miércoles, 22 de febrero de 2012

La forma perfecta: Gombrowicz interpela a Kundera

—Mi mujer adora a Mahler —dijo después—. Me contó que dos semanas antes del estreno de su Séptima sinfonía, Mahler se encerró en la habitación de un ruidoso hotel y rehízo durante toda la noche la instrumentación.
—Así es —asentí—, fue en Praga en 1906. El hotel se llamaba Estrella Azul.
—Me lo imagino en esa habitación de hotel rodeado de papeles con notas —continuó Paul sin dejar que lo interrumpieran—, estaba convencido de que toda su obra quedaría estropeada si en la segunda frase tocaba la melodía el clarinete en lugar del oboe.
—Así es exactamente —dije y pensé en mi novela.
Paul continuó:
—Me gustaría que esa sinfonía se ejecutase una vez ante un público compuesto por los más renombrados especialistas, primero con los arreglos de las últimas dos semanas y después sin ellos. Garantizo que nadie sabría diferenciar una versión de la otra. Quiero decir que es sin duda admirable que el motivo que en la segunda frase toca el violín lo retome en la última frase la flauta. Todo está elaborado, pensado, sentido, nada se deja librado a la casualidad, pero esa enorme perfección nos supera, supera la capacidad de nuestra memoria, nuestra capacidad de concentración, de modo que ni el oyente más fanáticamente atento es capaz de abarcar de esa sinfonía más de una centésima parte, y seguro que aquella que menos le importaba a Mahler.
Su idea, tan evidentemente correcta, le alegraba, mientras yo iba poniéndome cada vez más triste: si mi lector se salta una frase de mi novela, no la entenderá, y sin embargo, ¿dónde hay en el mundo un lector que no se salte ni un solo renglón? ¿No soy yo mismo el mayor saltador de renglones y páginas?
—No le niego a esa sinfonía su perfección —continuó Paul—. Lo único que niego es la importancia de esa perfección. Esas sinfonías esplendorosas no son más que catedrales de la inutilidad. Son inaccesibles para el hombre. Son inhumanas. Hemos exagerado su significación. Nos hemos sentido inferiores ante ellas. Europa ha reducido a Europa a cincuenta obras geniales que nunca ha entendido. Imagínense esa indignante desigualdad: ¡millones de europeos que no significan nada frente a cincuenta nombres que lo representan todo! ¡La desigualdad entre las clases es un descuido insignificante en comparación con esta insultante desigualdad metafísica que convierte a unos en granos de arena y proyecta en otros el sentido del ser!
La botella estaba vacía. Llamé al camarero para que trajese otra. Así fue como Paul perdió el hilo de la conversación.
—Estaba hablando de las biografías —le apunté.
—Ajá —recordó.
—Se alegraba de poder leer por fin la correspondencia íntima de los muertos.
—Ya sé, ya sé —dijo Paul, como si quisiera adelantarse a las objeciones de la parte contraria—: Les aseguro que hurgar en la correspondencia íntima de alguien, interrogar a sus antiguas amantes, convencer a los doctores de que revelen secretos médicos, es una porquería. Los autores de biografías son gentuza y jamás me sentaría con ellos a una misma mesa, como con ustedes. Robespierre tampoco se hubiera sentado a la mesa con la chusma que robaba y tenía un orgasmo colectivo cuando devoraba con los ojos una ejecución. Pero sabía que sin ella no había manera. La gentuza es el instrumento del justiciero odio revolucionario.
—¿Qué hay de revolucionario en el odio hacia Hemingway? —dije.
—¡No estoy hablando del odio hacia Hemingway! ¡Estoy hablando de su obra! ¡Estoy hablando de la obra de todos ellos! Hacía falta decir ya de una vez que leer algo sobre Hemingway es mil veces más entretenido y provechoso que leer a Hemingway. Hacía falta mostrar que la obra de Hemingway no es más que la vida de Hemingway en clave y que esa vida fue igual de mísera e insignificante que la vida de todos nosotros. Hacía falta cortar en trocitos la sinfonía de Mahler y utilizarla como fondo musical para un anuncio de papel higiénico. Hacía falta acabar de una vez con el terror que producen los inmortales. ¡Derrocar el arrogante poder de las Novena y de los Fausto!
Ebrio de sus propias palabras se incorporó y levantó su copa:
—¡Brindo por el fin de los viejos tiempos!
Págs. 395 - 396 - 397

LA INMORTALIDAD, Milan Kundera
RBA Ediciones, Barcelona 1993
Traducido del checo por Fernando de Valenzuela


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(…) os recomiendo mi método de intensificación por medio de la repetición, gracias a que, repitiendo sistemáticamente algunas palabras, giros, situaciones y partes, las intensifico forzando asimismo el efecto de la unidad del estilo casi hasta los límites de lo maniático. ¡Por la repetición, por la repetición se crea la mitología! Observad, sin embargo, que tal construcción parcial no sólo es una construcción, sino que en verdad constituye toda una filosofía, la cual presentaré aquí bajo la forma livianita y burbujeante de un folletín gracioso. Decidme, ¿cómo pensáis?, ¿acaso, según vuestra opinión, el lector no asimila sólo partes y sólo en partes? Lee, digamos, una parte o un pedazo e interrumpe para, dentro de algún tiempo, leer otro pedazo; y a menudo
ocurre que empieza desde el medio o, aun, desde el final, prosiguiendo desde atrás hacia el principio. A veces ocurre que lee dos o tres pedazos y deja... y no es porque no le interese sino porque algo distinto se le ha ocurrido. Pero aun en el caso de leer el todo ¿creéis que lo abarcará con la mirada y sabrá apreciar la armonía constructiva de las partes, si un especialista no le dice algo al respecto? ¿Para eso, pues, el autor durante años corta, ajusta, arregla, suda, sufre y se esfuerza: para que el especialista diga al lector que la construcción es buena? ¡Pero vayamos más lejos aun, al campo de la experiencia cotidiana! ¿No ocurre acaso que cualquier llamado telefónico o cualquier mosca puede distraer al lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes y tramas se juntan en la unidad de la solución final? ¿Y si en ese momento entrase (digamos) su hermano y dijese algo? La noble labor del
escritor se echa a perder a causa de una mosca, un hermano, o un teléfono, ¡oh, malas mosquitas! ¿por qué picáis a hombres que ya perdieron la cola y no tienen con qué defenderse? Mas preguntemos todavía si aquella obra vuestra, única, excepcional y tan trabajada, no constituye sólo una partícula de treinta mil otras obras, también únicas y excepcionales, que aparecen en el transcurso del año. ¡Malditas y terribles partes! ¡Para eso, pues, construimos el todo: para que una partícula de la parte del lector asimile una partícula de la parte de la obra y sólo en parte!
Pag. 70 -71

FERDYDURKE, de Witold Gombrowicz
Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1964
Traducido del polaco por W. Gombrowicz y Cía.





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5 comentarios:

Anónimo dijo...

No dejan de tener algo de razón, ambos, y por lo mismo también no dejan de estar errados. Mahler, en algún texto que no recuerdo, parece ser que decía de alguna de sus sinfonías ( la "De los Mil" ?? sorry, soy malo recordando, debo levantarme e ir a buscar el libro y estoy tan cómodo acá ) algo así como: Aunque se elimine alguna de las partes, es tan redundante que no sufrirá.
El punto es que el razonamiento comienza a fallar si consideramos partes en el tiempo, no en la simultaneidad. Un compás menos ? Ok, no pasa nada. 100 ? un movimiento entero ? . Con el discurso es peor, ya que lo equivalente a la simultaneidad de partes no es tan simple. La repetición y la repetición son, a lo sumo, un procedimiento tranquilizador, una autocomplacencia.

Elumber dijo...

Hola Ever..
Para mí hay un diferencia sustancial en este contrapunto Kundera.-Gombrowicz. El personaje de Kundera encarna más el punto de vista del típico escritor demagogo y resentido, que intenta justificar su impotencia en cierta caraterización negativa de la práctica del otro. En cambio, Gombrowicz, asumiendo casi como voz propia, parece mofarse, tanto del que busca esa perfección a ultranza, como del quejoso demagogo que cela del perfeccionista. Creo que Gombrowicz mismo fue un perfeccionista. De cualquier manera, respecto a este debate, mi postura es que si se esribe en términos de búsqueda, no tiene sentido la autolimitación en nombre de lo que la gente puede entender o leer. Defiendo la actitud de Mahler como única posible de producción artística, más allá de que nadie más que él haya podido logar esa minuciosidad..Ese es su límite. Los demás tienen, tenemos límites más cercanos y acotados. De lo contrario se entra en ese populismo demagógico a lo Soriano, que busca empatizar con el sentido común en boga( es lo que la gente quiere, eso ya no se usa, eso está perimido, etc) que sopune a un público bobo. Es un poco lo que propugna en su discurso sobre los últimos acontecimientos de debate público, el editor S. A. Por ahi está, creo, la frontera entre una obra de arte y un producto comercial...
Salutes, che... y que vuelen los moquetes..

e. r. dijo...

Hola, Anónimo, Humbert
Ya que ambos textos, el de Gombro y Kundera, son irónicos, es resbaloso tomar una crítica hacia lo que dicen. En cualquier ambos evidencian el bache entre la intención de un autor y lo que percibe el lector (o escucha música, etc.); y la vez, en ambos subyace la idea de que un autor quiere, evidentemente, expresar alguna cosa. A mí me parece interesante la respuesta de Gombro (por supuesto, es de un libro 50 años más joven) que viene desde una época particular: la vanguardia de los surrealistas, el dadaísmo, el estar entreguerras, en fin, sus circunstancias particulares. El arte no era concebible sin ser revolucionario: no podía haber tibios. Se rompía con todo: el arte con sus formas anticuadas (recordemos La Forma de Gombro), los modos de expresión, se rehacía la poesía y se volvía a concebir lo poético, el cubismo partía la mirada, Dalí reordenaba los sueños -les daba una dirección-, Joyce, Stravinski, etc. Hay una similitud con el Romanticismo: Beethoven después de Mozart, apasionando la música, volviéndola más similar a los tumultos del corazón, en fin, todos los sentimentales poetas románticos luego del clasisismo, hicieron una destrucción de la forma, en cualquier caso una reorganización, etc. Y post Romanticismo tenemos, por ejemplo, la vuelta a las estructuras clásicas en los parnasianos y Baudelaire. hay en esta actitud un descreimiento por el sentimentalismo gótico de los románticos; en cualquier caso, es pedir un poco de cabeza fría, dejar lo rimbombante y a los piratas de corazón sangrante, y una vuelta al soneto, los ritmos clásicos, un estudio de los recursos literarios, tomados ya sin corazón, como instrumento, en lo lúdico, en sus posibilidades formales.... La pintura también tiene algo de eso, piensen en los colores de Gauguin. Sin embargo, el post románticismo todavía cree, aunque de manera atemperada respecto a los románticos, que es importante expresar algo y les preocupa como hacerlo. El personaje de Kundera habla en la década de 1990. Pasó la vanguardia, pasó el corazón, pasó, incluso, lo cerebral, estamos en post-post. El comentario del personaje de Kundera, toma la actitud de la intelectualidad de hoy: ya no hay nada, la cultura está muerta, no vale la pena hacer grandes mamotretos, el delirio formal es una estupidez, la escritura fea, sin ideas, etc. Esto como un grito revolucionario, o al menos revisionista. El caso de Gombro, le responde a su vez a la vanguardia de su época, haciendo chiste de ella, haciéndole críticas irónicas. Lo que sí diferencia a ambos, es que Gombro propone una especie de deconstrucción cómica, mientras que Kundera propone una mutilación dolida, una amputación. No sé si estoy en lo correcto, pero me pregunto, en cualquier caso, qué podemos hacer nosotros, que ya no estamos en los 80 ni en los 30, pero que enfrentamos también a un maistream de lo actual, del "hay que hacer ahora".

Vero dijo...

Me acordé de Reger, el de Maestros antiguos, que dice que sólo podemos leer fragmentos, el todo es insoportable. (¿Quién se puede jactar de haber leído un libro completo?).

Elumber dijo...

Don Éver, estimado Anónimo, querida Vero:
Creo que hay un abismo entre las pretensiones del escritor y la recepción del lector/a. En ese abismo, el lector le atribuye un sinfin de razones y actitudes al escritor. Lo que en Kundera aparece, al menos en tu recorte, es la de un escritor que actua como lector; alguien que se abisma practicamente de sí mismo. Y de ahí resuena una queja del personaje, que no necesariamente tiene que ser el punto de vista del autor, aunque si del seleccionador, en este caso, vos. Porque ese párrafo está cargado de un sentido político respecto de la escritura...Y cuando hablo (o escribo) de política, me refiero en su amplitud más basta. No me refiero al objeto, del qué de la literatura, cosas que cambian del romanticismo al neoclasisismo, etc., sino de lo actitudinal del escritor. Qué actitud frente a su obra y frente a las demás obras. El personaje de Kundera lo que critica (pa mi, al menos) es la actitud Mahler frente a su obra... y ahí es donde me resuena esa actitud demogoga y recelosa... desconfiada como si esas actitudes por sí solas produjeran obras inextricable, inaccecibles para los demás... Y para mí no es así... Cualquier obra sensilla, compleja, requiera una entrega aboluta, salvo que lo que se pretenda es simplemente crear una serie de objetos que funcionan para la época, que granjean ciertas simpatías (por empatía) y que es recibida con cierta facilidad... de ahi surgen esas expresiones conformistas como, "eso ya no se lee", "esta perimido, es tedioso", etc. Pero esos objetos, para mí, reunen la condición más de mercancia que de obra artística. Como cualquier época está atravesadapor uan serie de fiuerzas que influyen en las caracterisitcas peculiares de las preducciones, creo que ésta está atravesada por la compulsión reproductiva, el imperativo de la novedad que ya no es novedad y se convierte en una aburrida variación de los mismo sobre lo mismo que, incluso, impera como discurso en quienes pretenden derribar ciertas dinastías construidas por el mercado editorial, por necesidad de otras editoriales emergentes... Y eso deriva en esto de decretar perimidas ciertas obras y poeticas, etc...Es espeluznte cómo el discurso más proge o más "revulsivo" de la literatura termina siendo una discurso complaciente y funcional al mercado emergente...
Leí este contrapunto Kun-Gom desde esa perspectiva...
Ojala pongamos en jaque los límites del blog para el debate..
salutes