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domingo, 6 de abril de 2014

globo de oro

Perelá habla con el poeta:
«- (...) La poesía, señor Perelá, es un mundo, un globo todo él de oro, solamente de oro, del que no se acuña, y es el poeta, en el Parnaso, quien lo insufla con su aliento divino. Y lo prepara para el ascenso celestial. ¿Qué es el arte? Saberlo insuflar hasta hacerlo transparente para que se eleve con ligereza y rapidez, hasta hacerlo incandescente para que todo el mundo lo pueda admirar, para que todo el mundo lo vea.
-¿Y usted asciende con él?
-¿Un cuerpo extraño? ¡Válgame Dios! Si yo me agarro, adiós al invento, se queda en la tierra para siempre. Cuando lo he insuflado bien, me despido de él, yo me quedo en el Parnaso.
-Supongo que vigila usted su globo para que no le entre nada mientras lo insufla.
-No le quepa duda, un solo granito de la más simple materia le impediría el ascenso. Puede parecer que dentro de ese globo deslumbrante hay algo, y sin embargo no hay nada. Conseguir el vacío es el arte sublime del poeta.»

Perelá habla con el crítico:
«-¿Y se lo enseña insuflado o todavía sin insuflar?
-¿Qué?
-El globo.
-Me lo enseña insuflado.
-¿Y usted tiene que subir con el globo?
-No, sube él, solo faltaría eso, yo no me muevo ni un milímetro, tengo un catalejo. ¿Conoce el catalejo de la crítica? Es el más largo de cuantos existen y el más plegable. Lo llevo en el bolsillo del chaleco: mire»


"El código Perelá", de Aldo Palazzeschi

jueves, 24 de octubre de 2013

la irreparable fuga de Giovanni Drogo

«Tendido en el camastro, fuera del halo de la lámpara de petróleo, mientras fantaseaba sobre su propia vida, a Giovanni Drogo lo asaltó repentinamente el sueño. Y mientras tanto, precisamente esa noche —oh, si lo hubiera sabido, quizá no tendría ganas de dormir—, precisamente esa noche comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo.
Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas, y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.
¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.
Así se continúa andando en medio de una espera confiada, y los días son largos y tranquilos, el sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.
Pero en cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también.
Cierran en cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar. Pero Giovanni Drogo en ese momento dormía, ignorante, y sonreía en sueños como hacen los niños.
Pasarán días antes de que Drogo comprenda lo que ha sucedido. Será entonces como un despertar. Mirará a su alrededor, incrédulo; después oirá un pataleo de pasos que llegan a sus espaldas, verá la gente que, despertada antes que él, corre afanosa y se le adelanta para llegar primero. Oirá el latido del tiempo escandir ávidamente la vida. A las ventanas ya no se asomarán risueñas figuras, sino rostros inmóviles e indiferentes. Y si él pregunta cuánto camino queda, ellos señalarán de nuevo al horizonte, sí, pero sin ninguna bondad ni alegría. Mientras tanto los compañeros se perderán de vista, alguno se queda atrás, agotado; otro ha escapado delante; ahora ya no es sino un minúsculo punto en el horizonte.
Detrás de aquel río —dirá la gente—, diez kilómetros más y habrás llegado. Pero nunca se acaba, los días se hacen cada vez más breves, los compañeros de viaje más escasos; en las ventanas hay apáticas figuras pálidas que sacuden la cabeza. Hasta que Drogo se quede completamente solo y aparezca en el horizonte la franja de un inmenso mar azul, de color plomo. Ahora estará cansado, las casas a lo largo del camino tendrán casi todas las ventanas cerradas y las escasas personas visibles le responderán con un gesto desconsolado: lo bueno estaba detrás, muy detrás, y él ha pasado por delante sin saberlo. ¡Oh!, es demasiado tarde ya para regresar, detrás de él se amplía el estruendo de la multitud que lo sigue, empujada por idéntica ilusión, pero aún invisible por el blanco camino desierto.
Giovanni Drogo ahora duerme en el interior del tercer reducto. Sueña y sonríe. Por última vez llegan a él, en la noche, las dulces imágenes de un mundo completamente feliz. ¡Ay! Si pudiera verse a sí mismo, como estará un día, allá donde el camino acaba, parado a la orilla del mar de plomo, bajo un cielo gris y uniforme, y a su alrededor ni una casa, ni un hombre, ni un árbol, ni siquiera una brizna de hierba, y todo así desde tiempo inmemorial...»


"El desierto de los tártaros", de Dino Buzzati
(Trad. de Esther Benítez)
Ed. Hyspamérica 1985
pp. 50 - 52

sábado, 8 de diciembre de 2012

"La cebolla", de Antonio Moresco



Editorial Melusina (sic), España - 2007
Trad. Piero Dal Bon y Albert Fuentes 

Una pareja llega a una ciudad (cuyo nombre el narrador, quijotescamente, omite), entre trabajadores. Se instalan en un monoambiente que antiguamente fue una cocina. En la cabecera de la cama, todavía queda una pegatina que representa una cebolla. Ahí pega la oreja el narrador, para escuchar lo que cuchichean sus vecinos. Mientras tanto, la mujer escucha música con auriculares, que el narrador siente salir de la vagina de ella, por lo que cada tanto cambia la ubicación de la oreja: va de la cebolla a la vagina de su novia, y cada tanto a la ventana desde donde se escucha trabajar a los basureros y a unos obreros que están remodelando el edificio. Otras actividades del narrador: cogerse a su mujer, atormentarse por una perpetua erección y calentura, cuidar a sus tortugas, caminar por la ciudad donde se encuentra paranoicamente caras conocidas por todas partes (incluso en la television) y sentarse en bancos de plaza a mirar palomas, otras parejas, niños y madres. Los únicos nombres son los de los vecinos de el otro lado de la cebolla, Tato y Tata, a los que el narrador espía e intenta intimidar con sus proezas sexuales.
Mezcla de pornografía, delirio persecutorio y un homorismo petrificante, "La cebolla" explora novelísticamente tanto los límites del lenguaje como del erotismo, que a fin de cuentas son lo mismo. Para ello, prescinde prácticamente de lo anecdótico: salvo la mecánica del coger que con pocas variaciones va desplegándose página tras página.
La mujer del narrador es la que trabaja y consigue el dinero. Apenas llega a la casa, se pesa en una balanza, desnuda, luego escucha música con los auriculares, y cada tanto -para horror del narrador-, y menstrúa, y se masturba haciendo chapotear los dedos en los líquidos de la vulva, y se abre de piernas, o bien se pone boca abajo, o a horcajadas, o se sienta sobre el narrador, para dejarse penetrar por la boca, la vagina y el culo, o bien lo masturba a él, que puede golpearla, darle órdenes específicas, siempre guiándola a ella que obedece con a veces alguna queja que sin embargo no impide la reacción positiva a las palabras de él; y tiene orgasmo tras orgasmo, o no tienen ninguno, pero no puede parar de estar excitada. El narrador vaga, o bien por la mecánica sexual, o bien por sus tormentos existenciales, que son mínimos, ya que prácticamente no implican pensamiento: básicamente, la contingencia exige de él una reacción fisiológica: eyacular, caminar, limpiarse la verga, comer, alimentar a sus tortugas, escuchar tras la cebolla, ver a la mujer pesarse desnuda en la balanza, o bien mirar lo que ocurre en las calles. No hay reflexiones, solo descripciones, detenidas estas en minucias detalladamente relatadas.
Me gustaría un montón detenerme en varias cosas sobre este libro, plagado de subrayados y apuntes míos, pero es sábado y son las once de la noche y me da pereza.
Lo que sin embargo quiero apuntar es la aventura que implica seguir los derroteros de la adjetivación de Moresco. Nunca el sexo deja de ser fisiológico, terrestre, volcánico: no hay sobredimensionamientos metafóricos, es más, no hay metáfora, sino solo aproximaciones descriptivas: el coger para sí. Otra cosa, las referencias a la naturaleza, como fiel lector de Levy-Strauss (Tristes trópicos), encuentra lo familiar en los deshechos humanos: condones usados, basura, exploción sexual. Todo el mundo está cogiendo, aunque parezca estar hablando, regando las plantas, mirando por una ventana.
¿Qué significan las palabras cuando ponen en escena su materialidad? ¿O el sexo, o la vida? ¿Más que el estar pasando? ¿O encebollándose, oliendo, mezclándose? Se detiene en esto Moresco, y nos erecta de una risa espasmódica.
Es tan triste que no haya más libros geniales. Pero a la vez, gracias a esto, podemos disfrutar más intensamente algunos como este.
En fin, saludos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

“El volcán”, de Antonio Moresco




Ed. Melusina, 2007 (impreso en España)
Traducción del italiano de Piero Dal Bon y Albert Fuentes


La primera parte la componen dos panfletos: El país de la mierda y la cortesanía (Notas contra Calvino) y La forma y la muerte.
El primer panfleto establece una serie de tics nerviosos de los escritores actuales de Italia (perfectamente extrapolables a la literatura en general); por un lado arremete contra la tendencia de reducir la literatura a una conversación entre textos, lo ve como una patología que separa la humanidad –es decir, la imposibilidad de una comunicación real, más allá de la publicitaria- de la literatura. Al respecto dice: “la literatura es el paraíso” de la comunicación. Calvino sería el profeta de esta literatura sin “dimensión trágica”, “lobotomizada”, que trabaja con la idea de puzle y la “ilusión gregaria de los saberes y acumulación de saberes”.
¿Por qué Calvino? Principalmente por el testamento que dejó en Seis propuestas para el próximo milenio, tomadas como una orden a seguir a rajatabla por los escritores y como manual de uso práctico para editores. Calvino traza una división entre escritores de “fuego” (viscerales) y de “cristal” (intelectuales). Moresco apunta la falsedad de esta división en el segundo panfleto, contrastando las figuras de Pasolini y Calvino, cada respectivamente representante de estas dos tendencias.

El primer indicio de falsedad, señala Moresco, está en punto de partida de esta división: la idea de que le literatura es reductible y clasificable a un mínimo común divisor tan básico como el escribir desde el corazón o el cerebro, la forma o el contenido, el cuerpo o el pensamiento. Pasolini olvida la forma en sus arrebatos románticos, desordenados y ‘mal escritos’; Calvino monta estructuras que se intercomunican con otras, pasadizos, organiza selvas verbales, etc. ¿Es posible esta dicotomía? “No podemos existir sin una forma mortal”, dice Moresco.
Pero el blanco principal de Moresco no son Pasolini y Calvino, sino la industria cultural montada en las premisas de ambos.
Para fundamentar su crítica, Moresco basa su ataque en un concepto de lo verdadero como deseo fuerte, disruptivo y orgánico (Nietzsche), contra las verdades débiles, producto de voluntades y deseos débiles. La crítica de Moresco es política y ética.

“¡Le verdad no existe! Pero aún así no quiero mentir”
Pág. 71

Ve en los escritores actuales mucha obsecuencia ante la industria cultural, obscena obediencia al gusto mercantil, conformismo cultural, y su escritura como el trabajo de un jardinero bobalicón y superficial (ordenar flores por colores, expurgando la mierda que hace de abono y los insectos en constante guerra contra la vegetación). La conciencia de los escritores, dice Moresco, se ha vuelto débil; su proceder se basa en “operaciones teóricas de identificación con el agresor”: la institución cultural, la empresa editorial, la moda. El escritor ha pasado de ser una bestia de estilo a una bestia del espectáculo, se ha vuelto una bestia de peluche. Incluso actitudes en un principio disruptivas se han vuelto programáticas: lo no-acabado reducido a género, el escribir rápido y negligente en algo mediático, performativo, etc.

En el capítulo siguiente, compuesto de Páginas de diario y Dos escritos, hace una observancia que apuntala los huecos dejados por los requerimientos totalitarios de la nueva literatura, o literatura actual posmoderna, gozosa de su fracaso, complacida en su fin.

‘¿Qué haré cuando todo arde?’
En otras palabras: ¿qué escribir cuando ya todo fue escrito? El calco literario, la epigonalidad culta, interrelación de textos, diálogos entre autores o confrontaciones, el laberinto, etc. ¿Y ahora que eso ya fue hecho? La comunicación publicitaria, el artista artificialmente feliz, la funcionalidad, la higiene, la clonación, lo analgésico. ¿Qué pasa cuando el arte ha sido superado? ¿El fin de la historia?
En este apartado, Moresco narra en un diario, mientras visita (¿vacaciones?) una playa donde hay un volcán, sus reflexiones sobre estos temas, la tv, los animales y, también, la esperanza, qué esperar, qué se puede hacer con la espera. 
Volver al caos, a los agujeros, ver pero después de pasar por “la experiencia de la ceguera”, perderse en el laberinto. Rechazar el fin y rechazar a su vez el comienzo; estar en el flujo, montar una nave espacial defectuosa y repleta de perforaciones para atravesar la tormenta de meteoritos en el espacio sideral, etc.

“No aguardar nada (…) pero no por ello entrar en razón. Mantener una actitud insubordinada, insurrecta”
Pág. 81

Rechazar la gestión de la esperanza, al igual que a los burócratas de la desesperanza.
Este apartado es básicamente un extravío.

Crónica y lectura
Entre estas opciones se desenvuelve el último capítulo del libro. Lo conforman dos textos. 
El primero es el relato de su cotidianeidad; Moresco sale a pasear como de costumbre y dos hombres le arrojan gas pimienta en los ojos y casi lo dejan ciego. Esto sin ninguna razón. Como decir: la irrupción del absurdo y desquiciado en la mecánica de un paseo normal. ¿Hay que ir a la biblioteca para entender el quiebre entre causa y efecto? No necesariamente, pero sí ayuda a tener una lectura más abarcativa del asunto.
El segundo texto es la crónica de una lectura de la trilogía de Beckett (Molloy, Malone muere y El innombrable). Es un hermoso homenaje al escritor irlandés, quizá uno de los más bellos que le hayan escrito.
Moresco responsabiliza a Beckett del amaneramiento de la literatura del fin, de la performance de la nada. Él empezó, dice Moresco, y el resultado es el aburguesamiento desesperanzado, el gesto de los así llamados escritores al borde del precipicio, de los que afirman negando, a fin de cuentas, los burócratas de la escritura posmoderna.
Beckett, el gran responsable, ¡el castrador!

“Seguimos aquí. No lograste castrarnos. ¡Nos escabullimos! No nos conformamos con seguir”.
Pág. 156

El conjunto de libro está muy bien. Aunque no saquemos nada en claro, es su oscuridad y rabia lo que vuelve su lectura como un electrocutamiento accidental, pero pequeño, nada grave. Y por lo mismo estimulante, levemente orgásmico.


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domingo, 28 de octubre de 2012

"El derrumbe", de Dino Buzzati


Ed. Emecé - Buenos Aires, 1955
En italiano: "Il crollo della Baliverna"
Traducción de Juan Rodolfo Wilcock



37 son los cuentos reunidos en este libro del extraordinario escritor italiano Dino Buzzati. Extraordinario -alguien con un plus sobre lo común- es uno de los adjetivos que está, a mi parecer, al límite de lo hiperbólico; apenas es todavía aplicable a un escritor. Está ahí nomás de la zalamería.
Sin embargo, Dino Buzzati es extraordinario. Tengo varias razones para decirlo:
Primero, escribe como a las apuradas, o laboriosamente se ha forjado una prosa que parece haber sido escrita a las apuradas, y aún así resulta encantador. Una prosa de periódico dominical, que uno puede leer mientras mira por la ventana o habla por teléfono;
segundo, Buzzati es un pesimista, pero un pesimista risueño, ampliamente dispuesto a reírse del mundo incluyéndose a sí mismo y a sus creaciones: basta recordar que no se consideraba escritor, sino un periodista que escribía ficción cada tanto y también pintaba;
y tercero, en medio de una amalgama de boludeces -peripecias rápidamente trazadas, diálogos sencillísimos, descripciones más que menos torpes- salta, de golpe, directo a la cara, la más pura poesía, el encanto encandilador, la magia: varios adjetivos de admiración me surgen a borbotones para esta característica de pocos, poquísimos.
Otra particularidad que puedo sumar, de yapa: con Buzzati uno es capaz de divertirse aburriéndose.
Este libro lo conforman fábulas, pero sin moraleja. Hay curas, perros, extraterrestres, hasta está Albert Einstein. A los héroes todo les sale mal. Fracasan inexorablemente y se limitan a resignarse. El narrador, dulce como la miel, es cruel, no les tiene ninguna piedad. Hay dolor, catástrofe, cadáveres, milagros intrascendentes, cretinismo. Como si dijera: ahondar en el mundo surrealista, la magia, el amor, la mística religiosa, el espacio sideral, la prehistoria o el futuro, lleva siempre a encontrarse con la muerte, la estupidez, el fastidio, el sufrimiento, la desesperación, la frivolidad. Más o menos igual que del lado de la vigilia, la seriedad, la ciencias duras. Ni siquiera en la locura podemos escapar a nuestra condena: no hay sentido, ni venimos ni vamos a ninguna parte, no tenemos la menor importancia, todo es absolutamente banal. Leve en la levedad se nos evapora la vida.
A fin de cuentas, nos dicen los relatos de Buzzati, el mundo es elocuentemente ridículo. Pero si estamos dispuestos a reír, si le ponemos onda, podemos pasarla de lo lindo, al menos por ratos, hasta que algún idiota nos reviente una bomba en la cara, o se nos caiga, sin causa alguna, un ladrillo en la cabeza, o enfermemos, o simplemente perezcamos porque ya es la hora.



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jueves, 9 de junio de 2011

-Así pudiera partir por la mitad todas las cosas enteras...


"-Así pudiera partir por la mitad todas las cosas enteras... Así pudiera cada uno salir de su ignorante y obtusa entereza. Yo era entero y para mí todas las cosas eran naturales y confusas, estúpidas como el aire; creía verlo todo, y solo veía la apariencia. Si tú algún día llegas a ser la mitad de ti mismo, muchacho (y yo te lo deseo), comprenderás cosas que están más allá del alcance de la inteligencia de los cerebros enteros. Habrás perdido mitad de ti y del mundo, pero la mitad que te quedará será mil veces más profunda y preciosa. Y tú también desearás que todo sea cortado y deshecho a tu imagen, pes la belleza, la sabiduría y la justicia solo existen en lo partido y despedazado."


“Las dos mitades del Vizconde”, De Italo Calvino
Ed. Futuro, 1956. Buenos Aires.
Traducción María Dabini



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jueves, 5 de mayo de 2011

Fútbol



1.8. La figura extrema de la "zona gris" es el Sonderkommando. Con este eufemismo ‑Escuadra especial‑ las SS se referían al grupo de deportados a los que se confiaba la gestión de las cámaras de gas y de los crematorios. Eran los que tenían que conducir a los prisioneros desnudos a la muerte en las cámaras de gas y mantener el orden entre ellos; sacar después los cadáveres con sus manchas rosas y verdes por efecto del ácido cianhídrico, y lavarlos con chorros de agua; comprobar que no hubiera objetos preciosos escondidos en los orificios corporales; arrancar los dientes de oro de las mandíbulas; cortar el pelo de las mujeres y lavarlo con cloruro de amoníaco; transportar los cadáveres a los crematorios y asegurarse de su combustión y, por último, limpiar los hornos de los restos de ceniza.

Sobre estas escuadras ya circulaban historias vagas y parciales entre los que estábamos prisioneros, y fueron confirmadas más tarde por las otras fuentes antes mencionadas, pero el horror intrínseco de esta situación humana ha impuesto a todos los testigos una especie de reserva, por lo cual aun ahora es difícil hacerse una idea de lo que significaba estar obligado a realizar durante meses tal oficio... Uno de ellos declaró: "En este trabajo, o uno enloquece durante el primer día o se acostumbra". Y otro: "es verdad que hubiera podido matarme o dejarme matar, pero quería sobrevivir, para vengarme y dar testimonio de todo aquello. No creáis que somos monstruos, somos como todos vosotros, aunque mucho más desdichados"... De hombres que han conocido esta privación extrema no podemos esperar una declaración en el sentido jurídico del término sino otro tipo de cosa, que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos... Haber concebido y organizado las Escuadras ha sido el delito más demoníaco del nacionalsocialismo (Levi 2, pp. 46 y ss.).

Levi refiere, con todo, que un testigo, Miklos Nyiszli, uno de los poquísimos sobrevivientes de la última Escuadra especial de Auschwitz, contó que había asistido, durante una pausa del "trabajo", a un partido de fútbol entre las SS y representantes del Sonderkommando.

Al encuentro asisten otros soldados de las SS y el resto de la escuadra, muestran sus preferencias, apuestan, aplauden, animan a los jugadores, como si, en lugar de a las puertas del infierno, el partido se estuviera celebrando en el campo de un pueblo (Ibid, p. 40).

A algunos este partido les podrá parecer quizás una breve pausa de humanidad en medio de un horror infinito. Pero para mí, como para los testigos, este partido, este momento de normalidad, es el verdadero horror del campo. Podemos pensar, tal vez, que las matanzas masivas han terminado, aunque se repitan aquí y allá, no demasiado lejos de nosotros. Pero ese partido no ha acabado nunca, es como si todavía durase, sin haberse interrumpido nunca. Representa la cifra perfecta y eterna de la "zona gris", que no entiende de tiempo y está en todas partes. De allí proceden la angustia y la vergüenza de los supervivientes, "la angustia inscrita en todos del ‘tóhu vavóhu’, del universo desierto y vacío, aplastado bajo el espíritu de Dios, pero del que está ausente el espíritu del hombre: todavía no nacido y ya extinto" (Levi 2, p. 74). Mas es también nuestra vergüenza, la de quienes no hemos conocido los campos y que, sin embargo, asistimos, no se sabe cómo, a aquel partido, que se repite en cada uno de los partidos de nuestros estadios, en cada transmisión televisiva, en todas las formas de normalidad cotidiana. Si no llegamos a comprender ese partido, si no logramos que termine, no habrá nunca esperanza.



LO QUE QUEDA DE AUSCHWITZ, de Giorgio Agamben

Traducción de Antonio Gimeno Cuspinera.

Editorial Pre-Textos, 2005. Pág. 24 - 25

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miércoles, 29 de septiembre de 2010

“El mantón negro”, de Luigi Pirandello


Ed. El País (Relatos Breves)
Madrid 2007
Traducción de Mario Grande Ramos


Junto a Carlo Goldoni, Pirandello (1867-1936) es uno de los cimientos del teatro italiano (su obra dramática es tan poderosa, que solo se le aproxima Beckett). Pero también creó grandes personajes de novelas: Vitangelo Moscarda (“Uno, ninguno y cien mil”) y Matías Pascal/Adriano Meis (“El difunto Matías Pascal”). Y escribió un amargo ensayo sobre el humor (El Humorismo) y muchísimos relatos.
En este volumen se reúnen dos cuentos largos, en los que, como el resto de su obra, los personajes cargan con su vida, extraños a ella misma, sin encontrarse nunca cómodos en vivirla, como si no tuvieran ninguna posibilidad de tomar sus riendas: como si ellos, en cuanto seres vivos, no fueran más que una excusa que encuentra la vida para manifestarse ella misma.

El Mantón Negro
“Abandonó la cabeza el respaldo del sillón, extenuada, desmadejada”
Pag. 12

Eleonora queda huérfana muy joven y a cargo de su hermano menor, Jorge Bandi, y de otro chico, Carlo D’Andrea. Sacrifica su juventud por que los dos tengan una buena educación. Lo hace con éxito. Sin embargo, el sacrificio que ella comete resulta tener tal peso en la vida de los dos hombres, que se les borra para siempre la sonrisa: “Miopes ambos… Parecía hermanos, de la misma edad, de la misma estatura: altos, delgados, con aquella rigidez angustiosa de quien lo hace todo en punto, con minuciosidad” (pag. 7). Mientras que Eleonora, como buena comadrona siciliana, al madurar engorda como una vaca.
D’Andrea se hace médico y Bandi abogado: trabajan sin parar y compran una finca en una villa, adonde envían a Eleonora a “descansar”. Ella no ha cumplido más que 40 años y no se considera acabada, pero sin embargo todo le dice lo contrario. Se resigna.
En la villa conoce a Gerlano, un bruto y gordo adolescente, campesino, obligado por el padre a estudiar sin parar: 3 años lleva intentado acabar un curso, y es imposible. Sufre. Eleonora entonces se ofrece a darle clases y no puede evitar reírse de Gerlano, pues no hay caso. Un día, sin embargo, el joven se abalanza sobre Eleonora y paf: hace panza. A parte de la vergüenza de un embarazo en tales condiciones, Eleonora mira a Gerlano y siente todavía más vergüenza: ¿a esto la llevó tanto sacrificio?
El hermano, Bandi, fuerza una boda. La familia de Gerlano está feliz, pues la inversión en el hijo dio sus frutos.
La escenificación del relato es como una puesta teatral clásica, con algunos flash-back. Mucha, y puntual, intromisión en el universo interior de los personajes; y un paisaje que transcurre indiferente, inexpresivo, indiferente a los dramas humanos. El fraseo es preciso, lacónico, muy visual. Una elaboración sutil del expresionismo pictórico, con contrastes impresionistas: lúgubres arrebatos pasionales contra un cielo que cambia sutilmente de tonos. A pesar de estar muy emparentado con el melodrama, el resultado es muy intenso.
La protagonista, Eleonora, lleva su vida como un mantón negro. El luto, por supuesto, es por ella misma. Al final se deshace de él, y éste termina planeando en el aire, ingrávido, más liviano que la liviandad, frágil, como si solo, puro símbolo, no tuviera ninguna consistencia: el luto no es, sino cuando es portado por alguien.

La Renta Vitalicia
El segundo relato comienza como un bellísimo logro pictórico del XIX: “Con las brazos apoyados en las piernas separadas y dejando colgar, como muertas, las manos terrosas, el viejo Marábito estaba sentado sobre el ruinoso poyete junto a la puerta de la roba” (pag. 45). Las manos terrosas, muertas por no ser usadas, representan lo que fue Marábito en su vida activa: agricultor, primero en Argentina, donde ahorró dinero y se compró unas tierras en Sicilia, y una vez allí se dedicó a trabajar sin hacer nada más. Envejeció, y al no poder trabajar más, decidió esperar la muerte de la manera más resignada posible. Tenía 75 años e hizo un trato con Sciné, llamado el Maltés; por una renta vitalicia, a razón de dos liras por día, el Maltés se quedaría con la finca a condición de cumplir el trato hasta la muerte de Marábito.
Una apuesta, a fin de cuentas, especie de descansada ruleta rusa. El Maltés es mucho más joven, por lo cual no duda de ganar. Marábito se recluye en la ciudad, sufriendo un desamparado exilio laboral, es decir, su razón de existir, el encanto que encontró en este mundo, su justificación. Sin embargo, como pasa en las apuestas, pierde El Maltés. Entonces Marábito hace un nuevo trato con el abogado de este, Nocio Zágara. Su vida se extiende interminablemente, por sobre las peripecias de los demás. Entonces, la vida de Marábito, su conservación, se vuelve causa popular. Ve la gente en su persistencia una posibilidad de venganza de los pobres hacia el abuso de los burgueses: Marábito ya mató al Maltés, también podrá con el abogado Zágara, y después quién sabe con quién más.
Al parecer, la muerte se olvidó de Marábito. Y en vez de disfrutar lo que tiene por delante, el campesino lo sufre como una carga: se siente culpable de la muerte del Maltés, por haber vivido más, y también porque Zágara, que aprendió a quererlo, ya le está pagando demasiados años de renta, por encima del precio de las tierras.
Humorísticamente trágico, el cuento es una reflexión sin conclusiones sobre la vejez (¿qué es un hombre sin sus manos? ¿Una carga?), la elección arbitraria que hace la muerte para obtener acólitos y servidumbre, la herencia y las posesiones materiales, y por supuesto la dignidad.
También como en “El Mantón Negro”, en este cuento la puesta teatral de las escenas es lo principal en la estructuración narrativa: hay diálogos ingeniosos, personajes que contrastan, fotogramas expresionistas, tensión dramática bien dosificada; hasta que hacia el final el relato transcurre robándonos el aliento.
No son lo mejor de Pirandello, pero su encanto transciende una vez acabado el libro.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Las mentiras de la noche, de Gesualdo Bufalino

Editorial Anagrama, Barcelona, 1990.
Traducción de Joaquín Jordá



Tengo este ejemplar hace varios años. Estuvo ahí siempre pendiente de ser leído, no a la espera, pues los libros no esperan, sino que siempre están sucediendo. Sin embargo yo, tan típico en la calaña lectora, lo tuve aislado, amarilleando un rincón de la biblioteca, escupiendo su título barroco, hasta que lo leí. Y, por más extraño que parezca (esto no ocurre con todos los libros), no lo acabé, ni tampoco él acabó conmigo. Compartimos gratos minutos de ocio, compañeros; incluso los personajes no paraban de hacerme guiños como si no bastaran los del autor. Me explico: leí el libro de cabo a rabo, pero ahora que lo tomo de vuelta entre las manos para escribir esta nota, tiembla dispuesto a empezar de nuevo y no lo resisto, así que le sobrevuelo unas páginas, y no me recuerdan a la lectura anterior, sino que están, como las grandes historias, perennemente empezando, frescas y luminosas.
Cuatro personajes sicilianos, revolucionarios o pretendientes de serlo, son encerrados en una fortaleza borbónica y serán ejecutados al amanecer. En la celda en que se despedirán de la vida, encuentran a un quinto personaje, célebre bandido de la comarca y aledaños. El director de la prisión les ha dado la oportunidad de salvarse: ha puesto cuatro papeles y un buzón, para que durante la madrugada los cotejen, y les ha dicho que con que solo uno de ellos escriba el nombre de líder del movimiento revolucionario, serán librado de la muerte. Cada uno deberá pasar, por tanto, a escribir el papel en privado; así que, luego, nadie sabrá el nombre de delator y salvador a la vez.
En principio, los revolucionarios aborrecen la idea, pues son hombres dignos, dicen de sí mismos. Pero el bandido célebre que comparte la celda con ellos, los conmina a reflexionar sobre su vida para que vean si de verdad vale la pena morir por sus ideas o por lo que han sido, o si aún les resta por vivir. Cada uno entonces hace un relato de su vida, en forma de fábula, en dónde se mezclan la biografía, el arte de la oratoria, la filosofía y demás, mientras en este relato intentan encontrar la lámpara que les guíe en el calvario y les justifique la muerte en lealtad hacia la revolución, en la traición en lealtad a sí mismos, hacia el cometido que aún ven que haga falta.
El bandido hace de juez y rápidamente descubre falacias. Pero a fin de cuentas, en esta noche particular, sola hay mentiras, y en medio de las mentiras se vive como se puede y a fin de cuentas hay que morir, pero mientras se puede joder al que pasó jodiéndonos uno tiene la oportunidad de despedirse con una sonrisa. Esto es la revolución: la ficción marginal que confronta a la ficción oficial, y la más hábil sale ganando, tarde o temprano. En la oscura noche sin un Diógenes con lámpara, el que tenga la voz más seductora es el que será escuchado y recordado, aunque después le corten la cabeza. Después, como tienen que ocurrir, todo será olvidado.
El traductor, Jordá, es un poeta, o sabe hacer como que es, el resultado es diáfano.

«No me lamento: curioso de la vida, no lo soy menos de la muerte. Así que diría…, a mí me gusta vivir pero no me disgusta morir. A mí me exalta todo lo que siento con los sentidos, sea placer o pena. Hasta la tortura, anoche, cuyos dolores todavía siento en todos los miembros, desde la frente donde me infligieron la corona de espinas, hasta la tortura ha sido una emoción especial. Esta red que tengo en el cuerpo, de hilos gráciles y retorcidos, quiero decir mis nervios, este violín de nervios donde cada sonata es diferente, con tal que vibre, dejo gustosamente que sufra…»

pp. 33




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domingo, 31 de enero de 2010

Tommaso y el fotógrafo ciego, de Gesualdo Bufalino


Editorial Norma, Bogotá 1996.
Traducción Yolanda González Pacciotti



La literatura negra intenta un retrato de la sociedad mostrando lo abyecto de su conformación, las relaciones perversas que contiene y que el héroe, contaminado por el medio, trata de atravesar como mejor puede, encontrando un particular punto de vista.
Probablemente esta definición no satisfaga a Hammett, pero es más o menos como lo ve este siciliano adorable.
Pues Bufalino es un tipo encantador.
Debió haber sido un conversador genial, lleno de detalles de la aburrida vida cotidiana, que por una transmutación de su pulso se vuelve épica. Y, a la vez, sencilla y fatal.
Tommaso es un ex-periodista que decide huir del medio social, por razones varias (es una paja “reseñar sin contar”) y encalla en un edificio como portero. Se entera así del paso de los días del conjunto de gente que lo habita. Hay un fotógrafo que quedó ciego, del que se hace amigo y que, contratado por un grupo berlusconiano (ricachones que practican orgías para pasar el rato y porque lo pueden pagar), termina envuelto en un asesinato y luego, también, es asesinado él por ser posible testigo.
Se enteran los medios del lío y de la posible posibilidad de que el fotógrafo ciego tenga fotografías de los participantes. Y así sigue, más o menos, la trama principal, con investigación, el pedido de su antiguo periódico a Tommaso para que cubra el caso y este que se pone a investigar, obteniendo datos varios.
El universo entero de la narración, ocurre en el edificio. Hay todo tipo de habitantes allí, desde anarquistas hasta dramaturgos en retiro, igual que noblezas en quiebra y travestis amables. En todo caso, más que en el edificio, lo que ocurre tiene lugar en la particularidad que es Tommaso, y más aún en su prosa. En forma de diarios se narra la historia. Y al igual que en los diarios (lo saben quienes escriben uno) no todo es verdad, más bien al contrario, Tommaso delira y delira, con una poesía que asoma a mostrar el sombrero emplumado y una boca sonriente.
La aburrida historia, tonta historia, solo tienen valor si uno le presta atención al orden en que van conformándose las frases. Es aquí, en la poesía de la prosa, donde es placentero estar.
¿Qué más puede pedirle uno a un libro?
En verdad es medio tonta la historia. Y resolución es una burla al lector, supuestamente, pero no pega.
Pero la edición está buena y la traducción también. Y hay páginas que son, magistralmente, páginas. Y metáforas que, a todas luces, son metáforas.
¿Qué más puede pedirle uno a un libro?
Probablemente nunca sepamos qué pedirle a la literatura y que ella, jodidamente, nos dé lo que no sabemos y tomamos porque sí, hipnotizados por el sonido y la luz las manchas negras y los espacios en blanco.
Bufalino publicó su primer libro a los 60 años. El resultado es tesón y amabilidad y encantamiento.

Hace mucho calor últimamente.




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lunes, 11 de enero de 2010

Rímini, de Pier Vittorio Tondelli



Ultramar Editores, España 1990.
Traducción de Francisco Sales

Intro
Es difícil decir qué es lo que nos lleva a leer un autor que nadie nos recomendó jamás. El ansia de aventura, resto raído de la infancia, tal vez... Pues, a fin de cuentas, leer un nuevo autor es como ir a un nuevo bar. Y en los bares siempre hay cerveza, ¿no? Siempre cerveza... A veces también uno prefiere algún trago raro. (Nunca de color azul, ni flúor, por dios...) A veces incluso uno quiere ir a un bar solo para escuchar qué música pasan. Y cuándo tiene esas ganas, justo ve desde el colectivo un portal con cartel bonito, y al asomar la cara por la ventanilla para ver mejor ya siente el olor a tabaco e incluso imagina qué tipo de mesas y sillas tendrá, y su luz, y entonces tocamos timbre y nos metemos a ese bar para tomarnos una birrita, traguito, soda, etc...
Pues bien, hay bares que tienen una cerveza espantosa. Y la música no tiene swing y el barman es un tipo hincha pelotas, un bagre y nos cobra el doble por que sí...
Y así, uno piensa: después de todo, en cada libro hay literatura, ¿es o no? Y así como la cerveza, que puede parecer pis, pero a fin de cuentas tiene alcohol, y eso está bien, pensamos que en los libros siempre habrá, como decía Plinio el Joven y repite el Lazarillo de Tormes, algo para aprender.
Sin embargo, hay bares inútilmente bares y libros inútilmente libros...
Y peor, hay libros que no son ni tan tan, ni ton ton.

Extro
Rímini es novela que tiene páginas lindas, personajes que ya están, y el resto es pura basura, cliché, tanto que hasta yo, humilde lector que todo lo acepta, no puedo más que despreciar.
Y conste que a Tondelli lo editaron tan bien, lo tradujeron tan bien, el ejemplar es tan bello, y el color turquesa, y la contratapa, etc. E incluso era gay y murió de sida, lo cuál no quiere decir mucho, pero algo es algo.
Tondelli, permitame hablarle, oigame allí donde esté, en un cielo turquesa, o un infierno sin color: su libro es malísimo.
Sin embargo, Tondelli, ha podido meter algunas páginas muy interesantes, unas muy pocas páginas, en medio de 350. De la cosa larguísima que es su novela, usted pudo haber escrito un hermoso poema en prosa, de media página. ¿Por qué optó por algo tan largo y malo? Quizá en la muerte, Tondelli, que me tocará, usted tendrá su retruque y me dará un sopapo por haberlo menospreciado en este blog, pero, se lo aseguro, volveré a preguntarle: ¿por qué alargó tanto una historia tan barata?
Así estamos. Lerdos ante la pregunta.
Y así quedaremos, lerdos.
La literatura es así, lerda.


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domingo, 20 de diciembre de 2009

¡Oh, cómo envidio a los personajes de las grandes novelas...!

«¡Oh, cómo envidio a los personajes de las grandes novelas, adecuados, sólidos, explicados, aunque no sean más corpóreos que un ángel o un ave fénix. Mientras yo aun poseyendo una rica dotación de glóbulos rojos, y un excedente de neuronas y músculos, y una legítima inscripción en los registros de la parroquia, y una conciencia, y un pasado... yo, entre más me ilusiono de estar vivo, más desaparezco, más me dilapido, más me evaporo por todos los poros...»

Gesualdo Bufalino, "Tommaso y el fotógrafo ciego"
Grupo Editorial Norma, 1996. Santa Fé de Bogotá (Colombia).
Traducción de Yolanda González Pacciotti





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lunes, 14 de diciembre de 2009

El diablo sobre las colinas, de Cesare Pavese

Salvat Editores SA. 1971, Navarra (España).
Traducción de María Carmen García Lecha.

Sopeso el libro en las manos. Buena edición, resistente, agradable, aunque muy pequeña, tipografía. El color gastado del papel compensa el esfuerzo de achicar los ojos para enfocar. De todas maneras, no da para leerlo de un tirón, sino con pausas.
Tiene un comienzo atrapante, inspirador para todo aquel que vivió el declive adolescente, específicamente el paroxismo que precede a su ocaso:
«Éramos muy jóvenes. Creo que durante aquel año no dormí nunca. Pero tenía un amigo que aún dormía menos que yo y algunas mañanas se le veía pasar delante de la estación a la hora de la llegada y salida de los trenes...»
Para los fanáticos de El Gran Meaulnes, esa magia de la literatura pesimista escrita por el maestro Alain Fournier, ya este adolescente no puede más que atraparnos. Y si no bastara con él, que no duerme, hay otro que duerme aún menos.
En fin, así le va.
El insomnio es algo que está muy bien; pero está aún mejor tener sueño y quedar despierto, cabeceando, los ojos rojos, respirando el aire nocturno del abismo. Bufando.
Y, mejor aún, cada tanto emitir un grito desgarrador.
Eso es, a fin de cuentas, la juventud.
Y El Diablo es eso, una bildungsroman, el protagonista es cerrado, lampiño, es sorprendido por gente que hace cosas además de permanecer despierto, hay el amor y todo eso, y las pasiones extrañas, y vacas, y la amistad; también muerte y enfermedad, y alcohol y drogas, además de música. Un cóctel molotov que a todos nos ha explotado (o lo hará) en el estómago.
Y también hay el peor ingrediente de todos: conversaciones vanas que buscan atrapar el sí de las cosas. El tipo de conversaciones que solo son posibles en la adolescencia, pues luego se nos escapa todo, y las conversaciones solo corroboran nuestra evaporación: pequeños eructos metafísicos.
La novela empieza con una colina en la madrugada. La visitan unos chicos. Uno grita, Orestes, el más intenso, el pathos, inevitablemente cínico, tan joven que hace luz. En la colina encuentran a un borracho, ricachón, llamado Poli, y este está drogado que no ve nada y entonces lo llevan a casa. Resultan, los héroes, invitados a la casa de campo de Poli; y allí conocen a la mujer de éste, que hace un par de cosas y se curte a uno de los chicos, y ahí hay una historia en que Poli resulta herido por una amante que tiene, y esta mujer se mata.
Y luego pasan más cosas, no es importante, ¿a quién le importa de qué tratan las novelas, después de todo?
¿Por qué este recuento de actividades argumentales en cada reseña de libros?
Los personajes se mueven, hablan, a fin de cuentas están dando vueltas por ahí. ¿Qué más iban a hacer?
A mí personalmente no me interesó mucho el libro, si quieren una opinión personal. El fantasma de Fitzgerald ronda en varias páginas. Aunque esto, hay que decirlo, no quiere decir nada.
Hay un relato interesante, sin embargo, y un gusto de haber masticado una lectura mitificada por la crítica y que tiene, muy dentro, un turbio y aburrido sabor cautivante.

«Llevé una chica al río hacia finales de julio, pero no hubo nada de estupendo ni de nuevo. La conocía, era dependienta en una librería, huesuda y miope, pero se cuidaba las manos y tenía cierto aire lánguido. Fue mientras yo miraba unos libros cuando ella me preguntó dónde tomaba el sol. Prometió, feliz, que iría conmigo al río el próximo sábado.
Llegó con un trajecito de baño blanco debajo de la falda. Se la quitó dándome la espalda y riendo. Luego se tumbó sobre los cojines de la barca quejándose del sol y contemplándome remar. Se llamaba Teresina -Resina-. Cambiamos algunas palabras acerca del calor, e los pescadores, de los establecimientos balnearios, de Moncalieri. Más que del río, ella hablaba de piscinas. Me preguntó si iba a bailar. Con los ojos entrecerrados parecía distraída.
Detuve la barca bajo los árboles y arrojé al agua. Ella no se bañó porque se había untado con aceite y olía a toilette. Cuando salí del agua goteando me dijo que nadaba muy bien y se puso a pasear por la orilla. Las piernas largas, enrojecidas, sobre las piedras y me dijo que cogiera la botellita de aceite y le untara la espalda, adonde ella no llegaba. Arrodillado le froté con los dedos y reía y me decía que fuera bueno. Reía apoyando su nuca en mis labios. Retorciéndose, me besó en la boca. Sabía lo que hacía. Le pregunté: "¿Por qué te has dado tanto aceite?"
Y ella, nariz contra nariz: "¿Qué quieres hacer, canalla? ¡Eso está prohibido!"
Continuó riendo con aquellos ojos pequeñitos y me dijo por qué no me daba también aceite. La apreté cuerpo contra cuerpo. Ella se aportó y dijo: "¡No, no, date aceite!"
No pasó de unos cuantos besos, aunque aceptó el ir detrás de las matas. Pasando el primer despecho me alegré que todo terminara allí. Bajo el sol, sobre la hierba, aquel perfume y nuestros cuerpos desentonaban. Son cosas que se hacen en una habitación de la ciudad. Un cuerpo desnudo no es bonito al aire libre. Me aburría, ofendía aquel lugar. Acepté acompañarla a una piscina en donde Resina, feliz, miró a los otros bañistas y tomó gaseosa con una caña.»






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domingo, 13 de diciembre de 2009

La libertad cuesta cara...

«La libertad cuesta cara, mucho más cara que la esclavitud. Y no se paga ni con oro ni con sangre ni con los más nobles sacrificios, sino con la infamia, la prostitución, la traición, con toda la podredumbre y la abyección del alma humana»


Curzio Malaparte, La piel.
Ed. Los libros de nuestro tiempo.
Traducción de Manuel Bosch Barrett. pp 31.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Toda la vida, de Alberto Savinio


Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1983.
Traducción de Antonio Bonnano.
....Leer aquí...



“…una ciudad en medio del campo ilimitado y fumoso de cáñamo”
Pág. 7


Un punto interesante de Savinio, que ya de por sí despertaría interés por sus libros, es que fue el hermano menor de Giorgio de Chirico. Pero si por esas cosas de la vida, hubiera conocido primero los libros de Savinio, hubiese querido ver qué pintaba el tal Giorgio de Chirico, hermano del escritor.
Nacidos en Grecia los dos, artistas freaks, descendientes de Parménides, hiper-intelectuales, solemnes y coloquiales a la vez, vestidos de piedra, encendiendo un largo pucho con la antorcha olímpica, esa que no se apaga más.
Pero bueno, el escritor. Gogoliano, surrealista, romántico. Este libro reúne 23 cuentos cortos, pertenecientes a Toda la vida (1945) y algunos que se publicaron recién a la muerte del autor.
Hay un cuento llamado “Pianista blanco”. El narrador ve cómo la luna baja hasta el piano que tiene en la casa y empieza a tocar: «El viejo piano el gran labio negro sobre la dentadura amarillenta, como un asmático que busca aire para masticar, y desde el fondo de su tórax las cuerdas enviaron un lamento tristísimo que extendió largamente en la suave paz de la noche». Y el narrador no ve mejor cosa que hacer que mirar al pianista, cuyos «bigotes blancos se curvaban sobre el labio, entraban en la boca, como si el pianista blanco se nutriese de su propio pelo».
Pues, digamos, Savinio da la impresión de escribir así, petrificado bajo la luz lunar. Aúna la poesía clásica con imágenes surrealistas, la fantasía metafísica con el despliegue existencialista, y el relato trivial y el boceto.

Apéndice
Los relatos “Miedo en la Scala” (1949), de Dino Buzzati y “Concierto privado” (1945), de Alberto Savinio comparten un miedo común: la invasión en el ámbito culto y remilgado de los conciertos de música clásica, terreno aristócrata y bobo (bourgeois-bohême).
En el relato de Buzzati, durante un concierto en la Scala de Milán se oyen rumores de una revolución; los ricachones del público entran en pánico y se repliegan en los rincones del teatro, esperando lo fatal. Pasan las horas; los más cobardes buscan alianzas que los protejan, se venden entre sí, planean ocupar algún cargo, mantener sus privilegios o aumentarlos. El ambiente es opresivo, lleno de humor, kafkiano, irónico. Los supuestos revolucionarios que asistieron al concierto empiezan a envalentonarse, los ricos juntan lo que tienen para pagar su no-degollamiento. Pasa la noche. La revolución no se produce. Lo único que hay en un gran despliegue de cobardía. Uno de los personajes, no aguatándose más, sale a la calle. Se escucha una detonación y cae en plena vereda. Silencio expectante de la gente del teatro que pavorosamente observa. Luego el caído se levanta y simplemente va a casa.
El relato sirve como excusa para describir una clase social que a pesar de todos sus privilegios, es frágil, sin sangre, bobalicona; las maneras no enseñan a empuñar un arma de defensa. Lo único que tienen es dinero, y son pocos y se odian entre sí. Viven amparados en su dinero, protegidos por él. Los pobres y revoltosos son un enemigo temido: saben los ricos que con solo organizarse un buen día pueden hacerse con ellos y vengarse. Los pobres son los bárbaros de Atila, pero ¿dónde está Atila?
Atila está ahí, mirando, y lo saben.
Por su parte, el protagonista de “Concierto privado” asiste a una velada en casa de un extravagante y melómano aristócrata romano. Como en Buzzati, hay descripción de maneras, sostenidas en el vacío. La atracción de la noche es una bailarina y cantante musulmana. La mujer empieza a cantar una canción hipnótica y salvaje y se abre la puerta y entra Mahoma con una cohorte de bárbaros. Empiezan a cortar cabezas, hay sangre por todas partes, el profeta rapta mujeres para su harén. El público del concierto, en lugar de defenderse, está tan horrorizado por la crueldad de los musulmanes que se esconde tras sofás, bajo mesas, etc. Un despliegue de inoperancia y temor a lo no elegante.
En este caso, es el oriente desconocido, con maneras extrañas, la que invade el cerrado y frágil ambiente de la refinada cultura europea.
Pero el fondo es el mismo: la invasión de lo bestial en casa de la elegancia.
Pero una lectura más correcta sería esta: la música es profundamente punki, animal, etc. Cada vez que es evocada, aunque sea por músicos de frac entonando a Sibelius, se abre el agujero negro de lo desconocido, que nos ataca desnudándonos primero, luego devorándonos. Nada hay más absurdo que querer encasillarla en códigos de comportamiento exquisitamente pulidos.


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lunes, 10 de agosto de 2009

UMBERTINO, de Ítalo Svevo

"Umbertino y otros relatos", de Ítalo Svevo.
Editorial Longseller, 2007.


"Soy un hombre que nació verdaderamente por error", abofetea Svevo, con mano melancólica, en la primera frase de este librito de cuentos que es una joya brillante. No es en vano la puntualización de joya brillante.
Este librito posee cuatro relatos maravillosos, aunque el último de ellos me tomó casi un año leerlo pues es un bodrio, aunque, claro, en el recuerdo también se vuelve genial. ¡Loas a Svevo! Se titulan. "Umbertino", "Engañosamente", "La muerte" y "Un contrato".
El primer relato es casi una novela corta. El protagonista es Zeno C., el de la conciencia, que aquí reduce su vida activa a ser abuelo, y está más abyecto y egoista que nunca. Completamente adorable. Habla de su nieto aquí Zeno, Umbertín, a quien ve como un símbolo de la vida, como la manzana de Adán, que no sirve para comer sino solo para observar. En La conciencia... a Zeno se le murió el hijo, a quién consideraba un mal pintor, y ve al nieto como una proyección del mismo. Y desfilan los mismos personajes aburridos, y algún otro más, de La conciencia, pero que gracias a la sutil inteligencia de Zeno se vuelven sublimes. ¡Loas a Svevo! Y así nomás es el relato, no me acuerdo muy bien de qué trata.
"En mi juventud solo se rendía honor a los viejos... Ahora que soy viejo solo se respeta a los jóvenes, así que pasé mi vida sin haber sido nunca respetado. De ahí debe haberme venido cierta antipatía por los jóvenes que son respetados ahora y por los viejos que se respetaban entonces. Estoy solo en el mundo, dado que para mí la edad siempre fue un problema".
¿Puede concebirse un viejo más pendejo y adorable?
Con amor se puede hacer gran literatura.
Y también leemos aquí: "el miedo es una cualidad de la carne. Es como una protección que la envuelve apenas toca el aire. La hace extraviarse, pero por cierto la protege". ¡Loas!
Zeno divaga sobre sexo, utilizando una elípsis: "como aquel marinero que encontrándose durante varias semanas solo con un amigo en una balsa a la deriva en el océano, muere a tiempo para volverse alimento y salvación del otro".
Cómo divaga este Zeno, tanto que no le bastaron una novela, ni numerosos relatos, tanto que impregna a los lectores, haciéndolos divagar también. Hasta recuerda a su hijo, muerto en La conciencia...: "Debo decir, a modo de confesión, que el pobre Valentino nunca me cayó simpático. Creo que no hubiera podido ser de otra manera porque era muy feo, con esa panza y esas piernas tan cortas. Por eso, dejando de lado los remordimientos, por otra parte soportables, yo, en su lecho de muerte, me sentí bastante frío y capaz de observar todo con mirada serena."
Y también hay un personaje llamado Bigioni, que es muy importante, aunque no puedo decir exactamente por qué. Amigo del hijo, o algo así. Y también está Carlo, sobrino de Zeno, tipo inteligente pero que el narrador, de pura onda, no soporta del todo.
El gran mentiroso de Zeno empieza a ser completamente honesto por una temporada y hace teoría de la supra-verdad, es decir, de la verdad que para ser más verdadera es condimentada con elementos ficticios u ornamentales. Como la poesía, digamos. "Yademás me sentía tan bien siendo sincero que me parecía que excediéndome un poco me comportaba de un modo más sincero aún".
Casi un emo, este personaje.
Varios de los relatos de Svevo, no solo los compilados en este libro, se desprenden de La conciencia..., pues esta es una novela mundo que rebosa por todas partes, y es a la vez un ejercicio de auto-conocimiento del escritor triestino y a la vez estudio de la burguesía triestina de su época, llena de amanerados que merecían el fusilamiento, y alguna que otra gente bella y que por lo demás también merecía el fusilamiento, solo por tener plata. Y también Zeno merece lo suyo, si vamos al caso.
"Engañosamente" es un relato genial. Si Umbertino es una alegoría del la inutilidad de la vida vista a través de los lazos amorosos "alegres", por decirlo de una manera, sin desmeritar los fragmentos sombríos, en este relato se habla de lo mismo, tomando como punto de referencia el trabajo de toda la vida de un viejo. Y aparece el dinero, gran tema en Svevo, con toda su brutalidad.
"El mundo seguía girando, pero esa aventura demostraba su absoluta nulidad", dice.
"La muerte" es el más intenso relato del libro: triste trieste. Un viejo ateo se muere al lado de su mujer religiosa. El viejo se prepara mucho tiempo para morir, pero "su muerte fue lo que él no había querido: un susto". Cuando el viejo parte, la mujer queda dudando si murió ateo o creyente, y entonces se consuela convirtiéndolo en su recuerdo.
Básicamente exuda que no debemos morir solos, aunque en el camino solo nos acompañe Dios, usando de capa una sábana blanca. No hay que ser tan exigentes, después de todo.
"Un contrato" es el último relato, y aquí Zeno aparece de nuevo como comerciante, engañado, como tenía que ser. Dinero, dinero, no me digas te quiero. Pues yo ya te quiero. ¡Loas a Svevo!
Pasa algo en este cuento, eso sí, no hay duda, pues en general pasan cosas en los relatos, salvo en los de Beckett, pues en ellos pasa el pasar; en cambio el caso de Svevo es que pasan cosas, al menos una reflección, o al menos una transacción económica.
El dinero, la burguesía, las familias que viven de herencias... Grandes señor@s, vidas incinerables. Si no fuera por los ojos de Svevo mi odio sería gratuito. En cambio ahora, que sé como se rascan las barrigas al sol, mi odio está justificado.
¡Loas a Svevo! ¡Único ricachón hermoso!
Salud.


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lunes, 29 de junio de 2009

El juego del revés, de Antonio Tabucchi

1
Percibo a mi alrededor un clima melancólico. La ultraderecha de fiesta, el maquillaje de CFK se le corre en la mejilla, el presidente hondureño Zelaya tiene en pijama sucio en Costa Rica y aquí, en Buenos Aires, llueve. Aprobaron en Uruguay la "Ley de personas de ambos sexos", que intenté entender qué era y no lo pude hacer. Es algo como que en cada votación debe haber representantes de ambos sexos disputando los cargos. Prácticamente ya no tiene sentido la lucha por la igualdad de los sexos...
Y es más, estoy pasando por una época melancólica porque, a fin de cuentas, acostumbro a estar melancólico. Que el mundo esto o lo otro, me da igual, mi melancolía sigue incólume, pues mi melancolía, aparte de ser auténtica y nutrirse de esta época particularmente melancólica, es una pose. Pongo cara de saudade apenas me dispongo a saludar. Al despedirme es peor, casi como si me doliera, por ejemplo, la muerte de Farrah Fawcett. Lo cierto es que no me dolió la muerte de Farrah Fawcett. La verdad es ni siquiera me importó la muerte de Michael Jackson. La gente anda muriéndose todo el tiempo, ¿por qué debería preocuparme? Sin embargo, por la pose que adopto (y que también es parte mi naturaleza), parezco afectado.
La pose del melancólico es interpretada muchas veces como una pose de dolor.

2
Sin embargo, soy consciente de que hay gentes más melancólicas que yo, y que posa de melancólica con más intensidad que yo.
Esto no me afecta, claro. Solo tomo apunte.
Uno de estas gentes es Antonio Tabucchi. Tengo un libro suyo en la mano, "El juego del revés", Anagrama, 2001, traducción de Carmen Artal. Es un libro verde. ¿Qué me pongo esta noche? (What Shall I Wear tonight?) es el título del cuadro de Martin Leman que va en la tapa...
El verde es un color melancólico... y no entiendo la ilustración, ¿qué hace en un libro como este?
Preguntas... siempre hay preguntas...


"Le puéril revers des choses" (El pueril revés de las cosas), dice el epígrafe del libro, tomado de Lautréamont.
Tabucchi vive una melancolía más intensa que yo, y no me da envidia, no, no...
Escribe como si se preguntara:
¿En qué momento me han metido esta escoba tan grande en el culo? ¿Me duele... no me duele...? Es difícil saber... Voy a ponerme a reflexionar sobre el arte... Pero no utilizaré el escritorio, ni la mesa de un café... mejor me recostaré en el piso de mi estudio, así estoy más cómodo... ¿me duele... no me duele...? El arte contemporáneo solo puede hablar de la falta de alma... Oh... Oh... ¿me duele?

3
El primer cuento es muy hermoso, "El juego del revés", tan bont vivant en la prosa, tan sentido el sentimiento. Un hombre, es Tabucchi, que piensa mucho en la muerte. Y es delicado. Es poético, todo el tiempo es poético. Escribe con guantes blancos, de seda, pero con agujeros por los que le salen los dedos. "Cuando María do Carmo Meneses de Sequeira murió, yo estaba contemplando Las Meninas de Velázquez en el Museo del Prado", así empieza el cuento. "Y en aquel momento me encontré en otro sueño", termina el cuento. Ya pueden imaginarse lo que hay en medio.

4
"Carta desde Casa Blanca", se llama el segundo cuento. La misiva de un travesti argentino, que nació en Italia y le escribe a su... y se apoda con el nombre del árbol de palmera que los dos querían mucho, Giosefine, y le cuenta la historia de su vida que empezó en un colegio religioso en Mar del Plata y termino en...
"Teatro" se llama el mejor cuento. Un militar portugués conoce en un país africano a un diplomático inglés, que lo invita una noche a su casa, y luego de la cena lo invita al teatro, pero este teatro resulta ser un galpón de madera improvisado donde el inglés se pone a interpretar a Shakespeare, durante muchas visitas, las obras más famosas, haciendo todos los papeles. Esto dura un año hasta que el militar portugués... Buenísimo el cuento.
"Paraíso celeste" es un cuento en que una italiana estudiante de arte se pone a practicar un diseño floral japonés, instada por su jefa, y presencia cómo la aristocracia europea vende muerte al África mientras su putas esposas juegan con flores...
"Las tardes de sábado" es un cuento con título hermoso. Me hubiese gustado saber de qué trata. En la sexta página anoté con lápiz de papel, luego de leer unas líneas sobre el verano en las azaleas: "me importan un huevo tus azaleas". Y luego anoté, en la séptima página, al final de un largo párrafo: "realmente no entendí absolutamente nada de este párrafo". Y creí entrever un desperfecto en ciertas líneas, pues en la melancolía se me da a veces de mecánico. Dicen las líneas: "y las manos sobre el regazo, aparentemente inmóviles, eran sacudidas por un estremecimiento imperceptible". ¿Cómo, pregunto, si el estremecimiento era imperceptible, lo notaría el narrador, pues no es un narrador omnisciente sino un niño que es también personaje del cuento? Y no obtuve nada más de este cuento.

5
"Dolores Ibarruri llora lágrimas amargas", es el garciamarquezco título de uno de los cuentos. Tiene esta anécdota memorable: "Se escribían cartas, jugaban a un juego, era un juego precioso, es decir, creo que era una cosa muy poética, leían libros y después se escribían cartas como si cada uno de ellos fuese un personaje de los libros que habían leído, personajes inventados o personajes históricos..."
"El pequeño Gatsby" es otro cuento, con personajes de, claro, FItzgterald, y tiene esta línea preciosistamente preciosa: "ha tenido una infancia cariada que de vez en cuando le duele con punzadas agudas". Y el resto del cuento no importa mucho.

6
El último cuento habla de una tipa que trabaja recibiendo llamadas de suicidadas, y ella tiene que evitar que se maten hablándoles de cualquier cosa. Una telemárketer de la vida. "Voces", se llama. Lindo cuento.

7
Me he quemado el bigote al encender un cigarrillo. Esta crónica huele a pelo quemado...

8
Tabucchi...


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martes, 23 de junio de 2009

Gianni Celati se pierde en el Po y no hace nada útil

Narradores de las llanuras,
Giani Celati. Anagrama 1987. Traducción de Ángel Luís Hernández Francés.


1

Cuando tenía 10 años, descubrí en el estante de la casa de mis padres un libro de mitos indígenas, llamado Decamerón Nivaclé, copilado por el antropólogo paraguayo Miguel Chase-Sardi. Recuerdo que me llamaron la atención sus colores anarquistas, rojo y negro (aunque en ese entonces no sabía lo que era el anarquismo, se ve que ya estaba viniendo...) y los dibujos de la tapa que representaba un dibujo rupestre de pollerudos danzarines, como son, en el fondo, todos los indígenas. Esto lo sé bien y no quisiera extenderme al respecto. El Decamerón este se conforma de relatos eróticos recopilados por el antropólogo (que después tiene el copy y cobra) en sus andanzas entre los nivaclé, pueblo charlatán del chaco paraguayo. Leí este libro como si hubiera descubierto el fuego, y de alguna manera fue así, y le debo gran parte de mi formación intelectual. Es posible que le deba toda mi formación intelectual. Y gran parte de la física. En fin, este libro fue, en rigor, una simple recopilación de historias oídas al pasar por este tipo que después publicó el libro. Y los textos están presentados a la buena de Dios, en lenguaje limitado y torpe, como si lo hubiera escrito yo a los 10 años. Y esto no es decir poco. Su resultado debió ser un bodrio. Sin embargo el libro es mágico. Hermoso. Vuela. Superman nunca tendrá tanto sexo. Ni Henry Miller. Ni siquiera Fanny Hill.


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Me topé con este libro de Celati (Bolonia 1937) y leí en la contrapa: "Este libro ha sido calificado como una versión abreviada de Las Mil y Una Noches... (Vila-Matas dixit) Es un viaje a través del Valle Padama en pos de historias que contar... a la escucha de narradores orales que hablan de los 'hechos de la vida'", etc. Pensé: Bien. Si en el monte chaqueño los nivaclé tenían historias geniales, seguro que a lo largo del italiano río Po también habrá algunas. Y pensé: además, ni siquiera hace falta pericia literaria pues es solo transcribir desgrabaciones y ya está. Y: qué linda tapa y es ANAGRAMA. Qué buen libro.
Falso.
FALSO.

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Fuera de lo que dice la contratapa, es imposible saber de dónde viene el libro ni para dónde va y está lleno de cosas insulsas que son una ofensa indecorosa para los habitantes del Po. Basta decir que al leer la mitad de libro, con la sensación de un déjà vu muy leve, y sin entender ni siquiera un solo párrafo, sin que me interese ni una sola línea, mi mujer viene y me dice: "Ese libro lo leíste el año pasado y dijiste que era malísimo. ¿Al final te gustó?"
Luz.
Con razón. No me gustaba una mierda.

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Encima el libro trae un mapa de la llanura. ¡Un mapa! Tolkien tenía un mapa. ¿Y para qué? Como si fuéramos a ir a la casa de Frodo. Y este italiano mete un mapa solo para romper las bolas. ¿Qué pretende? ¿Qué vayamos a denunciarle por estafador ante cada persona que le contó (de haber pasado así) una historia?
No me creo nada eso de que recolectó historias. Se lo inventó todo en dos días. Y lo transcribió en media hora. O si las buscó fue entre los peores narradores de las llanuras. Entre los que solo tenían intenciones de burlarse de él contandole idioteces.
Hay, por ejemplo, una japonesa que no ve a un tipo y el tipo se enamora de ella e intenta levantarla sin éxito y luego la japonesa termina atropellando a este tipo y el tipo no dice nada sino que lo acepta porque es su destino ser ignorado por la japonesa, según dice.
¿Es un chiste?
¡Si quiero historias japonesas voy a leer un japonés o leo a Lafcadio Hearn!
Y después hay un relato en que dos niños buscan un adulto que no sea aburrido. Pinta bien el comienzo pero se pone tan pero tan insustancial que los dos niños se fueron quién sabe dónde. Era imposible seguirlos. No sé qué pasó con estos niños. No sé qué pasó con muchos de este libro.

2

Sin embargo hay un par de buenas historias. Más bien proto-historias. Que podrían servir para alguna cosa. Quién sabe para qué, pero podrían servir para alguna cosa. En el fondo, todo sirve para algo, ¿no?
Giani Celati no servís como recopilador de historias. Sos lamentable.

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domingo, 14 de junio de 2009

Caro Michele, de Natalia Ginzburg



La gran pregunta es qué he estado haciendo en vez de leer este libro. ¿Leyendo a Ammaniti? ¿A Guebel? ¿A Bizzio?
(Es probable que ya gracias a ser la tercera o cuarta vez que los menciono sus lectores aparezcan por estos lares)

"Querido Miguel", "Caro Michele", es un títutlo tan indudablemente hueco, inane, cutre (como dirían los ¿guatemaltecos? ¿salvadoreños?) y sin embargo es un librazo.

Estoy profundamente caliente por esta escritora, Natalia G. Por lo mismo fotografié ilustrativamente su libro al lado del calefón.


Ediciones librerías Fausto, Buenos Aires 1974.
216 pág. Traducción de Marcela Milano.


Vi su foto y debo confensar que me resultó una mujer espantosamente horrible, hórrida. Sin embargo la sigo sintiendo tan pero tan sexy... Si tuviera el cuerpo como la prosa que escribe, probablemente ya hubiera ido a Italia para desenterrarla.
De joven está pasable aunque no es un primor.
En fin. Estoy completamente enamorado y sus libros son ¡tan caros!
Habría que fusilar a los libreros desalmados. Habría que fusilar a un montón de gente que no tiene nada que ver con libros pero se merece un tiro. No hace falta que camine dos cuadras para encontrar candidatos...
El libro, de Natalia G., trata de una serie de cartas destinadas a un tal Miguel, con partes narradas en omnisiente, también este Miguel responde algunas cartas. Los que escriben son su madre, sus hermanas, un par de amigos, cada uno perdido, arrastrando su miserable existencia, mientras Miguel va de ciudad en ciudad, miserable también, se casa, muere el padre que es pintor como él, que estaba separado de la madre, llega a inglaterra en uno de sus viajes, no va al funeral de su padre, su madre está sola extrañando al ex, por dios, no pasa nada interesante. Pero bueno, la literatura no trata de pasar siempre algo, ¿no? Para eso están las películas, y la vida de los demás, donde siempre pasa más que en nuestras vidas, ¿no?
Por eso estamos tan pendientes de los demás, porque en nuestra vida no pasa absolutamente nada.
Yo por mi parte miro este blog, o este otro, obeservo las ventanas de los departamentos vecinos (mientras mis vecinos observan la mía), vigilo a mi mujer, y entonces, como veo que por ahí tampoco pasa mucho, me pongo a leer, y en Natalia G., por dios, tampoco pasa nada... Pero ¡qué manera de no pasar nada!
Pues hasta la muerte tiene sus maneras... el vacío tiene sus maneras. Y así también la oscuridad, el vértigo, el agua que corre, la crema del café, las bolas de billar son únicas en su circunferencia, etc.
Este libro, decía, por lo menos tiene capítulos. ¡Hay tantos libros que ni siquiera tienen capítulos!
Es genial ir de un capítulo a otro, o decir, por ejemplo, leeré solo hasta el 3, y luego llegamos al 3 y decimos, entre otras cosas, cómplices de nosotros mismos, voy a leer un capítulo más. ¿Se imaginan los libros sin capítulos? Uno para de leer y si por casualidad no se tiene marcador hay que hacerle un dobladillo a la hoja, o se pierde el marcador, y entonces ¿cómo hacemos para recordar? ¿Dónde detenemos la lectura?
Natalia G. tiene una prosa tan sexy, tan histérica, delicada, y además tiene capítulos. Es una escritora completa, no hay más que decir.
Al terminar la lectura hice una serie de anotaciones que transcribo, para lo que sirvan, que se titulan

Pensamientos acerca de Querido Miguel, libro hermoso de Natalia G.
¿Cuál es o en qué consiste ese oscuro lazo que nos une a nuestros seres queridos? ¿Costumbre, miedo, inercia?
Nunca logramos conocer a las personas que creemos conocer, porque es imposible traspasar el abismo. Las personas son, ante todo, un abismo.
Nos movemos como extraños en una tierra extraña y elegimos unas pocas caras extrañas para intentar sentirnos un poco más confortables.
¿Cómo no amar este mundo si no tiene ningún sentido? ¿Por qué amarlo si no tiene ningún sentido?
Sufrimos vértigo. El vacío nos seduce y llama incansablemente. Nos lanzamos en él o huimos de él. Sea cual sea la decisión que tomamos, estamos haciendo las dos cosas a la vez...

Y así cosas por el estilo.
¿Por qué me ha gustado tanto este libro?
Pues porque tiene personaje bellos, tontos, cretinos, desalmados, melancólicos, humanos, si es que este adjetivo tiene algún fundamento. Y una prosa completamente entregada a la disección de su literatura, es decir no se vende para ser genial, nada de superefectos, a lo Fresán, por ejemplo.
Se nota que Natalia G. ha vivido algo y tiene ovarios para contarlo, sin ser panfletaria ni nada por el estilo. Es, sin embargo, una militante de la vida, pero no anda por ahí haciendo elogios o lloriqueando que la vida es una mierda, aunque esto, claro, sea completamente cierto.
"Nos consolamos con nada, cuando ya no tenemos nada", dice en una parte. Oh, qué sexy es.
La melancolía y la desesperación son los sentimientos más excitantes del mundo. Y más todavía la resignación.
Rendirse ante la vida es el único acto noble.

Otra cosa antes de terminar. Por medio de esta entrada quisiera también avisarle a Marta Lena Paz que encontré su certificado de una ponencia que hizo en Córdoba hace 16 años. Estaba dentro del libro de Natalia G., que compré de una tienda de usados. El certificado está intacto. De paso le digo que la próxima tenga más cuidado, que seguro sirve para algo un documento así.



Saludos a todos.




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