jueves, 31 de diciembre de 2009

Feliz año para vos, mi blogger favorit@

(lo pongo así, para que mis compas de blog lo vean en el blog roll y sepan que es para ellos)

Mil mil besos

domingo, 20 de diciembre de 2009

¡Oh, cómo envidio a los personajes de las grandes novelas...!

«¡Oh, cómo envidio a los personajes de las grandes novelas, adecuados, sólidos, explicados, aunque no sean más corpóreos que un ángel o un ave fénix. Mientras yo aun poseyendo una rica dotación de glóbulos rojos, y un excedente de neuronas y músculos, y una legítima inscripción en los registros de la parroquia, y una conciencia, y un pasado... yo, entre más me ilusiono de estar vivo, más desaparezco, más me dilapido, más me evaporo por todos los poros...»

Gesualdo Bufalino, "Tommaso y el fotógrafo ciego"
Grupo Editorial Norma, 1996. Santa Fé de Bogotá (Colombia).
Traducción de Yolanda González Pacciotti





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lunes, 14 de diciembre de 2009

El diablo sobre las colinas, de Cesare Pavese

Salvat Editores SA. 1971, Navarra (España).
Traducción de María Carmen García Lecha.

Sopeso el libro en las manos. Buena edición, resistente, agradable, aunque muy pequeña, tipografía. El color gastado del papel compensa el esfuerzo de achicar los ojos para enfocar. De todas maneras, no da para leerlo de un tirón, sino con pausas.
Tiene un comienzo atrapante, inspirador para todo aquel que vivió el declive adolescente, específicamente el paroxismo que precede a su ocaso:
«Éramos muy jóvenes. Creo que durante aquel año no dormí nunca. Pero tenía un amigo que aún dormía menos que yo y algunas mañanas se le veía pasar delante de la estación a la hora de la llegada y salida de los trenes...»
Para los fanáticos de El Gran Meaulnes, esa magia de la literatura pesimista escrita por el maestro Alain Fournier, ya este adolescente no puede más que atraparnos. Y si no bastara con él, que no duerme, hay otro que duerme aún menos.
En fin, así le va.
El insomnio es algo que está muy bien; pero está aún mejor tener sueño y quedar despierto, cabeceando, los ojos rojos, respirando el aire nocturno del abismo. Bufando.
Y, mejor aún, cada tanto emitir un grito desgarrador.
Eso es, a fin de cuentas, la juventud.
Y El Diablo es eso, una bildungsroman, el protagonista es cerrado, lampiño, es sorprendido por gente que hace cosas además de permanecer despierto, hay el amor y todo eso, y las pasiones extrañas, y vacas, y la amistad; también muerte y enfermedad, y alcohol y drogas, además de música. Un cóctel molotov que a todos nos ha explotado (o lo hará) en el estómago.
Y también hay el peor ingrediente de todos: conversaciones vanas que buscan atrapar el sí de las cosas. El tipo de conversaciones que solo son posibles en la adolescencia, pues luego se nos escapa todo, y las conversaciones solo corroboran nuestra evaporación: pequeños eructos metafísicos.
La novela empieza con una colina en la madrugada. La visitan unos chicos. Uno grita, Orestes, el más intenso, el pathos, inevitablemente cínico, tan joven que hace luz. En la colina encuentran a un borracho, ricachón, llamado Poli, y este está drogado que no ve nada y entonces lo llevan a casa. Resultan, los héroes, invitados a la casa de campo de Poli; y allí conocen a la mujer de éste, que hace un par de cosas y se curte a uno de los chicos, y ahí hay una historia en que Poli resulta herido por una amante que tiene, y esta mujer se mata.
Y luego pasan más cosas, no es importante, ¿a quién le importa de qué tratan las novelas, después de todo?
¿Por qué este recuento de actividades argumentales en cada reseña de libros?
Los personajes se mueven, hablan, a fin de cuentas están dando vueltas por ahí. ¿Qué más iban a hacer?
A mí personalmente no me interesó mucho el libro, si quieren una opinión personal. El fantasma de Fitzgerald ronda en varias páginas. Aunque esto, hay que decirlo, no quiere decir nada.
Hay un relato interesante, sin embargo, y un gusto de haber masticado una lectura mitificada por la crítica y que tiene, muy dentro, un turbio y aburrido sabor cautivante.

«Llevé una chica al río hacia finales de julio, pero no hubo nada de estupendo ni de nuevo. La conocía, era dependienta en una librería, huesuda y miope, pero se cuidaba las manos y tenía cierto aire lánguido. Fue mientras yo miraba unos libros cuando ella me preguntó dónde tomaba el sol. Prometió, feliz, que iría conmigo al río el próximo sábado.
Llegó con un trajecito de baño blanco debajo de la falda. Se la quitó dándome la espalda y riendo. Luego se tumbó sobre los cojines de la barca quejándose del sol y contemplándome remar. Se llamaba Teresina -Resina-. Cambiamos algunas palabras acerca del calor, e los pescadores, de los establecimientos balnearios, de Moncalieri. Más que del río, ella hablaba de piscinas. Me preguntó si iba a bailar. Con los ojos entrecerrados parecía distraída.
Detuve la barca bajo los árboles y arrojé al agua. Ella no se bañó porque se había untado con aceite y olía a toilette. Cuando salí del agua goteando me dijo que nadaba muy bien y se puso a pasear por la orilla. Las piernas largas, enrojecidas, sobre las piedras y me dijo que cogiera la botellita de aceite y le untara la espalda, adonde ella no llegaba. Arrodillado le froté con los dedos y reía y me decía que fuera bueno. Reía apoyando su nuca en mis labios. Retorciéndose, me besó en la boca. Sabía lo que hacía. Le pregunté: "¿Por qué te has dado tanto aceite?"
Y ella, nariz contra nariz: "¿Qué quieres hacer, canalla? ¡Eso está prohibido!"
Continuó riendo con aquellos ojos pequeñitos y me dijo por qué no me daba también aceite. La apreté cuerpo contra cuerpo. Ella se aportó y dijo: "¡No, no, date aceite!"
No pasó de unos cuantos besos, aunque aceptó el ir detrás de las matas. Pasando el primer despecho me alegré que todo terminara allí. Bajo el sol, sobre la hierba, aquel perfume y nuestros cuerpos desentonaban. Son cosas que se hacen en una habitación de la ciudad. Un cuerpo desnudo no es bonito al aire libre. Me aburría, ofendía aquel lugar. Acepté acompañarla a una piscina en donde Resina, feliz, miró a los otros bañistas y tomó gaseosa con una caña.»






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domingo, 13 de diciembre de 2009

La libertad cuesta cara...

«La libertad cuesta cara, mucho más cara que la esclavitud. Y no se paga ni con oro ni con sangre ni con los más nobles sacrificios, sino con la infamia, la prostitución, la traición, con toda la podredumbre y la abyección del alma humana»


Curzio Malaparte, La piel.
Ed. Los libros de nuestro tiempo.
Traducción de Manuel Bosch Barrett. pp 31.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Corazón de perro, de Mijail Bulgákov

Juan Goyanarte Editor, Buenos Aires 1973.
Traducción del francés por Berta de Tabbush



"La tormenta llega hasta el portal,
gritándome su plegaria de los agonizantes
y yo grito al mismo tiempo."
pág. 5


Es una época que queda bien ser un poco marxista, casi todo el mundo es un poco marxista, y los marxistas, bien mirado, no están nada mal, está bien el marxismo, arreglará los problemas del mundo. Así le va a latinoamérica, sacándose el polvo abyecto de la derecha, y hasta la literatura quiere ser un poco marxista, o al menos de izquierda, como si tuviera brazos, en fin, con Marx y Petras, con Abimael Guzmán Reynoso y los Jemeres Rojos, con Lenin y Platón y Todo, parece que el marxismo está floreciendo en Latinoamérica, y también Lugo quiere ser un poco marxista y eso está bien. Bulgakov vio cuando Rusia estaba volviéndose marxista y le pareció bien, como a los cubanos de los 60. Marx tiene la barba más larga que Matusalén. ¡Qué bobos los marxistas! Creyeron que la barba era marxista, ¡pero la barba de Marx es la barba de Shylock! El capital debe leerse en clave levítico, y se lee así, y es, hay que decirlo, ¡un libro tan sabio! Decía Althusser, en su introducción al capital, que los burgueses no podrían leer este libro, pues están genéticamente condicionados a no entenderlo. Y bien, siempre he sido pobre y lo he entendido por completo. De cabo a rabo, y es oscuro e iluminador, todo eso, etc. Sin embargo, entender a los marxistas-stalinistas, ni Marx. Pues Bulgákov lo intentó también y en un intento de comprensión los parodió. Novelas, teatro, un montón de textos, casi todo quemado por los comits, pues su espejo no les gustó mucho. A los estalinistas no les gusta el espejo. Marx usaba barba para ocultar la cara. Lenin bigote y Stalin era petiso. Qué antipático Lenin. La antipatía, como la barba, es la máscara universal marxista. El universalismo, esa cosa esplendente, teoría magnífica, uno no puede más que admirarla. La revolución, por suerte, no es solo marxista, y, por suerte, Marx existe a pesar de los estalinistas, y uno puede usar barba sin dramatizar el asunto, por puro hobbie. Bulgákov no le cayó bien a Stalin. Fue aporreado, humillado, maldestamisado, blochisado, tsvietaievaisado, beberovisado, etc. Como Haroldo Conti por los milateres, como Walsh, como Lorca, Reinaldo Arenas, José Asunción Flores, Ken Saro Wiwa, Janusz Korczak, Raúl Rivero, Pasternak, muchos, demasiados. El marxismo es universalista, ergo totalitarista. No puede uno cagarse en solo unos pocos, ¡hay que cagarse en todos! Marxismo clásico, claro, pues hay los que no son así, pocos, pero son. El totalitarismo marxista es una puta mierda. Bulgakov lo vivió. Es Nazi. Castrista. Es Bush, Obama. Bin laden. Nambré. Entonces Bulgákov hace que un médico le ponga testículos e hipófisis humanos a un hermoso perro llamado Bola. Es un perro noble, puro corazón, que sabe de la miseria, perro lumpenproletario, es un perro para el que Marx escribió el capital y que por decencia no se hubiera hecho nunca marxista-estalinista. Hubiera leído a Malatesta, Giordano Bruno, a Bakunin. Víctor Raul Haya de la Torre. ¡A Mariátegui! Incluso a Oscar Creydt, para pasar el rato. Pero bueno, le tocó el pre-estalinismo ruso que era ya estalinista. Y tenía humor el perro. Y se convirtió en un perfecto imbécil, aunque, eso sí, puro stirneriano. Hasta que poco a poco es "educado" por los miembros del comite anti lumpenproletariat. ¡El perro es el pueblo ruso! Lame la mano del amo, y lo llama Dios, porque este le da un pedazo de pan, ¡un chorizo! El perro es el prole latinoamericano, ergo el perro prole es E. R. También he peleado por mi pedazo de chorizo. Por un trabajo de telmárketer he mamado unas cuantas vergas. Mamar vergas es un gran atajo para vivir con el alquiler pago. El hombre puta, el objeto de deseo capitalizado benjaminiano, el propaganda en sí mismo, la mujer igual, perfect@ paraguay@ en Buenos Aires. Es más, ¡es la imagen d@l porteñ@ en Buenos Aires! Toda persona normal chupa vergas o se deja chupar. Pero no todo el mundo es marxista, por suerte, pues los marxistas primero te harían participar del comité anti-lumpenproletariat y esto sería una mierda. Bulgakov, decía, hace que un médico, como un demagogo iluminado, dé chorizo a un noble perro prole y lo opere. El perro empieza a cambiar fisiológicamente. Se vuelve un hombre, un imbécil, vienen los del comit, etc. Todo mal. Hay una parábola, un mensaje, y es que el corazón de un perro es siempre más noble que el de un marxista (estalinista).
Es un libro dulce, sabio, de agradabilísima lectura. Casi tanto como el capital.


"-Chist, chist, pequeña bola, pobre bola, ¿por qué gimes, quién te hizo daño?
pág. 9



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