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miércoles, 22 de febrero de 2012

La forma perfecta: Gombrowicz interpela a Kundera

—Mi mujer adora a Mahler —dijo después—. Me contó que dos semanas antes del estreno de su Séptima sinfonía, Mahler se encerró en la habitación de un ruidoso hotel y rehízo durante toda la noche la instrumentación.
—Así es —asentí—, fue en Praga en 1906. El hotel se llamaba Estrella Azul.
—Me lo imagino en esa habitación de hotel rodeado de papeles con notas —continuó Paul sin dejar que lo interrumpieran—, estaba convencido de que toda su obra quedaría estropeada si en la segunda frase tocaba la melodía el clarinete en lugar del oboe.
—Así es exactamente —dije y pensé en mi novela.
Paul continuó:
—Me gustaría que esa sinfonía se ejecutase una vez ante un público compuesto por los más renombrados especialistas, primero con los arreglos de las últimas dos semanas y después sin ellos. Garantizo que nadie sabría diferenciar una versión de la otra. Quiero decir que es sin duda admirable que el motivo que en la segunda frase toca el violín lo retome en la última frase la flauta. Todo está elaborado, pensado, sentido, nada se deja librado a la casualidad, pero esa enorme perfección nos supera, supera la capacidad de nuestra memoria, nuestra capacidad de concentración, de modo que ni el oyente más fanáticamente atento es capaz de abarcar de esa sinfonía más de una centésima parte, y seguro que aquella que menos le importaba a Mahler.
Su idea, tan evidentemente correcta, le alegraba, mientras yo iba poniéndome cada vez más triste: si mi lector se salta una frase de mi novela, no la entenderá, y sin embargo, ¿dónde hay en el mundo un lector que no se salte ni un solo renglón? ¿No soy yo mismo el mayor saltador de renglones y páginas?
—No le niego a esa sinfonía su perfección —continuó Paul—. Lo único que niego es la importancia de esa perfección. Esas sinfonías esplendorosas no son más que catedrales de la inutilidad. Son inaccesibles para el hombre. Son inhumanas. Hemos exagerado su significación. Nos hemos sentido inferiores ante ellas. Europa ha reducido a Europa a cincuenta obras geniales que nunca ha entendido. Imagínense esa indignante desigualdad: ¡millones de europeos que no significan nada frente a cincuenta nombres que lo representan todo! ¡La desigualdad entre las clases es un descuido insignificante en comparación con esta insultante desigualdad metafísica que convierte a unos en granos de arena y proyecta en otros el sentido del ser!
La botella estaba vacía. Llamé al camarero para que trajese otra. Así fue como Paul perdió el hilo de la conversación.
—Estaba hablando de las biografías —le apunté.
—Ajá —recordó.
—Se alegraba de poder leer por fin la correspondencia íntima de los muertos.
—Ya sé, ya sé —dijo Paul, como si quisiera adelantarse a las objeciones de la parte contraria—: Les aseguro que hurgar en la correspondencia íntima de alguien, interrogar a sus antiguas amantes, convencer a los doctores de que revelen secretos médicos, es una porquería. Los autores de biografías son gentuza y jamás me sentaría con ellos a una misma mesa, como con ustedes. Robespierre tampoco se hubiera sentado a la mesa con la chusma que robaba y tenía un orgasmo colectivo cuando devoraba con los ojos una ejecución. Pero sabía que sin ella no había manera. La gentuza es el instrumento del justiciero odio revolucionario.
—¿Qué hay de revolucionario en el odio hacia Hemingway? —dije.
—¡No estoy hablando del odio hacia Hemingway! ¡Estoy hablando de su obra! ¡Estoy hablando de la obra de todos ellos! Hacía falta decir ya de una vez que leer algo sobre Hemingway es mil veces más entretenido y provechoso que leer a Hemingway. Hacía falta mostrar que la obra de Hemingway no es más que la vida de Hemingway en clave y que esa vida fue igual de mísera e insignificante que la vida de todos nosotros. Hacía falta cortar en trocitos la sinfonía de Mahler y utilizarla como fondo musical para un anuncio de papel higiénico. Hacía falta acabar de una vez con el terror que producen los inmortales. ¡Derrocar el arrogante poder de las Novena y de los Fausto!
Ebrio de sus propias palabras se incorporó y levantó su copa:
—¡Brindo por el fin de los viejos tiempos!
Págs. 395 - 396 - 397

LA INMORTALIDAD, Milan Kundera
RBA Ediciones, Barcelona 1993
Traducido del checo por Fernando de Valenzuela


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(…) os recomiendo mi método de intensificación por medio de la repetición, gracias a que, repitiendo sistemáticamente algunas palabras, giros, situaciones y partes, las intensifico forzando asimismo el efecto de la unidad del estilo casi hasta los límites de lo maniático. ¡Por la repetición, por la repetición se crea la mitología! Observad, sin embargo, que tal construcción parcial no sólo es una construcción, sino que en verdad constituye toda una filosofía, la cual presentaré aquí bajo la forma livianita y burbujeante de un folletín gracioso. Decidme, ¿cómo pensáis?, ¿acaso, según vuestra opinión, el lector no asimila sólo partes y sólo en partes? Lee, digamos, una parte o un pedazo e interrumpe para, dentro de algún tiempo, leer otro pedazo; y a menudo
ocurre que empieza desde el medio o, aun, desde el final, prosiguiendo desde atrás hacia el principio. A veces ocurre que lee dos o tres pedazos y deja... y no es porque no le interese sino porque algo distinto se le ha ocurrido. Pero aun en el caso de leer el todo ¿creéis que lo abarcará con la mirada y sabrá apreciar la armonía constructiva de las partes, si un especialista no le dice algo al respecto? ¿Para eso, pues, el autor durante años corta, ajusta, arregla, suda, sufre y se esfuerza: para que el especialista diga al lector que la construcción es buena? ¡Pero vayamos más lejos aun, al campo de la experiencia cotidiana! ¿No ocurre acaso que cualquier llamado telefónico o cualquier mosca puede distraer al lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes y tramas se juntan en la unidad de la solución final? ¿Y si en ese momento entrase (digamos) su hermano y dijese algo? La noble labor del
escritor se echa a perder a causa de una mosca, un hermano, o un teléfono, ¡oh, malas mosquitas! ¿por qué picáis a hombres que ya perdieron la cola y no tienen con qué defenderse? Mas preguntemos todavía si aquella obra vuestra, única, excepcional y tan trabajada, no constituye sólo una partícula de treinta mil otras obras, también únicas y excepcionales, que aparecen en el transcurso del año. ¡Malditas y terribles partes! ¡Para eso, pues, construimos el todo: para que una partícula de la parte del lector asimile una partícula de la parte de la obra y sólo en parte!
Pag. 70 -71

FERDYDURKE, de Witold Gombrowicz
Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1964
Traducido del polaco por W. Gombrowicz y Cía.





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martes, 5 de abril de 2011

lunes, 10 de enero de 2011

"La fiebre del heno", de Stanislaw Lem



Editorial Bruguera, 1983 (Barcelona).
Traducción de Pilar Giralt y Jadwiga Maurizio


“Un astronauta de la reserva ha de ser,
en un ángulo de su corazón, una mala persona,
ya que algo en él está siempre al acecho de que
uno de los hombres en activo sufra un percance,
y si no está al acecho es un necio.”
pp. 23


Un astronauta norteamericano, alérgico a las gramíneas, pierde la plaza para viajar a Marte y queda en la reserva. Sin saber bien qué hacer, pues ya vio el espacio y nada en la tierra puede comparársele, da vueltas por ahí hasta que la casualidad lo lleva a cruzarse con un investigador que lleva el caso de una muerta rara acaecida en Nápoles, que asemeja a otras muertes similares, por lo que sospechan de un crimen en serie. Transfigurado en detective-actor, lleva a cabo la investigación del caso haciéndose pasar por un turista y repite los pasos de las víctimas, yendo de Nápoles a Roma y luego a París, donde contacta con un grupo de especialistas y consigue llegar al esmerado epílogo.
Disfrazada de novela de detectives la historia se desarrolla en una tierra llena de terrorismo y consumismo frenético, ambientada más o menos en la década de 1990 (mis cálculos son vagos, pero ahí le vamos). La distopía es bastante serena, sin alardes tecnológicos ni excesiva exaltación apocalíptica, por lo que puede leerse casi como una novela realista. Hay mafia italiana, terroristas japoneses e islámicos, armas químicas, narcotráfico, Albert Hoffman, Hitler, psicosis, atentados, miedo, huelgas, etc. Es, lo que se dice, una descripción de época, con velada guerra fría, y con una respuesta particular de la sociedad a la segunda guerra mundial, completamente descabellada y sincera: a Europa, como sociedad, le tiene sin cuidado toda esa historia, no aprendió nada y ya la olvidó; sin embargo, en los individuos se conserva la tragedia como una fría tinta podrida que va manchándolo todo. Es esta contradicción entre sociedad e individuo, tratada como un problema matemático, lo que hace transcender la novela del dilema policial que desarrolla.

“La humanidad se ha multiplicado y condensado tanto, que las leyes del átomo empiezan a gobernarla. Cada átomo de gas se mueve caóticamente, pero es precisamente este caos lo que conduce al orden: estabilidad de la presión, temperatura, peso específico, etc. (…) una larga serie de extraordinarias coincidencias”.
pp. 183

No hay criminal (Dios), no hay crimen (el universo no tiene un sentido interpretable en parámetros humanos), y por tanto no hay víctima (el ser humano no es el sujeto del universo): Hay tan solo series de circunstancias azarosas que forman figuras que vistas desde cierta distancia son estética y funcionalmente coherentes.
Pueden verse reminiscencias pynchonianas (entropía, etc.) en este planteamiento, así como una postura científica, que observa al mundo como fenómeno, cuyos resultados (el libro) pueden servirnos de entretenimiento.
Muy, muy interesante libro. El único pero son las primeras 30 páginas, de fraseo duro y situación confusa. Luego se contrasta bruscamente con monólogos de conferencia, como si Philip Marlowe se hubiera convertido de repente en Sherlock Holmes. El resultado es bien raro, aunque digerible.

Pd: En la novela hay un capítulo altamente interesante. En él se describen los efectos de una droga psicotrópica que recuerda mucho a los relatos de Hoffman cuando descubrió el LSD. Además, es hermosa, aterradora e inolvidable.





lunes, 3 de enero de 2011

“El enamorado de la Osa Mayor”, de Sergiusz Piasecki



Círculo de lectores S.A. - Barcelona 1979
Traducción de José Farrán y Mayoral
328 pág.



1
Una de las panorámicas más singulares que conozco, corresponde al Puente de la Amistad, en la frontera paraguayo-brasileña, entre Ciudad del Este y Foz do Iguaçu, sobre el río Paraná, todo el tiempo caminado por millares de seres que cargan a la espalda sacos, televisores, lavarropas, ventiladores, cartones con electrodomésticos minúsculos, botellas, latas, alfombras, juegos de dormitorio, ropa, marihuana, cocaína, zapatos, comida para perros, frutas y verduras, además de cansancio, pena, desesperación y mucho sudor: bajo el inclemente sol, telúricos, rubios, negros y mestizos, los sacoleiros pasan las compras de los turistas de ambos bandos pues las mercaderías transportadas a pie no pagan impuestos, ni son revisadas con atención por los policías de frontera, y así los compradores, con una propina mínima, ahorran al evadir el fisco, y los sacoleiros se ganan la sopa. Es tipo de contrabando carece de toda aventura estético-legendaria, a no ser que admitamos que la pavorosa monotonía y la amargura trimegista son también artísticas.

2
En la frontera mexicano-estadounidense se practica otro tipo de contrabando pedestre: transportan gente y drogas, durante las madrugadas, evadiendo satélites, luces láser, binoculares con visión nocturna, vehículos blindados, perros y metralletas. Hace poco vi en un documental cómo confeccionaban las cargas de marihuana: pintaban de negro sacos de arpillera para que no sea detectados por radares. La mayoría del contrabando terrestre, según este documental yanqui (probablemente para dejar como más hijos de puta a los charros mexicanos), lo hacen mujeres. Aquí sí hay emoción, riesgo, amenazas de muerte, cárcel, coimas y una improbable monotonía.

3
El resto del contrabando mundial se hace vehículos a motor: aviones, coches, camiones, trenes, por correo exprés, etc.

4


Sergiusz Piasecki practicó el oficio de contrabandista durante la década del 30 en la frontera ruso-polaca. Comenzó a instancias de un amigo que había conocido en el servicio militar. Establecido en Misnk (hoy Bielorrusia), cruzaba la frontera rusa de madrugada, en primavera, verano, otoño e incluso invierno. Formó diversos grupos, iba hacia Rakov (hoy Ucrania), llevando vodka, cuero, ropa interior femenina, sacarina: todo lo que pudiera generar beneficios; y traían de Rusia madera, aceite, oro, personas que escapaban del régimen comunista. Piasecki asumió esta vida como un yonqui. Cruzar entre bolcheviques y soldados polacos, hacerse amantes, disparar tiros, correr entre la nieva y la lluvia, hablar con sus fantásticos compañeros de viaje, cerrar tratos con los judíos de la zona, enamorarse de la hermana de un contrabandista mítico; y luego derramar sangre, ser perseguido, vivir salvajemente escondido, robar. No se privó. Luego lo transformó en literatura. Su historia contiene todos los ingredientes que necesita una excelente trama de folletín, narrada con una prosa enardecida, romántica, ingenua, bella.

5
«Lord, aparte, se puso a enseñar a Julio el Loco, con cara muy seria, como se cazaban liebres sin escopeta.
-Te digo que tienes que comprar un paquete de tabaco, y a la mañana temprano, mientras duermen las liebres, debes irte por los campos y esparcir sobre las piedras unos pellizcos de ese tabaco. La liebre se despierta, se rasca detrás de la oreja, se levanta y se va a hacer sus necesidades. Allí hace como los perros, junto a una piedra. Husmea el tabaco, estornuda fuerte, al estornudar se golpea la cabeza contra la piedra, y cátatela muerta en el acto. Tú te vas allí algo entrada la mañana y estás cogiendo liebres hasta que te hartas y llenas de ellas un saco.
-¿Te burlas de mí?
-Te juro que no. En cambio, el oso se caza de otra manera. En otoño, cuando caen las hojas de los árboles, tomas un cubo lleno de cola y te vas al bosque a rociar con ellas aquellas hojas. Luego te escondes en un matorral. El oso viene y plaf-plaf, anda por encima, y las hojas se le van pegando, cada vez más, a las garras. Llega un momento en que no puede andar ya, de tantas como lleva pegadas. Entonces tú sales tranquilamente de tu escondrijo, lo atas y te lo llevas a tu casa.»

pág. 18

6
Según cuenta Piasecki, escribió esta novela en la cárcel, cuando purgaba una condena por homicidio. Vio que muchos presos leían, otros escribían, hasta que cogió unos libros y decidió contar su vida. Demoró un mes y medio en terminar el libro (14 de octubre de 1935 – 29 de noviembre de 1935). Su caso fue un antecedente del de Jean Genet: tras el éxito de la novela, los intelectuales polacos pidieron, ganándola, su libertad. Luego Polonia fue ocupada, Piasecki formó parte de la resistencia, más tarde se hizo verdugo de los polacos que colaboraron con los alemanes, hasta terminar escribiendo un par de libros más, hizo de vago en Italia, Francia y otros sitios, y murió en Inglaterra sin volver a escribir. Pero en la novela solo se cuenta su periodo fronterizo.
Con el pulso que tiene, cualquier otro fragmento de su biografía hubiera resultado apreciable. Pocas veces lo instintivo se enhebra con limpidez con lo intelectual. Tal como corresponde a la poesía más interesante, etc. Esta última línea está demás, es cursi, pero no miente.

7
Me gustaría que todos mis amigos tuvieran doce años para prestarles este libro, para que tengan a Sergio Piasecki en el paredón entre Nemo, Neal Cassady, Ahab, Simbad, Gulliver, El Eternauta, Nippur y Sandokán.
(Ahora que ya no tengo doce, en mi paredón solo habría una foto desnuda de Temple Drake, lamiéndose un codo).

8
La primera vez que Sergio cruza la frontera, le muestran la constelación de La Osa Mayor. Le dices que se deje guiar por ella, que siempre lo llevará a casa. Uno de los compañeros de contrabando de Sergio tenía estudios. Sabía de astronomía. Le cuenta el nombre de la constelación, y a medida que la observa y va creciendo en él su adicción a la frontera, la Osa Mayor se vuelve su compañera leal, su ideal, su destino. Le habla como a una mujer, a cada estrella le pone el nombre de sus amantes y enamoradas, y no le exige nada, pues siente que le da todo.

9
Con una tesis que tira de los pelos a Rousseau, El enamorado de la Osa Mayor empuja al hombre hacia lo instintivo, donde hay hermosura vital, nietzscheana, fuera de la hipocresía social, el dinero, el deshonor del vivir en el sofá cama atado al celular o el control remoto. Hay que irse por ahí, dice, perderse, sentir el gusto del pañuelo agitándose en un absurdo adiós, hacia las fronteras, rumbo a un tedio diferente, al porque sí.



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lunes, 29 de noviembre de 2010

“El elefante”, de Sławomir Mrożek



Ed. Seix Barral S.A. - Barcelona 1969. 184 pág.
Versión española de Margarita Fontseré
Ilustraciones de Daniel Mróz



“No se trata de mí, sino solo de la humanidad”
Pág. 143



1
Este libro es un retrato pormenorizado de la Polonia comunista. Se ríe del individualismo, el colectivismo, la industrialización, el nacionalismo, el partido comunista, Marx, las guerras, las barricadas, el campesino, las instituciones, la familia, la burocracia. No ceja ante nada ni un segundo. Lo más llamativo es que los primeros en reírse fueron los polacos. ¿Quién es más crítico, el autor o los lectores? ¿Autocrítica? Difícil: simplemente los relatos son hilarantes y tan agudos, que uno debe optar entre bailar en la fiesta o amargarse y llorar.
¡Un trago de vodka!

2
Cada uno de los 23 textos es una fiesta. Se satiriza la vida y también la propia sátira. Esto es: en lugar de solución (sea moralista, denunciativa, etc.) Mrozek se despide con un despropósito poético, aunque no exento de lógica, siempre poética.

3
Allí donde Swift, gran maestro de la sátira, desata su feroz sarcasmo, humor negro en erupción, alcanzando un paroxismo amargo, Mrozek soluciones hilando despropósito, melancolía, frustración y ternura, próximo al Jarry de los personajes secundarios de Ubú Rey.
Su sociología es onírica y pulsional. Es más empático que activista.
Expone la aureola de sus personajes. Dan, por lo mismo, una apariencia de unidimensionalidad: tienen un solo deseo o ambición, con espasmos que pueden ser una fuga pero principalmente son límite. La sociedad es una pared contra la que explotamos como bombitas de navidad, haciendo ruiditos y chispitas.

4
El narrador de “Crónica de la ciudad sitiada”, dice en el primer párrafo: «La ciudad está sitiada. Los campesinos de los alrededores no pueden pasar los controles; por consiguiente, el precio de la leche ha subido desmesuradamente».
Esta preocupación por el precio de la leche en una situación crítica, sitúa a Mrozek frente al caso Régimen comunista polaco: los detalles mínimos por los que pasa la gente, a pesar de la aparatosidad descontrolada de un sistema político, son lo que construyen un estado. Los zapatos, el clima, los tonos de voz, el miedo, el clima, los animales, el trabajo cotidiano, etc. El poder remoja al ser humano en su leche convirtiéndolo en un pan hinchado y débil; pero a veces, como cuando hay una situación de emergencia, no se puede conseguir esa leche, y hay que conformarse con agua o vodka.

5
La verdad revolucionaria descubre el velo de las razones profundas de la vida, de la opresión y del sufrimiento. Muestra un sendero posible, claro, riguroso y en lo posible concreto. El realismo socialista es su antesala. El resto de la literatura escenifica la complejidad de la estética vital. Remover sábanas más que correr velos. La poesía, por ser la forma más extrema del esteticismo en escritura, exuda la verdad de las verdades: dice, con palabras, eso que la palabra no puede decir: o sea, motoriza el fluir del lenguaje arrastrando el mundo entero en su impulso.
Los relatos de este libro se deslumbran ante la existencia y la esencia con la misma intensidad.
Pocos prosistas de narraciones breves han parido brillantemente con esta misma actitud: Franz Kafka, Robert Walser, Julio Torri, Dino Buzzati, Bruno Schulz. Sławomir Mrożek, aun con altibajos, se les hermana.




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sábado, 20 de noviembre de 2010

“Mi lucha”, de Sławomir Mrożek






Centro Editor de América Latina, Buenos Aires 1983
Traducción: Margarita Fonseré y Claudia Maisonove
114 pág.


Los libros de Centro Editor, especialmente de la colección La Tierra Entera, son fantásticos. Rectangulares, aerodinámicos, breves, de agradable tipografía y con una siempre exquisita ilustración de tapa: además, traen autores notables y a veces no reeditados en castellano, como Giuseppe Bonaviri, Fernand Combet, Jakov Lind, Gahan Wilson, Alfred Andersch, Hans Erich Nossack. La lista es larga.
En este libro se reúnen 20 relatos, que forman parte de “El elefante” y otros cuatro cuentos de otro libro, cuyo título no es revelado. Algunas páginas están ilustradas por Daniel Mróz, una caso aparte, también a revisar en algún momento.
En breves textos Mrożek acumula incontables accidentes: un párrafo de pocas líneas contiene inmensos paneos, muchísimas situaciones, incluso reflexiones y, sin embargo, es leve, melancólico, brutal. Cada letra es en sí una acción; tal vez por esta búsqueda el recurso más utilizado es la primera persona.
Si tuviera que darle un nombre a la personalidad de la prosa de Mrożek, sería Buster Kafka. Padece el hilarante humor del mundo que lo rodea, sufre su extravagancia, su arbitrariedad, su salvajismo y desparpajo, y aún así no puede parar de vivirlo, hasta el fondo, y afanándose en hacer reír termina con la lágrima en la comisura. No tiene la belleza etílica de lo barroco, sino la otras sustancias psicoactivas más procaces: el paco o la pasta base, por ejemplo: golpea como un verso venenoso en cada línea, el fruto es inmediato y corto y se nubla al ras. Y queda la sensación de haber avizorado un ridículo aleph. El amargor en la boca que se tuerce en una risa límpida.
Gordos políticos comunistas, funcionarios todo el tiempo multiplicándose, militares olvidadizos, sindicalistas, revolucionarios, delatores, niños, trincheras, animales y meteorólogos, presos, domésticas y borrachos, lo que uno pueda imaginarse de un país hay aquí. En este caso, es la Polonia comunista.
Es realmente sorprende que Sławomir Mrożek (empezó a publicar a fines de 1950) haya pasado la censura, y más: que haya cosechado éxito inmediato. Tal vez sea por el humor. Paradojalmente denuncia el opresor sistema comunista polaco sin odio, sino con una rara ternura.



pd: el costo fue de ¡Un peso! en Parque Rivadavia, tras encontrarlo luego de años de búsqueda....
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“La muerte de Matusalén y otros cuentos”, de Isaac Bashevis Singer


Fotos: Natalia Villamil

Ed. Norma, 2003. Bogotá
Traducción del inglés de Marcelo Birmajer



«El arte puede, en su discreto modo, intentar
enmendar los errores del eterno constructor a
cuya imagen el hombre fue creado.»
pág. 10


A los 969 años, Matusalén, el pecador más viejo del mundo, es decir el hombre que más ha vivido (vivir es pecar), se debate entre dos pasiones igualmente voluptuosas y frenéticas: el deseo por una mujer –Naamah, quien vive entre demonios y también un demonio, toda carne y débil humanidad- y el temor a Dios –con su halo de crueldad y virtud, señor de la venganza helada y la luz cálida, el creador.
Matusalén cede, en vísperas de su muerte, por última vez a Naamah, y luego se rinde a Dios.
Si hay una lección –si el mundo es una parábola- es esta: el temor puede más que el deseo, y el deseo también puede más que el temor. Porque el deseo desborda siempre, palpitante e intermitente, aunque el temor es una herida terminal.
Los 20 relatos de este libro, publicados pocos años antes de la muerte de Singer, recapitulan las vidas que tuvo en Polonia, en Estados Unidos, en sus viajes. Y reposan sobre el cimiento de las historias oídas de otros, la tradición del pueblo judío, y en sus propios temores y pesares, así como en lecciones de historia de la literatura, delicadamente sopesada y expuesta en cada línea. En cada cuento está la lucha de Matusalén, entre el temor y el temblor.







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viernes, 12 de noviembre de 2010

“Helo aquí que viene saltando por las montañas”, de Jerzy Adrjezewsky

Foto: Natalia Villamil

Alianza Editorial, Madrid 1969
Traducción del polaco de E. y G. Makowiecki


«-¿No te parece que el hombre de cuatro piernas suele ser un ser fascinante, de seis u ocho aún puede pasar, pero que cuando tiene una cantidad mayor de extremidades, se vuelve insoportable?
-Oh –dice Naudin limpiándose las gafas- cuatro piernas a veces tampoco se pueden soportar.
-¿Te has vuelto pesimista?
-Todavía no. El verdadero pesimismo empieza cuando dos piernas se vuelven insoportables.
-En efecto. Pero entonces siempre queda una solución, se pueden cortar.
-Se puede, pero uno no lo hace en general y grita que todas las piernas son insoportables.»

Pág. 126-127



Hay narradores dotados del ángel (tan caro a la poesía, y más común allí), que podrían escribir sobre cualquier cosa con liviandad, seduciendo perversamente a los lectores, volviéndolos niños embobados con cada gota del agua de su prosa. Adrzejewsky es un narrador así. Pero hay ángeles y ángeles: en este caso el ángel es cínico, bilioso, pesimista, desencantado y con un amplio e intuitivo sentido del humor, que es a la vez hilarante, corrosivo y deprimente.
Desde un pueblo polaco, Obory, cerca de Varsovia, Adrjezewsky redactó esta novela entre 1962 y 1963, en plena era comunista, como quien construye una bomba sabiendo que probablemente le explotará en las manos. El escritor mexicano Sergio Pitol ocupa unas páginas en “El Arte de la Fuga” a la obra y la personalidad de Adrjezewsky. Es imperdible su lectura para comprender la Polonia comunista de aquellos años, que Pitol conoció personalmente. (Link AQUÍ)
Transcurre en el centro de la cultura occidental europea, París. Habla de artistas que no promueven el comunismo, ni son socialistas, ni toman en cuenta la lucha obrera, ni los ideales. Pero no está escrita desde el resentimiento, ni los celos, ni nada por el estilo. Es la radiografía hecha por alguien que logró ver la esencia más profunda del esnobismo.
Un pintor español, el más importante del siglo –las semejanzas con Picasso no se detienen allí-, hace una exposición en París luego de 3 años de reclusión en un pueblito francés de la costa azul. Sacude con su reaparición al mundillo artístico parisiense de pies a cabeza: el mundo de las artes se eriza con la noticia, incluso la plebe y los dioses del Olimpo: críticos, escritores, poetas, exiliados, periodistas, empresarios norteamericanos; modistas, comerciantes, fans todoterreno.
Los dos únicos personajes polacos del libro –el uno escritor recién llegado a la Ciudad Luz, el otro pintor que vive en el exilio-, son homosexuales y no mencionan en ningún momento a Marx: más bien son una parodia de la pareja Verlaine-Rimbaud, venidos de la tierra de la pavorosa poesía (¿el comunismo?) para ver qué encuentran por ahí, mientras siembran delicadas flores venenosas a su paso.
Poco antes y durante la exhibición de Ortiz –que así se llama el pintor español-, se reproducen una serie de escenas tópicas: conversaciones intelectuales con toques de humor negro lleno de clase, cruza del lumpenaje con la aristocracia, malditismo, abluciones, idolatría, sexo, celos, vacuidad, verba florida, elogio desmedido y admiración absoluta; y también envidia, exceso de creatividad e inteligencia prodigiosa.
La novela es básicamente una parodia del artista esnob, que es el más extendido tipo de artista que hay, amenazando ser el único posible. También aparecen las vacas sagradas de aquellas fechas: Belmondo, Mauriac, Cocteau, Arthur Miller, etc.
En resumen: los artistas son dioses solitarios. Viven en un limbo hiperelogiado y no tienen intenciones de salir: es más: todos los amateur quieren entrar allí.
Los diálogos son desopilantes, muy entretenidos. Es constantemente entretenido. La prosa -interminables párrafos sin puntos, de golpe cambiante, en apariencia arbitraria e irreflexiva-, es perfecta. No hay rastros de ensamblaje. La escena final, sin embargo, a pesar de ser en exceso servil al simbolismo de la novela, no llega a ser insoportable.
Un libro bellísimo, perenne.




PD: El título del libro es una cita del Cantar de los Cantares, cap. 2

¡La voz de mi amado! Helo aquí que ya viene, saltando por los montes, brincando por los collados.
Semejante es mi amado a una gacela, o un joven cervatillo. Vedle ya que se para detrás de nuestra cerca, mira por las ventanas, atisba por las rejas.



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viernes, 5 de noviembre de 2010

“Justicia”, de Wladyslaw Reymont










Biblioteca 100x100. Ediciones Nuevo Siglo SA.
Buenos Aires 1995. 128 pp.
Traductor innominado


Esta novela fue publicada por primera vez en 1899. Nos muestra en qué condiciones recibió Polonia el siglo XX. Miseria, emigración, desesperación generalizada, mientras los nobles seguían enriqueciéndose y los funcionarios estatales eran dioses menores al servicio de los burgueses.
Juan Winkorek, un joven campesino, encuentra al intendente de su aldea a punto de violar a su novia, que trabajaba de sirvienta al servicio de éste. La defiende a golpes y es acusado de intento de homicidio. A nadie le importa lo de la violación. Winkorek pasa preso dos años, hasta que huye de la cárcel. Los campesinos de su aldea simplemente aceptan lo que le sucedió, sabiendo que no hizo nada malo, salvo nacer campesino y meterse con una autoridad.
Mientras huye, se encuentra con un mendigo que profesa el dar siempre al más pobre, que allí está la salvación. En la aldea y alrededores, todo el mundo va al Brasil. O quiere ir. Allí, se rumorea, regalan tierras y no hay hambre.
Winkorek es herido por un policía y se esconde en casa de su madre. Esta mujer, Winkorkowa, es la verdadera protagonista de la novela. Si no fuera por ella, el realismo ahogaría la historia. Pero Winkorkowa se eleva como símbolo de la pasión polaca.
La prosa es sucinta, maniquea, llena de odio. La palabra justicia recorre el libro con acepciones varias: los campesinos la asocian a cosas vagas, lo mismo las autoridades y los curas. Cada uno la arrastra por su lado, sin compasión. Más que un concepto o una institución clara, es un término absoluto, que engloba un anhelo divino de encontrar un sentido a la estúpida vida de pobre. Lo único claro es el sufrimiento. Parece, además, ser el único sentido.
Hay que pagar por vivir. Y es mayor el pago exigido a los que menos tienen. Cada bocado que llevamos a la boca lo pagamos con una libra de nuestra propia carne, con un kilo de nuestra propia alma. La justicia es eso: pagar. Todo lo demás es frágil y vano.
Hay ecos del Dostoievski de “Pobres gentes”, en especial el tono. Pero Wladyslaw Reymont es un narrador más moderno que el ruso. Se olvida de la verosimilitud, las ideas, los personajes y demás cuestiones, y guía al lector hacia otro sendero: el de la exposición pictórica, cuya única función es el espanto.
Hacia lo que se denomina “expresionismo simbólico”.

«Llantos, amargura, aflicción; esto es todo lo que hay por el mundo. ¡Y tú, pobre hombre, sufre! ¡Y tú, gusano de tierra, lucha, no te escapes! ¡Y tú, miserable, huye, pasa las montañas, pasa el mar; la pena volverá a hallarte y te apretará la garganta donde quiera que te ocultes!
¡Oh, miseria, miseria, miseria!
Los hombres son como esas aguas que no saben de dónde vienen ni adónde van. Son como esas nubes que el viento impulsa acá y allá en el espacio; como esas hojas que el huracán arranca a los árboles para llevarlas, sobre los campos, sobre los bosques, para lanzarlas a la perdición; como el día de ayer, que no es ya hoy, que ya no será jamás. Y nada de compasión; nada de socorro; nada de refugio. ¿A dónde huirás tú, delante de la fortuna, pobre hombre, pobre huérfano? Te agarrarás a las estrellas y entregarás tu corazón, confiando en el Dios de los misericordiosos.
¡Oh, miseria, miseria, miseria!
Así se lamentaba el alma de Winkorkowa.»

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