miércoles, 26 de mayo de 2010

¿Dónde van a parar los libros perdidos?


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El lunes, que fue feriado y trabajé (laburar feriados cansa más), llegué a los apurones a la estación de tren de Once, y ahí, chocando con miles de personas en los andenes, se me cayó un libro: "Microbios", de Diego Vecchio. En edición de Beatriz Viterbo, color blanco, nuevito, sin subrayados ni nada por estilo.
Si lo encuentran, ¿me lo hacen saber para ir a recogerlo?

2
Sé que nunca nadie me devolverá el libro.

3
He extraviado tantos libros así, a mitad de lectura, y casi todos los quiero terminar de leer alguna vez; casi todos, pues, hay que decirlo, perder alguno fue un alivio.
En mi adolescencia no pasó nada relevante. Es algo que me ha tomado años admitir. Pero, en fin,
el primer gran libro extraviado en mi accidentada pero constante carrera de lector, fue "El sonido y la furia", de William Faulkner (Ed. Hyspamerica, 1983). Tenía yo 18 años, poco más o menos. Estaba en un colectivo asunceno, camino a la facultad de la UNA, leyendo el segundo capítulo de la novela. Cada tanto la interrumpía porque en una hojeada rápida había visto un ojo impreso (así, tal cual, el dibujo de un ojo) en las últimas páginas del libro, y quería apurarlo todo para llegar a entender qué hacía ese ojo allí. En una hora de viaje (línea 28: Luque - Sajonia), leí cien páginas, obnubilado. Pocas cuadras antes de bajar, quedé profundamente dormido, inexplicablemente dormido, innecesariamente, tontamente, etc.
Cuando abrí los ojos ya estaba más allá de mi parada. De un salto toqué timbre y bajé de otro salto. Y allí, parado en la parada, paré de pensar y me di cuenta de que el libro se quedó en el asiento del colectivo. Oh, dolor de estómago (típica reacción de época).
Nunca más continué la lectura de la novela. Pues, aunque parezca exagerado, quiero terminar de leer ese mismo libro que se me perdió; o al menos uno de la misma edición, que ya no volví a encontrar.
La segunda gran pérdida ocurrió en similares circunstancias.
En la librería Balzac, donde ya de adolescente empecé a adquirir mis ejemplares usados para engrosar una temblorosa biblioteca (más de la mitad de los libros que compré allí con el tiempo los cambié por cerveza o los tiré, o los regalé), que se componía principalmente de libros ultra baratos: sin importar el autor o el título, lo único que motivaba mi compra era que el precio no superase al de un paquete de cigarrillos, y que la contratapa diga relevante, genial o entretenido. Cada tanto encontraba joyas: "Contra la interpretación", de Susan Sontag, fue la envidia de Blas Brítez por años, ya que él vio el mismo ejemplar una hora antes y en ese momento no tenía nada de plata, y me costó comprarlo algo así como un paquete de Derby (execrable marca, por cierto). Así también me agencié de "Seis personajes en busca de autor", de mi adorado Luigi Pirandello, impreso por la híperbarata "Biblioteca 100x100", de las Ediciones Nuevo Siglo S.A. Esa misma noche, cuando apenas alcancé a leer una treintena de páginas, lo olvidé en las aulas de la facultad. Dolor de estómago otra vez, terrible. Lo cierto es que este libro, quizá el mismo libro, lo volví a comprar, también por el precio de un paquete de cigarrillos, por lo menos en la misma edición, este año, en una librería de Buenos Aires. Todavía no lo leí.
Y he aquí una mis de más dolorosas pérdidas.
Antes de continuar, admito que también perdí ejemplares que no eran míos, y de cuya responsabilidad muchas veces huí ignorando a los dueños, cambiándoles el tema de conversación, prestándoles aunque no querían un libro mío olvidable, y más.
En un arranque de compañerismo inexplicable, como ocurre a veces, Milady Giménez me prestó su libro favorito. Fue esto, textualmente, lo que me dijo: "es mi libro favorito". Ella tenía unos 20 años, y espero que haya cambiado, de aquí a este tiempo, de libro favorito.
El libro en cuestión era "El bosque de la noche", de Djuna Barnes, editado por RBA Ediciones. Esta novela yo la leí al principio lleno de expectativas; pero se da el caso de que estaba por ese entonces en un grupo de lectura de Marx. Y, fatalmente, desprecié el preciosismo decadentista de esta autora. Me burlaba de ella en cada página, durante mis viajes en colectivo. En ninguna parte había obreros o algo por el estilo. Nadie tenía problemas de plata. Y la odié. Y así, un día, olvidé el ejemplar en un viaje.
Durante años, carcomido por la culpa, ignoré el tema del extravío con la dueña del libro. O bien le decía: ¡tengo que darte tu libro!, así, cobardemente. Mientras tanto, exploraba librería de usados que encontraba, para dar con un ejemplar igual. Pues no valía devolverle un libro de otra edición, pues me delataría. Y yo no quería delatarme. Además, con los años, recordando la hermosa prosa de Djuna, mi visión de la literatura cambió radicalmente. En otras palabras, se enriqueció, y comprendí que el gran arte de narrar no pasa solo por tener algo de Gorki, Roberto Arlt, o Maupassant. Hay una tradición enorme, en cuya vena transitan Barbey d'Aurevilly, Jean Lorrain, Sacher-Masoch; y por ahí va Djuna Barnes. Todavía me acuerdo de algunos fragmentos, que entre la bruma de la mala memoria son luminosos.
Tengo que agregar también que este libro, quizá el mismo ejemplar, lo vi en casa de alguien que no lo leyó y probablemente no lo leerá. Lo voy a devolver luego de leerlo yo. Te prometo. Alguna vez.

4
El libro que más me dolió perder, y no sé dónde pasó: "El placer del texto / Lección inaugural", de Roland Barthes (Ed. Siglo XXI).

5
Podría seguir así por muchas páginas. Sin embargo, quiero aclarar que el libro de Vecchio es el primero que pierdo en tres o cuatro años.
La pregunta es, ¿dónde van a parar estos libros que perdemos?
¿En manos de otros, ávidos, lectores? ¿En el tacho de basura? ¿Vendidos? ¿En el cajón del ratón que guarda los dientes? ¿Entre las hojas muertas de Bartleby?
¿Volverán a mis manos, a mis ojos?





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18 comentarios:

Matías dijo...

Mis libros casi no salen de casa. Se pierden en el estante...
Saludos desde Luque ;-)

N. dijo...

Hey! tal vez era muy pequeño para verlo!! he he
En Fin! Me trae un recuerdo de mi niñez, debo admitir que el primer libro que leí fue INAMBU BUSCA NOVIO,era de una codorniz con problemas metafísicos, tendría algo así como 8 años. ávida de lectura le insistí a mi madre: MAS! Entonces librería de corrientes (mi primer experiencia en librerías correntosas)
Adquirí luego de muchos mareos que hicieron que mi madre se olvidara de pagar, "El país de las cosas perdidas", argumento: un niño pierde,por jugar entre dos autos estacionados (moralina incluida), nada mas que una pierna y decide ir al país, o mundo, de las cosas perdidas a buscarla... o sea, si querés te puedo prestar este ilustrativo ejemplar de literatura infantil que, cuestión aparte, rápidamente califique con mis 8 años de perdible, en una de esas puede responder algún enigma... eso si, tendríamos que ir a buscarlo al mundo-país de los perdidos, seguramente este en la mesa de algún gigante junto a tu ejemplar de microbios.
Y viste! lo perdido siempre da ganas... de leer, de hablar, de escribir, de viajar, de buscar. Tal vez lo mas horroroso sea encontrarlo!

besos con virus

e. r. dijo...

Hola, Matías!
Che valle gua pio nde?
Saludos


hola, N...
Y ahí también estarán los dientes? y el ratón peretz? se hizo comerciante de objetos perdidos.
No puedo dejar de sospechar del ratón. Ya estoy entrenando a Segis para que lo atrape y podamos arreglar todo este complicado asunto.
Beso

mario skan dijo...

Como dijo un caro amigo, es mejor perder un libro que perderse en él, yo objeto. Y hay veces que los libros no nos pertenecen entonces quedan, quedan en cualquier sitio: bancos, butacas, parecitas, bares...y otras veces perdemos los de los amigos y ahí estamos fritos.
Buenas lecturas Ever.
saludos

KuruPicho dijo...

Libro perdido: no llores x mi, seudo-argentino!
No importan los libros, jamás, apenas la eectura del lector, ávido o cansado...el resto es bola...tuchaite.
Córtazar era un pelotudo, hoy superado largamente, con akella dicotomía aristocratizante del lector pasivo y el lector activo...Todos, absolutamente todos los lectores, son forever activos, incluso el ingenuo poroto-marxista sarkastizante contra las lesbo-escritoras del mundo preciosista...
No va a parar
el Ever ke no terminó Vecchio envejecido en bibliotekas indiferentes o el Falkner epigojoyciano, esa is the cuestion poguasu!
leemos siempre, dormidos, cansados, en tren o jet, leemos el grande vacío ke nos acoge en su gran y maravilloso libro del mundo post-pre-moderno...
Barthes se pierde, pero vuelve otro como pdf o en scanner mal hecho de la perrada crazy oe n fotokopias o robada de la Una en lso 90's...
pero el lector no vuelve nunca, jamais se fue luego...
Es más, ironia de la ciVilización escritural, judía, leen incluso los analfabetos del terceiro mundo tmbn...

CRISTINO PRO-CRASTINA dijo...

te paso mail de Vecchio (para ke le pechees un ejemplar firmado) para ke le mandes correo masivo de tu post:
(vecc@club-internet.fr)
no hay mal ke x bien no venga:)
creo ke vive again en la váira baires ...

N. dijo...

el raton peerezt COMpRa los dientes!

Rocamadour dijo...

La gilada demodé pretende liquidar el pleito cortaziano con sentencia de cura chupandin que se comió todas las grageas posmo como supositorios. Si Cortazar fue sólo contexto, es solo contexto el cortazicidio. el resto, chachara de monaguillos.

kurubeta dijo...

kortazarICIDIO es kerido bi-sex-centenariano kurepa!

Leox dijo...

Los libros quedan ahí , en una de esas alguien lo recoge lo lleva casa , esta ahí por varios años , alguien se lo lleva de la casa y lo lee. O quizás lo agarran y venden.

Yo una vez perdí un libro de una biblioteca y lo tuve que pagar , era caro , de ahí en adelante ojo al piojo con el libro, Mucha fiesta o cerveza , pero ojo con el libro. SÍ el rumbo era desconocido, un librito propio al salir de casa.
Yo me lleve de una casa prestado indefinidamente con permiso de la dueña , seis personajes en búsqueda del autor. Eran esos libros que uno podio en la biblioteca del colegio y no devolvió nunca.

marichuy dijo...

Ever

Para no sentirnos tan mal, quisiéramos creer que los libros perdidos van a a parar a manos de ávidos lectores que sabrán amarlos. Lo otro, es pensar en el cesto de la basura o en la reventa.

Me gusta eso que menciona Mario: es mejor perderse en un libro, que perder un libro.

Un beso

Rocamadour dijo...

Apuesto: el que firma Kurunosecuanto es la mascara de Rodrigo Fresan. Enumerador y exhibicionista verborrágico de las dos o tres cosas que leyó. No habrá leido ni medio libro de CortaZar, o si lo leyó no lo habrá entendido. Para matar a los padres hay que tener cuchillo afilado (entenderá la metáfora?), con saliva de lenguaraz, no.

e. r. dijo...

;)

N. dijo...

Che! porque no se dejaran de joder de una buena vez con eso de los padres?? ya apesta mucho a neurosis!
una buena forma de seguir manteniendo vivos a los padres es no parar de intentar matarlos!


ER: en un centro de estudios escuche decir al secretario que siempre eran llevadas carteras y dinero olvidado, pero nunca libros!

Vero dijo...

Qué lindo post éste, Ever. Yo conté una vez que dejé en un probador Todo Ubu y me lo devolvieron. Tambien dejé un Bernhard en el baño de unos cines, hace poco, y lo recuperé al día siguiente. Pero ésos son breves milagros, ya sé. En las épocas de Facultad en que cursaba 4 ó 6 horas diarias y además laburaba 7 horas, dormía en los recreos en el patio, en cualuqier banco. Así perdí (porque lo dejé por ahí o alguien lo tomó mientras dormía) Las culturas condenadas, una compilación de Roa Bastos. Ése es el que más dolió, porque era incoseguible y no había trminado de leerlo (quizá nunca pueda, está agotado) y aparte porque tuve que reponerlo con otro carísimo: era de la biblio de la Filo.

Elumber dijo...

Ever, Vero, en esta me siento el reparador de ilusiones perdidas, Tengo el Vecchio (te lo estoy escaneando, Ever), y tb Culturas Condenadas, siglo XXI... Próximo viaje te lo acerco, Vero.
Shalud!

e. r. dijo...

jaja, humbert,
sos lo más.

giselle dijo...

jajajaj ta buenísimo el txt, evp., me cagué de risa! me gusta luego mucho tu humor y el de todos acá: los neuróticosumía y sus terapeutas.