lunes, 28 de junio de 2010

LIBRO DE MAL AMOR, de Fernando Iwasaki




RBA Libros, S.A. 2001 –Barcelona.


Si pensamos el acercamiento a los libros como un flirteo y posterior cópula entre adolescentes, puedo muy bien hablar sueltamente de la mitad de mis lecturas, y la otra mitad, obviamente, quedaría para otra metáfora. Por lo pronto, remitámonos a la cópula.

Lado A. Los vaivenes del amor
Obstinándome hasta los límites de mi capacidad evocativa, recuerdo los rulos de la timidez de mis años mozos cuando veía una chica que me gustaba. Tenían que cruzarse no sé cuántas miradas hasta tirar el hola. Después seguía el usualmente estrepitoso episodio de la novela de mi educación sentimental, o bien con el fracaso, o bien con un simple resbalón al gris charco de la indiferencia. Demás está hablar de lo complicado del amor y sus avatares, aunque por otra parte allí me va bien.
En el caso de mis amoríos con libros, cuyo decurso histórico tiene los decibeles altamente temblorosos, mi experiencia no supo enseñarme mucho. Apenas veo un ejemplar seductor, me retraigo en mi memoria para ver si alguien me hizo el pase con alguna recomendación, pero normalmente la baba se me resbala por la cara y se pega a la solapa de libro, y tengo que tenerlo para poder limpiar la mancha impúdica de mi erotomanía.
Sin embargo el bolsillo, que es más tímido que el corazón en casos como el mío, impone límites precisos: no le puedo levantar la pollera al primer título que veo, porque si el olor que emana me animaliza, y después descubro que no me puedo comer lo que hay allí, por el alto costo monetario que conlleva, tendré una depresión terrible que difícilmente conseguiré aplacar con lo que hay en casa.
Estoy hablando de literatura.
Así me ocurrió con Iwasaki y este ejemplar de ilustración tan tierna. Cruzamos miradas, e incluso caricias, en estantes relucientes de libros caros. Quedé prendado no solo del nombre, sino de lo que me dijeron de él (Cabrera Infante y Vargas Llosa lo elogian en la contratapa). Pasaron, inflados y sabiondos, como buitres ingrávidos sobre el cadáver del mundo, los años. Lo encontré otra vez en un estante parecido a una esquina de plaza de barrio de clase media. Precio accesible, es cierto, pero mi bolsillo es duro, es seco. Así que lo dejé pasar, no sin antes lanzarle un beso devorador cargado de abrumadora nostalgia y profundo deseo.
Hasta que, en una mesa saldos, se me tiró encima, hambriento de mí, con precio de chiste. Por supuesto yo, como se hace en estos casos, le di a entender que me pensaría la cuestión. Así que revoloteé sobre los demás ejemplares expuestos, que se rompían como flores rojas en un jardín de invierno, cuyo aroma perverso instigaba a mi superyó a autoflagelarse locamente en cualquier rincón oscuro y húmedo.
Etc. Ect.
En resumidas cuentas, me agencié del ejemplar. Y lo empecé a manosear esa misma noche.

Lado B. La consumación del am
Contracara del hit mayor de la literatura medieval en lengua española, este libro es una mierda.
¿Por qué? Creo que básicamente se debe que a Iwasaki le parecen graciosas las boludeces que a mí no, pues a mí me hacen cosquillas otras tonterías.



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martes, 22 de junio de 2010

Ménage à trois: lectura de dos relatos de Marcel Schwob y Francisco Ayala, por mí, que soy solo uno



Introito
La relación con la literatura es básicamente un trío: escritor – texto – lector. Pero se da en parejas: escribe el escritor; lee el lector; y el texto es un manoseado lábil vegetante.
Los relatos escogidos hablan de tríos: “Los sin cara”, de Marcel Schwob, perteneciente al libro La Cruzada de los Niños, publicada por Biblioteca 100 x 100 en 1997, con traductor innominado (quizá Julio Torri); y “San Juan de Dios”, de Francisco Ayala, de Los Usurpadores (en mi humilde opinión, una de las mejores colecciones de relatos en español del siglo XX) en edición de IBERIA, 1989.

Los Sin Cara
“Sus ropas habían volado hechas jirones.
La conflagración de la pólvora había
borrado el color de los números”
Pág. 55

Empezamos por este relato porque fue escrito primero, aunque la acción ocurre en un tiempo más próximo al nuestro (siglo XIX, mientras que el de Ayala ocurre en el XVI).
Luego de una batalla, encuentran a dos soldados destrozados por el fuego cruzado. En el primer párrafo, de un erotismo descarnado, se describe el estado de los cuerpos: no tienen ojos y un agujero desproporcionado hace de boca, perdieron la lengua y también los miembros; son dos masas de carne idénticas, e increíblemente, apenas, todavía están vivas. En la ambulancia los bautizan como Sin Cara 1 y Sin Cara 2. Un cirujano inglés les cura las heridas y “modeló aquel amasijo de carne”. Los Sin Cara, que no oyen ni hablan, emiten ronquidos como incompresibles señales de radio. Se curan en el hospital, en camas contiguas. Aparte de comer, cagar y dormir, fuman, gracias a un par de pipas confeccionadas especialmente para sus enormes bocas, y van soltando bocanadas de humo con gran placer. Un día llega al hospital una mujer muy atractiva y, para sorpresa de todos, dice que uno de los Sin Cara debe ser su marido desaparecido en la batalla. El problema es que, dado el parecido trágico de los Sin Cara, no puede identificar cuál. Entonces el médico jefe le sugiere, a tono de broma, llevarse a los dos para tantearlos y así zanjar la cuestión. La mujer se escandaliza con la idea. Pero luego de observarlos bien y notar que ninguno de los dos reaccionaba de forma particular a su presencia, decide quedárselos por un mes de prueba. Ya en su casa, la mujer, cuidándolos como a bebés, esperó algún signo para identificar a su hombre, pero los dos Sin Cara no hacían más que disfrutarla y fumar, con gran placer, sus pipas. Por más que los examina, la mujer no puede identificar a su marido en ninguno de los dos. Poco a poco se relaja y cede a la costumbre de tenerlos a ambos. Ensamblando los dos muñecos grotescos, embebida en una gran ternura, se compone el marido. Pero con el tiempo, insensiblemente, se acostumbra más a uno de ellos. El Sin Cara dejado de lado, empieza a entristecerse: deja de fumar y se repliega, lleno de celos turbulentos, en sí mismo. Entonces la mujer, sin comprender mucho, comienza a ocuparse más de él. Pero el Sin Cara triste, víctima de su corazón, se deja morir. Viendo el cuerpo sin vida del Sin Cara triste, el corazón de la mujer se despierta. Y corre llena de odio hacia el otro Sin Cara. Pero al verlo, fumando alegremente, tan tranquilo, es de nuevo presa de una dulce compasión infantil.

San Juan de Dios
«…los vicios de mi educación: el haber sido
criado como hijo de señores, cuyos deseos son
antes servidos que adivinados…»
Pág. 36

Este cuento obedece a un recuerdo del narrador: en su casa de niño, hay un cuadro de San Juan de Dios, de autor anónimo. Al narrador le gusta el cuadro por sus tintes ocres, en los que ve una gran belleza, sin que esto le despierte necesariamente un sentimiento religioso. Más bien, el cuadro pertenece a lo que sería su acervo cultural. Entonces, luego de presentar someramente al santo, nos relata una anécdota sobre él, que al narrador, al igual que el cuadro, le gusta mucho estéticamente y que, de una cierta vaga manera, también le corre por las venas.
Cuando San Juan de Dios decidió (por epifanía) ser un santo, empezó primero pidiendo limosna para los enfermos. En una de esas, está pidiendo limosna y se cruza con un caballero que le da una paliza por interrumpirle el paso. Queda el santo todo magullado y camina por ahí. Entonces ve a un chico que intenta llevarse inútilmente a un burro viejo, tarea de la que lo disuade el santo. El chico le limpia las heridas y con actitud cervantina relata su vida de huérfano y San Juan decide cuidar de él. Llega entonces una mujer y San Juan corre a pedirle limosna. La mujer opta por llevarse al chico de criado, con la condición de mandarle limosnas periódicas a través de él al santo. Quedó así el convenio que se desarrolló sin pausas. Tiempo después, el santo se encuentra con un hombre que en lugar de manos presentaba dos muñones. El manco le cuenta su historia: él es el caballero que le dio la paliza, y le cuenta más: pagó por ello con sus manos. Le relata que nació hijo de señores pero que por cosas de la vida quedó huérfano sin herencia, ya que su patrimonio pasó a manos de parientes. Cuando creció, fue a recuperar, con buena fortuna, su dinero; y en ello conoció a un primo suyo y a la prometida de éste. No contento con recuperar su herencia, se quedó también con la prometida de su primo. El día de la boda, el primo del manco, loco de ira, fue a ver a la mujer y le tocó las tetas sin permiso. El manco se enteró y decidió vengarse: le cortaría las manos y se las daría a la mujer como ofrenda el día de la boda. Cuando la mujer se entera de su plan, le dice que nunca se casará con un patán semejante y el manco decide entonces, por no perderla, anular su venganza. Galopa hasta la trampa preparada para su primo y confundido por los matones que contrató, termina sin manos. Comienza a vagar por la vida hasta que se encuentra a San Juan y le pide ser su discípulo. San Juan de Dios lo convence de pedirle disculpas al primo. Encuentran al mismo a la puerta de una iglesia y resulta estar también perdido en el mundo. Los primos se hacen discípulos del santo, y se reconcilian en la entrega a Dios y a los enfermos. Un día llega hasta ellos el chico del burro: su dama está muriéndose de peste y le pide al santo ayuda. Se entera San Juan que la dama del chico es la prometida de los primos y sin consultar envía a los dos a cuidarla. Los primos llegan junto a la mujer cuando ya ha muerto. Lloran a sus pies y le hacen los servicios fúnebres. Terminan siendo los discípulos más fieles del santo. El cuento continúa un par de líneas más, sin ánimo de hacer parábola cristiana, dando los últimos retoques al cuadro de San Juan de Dios.

Extroito
En lugar de versar sobre los encuentros sexuales o el durante de las ménage à trois de las historias, estos relatos se ambientan para dar una resolución a este tipo de relación amorosa. Quiero decir, leídos con alevosía, dan una respuesta a la pregunta de si es posible un clímax de a tres. Pero terminan dando una explicación sobre el esquema necesario para el funcionamiento de las relaciones amorosas de a dos.
Estando de a tres, los amantes no funcionan, pues terminan escogiendo una pareja y dejan de lado al otro, pero sin abandonarlo completamente.
En Schwob, vencido el sentimiento de escándalo de la mujer (clichés de pensamiento, subjetividad heredada, etc.), ella puede gozar aparentemente con ambos amantes, pero su cuerpo escoge a uno de ellos, y cuando el Sin Cara dejado de lado muere, esto abre una nueva perspectiva, más libre, a relación de a dos con el sobreviviente. En Ayala es la muerte física de la amada lo que exalta la unión de los primos, que de antemano habían ya optado por estar juntos; pero recién se liberan a su goce cuando entre los dos amortajan a su amada.
Dicho de una manera más simple: el primer cuento refiere a lo corporal y el segundo a lo espiritual. Es lo carnal lo que decide entre los amantes de Schwob, entregados al placer de sentir como están los personajes. Y en Ayala es lo ideal del amor: la entrega absoluta a un sentimiento que ya no pide un objeto sino que se entrega al mar tumultuoso del mundo entero.
Para ser disfrutada a pleno, toda relación amorosa necesita un otro muerto. Más precisamente: sobre el cadáver del otro muerto, los sobrevivientes a la catástrofe amorosa inauguran su lecho de amor.




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domingo, 20 de junio de 2010

Siempre nos quedará José (de Javier Viveros, que suscribo)



En los alrededores del año 2000 leí en Internet la reseña de una novela que planteaba una reelaboración del mito platónico de la caverna. El autor era un portugués cuyo nombre –en ese entonces– me resultaba desconocido por completo. Consulté mi motor de búsqueda favorito y me enteré de otros títulos de sus obras e inmediatamente compré tres de sus libros en una imitación brasileña de Amazon.com.

Una semana después, al llegar a casa, el paquete de libros me aguardaba en la sala. Gratísima visita. No he olvidado los títulos: A Caverna, O Evangelho Segundo Jesus Cristo y A jangada de pedra. Todo en portugués. Recuerdo haber empezado por O Evangelho…, supe que había sido tachado de blasfemo por diversos sectores de la iglesia católica y eso siempre atrae. El libro iniciaba con un grabado de Alberto Durero y lo acompañaba una minuciosa descripción que era inevitable calificar de magistral. Leí la novela hasta convencerme de que mi posesión de la lengua de Camoens simplemente no era suficiente para encarar literatura y menos aún literatura de 24 quilates como la que tenía en frente.

El autor en cuestión era, por supuesto, José Saramago. Años después conseguí las versiones en español de casi todos sus libros y me sumergí en sus páginas. Los argumentos de sus novelas rozan lo inverosímil, pero la elegante prosa y el acabado oficio del portugués logran siempre revestirlo todo de una granítica credibilidad. Su estilo es inconfundible: oraciones de gran longitud, puntuación escasa y diálogos no explícitamente señalados.

Hoy, este magnífico escritor se encontró con la segunda fecha de su epitafio. Portugal ha perdido a su único Nobel de Literatura y sus ávidos lectores nos hemos quedado viudos de las novelas que ya no podrá escribir. Pero la suya es una literatura que permanecerá, porque es la literatura de un gigante. Sólo resta desear que su alma descanse en paz. Porque su obra y ahora él mismo forman ya parte de ese inquietante misterio que es la eternidad.



(esta nota es de Javier Viveros, y pueden leer aquí:

http://javierviveros.blogspot.com/2010/06/siempre-nos-quedara-jose.html)





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miércoles, 16 de junio de 2010

El Desovillador




El Desovillador mi gato
duerme sueña hilos
en la vía láctea
tiembla inquiriendo
oscuridad sideral
la punta de la madeja
¿donde hincará el diente?




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jueves, 10 de junio de 2010

Cómo muere Dios, según Federico Nietzsche (o Jorge Plotkin)


«No he sido yo, sino San Pablo y Lutero los grandes inmoralistas que enseñaron a los devotos cristianos cómo asesinar, mentir, robar y evitar la venganza de Jehová. Fueron San Pablo y Lutero quienes empujaron a los buenos cristianos más allá del bien y del mal, más allá de la ley moral, y predicaron la salvación mediante las tretas de la sangre del sacrificio de Cristo. Desde entonces se han redimido a sí mismos a través de la sangre del judío Jesús, y a través de millones de sus compañeros judíos. En el siglo veinte, en un paroxismo de frenesí nihilista, transformarán a toda Europa en un sangriento matadero y limpiarán sus pecados en la sangre de Israel. Esto no es simple imaginación: Heine ya ha profetizado el próximo derrumbe de la civilización cristiana, cuando los alemanes sacudan el polvo de sus viejos dioses paganos y sumerjan al Occidente en un terrible baño de sangre. Si Dios realmente viviera no permitiría que el siglo veinte sobrevenga. Por lo tanto, Dios debe estar muerto. Pero, ¿cómo murió? ¿Cómo un estoico demasiado orgulloso para ver su mundo remendado por los llamados prosélitos de Jesús? ¿Cómo un divino fariseo en protesta contra la calumnia cristiana de los fariseos, nobles judíos que creían en las buenas obras como piedra fundamental de la conducta moral? Dios, el fariseo, se mató en protesta contra puercos tales como San Pedro, San Lucas, San Juan y San Pablo, que corrompieron las enseñanzas de Moisés, contaminándolas con las turbias aguas del helenismo putrefacto y la bazofia oriental. ¡Qué censura para los cristianos fanáticos como mi hermana!
Elisabeth no podía aguantar el hecho de que Lou Salomé fuera una judía, ¡pero Dios no podía soportar la amarga verdad de que ella era una cristiana que veneraba al Príncipe de la Paz, urdiendo pogroms junto a su antisemita marido de ojos feroces! Así, en un paroxismo de ira y repugnancia, Él cortó Su garganta con el filo dentado de una estrella y dejó que Su sangre vertiera sobre la tierra en un tormento divino de remordimiento.
No, esta versión es demasiado romántica, tiene sabor a Wagner y al wagnerianismo. La explicación de Stendhal era más prosaica y más compatible con la verdad. Dios, el mecánico, falleció de muerte natural, ¡la enfermedad del corazón! Dejó Su mundo al Hijo, quien, como yo, no conocía nada de mecánica, ya que era un poeta, un soñador de salvajes fantasías. El Hijo se introdujo en el taller cósmico, rascó su cabeza ante el espectáculo de la complicada e inmensa maquinaria de la existencia, y levantó la palanca para que la maquinaria funcionara a contramarcha, causando locos estragos a través del universo, que se cubrió de ruedas que volaban por los aires, y de los despojos de una maquinaria destrozada.
Así debió suceder: no es Dios sino Su Hijo el causante del caos del mundo. Dios murió de un ataque al corazón y Su Hijo nos sumió en un cósmico atolladero.
Algunas veces creo que Su Hijo es Federico Nietzsche, el cual expía ahora sus torpes tonterías. Él paralizó el cosmos y ahora él mismo está en las garras de la parálisis.»


Federico Nietzsche, "Mi hermana y yo".
Trad. Bella M. Albelia
Santiago Rueda - Editor. Buenos Aires, 1955.
Páginas 227 - 228

lunes, 7 de junio de 2010

Shopenhauer y los perros, según Federico Nietzsche (o Jorge Plotkin)



«Un huésped de este hospicio tiene un perro de lanas a quien llama Atma (el alma del mundo) igual que el perro que Schopenhauer quería tanto. El animal se ha encariñado conmigo, como si reconociera a un compañero filósofo confinado en la perrera. Cuando uno de los guardias castigó al animal, se oyó su gañido. ¡Basta, grité yo, no le peguen! ¡Es el espíritu de un amigo mío! ¡Reconocí su voz!
Uno de los médicos anotó solemnemente mí observación como prueba ulterior de mi locura. El filisteo no se dio cuenta que yo simplemente remedaba a Pitágoras y repetía su famosa exclamación cuando vio que un zorrino de figura humana maltrataba a un perro. Pero la idea de la transmutación de las almas no es tan descabellada como parece, y mi concepto del eterno retorno es simplemente una resurrección moderna del credo de Pitágoras. Hemos sido perros alguna vez y volvemos nuevamente a nuestra primaria humanidad canina.
Por lo menos esto es verdad en Schopenhauer, que se reconocía a sí mismo en su perro; y su principal trabajo, El mundo como voluntad e idea, que él consideraba le fue dictado por el Espíritu Santo, era realmente el producto de su mente canina. Los perros de lanas son animales inteligentes que aprenden fácilmente varias artimañas, y tienen más aptitud para las trampas que el filósofo que despreciaba la vida en su filosofía, pero vivió como Trimalchio, el cerdo burgués de Petronio, todos los días de su puerca existencia. Este voluptuoso de Dresden, que odiaba a las mujeres en sus libros y las amaba en su cama, fue una vez mí ídolo, hasta que descubrí que su ascético budismo era simplemente una máscara para la diosa ramera de Carlyle, la misma prostituta de Babilonia.»


Federico Nietzsche, "Mi hermana y yo". Trad. Bella M. Albelia
Santiago Rueda - Editor. Buenos Aires, 1955.
Páginas 190 - 191



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martes, 1 de junio de 2010

Cosmética del enemigo, de Amélie Nothomb




2009, ANAGRAMA-PÁGINA 12, Buenos Aires.


Dice George Steiner, en “Interpretar es juzgar”:
«El acto y el arte de la lectura seria conllevan dos movimientos principales; del espíritu: interpretación (hermenéutica) y valoración (crítica, juicio estético). Ambos movimientos son estrictamente inseparables. Interpretar es juzgar.»
A diferencia de lo que dice el dicho, sobre pocas cosas se ha escrito más que sobre el gusto; o más bien: el buen gusto, el alto gusto, como sea, etc.
Seré breve en este comentario porque sigo pensando que Amélie es una chica atractiva con amplias posibilidades de escribir una buena historia.
En palabras simples: la novela esta es un basural que ni siquiera huele.
Quiero decir, más precisamente: el libro Cosmética del enemigo es un basural, donde reposan inertes e insípidos los hábitos más cursis en que puede incurrir la literatura.
Aquí el por qué de la frase de Steiner enarbolada en el primer párrafo y el porqué de tan repugnante opinión sobre una escritora tan interesante y atractiva como es Nothomb:
Ya que la lectura consiste en la interpretación y la valoración a medida que avanza el texto, si uno de ambos sufre una falla o algún tipo de impedimento, la tarea de leer se complica y se rompe. Es ciertamente simplista, pero es así. Si uno lee y no necesita más que mirar sin pensar la hoja llena de palabras; si ésta carece de algún tipo de misterio, ya sea erótico (poiesis), policiaco, místico o científico; quiero decir, si un libro es frígido: ¿cómo puede uno valorar?
Y si uno no puede decir de una novela que le gustó, aburrió o esotro, ¿qué queda?
La simple nada que pasa sin siquiera movernos con su viento huracanado un mechón de pelo.

LA HISTORIA DE NOTHOMB
Comienza en un aeropuerto, en que Jérôme Angust, una cosa sin alma que intenta pasar por personaje, lee un libro porque su avión se retrasó. Allí lo interpela Textor Texel (versión de Prétrextat Tach, personaje bernhardiano de “Estética del asesino”) y le dice un montón de cosas peleles por innumerables páginas a Jérôme Angust y al final le confiesa que él es el asesino de esposa y allí se acaba el libro. Esto ya uno lo sabe apenas sale a luz el tema de la mujer asesinada, y allí mismo, luego de la sospecha de que uno de los dos mató a la mujer del otro, uno sospecha que los dos personajes son el mismo.
La conversación es la forma en la que transcurre el argumento: ambos personajes hablan igual, y a veces, en que no está bien marcado quién es el que habla, uno se pierde, pues los dos personajes hablan igual.
En fin, hablan igual porque son el mismo.
Conté el final, me disculpo.
Tres páginas y ya está el misterio resuelto, y quedan por leer 87. Y cómo no hay misterio, uno pensaría que puede sostenerse de otra forma la trama, pero esa otra forma no hay.
Al pensar qué más escribir sobre Cosmética… me aburro de mí mismo, pero el libro sigue sin siquiera ser aburrido.



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