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viernes, 20 de mayo de 2011

para recordar



«por perfecta que sea una obra, nunca podrá ser irreprochable»


en "Bouvard y Pécuchet", de Gustave Flaubert
Traducción de Margarita Latorre y Mónica Maragall
Ed. Montesinos, Barcelona, 1993

jueves, 23 de septiembre de 2010

"Memorias de un loco", de Gustave Flaubert




Ed. EL PAÍS (Relatos breves). Madrid 2007


Traducción de María Badiola



Esta es la primera novela de Flaubert, escrita cuando tenía alrededor de 17 años.


Lleno de clichés y prejuicos de época, y por eso mismo, como retrato de un adolescente presumido e inconsiente de su ingenuidad, es excelente. Aunque literariamente banal. Se arroga en un romanticismo wertheriano excesivo. Sin embargo, cuando se deja arrastrar por la rabia (¡el umbral de las epifanías!), y la impotencia, en airadas parrafadas, a puro impulso malditista, es grandemente iluminador. Flaubert dio el primer paso con el pie derecho. Como un aventajado alumno del nihilismo más recalcitrante, dostoievskiano. Hacia el final, resignado en la amargura (otra vez) werheriana, y no da un paso más. Pero el último capítulo (poema), es sublime. Sublime. Y una predicción de su él mismo pocos años después. Con el agregado de humor que tenía que venir para ser nuestro querido Gustave.



"Mi alma echa a volar hacia la eternidad y el infinito planea sobre el océano de la duda, al son de la voz que anuncia la muerte."


pág. 79






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jueves, 18 de marzo de 2010

Gout(t)man




Él puzzle está en tu cabeza

1
Gaspard Winckler ocupaba el departamento de la derecha del 6º piso del número 11 de la rue Simon-Crubellier. Era un artesano de manos mágicas. Frecuentaba el café Riri, donde leía todos los periódicos y jugaba al chaquete con Morellet. Gaspard Winckler, judío como George Perec, es uno de los personajes más entrañables de “La vida instrucciones de uso” (1978).
Al igual que Perec, Winckler armaba puzzles para que nosotros los encastremos sin darnos cuenta de que cada pieza que agarramos, que examinamos y acariciamos, cada combinación, «cada tanteo, cada intuición, cada esperanza, cada desilusión han sido decididos, calculados, estudiados» (pág. 16) por ellos.
Gaspar Winckler aprendió el oficio de artesano de un hombre llamado Gouttman que «fabricaba objetos religiosos que vendía él mismo en iglesias y procuras: cruces, medallas y rosarios de todos los tamaños, candelabros para oratorias, altares portátiles, flores de fantasía, sagrados corazones de cartulina azul, San Josés de barba roja, calvarios de porcelana» (pág. 51-52).
Este hombre tomó como aprendiz a Gaspard Winckler llevándolo a su casa cuando apenas había cumplido doce años. Estuvo varios años con él, aprendiendo mucho, pues el hombre sabía hacerlo todo con las manos.
¿Quién y de dónde era este Gouttman?
Es posible encontrar pistas sobre él en otra novela, mucho más vieja, publicada en 1881, de manera póstuma, pero escrita por Gustave Flaubert durante varios años, según pistas desde 1872. La novela es la maravillosa Bouvard y Pécuchet.
En esta novela, llevados por las peripecias de la investigación teórico-práctica sobre la cultura humana, Bouvard y Pécuchet abrazan, cada uno a su manera, la fe católica. Puestos en ello, reciben un día la visita de un «individuo obeso, con ojillos de chino y la nariz como el pico de un buitre. Era el señor Goutman, comerciante de artículos piadosos; bajo el cobertizo (de la casa de Bouvard y Pécuchet) desenvolvió algunos, metidos en cajas: cruces, medallas y rosarios de todas las dimensiones, candelabros para oratorios, altares portátiles, ramilletes de oropel y sagrados corazones de cartón azul, San Josés con barba roja, calvarios de porcelana...» (pág. 213)
Este Goutman, a quien transcurrido un siglo Perec le agregó una "t" (¿de temps?) sin alterar la fonética, según nos cuenta Flaubert « prefería el trueque..., a cambio de hierros viejos y de todos los plomos, ofreció un surtido de sus mercancías.» Pero, cuando «lo vio tan fácil, Goutman quiso además la alabarda... Hecha la estimación total, los señores (Bouvard y Pécuchet) debían aún cien francos.» (pág. 213)
La novela de Flaubert, a grandes rasgos, transcurre en la década de 1840. La de Perec en la década de 1970.
Gaspard Winckler se mudó a París entre fines de los 20 y principios de los 30. Era aún joven. Por tanto, aprendió a ser artesano entre guerras. Esto nos dice que transcurrieron por lo menos 70 años entre el encuentro de Goutman con Bouvard y Pécuchet y el de Gouttman con Gaspard Winckler.
¿Qué sucedió mientras tanto con Goutman-Gouttman?
Pues quién sabe. Lo que sí sabemos es que es cómo acabó:
«A pesar de sus muchas actitudes, Gouttman no era hombre de negocios. Cuando había vendido todas sus existencias, se iba a la ciudad y dilapidaba todo su dinero en dos o tres días. Entonces regresaba a casa y empezaba de nuevo a esculpir, tejer, trenzar, enhebrar, bordar, coser, amasar, pintar, barnizar, recortar, ensamblar hasta recomponer sus existencias y salir otra vez a venderlas por los caminos. Un día no regresó. Winckler supo más tarde que había muerto de frío al borde de la carretera, en el bosque de Argonne, entre les Islettes y Clermont.»

2
Gaspard Winckler trabajaba como artesano de puzzles para un inglés llamado Bartlebooth.
Percival Bartlebooth decidió un día que toda su existencia quedara organizada en torno a un proyecto cuya necesidad arbitraria tuviera en sí misma su propia finalidad.
El mejor amigo de George Perec, compañero del Oulipo, lector de sus manuscritos, era el escritor Harry Mathews, estadounidense.
La novela la dedica Perec a Raymong Queneau.
Raymong Queneau publicó sus primeras obras con el seudónimo de Sally Mara, a imitación del Vernon Sullivan de Boris Vian.

Etc.




"Bouvard y Pécuchet", Ed. Montesinos, Barcelona 1983.
Traducción de Marga Latorre y Mónica Maragall
"La vida instrucciones de uso", Ed. Anagrama, Barcelona 2001.
Traducción de Josep Escué

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lunes, 8 de febrero de 2010

lgunas estrellas fugaces se deslizaron de improviso...


«Algunas estrellas fugaces se deslizaron de improviso, describiendo en el cielo la parábola de un cohete monstruoso.
-¡Mira -dijo Bouvard-, mundos que desaparecen!
Pécuchet prosiguió:
-Si también el nuestro hiciera una cabriola, los ciudadanos de las estrellas no se conmoverían más que nosotros en este momento. Este tipo de ideas aplastan el orgullo a cualquiera. ¿Cuál es la finalidad de todo esto?
-Tal vez no haya finalidad.
-Sin embargo...
Y Pécuchet repitió dos o tres veces "sin embargo", sin encontrar nada más que decir.
-¡No importa! Me gustaría saber cómo se ha formado el universo.»

(pág. 72)


"Bouvard y Pécuchet", de Gustave Flaubert
Ed. Montesinos, Barcelona, 1993
Traducción de Margarita Latorre y Mónica Maragall
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