lunes, 18 de octubre de 2010

"Mancuello y la Perdiz", de Carlos Villagra Marsal

(foto Natalia Villamil)
LOM Ediciones, 1999. Santiago de Chile



“El cielo se descompuso desde la siesta…”
Pág. 13



1
Un peón ordena sus aperos y es observado por el niño de la casa donde trabaja, mientras el clima se dispone a entregar una esperada lluvia tras semanas secas. Para pasar el rato, el peón le ofrece una historia al chico: va de un matón de pueblo, llamado Mancuello, que cierta vez, cuando sus abusos tenían en vilo a todo el mundo, durante también una época de sequía, recibió la visita del ángel Gabriel, personificado en una especie de Trósperín (mezcla de Próspero, tropero y bailarín), y recibe un merecido castigo, a la par de que llueve, bendiciendo el campo. La historia, fábula sencilla y encantadora, como un buen dulce de mamón, que por bocado de más es empalagoso y provoca estreñimiento (riesgo del que por momentos no sale airoso el relato), tiene una vuelta de tuerca: es un ejemplo aleccionador (los malos son castigados, los ruegos a Dios se contestan, etc.) y a la vez una “broma” aprovechando un desprevenido e ingenuo oyente.

2
Escrita en los años sesenta, época de realismo mágico y experimentaciones teóricas en narrativa, Villagra Marsal se pone a caballo entre estas dos formas de hacer literatura. “Mancuello y la Perdiz” se basa en un relato popular paraguayo, de esos que corren de boca en boca cambiando tono y color de acuerdo al narrador, pero por cuya columna vertebral corre siempre la misma fábula moral. Utiliza recursos de la literatura del boom, magia y tierra adentro, como dispuesto a contar el corazón de un pueblo, toma el habla oral del guaraní paraguayo como elemento a transliterar a un sistema de signos obediente al más castizo castellano.
Augusto Roa Bastos, en “Hijo de Hombre”, e incluso en las abundantes boutades de “Yo el Supremo”, busca decantar la oralidad guaraní en el castellano, es decir mudar la fuente conservando el agua, en un proceso que incluye traducción e interpretación, valiéndose de todo tipo de recursos lingüísticos. Si bien los resultados pueden parecer dudosos -pues toda poética es inherente al idioma en el cual nace, del cual nace (toda poética es un idioma), y por tanto no se puede traducir, obtiene una poesía particular dentro del idioma castellano-, hay en su prosa, prácticamente en cada párrafo, un encanto particular, propio, que lo hace un escritor único: gratuitamente pomposo para sus detractores, el portador del ángel del idioma guaraní para los que lo alaban sin capacidad de crítica; lo cierto es que bien que mal, es la prosa resultante del cruce de idiomas lo que hace al escritor, lo que lo caracteriza, lo que lo hace querible. Al margen quedan sus temas, sin desmérito.
El caso de Villagra Marsal es diferente: en vez de buscar esta decantación, lo que hace es traducir literalmente, con lo cual los párrafos de esta novela están plagados cacofonías e incongruencias, salidas de tono, un excesivo afán didáctico, que visto en fragmentos es bastante desagradable. Pero, como no es un escritor ingenuo (es simplemente un tanto aburrido), contrapone a sus excesos una prosa antirretórica, escueta, tomada de la oralidad. Su metaforización es inmanente, no elocuente. Esto es un gran acierto, pues da el tono de levedad que requiere toda fábula para cumplir su objeto: engatusar y adormilar al oyente para que escuche desde sus fueros internos, desde lo que Wordsworth llamaba “los modos oscuros del ser” (el sueño y la locura).
Aquí el relato se inscribe entre lo mejor de una tradición, como es la de la literatura paraguaya, cuya invención narrativa se basa mayormente en la cultura oral y popular. En este sentido también se asocia a escritores latinoamericanos de la misma época, a los que no radicalizaron la asociación urbanidad-modernidad, sino que digirieron lo moderno como una posibilidad de ser de lo tradicional, un espacio donde también puede desarrollarse.

3
Las lecturas de esta novela se asentaron usualmente en los manejos del recurso oral y la transliteración castellano-guaraní, el rescate del cuento popular e intento de escenificación y explicación de la cultura paraguaya; a la par de un abordaje chapucero del espécimen prepotente del tirano latinoamericano.
Sin embargo, lo más interesante del libro ha sido marginado una y otra vez, como si fuera casual e irrelevante: el diálogo desacralizador que mantiene con la literatura.
Villagra Marsal (quizá esto es a pesar de él) entiende el cuento a la manera de Wilde: en el arte todo importa salvo el tema. En cierto sentido, la literatura se asemeja al chiste porque se monta a través de la retórica a las circunstancias con una intención de hacer reír o llorar, pero por sobre todo es un instrumento de contacto humano, fraterno, panfletario, delirante, etc., pero en cuya matriz transporta un sentido extraño incluso para el narrador: como si los temas de todo cuento fueran un karma, por lo cual el cuentista se debe interesar en lo único que realmente es capaz de poseer, es decir, su fatuidad, su forma.
Inscrito en el del cuento-dentro-del-cuento, el narrador de una de las historias es a la vez un personaje: el peón, hombre sabio y misterioso, simbolizaría al literato o embaucador de serpientes bobas. El lector está representado en el oyente, un ingenuo niño dueño de la casa donde vino a parar el narrador, por cuestiones de trabajo. La novela del peón termina cuando Mancuello es vengado, convertido en perdiz, y cae la anhelada lluvia en el paisaje de la narración; y esto coincide con la hora de partida del peón y una lluvia, también esperada, que cae en el pueblo del niño.
Sin embargo, la novela que nosotros leemos, en donde el peón y el niño son también personajes, continúa. El niño queda solo en la casa, y allí, oyendo la radio, se entera de una serie de indicios: unos cuatreros son arrestados, lo cual lo hace pensar en que el relato fue una lección personal. Sin embargo, en la noche, bajo el influjo del insomnio, recuerda un hecho crucial, incapaz de comprender su significado: el Castigador de Mancuello tiene los ojos grises, y esto mismo también ocurre con el peón; además ambos relatos coinciden con la llegada de la lluvia.
Hay muchas interpretaciones posibles. El excesivo esmero en parecer un relato infantil, se diluye aquí, y abre camino por lo mismo a pensar los papeles que cumplen los participantes del hecho de leer y oír un cuento. Básicamente: son necesarios la ingenuidad del lector (lo cual debe obtenerse con la capacidad encantadora del narrador), la mirada siempre lúcida y cínica del cuentista (todo relato es una autobiografía ineludible e imposible) y además el carácter banal de toda historia.
En esto último, que es el más profundo tema de “Mancuello y la Perdiz”, radica lo más singular y agradable de esta novela.




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5 comentarios:

Elumber dijo...

Estás más profundo (y menos meloso) que los 33 mineros chilenos...
Brillante chera'a.

KuruPicho dijo...

ever, sorry, el libro es muy muy muy malo...pero eres un sotto capao sofista...

KuruPicho dijo...

A ver:
empecemos x el título:
1-yo en mis largos 40 años jamás he visto en mi vida una perdiz, ni el sgigno menos su correlato empírico...Sucede lo mismo ke en "Hamaca paraguaya"...un paraguayo ha visto y conoce de hamacas, kyhas, etc, pero nunca vio en su miserable existencia ni una hamaca francesa, ni persiana menos paraguaya!
Ir en buska del folklore y "traducirlo" no al español neutro sino a la pomposa prosa de Villagra Marsal, como mínimo es falso, antropòlogico como etnológikamente...Esa buskeda de la autenticidad folklorika traducida es una aporía dura...Podemos de hecho, como haces vos, tomarlo con soda y decir s elo inventó todo, usó nomás el formato del reskate folklorizante arraigado en
el romanticismo aleman onda ls hermanos Grimm...cuypo mensake casi siempre es conservador como es la trama en este caso x enésima vez...Pero la literatura es mentira consentida, si el elctor pilla ke le dan gato x liebre deja el texto en un sapyaite!
Villagra Marsal es un pesado ke fastidió ls clases de letras de más de 3 generaciones, como MAF lo hizo con su Barret stalinista x otros tantos años...Y se tomó la ventolera de ir a las fuentes silvestres para espantar el ynambu de la autenticidad que jamás ficó en su libro...En suma, pretender ir a las fuentes y traerla traducida creo es una falla de origen...Sí, entiendo tu postura ñembo borgesana de reducir todo a simulacro...pero el simulacro tiene sus convenciones sutiles en este caso espantadas con el tiro de escopeta de la prosa villagrense,
claro, no pretnedo imponer mi opinión, solo keria comentar mi priemra impresión, concisa y lapidaria...
saludos...

Elumber dijo...

Pa soliviantar un poco a las masas.
Para mi, la postura del O'kurú es salir de un dogma para entrar en otro. Primero, eso de englobar a EL Lector, como si fuera algo genérico, y tan pero tan justamente ese lector genérico ser o estar representado por sus propios gustos personales. Yo, el Lector(será que Burían lo auspicia?). Un neovictorianismo, de viejas conchudas que dictaminan sobre el ser de la belleza a partir de sus gustos, como si fuera un ser transhistórico, pura sustancia lectora.
Más allá que no me guste, ¿porqué no abrevar del folclore, cual es la fuente estéticamente correcta?
¿La nova urbanidad asuncena que todavía huele a bosta de caballo? Si, también: adoquín, corrupción y bosta.
Toda literatura se crea en un contexto, y se juzga desde otro. Perfecta la descripcion del contexto de producción de Villagra M, hasta se puede ver la falla de origen. Pero en Villagra, la pretendida inocencia del folclore ha perdido su calidad de tal. Y no hay retorno. ¿Cuantos le deben-mos a esa operación?
No creo en el determinismo ni en al causalidad, pero que las hay, las hay.
No ha de haber producción sin falla, por ese hueco se pare cualquier cosa parecido al arte. ¿Y la falla desde el contexto de enunciación de la critica? Ese urbanismo importado y compulsivo, ese repudio a cualquier cosa que sea del campo, es más bien, la falla de origen del contexto actual. ¿Ahí hay autenticidad?
La autenticidad no existe ni es necesaria. ¿Coincidencia de qué con qué? Para qué la queremos? Esto es ir transitando de imposturas a imposturas.

e. r. dijo...

Kuru!
se borran los comentarios, carajo.
fui al libro predispuesto a disfrutar, miré la tapa y me agencié de un poncho y mate, así que era difícil que no me guste. lo cierto es que la parte folclórica es una mierda, porque a fin de cuentas el relato es una cagada, cursi, y villagra no lo supo rescatar. hay un montón de leyendas más copadas, pero bueno, escogió esta. leé pues otra vez! yo creo que nunca más lo leo.
saludos!

Humbert!
Paraguay es folclórico! En cierta forma, la unión pueblo ciudad, la contradicción, la amalgama, es lo que hace asunción. encarnación y villarica son más urbanas incluso, con un miniurbanismo...
conectáte pues más seguido, che.
saludos!