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sábado, 27 de octubre de 2018

#SerenosEnLaNoche, Revista Sonámbula

Serenos que no pueden serenarse o las dos dictaduras sobre el cuerpo de Amalia



Por Carla Benisz


Carla Benisz leyó Serenos en la noche, de Ever Roman, ubicándola dentro del sub-género de “novela de fantasmas” o, tratándose de un misterio articulado por charlas de serenos paraguayos, un caso de pora, aparecidos. A través de una escritura límpida, la novela va enhebrando sutilmente su trama para terminar abordando un trauma histórico. 




“La literatura no necesita de países, tan solo de la lengua” – E.R.



Ever Román, que vive actualmente en el clase-medierísimo barrio de Haedo, nació en Mariscal Estigarribia, una zona más estratégica que nacional para el Paraguay, y yiró por distintas ciudades antes de mudarse a Buenos Aires y ser, además de escritor, gestor dentro del circuito literario under porteño (organiza hace años el ciclo Literapunk, en el Salón Pueyrredón).
Es decir que Ever es escritor y ha migrado. Una de las experiencias personales que más tensiona la lengua y que, en consecuencia, resulta determinantes para un escritor es la de la migración. Esto ha merecido algunos de los mejores trabajos de la crítica latinoamericana, como los de Antonio Cornejo Polar. Con tensión de la lengua no me refiero al contacto entre distintas lenguas, o no a esto solamente, sino que en la experiencia de la migración la lengua propia se hace extraña y esto, al contrario de ser un problema, amplía el margen de maniobra de la literatura.
En un libro maravilloso que es Le deuil de l’origine, Régine Robin analiza la experiencia migratoria de escritores de origen judío que tienen leves reminiscencias de las lenguas judías de su infancia. Ella llama a esto el duelo de la lengua materna, lengua que en realidad nunca poseyeron al ser criados en el rigor de la cultura letrada (que es, para los escritores de origen judío previo a la Segunda Guerra, la cultura del padre), pero construyen su lengua literaria sobre esa falta. Esta falta, sigo con Robin, es concientizada y reflotada en el contexto de viaje, de migración, puesto que genera un tercer nivel de experiencia lingüística y un segundo nivel –más consciente– de extrañeza.
Esa extrañeza es un factor muy dinámico para la literatura que es un tipo de discurso asentado en las oscuridades del lenguaje. Por lo general, cuando leemos a Ever y sobre todo Serenos en la noche, su escritura no tiene apariencia de oscuridad. Al contrario, es una escritura muy límpida. Sin embargo, la novela gira en torno a una elipsis y a un misterio. Algo no dicho entre los protagonistas Quispe y Sampedro que pasa desapercibido por el lector en el inicio de la novela y que se va saber –no resolver– más adelante.
El drama de la novela también es un juego del lenguaje: a los serenos –dice Sándor, otro de los personajes– les falta serenarse. Este uso del lenguaje, como puede verse, está relacionado con un uso muy particular del humor. Un humor con apariencia inocente o naif; no es el humor cínico de los conversos (Jorge Asís) o el humor populista que busca lo epifánico en lo popular y cotidiano (Marechal). Este humor “inocente” narra, con un cronotopo histórico bastante desdibujado (volveré a esto), una peripecia terrible: la desaparición forzada y las violaciones a los derechos humanos. Hechos que tienen referencia histórica identificable para el lector que accede a la novela, si bien esa referencia, como dije, no está precisada: se mencionan dos dictaduras que sufre Amalia pero la dictadura, más que un evento concreto de la historia, es como una marca temporal cuya función en la novela es delimitar el trauma en el tiempo de lo pasado. Es importante que sea un pasado y que sea traumático porque el sub-género, si es que tenemos que inscribir a la novela en uno, es el de novela de fantasmas, un “caso” de pora, de –justamente– aparecidos.
Se suele decir que en la literatura argentina (y acá traslado la novela de Ever al terreno de otro “campo de concentración”, como dijo alguna vez Mario Castells, al fin y al cabo ésta es una edición argentina) ya está todo escrito sobre los setenta, incluso que ya no se puede escribir nada más sobre la dictadura y los desaparecidos. Es ante este escenario al que llega Ever, con una historia de aparecidos, narrada en el lenguaje límpido del que construye el relato como si estuviera encastrando una pared de ladrillos, y con un humorismo naif en las voces de tres serenos (dos en realidad, pero en la noche son tres). Mucho de esa inocencia la aporta un “recién llegado” a tal función, que es Sampedro.
Ahora bien, todo esto tiene una explicación racional en la novela, que tiene que ver con la ciudad, porque es una novela muy porteña. De modo que esa extrañeza de la lengua, también puede observarse sobre la mirada que deposita el narrador sobre Buenos Aires, ciudad que nunca se menciona, pero de la que hay descripciones muy detalladas a partir de eventos cotidianos porteños.

La noche es fría y húmeda; muchos transeúntes van de aquí para allá, enguantados y engorrados, como perdidos, pero con aparente indiferencia. Quispe balancea su cuerpo rechoncho al caminar, sonriente, y le da codazos en las flacas costillas a Sampedro cada tres pasos. Llegan a la parada del colectivo y Quispe se dispone a esperar el 92 al final de una larga fila de rostros ausentes.
Sampedro se despide con un apretón de manos y se dirige al tren, con su forma apurada de rematar las cuadras hasta la estación. Va rumiando sus obsesiones de siempre, agota cigarrillos con los ojos entrecerrados, agacha la cabeza al caminar y, poco a poco, los brillos de su rostro se atenúan hasta apagarse, sin chispa final, volviéndolo anónimo.
Llega a la estación repleta. Innumerables pasajeros se derraman en los andenes, cabizbajos y con las manos en los bolsillos, algunos fuman, otros mastican chicles, pero todos se ven desorientados, tristes, aburridos y completamente agotados. 

Dentro de esa artesanía maleable y delicada a la vez –maleable y delicada porque así como sus transformaciones y combinaciones son infinitas, el resultado de ellas es azaroso y falible– que es el lenguaje, lo interesante de cómo escribe Ever es que muestra que la narración es una artesanía específica dentro de los usos del lenguaje. Ante la propagación, en las últimas décadas, del quiebre de las fronteras genéricas, pareciera que el desafío técnico en la escritura iba por la exacerbación de su carácter artificioso, es decir, la mostración en primer plano de que la construcción del género también es consecuencia del artificio. En el caso de Ever esto se da de otra manera. Él va enhebrando en la trama de una forma muy sutil en la que termina contado un trauma histórico y un episodio absurdo pero donde nada es forzado, al contrario el relato es ágil y, por eso en este caso sí gana la narración porque gana el “contar la historia” independientemente de “la historia” (la fábula). Con esto no estoy desmereciendo nada; cuando digo que gana el contar-la-historia me refiero a que gana el artificio pero como usufructo de las técnicas narrativas en las que éste se termina perdiendo.
Esto es un trabajo sostenido por parte de Ever. Algo de esto ya se veía en algunos de sus cuentos, por ejemplo, en los de Falsete. En varios de ellos, observamos que la fábula a veces es muy mínima, pero el lector se deja llevar por una voz narrativa envolvente y, por momentos, correntosa, que después termina en una revelación cotidiana o absurda. Creo que tal vez la diferencia entre esta novela y esos cuentos es que en ellos, por lo general, el disparador temático (la fábula) son historia mínimas, como puede ser una llamada por teléfono o un mail o la vida gris de un empleado público; acá, en cambio, hay una forma más tradicional del relato que se construye en torno a un misterio y, en contraposición a aquella voz correntosa, aquí, como ya dije, la lengua está más depurada. Pero siempre dentro de la misma búsqueda, que es la de madurar el artesanado de la narración de un modo tal que la juntura de los hilos simulen perderse.



Serenos en la noche fue publicado por Editorial Cachorro de Luna en 2018

https://sonambula.com.ar/serenos-que-no-pueden-serenarse-o-las-dos-dictaduras-sobre-el-cuerpo-de-amalia/

viernes, 4 de mayo de 2018

"Remedo de paisaje", de Carla Benisz




UN PÁJARO QUE CAE
Acerca de “Remedo de paisaje” (Rosario, 2017), libro de poemas de Carla Benisz

(por ever roman, para Revista Liberoamerica)


Este primer libro de poemas de Carla Benisz (Argentina, 1985), es, en realidad, el compendio de dos libros: Remedo de paisaje (2008-2013) y La camorra (2015), reunidos en un solo volumen por la editorial rosarina Cachorro de Luna. Ambos comparten la reflexión poética sobre la escritura, aunque el mirar y el decir hayan mutado en cada apartado -decir cambiado es poco, la palabra no alcanza. Los textos del primero hablan a través de otros textos, a los que atraviesa y pervierte: las citas se multiplican, la referencias abundan, se rehacen fragmentos, se reviven personajes, se da voz a los callados. Hacen literatura encima de la literatura, un palimpsesto. En segunda parte se hace literatura con el pájaro de la música herido, que ya no puede volar: con silencio, grito, ruido, algo.



El paisaje
Un paisaje no es una cosa que está ahí y ya, si no una construcción, una elaboración. El paisaje es, primero, de los que sienten, una emoción; luego es asimilación, costumbre; después evocación; pero a veces es solo invención. ¿Qué paisaje? Pues el de la poesía: “Es una parodia triste este remedo de paisaje”, dice uno de los poemas.
Por mi parte quisiera acercarme a este libro por mediación de ciertas imágenes que aparecen en él: hacer una escritura acerca de la Benisz como quien describe un paisaje a partir de ciertos elementos dispersos, pues el conjunto se le pierde; como apuntes de turista.



Lo húmedo y lo seco
Cito uno de los poemas: “Lo húmedo y lo seco / recortan las coordenadas del paisaje / […] mamá humedal – papá estepa: / cobijo y encierro”. Lo femenino y lo masculino en la tradición literaria están aquí: el adentro, el cuerpo, sus excreciones (las lágrimas, la sangre, la sexualidad) por un lado; el afuera, el viento y lo seco por el otro. Sensibilidad e intelecto. Pero el cierre del poema reacciona ante esta dualidad: esta manera de ver de la literatura, de sentir, arrebuja (por ser territorio familiar), pero también es una cárcel.
Los poemas de Benisz brotan, entre angustiados y serenos, en el corte entre estas dos instancias. Son fruto de una herida. Pero no se trata de un tono, o una génesis, sino que los poemas van hacia ahí, buscan ese espacio: “En esa juntura, un rumor -el agua / del que ser potencia”.
Lo seco, la pampa argentina -que es un territorio literario, mito de origen de una tradición que incluye la patria-, es abordado como potencia, justamente, en el primer poema. Le pide a la cautiva (la mujer blanca prisionera de los salvajes, un tópico de referencia adoptado por la literatura argentina) que mate al blanco: “el opresor primero, / el puro”, con el cuchillo ya manchado con la sangre aborigen, para mestizar.



La saliva
El encuentro entre instancias aparece más adelante en otra imagen: “Un vacío de saliva / obliga a llenar palabras con pausas, con ritmos”. La literatura es la voz sin cuerpo, sin órganos. ¿Es una caja de música, un dispositivo aséptico, la literatura? A lo largo del libro estas preguntas resurgen y se las desmenuza un poco más cada vez. Por ejemplo, el mismo poema citado concluye: “La escritura es guardarse de olvidos / y un ruego de otra cosa”. El guardarse de olvidos se adopta como procedimiento en la reescritura -la parodia triste- de géneros como la gauchesca, o la voz criolla, con sus temas, etcétera; pero la poesía de Benisz va también hacia otra cosa,  hacia algo más secular: una disposición del cuerpo, un acto sensorial e intelectual, el acto del poema: como una afirmación, “sí, el olvido del cuerpo”; o como voluntad: “construyó este silencio de a poco, lo mantengo”. El cuerpo es de la poesía y la poesía es del cuerpo: el rostro de Jano. A veces,  silencio, pero otras: “el alarido animalesco, / la saliva sanguinolenta / y la vista alzada con odio”. O bien: “No sosiega, la arritmia, el cuerpo. / La poesía catapultó mis nervios enfermos”.



Las cenizas
La memoria es un personaje anfibio, que es tanto del intelecto como de lo sensible: “Leyendo en la memoria del aire de tus suspiros / y tus medias salivas”. La poesía no reconstruye el pasado, sino que lo saborea (como la magdalena de Proust): “Traje para mí las cenizas / que sobrevolaron / tras la tormenta”. Incluso la ya ausencia de las cosas que fueron reviene palpable: “Hay un ritual de inicio en esa ausencia / el de sentir cada mañana echando -cada noche sola / los movimientos libres de su cuerpo”.



La música
El pájaro de la música sobrevuela el paisaje de la poesía como una interrogante, agónico: “Quiero ser una caja vacía / una percusión primitiva, y soy / un pájaro que cae”. Sin embargo, lo musical participa, mestizo cimarrón, de los poemas de este libro. Hay como un canto quebrado, un movimiento detenido pero que en su detención es aún movimiento (el pájaro está cargado de vuelo, que dice Juarroz), intenso, en cada verso. Silencio, ruido, mudez, grito; humedal, tierra yerma; alma y corazón; violencia y náusea; odio y contemplación; inaprehensible: así es la poesía en Remedo de paisaje.



lunes, 26 de junio de 2017

cobertura ABC congreso de literatura paraguaya Buenos Aires

12 DE JUNIO DE 2017 01:30

Buscan recuperar espacios para la literatura paraguaya


Dos jornadas de intensos debates ofreció el encuentro “Pensando la literatura paraguaya en el marco del centenario de Roa Bastos”, que se desarrolló el jueves y viernes en Buenos Aires con representantes de Argentina, Paraguay y Chile.


BUENOS AIRES, Argentina (Maripili Alonso, especial). En la ocasión, señalaron la necesidad de que los nuevos escritores puedan ganar mayor espacio para la difusión de sus obras en la región.
Temas como el bilingüismo, la vigencia y la discusión de las obras de Augusto Roa Bastos, así como las problemáticas que enfrentan actualmente los nuevos escritores fueron algunos de los temas abordados en el encuentro, organizado por el Grupo de Estudios Sociales sobre Paraguay (GESP) y que tuvo lugar en el local de la Fundación Paraguay Cultura.
Durante uno de los paneles, se subrayó la necesidad de recuperar algunos espacios de difusión y el vínculo que tenían los escritores paraguayos con sus pares de la región, en las décadas de los 50 y 60. “Intercambiemos textos, conversemos, escuchemonos”, enfatizó el editor chileno Elías Hienam, de la editorial Libros del Perro Negro, desde la cual prevé publicar los trabajos de Christian Kent y Giselle Caputo en Santiago de Chile, Buenos Aires y México DF.
También aseguró que el libro en papel no compite con el libro digital, al tiempo de señalar las facilidades que hoy ofrece la tecnología para compartir material entre los diferentes países disminuyendo los costos de transporte.
Zulma Romero, hija del poeta Elvio Romero, recordó su experiencia al frente de la desaparecida librería Cerro Corá, a través de la cual se podían conseguir los materiales de autores paraguayos en la capital argentina. Recordó que el principal interés del público solían ser los libros relacionados a la historia, a partir de la cual introducía a los lectores hacia el campo de la literatura con diversas sugerencias. Lamentó además que “hoy llegan libros de Estados Unidos, Europa, pero no del país que está al lado”; al tiempo de recordar la importancia que tenían los congresos literarios para favorecer el encuentro y el intercambio entre los escritores latinoamericanos.
Romero también instó a los jóvenes escritores a buscar espacio en las revistas literarias, al tiempo de insistir en la importancia de que estos también puedan venir a la Feria del Libro a compartir con el público. A su vez, Christian Kent relató su experiencia editando sus materiales tanto en Paraguay como en editoriales extranjeras, haciendo hincapié en la necesidad de que la repercusión vaya más allá de la mera publicación. La discusión también abordó el rol del estado en la difusión y la burocracia existente para acceder a subsidios y apoyos para realizar las publicaciones.
El encuentro tuvo además como expositores a Nora Fiñuken, Carla Benisz, Mario Castells, Alfredo Grieco y Bavio, Humberto Bas, Javier Viveros y Ever Román. Este último, quien además fue uno de los organizadores del encuentro, destacó la participación del público y recordó la importancia que tuvo Augusto Roa Bastos en la escena literaria de Buenos Aires, al dar a conocer a destacados escritores argentinos provenientes del interior del país.
“Con este congreso lo que queríamos era, a la vez de enterarnos sobre lo que se publica en Paraguay, ver qué espacios se pueden crear nuevamente. Empezamos con algunos escritores que estamos viviendo acá en la Argentina, desde Neuquén que vino Humberto Bas, Mario Castells que es de Rosario y yo que vivo acá en Buenos Aires”, mencionó.
Román también enfatizó que es muy raro encontrar ediciones paraguayas en las librerías argentinas, siendo prácticamente el stand de la Feria Internacional del Libro el único espacio donde en la actualidad se pueden adquirir textos paraguayos.

FRAGMENTOS DEL EXILIO
Por otra parte, en coincidencia con la fecha del centenario del nacimiento de Augusto Roa Bastos, este martes 13 se habilitará la muestra “Fragmentos del exilio porteño”, organizada por la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. La exposición ofrecerá un recorrido por los años que el ganador del Premio Cervantes vivió en la capital argentina, donde trabajó como guionista de cine y escribió algunas de las obras más significativas de su producción literaria como “El trueno entre las hojas”, “Hijo de hombre” y “Yo, el supremo”.
La inauguración será a las 19:00 en la sala María Elena Walsh de la biblioteca ubicada en Agüero 2502.


publicado en Diario ABC color