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domingo, 22 de abril de 2012

"El juego del apocalipsis. Un viaje a Patmos", de Jorge Volpi


Ed. Debolsillo, 2001

Un empresario mexicano gana un sorteo para pasar el año nuevo del 2000 en la isla de Patmos, donde siglos antes Juan el Evangelista (apodado por ellos Juan de Patmos) escribió el Apocalipsis. Se lleva consigo a su novia, una crítica literaria que quiere casarse con él, pues ya superan la treintena y llevan tiempo juntos. Encuentran la isla en pleno invierno, con poca gente; se aburren, recorren rápido su extensión, los bares aún abiertos,  luego van al hotel y hacen el amor. En uno de sus paseos conocen a un veterano inglés que los invita a cenar a su casa; la pareja asiste a la cena. Allí conocen a otro inglés, una pareja griega, otra pareja coreana, y a la esposa del que los invitó, que es de un país centroeuropeo. El anfitrión inaugura un juego (del apocalipsis), en el que los asistentes cumplen por las noches algunas consignas: contar el peor día de su vida, imaginar su muerte, esas cosas, mientras el otro inglés, un profesor de Cambrigde, les cuenta pasajes del evangelio de Juan de Patmos: finalmente les habla del anticristo, que está en cada uno, es la parte mala de cada uno, el mal absoluto con el que convivimos todos, etc. La crítica literaria se aburre, el empresario mexicano se prende al juego; por mientras el anfitrión inglés trama una enredada conspiración -en la que colaboran todos- para hacer que la pareja mexicana se separe y lo logra. El objetivo del juego y el haber invitado a la pareja mexicana a los juegos del apocalipsis, fruto de una apuesta del anfitrión con la pareja de griegos, es que el empresario mexicano encuentre en él al anticristo y mate (o al menos desee) a la crítica literaria. Pero este objetivo se consigue solo en parte, pues en el ínterin el anfitrión inglés muere, cae por la borda de un barco la noche de año nuevo. Los mexicanos vuelven a México, separados, y el empresario mexicano -dicho sea de paso, él es el narrador- le escribe largas cartas de amor a la crítica literaria para que vuelvan, quién sabe con qué resultado, pues la novela termina allí.
Ahora me di cuenta de que les conté todo, el final incluido. En fin, es una mierda de libro. Recuerda a Katherin Neville, o al menos a ese tipo de betseller que escribe ella, mezcla de aventura amorosa y misterio religioso, todo muy cursi -Volpi es menos cursi y por lo mismo menos interesante.



miércoles, 11 de mayo de 2011

Rosas

«(....) a comienzo de 1945 Varsovia fue liberada. La ciudad era un mundo de escombros, el noventa por ciento de los edificios había quedado reducido a polvo. Volvieron entonces a su ciudad natal los varsovianos sobrevivientes de la insurrección y del éxodo; llegaban de los campos de concentración y de los trabajos forzados, de las aldeas donde habían logrado encontrar refugio. Carecían de todo. No había agua, ni luz, ni calefacción. No había nada. Sumergidos en hoyos cavados entre las ruinas trataban de guarecerse de un invierno especialmente cruel. En medio de la desolación comenzaron a aparecer algunos signos de vida: en un tranvía semiquemado se vendía pan; después apareció otro con sopa. De pronto, a los pocos días de la llegada de los primeros pobladores se abrió una tienda, la primera tienda en la Varsovia liberada... ¡Era una florería! En aquel mar de detritus las rosas combatían a su manera contra la bestialidad de la existencia.»

Sergio Pitol,
prólogo de la Antología del cuento polaco contemporáneo
EDICIONES ERA, S. A. México 1967. Pág 12


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martes, 17 de agosto de 2010

Damas chinas, de Mario Bellatin


Hoy he conversado con mi gato sobre su temerario e imprudente comportamiento en la terraza. Desde luego no me hizo mucho caso: subió otra vez corriendo, se detuvo temblando contra el vacío, resbaló, pero no cayó, y corrió de mí cuando pretendía bajarlo porque hacía frío y oscurecía. Entonces volví a tener otra charla con él al lado del perchero, apenas cruzado el umbral del departamento: Es la última vez, le dije. Me miró atentamente, como la primera vez, sin responder. Es la última vez, volví a decir. Volvió a mirarme atentamente sin emitir sonidos. Lo levanté en brazos y lo senté contra mi rodilla y comencé a increparlo.
Estoy leyendo mucha literatura desde hace más o menos 20 años. No sé conversar con animales. Soy impaciente. Imperceptiblemente me siguen creciendo los pies y rompo los zapatos en poco tiempo. Me gusta mucho la terraza, me gusta lavar ropa y helarme las manos fregando platos. Sigo leyendo literatura pero últimamente no me gusta leer. Cuando me cruzo un perro le digo un par de frases y espero respuesta. Inútil. Me miran. Huelen algo por ahí, me ignoran. Una vez llegué a casa y al abrazar a mi gato me arañó la cara. Había estado acariciando un perro de la calle y no le gustó el olor que traje. Le expliqué la situación, pero el gato maullaba rabioso y no quiso acercarse a mí.
Hoy leí Damas Chinas, de Mario Bellatin. El arte del desapego que elabora en su prosa es estimulante para muchos lectores pero no para mí. Algunos libros me gusta recordarlos, pero no leerlos. Damas Chinas me gustará mucho en un par de semanas. En el tren, en el subte, en el sofá de mi casa, me exigí una tremenda concentración para seguir la trama de la novela. Bellatin no fue amable. No me tendió lazos para que pueda sostenerme y no caer. El libro brillaba en mis manos sin que yo pudiera entablar un vínculo emocional con él. Como una diamante de plástico.
Hace mucho frío.
El lavarropas ha dejado de funcionar, lo que significa que debo subir a la terraza a colgar más ropa. Tenderé calzoncillos y calcetines, bombachas y medias. Solo ropa interior. Miraré su balancearse en el viento frío, como las velas del barco de mi imaginación. Como las páginas sopladas de un libro de aventuras mórbidas.
Antes de subir, mantengo otra charla con mi gato. Más advertencias. Ya oscurece. Ha oscurecido. Está todo negro.




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