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miércoles, 28 de noviembre de 2018

Entrevista a Mario Castells

"Eso de la tensión entre arte y política es un berretin de Walsh que los pibes de Letras, los de izquierda, suelen repetir como un gif y hacer de ello una pose. Hay que dejar de robar con eso por un par de años..."

Entrevista a MARIO CASTELLS


viernes, 4 de mayo de 2018

"Remedo de paisaje", de Carla Benisz




UN PÁJARO QUE CAE
Acerca de “Remedo de paisaje” (Rosario, 2017), libro de poemas de Carla Benisz

(por ever roman, para Revista Liberoamerica)


Este primer libro de poemas de Carla Benisz (Argentina, 1985), es, en realidad, el compendio de dos libros: Remedo de paisaje (2008-2013) y La camorra (2015), reunidos en un solo volumen por la editorial rosarina Cachorro de Luna. Ambos comparten la reflexión poética sobre la escritura, aunque el mirar y el decir hayan mutado en cada apartado -decir cambiado es poco, la palabra no alcanza. Los textos del primero hablan a través de otros textos, a los que atraviesa y pervierte: las citas se multiplican, la referencias abundan, se rehacen fragmentos, se reviven personajes, se da voz a los callados. Hacen literatura encima de la literatura, un palimpsesto. En segunda parte se hace literatura con el pájaro de la música herido, que ya no puede volar: con silencio, grito, ruido, algo.



El paisaje
Un paisaje no es una cosa que está ahí y ya, si no una construcción, una elaboración. El paisaje es, primero, de los que sienten, una emoción; luego es asimilación, costumbre; después evocación; pero a veces es solo invención. ¿Qué paisaje? Pues el de la poesía: “Es una parodia triste este remedo de paisaje”, dice uno de los poemas.
Por mi parte quisiera acercarme a este libro por mediación de ciertas imágenes que aparecen en él: hacer una escritura acerca de la Benisz como quien describe un paisaje a partir de ciertos elementos dispersos, pues el conjunto se le pierde; como apuntes de turista.



Lo húmedo y lo seco
Cito uno de los poemas: “Lo húmedo y lo seco / recortan las coordenadas del paisaje / […] mamá humedal – papá estepa: / cobijo y encierro”. Lo femenino y lo masculino en la tradición literaria están aquí: el adentro, el cuerpo, sus excreciones (las lágrimas, la sangre, la sexualidad) por un lado; el afuera, el viento y lo seco por el otro. Sensibilidad e intelecto. Pero el cierre del poema reacciona ante esta dualidad: esta manera de ver de la literatura, de sentir, arrebuja (por ser territorio familiar), pero también es una cárcel.
Los poemas de Benisz brotan, entre angustiados y serenos, en el corte entre estas dos instancias. Son fruto de una herida. Pero no se trata de un tono, o una génesis, sino que los poemas van hacia ahí, buscan ese espacio: “En esa juntura, un rumor -el agua / del que ser potencia”.
Lo seco, la pampa argentina -que es un territorio literario, mito de origen de una tradición que incluye la patria-, es abordado como potencia, justamente, en el primer poema. Le pide a la cautiva (la mujer blanca prisionera de los salvajes, un tópico de referencia adoptado por la literatura argentina) que mate al blanco: “el opresor primero, / el puro”, con el cuchillo ya manchado con la sangre aborigen, para mestizar.



La saliva
El encuentro entre instancias aparece más adelante en otra imagen: “Un vacío de saliva / obliga a llenar palabras con pausas, con ritmos”. La literatura es la voz sin cuerpo, sin órganos. ¿Es una caja de música, un dispositivo aséptico, la literatura? A lo largo del libro estas preguntas resurgen y se las desmenuza un poco más cada vez. Por ejemplo, el mismo poema citado concluye: “La escritura es guardarse de olvidos / y un ruego de otra cosa”. El guardarse de olvidos se adopta como procedimiento en la reescritura -la parodia triste- de géneros como la gauchesca, o la voz criolla, con sus temas, etcétera; pero la poesía de Benisz va también hacia otra cosa,  hacia algo más secular: una disposición del cuerpo, un acto sensorial e intelectual, el acto del poema: como una afirmación, “sí, el olvido del cuerpo”; o como voluntad: “construyó este silencio de a poco, lo mantengo”. El cuerpo es de la poesía y la poesía es del cuerpo: el rostro de Jano. A veces,  silencio, pero otras: “el alarido animalesco, / la saliva sanguinolenta / y la vista alzada con odio”. O bien: “No sosiega, la arritmia, el cuerpo. / La poesía catapultó mis nervios enfermos”.



Las cenizas
La memoria es un personaje anfibio, que es tanto del intelecto como de lo sensible: “Leyendo en la memoria del aire de tus suspiros / y tus medias salivas”. La poesía no reconstruye el pasado, sino que lo saborea (como la magdalena de Proust): “Traje para mí las cenizas / que sobrevolaron / tras la tormenta”. Incluso la ya ausencia de las cosas que fueron reviene palpable: “Hay un ritual de inicio en esa ausencia / el de sentir cada mañana echando -cada noche sola / los movimientos libres de su cuerpo”.



La música
El pájaro de la música sobrevuela el paisaje de la poesía como una interrogante, agónico: “Quiero ser una caja vacía / una percusión primitiva, y soy / un pájaro que cae”. Sin embargo, lo musical participa, mestizo cimarrón, de los poemas de este libro. Hay como un canto quebrado, un movimiento detenido pero que en su detención es aún movimiento (el pájaro está cargado de vuelo, que dice Juarroz), intenso, en cada verso. Silencio, ruido, mudez, grito; humedal, tierra yerma; alma y corazón; violencia y náusea; odio y contemplación; inaprehensible: así es la poesía en Remedo de paisaje.



martes, 24 de marzo de 2015

"Virginia Wolf ataca de nuevo", de Copi

Este libro fue publicado en el 2010, en un convenio bastante bueno entre Anagrama y Página 12 (un título antológico: "Autobiografía suscinta", de Gombrowicz, joya). La traducción está a cargo (del francés al español de castilla) de Albertó Cardín (apellido sugerente, por lo demás). Son 7 relatos, el que da el título tiene como protagonista a un pseudo Copi que es urgido por su editore a publicar un libro al que le falta un relato, el cual termina siendo precisamente ese, con una historia de crímenes y conversaciones y cosas así, En los otros hay caricaturistas, travestis, ese tipo de personajes que conoció e incluso encarnó el mismo Copi a su manera. El libro es, en suma, bastante parejo: malo desde la primera hasta la última página. Más bien creo que es aburrido en prácticamente cada párrafo, o más exactamente en cada línea. Me recuerda una antología de relatos de Bryce Echenique, "Guia triste de Paris", uno de esos textos escritos por autores consagrados, seguros de haber dado con la fórmula y que son partícipes de esa idea de que una vez que uno escribió un buen texto ("El uruguayo", en el caso de Copi, magnífico relato cuyos arenales siguen la estela de Fernand Combet) ya todo lo que escriba será genial. Falso, falso. El libro de Bryce es ejemplarmente pésimo y este de Copi va por ahí. Que lo disfruten.

viernes, 6 de marzo de 2015

"Matilde", de Daniel Guebel


Ed. Sudamericana, Bs. As. 1994

Esta es la segunda vez que abandono la lectura de esta novela -las razones no las sé, en todo caso no encontré por qué continuarla ahora-, esta vez colgada contra las rejillas del balcón, tal como en la foto. El protagonista ha decidido a abandonar a su amante, una mujer mayor, llamada Matilde, con quien empezó una relación de manera casual y rápidamente terminaron viviendo juntos, ella completamente enamorada, él no tanto. Según la contratapa el hombre, que se llama Emilio, la abandonó. 55 páginas leídas. Creo estar seguro de que ocurrió así, sin embargo ese "no la ama pero no la puede abandonar" de la contratapa me hace dudar. Levemente, pero es duda al fin. Uno debe confiar en sus lecturas, no en las de los demás. No me parece correcto que dependamos de lo que digan los demás sobre los libros que leemos; aunque lo hagan en las contratapas; incluso me parece indicado desconfiar de lo que diga un autor sobre sus libros -no suele ser más que alarde y vanidad y sinsentido-, y por supuesto hay que desconfiar de lo que dicen sobre el libro en el mismo libro, en los arranques de autoconciencia del narrador (una actitud por lo demás completamente molesta). Emilio abandonó a Matilde y yo abandoné el libro. Las razones, no las sé. Lo más probable es que no haya encontrado razones para continuar leyéndolo. De todas maneras, es un riesgo muy grande narrar abandonos, puesto que habilitan al lector a tomar medidas similares. Ciertas palabras como cansancio, hartazgo, aburrimiento y símiles, habría que desterrarlas de los libros pues llaman a sentir y, en ocasiones, actuar en consecuencia. Un buen personaje debe estar más o menos todo el tiempo feliz y ser activo, ir para adelante, decir cosas como "no me para nadie" o así. Si el libro se llama Matilde y Emilio la abandonó, por qué razón yo no iba abandonar también al libro (a Matilde). Es, en todo caso, abandonable. Quizá sea esa la explicación. Espero poder retomar pronto la lectura y saber lo que ocurre en esta relación de Matilde y Emilio (alter ego del lector). Saludos

domingo, 27 de julio de 2014

“Rabia”, de Sergio Bizzio




                                                       Ed. Interzona, Bs. As. 2005


Hace tiempo que no escribo aquí. Cuesta acordarse de los blogs. Escribir aquí es como hacerlo en un cuaderno que después se pierde entre los estantes, o en un cajón, en cualquier parte: solo la casualidad hará que alguien finalmente lo lea. Hay, por lo mismo, una gran responsabilidad. O decepcionamos, o maravillamos, he ahí a labor bloguera ahora que muchos emigraron a otras plataformas. “Rabia”, la novela de Bizzio. La compré a 15 pesos, no hace mucho, porque estaba barata; jamás pensé que iba a leerla pues lo que sí había leído de él, “Planet”, no me gustó particularmente, me costó bastante terminarla: todavía recuerdo la tapa azulada; entregué el ejemplar como parte de pago de otro libro, no sé cual. O sea, no esperaba quedar tan encantado. La leí en 3 días. El argumento no se los voy contar pues le quitaría gracia, además está en todas partes. Lo que sí les cuento es que el personaje principal es inolvidable, al menos creo que lo recordaré por años, con enorme cariño, tanto por las circunstancias que atraviesa como por sus pequeñas reflexiones y acciones. Esta es una novela vitalista, física, llena de olores y texturas. Creo que en el trabajo de cincelado, el armado argumental, la construcción de los personajes, esa boludez tan admirada en los talleres literarios, los detalles, los breves diálogos, en todo el proceso intelectual que arrastra tanta estilización, hay una enorme delicadeza. Hacia el final da la impresión de que la historia se debilita y las últimas escenas tienen un sabor ligeramente cursi y perezoso. Pero es una novela intensa, viva. De pocos libros se puede decir lo mismo. Qué bueno que la literatura siga ofreciendo novelas así. Se la podría hermanar –en la construcción de personajes, sobre todo- con Aira, el de “La luz argentina” para adelante, en cuanto a la elección de los elementos miméticos  para la elaboración de caracteres un tanto caricaturescos, pero muy atractivos, que causan inmediata empatía: el personaje de José María es uno de los más bellos que leí. Lo que no entiendo es el título, “Rabia”, pues el libro rebosa ternura, aunque sí hay personajes completamente detestables, casi todos. Tal vez rabia hacia la clase alta; aunque más bien yo en lo personal percibí asco. Ternura, asco y fatalidad, he ahí la trinidad que emana de este texto. Salud.-

domingo, 22 de diciembre de 2013

“Plop”, de Rafael Pinedo

 
Editorial INTERZONA
Buenos Aires 2004


“Desde el fondo del pozo solo se ve un pedazo 
de cielo a veces gris, a veces negro”
pp. 1

En un mundo que combina Mad Max, Shaka Zulu, La guerra del fuego y Wall-E, nace Plop, que es bautizado así porque de la concha de su madre cae directo al barro haciendo este ruido. El paisaje es un gran basural, todas las aguas están contaminadas –salvo las del cielo-, no hay comida por ninguna parte, la sociedad se reduce a grupos cuyas reglamentaciones se basamentan en la bruta supervivencia y la organización por castas.
La historia de Plop es la de un ascenso social que termina como terminan (no olvidar la lección de Stendhal con Julien Sorel) estas historias en que el escalador empieza de abajo, lo consigue todo y, fatalmente, se extravía  en las nubes y cae. En este sentido, el relato es bastante convencional, y está enhebrado de manera harto sabida: la ruta del héroe con sus obstáculos radicales pero salvables, la irrupción del azar para equilibrar las fuerzas en combate – es rigurosamente lógico-, cuidada artesanía en la elaboración de personajes y situaciones, etc. Es, a fin de cuentas, magistral en su estructura.
Como distopía, Plop ofrece una serie de reflexiones sobre el funcionamiento de la cultura. En primer lugar, por la ubicación temporal de la historia: un futuro en que ocurrió alguna catástrofe que mermó la población y obligó a los sobrevivientes a empezar de nuevo. La herencia que reciben de nuestra época se limita a basura y harapos culturales: hay algunos lectores, aunque no sepan a ciencia cierta de qué trata lo que leen, y también un par de personajes que manejan ciertos rudimentos técnicos, en este caso para la fabricación de armas y telas. Entonces surge, así, la primera pregunta elemental que ilumina la novela: ¿qué heredaremos al futuro? Creo que la respuesta es simple: la experiencia del reciclaje. Esto, por supuesto, en un sentido amplio, tanto de la producción cultural como industrial. Ya estamos experimentando el reciclaje, es cierto, pero lo hacemos de manera lúdica; sin embargo pronto se jugarán en ello la vida y la muerte.
Por otra parte, pensando más al nivel de los personajes, está el movimiento ineludible que empuja a romper los límites de las reglamentaciones represivas de toda organización social, de ir un poco más allá: las culturas más sofisticadas trayendo a un primer plano los instintos más elementales (el sexo y la muerte, la violencia –“El club de la pelea”, por ejemplo), o las sociedades primitivas entonando poesía y persiguiendo un universo místico inalcanzable. En Plop, los hitos del dispositivo cultural se llaman tabúes. El término está indudablemente bastante manoseado, pero Pinedo le devuelve su significación primitiva, su lugar incuestionable, y con ello la potencia extrema que condicionó y creo las distintas sociedades y religiones que ahora conocemos. Tal vez no lo pensemos mucho, pero aún hoy el derecho se vertebra en base a tabúes: pongamos por caso, nomás para mencionar algunos, la clonación humana, las drogas, los géneros sexuales, la venta de órganos, etc. Los tabúes de Plop son un poco más pedorros, con lo cual se acercan más a su modo de funcionamiento primitivo: tienen que ver con detalles sexuales, con ciertas zonas geográficas que no se deben atravesar, con ‘reglas de etiqueta’, el sistema de castas, etc.; todas ellas castigadas con una pena radical y a la vez banal: la muerte. Y aquí otra iluminación: aún en lo más decadente y estropajoso, es imposible parar la descomposición. La descomposición es el movimiento que acompaña inexorablemente a la vida. Es, puede decirse, su condición ontológica. Nada puede sostenerse de manera inquebrantable. No hay eternidad: tanto en el cielo como en el infierno, remolinea el tiempo deshaciendo todo. Plop consigue subir a la cima y apenas llegar descubre que la misma no es el fin del camino: aún hay más, y más. Elegantemente decide aceptar este destino y se entrega, por un pete.




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martes, 20 de agosto de 2013

“Indí (Pasticciaccio Argentino)”, de Enrique M. Butti


Ed. Losada, Buenos Aires 1998

“las dalias, dopadas en su obeso estoicismo…”
pp. 18

En los años 20 del siglo pasado, Carlo Emilio Gadda, entonces un joven ingeniero italiano, desembarcó en el Chaco Argentino para trabajar contratado por compatriotas. Permaneció dos años y escribió posteriormente al respecto una novela: El aprendizaje de dolor. Pero entonces, no era más que un técnico; la literatura estaba germinando y fermentando en él. Años después, como todos sabemos, llegaría a ser uno de los escritores más singulares del siglo XX.
Enrique M. Butti ubica esta aventura en la novela de que nos ocupamos.
Aquí el primer cuestionamiento: al escribir sobre alguien como Gadda (podríamos decir Machado de Assis, Joyce, Broch) , a quién debemos dar primacía, ¿al hombre o al escritor? ¿Son dos seres distintos o acaso una misma cosa? Si un escritor es tanto su obra como su vida, entonces la sinécdoque es posible desde cualquier punto de partida: tomamos un párrafo de alguno de sus libros y explicamos su infancia; o bien tomamos un par de años y explicamos su obra. ¡Si las cosas fueran tan sencillas!
Butti, en este libro, toma como fundamento biográfico la estadía chaqueña de Gadda, pero el que está en la región y época de la historia es la escritura de Gadda, su forma de contonear palabras, su sensualidad verbal, su literatura. Indí… entrama novela de aprendizaje y policial. La narra una voz insolente, hipersensible a los matices del mundo, y cobija en su discurso la polifonía chaqueña de la época en que transcurre la historia: es decir, el que llega a la Argentina es nada menos que el Zafarrancho… gaddeano.
La prosa florida entrecruza varias tradiciones: la densidad cómica de Quevedo, el detallismo paranoico de Gombrowicz (en cierta medida, Indí puede leerse como la contracara del Diario Argentino), los modismos italianos y algunas variaciones lingüísticas supongo que fruto de la inspiración (como por ejemplo el idioma hablado por el repartidor de flores y los indígenas); en otras palabras, un pastiche personalísimo, homenaje indudable a Gadda.
La novela es excepcional. Hacia el final, sin embargo, resulta un poco difícil seguirle hilo (al menos para mí), pues crece la importancia del enigma a resolver, un crimen, cosas con el poblado, no le di mucha bola, etc., que no sé qué tanto importan. En fin, el argumento es solo excusa para la magia.



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sábado, 29 de junio de 2013

"Arboles de tronco rojo", de Macelo Guerrieri

Editorial Muerde Muertos, 2012.

Reseña publicada en el Litoral de Santa Fé:http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2013/06/27/arteyletras/ARTE-03.html


La prosa como aventura


Por Ever Román


Los relatos reunidos en Árboles de tronco rojo abarcan diez años de elaboración. Marcelo Guerrieri ex técnico de informática, empleado de farmacia, inmigrante en España y Suecia, tallerista de literatura y estudiante de antropología-, los fue escribiendo cuando comenzó a asistir en los talleres de Alberto Laiseca en el Rojas, a principios de la década pasada. Los textos fueron apareciendo en antologías diversas hasta esta compilación. Hay en ellos mucho trabajo con los géneros: el policial, el relato de viajes, la acción, el amor, cuentos sobre boxeo, asesinos seriales, catástrofes naturales. Es un cóctel variado que va más allá de los buenos argumentos.
En todas las historias se advierte alegría dentro de la tristeza, un destello de luz, una revelación, y en cuatro a cinco páginas cada protagonista alcanza a mostrarnos su mundo. En pocas carillas, los personajes nos transmiten epifanías, algunos perdidos en el submundo europeo, otros en Buenos Aires y también en provincia. Usualmente al borde del centro de la vida, ya sea viajando, o simplemente por la cotidianidad que les toca vivir.
La característica principal es el extremo cuidado en el decir; Guerrieri rescata la delicadeza, la paciencia y las posibilidades de la fantasía en su prosa. Puede decirse que la narración se fundamenta en lo que podría llamarse una prosa sentimental, o sea, una prosa que no teme a las fluctuaciones de la pasión, la ansiedad, la angustia y también al amor, sino que se adecua a ellas, flexible.
La estructura de los cuentos fluctúa de acuerdo con las emociones de los personajes y el narrador. El más notable a este respecto podría ser “La inundación”. Dentro de una tragedia, la inundación que obliga al desplazamiento de los damnificados, aparece la aventura y también el romance: en cada párrafo, este cuento va abriendo un horizonte nuevo y no es posible predecir hacia dónde va. La sorpresa, por tanto, es constante; mantiene la expectativa en tensión, y es una tensión emocional. Como en los enamoramientos, las situaciones más simples, más torpes, son embellecidas por los sentidos. No puede saberse si lo que prevalece es la desazón, el extravío, la pérdida, o bien el deseo, mezclado con la imposibilidad, las limitaciones de la así llamada vida cotidiana con sus reglas y su historia.
Este libro obtuvo un subsidio del Fondo Metropolitano de las Artes para su publicación. Algunos relatos que aparecen aquí ya fueron premiados: “El ciclista serial”, con el Premio Nueva Narrativa Sudaca Border de la Editorial Eloísa Cartonera. Marcelo Guerrieri también ganó el Premio Nuevos Narradores 2008 del Centro Cultural Rojas y finalista del Premio Nueva Novela Página/12 el año pasado, con una novela aún inédita.


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miércoles, 5 de junio de 2013

"El reglamento", de Pablo Farrés

Reseña publicada en el Litoral de Santa Fé: http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2013/05/30/arteyletras/ARTE-03.html

En temporalidad deshecha

Por Ever Roman

“El reglamento”, de Pablo Farrés. Editorial Letra Viva, 2013

Con El punto idiota (2010) y Literatura argentina (2012), ambas editadas por Pánico el Pánico -una editorial joven, alternativa al mainstream-, Pablo Farrés consiguió un rápido reconocimiento literario. Con todo, sigue siendo un escritor de culto, casi un secreto, aunque cada vez más comentado.
Ahora le toca a la afamada editorial psicoanalítica Letra Viva, que recientemente amplió su catálogo publicando ficción, dar a conocer su nueva novela, El reglamento.
Como los libros anteriores de Farrés, El reglamento es un libro de catadura sencilla pero de interior turbulento. En un gesto dieciochesco, la línea argumental se desenvuelve linealmente, o por lo menos así lo parece, pero esta linealidad va descomponiéndose infatigablemente. Aquí lo que avanza, o más bien se agita, es la maquinaria narrativa, no el argumento. No quiere decir que se presentan escollos o tropiezos, giros repentinos o subtramas (aunque proliferan, porque son inevitables), sino que el fundamento mismo atañe a la idea de progresión. El movimiento se da en una temporalidad deshecha, aunque intente delimitarse con arbitrariedades nombres, descripciones, etc.-, pero que no logran funcionar como coordenadas. No es posible ningún tipo de estabilización, los párrafos se desmiembran, las oraciones se desbaratan, las palabras pierden el hilo que mantiene unida cada letra con una intención de darle un sentido.
Gombrowicz, en Ferdydurke, recuerda toda la locura que conlleva la así llamada normalidad. Farrés se lanza al cuerpo normal de la literatura y des-cubre su descomposición constante, su movimiento ilimitado, imposible, pero terco y por lo mismo se enchastra con sus jugos gelatinosos.
Para esta novela, no es posible una ontología de la literatura sobre la cual sostener cualquier discurso ni el de argumento, o personaje, ni de temporalidad-, sino que acercarse a ella implica asumir, existencialmente, el corazón del no-ser, de la imposibilidad. Es por esto que para el narrador de El reglamento no es viable fundamentar nada. A lo sumo, una esencia de la literatura podría ser el nonsense (“Wacsac o Watsac”, dice el narrador), pero un nonsense sin sonido ni dirigido a nadie como tal, sino falseado, travestido de lógica, de sentido. Entonces, escribir es una forma de instalarse en el delirio de la letra.
Lo más elogiado por la crítica es la poesía que se encuentra en la prosa de Farrés. Esta atención no es gratuita. Se disfruta casi en cada línea.



jueves, 30 de mayo de 2013

“Fricciones”, de Tomás Abraham


Ed. Sudamericana, 2004


Este libro es una genialidad hasta la página 37 (tiene en total 251). Después vuelve a tener por partes páginas interesantes. De todas maneras, Tomás Abraham es uno de los pensadores vivos argentinos más interesantes, al menos para mí (tampoco es que haya leído otro, pero no importa, estoy seguro de que pensaré igual si lo hago, aunque nunca se sabe, de todas maneras no vale meterse con suposiciones).
Fricciones contiene tres ensayos: “Los polacos”, “Aira y Piglia” y “Agujero de cristal”.
En el primer, Abraham se ocupa del tridente literario polaco de la primera mitad del siglo XX: Witkiewicz, Gombrowicz y el maravilloso Bruno Schulz. El punto neurálgico sería (si mal no recuerdo, hace dos meses que leí este libro) un desafío que le planteó, prensa mediante, Gombrowicz a Schulz: algo sobre la forma, G. achacaba a Sch. que se había perdido en los oropeles y como respuesta el genio le decía que sus libros eran más inteligentes que él. Hay muchas otras apreciaciones, especialmente sobre la interpretaciones de la obra de Gombrowicz en argentina, desde Germán García (elogiado, pero remarcando “algunos errores de interpretación”) hasta el pesadísimo de Juan Carlos Gómez, el Goma.
Entre medio hay un aburridísimo alegato pro-Israel, que pudo haberse resumido en una línea, por ejemplo esta: Israel es la única posibilidad de garantizar a los judíos sus derechos como seres humanos, pues hasta ahora ningún país se encargó de hacerlo, etc.; pero que se alarga con cuestiones intrascendentes, de golpe incluso esencialistas: “soy judío, no puedo dejar de serlo, etc.”, relativas a la condición de ser del mismísimo Abraham.
Luego retoma la triada más o menos así: Witkiewicz era un loco (la forma de la que habla es la obra de arte) al que Gombrowicz tenía miedo, Gombrowicz (la forma es el conjunto humano, con sus cultura y demás) es más bien un payaso pero que con la risa no consiguió quebrar la barrera de la forma (etc.). Y por último Schulz, volviendo a la inocencia del narrar y la compasión por el mundo, es quien más lejos va, aún a costa de los reproches de escritores como Gombro y maravillosos cretinos como I. B. Singer (otro absoluto genio, indudable, hermoso).
También hay un recorrido por la historia literaria de Polonia y su importancia para la literatura de occidente en el siglo XX, pero lastimosamente se me extraviaron los puntos relevantes en este sentido, aunque puedo decir que hay muchísimos.
En “Aira y Piglia”, Abraham se dedica razonablemente a menoscabar la impostación de Ricardo Piglia y sus mecanismos para instalarse como referente ineludible en la literatura argentina desde la publicación del bodrio llamado Respiración Artificial. Frente a la idea del discurso literario como oposición a los discursos del estado, contrapone la escritura lúdica de Aira, que como ya sabemos retoma algunos esquemas de las vanguardias históricas para avanzar hacia terrenos del pensamiento que pocas veces se dio en la literatura. Leer a Aira es ir a pescar, dice Abraham, a veces se pesca algo y otras veces es el aburrimiento total, pero lo que se encuentra en ese “a veces” justifica el acto mismo de leer literatura. Estoy siendo demasiado esquemático y epidérmico, pero por aquí va la cosa. También, por cierto, Abraham recuerdo numerosas mentiras de Piglia en el erigir de su torre de marfil, principalmente en lo referente a Plata Quemada, novela que dijo en un principio era totalmente basada en hechos reales, hasta que fue demandado por la protagonista “real” de la historia, por lo que tuvo que cambiar su discurso arguyendo que se trataba de una ficción: total, ya estaban viento en popa las ventas.
Este artículo es muy interesante en la disección que hace de Piglia, pero de Aira repite más o menos lo mismo que se dice en todas partes, con temor de ahondar, o más bien creo yo porque no sabe bien que decir, ¿temor, flojera?
Finalmente el último artículo, “Agujero de cristal”, trata la relación entre Antonin Artaud y su primer editor Jacques Rivière, poeta y editor en los años 20 y 30 de la  La Nouvelle Revue Française. Aparte de algunas peripecias biográficas de estos dos, la tesis se centra en que el catolicismo de Rivière, que le subyugó aventuras vitales, posibilitó sin embargo, gracias a la condición hipócrita de la doble moral católica –esta es una opinión totalmente mía, aunque pienso que aplicable a todas las religiones-, que por un lado prohibía y por otro enmarcaba lo otro para así posibilitar su exploración al menos fantasmática, volviendo así centro mismo del ser, hizo que se volcara con total despreocupación y sin prejuicios a la lectura de la literatura que se producía en Francia en ese entonces. Este milagro de lectora que era Rivière, fue el que guió a Artaud en la producción de lo que serían sus primeros grandes poemas y posteriormente encausó toda la producción siguiente de este poeta.
En fin, mientras Artaud se escribía a sí mismo, Rivière lo leía como literatura. En este desencuentro radical, sin embargo, Artaud pudo escribirse de una manera más extrema y concreta, pero a la vez hizo literatura.
En resumen, Abraham se fricciona con las formas: de la literatura, la cultura occidental, el judaísmo, el artista, el arte, el pensamiento, la biografía, la locura, etc. Y sale bastante bien.
Saludos

martes, 14 de mayo de 2013

epifanía 1

Si los programas de televisión que parasitan de otros programas, como todos esos que viven de tinelli y lanata, se llaman metatelevisión, entonces ¿son parientes cercanos de la metaliteratura?
¿es decir, tinelli y lanata son como borges y lamborghini, por ejemplo, respectivamente?

lunes, 4 de marzo de 2013

“Gongue”, de Marcelo Cohen


Ed. Interzona, 2012


Este fue mi segundo encuentro con la obra de este escritor (leí sin embargo varias traducciones suyas de otros autores, la que más recuerdo es “El dios salvaje”, de Al Alvarez, libro absolutamente genial). La primera vez fue con “El lamento de O’jaral” y me pareció una tortura. Quizá se debió a alguna particularidad mía por aquella época, pero me tomó como 5 meses terminar la novela. Me dolió, el aburrimiento que me produjo me calaba los huesos como la humedad, yo quedaba luego de un par de páginas como expuesto a algún tipo de radiación ácida, deprimido, en fin, no me gustó mucho que digamos. Así que cuando me prestaron esta novela, le puse la mejor voluntad, aunque estaba dispuesto a tirarlo por la ventana si me sentía arrastrado hacia los desbarrancaderos aquellos que tan bien conocí anteriormente. 
Ahora, que atravesé el “Gongue” -o mejor, que me atravesó-, puedo arriesgar una teoría: Marcelo Cohen no debería escribir nunca libros de más de 80 páginas. 
“Gongue” es absolutamente magistral, y lo es precisamente porque está muy sabiamente dosificada. Me explico: la prosa de Cohen es deleitable, como una golosina de excesivo sabor (es posible citar cualquier párrafo para demostrar que es un escritor magnífico, cualquier frase, cualquier contubernio entre de dos palabras que usualmente aparenta un carácter levemente ilícito), como una gran torta de merengue, de digamos 20 kilogramos, que por un proceso químico-cuántico fue comprimida en la geografía de un alfajor. Es imposible soportar 200 páginas (al menos para mí lo es), de espectacular prosa meditada, descompuesta atómicamente y vuelta a recomponer como si se construyera de nuevo el lenguaje en cada línea.
En “Gongue” la historia es mínima. Un hombre, Támper, vigila las posesiones inundadas de su jefe, armado de ciertos aparatos tecnológicos, un lanchón tirado por un animal de seis patas, el instrumento musical conocido como gongue (imaginable como una especie de gong), la celebración de un Dios cabrón y abandonito y sus delirios metafísico-sexuales: Támper es Sor Juana Inés de la Cruz en Woodstock. Sobre el flujo cruzado del Delta, Támper despliega el gongue, que se desplaza reptando sobre las aguas, encabalgado en él su discurso apasionado, senil, perezoso pero inmensamente apasionado.
Cohen inventó una geografía para sus novelas, el Delta Panorámico, que vertebró con una particular semántica. En esta novela, la naturaleza se despliega parsimoniosamente y la humanidad, esa cosa artificiosa, tecnocrático-biológica, ese palabrerío, se adecua a ella contraponiéndole una sonoridad que busca armonizar con ella, pero enfrentándola y a la vez riñendo consigo misma.
Son solamente 80 páginas. Pero la lectura es arduamente sensual, enormemente gozosa. Se me acalambran los dedos en mi intento por evitarle adjetivos elogiosos, pero la verdad es que quiero llenar de loas, vivas, hurras y demás al gongue coheniano.




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viernes, 22 de febrero de 2013

"En la pausa", de Diego Meret

Ed. Mansalva 2009


Intercambio de correo con P.F. respecto a la novela:

12/02/13
e.r.
"Leí el de Meret. La técnica está buena, aunque lo que cuenta es bastante aburrido por trechos, tipo para pensar 'por qué mierda estoy leyendo esto'. Los bichos bolitas y demás. Pero al final, se vuelve muy bueno. El conjunto es de un libro que es interesante (hay que ponerle onda, igual). No sé si la honestidad, o lo que sea, resulte interesante. Muchas partes del libro son completamente ficción, al parecer, pues hay mucho de fantasioso, ¿no te parece?"

14/02/13
P.F.
"A Meret lo leía hace ya un par de años, por lo que no tengo un recuerdo demasiado claro. Pero hay algo que me resulta super interesante: tenes razón la idea de honestidad es un espanto. Remite siempre a la verdad expresada del escritor, o a la relación veraz entre lo que escribe un autor y lo que vivió. Pero lo que quiero decir con el libro de Meret es que me parece honesto en relación a las posibilidades narrativas que el mismo libro plantea. Digo, fijate que el tipo sólo plantea su relación con los libros, pero fundamentalmente –me parece- la relación entre la literatura y la fábrica (el baño en el que lee), es decir: la condición proletaria y la literatura. Después viene todo lo demás, la familia, las mudanzas, y no me acuerdo qué más. Pero me concentro en la relación literatura-trabajo. Meret lo trabaja, digamos, con un tono menor. No se trata de revelar la explotación laboral, sino que él ni siquiera puede ser explotado. Algo pasa ahí. eso está bueno. Sólo los libros, sí, pero el no viene de un mundo de libros, él tendría que estar destinado a la fábrica. Doble imposibilidad. No puedo con el trabajo, pero tampoco puedo con los libros. En esa doble imposibilidad surge la literatura: no es un trabajo, pero tampoco es un libro, ni la sumatoria de libros. Es lo que se escapa. ¿cómo se escapa? Los intervalos de tiempo vacío en la mente del protagonista. Ahí está el agujero. No puedo en ningún lado, pero hay un lugar en el que puedo: en el agujero de tiempo en mi cabeza. Hay un libro de Chejfec que se llama “Boca de lobo” (otro agjero), en el que trabaja también con el mundo de la fábrica desarmando todos los clichés sobre el tema, para concentrarse en la cuestión lúdica del trabajo (asombroso el libro de Chejfec). Bueno, la cuestión Meret. Vuelvo a la cuestión del tono del libro. me parece que es coherente con lo que plantea o planteo yo como doble imposibilidad. Es un tono bajo y una escritura sencilla y fragmentaria que responde más a la dificultad de escribir del agujero temporal que a una estética economicista  o minimalista. Por eso me parece escrito con “honestidad” en el sentido en que el modo en que está escrito es en sí mismo lo que cuenta. No si es verdad lo que cuenta, sino que lo cuenta desde ese lugar raro de estar “fuera de”, fuera de la cultura del trabajo y fuera de la cultura de los libros. Bueno, tampoco me pareció una genialidad, pero me gustó."


18/02/13
e. r.
"No pensé en eso de la imposibilidad de ser explotado. Sí me gustó la escritura en la fábrica, como una imagen de la literatura como puerta hacia la libertad inútil, sin sentido. También el personaje vila-matiano que se armó del escritor por horas en un hotel, con los disfraces. Así como te dije, a partir de la mitad el libro se vuelve buenísimo. Lástima que está lleno de errores ortográficos. El más pesado en ese sentido es "bincha" por vincha, que se repite encima un par de veces. Creo que lo publicaron así como así nomás, y es bastante triste esto. Seguiré pensando en el libro.
Lo que sí, a medida que pasan los días se pone más bueno. Sobre todo la toma de conciencia de que la autobiografía es siempre la autobiografía de un escritor. Y también que la estructura, en apariencia estrambótica, se sustente en el progreso del libro (esto es interesante, y también no lo es, depende del momento en que se lo piense, supongo)"

19/02/13
P.F.
"..."

19/02/13
e.r.
"Dije que iba a pensar más en Meret, pero no me vino nada"

martes, 19 de febrero de 2013

“El peso de las horas”, de Débora Babiszenko


Ed. Pánico el pánico – Buenos Aires, 2012

1
La metamorfosis más famosa del siglo XX es la de Gregorio Samsa. Amanece escarabajo, para algunos cucaracha y para el propio Kafka un animal no definible. En este cuento la transformación se nos escamotea, Samsa ya es, al amanecer, el monstruoso (¿o era espantoso?) insecto. Licaon tarda dos versos en transformarse en lobo ("En vellos se vuelven sus ropas, en patas sus brazos: /se hace lobo y conserva las huellas de su vieja forma" -METAMORFOSIS, Ovidio). Quizá el ejemplo más bello de hombre-bestia sea el de Boris Vian, que invierte los papeles transformando a un pacífico lobo civilizado en una bestia humana (inolvidable el momento en que la bestia-hombre va en bicicleta y sus piernas cambian de golpe a patas y ya no puede pedalear). Pero no solo hay lobos, insectos o murciélagos. Tenemos el caso de Lucio que se convierte en un asno (“El asno de oro”, de Apuleyo) y comienza allí su fascinante picaresca. Y, más que transformación, lo que le ocurre a Jekyll es un desdoblamiento que le permite ser una parte de sí mismo radicalizado en Hyde. Refiero estos casos porque pertenecen a series que se entrecruzan, pero cada una aporta algo particular al tema de la transformación en la literatura: Kafka escamotea la migración de un estado a otro y las razones de la misma; Stevenson radicaliza el desdoblamiento; Apuleyo exalta el carácter accidental que propicia la aventura, la sátira, el delirio; y Boris Vian señala que lo bestial está más bien del lado humano, en la normalidad. En cada caso se resalta el trauma (la herida) del paso de una forma a otra.

2
Voy a procurar hablar de la novela sin denunciar el argumento, pues a fin de cuentas esta reseña se trata de una invitación a la lectura. Diré, sin embargo, un par de cosas para que puedan seguirme: el narrador de la novela es el personaje principal; ella es maestra de historia en un colegio, tiene un alumno favorito, su novio la abandona y en este abandono se lleva todo de ella. Quiero decir: se la lleva.  Así de simple. Lo que queda es una cosa irreconocible. Que para colmo es inestable.

3
“El peso de las horas” trata de una metamorfosis. Y lo hace de una manera original, con aportes insólitos a la literatura de esta línea.
Por un lado, se ocupa del tema de la transformación con una meticulosidad sin precedentes: nos va relatando, página a página, muy detalladamente, lo que le ocurre durante el proceso tanto al nivel físico como intelectual. La novela dura lo que dura la mutación.
Por otro lado, la alteridad no se produce: el cuerpo que nace lo hace por despojo; va siendo dejando de ser lo que era, pero nunca llega a ser el otro por completo, ni da paso a un reconocimiento. Esto suena a trabalenguas, así que me explico: el acento está en la pérdida, primeramente de la diferenciación sexual; el personaje, va adquiriendo ciertos atributos masculinos (vellosidad, como los hombres-lobo) y va perdiendo los femeninos (se achatan sus senos, desaparece su útero), pero no llega a adquirir un pene; es decir, queda en un entremedio que no es masculino y femenino juntos, sino anulación de ambas posibilidades. Es más, el cuerpo se impermeabiliza. Con ello se da una imposibilidad del dasein: el cuerpo se va revelando otro, desconocido –como lo es en el fondo todo cuerpo, lo cual se apunta en los primeros párrafos-, se desorienta la personalidad, hay extravío sentimental, la brújula se deshace y, también, el mapa y la topografía.
No queda qué reconocer, tampoco hay quién reconozca. Y sin embargo aún hay algo. Ahora disculpen, no quiero privarme de la retórica fácil: ese algo es la cuerda que se tensa deshaciéndose con el peso de las horas.
La novela entronca y ramifica ahí: en el intermezzo, en la herida sin mejillas. Lo que hubo antes –una historia de amor- no importa; tampoco el después –la vida nueva, el nuevo ser, ¿en qué se convierte?, ¿un monstruo, en ella misma? Etc.



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miércoles, 26 de diciembre de 2012

"El congreso de literatura", de César Aira

 Editorial Mondadori, 2012
"traducido" por el narrador


"Lamentablemente no tengo el don de la improvisación"
pág. 103


En este divertimento se ponen en práctica varias cuestiones teóricas de la literatura de Aira.
La trama la cuento porque de todas maneras es un poco conocida: un escritor, César, a la vez científico loco, asiste a un congreso de literatura en Mérida, Venezuela, donde intenta clonar a Carlos Fuentes, pero poco antes descifra una incógnita de piratas que lo lleva a un tesoro, que lo vuelve muy rico.
La novela es el memorial que escribe César sobre hechos recientes que le sucedieron en Venezuela. El primer capítulo narra la anécdota del descubrimiento del tesoro, que quizá no tiene importancia en la trama siguiente, pero sirve para dejar asentado cómo funciona la genialidad del narrador, que él define como producto de múltiples coincidencias -culturales, biológicas, del azar- que lo hicieron particularmente apto para llevar a cabo ciertas cosas, que son explicadas en la narración. El segundo capítulo trata del congreso. Aquí César asiste a la representación teatral de una de sus novelas, roba una célula de Carlos Fuentes para clonarlo, encuentra un antiguo amor a través de una joven venezolana, estudiante de Letras, llamada Nelly (que funciona como embajadora de otro amor, Amelia, también venezolana, estudiante de Letras, a quien conoció en un viaje anterior; y Amelia a su vez remite a otro amor aún más viejo de César por una muchacha de su barrio, cuando era adolescente). La clonación de Fuentes sale mal y los acontecimientos de las páginas finales son catastróficos, más o menos como casi todos los textos de Aira: la explosión de la trama, etc.
Pero el narrador no solo cuenta, si no más bien explica: primero establece un concepto, el de "traducción", y en adelante va traduciendo los sucesos, relacionándolos más o menos con otras ideas que se le van ocurriendo, pues el narrador sufre de hiperactividad cerebral. Por lo mismo, los hechos son narrados a la buena de Dios, lo cual es excusado por el narrador en el comienzo del segundo capítulo: «Para hacerme entender en lo que sigue tendré que ser muy claro y muy detallado, aun a costa de la elegancia literaria». En rigor, a la par que traduce, el narrador va tapando todos los baches con explicaciones: cuál es el dispositivo literario que utiliza, cuándo lo hace, qué resultados puede tener tal o cuál decisión, e incluso define rasgos de su literatura y sobre todo se adelanta a prácticamente cualquier interpretación que se pueda tener al respecto. Están, nombrados  por el narrador, en mezcolanza tipo mermelada, los representantes del arte del quiebre, de la resiginificación, del autoposicionamiento y el humor gratuito: Duchamp, el surrealismo, el dadaísmo, el arte conceptual (más que narradas, las situaciones son conceptualizadas y puestas en relación como en una ponencia), Borges, etc. También está presente el armastote conceptual del arte posmoderno: interpretación en perspectiva, el simulacro, la inteligencia como trampa, el pensamiento como un juego de velocidades (deleuzianismo bastante bonito en el libro escrito tipo preescolar), el arte-ciencia, el lenguaje como válvula-vehículo de la "huida hacia adelante" (explicada también), la Gran Obra, el vampirismo de estilos, la improvisación, la desmesura, la progresión vertiginosa, el ovillo de la explicación, y más, todo en cordial tono chapucero. Básicamente, el narrador nos indica que debemos leer sus memorias como esos trabajos escolares en que los profesores miden la capacidad del alumno por el juego dialógico que hace entre conceptos. En un centenar de páginas, el texto se sobresatura de teoría, como de caramelos cuya cantidad excediera la capacidad de la piñata; luego la narración se termina, es decir: explota.
Me reí mucho en la parte de la obra de teatro. Oh, no quiero mentir: 'mucho' es un decir injusto; me reí, simplemente. Me pareció un poco aburrido, en general, el libro. Creo que me sirvió más que nada para 'escuchar-ver' algunos conceptos manejados por la literatura de Aira; está básicamente explicada hasta tapar todos los poros del mundo. Me aburrió porque no hay baches. El relato ("cuento de hadas dadaísta", define el narrador César -el de la novela- a sus obras) no se cae porque no se eleva, permanece en perspectiva, siendo objeto que contiene reflexiones (explicaciones, excusas, sobre todo). Al final, el narrador abandona a Nelly sin un motivo; esto puede pensarse como apertura, pero tampoco había motivos para estar con ella, esa historia no es la principal, ni siquiera adquiere un estatus subsidiario, más bien está para llenar páginas. El narrador nos dice en una parte que "todo está en lugar de otra cosa", es metáfora, etc.
Igual, que el libro parezca aburrido ya es algo contemplado por el narrador, pues es de esos que están a la vuelta de todo.
En otra palabra, el libro incluye su guía de lectura para tontos, de la que conviene no alejarse.
Tal vez lo que hay que hacer (de hecho, casi todos lo hacen) a la hora de comentar un libro de Aira sea lo que Sandra Contreras: repetir lo dicho por él de sí mismo hasta el hartazgo.

viernes, 30 de noviembre de 2012

“Periodismo”, de Sonia Budassi

17 GRISES Editora, Bahía Blanca 2010

Este encantador libro reúne cuatro crónicas sobre el mundo del periodismo; puede decirse que amplía con mayor profundidad las innumerables guías que existen sobre la profesión. Agrega a estos tomos la dimensión trágica, aquella que ciertamente es universal, o al menos compartida en un amplio espectro del mundo laboral del capitalismo.
A su división –capítulos, relatos, wharever- podría emparentársela con los famosos pasos budistas para llegar al nirvana. Iniciación, lucha en mancomunión (¿existe esta palabra?), logros de la perseverancia y la vida más allá del deseo como última puerta transpuesta, en este caso el desempleo.

(Un paréntesis importante: la edición es preciosa, el diseño tan posmo-tapizado es absolutamente agradable a la vista y por supuesto combina con prácticamente toda vestimenta (lo leí en bermudas, jeans, bata, remera, camisa, etc.) y hace resaltar cualquier otro libro que se ponga al lado. También, la tipografía es atinada para la coloración levemente grisácea del papel -puede que el papel no sea gris, sino que yo esté viendo la vida muy opaca-. Incluso el lugar que ocupa el sello de la Gobernación de Bahía Blanca no pudo escogerse mejor.)

El texto más interesante se titula “Nada que hacer” y el menos interesante “Sí, quiero”. Es llamativo que en la negatividad hay mayor fuerza que en la positividad; esto no es baladí. “Nada que hacer” narra los inicios (la primera pasantía paga) de la narradora en el universo de los medios de comunicación, mientras que “Sí, quiero” relata entre otras cosas las artimañas para la obtención de una gran entrevista.
Tenso una cuerda entre estos dos relatos para pararme en ella con un precario equilibrio expositivo.
Cuando la literatura entra en el periodismo, no lo hace solo como retórica, sino como mecanismo de producción de textos, como dispositivo. La literatura relativiza, los géneros, las metáforas, las palabras y las cosas (lo real): todo pasa a conformar el juego de los signos, como elementos para una construcción. En otras palabras, cuando hablamos de periodismo literario decimos que la realidad objetiva y la ficción subjetiva conforman, con una jerarquía cuasi democrática, horizontalista, el plano de lo literario. Floreando más este presunto vocabulario técnico, digamos que al montaje de los informantes con que se maneja el periodismo, la literatura le agrega la dimensión trágica. Leer y escribir periodismo literario es adentrarse en una hibridación cuyo resultado es literatura y a la vez periodismo. Esto no significa que el haya permiso de mentir, inventar, o cualquier otro verbo cuya dimensión moral menoscabe los hechos objetivos.
“Sí, quiero” adolece de lo literario en su acepción más amplia. No se permite ser más que una crónica, lastimosamente obsecuente con los endiosamientos comerciales o mitos establecidos (el gran futbolista), sin substraerlos a su juego narrativo. Permite el paso de lo literario únicamente en su dimensión retórica, para ornamentar mejor a los personajes y las situaciones.
Por otra parte, la desesperación contenida de “Nada que hacer”. En este relato las pinceladas descriptivas no son solo una forma de visibilizar, si no que a la vez cuestionan, complejizan. El manejo de las elipsis –de tipo carveriano- no solo ahorra espacio a la narración, si no que hace que nos perdamos en la consecución de los acontecimientos. Las cosas pasan con una velocidad que al mismo narrador le cuesta seguir. El texto está plagado de “no sé” y de explicaciones ausentes. Hay incomprensión, duda, un no interrogarse por pereza o porque no vale la pena, aptitudes estas que conforman el NO-MANUAL de periodismo; pero que sin embargo son fidedignas e iluminan: quiero decir, no iluminan en un sentido de epifanía –el ejemplo de Carver es resbaloso- metafísica, sino que lo hacen respecto a las cosas narradas, hacia lo que significó ese caso particular de inicio en el periodismo pago: el trabajo impreciso, la inexperiencia, la excesiva buena voluntad, los egoísmos, la esclavitud, el Olimpo de las jefaturas, la imbecilidad, el rating, el tiempo contrarreloj, el arribismo, etc.
“La medida”, el segundo texto del libro, extrema los recursos de “Nada que hacer”, sin caer en la denuncia periodística, pero a la vez sin dejar de serlo. Es precioso este texto. Sin más.
Por último, ya rozando el terreno de las confesiones, está “Los que ser fueron antes que yo”, crónica del despido, la tristeza, el desmembramiento de toda una época (10 años de trabajo en prensa). Esta es una clara muestra de la versatilidad de Budassi. Después de esta crónica de la pérdida de trabajo, es indudable que todos los medios la llamarían a gritos para luego despedirla y que termine escribiendo sobre ellos, haciéndolos famosos, apreciables, magníficos.
En una parte del libro, Budassi dice que teme que se le haya arruinado “el nervio de la buena escritura”. No fue así.


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miércoles, 8 de agosto de 2012

Ariel Idez, entrevista en Revista Tónica




http://revistatonica.com/aira-en-el-centro-del-canon/



Por descontado que Idez es un habilísimo prestidigitador, pero me gustaría destacar dos puntos interesantes que emergen de esta entrevista, y que me parece son fundamentales en la novela. Estos dos puntos son dos críticas a la obra de Aira.
1.) La facilidad, pero más precisamente: el facilismo.
“Se me ocurrió que para escribir una primera novela era más sencillo escribirla al modo de Aira que tratar de inventarla yo solo por mi cuenta.”
“(…)me parecía más fácil escribir una novela aireana que una novela “ideziana”.”
2.) Lo monotemático: fragmento tomado de la novela, “Aira se limitó a crear el procedimiento (…) Una vez construida la máquina, puede poner a cualquiera a operarla. Y el procedimiento está ahí, multiplicado en sus novelas, como el algoritmo al que todas ellas se sustraen”

viernes, 3 de agosto de 2012

"El espíritu de mis padres...", de Patricio Pron

Título completo: «El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia»
Ed. Mondadori, Bs. As. 2012


Disfruté mucho de la lectura de este libro, contra todo pronóstico, pues me habían que era excesivamente cursi y lleno de clichés, sin embargo no me pareció completamente así, pues precisamente lo sentimental es lo que le da fuerza al libro, y no cae en lo cursi, aunque sí en algunos clichés propios del género de memorias del hijo que rescata al padre del olvido, un poco a la manera de Pinocho salvando a Gepetto, o como el personaje del Viaje español, de Horacio Vázquez Rial -uno libro bueno de un autor de opiniones lastimosas, deprimentes, sobre política, un autor de derechas cuyas posiciones escandalizan precisamente por el padre que tuvo, aunque quizá no debería hablar de esto, pues no sé mucho, salvo algunas notas leídas de él y algún par de intentos, fracasados, de volver a leer una novela suya-, y sobre todo La invencion de la soledad, de Paul Auster, a pesar de tener una temática completamente diferente; las similitudes que cito no incluyen el estilo literario, sino el gesto del hijo y un poco el tono intimista, de hijo que se acerca un poco culpable a la figura en gran medida desconocida del progenitor, desconocimiento debido en gran parte por la falta de predisposición del hijo y no así tanto del padre; podrían citarse numerosos libros similares, pero no vienen al caso, más todavía porque no pensé en ninguno mas mientras leía esta novela de Pron. Me gustaría leer otro libro de Pron, ¿alguien me lo presta? Me doy cuenta de que perdí bastante la capacidad de comentar libros, hace mucho que no entro a esta página, leo varias cosas pero no se me ocurre nada que decir sobre ellas, salvo en el momento en que estoy leyéndolas y las ideas me asaltan la cabeza, explotan, revelaciones, epifanías, fantásticas lecturas comparativas, filosóficas, etc., como me pasó con esta novela, pero como no las anoto, como tampoco anoté las impresiones que me iba causando este libro, pronto olvido todo, olvidé todo lo que quizá se me ocurrió sobre esta novela, estoy seguro de que se me ocurrieron muchas cosas, y también estoy seguro de que me gustó mucho leerla, hace una semana, aunque ahora mire el ejemplar y me cause una espantosa indiferencia y casi no recuerde de qué trata, salvo que el narrador consumía algunas drogas psiquiátricas, ni idea para qué, creo que no lo menciona en el libro, o si lo menciona no queda claro, o posiblemente yo haya salteado la página en que lo explica, accidentalmente, se me debió correr el señalador, se mudó de página, quién sabe, estas cosas pasan, ojalá no haya sido así pues pude perderme algo importante, importantísimo, crucial, iluminador; también recuerdo que había una receta de cocina, de un pastel, que anoté en alguno de los papeles que tengo en la cocina, para probarla después, seguramente me habré parecido delicioso el pastel, se me habrá hecho agua la boca, con la comida siempre estoy muy predispuesto, soy abierto, prácticamente no tengo prejuicios, ya probaré la receta pues la tengo anotada por ahí, entre otras recetas, cuando me toque leerla de vuelta, quién sabe cuándo, tal vez en unas semanas, o meses, la prepararé, y probablemente ya no recordaré de dónde salió y no tendré la amabilidad de agradecérselo a Patricio Pron, escritor cordial, que comparte recetas de cocina, estos gestos siempre son adorables en los escritores, pocos los tienen, pienso en Balzac, a quien respeto precisamente por eso, por explicar, sorprendiéndonos, maneras de hacer una salsa, una buena taza de café, sin que sus libros sea precisamente recetarios de cocina, sino que esas recetas vienen como un plus, gratuito, como esta receta en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, magnífico gesto de derroche de amabilidad, consideración y aprecio a los lectores, ejemplo a seguir, los conmino, por todos los escritores, en lo posible, para mejorar la literatura.



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martes, 20 de marzo de 2012

"La última de César Aira", de Ariel Idez

Ed. Pánico el Pánico, BsAs 2012


Una vez Ariel Idez nos contó que había dado a leer su novela al mismísimo César Aira. La respuesta del ilustre escritor de Pringles, tras leerla, fue la siguiente, según relata Idez:
«le dedicó un elogio borgiano: 'Muy instructiva –dijo– parece una novela mía, pero escrita en prosa'

Quizá sí hubo intención de tributo, gesto de amor, algo por el estilo, en el proyecto de la escritura de Idez, no tengo dudas, para escribir una novela al estilo del escritor de Pringles. Lo que en definitiva no creo que haya habido en ningún momento -por más que le quieran decir borgiano-, es un atisbo de elogio en las palabras de Aira; sino más bien iracundia, desesperación, ¡desamparo absoluto! ¿Qué otra cosa si no puede hacer que un escritor -que suele hacer gala de sentido del humor campechano e ironía refinada- caiga tan bajo como para emparentarse sin intermediación con la poesía? "Tu libro no tiene poesía, como sí la tienen los míos", es el reverso de lo que le dijo a Idez; o bien: "Solo yo sé hacer poesía", o acaso: "Por más que me copies no podrás hacer poesía", etc.
En este novela no hay imitación de un estilo, sino suplantación de un autor por otro.
El proyecto de Aira es una revisión de la vanguardia, del modernismo, del gesto más que la obra, cuya consecuencia no es una obra -o al menos no su objetivo- sino el propio acto de hacerla, el mecanismo de fabricación original que crea autor, y esto lo convierte en sujeto artístico, o más precisamente en un su-gesto artista: un nombre, una firma. Aira puso de moda nuevamente el mito del autor, lo re-vivió. Lo que labró su obra, su resultante, no fueron 70 o más novelas, sino al César Aira sí mismo, ¡el propio!
Y aquí es que el gesto de Idez fue un acto completamente destructivo, un atentado terrorista desde los cimientos. El mingitorio de Duchamp no es solo un mingitorio, sino la mano del artista estampando su firma, y con este acto se crea a sí mismo -y re-crea el arte moderno- y transmuta un simple mingitorio en la obra más influyente del siglo. Imaginensé que algún cuidador de museo, un estudiante, una maestra aburrida, va hasta la sala en que está expuesto el Mingitorio de Duchamp, se saca del bolsillo un marcador indeleble, tacha el nombre de Duchamp y ¡pone encima el suyo! ¡Sacrilegio! ¡Transmutación de la transmutación! ¿Qué veríamos si vamos, por ejemplo, al museo en que está expuesto este mingitorio y vemos allí una firma que dice: ¡J. Wachovsky, Mariela González o Igor Popov! O todavía peor: "Fabricado en Pilar, Prov. de Buenos Aires"
Lo que hizo Ariel Idez fue precisamente eso: desadjetivó la novela de César Aira y la transmutó estampando en ella su firma. Desalojó al escritor de Pringles y lo mandó quién sabe dónde. Como si le hubiera dicho: no hay autor, solo hay un estilo -mingitorio- al que le pusiste tu firma, pero ahora allí está la mía.


miércoles, 14 de diciembre de 2011

La inquietud de sí. Apuntes de lectura de “¿Cómo no pensar en mí?”, de Matías Pailos

por Pablo Farrés

1) Cómo no pensar en mí, es el título de la novela de Pailos. Es un buen título que permite dos posibles lecturas. Una, la del ensalzamiento del sujeto: no hay nada más importante que pensar en mí mismo. La otra posibilidad es la de entender el título en relación a una condena. Entonces la pregunta “¿cómo dejar de pensar en mí?”, sería una pegunta no retórica que exigiría y clamaría por una respuesta: cómo hago para dejar de hacer esto que me es dado, cómo, de qué forma salir del atolladero de mí mismo. En este sentido, entonces, no puedo dejar de pensar la novela de Pailos sino sobre el fondo de una dramaticidad originaria. No el de la subjetividad si no el del desfondamiento de la subjetividad: quién, qué subjetividad, exige el modo de salir de la propia subjetividad.

2) ¿Cómo no pensar en mí? Es una buena pregunta. Digo, hay algo de mal entendido cuando hablamos de la literatura del yo. Hay protocolos de lectura demasiado pegados a ciertas escrituras de la experiencia (humilde, chiquitita, histérica, depresiva, maricona) que iluminan una parte de la narrativa de los años 90 y que todavía continúa hoy. Personajes abandonados, engañados, heridos, por la pareja, por la familia, o por lo que fuere, que sufren de un modo mediano, edípico, el paisaje social del capitalismo postindustrial. Una literatura a la espera de nuevos sacerdotes que justifiquen el dolor generacional. En este sentido, hubo y hay una captura de la escritura por parte de la cultura. La pregunta de la novela de Pailos es cómo, en el centro del yo, se da la fuga que la cultura no puede capturar.

3) Entonces, evidentemente no se trata de una novela sobre el yo. Pailos escribe una novela que es un diario autobiográfico, corriendo el riesgo de ser leída justamente como la novela de un diario autobiográfico. Pero no es otra novela acerca de la subjetividad o de los recovecos sentimentales de una subjetividad herida. Se trata más bien del proceso de desubjetivación de la escritura, de cómo la experiencia de la escritura señala la imposibilidad, diría el umbral, de toda experiencia subjetiva.

4) Comencemos por algún lado. En el capítulo 4, Pailos, el narrador, hace la primera mención a su trabajo. Es un filósofo becado que investiga acerca de los mundos posibles y contrafácticos. En principio esos mundos posibles surgen en la cotidianeidad de Pailos, y lo hacen en el continuo de “los peores errores posibles”: siempre se elige la chica que no se debe elegir, se elige hacer lo que sabemos que irremediablemente se hará mal, se elige subir en ascensor cuando el ascensor evidentemente se va a romper, digo, todo hubiese ido mejor si hubiéramos elegido otra cosa. Sin mundos posibles no habría error de nuestra parte. Simplemente haríamos lo que nos está dado hacer. Pero nos condenamos al error porque los mundos posibles acechan todo el tiempo. Pero aquí hay un punto central en la novela de Pailos, el mundo posible que más nos interesa no es aquel en el que el mundo que conocemos ya no es el mismo (pienso en la ciencia ficción), sino ser otro en un único y mismo mundo, radicalmente otro. Digo que es un punto central porque la mera posibilidad de ser radicalmente otro nos transforma por enteros en un error. Nuestra subjetividad como el error que la posibilidad de ser otro ilumina. Un error que termina desnudando la arbitrariedad de lo que somos. Somos un error porque estamos condenados a ser otros que nunca podremos ser.

5) El error desnuda la nada, al menos la arbitrariedad, la máscara y la farsa, de aquello que llamamos yo. Pailos escribe un diario autobiográfico en el que no hay nada que escribir. En el cap. 6, dice que no se banca pasarla tan bien. En el cap. 7, al regreso de unas vacaciones en Chile, plantea que decir que la pasó bien es no decir nada, “decir nada es algo que soporta mal”, dice Pailos. Una y otra vez, lo que Pailos hace se reduce a la nada cotidiana. En muchos capítulos se obsesiona con la película “El ladrón de orquídeas” que trata sobre un escritor al que le es imposible escribir el guión de una película que terminará versando sobre un guionista que no puede escribir el guión de la misma película. En algún momento Pailos dice que el problema de la película es que no pasa nada y que su solución es evitar que no pase nada. La película existe, la podemos ver. El libro de Pailos existe, lo podemos leer. Pero de algún modo ni la película ni el libro existen como película y libro, no existen como obra, como cosa cerrada. No tienen fin porque no alcanzan el estatuto de obra. Son más bien un ir hacia la obra para no alcanzarla. Un ir hacia el yo, ir hacia la narración autobiográfica. Pailos escribe para la obra y hacia el yo, pero se olvida de la obra y del yo, se concentra en el “para”, en el “hacia”, un devenir hacia ninguna parte, una potencia que se preserva como potencia en cuanto logra el milagro de la no efectuación.

6) La autobiografía de Pailos como sabotaje de toda autobiografía, entonces, se deja arrastrar por la lógica de la espera. En principio la vida de Pailos es la de la espera: espera una beca, vive esperando algo de su pareja, algo de sus amigos. Siempre entonces a la espera de los otros. Pero no sólo está a la espera, sino que más bien él mismo es la espera. Esa es la única subjetividad que se juega en Pailos, la nada de una espera radical, tan radical que cuando eso que espera finalmente llega, llega en el modo del desastre. Pero la espera radical no es Pailos sino la escritura, el modo que la escritura autobiográfica encuentra para no realizarse en la obra. Se escribe porque se espera, pero no se espera nada, se espera únicamente preservarse en la espera, para aplazar constantemente aquello que le de fin a la propia espera.

7) Lo mismo se le juega a Pailos a nivel de la construcción de la frase. La cantidad de paréntesis que existen en cada párrafo no es más que el despliegue de esa lógica de la espera radical.

8) Pero la espera deteriora. Es muy difícil bancarse la espera como espera radical. A Pailos comienza a paralizársele el brazo izquierdo. Comienzan los mareos. Algo está empezando a reventar en ese cuerpo. Pailos ya no es Pailos. Está dejando de serlo. Porque de algún modo la nada no es solo una nada, la nada produce, la nada también trabaja y hace explotar. Entonces Pailos se encuentra escribiendo sobre un Pailos que Pailos ya no es. Escribe sobre otro –sobre él mismo, en el modo de ya no serlo. Pero ese segundo Pailos, el Pailos del que se escribe es también otro Pailos que no es más que el mero escribir sobre un tercer Pailos que no es más que el ejercicio de escribir sobre un Pailos que escribe. Desde entonces el diario sigue escribiéndose, sin Pailos. Pailos encuentra que el diario ha sido escrito por otro Pailos, desde otro mundo, desde otro mundo posible. Ya no hay error.

9) La cuestión entonces es cómo soportar la escritura autobiográfica como un medio inútil que no pretende ningún fin y que se sostiene como pura potencia. Esa nada de la escritura autobiográfica ya no es la nada cultural de los 90, sino la nada de un yo que se fuga de sí mismo, que no alcanza a ser nunca plenamente yo, que no se cierra en ningún acto ni en ninguna obra, sino que se duplica una y otra vez, se duplica y dispersa, se encuentra siempre como otro, se desfonda y ya no hay captura que detenga la fuga, porque la pregunta que moviliza la escritura de Pailos, digo la pregunta acerca de qué subjetividad exige salir de la propia subjetividad, ya es la propia fuga.

10) Entonces los vemos, Pailos comienza a encontrarse con los otros Pailos y todo se acelera. Los otros Pailos están ahí, en todas partes, acechando, persiguiendo, ahogando, la fuga se multiplica. A esa altura ya vale decirlo: Pailos escribió la novela de una fuga psicótica. En el contexto de una literatura que hace veinte años se dedica a contar el mismo cuentito neurótico, no es poco darse un paseo por los bordes.

11) Una última cuestión: Hay una novelita francesa escrita en el siglo XVII, que de algún modo funcionó como contraparte del Quijote. La novelita se llama Meditaciones Metafísicas. Ahí desde donde Don Quijote se va para pasear un rato por el desierto, ahí es dónde Descartes pretende llegar. Uno viene y el otro se va, pero en el medio, entre uno y otro está el camino, digo la narración, digo el lenguaje, más bien el ser de lenguaje, que tan bien hemos sabido atrapar en la máquina burocrática de la filosofía y la literatura. Un lenguaje que en alguna parte ha perdido el punto de llegada y el punto de partida para hablar en el vacío hablándonos, hablándonos en términos de yo. La pregunta es qué se hace con ese lenguaje, o más bien, qué nos hace ser ese lenguaje, o quizás a dónde nos lleva ese lenguaje. O acaso la pregunta es si eso importa. El yo no es el problema, al lenguaje poco le importa eso que llama yo.