miércoles, 15 de septiembre de 2010

Coney Isaland, de Damián Tabarovsky

Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1996


Transmigraciones
Soy un transmigrador, me di cuenta de ello recién el día de hoy aunque bien puede haber estado ocurriéndome desde hace días, semanas, meses.
Hoy, por ejemplo, fui de cuerpo 5 veces. Desde el medio día hasta las 17. Una vez por hora. Ahora, mientras escribo esto, soy consciente de que podría volver a ocurrirme en cualquier momento. Ayer fui de cuerpo unas 8 veces durante el día y un par más en la noche.
¿Adónde voy?
No tengo una respuesta precisa.
En todo caso, sé que hoy iré más veces. Y mañana, otras. Así incontables.

Ticket
Voy a narrarles esta historia que probablemente debe ir corriendo de boca en boca hasta que la sepa toda la tierra.
¿Para qué? Quién sabe.
Sigamos. Estaba esperando el colectivo, para ser precisos la línea 8, sobre la Avda. Rivadavia frente a la plaza del Congreso. Ocupaba el cuarto lugar en una fila impaciente. Una joven de largos cabellos negros y enrulados hablaba por teléfono. Escuché:
«Una señora mayor, toda bien vestida, salía del local con una mochila. ¡Tenía puesta la etiqueta! La mochila, claro. Entonces Clau la paró y la vieja se puso dura. Le pidió el ticket de la mochila. Pero la vieja le dijo que no la compró ahí, que es un regalo que lel hizo la hija, que la compró de otro local. Clau le dijo que la acompañe detrás del mostrador y la vieja le dijo: “¿Pero qué te pasa, che? ¡Me estás invadiendo!” Y Clau le dijo otra vez que venga con ella. ¿Y qué iba a hacer, si tenía la etiqueta puesta en la mochila? La vieja no se quiso mover y Clau llamó a otra vendedora y se puso a distraer a la gente para que no mire. ¡Quién no iba a mirar! Sí… te digo. Hasta la gente de la calle se quedó allí a mirar. La vieja empezó a gritar pidiendo que la suelten. Pero nadie la atajaba. Clau le decía que le muestre el ticket de la mochila, porque si la pagó, no pasaba nada. Y la vieja seguía diciendo que no tenía ticket y que se iba a ir. Pero no la dejaban. Una vendedora se puso en la puerta, porque como son todas chicas nadie se iba a poner a forcejear. La vieja se sentó en una silla y empezó a gritar que la estaban secuestrado contra su voluntad. ¡Como si los secuestros fueran a voluntad! ¿Te imaginás la escena? Estuvieron así un rato. Clau siguió atendiendo a la gente y al vieja quedó sentada ahí. De repente se ponía a gritar armando escándalo, pero no se iba. Y Clau venía a su lado y le decía: “Muéstrenos el ticket y se puede ir”. Una vendedora se quedaba al lado de la vieja para impedir que se vaya. Pero la verdad, si se iba, no la iban a poder atajar, si son unas flojas… Hay una cámara de seguridad, pero no hay tele en el local. Transmite para los de seguridad que están en Barracas. Clau llamó a Barracas, varias veces, enseguida, pero nadie le contestaba. Hoy siguió llamando, pero es como que no existe nadie allí. Imagino que porque es sábado, o a lo mejor tienen mal el teléfono. Clau le dijo a la vieja que deje la mochila, que ella la iba a guardar, así se iba, y que si no faltaba ninguna la llamaba para devolvérsela. La vieja nada, se sacó. Gritó de todo, terrible. Cuando Clau la iba a dejar ir, la vieja le pidió el teléfono. “Voy a llamar a mi hijo”, le dijo. Le pasó el teléfono a Clau y ella habló con el hijo. Él le dijo que sí, que le regaló una mochila así, hacías meses, igual a la que le describió Clau, pero que de ninguna manera ponía las manos en el fuego por que su mamá no estuviera robando. ¡Te imaginás! Encima Clau me contó que la mochila tenía el ticket puesto, estaba nueva, sin usar, doblada como las doblan en el local. Y la vieja la tenía puesta sobre un hombre. Adentro de la mochila no había nada, solo una bolsa con la billetera. Era una mochila grande, no tenía sentido… Y siguió hablando un rato con el hijo, él le dio los datos y quedaron en que iban a revisar el inventario por si faltaba algo, y de ser así el hijo iba a pagar la mochila. La vieja seguía sacada. ¡Se ponía en la puerta y gritaba a la calle que la tenían secuestrada contra su voluntad! Una vergüenza. Al final, le dijeron que se vaya. La echaron, prácticamente. Cuando iba a salir, Clau estiró la mano y arrancó el ticket. ¡Para qué! La vieja casi se le tira encima. Le arrancó el ticket de la mano, como si hubiera le hubiera roto todo. La quiso poner otra vez donde estaba, miró con odio a Clau. Pero otra vendedora vino y la sacó. Se fue. El lunes Clau mirará en inventario para saber si falta algo. Tiene los datos del hijo, pero no sé si le interesa ya todo este asunto.»

Coney Island
Un detective, Dupont, descubre la pista de EEAAEE, una mafia planetaria que tiene por objetivo quién sabe qué cosa. Dupont analiza las pistas de todo lo que lo rodea, explora, dialectiza, apenas si se mueve, pero su mente anda a mil. Como esos videojuegos en que uno mata extraterrestres, uno tras otro, evolucionando con nuevas armas; pero Dupont no adquiere al analizar extraterrestres resueltos, sino que obtiene más dilemas, porque el mundo es así, dilemático. Coney Island es el lugar adonde lo llevan las pistas. ¿Irá Dupont hasta allí para resolver el siniestro de la EEAAEE? Quién sabe, pues la novela termina sin contarnos eso, con un drama particular, doméstico, es decir si Dupont se compra o no un nuevo televisor, que podría ser: una nueva pantalla que mirar.
En la novela se citan muchas cosas, hasta a Víctor Jara; también películas, se explica de paso como hacer un montón de cosas, por ejemplo taxidermia de sapos, pues así como la mente de Dupont, el personaje, acumula, el narrador acumula todavía más: palabras y palabras, incluso descuida bastante a su personaje, pues seguramente tenía cuestiones más importantes; en todo caso, hay un montón de palabras en el libro, y supongo que eso está bien, pues ¿para qué más están los libros sino es para acumular palabras, hacer con ellas frases, etc.?
Es una novela con muchas palabras, en fin.
La leí más o menos hasta la mitad. Después busqué en google el final o una explicación. Bajón, no hay nada. Seguí leyendo, etc. Salteado, como buen haragán. Fui a la última frase y ahí el por qué de Coney Island. También vi que aparecía por ahí otro personaje, una mujer; no tengo idea de qué podía hacer pues la sobrevolé.
Como un pájaro planeé sobre esta novela, sobre su detective etéreo, sobre la sintaxis tranquila, como los carteles que uno ve manejando en las rutas y no quiere mirar mucho porque puede chocar, sabiendo que quizá estaría bien chocar pero uno sigue igual, asfalto, línea blanca, paisaje, etc.
La novela termina con un punto final.





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6 comentarios:

Elumber dijo...

Je, no te dije yo?

N. dijo...

no se si invitaría a esa parte tuya a mi casa...

N. dijo...

supongo que con las buenas novelas pasa eso, unos se choca con el punto. Parece un bodrio. esta es la del detective suspendido eternamente en busca de un cafe? eso si suena interesante.
beso

e. r. dijo...

Hola, Humbert!
Cierto...

N.!
Es temporal, no eterno.
Creo que quedó buscando un vaso de agua para tomar una aspirina...
Beso

mario skan dijo...

Puede que este autor tenga una novela llamada Hernia y que hayas escrito una reseña de ella? Bien. Es una práctica extendida lo de la lectura razante. Por las dudas no me acerco a tabarosky hasta que no tenga que hacer una promesa.
saludos

Elumber dijo...

Mario, hernia hace honor a su nombre. PAra mí, su mejor escrito es un ensayete llamado Literatura de izquierda, que supo levantar polvareda, después, nada. una especie de puesta a punto literariamente de las premisas estéticas pos-post-puf. Frio y desangelado como los huevos de Walt Disney.