Ahora bien, esta mujercita está muy descontenta conmigo, siempre tiene que objetarme algo, siempre cometo toda clase de injusticias con ella, cada paso mío la irrita; si la vida pudiera cortarse en trozos infinitesimales y cada pedacito pudiera ser juzgado, estoy seguro de que cada partícula de mi vida sería para ella un motivo de disgusto..."
sábado, 3 de enero de 2015
una mujercita
Ahora bien, esta mujercita está muy descontenta conmigo, siempre tiene que objetarme algo, siempre cometo toda clase de injusticias con ella, cada paso mío la irrita; si la vida pudiera cortarse en trozos infinitesimales y cada pedacito pudiera ser juzgado, estoy seguro de que cada partícula de mi vida sería para ella un motivo de disgusto..."
martes, 17 de septiembre de 2013
“De padres e hijos”, de Emil Hakl
Un cuarentón pasea con su padre por bares, parques y calles de Praga, conversando de todo un poco, con intermedios de alcohol y comida: la Historia, las mujeres, las guerras, el comunismo, los amigos, los rencores, la muerte, la ciencia, la vida en general. De la novela casi homónima de Turgueniev, de la cual no solo sale el título sino también la temática (el encuentro entre distintos universos generacionales), aquí solo tenemos la imposibilidad: el mundo -los mundos- están tan descompuestos y entremezclados que cualquier confrontación es inútil; hacerlo solo acarrearía amargura y lástima. A lo que Hakl agrega humor y ternura. Las generaciones disímiles se han quedado, por decirlo así, sin con qué, desargumentadas, flotando en su nada pelotuda.
«-¿Pero entonces qué clase de diálogo es este?
-El diálogo es una ilusión, todo el mundo quiere hablar de lo suyo sin parar, si puede.
-No estoy tan seguro.
-Porque aún no eres del todo adulto»
Pág. 21
La novela está dividida en pequeños capítulos temáticos. En cada uno hay por lo menos un aforismo, venga del padre o del hijo. Son aforismos lábiles, que entremezclan desazón y risa, brillan un par de minutos, lo que dura la lectura. Después hay que levantarse y seguir caminando.
El intento de conservar la espontaneidad de una conversación resulta quizá un poco forzado por la división estructurada de la misma. Resulta demasiado artificiosa. Esto es lo único cuestionable y por momentos empantana un poco la lectura; pero por lo general, es una novela bella, trivial y profunda a la vez.
Da para pensar: tanto con el significado de la vida, su trascendencia, y a fin de cuentas lo único que nos deja tanto machaquear es un manojo de anécdotas intrascendentes. Por suerte, cada tanto podemos aún tener una linda charla, con quien sea, un ratito.
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miércoles, 22 de febrero de 2012
La forma perfecta: Gombrowicz interpela a Kundera
jueves, 7 de mayo de 2009
Bohumil Hrabal, Karel Čapek, Milan Kundera y Jaroslav Hasĕk; en fin, checos
Aquí vamos con las breves recomendaciones.
Trenes Rigurosamente Vigilados, de Bohumil Hrabal (Editorial Muchnick Editores, 2001, 125 pp; libro prestado)
Cómo anécdota particular, vi hace poco una película inspirada en otra novela de Hrabal, "Yo serví al rey de Inglaterra", fantástica, que me dan ganas de prestársela a todo el mundo, pero especialmente a Ojaral y Vero, de paso les cuento que la tengo disponible. En la peli aparece escrito el complicado nombre del escritor de una manera particular: "Hrabala". Otra cosa, Hrabal es uno de los autores que, en homenaje, se merece ediciones cartoneras, pues la mayoría de sus libros se publicaron en un estilo semejante de la época, llamada Samizdat, que consistía en la publicación de libros censurados por el régimen comunista en ediciones clandestinas de poca tirada, que circulaba de mano en mano, o mecanografiados con papel carbono para hacer más de una copia por vez, e incluso en forma de manuscritos copiados por los lectores para distribuirlos también clandestinamente. Sin este tipo de ediciones, muchas obras de Hrabal no hubieran podido circular.
El título del libro proviene de los trenes alemanes que cargaban municiones al frente y que eran, como el título, prioridad de los ferrocarriles de esa época. La novela es simplemente hermosa. Es un monólogo de Milos Hrma, joven empleado en una estación ferroviaria 1945, en las últimas semanas de la ocupación alemana de la República Checa, que va contando concienzudamente los pormenores de su historia que lo llevan al descubrimiento del amor y la desazón del amor, la magia del erotismo y el sexo, el sentimiento patrio no venido de banderas sino de la libertad de ser una persona que pertenece a una cultura particular, y también descubre la valentía, la conspiración y la entrega a una causa, en este caso la checa contra la ocupación alemana, presenten en varias oportunidades de este país. El joven tiene como compañero de trabajo a uno de los personajes más geniales de Hrabal y de la literatura en general: El Factor Hubicka. En uno de los pasajes, Hubicka, de puro aburrimiento por la rutina del trabajo de servir y vigilar trenes alemanes, seduce a una secretaria de la misma estación donde trabaja, la desnuda y sentándola sobre el escritorio del jefe de estación, procede a llenarle las nalgas de sellos: de correo, de pago, administrativos, sellos de todo tipo. Este hecho se hace conocido por los empleados de los ferrocarriles del estado gracias a una denuncia que presenta la chica, contradictoriamente ofendida y encantada con la situación. También el joven Milos se entera y es gracias a esta imagen, absurda y hermosa, que descubre una nueva forma de abordar la vida. Esto lo hace también al recordar a su abuelo, que al comienzo de la primera guerra mundial salió a enfrentar a los tanques alemanes provisto solo con sus poderes mentales.
Cito un párrafo:
—¡Es la maldición del siglo del erotismo! ¡Todo es erotismo! No hay más que excitaciones eróticas. ¡Los adolescentes y hasta los niños se enamoran de las niñas que cuidan los gansos! ¡Tragedias sentimentales copiadas de los libros y las películas eróticas! ¡A la cárcel los escritores y los educadores y los vendedores de libros y fotos pornográficas! ¡Abajo la enfermiza imaginación de la juventud! Descuartizó el cadáver de la lechera y seguro que hubiera descuartizado hasta el cadáver de su prima si no se lo hubieran impedido. En la droguería un maniquí muestra un corte en las caderas semejante a las de una mujer joven a tamaño natural. ¡Y los jóvenes lo miran con avidez! El atelier de un pintor le deja a uno dudas de si ha entrado en una carnicería donde se vende carne humana. ¡Canibalismo! Han encontrado a la asesinada en la maleta y buscan a un hombre rubio con un diente de oro. La última vez que lo vieron le compraba a ella una manzana australiana en el supermercado Corona. ¡Aj! ¡Pura carne! Asesinatos sexuales en el horizonte. Al banquillo de los acusados los maestros que toleran la educación sobre temas sexuales. ¡Cuanta más inmoralidad y más placeres, menos cunas y más féretros! —gritaba ya con voz ronca el jefe de estación por el ventanuco de la cocina del primer piso hacia la oficina de comunicaciones.
La Guerra Con Las Salamandras, de Karel Čapek (Empresa Editora Zig-Zag, Santiago de Chile 1944, 330 pp.)

Este libro es una verdadera reliquia. Tiene más de 64 años y es, creo, una de las primeras ediciones en español. También es uno de los mejores libros que leí. Lo compré en una librería de usados en Asunción, San Cayetano (Herrera y Estados Unidos), tal vez la mejor librería de usados del mundo, el invierno pasado, a poco más de $ 6. Vi en internet que un libro de la misma edición se ofrece por $ 50. El libro lo vale, de todas maneras.
Escrita en 1936, poco antes de la segunda guerra mundial, es una sátira gigantesca sobre el comportamiento ambicioso y bélico de los seres humanos, completamente incurables. Predice la segunda guerra y también las posteriores. Y, hay que decirlo, el argumento es tan extravagante que si lo hubiera escrito otro resultaría una verdadera basura, pero con la prosa variopinta de Čapek resulta subyugante. Con aires de Conrad, el primer capítulo narra el comienzo de la aventura que abarcará luego a toda la humanidad: En una isla llamada Tana Masa, cerca de Sumatra, el capitán Van Toch se dedica a la explotación de perlas. Como la cosecha no rinde lo esperado, acude a pedir ayuda a los indígenas del lugar y se entera que en una zona de la isla hay perlas, pero nadie le acompañará hasta ahí, porque está habitada por monstruo. Aún así, el capitán se dirige allí y descubre unos seres extraños, mezcla de lagarto y liliputiense, que le resultan, vencido el miedo, de gran ayuda. Estos seres son marinos resultan inteligentes, y a cambio de un poco amabilidad y paga mínima consistente en armas para defenderse de los tiburones que son sus depredadores, muestran grandes dotes natatorias y se vuelven indispensables para lo que sería la mayor recolección de perlas de toda la historia. Años después, el capitán Van Toch vuelve a Praga, con unos ahorros y la intención de volver a ver sus queridos animalitos, llamados molges o salamandras a lo largo de la novela. En los capítulos siguientes el estilo de la narración va cambiando de acuerdo a los antojos del autor y las necesidades del relato. Va de la crónica periodística a la cita de párrafos en varios idiomas, así como también el guión cinematográfico y la prosa naturalista. Todo esto con un humor que despierta la carcajada varias veces y un alarde narrativo absolutamente magistral. Ya en Praga, Van Toch busca ayuda de un empresario que le concede un barco y así vuelve a la recolección de perlas. Las salamandras se vuelven empleados de Van Toch, a la vez que sus protegidos. Con el paso del tiempo, las salamandras aprenden a hablar y al hacerse famosas, empresarios de todo el mundo las cazan como esclavos de trabajo, para minería y construcción de diques, en lo cual se muestran excelentes obreros. Cuando ya todo el mundo cuenta con su ejército de salamandras particular, los seres humanos construyen continentes enteros en el mar, para aumentar sus territorios, y empiezan guerras entre sí, en el mar, con las salamandras como soldados. Luego, inspirados en una educación laica y por una organización sindical, las salamandras empiezan a adquirir conocimientos científicos y bélicos, que las lleva a enfrentarse contra los humanos por los recursos naturales. Al igual que el libro de Hrabal, el humor de éste le debe mucho a Jaroslav Hasĕk.
Cito párrafos, de un Manifiesto de la Internacional Comunista, conservados en fragmentos por uno de los personajes:
¡Camaradas molges!
El régimen capitalista ha encontrado su última víctima. Cuando la tiranía del capitalismo putrefacto comenzó a desmoronarse ante el ímpetu revolucionario del proletariado con conciencia de clase, os enganchó a vosotros, trabajadores del mar, a su servicio; os esclavizó espiritualmente con su civilización burguesa, os sometió a sus leyes de clase, os privó de la libertad e hizo todo lo posible por explotaros brutal e impunemente.
(14 líneas tachadas)
¡Salamandras trabajadoras! Se acerca el día en que vais a cobrar conciencia de todo el oprobio de la esclavitud en que vivís
(7 líneas tachadas)
y conquistando por las armas vuestros derechos como clase y como pueblo! ¡Camaradas molges! El proletariado revolucionario del mundo entero os tiende la mano
(11 líneas tachadas)
por todos los medios! ¡Organizad consejos de fábrica, elegid delegados, cread fondos de huelga! Podéis estar seguros de que el proletariado consciente no os abandonará en vuestra justa lucha y de que, mano a mano con vosotros, emprenderá el último asalto a
(7 líneas tachadas)
¡Molges oprimidos y revolucionarios del mundo entero, uníos! ¡La última batalla se aproxima!
Firmado: MOLOJOV
El Libro De Los Amores Ridículos, de Milan Kundera (Mondadori, 250 pp.)
Este libro me vino con la mujer que me acompaña en mi vida porteña.

Milan Kundera es uno de los autores más criticados por la derecha literaria, y por la izquierda literaria, y por los faltos de sentido del humor, o que poseen un sentido del humor muy diferente, y por los autores sacerdote que van marcando las lecturas de generaciones de lectores ingenuos y bien intencionados que leen lo que oyen por ahí (como yo), y es criticado también por los lectores que creen que la literatura es una moda (“La insoportable marcó una época, pero ahora…”); y es un autor también elogiado por escritores tan disímiles como García Márquez, Thomas Pynchon y el Kuru Bogado. Y es también, por supuesto, uno de los mejores escritores que ha pisado esta tierra olvidada por la mano de Dios, es decir la literatura. Y ha escrito varios de los mejores libros que se han escrito. Y también algunos bastante aburridos, malísimos, presumidos, como Los testamentos traicionados (que sin embargo tiene párrafos rescatables). Creo que con esto ya se ve mi opinión.
El libro de los amores ridículos es una colección de 7 relatos, que poseen una apariencia deliberadamente frívola, que tratan, como el título lo expresa, historias de amor. Estos cuentos contienen los personajes típicos del universo narrativo de Kundera, es decir el erotismo, Don Juan, Dios, El Sistema Comunista Checo, las Ocupaciones, la frivolidad, el deseo, la verba, la experiencia y la inexperiencia, el humor, el cretinismo, la amargura y la nostalgia, así como también la lucidez innecesaria en ciertos momentos. Como son varios cuentos y ya vengo escribiendo, sin mucha coherencia, varias páginas, escojo solo un relato, que si bien no es el que más me ha gustado, es el que al azar me viene primero a la mente al recordar el libro: “La dorada manzana del eterno deseo”. Este cuento consiste en una conversación de 26 páginas entre dos amigos praguenses que se divierten hablando de sus conquistas, con la particularidad de que las conquistas de ambos son absolutamente ficticias. La conversación transcurre como el desarrollo de un proyecto de tesis doctoral, sin argumentos rigurosos pero con fantásticas intuiciones; y mientras conversan así, sobre el deseo y la seducción, van desplazándose hacia lugares que los llevan a encuentros con el sexo opuesto. En el comienzo, el narrador ha conseguido un libro de arquitectura y se dispone a leerlo mientras espera, en un café con mesas en la calle, a un amigo. Ya mientras espera al amigo, el narrador reflexiona, a la manera de un ensayo literario, es decir provisto más que nada de aciertos estilísticos que científicos, sobre la seducción. El narrador recuerda que el amigo al que espera tiene una teoría con varios pasos para llegar, pleno de éxito, a la conquista amorosa. El primer paso, dice, es la Detención: consiste simplemente en detener a una mujer cualquiera, donde sea, haciendo un alarde de osadía. Esta detención, según el narrador, requiere un virtuosismo innato, y es un fin en sí mismo. Luego va enumerando otros pasos. En eso llega el amigo, y los dos, siguiendo la conversación, ven a una hermosa mujer a pocos pasos. El amigo le saca un libro de arquitectura que el narrador había prestado de una biblioteca alemana, y libro en mano se acerca a la mujer. Consigue que la mujer les conceda una cita el fin de semana, llevándose como prenda el libro, para devolvérselos después. Esta cita los lleva a un pueblo donde transcurren otras aventuras, pues la chica en cuestión es enfermera en un hospital de allí. Nos enteramos, entre otras cosas, que el amigo del narrador está casado y está completamente enamorado de su mujer, y también de una historia inventada del narrador para complacer a su amigo: le dice que tiene una nueva amante, una médica, de la que va esbozando la biografía intercalándola entre otros puntos de la conversación. En el camino, el amigo ve otras mujeres y va abordándolas una a una, hasta conseguir una cita, a la que no necesariamente piensa acudir, pues conseguir los datos de la mujer que se desea es otro de los pasos importantísimos y también un fin en sí mismo. Llegan unas pocas horas antes de la cita, y en el hospital donde trabaja la mujer que se llevó el libro, se enteran que esta ha conseguido otra compañera para una cita doble. Los amigos llegaron a las 3:30, pero la enfermera les dice que recién estará libre a las 7 de la tarde. Por lo menos consiguen que la enfermera les devuelva el libro. En eso el amigo le cuenta al narrador que él tiene que estar de vuelta a la casa a las 9, pues ha quedado, como de costumbre, de jugar unas manos de cartas con la mujer. ¡Entonces hemos hecho un viaje para nada!, le dice el narrador; a lo que el amigo responde que tienen una hora, 7 a 8, para efectivizar la conquista. Como aún les queda unas horas, van a recorrer el pueblo. Allí ven otras mujeres que seducen con artimañas varias: a una le piden un sitio donde haya una playa, consiguiendo que los acompañe hasta allí. Para esto tienen que esperar una hora. En la hora, consiguen, haciéndose pasar por directores de cine, que otra chica, una adolescente hermosa, les haga de guía por la ciudad. Con esto olvidan a la mujer del balneario. Pero la chica guía tampoco llega, por lo que pasan otras aventuras mientras esperan que se haga las 7 para la cita con la enfermera. Entre tanto, la conversación transcurre sobre otros puntos: el amor conyugal, la mujer inventada del narrador, el contacto con las mujeres (otro fin en sí mismo), la fe en la conquista, en resumidas cuentas, las reglas de juego de la conquista amorosa. Al final, llega la hora de la cita con las enfermeras, y los dos se han pasado las citas de entremedio hablando de cualquier cosa. Llegan al hospital a las 7, pero las enfermeras no salen. Varios minutos después, salen las dos enfermeras, pero como ya es tarde, deciden volver a Praga, para que el amigo vea a la mujer y el narrador siga leyendo su libro, ambos con un “…plan (que) estaba cada vez más claro y al cabo de un rato ya se balanceaba ante nosotros, en medio de la niebla que comenzaba a caer, como una manzana hermosa, madura, esplendorosa… Permítanme que con cierto énfasis la denomine la manzana dorada del eterno deseo.”
El relato es pletórico de humor y gracia, así como de frases ingeniosas. Es el relato más frívolo del libro, pero de una frivolidad dulce, encantadora. El resto de los cuentos tienen un tenor similar, pero ya abordan otras cosas que más que risa y encanto nos dejan a veces una mueca consternada.
Párrafos:
Pero pasaron diez minutos, un cuarto de hora, y la chiquilla no regresaba.
—No temas —me consolaba Martin—. Si hay algo seguro es que volverá. Nuestra actuación fue total¬mente convincente y la chiquilla estaba entusiasmada.
Yo también era de la misma opinión, de modo que seguimos esperando y nuestro deseo de volver a ver a aquella chiquilla de aspecto infantil aumentaba a cada minuto que pasaba. Mientras tanto se nos pasó la hora acordada para nuestro encuentro con la chica del pantalón de pana, pero estábamos tan concentra¬dos en nuestra blanca jovencita que ni siquiera se nos ocurrió levantarnos.
Y el tiempo transcurría.
—Oye Martin, creo que ya no vendrá —dije por fin.
—¿Cómo te lo puedes explicar? Si esa chiquilla creía en nosotros como en Dios.
—Sí —dije—, y ésa fue nuestra desgracia. Nos creyó demasiado.
—¿Y qué? ¿Acaso querías que no nos creyese?
—Probablemente hubiera sido mejor. El exceso de fe es el peor aliado —aquella idea me entusiasmó; empecé a divagar—: Cuando crees en algo al pie de la letra, terminas por exagerar las cosas ad absurdum. El verdadero partidario de determinada política nunca se toma en serio sus sofismas, sino tan sólo los objeti¬vos prácticos que se ocultan tras estos sofismas. Las frases políticas y los sofismas no están, naturalmente, para que la gente se los crea; su función es más bien la de servir de disculpa compartida, establecida de co¬mún acuerdo; los ingenuos que se los toman en serio terminan antes o después por descubrir las contradic¬ciones que encierran, se rebelan y al final acaban ver¬gonzosamente como herejes y traidores. No, el exceso de fe nunca trae nada bueno y no sólo a los sistemas políticos o religiosos; ni siquiera a un sistema como el que nosotros queríamos emplear para conquistar a la chiquilla.
Las Aventuras Del Valeroso Soldado Schwejk, de Jaroslav Hasĕk (Ediciones Destino, S. L., 1981, 384 pp.)

Este libro lo compré en Villarrica, en un puesto de venta de libros donados a un orfanato. La tienda consistía en un patio zaguán con varias mesas repletas de libros, que se vendían por tamaño y peso. Como este libro no era tan gordito, me costó, creo, 3 mil guaraníes, lo que sería algo así como $ 1,80. Una verdadera joya y un regalo inigualable. De allí me traje también, entre otros 30 libros, tres libros de Márai que aún tengo por leer, más baratos por ser más delgados, y a Roberto Calasso y Tommaso Landolfi, que fueron un poquitín más caros, pero cuyo costo no equivalía ni al 5% de lo que saldrían en una baratísima tienda de usados.
Hasĕk es, esto lo explica Kundera en El Arte De La Novela, un Kafka al revés. El personaje de esta novela, Schwejk, asume el absurdo de la burocracia apoyándolo completamente, fiel, esclavo, pero sin un ápice de angustia, siempre completamente contento con esta entrega de alma y cuerpo. Es imposible saber si esta actitud tan irónica es una particularidad que obedece a una cortedad de mente de Schwejk o simplemente a un estado de sabiduría ajena a una comprensión simple. La novela comienza con la primera guerra mundial. Schwejk es un criador de perros estafador, que al hablar con su sirvienta se entera de la muerte del Archiduque Fernando, luego de lo cual se inicia la guerra. Cuando la sirvienta le dice que han matado a Fernando, Schwejk no sabe de quién se trata, pues conoce a dos fernandos, y dice que el mundo no pierde nada con la muerte de alguno de los dos. Pero al enterarse de quien se trata, empieza una perorata en la que trata varios temas, entre ellos el sentimiento patrio. La novela transcurre así, caótica, entre grandes habladores. Hay monólogos en cada página, de Schwejk o de otros personajes, siempre en un tono epigramático y digresivo, que nos llevan a enterarnos de miles de historias de personajes de la Praga de principios de siglo, repleta de disparates y seres cobardes, de militares estúpidos y curas vividores; todos, por supuesto, grandes borrachos. Hay tanto alcohol y palabrerío en esta novela que uno termina completamente borracho en cada capítulo. Borracho sonriente, por supuesto, como las borracheras que se adquieren con compinches pintorescos y bastante entretenidos. Entre miles de historias, que nos hacen descubrir entre otras cosas que la digresión es un arte sumamente sutil, que yendo por los bordes de la cordura puede expresar tanto o más que la frase directa, nos enteramos de las andanzas de Schwejk, que van desde la cría y venta de perros falsificando su árbol genealógico e incluso su raza; hasta la cárcel militar; el servicio eclesiástico del ejército; los hospitales donde iban a parar los checos que fingían enfermedad para no ir a la guerra; los manicomios; las estaciones de tren y los trenes que transportaban soldados al frente; el sistema administrativo de la guerra; la distribución de alimentos y rangos; hasta llegar al frente. En esta novela pasan demasiadas cosas y a la vez no pasa absolutamente nada. Pues en una conversación de bar, que abarca varias páginas, los conversadores no hacen más que beber cerveza quietos en una mesa, y a la vez, como personajes de las mil y una noches, hilan retorcidas historias en que se da cuenta la historia del mundo, vista en detalles mínimos y llenos de humor y consignas. Las orgías de comida y bebida, y las orgías verbales, nos llevan directo a Rabelais, que como todos los libros checos que leí ese mes, parece ser el guía espiritual.
Cito párrafo:
-La verdad es que no sé por qué los locos se enfadan cuando los encierran. Allí uno puede arrastrarse desnudo sobre la hierba, aullar como un chacal, bramar y morder. Si uno quisiera hacer eso en cualquier otra parte la gente se extrañaría, pero allí es algo natural. Allí hay una libertad como ni siquiera los socialistas han podido soñar. Uno puede incluso hacerse pasar por Dios o por la Virgen María, o por el Papa, o por el Rey de Inglaterra, o por Su Majestad el Emperador, o por San Wenceslao, aunque este último estaba siempre desnudo y encadenado, solo y en una celda. Había otro que afirmaba a gritos que era el arzobispo pero lo único que hacía era comer y otra cosa, con perdón, ya saben, aquello que cuadra un poquito con la comida. Pero allí nadie se avergonzaba de hacerlo. Uno incluso quiso ser santos Cirilo y Metodio para que le dieran dos raciones. Y había también un señor en cinta que invitó a todo el mundo al bautizo. Había muchos actores, políticos, pescadores y scauts, coleccionistas de sellos y pintores. Uno estaba allí por unos potes viejos que él había llamado urnas cinerarias. Otro llevaba siempre la camisa de fuerza para no poder calcular cuando se acabaría el mundo. También encontré un par de profesores. Uno de ellos me seguía siempre y me contó que la cuna de los gitanos había sido Riesengebirge, y el otro me explicó que en el interior de la tierra hay un globo terráqueo mucho mayor que el de fuera. Todos podía decir lo que querían y lo que se les ocurría, como si estuvieran en el parlamento. A veces contaban cuentos y cuando a una princesa las cosas se iban mal se peleaban. El más salvaje era un señor que pretendía ser el tomo 16 del diccionario de Otto. Pedía a todo el mundo que le abriera y buscara la palabra “costurera de cartones”, porque si no estaba perdido. Solo se calmó cuando le pusieron la camisa de fuerza. Entonces se quedó tranquilo porque se pensaba que estaba en la prensa de encuadernación. Pidió que lo desviraran de una manera moderna. Allí se vivía en todos los aspectos como en el paraíso. Se puede gritar, aullar, cantar, llorar, balar, gemir, saltar, rezar, dar volteretas, ir a cuatro gatas, saltar sobre un pie, en corro, bailar, pasar el día agachado o encaramarse a las paredes. Nadie se acerca y te dice: “Caballero, esto no puede hacerlo; no está bien, debiera avergonzarse. ¿Y usted quiere ser un hombre culto?” Claro que también hay locos completamente tranquilos. Había un hombre muy culto, un inventor, que siempre estaba perforándose la nariz y al final un día dijo: “Acabo de inventar la electricidad”. Como digo, aquello era estupendo. Los pocos días que pasé en el manicomio cuentan entre los más hermosos de mi vida.
Conclusión del mes: los checos han hecho un fructífero pacto con el diablo para producir escritores geniales. La sátira política y social checa de este siglo, es tan intensa e insoslayable como lo fue en España hace un montón de siglos, con Quevedo a la cabeza. Y, también, la herencia de Cervantes y Rabelais, no tiene por qué volverse tan neurótica y metodológica para seguir produciendo obras originales.
Salud a todos.
martes, 9 de septiembre de 2008
Kunderiana
-COLABORACIONISTA. Las situaciones históricas siempre nuevas revelan las constantes posibilidades del hombre y nos permiten denominarlas. Así, el término colaboración adquirió durante la guerra contra el nazismo un sentido nuevo: estar voluntariamente al servicio de un poder inmundo. ¡Noción fundamental! ¿Cómo pudo la humanidad estar sin ella hasta 1944? Una vez encontrada la palabra, uno se da cuenta más y más de que la actividad del hombre tiene el carácter de una colaboración. A todos aquellos que exaltan el estrépito de los medios de comunicación, la sonrisa imbécil de la publicidad, el olvido de la naturaleza, la indiscreción elevada al rango de virtud, hay que llamarlos: colaboracionistas de la modernidad.
Milan Kundera, EL ARTE DE LA NOVELA