viernes, 30 de octubre de 2009

"Indios en rebelión", de Néstor Taboada Terán


Centro Editor de América Latina, Bs. As. 1972.


En 1952 hubo en Bolivia una revolución: reforma agraria, sindicatos que encuentran posibilidad de concretar reformas, persecución de los ricos y repartición de sus bienes entre la gente, etc. Se otorgó el voto a los analfabetos, a las mujeres, se nacionalizó la minería, etc.
Y lo mejor, los milicos fueron a parar a las cárceles y el ejército se conformó por obreros y campesinos pro MNR.
Y también, la dirigencia revolucionaria se erigió en una nueva clase social que controló a su capricho a los bolivianos. El gobierno estuvo a cargo del famoso MNR.
El poder obtenido a la fuerza, se conserva con la fuerza, etc.
Los ricos terratenientes, claro, solo perdieron levemente sus privilegios. Digamos, cien mil hectáreas de tierra que poseían, “donaban” tres o cuatro mil a la reforma agraria. Y de esas tres o cuatro mil hectáreas, solo cien iban a los campesinos, pues el resto quedaba en la dirigencia; ergo los campesinos se comían a dentelladas por un puchito de tierra.
Estas peleas entre campesinos e indígenas constituían un gran entretenimiento para los políticos y capos del gobierno. En la orgía revolucionaria, ellos observaban bebiendo chicha el baile de los degollados.
Pero, como se sabe, el ritmo de la muerte carga con los compases de la vida. Y estos compases, la chicha, el amor, la religión, las comidas, idiomas, hablas (?), tinkus, los pinta Taboada Terán, un escritor boliviano bastante apuesto y elegante.


“Indios en rebelión”, decíamos, 120 páginas. Ocho relatos, que son los siguientes.
“De víctimas y victimarios”. Visitan al escritor indígenas que quieren que les escriba un artículo acerca de la explotación que sufren porque...

«-En el Ministerio de Asuntos Campesinos nos han dicho que si queremos charlar con el compañero presidente debemos llevar al palacio una medalla de oro para obsequiarle o sino presentemos un memorial que hable de nuestras quejas con la firma de un abogado que tenga pagados al día sus impuestos. El doctor que es abogado nos ha hecho aquel escrito y en las oficinas lo han archivado diciendo que tiene que tramitarse por orden regular. Hemos visitado el Diario, la Nación y la Última Hora y en todos esos periódicos nos miran waychu qharita jina (como hombres raros) y a veces nos hechan a empellones...»
(Pág. 9)

El personaje narrador, que bien puede ser Taboada Terán, está escribiendo una novela cuando es interrumpido por los indígenas. Nota, con cierto cariño, el tufo que emana de sus cuerpos. Al cabo escribe el artículo y resulta un éxito. Consiguen cita con ministros. Reemplaza a las autoridades que les estaban haciendo la vida jodida.
Pasa el tiempo y, como era de esperarse, los mismos indígenas que vinieron por el primer artículo vuelven por otro, ya que las nuevas autoridades se comportan de misma manera, o peor, que las anteriores.
Ergo, les va mal a los indígenas. No hay qué hacerle.
En el segundo relato un vivo vende un cañón inservible a una organización indígena, aprovechándose de su ingenuidad. En el tercer relato una cárcel de presos políticos (lleno de jerarcas del régimen anterior) será visitada por una comitiva yanqui pro-derechos humanos, por lo cual se organizan ciertas reformas. En el cuarto una mujer que no tiene hijos reza plegarias y consigue que un vago la preñe, mientras el marido se extasía de chicha por ahí; por supuesto, el vago le dice que es enviado de Dios y todo eso, lo cual es un gran verso, por cierto, y funciona, si no pregúntenle a José. En el quinto relato un niño se hace adulto de golpe, cuando el padre muere de una golpiza que le dan unos politiqueros traicioneros.
Y aquí viene el mejor, en mi humilde opinión. ¡Y or y on! Salió una rima barata. “El tinku de laimes y jucumanis”, llámase el cuento. El tinku es una actividad recreativa que consiste en propinarse piñas hasta morir, en los paisajes montañosos de Bolivia. Dos etnias se encuentran y se cagan a palos, capturan a los enemigos heridos y se beben su sangre y se comen sus testículos y penes. Una actividad que, por cierto, hubiera disfrutado Sade. Y demás está decir que harían programas de tv con mucho rating. Se sigue practicando, al parecer. En fin, a lo que iba, en el cuento se enfrentan laimes y jucumanis y escandalizan a los vecinos. Son denunciados a las autoridades revolucionarias por promover la barbarie gratuita. Entonces los líderes de ambos bandos son citados por el ministro indígena. Y este les dice, entre otras cosas, que ya no son niños y que en Bolivia no se puede seguir con semejantes tonterías. Y les dice más, mientras los líderes de ambos bandos agachan, avergonzados, la cabeza. El ministro indígena sigue perorando y en un momento se enfada tanto que saca el cinturón y empieza a azotarlos con él. Los líderes indígenas se espantan de su salvajismo y huyen despavoridos por los rincones de la sala donde están. El ministro indio sigue gritando y dando cintarazos hasta que un secretario entra a la habitación y etc. Genial. Un humor magistral, delicado, encantador. Taboada escribió un hermoso cuento que pasa del terror al grotesco, y de ahí al sinsentido beckettiano sin contemplación. Y termina en boca de la autoridad, cuando el secretario le ofrece agua para descansar:
«-¡No, no! –rectificó el desfalleciente-. Prefiero, compañeroy, un vasito de chicha. Rabiachiwancu. Me han hecho enfadar estos facinerosos.
Hay un par de cuentos más en el libro. Y valen la pena. A la herencia de Vallejo y Arguedas, la literatura de Taboada le agregó humor.
Saludos a Evo.




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miércoles, 21 de octubre de 2009

"Zoia Andréievna", de Nina Berberova


«Desde el primer momento en que Zoia Andréievna había llegado a aquella casa, ambas habían sentido que la vida que hasta entonces habían estado llevando se había visto perturbada. Intuyeron que habían caído, probablemente, en una zona de la existencia, que en medio del movimiento general, de la inquietud general, les había llegado el momento de vivir, de actuar. Todo lo que las rodeaba estaba a la espera de un final, y por lo tanto también ellas se dispusieron a esperar. Algo les decía que no eran solo dos, ni tres, ni cuatro; que eran infinitas en innumerables las mujeres que blandían agujas o espumaderas, y que se encontraban presas de una sed generalizada de odio y destrucción.»

"Zoia Andréievna", de Nina Berberova. Plaza & Janés, 1988. Traducción de Selma Ancira. Págs. 57 y 58.


Este párrafo es particular; primeramente por la osadía de conjugar (reprobable al traductor, quizá, o bien a la misma escritora) cuatro veces el verbo haber en un solo párrafo, dejándolo extravagante y cacofónico, y segundamente porque aquí se resume la trama del libro y una visión de la vida de la rusa. Las mujeres son tan jodidas como la guerra, muestra la autora, pues son las que más saben de la guerra por estar permanentemente en un estado similar a la pasión bélica. Una revolución es una cosa fea, pues uno pierde posesiones y cuesta un montón conseguir cosas como maquillaje o buenos camarones. Esto hace que durante una contienda se creen variedad de historias paralelas. Nina nos cuenta una así, de una tipa ricachona pro-ejército blanco, ex-rica, que viene huyendo de su ciudad sitiada por los boches, y termina en un pueblo transitorio y allí enferma y caput. Pero antes de caput, se hospeda en una casa que se convirtió en hotel precisamente por las persecuciones de los ricos. Allí hay un estudiante temeroso de ser reclutado, único hombre: símbolo de masculinidad en tiempos guerra: miedoso, desgarbado, puramente egoísta, incapaz de ver lo que pasa alrededor de él. Y también cuatro mujeres: una pendeja endemoniadamente bruja, una viuda de mente corta, la hermana, puramente movida por la impresión que puede causar en su círculo de relaciones (el hotel, en este caso), y una chica con aires de puta rabiosa y llena de rabia por la vida que le toca, sin joyas y glamur y todo eso. Las cuatro mujeres se ponen a expresar toda su rabia hacia esta chica, Zoia, que se hospeda con ellas; viéndola como símbolo de lo que nunca pudieron alcanzar: libertad de movimiento, autosuficiencia, posición social, elegancia, etc. Y esta Zoia, es una ingenua que lo único que quiere es su amor, cuyo nombre no sabemos, pero que podemos asocias al antiguo bienestar económico y social de que gozaba antes.
Es un cuento lindo, no hay que decir. Es una narradora erotizante la Berberova. Y es apasionante, escribe con un corazón enojado e hipnótico. Habrá sido increíblemente atractiva. Bueno, quiero decir, si no fuera escritora, pues los escritores no se caracterizan precisamente por ser atractivos. Hay un par, es cierto, pero no hacen gran cantidad.
En fin, que Nina quedó enojada con los bolches porque le sacaron lo que tenía, plata quiero decir, pero al intentar escribir esta historia cometió el error de elegir personajes mujeres. Pues las mujeres son más jodidas que la guerra, eso todo el mundo lo sabe. O al menos es un rumor poderoso. Convincente.
En fin, hay que aclarar que las mujeres son más interesantes que la literatura.
Y también que no hay que decir seguido eso, pues podría mal interpretarse.
Digamos que la literatura de las mujeres es muy interesante.
¿Escribía en bombachas Nina?
Quizá se ponía el lápiz en la boca mientras se acariciaba un pezón, para inspirarse...





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miércoles, 14 de octubre de 2009

exaclamó Razumikin, sacudiendo y apretando las manos de las dos damas...

«¡Me gusta cuando mienten! La mentira es el único privilegio del hombre sobre los demás animales. ¡A fuerza de mentiras se llega a la verdad! Soy un hombre, porque miento. No se consigue ninguna verdad antes de haber mentido por lo menos catorce veces, o quizá ciento catorce veces. ¡Pero nosotros no sabemos mentir! Miente tanto como quieras, pero hazlo a tu manera y te cubriré de besos. Mentir a la manera de uno mismo es casi mejor que decir la verdad a la manera de los demás. ¡En primer caso, eres un hombre; en el segundo, no eres más que una cotorra. ¿Qué hacemos todos ahora? Todos, sin excepción, hacemos ciencia, progreso, reflexión, inventos, ideal, deseos, liberalismo, razonamientos, experiencia, y en todos los terrenos, en todos, en todos, estamos sólo en clase preparatoria. Se encuentra placer en contentarse con el espíritu de los demás. ¡Tengo razón? ¿Es o no verdad lo que digo?»


Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoyevski.
Editorial Bruguera SA, 1964. Traducción de Julián Alemany Zaragoza. Página 184.



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sábado, 10 de octubre de 2009

pensaba Raskolnikov, alejándose...

«¿En dónde he leído yo -pensaba Raskolnikov, alejándose-, en dónde he leído que un condenado a muerte, una hora antes de la ejecución, pensaba que si tuviera que vivir en cualquier parte, en la cima de una roca, sobre un espacio tan estrecho que pudieroa colocar en él solamente los pies, rodeado de precipicios, en medio del océano, aislado en tinieblas eternas y soledad infinita; si tuviera que permanecer allí, derecho sobre un pie cuadrado de superficie, durante toda su vida, mil años, una eternidad, preferiría vivir de este modo, antes que morir? ¡Todo a condición de vivir, vivir, no importa de qué manera, pero vivir! ¡Gran verdad! ¡Dios, qué gran verdad! ¡El hombre es un miserable...! Y miserable es también el que, por ello, lo trata de miserable», añadió un instante después.


Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoyevski.
Editorial Bruguera SA, 1964. Traducción de Julián Alemany Zaragoza. Página 145.


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jueves, 8 de octubre de 2009

"Urbano, demasiado Urbano", de Javier Viveros


Un nuevo libro del genial Viveros, y aquí una reseña magistral.
Este es el blog del autor.
Felices de nosotros, humildes lectores.


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martes, 6 de octubre de 2009

"Oscar Wilde", de André Gide

Editorial LUMEN, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach


André Gide es un tipo famoso porque tenía un matrimonio blanco, es decir: no se echaba polvos con la mujer. Oscar Wilde se hizo famoso por cogerse a un lord (Bosie). André Gide se excitaba al ver masturbarse niños; Wilde bien pudo haberse excitado con eso, como también podía excitarse viendo otras cosas. Gide inclinaba la estética hacia lo moral, Wilde hacía estética de la moral, como de casi todo lo que encontraba. Gide era un chico bien y se hizo trolo gracias a que Wilde le dio un empujoncito en un viaje al África; Wilde se enamoró de un chico y se lo culió cuantas veces pudo. Gide defendió los derechos de los homosexuales, Wilde denunció por difamación a los que lo llamaron sodomita. Gide escribió hondas parábolas morales, Wilde hermosas fábulas morales. Gide era un tipo serio, Wilde un dandy guiñolesco. Gide tuvo una vida tranqui, pero se inclinó siempre a la tragedia; Wilde tuvo una vida trágica, y prefería la comedia. Gide comprendió y defendió a los oprimidos, Wilde los amó cuando fue uno de ellos. Gide dominó como un papa la literatura francesa de primera mitad del siglo XX, nobel incluido; Wilde era un nombre que daba vergüenza. Gide era serio, Wilde no. Gide era espantosamente honesto, Wilde un ficcionador. Los libros de Gide, salvo Teseo, son casi deliberadamente aburridos; Wilde tiene libros encantadores, todos. Y ambos fueron amigos, pero unos amigos particulares. A Wilde le gustaban los libros de Gide y lo aburría la persona, pero a éste último le gustaba Wilde y no sus libros.
En fin, cada uno hizo lo que pudo.
Y cuando murió el irlandés, Gide escribió sobre él un par de textos. Dos artículos in memoriam. Están en un librito, este al lado de mí, que miro, con foto de Wilde a lo actor de Hollywood.
Gide, como siempre, tiene una prosa bien y una actitud bien. Pero dos frases duelen, sin saber bien por qué:
«... fuerza es reconocerlo: Wilde no era un buen escritor»
(a la primera oportunidad explica que no es un eufemismo para llamarle genio, sino que dice que era hasta torpe y arruinaba sus fábulas al componerlas)
Y también: «sus obras, lejos de sostenerle, parecieron hundirse con él»
Gide propone rescatar la vida del hombre, pues así tienen sentido sus escritos, solo así pueden comprenderse.

Pero pasan los años, gideano Gide
Si uno va a una mesa de saldos, los libros de Gide son inencontrables. Razón simple: no se editan seguido, están siendo olvidados. Los libros de Wilde se editan hasta en Paraguay y Bolivia. ¿Quién se hunde entonces, pelotudo?
Es posible, sin embargo, que dentro de unos años, Gide sea reimpreso y se renueve su vitalidad. Nunca se sabe, pues el tiempo es arbitrario y las editorias tienen actitudes extrañas.
El tiempo es un juez caprichoso y superficial.
Y con respecto a eso de salvar al hombre y luego ocuparse de su literatura. Si no fuera por Lacan, las psicólogas (y las lectoras de Lacan), que son las últimas lectoras Gide, que lo leen por perverso, pocos leerían a Gide. A Wilde lo leen los niños sin saber ni que interese quién es, solo por sus relatos. Las memorias de Gide son lo más leído de su obra, mientras que la carta autobiográfica de Wilde solo interesa a fanáticos.
Ambos tuvieron vidas ejemplares, que las hay, uno gideano, el otro wildeano, no queda por decir.
A fin de cuentas, ¿qué es ser un gran escritor?
¿Ser homosexual, ir preso, ganar el nobel, ser perverso o un esteta?
¿O ser interminablemente reeditado?
¿O simplemente no aburrir?
¿Qué es la aburrición?
¿Quiénes son, Gide y Wilde?
¿Dónde han ido a parar, cadáveres?
Ah, gideanos wildes, sedliw edig, definitivamente.


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domingo, 4 de octubre de 2009

Adán, entonces, ¿es de libra o escorpio?

«La fecha de la creación del mundo puede ser inferida de las genealogías del Génesis, que dice la edad de cada patriarca al nacer su hijo mayor. Se permitió algún margen de controversia debido a ciertas ambigüedades y a las diferencias entre los Septuaginta y el texto hebreo; pero al fin la cristiandad protestante aceptó en general la fencha de 4004 a. c. fijada por el arzobispo Usher. El doctor Ligthfoot, Vicecanciller de Cambridge, que admitía esta fecha de la creación, pensaba que un estudio cuidadoso del Génesis hacía posible aún una mayor precisión; la creación del hombre, de acuerdo con él, tuvo lugar a las nueve de la mañana del 23 de octubre. Esto, sin embargo, nunca ha sido artículo de fe; se puede creer, sin risgo de herejía, que Adán y Eva vinieron a la existencia en octubre 16 o en octubre 30, siempre que las razones se deriven del Génesis. El día de la semana se sabe que fue, naturalmente, el viernes, puesto que Dios descansó el sábado.»

"Religión y Ciencia", de Bertrand Russell.
Fondo de Cultura Económica, México, 1951. pp 35-36