viernes, 17 de junio de 2011

fragmento...




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El cielo está completamente despejado y pienso que he sido una mujer asquerosamente rica, de las que tenían tanto dinero sin hacer ni haber hecho nunca nada, sin necesidad de hacer nada, que jamás en su vida se preocupan ni tendrán que preocuparse de lo que harán o dejarán de hacer para forjarse un futuro, pues del presente pueden servirse así como está, plenamente, con la seguridad de que seguirá siendo así, cómodo, seguro, por el resto de sus días. El cielo está azul y mi futuro transcurre como si fuera un barco loco hecho solo de velas, bamboleándose, dando latigazos, y me doy cuenta de que soy una mujer que forjé con ahínco esta travesía que me llevará quién sabe dónde. Tal vez todo haya empezado cuando yo, aún siendo como dije, inmensamente rica, sin necesidad de preocuparme de nada, me puse a estudiar en la universidad carreras sin sentido para la tradición familiar, como derecho, cine, psicología, y me puse a estudiar, más que por hacerme de una carrera o profesión, para hacer pasar el tiempo. Quería, a toda costa, que el tiempo pase. No sé para qué, pero quería hacerlo pasar. Empujarlo, apurarlo. ¿Pero acaso el tiempo puede dejar de pasar? Pues sí, es posible que deje de pasar, o bien que tome derroteros confusos, crípticos, como telarañas, y que un buen día el hilo del tiempo se nos enrede al cuello ahogándonos, o simplemente se suelte, sin efectos colaterales inmediatos. ¿Pero es posible que el hilo del tiempo se suelte sin efectos colaterales inmediatos? Pues sí, es posible. La gran madeja del tiempo transcurrido no contiene todos los hilos en perfecto orden, no existe la enumeración perfecta, cajones precisos, archiveros, una secuencia a seguir. Es un desastre. A lo largo de nuestra vida es una expresión equivocada. Debería decirse: en nuestra desastrosa vida. Por causas varias como accidentes, torpezas voluntarias, decisiones, contingencias como le dice la filosofía, hay un montón de hilos sueltos por ahí, bailando en el aire la melodía de la sinfonía universal. Los astros, apagándose sin cesar, palideciendo, le marcan el compás. Uno de esos hilos sueltos terminó enredándome, desatándome a su vez de la gran madeja y aquí resulto yo, armando una madejita pequeña que me contenga. Contra el cielo sin nubes hasta los pájaros parecen azules. Recuerdo que a mis padres les pareció lógico que estudie, pero por otra parte no les interesó en absoluto. ¿Para qué estudian los ricos? Pues por estúpidos. Mis padres me quisieron inscribir en Universidad Católica, que es donde estudian los muy ricos de Asunción, o los que quieren llegar a serlo. ¿Ser rico es ser sabroso? Y sí, aunque les aseguro que deja un regusto desagradable a quien lo pruebe. ¿Pero qué es lo que debe probar uno para saber lo rico? Pues debe probar la muerte, alimentarse de cuerpos putrefactos, pero sin saborearlos, sino masticándolos y digiriéndolos como quien no quiere la cosa. Yo tenía 19 años cuando terminé el colegio. Era una muchacha crédula, recogida, irresistiblemente atraída por los lugares donde pudiera pasar desapercibida. Por eso fui al mar, al Brasil, con unos amigos luego de terminar el colegio. Me enamoré de las playas bulliciosas, donde me tiraba panza arriba bajo el sol y solo levantaba la cabeza para dar un largo trago a mi lata de cerveza, y nadie de nadie se fijaba en mí. Me ponía a fumar, el cuerpo ceñido con diminutos trajes de baño amarillos como mi pelo o verdes como mis ojos, miraba el cielo, miraba morenos y salados culos moviéndose, cerraba los ojos y me concentraba en el ronroneo de las olas que se oía a pesar del barullo de gente, tomaba otro trago de cerveza y volvía a darle una calada a un cigarrillo que ahora me parece interminable. Sé que este era un delicioso cigarrillo y que probablemente, a pesar de todos los esfuerzos, no terminará por consumirse. Sé, por lo mismo, que en este instante alguien lo enciende nuevamente en cualquier rincón del mundo, justo en el momento en que empieza a apagarse. Está el cigarrillo encendiéndose todo el tiempo. El humo que expele se expande agresivo en habitaciones, patios, camiones, hospitales. Se expande agresivo desde que en 1518 el franciscano español Romano Pane le envió hojas de tabaco a Carlos V, y desde entonces de fumadores rituales los indígenas pasaron a cultivarlo como esclavos a gran escala para el monopolio europeo, y luego se sumaron a cultivarlo esclavos africanos, y ahora los esclavos no se llaman esclavos sino campesinos o empleados de tabacaleras, desde China al Paraguay, el humo sigue expandiéndose con la rabia de los cadáveres de esclavos que murieron en 500 años, y siguen muriendo, para que yo pueda fumar sentada en una playa brasilera, donde no muy lejos también se cultiva tabaco a gran escala. El humo de tabaco antes era de tabaco, pero ahora es el cuerpo de millones de cadáveres que armados con machetes cuartean los pulmones de los millones de pelotudos que lo creen disfrutar, sin saber que están pagando. Aquí no tengo tabaco, pero me estoy fumando la inmensidad. Permanecí un año en Brasil, entre Río y São Paulo, y en varios pueblitos. Recogía dinero del banco, me trasladaba a una playa y tomaba sol, bebía cerveza y caipiriña, me dejaba seducir por turistas horrendos; o bien me las ingeniaba para escuchar funky en callejones sombríos, compraba pastillas a musculosos garotos negros y seducía yo a paupérrimos malabaristas peruanos o chilenos, o a artesanos colombianos de ojos vidriosos que huían del servicio militar. Hacía este tipo de cosas, pero sobre todo veía televisión en cómodas habitaciones de hotel.

4 comentarios:

e. r. dijo...

Evidentemente (escribí esto hace 8 años) yo quería ser roberto bolaño...

Nicolás Granada dijo...

Hace 8 años -post lectura de los detectives- todos queríamos ser Roberto Bolaño, viejo, jaja.

Elumber dijo...

Hace 8 años Bolaños no escribía tan bien.
Ahora menos.
el chupamedias

N. dijo...

eres un escritor genial