Ducasse. Hay también en este relato un asesino, etc. Allí, en las mismas circunstancias, el narrador de Levrero comparte una mesa de bar e incluso se hace compinche de Ducasse (tal vez por ser compatriota), a diferencia del personaje de Cortázar que no puede atravesar la mística del conde para acercarse él. También se amiga con los personajes secundarios. Después se tiene que ir, a otro relato, etc. Así que es como funciona el sueño, si nos ponemos a pensar: abunda en puntos de giro que vuelcan la historia hacia otra parte; estamos aquí, pero de repente, sin que haya una causalidad, sin abrirse ni cerrarse de cortinas, al menos, ya estamos allá, etc. O bien: este sitio es también otro sitio, y esta fulana es a la vez dos o tres personas más, sin que lo sepamos a ciencia cierta: así funcionan los personajes de Levrero. Por eso lo segundo que cité como recurso: la polisemia, o metonimia, que es como le dicen los psicoanalistas, si me dijeron bien. También tienen un nombre para la yuxtaposición: no me acuerdo, perdón. Bien, el personaje de La cinta de Moebius también cita una línea, entre homenaje y burla, de García Márquez: le preguntan el nombre y él no se acuerda porque perdió la memoria, le dicen: "tenés cara de llamarte Esteban". Y él responde: "¡No, no me gusta!" El hecho de que no escoja, por ejemplo, arquetipos jungianos, o alguna boludez semejante para mover a sus personajes, sino pasajes literarios, hace pensar en el sueño de la literatura. Si nosotros, pobres seres humanos, construimos durante el día los decorados de nuestros sueños, la literatura hace lo propio con los suyos: cada escritor pone un cortinado, un jarrón, algún detalle. Entonces, los personajes soñados de Levrero, se mueven en el sueño de la literatura. Este relato, La cinta de Moebius, es fascinante y fantástico. Quiero decir: el primer relato citado es una cita doble, de un escritor, el más, de literatura fantástica: El hombre de arena, de Hoffman (al peronaje principal, y narrador, le cambian a la amiga, Susana, por otra igual, “que se movía como si tiraran de un hilo” -página 50); y El Hombre de arena quiere decir también el doble, lo ominoso, lo familiar que se vuelve extraño, lo siniestro: Freud. A parte de ser este un gran recurso fantástico, remite a dos planos, como invitación o guía o mapa de interpretación: la literatura fantástica y el psicoanálisis. Luego vienen Cortázar, GGM, los griegos antiguos, incluso está, rarísimo, el Matthew O’cconor, el de El bosque de la noche, personaje que no para de hablar de la noche, dicho sea de paso. Varias literaturas que se refieren a lo fantástico, lo ominoso, lo maravilloso, la noche, el otro lado, el doble, lo especular, lo paraxial, lo yuxtapuesto, confuso, la disolución espacial y temporal, todo esto, etc. Dos cosas para terminar: el uso del gag y la búsqueda sin objeto, o al menos no precisado, sino solo entrevisto difusamente.
Esto se pone largo.
Saludos






miércoles, 29 de abril de 2009

Idea Vilariño



Ayer falleció la poeta uruguaya, que me encursiló la médula apenas la conocí y cuyos poemas siguen haciéndome el efecto de un temblor ontológico.
Entre los redactores de Marcha, fue una de las de más coraje; además, tradujo a tantos que gracias a ella conocimos en el Río de la plata (varios autores de la OuLiPo, por ejemplo).
Además, le dio unas cuantas buenas lecciones a Onetti. Y a todos los que la leímos y leemos.
Espero poder recuperar aquel libro que está hace más de 3 años en casa ajena.
Adiós, Idea (qué hermoso nombre, de paso).



a René Zavaleta

Por qué no volará en cien mil pedazos
esta escoria volante este puñado
de tierra y de dolor
aire y basura
si no habrá nunca paz
si no habrá nunca
una pura jornada de alegría.
A qué seguir rodando
tironeando de todo
ensuciando el planeta
y respirando junto con el aire
los aullidos de media humanidad
que no deja de aullar hasta la muerte
que no deja vivir porque entre aullidos
tenemos que comer
los que comemos
lavarnos la piel suave
los lavados
y leer poesía los leídos.
Eso es todo. O poco más.
Muy poco.
Atrapar retener lo que se pueda
lo que nos den de amor o lo que sea
mejores dividendos
televisores autos o fusiles
con mira telescópica
el renombre
el poder.
Es muy poco. No paga
la amargura el estorbo la molestia
de tantas privaciones
el silencio imposible
la soledad imposible
o la dicha imposible.
Por qué no volará en cien mil pedazos.
Si no habrá nunca paz
si lo obligado
lo que puede limpiarnos la conciencia
es salir a matar
limpiar el mundo
darlo vuelta
rehacerlo.
Y tal vez y tal vez
y tal vez para nada
tal vez para que a poco
vuelvan los puros a emporcarlo todo
a oprimir a vender
a aprovecharse
acorralandonós
cerrando las salidas.
Tal vez para que antes
de morir nos sintamos obligados
una vez más a oír
a levantarnos
otra vez otra vez
a hacernos cargo
y tengamos una vez más
de nuevo
que salir de limpieza.
Por qué no volará en cien mil pedazos.



EL MAR

Tan arduamente el mar,
tan arduamente,
el lento mar inmenso,
tan largamente en sí, cansadamente,
el hondo mar eterno.

Lento mar, hondo mar,
profundo mar inmenso...

Tan lenta y honda y largamente y tanto
insistente y cansado ser cayendo
como un llanto, sin fin,
pesadamente,
tenazmente muriendo...

Va creciendo sereno desde el fondo,
sabiamente creciendo,
lentamente, hondamente, largamente,
pausadamente,
mar,
arduo, cansado mar,
Padre de mi silencio.



SI MURIERA ESTA NOCHE

Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.



TE ESTOY LLAMANDO

Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.

Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.

Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.



CARTA II

Estás lejos y al sur
allí no son las cuatro.

Recostado en tu silla
apoyado en la mesa del café
de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
-estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero-.
Estoy pensando en ti ya hace una hora
tal vez media
no sé.

Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje negro
y me pasaré el peine.

Iré a cenar
es claro.

Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
que me importa en el mundo.



YA NO

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.

Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.

No volverá a tocarte.

No te veré morir.




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