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lunes, 4 de noviembre de 2013

“Un drama de caza”, de Anton Chejov

Editorial Lectorum. México 2002
Traducción de Sergio Pitol

Los géneros son un modo de lectura. Podemos leer en clave fantástica los textos con pretensión realista y como realistas los cuentos de hadas, etc. Esto es sabido. Así como hizo Cervantes con los libros de caballerías, muchos autores soñaron con hacer un Quijote de los libros policiales, el género literario más popular del siglo XX*.
Hacia 1884 Anton Chejov se aventuró con una novela de este género. Fue publicada en un periódico de segunda fila a manera de folletín que posteriormente desapareció de circulación, hasta que en 1923 fue publicado nuevamente luego de que un editor la encontrase en ejemplares del desaparecido periódico. Históricamente, “Un drama de caza” significó dos hechos relevantes: fue la primera novela policial rusa; por otra fue la primera mirada vanguardista hacia el género, y en este sentido lo cierra al generar la primera parodia, aún antes que “Fantomas” (1911), de Marcel Allain y Pierre Souvestre. No sé si ésta afirmación es correcta, carezco del rigor científico para afirmar que anteriormente no se haya abordado el policial desde un punto de vista paródico, etc. En cualquier caso, hay que consignar una evidencia: las vanguardias no se interesaban por los géneros per se, sino por el arte y por sus mecanismos de legitimación. “Fantomas” no habla solo de crímenes misteriosos o cosas por el estilo, sino que con humor macabro descalabra la moral de una época.
Un caso más próximo en geografía y tiempo es el “Nick Carter…” (1975), de Mario Levrero. En esta novela se exalta el procedimiento del policial clásico: incógnita/misterio; tazas de té; criminal tipo Moriarty; una especie de Watson plegable; el imprescindible detective cerebral, pero con un ligero inconveniente: en vez de una inteligencia analítica, lo que tiene es una mentalidad esquizofrénica. Por lo mismo, todo se va a la mierda. Todo, excepto los procedimientos técnicos del policial más duro. En cualquier caso, “Nick Carter…” sigue la estela de “Fantomas”, con un giro perturbador la narración se pliega y despliega cuánticamente, hacia vericuetos cada vez más raros, sin perder sin embargo la linealidad más clásica. Como el relato de una pesadilla tragicómica. Encima, el narrador interlocuta con el personaje, consigo mismo, es impersonal y apenas puede le habla al lector.
Este enfrentamiento bifronte a la novela policial -al nivel de los personajes estereotípicos, y al nivel de la trama y la narración-, que la pervierte, creo que ya está en Chejov.
Por un lado, tenemos narrador doble: un editor de periódico recibe un manuscrito de parte de un misterioso hombre apuesto, que le dice que lo lea y si puede lo publique, que todo lo allí contado es real, etc. El editor enmarca, tipo sándwich, la historia: incluso se da el tupé de acusar al narrador de ser el artífice del crimen. Además, cuenta quién es el criminal apenas pasadas dos páginas. Cuando leemos la novela manuscrita, ya no le creemos nada al narrador de la misma, pues el editor ya nos dice: ese es el criminal, etc. No hay lo que se dice un develamiento paulatino de la trama, si no la espera, al pasar página tras página, de la evidencia que acredite la aseveración del editor. Este dato esperado hace que la novela ya no pueda ser leída como un policial, sino como una cosa rara, una impostura. Para colmo, el editor agrega notas al pie donde explica que borró algunas partes que le parecieron falsas o innecesarias. En otras palabras, nos allana el camino en dirección hacia dónde él apunta. Lo que leemos, por tanto, no es solo el manuscrito, sino la lectura-reescritura del editor. Por tanto, tenemos un doblez. Además, se sostiene en vagos tópicos góticos: castillo, bosque, pasión sexual, tormentas, nobleza, etc. Y en una pintura de personajes decadentes: borrachos, locos, mentirosos, estafadores, putas, etc.
Hay crimen, pero la investigación está totalmente falseada. Además, como queda dicho un poco más arriba, no se da siquiera la mínima oportunidad al lector de que saque sus conclusiones. Quizá debamos decir que el manuscrito y demás son invenciones del editor, pero no sé a cuenta de qué.
“Un drama de caza” es un policial, digamos, pero rarificado, retorcido, genial. La novela tiene 138 años pero parece haber sido escrita estos días, por un autor con lo mejor del Dostoievski cómico y la prosa impostadamente gótica y llena de pliegues de Julien Gracq. Y la planificación de un demente. Abre el camino a “Fantomas” y a “Nick Carter…” y llena de telarañas los Agatha Christie, P.D. James y el resto de la cohorte maloliente de los autores clásicos del género más popular del siglo pasado, hoy recauchutado nuevamente por la moda editorial.





* ”-Mi teoría –explicó- es la siguiente: la novela policial representa en el siglo XX lo que la novela de caballería en la época de Cervantes. Más todavía: creo que podría hacerse algo equivalente a Don Quijote: una sátira de la novela policial. Imaginen ustedes un individuo que se ha pasado la vida leyendo novelas policiales y que ha llegado a la locura de creer  que el mundo funciona como una novela de Nicholas Blake o Ellery Queen. Imaginen ese pobre tipo se larga finalmente a descubrir crímenes y a proceder en la vida real como procede un detective en una de esas novelas. Creo que se podría hacer algo divertido, trágico, simbólico, satírico y hermoso.” (Ernesto Sábato, “El túnel”)




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domingo, 24 de marzo de 2013

"Las damas de San Petersburgo", de Nina Berberova

Ed. Circe, 1995

El libro lo componen dos relatos, dos historias de mujeres, ambas ambientadas en los periodos iniciales de la revolución rusa del 17 – entre las fechas un poco anteriores e inmediatamente posteriores del triunfo de la revolución, en el primero; y en los periodos de estabilización de la misma en el segundo.

“Las damas de San Petersburgo”
Una muchacha casadera, Margarita, llega con su madre a un pueblo. Se instalan en una posada cuyo dueño es médico. Estamos en plenas escaramuzas entre el ejército zarista y el bolchevique. Nada es estable ni se sabe dónde irán a parar las cosas.
De repente, muere la madre de Margarita. Se escuchan estampidas de batallas lejanas. El médico sugiere enterrar sin mucha vuelta el cadáver, antes de que empiece a apestar, pues hace calor. Un carpintero mujik pide una fortuna por el ataúd. El médico negocia, mirando con altivez y desprecio al carpintero, pero este lo retruca llamándolo “camarada”.
Hay rabia hacia los burgueses por parte de los campesinos del pueblo, pero también lástima. Y los burgueses sienten miedo de los campesinos y sin decirlo ruegan compasión. Sin embargo, a pesar de en cierta manera quererlo, no se rebajan a sentimentalismos: no es el momento.
Margarita termina enterrando a la madre en el jardín de la posada, porque el cementerio está lejos, no hay quien transporte el cadáver (los campesinos están en otra, ya no pueden ser sirvientes).
Podría reducirse este cuento su claves simbolistas: el cadáver de la madre, apestando ya como la burguesía zarista, Margarita extraviada y sin privilegios de clase como toda su generación y la ascendencia de antiguamente desclasados, siervos, a la insólita condición de ciudadanos. Pero Berberova no deja pasar que se trata de personas, débiles, vacilantes, inseguras, en cierta manera incapaces de asumir la enormidad de lo que estaba ocurriendo en ese momento y que sin embargo asumirán, un poco fatalmente.

“Zoia Andreiévna”
A Zoia se le desgarraron los bajos de la falda y la pluma del sombrero se le rompió, además, lleva las ojeras excesivamente pronunciadas. Estos hechos, aparentemente triviales, los siente con más gravedad, con mayor carga trágica, que el haber perdido los bienes y privilegios de su anterior clase social. Los habitantes del pueblo al que arriba ven en ella, en sus ropas raídas y su cuerpo agotado y polvoriento, los brillos, aunque opacados, de refinamiento de la cultura burguesa, de los antiguos amos, en suma, de ese mundo misterioso que desconocen. La miran con una mezcla de envidia y repugnancia.
Las aventuras de Zoia se enmarcan en el momento de acoplamiento entre el viejo orden y el nuevo. El relato nos ilumina las formas de la decadencia y el aplastamiento, así como también las formas en que se asienta la revolución. Podría decirse, en fin, que es el relato del cambio de una estética por otra, con el dolor y la alegría que es implica. Como siempre, la prosa de Berberova, sin contemplaciones ni flojera, es magistral.


Berberova observa los detalles que alteró la revolución rusa: la vestimenta, el polvo, las telarañas, así como los nuevos brillos, las nuevas reglas de comportamiento social (palabras que surgen y se asientan, otras que desaparecen). Y también, sobre todo, la culpa. Si bien los del antiguo orden matarían a los bolcheviques sin parpadear, quizá, si pudieran, saben que no tienen a su favor ninguna ley divina, ni racional, ni nada. Les es doloroso haber caído, pero en cierta forma presiente que eso tenía que pasar.



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viernes, 8 de marzo de 2013

“La peste negra”, de Nina Berberova


Ed. Circe - Barcelona 1989
Traducción de José Manuel Álvarez-Flores

Este libro reúne 3 relatos: “La Peste Negra”,” La Capa” y “En Memoria De Schliemann”. Simplemente, para sacarse el sombrero, o el kepis, o por le menos peinarse el jopo.

1
“Me da absolutamente igual vivir
en un sitio que en otro, en realidad.
Me gustan las impresiones nuevas,
alivian el dolor que llevo dentro.
¿Y no desea eso todo hombre?”
Pág. 84

Si un diamante tiene la ‘peste negra’, quiere decir que un punto oscuro, una partícula de carbón ya visible se ha originado en su interior. Este fenómeno se produce en millones de años, y el resultado es que el diamante ya no vale nada, pues está manchado, apestado, es impuro.
El relato de Evgenii Petrovich, exiliado ruso en Paris, empieza cuando recibe el visado para emigrar a Estados Unidos. Para conseguir el dinero necesario, va por los pendientes de diamantes que le pertenecieron a su ex-mujer y se entera de la desgracia: algo que ocurre en extensísimos periodos de tiempo, le había pasado a él, a su diamante, en solo una década de viudez.
Empieza entonces una aventura para conseguir el dinero, que consisten en compartir su piso con una mujer, también rusa, muy bonita, bailaría, con la condición de que se hagan pasar por pareja y así esta mujer, previo pago de un monto, podrá quedarse con el alquiler del piso cuando EP se marche. Desde aquí, tras una pausa de más de una década en Paris, EP retoma la búsqueda del sitio ideal, del paraíso, y para llegar a él desprecia las distracciones –mujeres y amor, en este caso-, que se le presentan.
La Peste Negra es la que tiene el hombre contemporáneo: el desarraigo de cualquier sitio, la imposibilidad de pertenecer a ningún lado. Esta peste es una condena que desde su nacimiento estuvo gestándose, pero recién en el siglo XX se mostró, se evidenció. Evgenii no lo vive como una maldición, sino que lo asume con una especie de melancólica alegría. Se inventa un lugar propio, incluso quien lo espere, y va tras  ese ideal, siempre está yendo, sin poder detenerse.
Para Nina Berberova, la historia de Rusia y lo que ocurrió con los numerosos exiliados durante la revolución, son excusas para hablar de la vida.
El tono es de fábula, un poco Dinesen, e incluso el Nabokov de la primera época, aunque más atemperado. Hay una escena maravillosa en que EP pasea en barco con una mujer. El barco se adentra en el océano en plena oscuridad. Ambos desconocen dónde están yendo, cuándo volverán, dónde están; apenas pueden distinguirse estrellas y el olor salado del mar. Sin embargo, o por eso mismo, se sienten completamente felices.

2
“Me daba miedo la vida y creía en ella.
Quería algo grande y me sentía muy
pequeña. Siempre llegaba la primera
y no me necesitaba nadie”
pág. 89

Sasha es obrera textil en Paris, donde vive como puede, luego de abandonar Rusia con su familia. Allí recuerda su vida, desde su infancia en Petersburgo. Si hay algo en el que don literario de Berberova brilla, es en el comentario de la infancia: sus golpes bajos, su desesperación y su vaguedad.
Sasha tiene una hermana, llamada Ariadna, que aparte de tener un ojo de vidrio es muy hermosa y está llena de ganas de vivir pasiones sensuales, pero le toca hacerlo en plena revolución rusa. Sin embargo, Ariadna huye con un dramaturgo de segunda o tercera fila, ya casado, se hace actriz y posteriormente, aún joven, es comida por la enfermedad, anónima. Sasha huye a Paris con el padre, aún siendo niña. Pero antes, vive con curiosidad la miseria de la vida de los burgueses y nobles, que habían caído a pique en la revolución. En su casa se instalan obreros y ella y su padre, son confinados al living. Una condesa ayuda a Sasha a fregar los pisos, mientras le cuenta las épocas alentejueladas de su vida social de una década antes.
Luego, ya en Paris, donde esperaban recuperar glorias pasadas, el país de la libertad, solo ven su antiguo piso de Petersburgo trasplantado en los suburbios de la ciudad luz, neblinosa, húmeda, pobre y fría.
Para Berberova Rusia es la infancia, es lo que se pierde (como el título de un libro de Alejandra Zina que tengo muchas ganas de leer), el paraíso de los románticos. Más que un país, es un estado de alma. Fuera de allí solo hay adultez mediocre, miserable, estúpida, bruta. No hay luces en Paris, solo paredes sucias y resquebrajadas. En otras palabras, Rusia es una metáfora. Por eso, sus relatos, son universales: no importan tanto las circunstancias descritas, sino más bien la disposición del mundo enfrentada a la vida.

3
“En vez de aquella costa libre, aquella
última niebla que envolvía la esperanza,
había otra ciudad más”
pág. 180

Un contable de una ciudad del futuro –no muy lejano-, obtiene tres días de permiso. Emprende un viaje en pos de una playa. Por mientras, planea una organización social que resolvería los problemas de superpoblación del planeta, un poco bastante parecido a lo que está sucediendo ahora: horarios laborales que cubran todo el espectro diurno y nocturno, y toda la semana de cada año, para que los que están trabajando den espacio a los que están paseado, y viceversa. También, pues habían instalado recientemente en su empresa una máquina de planeamiento vital de los empleados, divaga sobre los efectos positivos que tendría sobre la humanidad el someterse completamente a un sistema que regule completamente cada actividad mínima, inclusive el pensamiento.
Mientras va pensando estas cosas, el personaje viaja, en colectivo primero, luego en tren, y finalmente a pie, hasta esa playa que nunca aparece. En todo su trayecto solo ve ciudades y más ciudades, gente entrechocándose, yendo y viniendo, coches, en fin, no ve lo que se dice terrenos abiertos, descampados, puesto cada rincón ha sido urbanizado. Entonces, olvida un poco sus divagaciones y se embarca en una aventura desesperada por alguna playa, cualquiera, pues la que le habían recomendado no existe –contaminada, imposible siquiera estar en sus orillas-. Le comentan de la existencia de una costa marítima y allí se dirige. Llega a una ciudad costera, repleta de veraneantes como él –por cierto, hace un calor espantoso en todo el cuento-, cruza el centro, plagado de restaurantes, llega hasta la playa, donde es imposible caminar con libertad por la cantidad de gente. La playa resultar ser algo así como los andenes del subte: hay que esperar el turno para avanzar un paso en hora pico. Con paciencia, el personaje va acercándose al agua, hasta que puede meterse. Nada un buen rato, hasta que, por fin, ve espacios libres, terrenos sin ciudades, solo agua y niebla.
Este relato tiene parentela: pienso por ejemplo en “Bilenio”, de Ballard, y “Gelatina”, de Levrero, que describen ciudades en que no hay un metro cuadrado libre de gente. Ciudades como estadios de fútbol repletos. Los personajes ya no se sientan oprimidos y quieren huir, sino que están más bien rendidos, entregados. Cada uno de estos relatos plantea algo particular. En Berberova, el personaje sigue buscando ese lugar ideal, esta vez sin ciudades nuevas. El peregrinaje de los desterrados, de los emigrantes existenciales, está lleno de ciudades que no duermen y que son indiferentes entre sí; hormigón y cemento, y más hormigón y cemento: es lo que se acumula, piedra sobre piedra más que experiencia vital; sitios en vez de lugares, cosas así.

En resumidas cuentas, “La peste negra”, es un libro excelente.



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jueves, 18 de agosto de 2011

"fiesta de la nostalgia de la Unión Soviética"


«Un importante ejecutivo (ruso) petrolero organizó una "fiesta de la nostalgia de la Unión Soviética" en un castillo de las afueras de París en verano de 1994. La ironía era espectacular: conmemoraba el sistema cuya caída le había granjeado un patromonio inconcebible. Alrededor de la fuente del jardín de la mansión, campesinos franceses vestidos de agricultores de colectividades soviéticas de los años treinta daban vueltas en tractor.
Los altavoces emitían canciones heroicas de la época soviética que exortaban al proletariado a incrementar su productividad. Debajo de las batas verdes y los uniformes del Komsomol soviético con los que iban disfrazados, los invitados vestían ropas de los diseños más costosos. En el vestíbulo les daban la bienvenida una hoz y un martillo cuidadosamente colocados entre dos enormes pabellones que cubrían la mayor parte de la fachada del castillo. En el interior, entre las fuentes de champán y las rayas de cocaína dispuestas y listas para esnifar, circulaban mujeres con unas minifaldas que dejaban ver sus nalgas, que de vez en cuando se contorsionaban al son de Defensores del sitio de leningrado y otros himnos. Los retratos y bustos de Lenin, Stalin y Breznev parecían contemplar con desprecio la bacanal antiproletaria que satirizaba su memoria.»

"McMafia. El crimen sin fronteras", de Misha Glenny
Ediciones Destino. Barcelona 2008.
Traducción de Joan Trujillo
pág. 86-87

domingo, 20 de marzo de 2011

Mikhailov, según Golenistchev


«–¿Dices que conoces a ese Mikhailov?
–Le he visto una o dos veces. Es un hombre original sin ninguna preparación, uno de esos talentos vírgenes que tanto se ven ahora, ya sabéis, de esos librepensadores que desde el principio hacen profesión de ateísmo, de materialismo, la negación de todo. Antes –prosiguió Golenistchev, sin dejar que Ana ni Vronski pronunciaran una palabra– el librepensador era un hombre educado en el respeto a la religión, a la ley, a la moral, que no llegaba a serlo sino después de muchas luchas interiores; pero ahora poseemos un tipo nuevo, los librepensadores que presumen sin que jamás hayan oído hablar de leyes morales ni religiones, que ignoran la existencia de ciertas autoridades y no poseen más que el sentido simple de la negación, como los salvajes. Mikhailov es de estos. Hijo, según creo, de un mayordomo moscovita, no ha recibido ninguna instrucción. Después de pasar por la Escuela de Bellas Artes y adquirir alguna reputación, ha querido también instruirse, porque no tiene nada de tonto. Para eso ha recurrido a lo que le parecía fuente de toda ciencia, es decir, los periódicos y las revistas. Antaño, si alguien (un francés, por ejemplo) quería instruirse, ¿qué hacía? Estudiaba a los clásicos, teólogos, dramaturgos, historiadores, filósofos. Ya veis la enorme tarea que le aguardaba. Pero en nuestro tiempo todo se ha simplificado. Se lanza uno a la literatura subversiva y se asimila rápidamente un extracto de esta ciencia. Hace una veintena de años, esa literatura conservaba todavía huellas de la lucha contra las tradiciones seculares, y por lo mismo nos enseñaba algo de lo que era aquello; mientras que ahora nadie se toma siquiera la molestia de combatir el pasado. Se contenta con negar resueltamente: no hay más que evolucionismo, selección, lucha por la existencia…»

“Ana Karenina”, de León Tolstoi
Editorial Bruguera – Barcelona, 1978
Traducción de Alfredo Santiago Shaw y Leoncio Sureda (1963)
Pág. 431





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sábado, 20 de febrero de 2010

“La Acompañante” y “El Lacayo y la Puta”, de Nina Berberova



Ed. Seix Barral. 1993
(Reimpresión de Compañía Editora Espasa Calpe Argentina S. A.)
Traducciones del francés:
La acompañante, por Enrique Sordo
El lacayo…, por Carolina Rosés


1
A unos les toca más oportunidades que a otros, no hay más. Y les irá mejor. Así son las cosas de la vida. No hay explicación para tal injusticia. Solo hay que tragar y sonreír.
Sonechtka crece pobre en San Petersburgo, hija de una profesora de piano que ocultó un embarazo de soltera con un alumno, para no perder la clientela. Cuando la niña nació, ella lo cuenta, pues el relato es su desgarradora voz, nadie se enteró. Hizo la madre como que estuvo enferma un tiempo, y cuando volvió, por el chismorreo, las amistades se distanciaron. Sonechtka creció sola, con una vieja criada, el piano, algún que otro alumno que persistía, y fue al conservatorio a hacerse pianista como la madre. Pasa esto y aquello y estalla la revolución rusa: los personajes secundarios de un drama, los tan secundarios que no tienen siquiera una línea de parlamento, viven sus conflictos ajenos al argumento de la obra. Sonechtka es un personaje secundario de la historia de Rusia, y más: se descubrirá personaje secundario de su propia vida.
Luego de tocar con un músico popular, a instancia de su amor adolescente, Mitenka, músico tarado, nabokoviano, consigue trabajo como acompañante al piano de una cantante, esposa de un comerciante rico: María Nikolaevna Travina.
Cuando entra a la casa de esta mujer, descubre que su vida es una putada y que la vida de otros tiene muchos grandes ingredientes para ser hermosa. Y queda encandilada con la cantante:

«Tiene diez años más que yo y, naturalmente, no lo oculta, porque es bella y yo no. Ella es alta, tiene un cuerpo sano y robusto, que se ha desarrollado natural y libremente. Yo soy bajita y seca, tengo una apariencia enfermiza, aunque nunca he estado enferma. Ella tiene cabellos negros y lisos, recogidos en un moño sobre la nuca; yo tengo los cabellos claros, sin brillo, y los corto y los rizo lo mejor que puedo. Ella tiene un rostro redondo y hermoso, con la boca grande, una sonrisa de inexpresable encanto y unos ojos negros con reflejos verdes; yo tengo los ojos claros, la cara triangular, con los pómulos salientes y los dientes pequeños y espaciados. Ella se desplaza, habla y canta muy segura de sí misma, y sus manos acompañan sus palabras y sus movimientos, calmosamente, ecuánimemente, y conserva en ella una especie de calor, de fuego –divino o diabólico-, y siempre dispone de un sí y un no concretos. En cambio yo, siento que, a veces, se forma a mi alrededor una brumosa nube de incertidumbre, de indiferencia, de aburrimiento, en la cual me estremezco como se estremece un insecto nocturno en la luz solar antes de quedarse ciego o inmovilizarse. Y cuando las dos aparecemos en el estrado –ella, delante, radiante de salud y de belleza, sonriendo y saludando sin esfuerzo, sin nada desacompasado, y yo detrás, con el vestido siempre ligeramente arrugado, un poco desecada y saludando también, inclinándome y procurando que las manos estén en su sitio-, cuando aparecemos las dos, yo me digo: “Bueno, ¿qué más quieres ahora, en esta vida? ¿Arreglar tus cuentas? ¿Tomarte el desquite? ¿Cómo? Y por otra parte, ¿contra quién? Hay que someterse, no replicar, ser más fluida que el agua, más baja que la hierba. En la vida de aquí, no hay arreglos de cuentas. En cuanto a la vida futura… ¡esa vida no existe!”»

Los estragos que los bolches causan en los burgueses, llevan al marido y la cantante a París, y con ellos, de acompañante siempre, va Sonechtka. Viven entre exiliados, la mujer canta y deslumbra y cada día Sonechtka la odia más. Hasta que un día le descubre un amante: un ruso que vino tras la cantante, loco, encendido y firme y anónimo, de Petersburgo a Moscú, de Moscú a París. Sonechtka descubre el café donde los dos amantes platónicos se miran durante horas sin decirse palabras ni ir a un motel. Y allí Sonechtka descubre el sentido de la vida: el desquite.
Pero el desquite no existe, etc. Y todo ocurre sin Sonechtka, a pesar de ella, indiferente a ella.
Un relato maravilloso.

2
Segunda novela:
Con una prosa agridulce, como ciruela amarilla, Berberova nos cuenta la historia de Tania, una chica bien, hija de un funcionario que un año antes de la revolución es destinado a Siberia, recientemente viudo. Allí estalla la guerra y huyen a Japón, que queda cerquita.
Tania tiene una hermana mayor que está buena y es libertina, a la manera de Choderlos de Laclos, y un día esta hermana consigue un ligue pasable, amor y propuesta de matrimonio incluidos, con el inconveniente que a Tania le gusta el muchacho. Entonces un día Tania…:

«Se fue a su casa, un domingo, hacia las diez de la mañana. Él acababa de vestirse y andaba con los pies descalzos por la habitación (más tarde se vio que tenía esta costumbre).
-Me siento muy feliz, Tatiana Arkadievna. Halagado. ¿A qué debo este placer? –dijo él sonriendo, mientras con sus grandes manos blancas le acercaba una butaca.
Ella llevaba una pelliza y un sombrerito de piel y miraba con asombro los pies limpios y desnudos.
-He venido por una apuesta –dijo, no sabiendo aún como resultaría la cosa y dando diente con diente-. He hecho una apuesta conmigo misma.
Él se echó a reír.
-Conmigo misma… -repitió, sin darse cuenta de que Tania estaba turbada.
-Mire –dijo de pronto ella con voz sorda, y abrió completamente su abrigo.
Las medias terminaban en unas anchas ligas de satén (compradas el día anterior), debajo, un pantaloncito de batista con volantes rizados, sujeto por unos lacitos; y no había nada más sobre el cuerpo de Tania. Su piel suave, extraordinariamente suave, tenía un reflejo azulado, los pezones y la sombra bajo los senos eran anaranjados. Se quedó durante algunos instantes sin moverse, con las piernas apretadas y una media ajustada más arriba que la otra. Y de pronto, hizo un gesto… No se acordaba de dónde lo había sacado; seguramente de Maupassant, o de Krinitski, o quizá del autor anónimo de alguno de los libros devorados en San Petersburgo. Pero lo esencial venía de ella. Con gemidos y mohines expresó a Alexei Ivanovich una pasión que había aprendido en sus sueños.»

En resumidas cuentas, se casa con este Alexei, hurtándoselo a la hermana. El tipo hace un par de negocios y deciden hacer la vida en París, donde el idioma japonés (?) podía serle de utilidad a Alexei, además de la experiencia que tenía en comercio. Sortean la distancia y un día o tarde o noche están en la capital francesa y la cosa no resulta para nada sencilla: más que japonés había que hablar francés; los rusos ricos del exilio son copados siempre y cuando el que los visite les reporte dinero; el resto de los exiliados rusos malviven la miseria. Con decir que Alexei, en una escena tristísima, muere loco, rebosando resentimiento e indignación.
¿Qué puede hacer Tania para sobrevivir? No sabe hacer absolutamente nada, si descontamos lo de ser sexi y atrevida y todo eso. Consigue, gracias a una amiga, trabajos esporádicos; sobrevive en un hotel. Una tarde pide prestado plata a su amiga y se compra ropa y se paga una cena en un restorán de rusos ricos: jugando el cuerpo como botinera de los años veinte, está segura que allí encontrará meneándose un poco algún ricachón que la proteja, etc. Pero en el restorán no pasa nada. Ya no está tan buena, pasaron los años, es una tipa con cara de sufrimiento.
Sin embargo, el mozo que la atiende se muestra amable. Es un hombre mayor, también ruso, con manos amarillas de cigarrillo. Conversan y viven un romance; es decir: mejor es nada, concluye Tania.
El mozo la mantiene como puede. Tania, poco a poco va acumulando bilis, haciéndose la tontita.
Por su parte, el mozo tampoco tiene una mejor historia: fue soldado del ejército blanco, y como nunca tuvo dinero en el exilio le fue peor. Apenas plata para pagarse el hotel, su familia en otro país europeo, hija que no ve hace años, edad avanzada, reumas, etc. Pero encontrar a Tania es para él un regalo del cielo. Se enamora. Hace esfuerzos sobrehumanos para conseguirle los caprichos, esfuerzos que Tania, por supuesto, no es capaz de ver.
Un día que Tania había pasado sola, rumiando su rabia en la cama, encuentra un arma del mozo. Y decide darle un final digno a su drama.

3
Conclusiones:

Las mujeres de Berberova la pasan realmente mal. No debe ser nada bueno que empiece una revolución y se lleven toda la plata de tu marido.

Lo in:
El recurso estilístico: un manuscrito comprado a un librero por Berberova, que contiene la historia de La Acompañante, narrado en prólogo conciso e impecable, a pesar de ser un poco fantasioso.
Las escenas de erotismo contenido, la mirada impía hacia los personajes, la prosa frenética y serena a la vez, cruel y dulce; y la paciencia imperturbable al narrar, cinematográficamente, hasta que en un arranque incontenible brote la poesía iluminando la página.

Lo out:
Realmente aquí está todo ok.




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sábado, 30 de enero de 2010

El exilio, según Nabokov

«En la gente mayor que ha sido arrojada fuera de las fronteras, ya no de su país, sino de su vida, la nostalgia evoluciona hasta transformarse en un órgano complejo que funciona incesantemente y cuyas secresiones compensan lo perdido; o bien se transforma en un tumor cuyo efecto sobre el alma es fatal, y torna doloroso el acto de la respiración y el del sueño y aun el contacto con extranjeros dichosos..."



Vladimir Nabokov, del relato "LIK"
"El tiranicida", Ed. Sudamericana, Bs. As. 1976
Traducción de Carlos Gardini





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jueves, 3 de diciembre de 2009

Corazón de perro, de Mijail Bulgákov

Juan Goyanarte Editor, Buenos Aires 1973.
Traducción del francés por Berta de Tabbush



"La tormenta llega hasta el portal,
gritándome su plegaria de los agonizantes
y yo grito al mismo tiempo."
pág. 5


Es una época que queda bien ser un poco marxista, casi todo el mundo es un poco marxista, y los marxistas, bien mirado, no están nada mal, está bien el marxismo, arreglará los problemas del mundo. Así le va a latinoamérica, sacándose el polvo abyecto de la derecha, y hasta la literatura quiere ser un poco marxista, o al menos de izquierda, como si tuviera brazos, en fin, con Marx y Petras, con Abimael Guzmán Reynoso y los Jemeres Rojos, con Lenin y Platón y Todo, parece que el marxismo está floreciendo en Latinoamérica, y también Lugo quiere ser un poco marxista y eso está bien. Bulgakov vio cuando Rusia estaba volviéndose marxista y le pareció bien, como a los cubanos de los 60. Marx tiene la barba más larga que Matusalén. ¡Qué bobos los marxistas! Creyeron que la barba era marxista, ¡pero la barba de Marx es la barba de Shylock! El capital debe leerse en clave levítico, y se lee así, y es, hay que decirlo, ¡un libro tan sabio! Decía Althusser, en su introducción al capital, que los burgueses no podrían leer este libro, pues están genéticamente condicionados a no entenderlo. Y bien, siempre he sido pobre y lo he entendido por completo. De cabo a rabo, y es oscuro e iluminador, todo eso, etc. Sin embargo, entender a los marxistas-stalinistas, ni Marx. Pues Bulgákov lo intentó también y en un intento de comprensión los parodió. Novelas, teatro, un montón de textos, casi todo quemado por los comits, pues su espejo no les gustó mucho. A los estalinistas no les gusta el espejo. Marx usaba barba para ocultar la cara. Lenin bigote y Stalin era petiso. Qué antipático Lenin. La antipatía, como la barba, es la máscara universal marxista. El universalismo, esa cosa esplendente, teoría magnífica, uno no puede más que admirarla. La revolución, por suerte, no es solo marxista, y, por suerte, Marx existe a pesar de los estalinistas, y uno puede usar barba sin dramatizar el asunto, por puro hobbie. Bulgákov no le cayó bien a Stalin. Fue aporreado, humillado, maldestamisado, blochisado, tsvietaievaisado, beberovisado, etc. Como Haroldo Conti por los milateres, como Walsh, como Lorca, Reinaldo Arenas, José Asunción Flores, Ken Saro Wiwa, Janusz Korczak, Raúl Rivero, Pasternak, muchos, demasiados. El marxismo es universalista, ergo totalitarista. No puede uno cagarse en solo unos pocos, ¡hay que cagarse en todos! Marxismo clásico, claro, pues hay los que no son así, pocos, pero son. El totalitarismo marxista es una puta mierda. Bulgakov lo vivió. Es Nazi. Castrista. Es Bush, Obama. Bin laden. Nambré. Entonces Bulgákov hace que un médico le ponga testículos e hipófisis humanos a un hermoso perro llamado Bola. Es un perro noble, puro corazón, que sabe de la miseria, perro lumpenproletario, es un perro para el que Marx escribió el capital y que por decencia no se hubiera hecho nunca marxista-estalinista. Hubiera leído a Malatesta, Giordano Bruno, a Bakunin. Víctor Raul Haya de la Torre. ¡A Mariátegui! Incluso a Oscar Creydt, para pasar el rato. Pero bueno, le tocó el pre-estalinismo ruso que era ya estalinista. Y tenía humor el perro. Y se convirtió en un perfecto imbécil, aunque, eso sí, puro stirneriano. Hasta que poco a poco es "educado" por los miembros del comite anti lumpenproletariat. ¡El perro es el pueblo ruso! Lame la mano del amo, y lo llama Dios, porque este le da un pedazo de pan, ¡un chorizo! El perro es el prole latinoamericano, ergo el perro prole es E. R. También he peleado por mi pedazo de chorizo. Por un trabajo de telmárketer he mamado unas cuantas vergas. Mamar vergas es un gran atajo para vivir con el alquiler pago. El hombre puta, el objeto de deseo capitalizado benjaminiano, el propaganda en sí mismo, la mujer igual, perfect@ paraguay@ en Buenos Aires. Es más, ¡es la imagen d@l porteñ@ en Buenos Aires! Toda persona normal chupa vergas o se deja chupar. Pero no todo el mundo es marxista, por suerte, pues los marxistas primero te harían participar del comité anti-lumpenproletariat y esto sería una mierda. Bulgakov, decía, hace que un médico, como un demagogo iluminado, dé chorizo a un noble perro prole y lo opere. El perro empieza a cambiar fisiológicamente. Se vuelve un hombre, un imbécil, vienen los del comit, etc. Todo mal. Hay una parábola, un mensaje, y es que el corazón de un perro es siempre más noble que el de un marxista (estalinista).
Es un libro dulce, sabio, de agradabilísima lectura. Casi tanto como el capital.


"-Chist, chist, pequeña bola, pobre bola, ¿por qué gimes, quién te hizo daño?
pág. 9



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miércoles, 21 de octubre de 2009

"Zoia Andréievna", de Nina Berberova


«Desde el primer momento en que Zoia Andréievna había llegado a aquella casa, ambas habían sentido que la vida que hasta entonces habían estado llevando se había visto perturbada. Intuyeron que habían caído, probablemente, en una zona de la existencia, que en medio del movimiento general, de la inquietud general, les había llegado el momento de vivir, de actuar. Todo lo que las rodeaba estaba a la espera de un final, y por lo tanto también ellas se dispusieron a esperar. Algo les decía que no eran solo dos, ni tres, ni cuatro; que eran infinitas en innumerables las mujeres que blandían agujas o espumaderas, y que se encontraban presas de una sed generalizada de odio y destrucción.»

"Zoia Andréievna", de Nina Berberova. Plaza & Janés, 1988. Traducción de Selma Ancira. Págs. 57 y 58.


Este párrafo es particular; primeramente por la osadía de conjugar (reprobable al traductor, quizá, o bien a la misma escritora) cuatro veces el verbo haber en un solo párrafo, dejándolo extravagante y cacofónico, y segundamente porque aquí se resume la trama del libro y una visión de la vida de la rusa. Las mujeres son tan jodidas como la guerra, muestra la autora, pues son las que más saben de la guerra por estar permanentemente en un estado similar a la pasión bélica. Una revolución es una cosa fea, pues uno pierde posesiones y cuesta un montón conseguir cosas como maquillaje o buenos camarones. Esto hace que durante una contienda se creen variedad de historias paralelas. Nina nos cuenta una así, de una tipa ricachona pro-ejército blanco, ex-rica, que viene huyendo de su ciudad sitiada por los boches, y termina en un pueblo transitorio y allí enferma y caput. Pero antes de caput, se hospeda en una casa que se convirtió en hotel precisamente por las persecuciones de los ricos. Allí hay un estudiante temeroso de ser reclutado, único hombre: símbolo de masculinidad en tiempos guerra: miedoso, desgarbado, puramente egoísta, incapaz de ver lo que pasa alrededor de él. Y también cuatro mujeres: una pendeja endemoniadamente bruja, una viuda de mente corta, la hermana, puramente movida por la impresión que puede causar en su círculo de relaciones (el hotel, en este caso), y una chica con aires de puta rabiosa y llena de rabia por la vida que le toca, sin joyas y glamur y todo eso. Las cuatro mujeres se ponen a expresar toda su rabia hacia esta chica, Zoia, que se hospeda con ellas; viéndola como símbolo de lo que nunca pudieron alcanzar: libertad de movimiento, autosuficiencia, posición social, elegancia, etc. Y esta Zoia, es una ingenua que lo único que quiere es su amor, cuyo nombre no sabemos, pero que podemos asocias al antiguo bienestar económico y social de que gozaba antes.
Es un cuento lindo, no hay que decir. Es una narradora erotizante la Berberova. Y es apasionante, escribe con un corazón enojado e hipnótico. Habrá sido increíblemente atractiva. Bueno, quiero decir, si no fuera escritora, pues los escritores no se caracterizan precisamente por ser atractivos. Hay un par, es cierto, pero no hacen gran cantidad.
En fin, que Nina quedó enojada con los bolches porque le sacaron lo que tenía, plata quiero decir, pero al intentar escribir esta historia cometió el error de elegir personajes mujeres. Pues las mujeres son más jodidas que la guerra, eso todo el mundo lo sabe. O al menos es un rumor poderoso. Convincente.
En fin, hay que aclarar que las mujeres son más interesantes que la literatura.
Y también que no hay que decir seguido eso, pues podría mal interpretarse.
Digamos que la literatura de las mujeres es muy interesante.
¿Escribía en bombachas Nina?
Quizá se ponía el lápiz en la boca mientras se acariciaba un pezón, para inspirarse...





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miércoles, 14 de octubre de 2009

exaclamó Razumikin, sacudiendo y apretando las manos de las dos damas...

«¡Me gusta cuando mienten! La mentira es el único privilegio del hombre sobre los demás animales. ¡A fuerza de mentiras se llega a la verdad! Soy un hombre, porque miento. No se consigue ninguna verdad antes de haber mentido por lo menos catorce veces, o quizá ciento catorce veces. ¡Pero nosotros no sabemos mentir! Miente tanto como quieras, pero hazlo a tu manera y te cubriré de besos. Mentir a la manera de uno mismo es casi mejor que decir la verdad a la manera de los demás. ¡En primer caso, eres un hombre; en el segundo, no eres más que una cotorra. ¿Qué hacemos todos ahora? Todos, sin excepción, hacemos ciencia, progreso, reflexión, inventos, ideal, deseos, liberalismo, razonamientos, experiencia, y en todos los terrenos, en todos, en todos, estamos sólo en clase preparatoria. Se encuentra placer en contentarse con el espíritu de los demás. ¡Tengo razón? ¿Es o no verdad lo que digo?»


Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoyevski.
Editorial Bruguera SA, 1964. Traducción de Julián Alemany Zaragoza. Página 184.



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sábado, 10 de octubre de 2009

pensaba Raskolnikov, alejándose...

«¿En dónde he leído yo -pensaba Raskolnikov, alejándose-, en dónde he leído que un condenado a muerte, una hora antes de la ejecución, pensaba que si tuviera que vivir en cualquier parte, en la cima de una roca, sobre un espacio tan estrecho que pudieroa colocar en él solamente los pies, rodeado de precipicios, en medio del océano, aislado en tinieblas eternas y soledad infinita; si tuviera que permanecer allí, derecho sobre un pie cuadrado de superficie, durante toda su vida, mil años, una eternidad, preferiría vivir de este modo, antes que morir? ¡Todo a condición de vivir, vivir, no importa de qué manera, pero vivir! ¡Gran verdad! ¡Dios, qué gran verdad! ¡El hombre es un miserable...! Y miserable es también el que, por ello, lo trata de miserable», añadió un instante después.


Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoyevski.
Editorial Bruguera SA, 1964. Traducción de Julián Alemany Zaragoza. Página 145.


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