martes, 2 de noviembre de 2010

"¡Que viva la música!", de Andrés Caicedo



Editorial Norma. Buenos Aires 2008.
208 pp.


1
Si hay un rasgo que no me gusta de mi carácter, es el ser sentencioso; pero por suerte lo soporto porque soy contradictorio, verde, sonso, completamente voluble y arbitrario, y me guio para sentenciar por un endeble prejuicio que es fácil quebrar por cualquier sentencia externa o por simple curiosidad.
Me caigo bien, es la verdad.
Y por lo mismo quiero ser extensivo y decir: si hay un atributo que no me gusta en la prosa narrativa, es la sentencia. Nunca fui fanático de las frases célebres (salvo cuando se trata de seres geniales, como Shaw o Wilde), aforismos (salvo el caso de Lichtenberg) o semejantes. Es decir, me cae mal la literatura doctrinaria y demagógica que no esté escrita por Nietzsche o Swift. Soporto cualquier cosa de De Quincey, pero no viene al caso. Y de Gracián no soporto la prosa pero me encanta el epigrama.
Sin embargo, cuando se trata de poesía, solo la soporto si es sentenciosa, doctrinaria, demagógica, epigramática y moralista (venga de donde venga esta moral).

2
Hace unos días hablando me salió una sentencia (tan dicha por variopintas gentes, por lo demás): la poesía es adolescencia y la prosa juventud. La lógica que manejé es simple: solo se sentencia en la falta y en la vara tendida (aunque floja) de la juventud uno asume la búsqueda y la duda. Por lo mismo, solo los adolescentes y los viejos escriben buena poesía; o dicho de otra manera: los mejores poemas son escritos en la adolescencia y la vejez. Y la novela pertenece al extrarradio de la muerte: los niños y los padres. Por lo mismo, la poesía tiende a ser menos aburrida que la prosa si se busca una moral en literatura.
Pero hay niños en la adolescencia, como el luminoso Raimond Radiguet; y niños en la madurez, como Stendhal. Y adolescentes ancianos como el maravilloso Alain-Fournier. Y hay adolescentes eternos y encima prosistas.

3
Quizá el secreto de la calidad narrativa sea la hibridación vital: mezclar adolescencia con madurez, vejez con niñez, etc.
Pero no funciona tan fácil.

4
En la novela “¡Que viva la música!”, de Andrés Caicedo, se subvierte la norma sin salirse del molde. El escritor escribe cuando apenas está empezando a salir de la adolescencia, y lo hace como un cuasi pos-adolescente; pero en vez de enfrentar la etapa amarga de la razón como camino lógico, se acaba el camino. Escribe con la conciencia de que después de la adolescencia solo está la muerte; o una repetición mortuoria, perversa, de lo que fue estar vivo. El ciclo vital que presenta no acepta ni la niñez ni la juventud ni la vejez: solo hay adolescencia y muerte. En otras palabras: solo existe el presente.
“¡Mi pasado es lo que haré este día!” (pág. 64). Cuando se refiere a la infancia habla de niños jugando a la gallina alrededor de un poste de luz; y sentencia: nadie quiere a los niños envejecidos. Y adoctrina: «no… infancia (antes de los 10… vino la música y la droga y la confusión y la dejazón y la desconfianza y la falta de amor) pero… nuestra juventud iba a ser eterna» (pág. 158). Y sigue adoctrinando: «estancarse …, y no crecer, y no incorporarse a la producción, inmortales en el ocio, no pretender otra actividad que hablar como los mayores y asistir, resignados, a los colores que huyen del rostro para dar paso a los semblantes amarillos, leñosos, de quienes viraron su rumbo natural. Yo les iba transmitiendo la canción que más se me había quedado de esa noche, la que me había penetrado la unidad sellada: "Cambia el paso o se te rompe el vestido"…» (pág. 159)

5
Brillan la estatua de Rimbaud, la pleitesía a Baco, se enarbola la lucidez de Artaud. La novela es hermosa como poema. Como testamento.
Pero también hay que decir que tiene por lo menos 100 páginas de más.
Y la prosa fue tan imitada en esta época: desde Washington Cucurto a Junot Díaz, y el universo descrito, como crepuscular, por Roberto Bolaño (Detectives…) y Fabián Casas (El ocio), entre otros. Y la manera de mirar, quizá lo más interesante de imitar, por lo menos de a ratos, por nadie. Porque más que una novela este libro es una filosofía de vida, solo equiparable a La Rochefoucauld y el punkie.

6
La discografía que epiloga el libro está imperdible.




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3 comentarios:

Elumber dijo...

Comparto: lo sentencioso es flatulento, no sólo en la poesía-narrativa, tb en la crítica... Esa onda Fresán que tienen algunos...
Para mí, Caicedo pega bien en ese adolescentismo romanticón que se autoconmiscera de si mismo y viven la fatalidad en el pellejo ajeno.
Un plageo eterno por la incomprensión de "este sistema" y bla, bla, bla.
Más pompa de mercado, buscando un nicho en ese rubro, que otra cosa...

N. dijo...

del libro ni hablar, pero usted escribe que escribe!!
beso

Katrina Van Dassos dijo...

Vaya! Hacía tiempo que no le visitaba y le ha quedado genial la reforma.

Las novelas musicadas (que es como llamo a las que mencionan artistas y canciones) siempre aportan algo... aunque les sobren 100 páginas.
Estoy totalmente de acuerdo contigo en lo de ser sentencioso, o a medias al menos. Las personas sentenciosas no me gustan, pero cuando ya está escrito lo veo distinto... será porque no tengo delante a quien lo dijo para interrogarle acerca de cómo puede decir ESO, y quién lo avala a parte de él. Como no hay opción a réplica simplemente valoro: ¡qué gran verdad! o ¡menuda gilipollez!
Y de Gracián me gusta todo, jajaja.

Un placer leerle, como siempre. Pero este espíritu desarraigado mío... no me trae de visita a menudo.

Un abrazo,
la Katri.

:)