lunes, 31 de agosto de 2009

Lecciones de nuestro querido J. R. Wilcock

"Sin más Virgilio que difusos borradores abolidos"
Historia técnica de un poema. Editorial MATE, 2001




Gombrowicz decía que la poesía (cito de memoria y solo acierto en parte) era como el dulce de leche sin el pan: sola empalaga y se disfruta recién, o mejor, en una torta o con una tostada. Es decir, adquiere su peso recién cuando forma parte de algo más amplio, como la novela, el ensayo, el teatro, etc.
A pesar de que el enunciado es muy seductor por su irreverencia, especialmente por su posicionamiento ante la postura tan enfática y pedante de Breton que decía que la prosa se ocupa nada más que de banalidades y la poesía de lo escencial, no puede estar uno completamente de acuerdo. Nada prueba que la una o la otra se ocupen de otra cosa que de sí mismas. Y que ambas se ocupen, por tanto, de "cosas escenciales".
El librito de Wilcock hace la crónica de la composición de un soneto, valga decir que bastante malo, cursi.
Dice J. R.: "Ser poeta es enunciar la verdad... Las correcciones, las supresiones, y todo el proceso de la investigación poética, representan la discriminación de una verdad; esa verdad es el poema terminado."
El poema que cita J. R. empezaba (se inspiraba) con un endecasílabo proyectado como verso final:
eternamente, eternamente tuyo...
Una frase así tan efusiva (el verso) hace pensar en un sentimiento profundo. Pero Wilcock no hace alusión del mismo en la crónica de la composición del poema. Es más, este verso es olvidado completamente, incluso de la idea inicial (el enunciado de la frase) es desechada por otra.
Wilcock dice que empezó un día con un cuarteto, que modificó al otro día, por las rimas asonantes y consonantes, y continuó modificando, por toda esa cosa de ambientación y textura verbal, hasta lograr un poema que no tenía absolutamente nada que ver con el primer verso. En la crónica detalla el proceso paso a paso, incluyendo los fragmentos dejados de lado.
Siguiendo su comentario inicial, la verdad sería el resultado (el poema) final. El proceso es la peladura de la banana.
De ser así, la verdad de la poesía se obtiene por la manipulación de la prosodia.
¿La verdad de la prosa, entonces, es el resultado de la manipulación de la retórica?
En todo caso, la verdad a la que se alude no puede ser ontológico-platónica, sino, para resumir, podríamos decir, citando a la semiología posmoderna, que el texto es la puesta en escena de la verdad.
Ejemplifiquemos: Una cantante da un espectáculo, entonando canciones de amor loco, con desgarramiento incluido, arrancándo lágrimas al público del auditorio. Luego del concierto, la cantante va a casa en taxi, regatea el pago, enciende el televisor para ver cómo salió el concierto desde los noticiarios, habla con su representante del los resultados económicos de la empresa y se queja de su estúpido público, que no la dejaba cantar con sus gritos, y que se ponga tan creyente del tonto romanticismo tarareando las estúpidas letras de sus canciones.
Lo publicado por la cantante sería la canción durante el concierto. El resto, cola desvaída que solo interesa a la crónica de periódicos de escándalos, no importa al crítico del espectáculo (crítico literario) ni al público (lectores de la obra), pues las únicas manchas que podrían afear el concierto (el texto) sería que la cantante desentone (cacofonía), se tropiece (clichés) o algo parecido durante el concierto (exposición de la verdad).
La verdad es aquí, entonces, el resultado del concierto (texto) en el que la cantante (escritora, poeta) escenificó un discurso estético que para que un público (lectores) lo aprecie y lo sufra (emoción estética).
¿Cómo hace la verdad la cantante? Pues ejercitando el cuerpo, la voz, eligiendo un escenario adecuado y cautivador, ordenando sus canciones, instruyendo a los múisicos, etc.
¿Y el poeta? Pues trabajando más o menos las mismas cosas.
J. R. Wilcock no es un romántico de ley. No cree en transmitir la voz de Dios o tirar mensajes a la humanidad, o algo similar, sino que se ocupa de la labranza del poema como quien hace un jarrón.
¿Hacén otra cosa que jarrones los escritores?
Muy probablemente no.
Dice Wilcock: "Mostrar cómo la paciencia puede imitar al talento, y el tacto disimular la pobreza, fue mi voluntad general..."
Por todo esto, el libro es aleccionador, valiente y por tanto admirable. El texto de la crónica lo publicó por primera vez en la revista Sur en 1949.
El libro contiene también una selección de sonetos, de los cuales sobresale el que sigue.


LOS URBANOS
Vivimos en ciudades populosas
porque nos gusta estar entre la gente,
y las complicaciones del presente
nos insta a hacer uso de las cosas

que en pilas cada vez más numerosas
ofrecen las vidrieras al cliente,
luz eléctrica, radio, agua caliente,
revistas y bebidas gaseosas.

No, nunca más nos gustará la vida
tediosa de los campos despoblados,
con arañas, ratones y alambrados;

salvo el domingo como interesante
cese de una rutina repetida,
especialmente con un sol radiante.



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domingo, 23 de agosto de 2009

La fe en los pulmones

“Es evidente que cada palabra que hablamos
supone, en cierto grado, una disminución
de nuestros pulmones por corrosión, y, por
lo tanto, contribuye a acortarnos la vida”
Jonathan Swift. Viajes de Gulliver



1

La primera vez que fumé un porro tenía 13 años y fue antes de jugar un partido de fútbol de salón, en el que yo hice de arquero. Un amigo, Omar, que se suicidó inexplicablemente a los 17 años, me llevó a unas tres cuadras de la cancha, hasta la entrada de un caserón de dos o tres pisos que tenía las luces de enfrente apagadas. Tosí mucho y me pasé como una hora jugando con los cordones de mis zapatos. Jugué un partido estupendo, aunque perdimos cuatro a cero. Tuve una experiencia de fumón moderado en mi adolescencia, más o menos hasta los 15, después dejó de interesarme. Recién a los 21 o 22, cuando entré a trabajar a una revista universitaria que publicaba mensualmente, volví calar humo verde, como le dicen algunos. Todos en la revista fumaban, menos yo. De hecho, la mitad no hacía más que fumar, mientras la otra mitad fumaba tabaco y hacía así como que el porro era un pasatiempo de cada tanto. Los compulsivos se sentaban en la sala de redacción y armaban cigarrillos de marihuana con la misma tenacidad que la otra mitad debatía el próximo número, y luego aceptaban cualquier encargo sin rechistar. Yo era de la mitad de fumadores de tabaco, y no fumaba ni un solo porro. Pero una mañana de domingo, de pura curiosidad, accedí a una caladita. Meses después me mudé de bando, aunque conservé rigurosamente el placer del tabaco. Un amigo me regaló una pipa de caña de azúcar, que había conseguido de la ONG donde trabajaba pues las repartían a las prostitutas para que cambien el crack y la pasta base por la marihuana. Yo seguí fumando tabaco y tenía mi pipa de marihuana llena todo el día, a la que le daba caladas en cualquier momento y por cualquier motivo, como si fuera un combustible espiritual. Fumaba antes de clase, en el receso, después de clase; y en el desayuno, después del almuerzo, la cena. Fumaba en la pausa del trabajo para conservar el sabor del porro que había fumado al levantarme. Tuve problemas espantosos, deudas, notas bajas, perdí el trabajo, me dejaron todas mis novias por mis amigos, pero yo estaba contento. Fue una época feliz. Por algunos meses dejé hasta de beber alcohol y salir los fines de semana. Y dejé, por supuesto, de salir con chicas. Leía y fumaba porros, y cada tanto fumaba tabaco. Entonces empecé a leer fumones famosos: De Quincey, Baudelaire, de Nerval, el inevitable Fitz Hugh Ludlow, incluso Lorrain aunque este prefería el éter. Y después dejé de leer. Un verano volví a tener una chica. Quién sabe cómo, pero fue así. Ella me invitó a caminar por un parque asunceno, un parque grande, muy grande, y pensé que sería una larga caminata. Entonces le dije a la chica que me espere un ratito y preparé mi pipa. Cuando me la metí en el bolso la rompí. Tal vez la apreté muy fuerte o estaba simplemente muy vieja, pero mi querida pipa se despidió de este mundo. Y yo no hice más que tirarla y la olvidé enseguida. Así, de una manera increíblemente simple. Semanas después, revisando los libros que tenía en mi estante, encontré varias cajitas llenas marihuana. Luego encontré más cajitas distribuidas en toda la casa. Probablemente había cerca de medio kilo. Estaban bien distribuidas, como para encontrarlas en cualquier parte, previendo un cataclismo nuclear. Junté todas las cajas en una bolsa y las tiré a la basura, sin piedad. De hecho lo hice con gran indiferencia. El verano pasó y tuve que volver a la facultad y a la revista universitaria. La sala de redacción, en mi primera visita, me pareció espantosa. Una antesala del infierno. Esperaba encontrar un chino encargado de distribuir la droga en el fumadero donde mis compañeros, con ojos mohosos, me miraban impacientarme. Estuve así unos meses, depurando mis pulmones a fuerza tabaco. Cierta noche que no tenía nada más que hacer, fui a la redacción de la revista. Tres o cuatro de mis compañeros estaban durmiendo en el piso, mientras otro, con los ojos rojos, tecleaba rabiosamente y balbuceaba las frases que iba escribiendo. Me senté tras él y cuando terminó me contó de qué iba su artículo. Luego se dispuso a fumarse un porro, pero como él ni yo teníamos ninguno, empezó a hurgar entre los bolsillos de los durmientes. Lo único que encontró fue un conjunto de colillas distribuidas en varios ceniceros. Amontonó las tucas y se armó un porro frankensteiniano, aceitoso, muy oloroso, casi diría que escabroso. Me invitó una calada y sin darme cuenta me fumé la mitad con él. Bien puesto, me acosté en la mesa de reuniones y me quedé dormido. Me desperté un rato después sintiendo que los miembros de mi cuerpo empezaban a disgregarse. Me desesperé. Luego dejé de desesperarme porque no podía pensar nada coherente, pues el hilo del lenguaje se me iba desgranando en frases sin sentido preciso, urdiendo una trama poética incomprensible, y después el lenguaje no fue más que un hilo largo y quebradizo que unía los fragmentos del universo, y el hilo se quebró. Después de estar un par de horas completamente catatónico, desperté. Me bañé, vestido así como estaba, y salí a la noche asuncena, mojado, sintiendo los achaques del ser superior que por puro antojo mantiene unido el universo: el lenguaje. Pues Dios es el lenguaje. Bla, bla, bla. Dios no es más que sí mismo. Embadurnándose en sí mismo. Regurgitándose a sí mismo. Dios es espantoso.

2

A todo esto, puede decirse que conservé una especie de rito ornamental: adquirí la costumbre de comprar tabaco en bolsa y papel, y empecé armarme los cigarrillos como Clint Eastwood en sus películas. Y así como él en La Marca de la Horca no dejaba de llamar la atención por dónde iba, yo hacía que los vagos me parasen apenas me vieran con mis cigarrillos largos y finos, y me hiciesen gestos de compinche tarado.

3

Años después me tocó ir a una fiesta al costado de una ruta, al aire libre. Era, si mal no recuerdo, fiesta de año nuevo. Dos pistas de baile con música techno hipnotizaban a miles de chicos y chicas que, llenos de pastillas, simulaban ataques epilépticos. Ya en la mañana, me senté en un rincón a mirar y fumar. Apenas acababa un cigarrillo, me armaba otro. Ratito después tenía un corro de mirones que se me sentaron alrededor. Embobados de pastillas, con las manos demasiado torpes, intentaban armarse sus porros. Entonces uno se atrevió y me pasó papel y marihuana. Le armé el porro. Después vino otro y lo mismo. Luego ya tenía una fila esperando, y gente que me miraba, y me admiraba, y yo seguía industrioso con la manufactura de porros. Y los repartía equitativamente. Como un profeta.



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jueves, 20 de agosto de 2009

La guerra en el gimnasio de César Aira


"La guerra de los gimnasios", de César Aira. Grupo Editor Planeta, 2002; en edición especial para el Diario La Nación.

Tengo toda la semana pensándolo. Drama. Sentimientos encontrados. ¿Cuál es mi problema con Aira? Su proyecto artístico, ir salteando todo con la improvisación, apuntando siempre a lo nuevo, adelante, sin importar qué venga, suena muy bien. También el hecho de que, como es de esperarse, al ir siempre hacia lo nuevo Aira se permita como nadie perder el interés por lo que escribe y terminar la historia como sea y empezar simplemente otra, sin corregir lo anterior, pues ya es el pasado, lo escrito, lo que ya fue. Lo nuevo, seguir apuntando siempre hacia adelante. Suena genial. Es, en realidad, un plan genial. En el fondo, es el plan de todo arte, ¿no? Por sobre la inspiración, la voluntad (Balzac y su proyecto de la Comedia Humana, Baudelaire y su mesa de trabajo a la que considera la inspiración en sí misma). Para quebrar la tensión orgánica, psicológica, o romántica, el rigor metódico del proyecto (Russell, Duchamp, etc.). En contraposición al realismo del arte comprometido con la realidad, la irrealidad del arte comprometido consigo mismo, parodiando, deformando. Etc.
Entre los programas artísticos podríamos citar la expiación social, la catársis personal, la indignación, el juego de la inteligencia, el absurdo de la vida y del arte, el sentimiento trágico, cómico, el no-sentimiento, etc. La elegía mística, el cantar ciertas cosas o gentes, la exploración, etc. Hay de todo un poco para elegir. Y también el proyecto, o el plan, de escribir alejado, en lo posible, de todos los tópicos. En realidad, es este último el gran tópico del arte posmoderno, siendo el del moderno escribir incluyendo y trascendiendo todos los tópicos. Como dicen, el paradigma de la modernidad es el cambio para seguir siendo el mismo, es decir, literatura. Ser postmoderno es seguir el tópico del a-topismo. Lo atípico. La novelística de Aira va por el lado moderno, es decir pre-sesenta, el sentimiento de lo nuevo y ecléctico desesperado por sobrevivir y con disgreciones sesentistas parodiadas. Se coloca como turbante la bandera de la vanguardia y avanza. Abre camino con cuchillitos de 60 a 90 páginas. Despeja. (Obs. de lectura posterior: Éste párrafo es bien tonto)
Todo esto en el plano teórico, por lo menos; es decir en la defensa que hacen normalmente sus defensores. Sus detractores lo llaman banal. En fin, cada uno hace lo que puede.
Por mi parte, me pregunto ¿por qué no me gustan libros como La guerra de los gimnasios, o La liebre? No solo no me gustan, sino que no me gustarán nunca. Nunca. Y no las considero banales ni nada por el estílo. Bien al contrario, sus libros son de lo más serio de la literatura argentina de las últimas décadas.
¡Aguante E. R. por decir una frase así! ¡Carajo!
En fin, decía: hay algo más en su programa artístico. Y ese algo más es el tema. ¿A qué me refiero? Cito a Benjamin Constant, así porque sí: "en todo problema tenía siempre una idea de más que lo transtornaba todo".
"La guerra de los gimnasios" es una bildungsroman, como lo son todas las novelas de Aira que me tocó leer.
Empieza describiendo el gimnasio así:
«El primer piso del Chin Fú, al que Ferdie entraba por primera vez, era un salón oblongo lleno de aparatos nautilus de todas las formas imaginables. La vista se perdía en esa jungla metálica; al recién llegado le parecía mucho más grande de lo que era en realidad. Aquí y allá un cuerpo humano resoplaba y gemía enganchado a las poleas: el golpeteo sordo de las pesas marcaba el ritmo. No había mucha gente; la primera impresión era de vacío. Un círculo de hombres jóvenes en buzos y shorts charlaba en un claro de máquinas hacia la mitad del salón. Al fondo, muy lejana, una pared de vidrio que daba a una terraza se estaba iluminando con una magnífica puesta de sol.»
Parece que en cualquier momento puede empezar el Capitán Nemo a levantar pesas. Y lo del claro de máquinas en un gimnasio es sublime. El libro continúa así, por unas 30 páginas. Luego es ya pobre el estílo, esquelético, con anécdotas que se suceden a la manera de las películas de acción yanquis que al no saber bien qué hacer ponen golpes y persecuciones de autos en escenas largas. Es lo normal. En la página 49, como ya no se sostiene el ritmo y además aburre porque es muy plano y soso lo que se cuenta, el narrador mete el recurso de la reflexión como contrapunto. Y, como tenía que ser, la reflexión es sobre la escritura, usando la técnica metáforica del barco-gimnasio:
«Al poco de empezar descubrió que el gimnasio era también una solución al drama de las historias. No importaba que hubiera una guerra mientras tanto; para él era un armisticio. Cuando entraba al reino encantado de los aparatos, las historias se simplificaban en una "rutina", quedaban fuera de él. Lo poco que sabía de la vida le alcanzaba para hacerse una idea de lo incómodo que podía ser el trabajo de vivir produciendo sus propias historias. Porque no se traba solo hacer esto o lo otro, sino de "cómo" hacerlo. Todo el tiempo había que estar dando a luz un estilo, una marca personal, en un parto constante.»
Aquí es donde se pudre la novela. Es como un homenaje al lugar común. Y el afán doctrinario, propio del marxismo esotérico y las novelas de Cortázar (que por lo menos le pone humor), es desesperante. Pero bueno, es la reflexión de un personaje, no tiene por qué ser genial. Pero las cosas no son, como de costumbre, tan simples. Este afán doctrinario ya no tiene nada que ver con el proyecto de espontaneidad, sino que es el narrador intentando sostener con su sí mismo, es decir sus reflexiones, la historia que narra. Es en estos pasajes donde asoma el autor, desnudo de literatura. Como los autorretratos de los pintores: el autorretrato de Van Gogh no es lo mismo que el de Dalí: mientras el primero es adorable, el otro es estúpido. Y los dos son pintores geniales.
Después el libro continúa en el mismo sentido: hay unas cosas sobre chistes acerca de homosexuales, "los hombres que quieren un cuerpo perfecto para sí mismos es que en realidad quieren el cuerpo perfecto de otros hombres", etc. Líneas más, frases menos. Una luz de conclusión. El chiste sigue en el resto de la novela.
Cuando describe Flores, sin embargo, es mágico. Es, creo, porque el narrador se dedica a narrar algo fuera de él (aunque lo haga siempre desde él, etc.):


Hay escritores y escritores. Las opiniones de Borges sobre la negritud, racistas gratuitamente, son, por ejemplo, detestables. En cambio una narradora como Anaïs Nim, cuya narrativa es más o menos, se vuelve genial al hablar de sí misma.
Creo que Aira narrador que me gusta es aquel que se sale de sí mismo, pues el catártico me parece megalómano y predecible. Sus chistes son malos y clichés. Y se quiere tanto a sí mismo que entra en sus novelas sin que haga falta y las arruina, ya sea con ideas y reflexiones innecesarias, o como personaje mismo (en esta novela aparece como guionista del espectáculo que da uno de los personajes). Y entra en ellas, creo, por impaciencia; porque el proyecto de ir avanzando, pase lo que pase, lo exige. La verdad es que no es un personaje interesante. Como alguien tiene que sostener las historias cuando ya no hay ideas, entonces empieza a decir lo que ya está muy dicho, toma el camino fácil, hay situaciones garciamarquezcas con gigantes, gente que vuela y chiste malos.



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lunes, 10 de agosto de 2009

UMBERTINO, de Ítalo Svevo

"Umbertino y otros relatos", de Ítalo Svevo.
Editorial Longseller, 2007.


"Soy un hombre que nació verdaderamente por error", abofetea Svevo, con mano melancólica, en la primera frase de este librito de cuentos que es una joya brillante. No es en vano la puntualización de joya brillante.
Este librito posee cuatro relatos maravillosos, aunque el último de ellos me tomó casi un año leerlo pues es un bodrio, aunque, claro, en el recuerdo también se vuelve genial. ¡Loas a Svevo! Se titulan. "Umbertino", "Engañosamente", "La muerte" y "Un contrato".
El primer relato es casi una novela corta. El protagonista es Zeno C., el de la conciencia, que aquí reduce su vida activa a ser abuelo, y está más abyecto y egoista que nunca. Completamente adorable. Habla de su nieto aquí Zeno, Umbertín, a quien ve como un símbolo de la vida, como la manzana de Adán, que no sirve para comer sino solo para observar. En La conciencia... a Zeno se le murió el hijo, a quién consideraba un mal pintor, y ve al nieto como una proyección del mismo. Y desfilan los mismos personajes aburridos, y algún otro más, de La conciencia, pero que gracias a la sutil inteligencia de Zeno se vuelven sublimes. ¡Loas a Svevo! Y así nomás es el relato, no me acuerdo muy bien de qué trata.
"En mi juventud solo se rendía honor a los viejos... Ahora que soy viejo solo se respeta a los jóvenes, así que pasé mi vida sin haber sido nunca respetado. De ahí debe haberme venido cierta antipatía por los jóvenes que son respetados ahora y por los viejos que se respetaban entonces. Estoy solo en el mundo, dado que para mí la edad siempre fue un problema".
¿Puede concebirse un viejo más pendejo y adorable?
Con amor se puede hacer gran literatura.
Y también leemos aquí: "el miedo es una cualidad de la carne. Es como una protección que la envuelve apenas toca el aire. La hace extraviarse, pero por cierto la protege". ¡Loas!
Zeno divaga sobre sexo, utilizando una elípsis: "como aquel marinero que encontrándose durante varias semanas solo con un amigo en una balsa a la deriva en el océano, muere a tiempo para volverse alimento y salvación del otro".
Cómo divaga este Zeno, tanto que no le bastaron una novela, ni numerosos relatos, tanto que impregna a los lectores, haciéndolos divagar también. Hasta recuerda a su hijo, muerto en La conciencia...: "Debo decir, a modo de confesión, que el pobre Valentino nunca me cayó simpático. Creo que no hubiera podido ser de otra manera porque era muy feo, con esa panza y esas piernas tan cortas. Por eso, dejando de lado los remordimientos, por otra parte soportables, yo, en su lecho de muerte, me sentí bastante frío y capaz de observar todo con mirada serena."
Y también hay un personaje llamado Bigioni, que es muy importante, aunque no puedo decir exactamente por qué. Amigo del hijo, o algo así. Y también está Carlo, sobrino de Zeno, tipo inteligente pero que el narrador, de pura onda, no soporta del todo.
El gran mentiroso de Zeno empieza a ser completamente honesto por una temporada y hace teoría de la supra-verdad, es decir, de la verdad que para ser más verdadera es condimentada con elementos ficticios u ornamentales. Como la poesía, digamos. "Yademás me sentía tan bien siendo sincero que me parecía que excediéndome un poco me comportaba de un modo más sincero aún".
Casi un emo, este personaje.
Varios de los relatos de Svevo, no solo los compilados en este libro, se desprenden de La conciencia..., pues esta es una novela mundo que rebosa por todas partes, y es a la vez un ejercicio de auto-conocimiento del escritor triestino y a la vez estudio de la burguesía triestina de su época, llena de amanerados que merecían el fusilamiento, y alguna que otra gente bella y que por lo demás también merecía el fusilamiento, solo por tener plata. Y también Zeno merece lo suyo, si vamos al caso.
"Engañosamente" es un relato genial. Si Umbertino es una alegoría del la inutilidad de la vida vista a través de los lazos amorosos "alegres", por decirlo de una manera, sin desmeritar los fragmentos sombríos, en este relato se habla de lo mismo, tomando como punto de referencia el trabajo de toda la vida de un viejo. Y aparece el dinero, gran tema en Svevo, con toda su brutalidad.
"El mundo seguía girando, pero esa aventura demostraba su absoluta nulidad", dice.
"La muerte" es el más intenso relato del libro: triste trieste. Un viejo ateo se muere al lado de su mujer religiosa. El viejo se prepara mucho tiempo para morir, pero "su muerte fue lo que él no había querido: un susto". Cuando el viejo parte, la mujer queda dudando si murió ateo o creyente, y entonces se consuela convirtiéndolo en su recuerdo.
Básicamente exuda que no debemos morir solos, aunque en el camino solo nos acompañe Dios, usando de capa una sábana blanca. No hay que ser tan exigentes, después de todo.
"Un contrato" es el último relato, y aquí Zeno aparece de nuevo como comerciante, engañado, como tenía que ser. Dinero, dinero, no me digas te quiero. Pues yo ya te quiero. ¡Loas a Svevo!
Pasa algo en este cuento, eso sí, no hay duda, pues en general pasan cosas en los relatos, salvo en los de Beckett, pues en ellos pasa el pasar; en cambio el caso de Svevo es que pasan cosas, al menos una reflección, o al menos una transacción económica.
El dinero, la burguesía, las familias que viven de herencias... Grandes señor@s, vidas incinerables. Si no fuera por los ojos de Svevo mi odio sería gratuito. En cambio ahora, que sé como se rascan las barrigas al sol, mi odio está justificado.
¡Loas a Svevo! ¡Único ricachón hermoso!
Salud.


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jueves, 6 de agosto de 2009

Perro prole

"El trabajo humaniza"
Karl Marx





De carácter manso, movimientos suaves, casi como los de un gato, y, eso sí, vehemente en la expresión, con sus ladridos emergiendo viriles del gaznate y el atávico respingo de la cabeza para aproximarla al máximo hasta la luna invisible, así es mi perro.
Tengo que decir que, además de su amo (uno de sus amos), también soy su ‘chofer’. Los tiempos que corren exigen héroes a su altura. En ellos, necesariamente, a gente como yo le queda un papel muy secundario, el del amigo sin carácter que pregunta al Papel principal cómo le fue con la Dama, por ejemplo.
La faena rutinaria es más o menos como sigue: alguien llama a Empresas Huesos Hábiles S. R. L., y marca una cita a determinada hora del día. Generalmente, se trata de gente retirada, ex militares o policías, o ex bancarios, pues estos reúnen los dos elementos básicos que forman la materia prima con la que trabaja mi perro: soledad, abandono por parte de los suyos, y dinero ahorrado en alguna caja de jubilación para tratar de paliarlo.
Mi hermanita atiende las llamadas mientras tararea algún hit de Kylie Minogue, anota las direcciones del potencial cliente, mira la agenda y confirma la hora exacta de la visita. Nosotros, mientras tanto, pasamos el rato despiojándonos el tedio en el ático infantil hasta que somos avisados por una alarma de bombero accionada por una cuerda, como las que se usan en los colectivos públicos. Puestos en pie, nos deslizamos como Batman y Robin por un tubo previamente engrasado, tomamos los datos y salimos a la calle. My sister aumenta entonces el volumen del tocacintas, y eso es todo.
La calle tiene el aire detenido de los sueños pintados, pero sin sus mujeres desnudas, o la torpeza insomne de la resaca de la madrugada del domingo pateando la calle del Mercado 4, pero sin sus aromas a campo reducidos ahora en hatillos comerciables. El arnés de mi perro es la prolongación de su cautiverio, pero en versión nomadizada, ambulante. El microclima del encierro perruno continúa, aunque sostenido por mis manos. La multiplicidad de especies que confluyen en una especie de parche zoológico en mi perro proletario se me revela como en una intuición imbécil. Las pezuñas domesticadas en su titi anodino e inofensivo tienen algo de chivo, el caucho de su hocico tiene el brillo del de los simios, el corte de pelo duro y enmarañado le cae sobre los ijares como ropaje de caballo durante un torneo medieval o de los de la caballería acorazada feudal, sus enormes ojazos de pasmo interminable son de inequívoco becerro... Una pléyade impresionante de especies se cruzan en su físico bestial, pequeños destellos engañosos o alucinados ondulan sobre la materia petisa y oscura de mi perro.
Aunque la gente diga lo contrario, las cosas siguen como antes. Tenemos que hacer el trayecto a pie, porque todavía hay censura canina en los colectivos. Y eso se repite en casi todas las esferas: supermercados, librerías, taxis, bibliotecas, cines, etc. Si uno va al cyber con su perro, tiene que dejarlo indefectiblemente atado a alguna tranquera improvisada, como a los caballos en las viejas películas del far west. Y la situación empeora si se trata de perros callejeros, como el paradigmático perroclochard retratado por las cuerdas de Kambaí en su clásico Jagua jetũ'o .
Mientras hacemos el camino que va de la oficina a la casa del cliente de turno, para evitar el soso laburo de describir la calle, puedo ahondar en la personalidad de mi perro. Para impedir ideas equivocadas, de entrada empiezo aclarando que carece de la inteligencia, sutileza y madurez de, por ejemplo, el caballo de Lucky Luke, sin hablar de su total falta de dependencia de bebedizos espirituosos propios de la cultura humana. Más bien es de gustos simples y aun obvios. Para veranear, Cannes; para turismo cultural, Pekín. Héroe histórico: el khanato mongol en pleno hasta el último monarca chino de la dinastía manchú: Khan Hi. Películas: Tarde de perros, Perros de alquiler, Perros de paja... Noir barato y violento. Nada de los sentimentalismos en boga entre sus congéneres de hoy: 101 dálmatas. Científicos: Perrin antes que Pavlov. Filósofos: Lacan, Diógenes, Kant y Jenófanes (“Si los bueyes, los caballos y los perros tuvieran manos y produjeran obras de arte como sucede con los humanos, los caballos dibujarían a sus dioses con forma equina, y los bueyes bovina y los perros perruna y les otorgarían cuerpos como los que posee cada especie”). Baile favorito: el cancan francés. Literatura: Jack London, cae de maduro (Colmillo blanco, Jerry de las islas y La llamada de la selva). Yagua’i de Quiroga, Flush de la Woolf. Aunque nunca ha bebido, siempre pone cara de tolerancia ante mis pequeños caprichos cuando me ve con un vaso de scotch. Santos: san Roque, san Francisco, santa Catalina y santa Quiteria; a estas dos últimas dirige sus ensalmos apotropaicos cuando la pesadilla de la rabia se cierne sobre sus duermevelas y pirakutú . El toque de misticismo que impregna como un hedor caliente y sabroso su pelambre hirsuta viene acaso de la lectura de la vida de esos ermitaños arrojados al desierto que, como única fuente de comunicación (y de alimentación) con el exterior, tuvieron un perro –allí habría que agregar que El perro que vio a Dios sería el epítome de toda esa conmoción interior–. En alguna Navidad me ha conminado a regalarle un bestiario medieval ilustrado, y lo he visto lamiendo con su salivapanacea a un kinocéfalo. Piensa, muy profundamente, que el mundo fue hecho y es protegido por un perro gigante, paternal y bonachón, irascible ante todo lo que se mueva como gato, animal que no con razón no es mencionado en la Biblia, ladrando a las constelaciones con su respingo lobuno, para que los hombres se sientan seguros en sus propiedades y sus bienes.
Llegamos. Calle Cabeza de Vaca 1553. Como es costumbre, toco el timbre o, en su defecto, doy unas palmadas sobre la verja. Dejo al perro, una, dos horas. A veces, cuando el cliente da muestras de una liberalidad excepcional, o de una soledad infinita, toda una tarde. Le dejo hacer al perro su trabajo y, al final del mismo, vengo por él de vuelta. Nada más.
Comúnmente, el jubilado, 6574 años, permanece en su sillón de orejas o en su silla reposera con un dispositivo para hamacarse, escuchando en su radio AM malas nuevas sobre la violencia monótona e inaplastable, la miseria zarrapastrosa, el desempleo masivo, catastrofilia mediática, plagueos hertzianos que rebotan refractarios en su cuerpo, achacoso o no, mientras el perro, acostado a sus pies, ahíto de bolejas o de los olores de esa casa vacía y sin ventilación, echa una siestecilla o, como perro solar, como perro a energía solar, se entrega al dios: los rayos infrarrojos le dan a sus músculos la suficiente flexibilidad para sus rondas nocturnas de vigilante insomne. Algún jubilado X siente el impulso de frotarlo suavemente, cuando ya han intervenido visitas precedentes, contactos anteriores. O el cliente Y le cuenta la historia de la población familiar que antaño animó esa casa, cómo el barullo y el movimiento se fueron evaporando sin que él apenas pudiera percibirlo. Cómo a las grandes conmociones fueron sucediendo más lagunas silenciosas, agujeros de abandono raleando la antaño espesa vida hogareña. Sobreviviente de ese trabajo de zapa, testigo oral de ese proceso del tiempo y sus asechanzas, canta, rapsoda deslenguado y loco, la vivacidad de un mundo aparentemente eterno. El cliente Z a veces desempolva un disco de vinilo para su perro de compañía, y éste, súbito y mercenario cortesano de cuatro patas, asiente con algún bufido profesional. Trabajo humanitario, fácil y de buena paga, aunque, es cierto, un poco triste, “denso” incluso, con fucilazos incontenibles de psicosis rondando los muebles fantasmales. Por ejemplo, cuando X le llama Chipi, o Y Kazán, o Z Energúmeno, nombres que, más que aplicarse al perroproletario, más que designar al puro animal instalado temporalmente en su casa para curtir el ritmo que fluye en esas concavidades que desesperadamente quieren mostrarse desgajadas del deteriorado éxtasis, quieren convocar vidas ya definitivamente hundidas en las brumas del afecto, pujando con las neuronas desportilladas por el Alzheimer o el Parkinson, formas anquilosadas de la vida minada a lo largo de su despliegue aparentemente multicolor y efervescente, ocultas a la conciencia pero no al cuerpo, fragmentos de vida eclipsados en una mudez esclava adiestrada desde la infancia para obedecer y sufrir sin chistar. En ese punto de rotura del dominio de lo humano y los bártulos de su cultura, lo animal sirve a la perfección para conceder su piedad y comprensión a ese yanaconazgo del cuerpo olvidado o silenciado. Y el comienzo de este “negocio”. Perro de compañía se alquila por horas. Sin los inconvenientes de lo humano, la estafa, el robo, la gula, la borrachera, el barullo, la locuacidad. Allí donde lo humano fue desplazado por la máquina, la fábrica y su cadena de producción sin fin, se hace posible el resquicio de un retorno a lo originario. Pero lo originario fue ocupado por lo animal, especie siempre fiel al llamado primitivo. Entre lo maquínico y lo humano, lo animal empezó a jugar un protagonismo inédito. Punto de inflexión, vaso comunicante, árbitro, intercesor al fin. Más cercano a lo segundo (lo humano), por una tierra común, el cuerpo, el animal aceptaba su nueva función. Suerte de triaca prescrita por la sabiduría médica musulmana, fármakon que prepara la cama de la eutanasia, su tarea es consolar al Gran Derrotado, acompañarlo en su agonía, entretener su vida purgada en guetos solitarios y confortables (los menos, el target con el que mercaba), su indefensión ante el Nuevo Mundo bajo el yugo de la máquina, “hijo bastardo” que ocupaba ahora el tablero principal.
Con la plata que sacaba mi (nuestro) perro se mantenía mi familia. Absolutamente desempleados, crónicamente desempleados, aceptamos lanzarnos al terreno de la acción perruna... Primero las changuitas, los trabajos golondrina, y, al fin, el parasitismo perruno. En medio hubo un período al borde de la mendicidad, denominador común de otras familias ayer nomás orgullosas y prósperas...
Mi padre cocina para todos, mi madre organiza el negocio, mi hermanita y yo somos los brazos materiales del único trabajador real, de la fuente de capital para la casa, nuestro perro. Ironías de la civilización. El antaño parásito del hogar burgués termina sustentándolo. Y eso que nosotros tuvimos suerte: fuimos casi los iniciadores de este rubro, con una clientela en franco crecimiento y exponencial demanda. Todos los otros trabajos tradicionales, modernos, que habían sacado a la humanidad de sus penurias, ahora los monopolizan las máquinas. Para los hombres quedan la mendicidad o el parasitismo a costa de los animales, como es nuestro caso. Incluso la prostitución, oficio que ha sabido siempre capear cualquier revolución que socavara los cimientos de la normalidad y la eunomia, que ha sido casi inamovible desde los comienzos del mundo, se derrumbó por falta de capital y, peor, de deseos. El sida, en su astronómico aumento, en su espiral dispersiva, liquidó el contacto, aunque se tratara de aquel ínfimo y breve establecido durante la cópula, entre los cuerpos. La masturbación resbala indefensa sin cuerpo sobre las imágenes autistas. La dignidad de nuestra familia jamás permitió que nuestra niñez bajara a turnar o transar con esa salida suprema.
Paso a buscar al perro de casa de Y. Regresamos, a veces dando una vuelta por el supermercado. A comprar osobucos, pucheros, costillas, paletillas, palomitas, carne picada o molida. Le dejo elegir al cuadrúpedo hasta que un guardia nos pilla in fraganti y tengo que sacarlo al estacionamiento mientras pago y salgo.
De nuestra casa, la antigua mansión señorial llena de pretensiones, con piscina y quincho para el asado dominical, poco queda. La nueva configuración laboral alcanzó a afectar también a las arquitecturas y a sus habitantes. La oficina, instalada en el viejo jardín, ha removido hoy todo su esplendor de antaño de verdes farmacopeas y fragancias, kuratũs, burritos, helechos, santa ritas, aloes, la infaltable ruda protectora, los crotos y los mbokajámata, y hace actualmente de fachada. En su planta alta está el altillo de espera de los pedidos laborales. Atrás, muy atrás, quedan los cuartuchos, la sala con su sofá y la cucheta. Y la cocina, altar sagrado desde los últimos cambios. Cocina para los hombres y “el hombre de la casa”, nuestro soporte económico, el perro.
X2 sólo deja de fumar cuando duerme, cuando come o cuando está en el cyber. (Aunque lo de no fumar cuando se come ya fue desvirtuado por Barbara Loden, compañera de Elia Kazan, en la famosa secuencia final de Wanda –road movie primigenio de mediados de los 60–, donde la protagonista se atiborra de pastas, cigarrillos y cerveza, todo simultáneamente. Bueno, en algún cyber te proveen de ceniceros y hasta se puede chupar birra sin corte. Sin olvidar catalogar a los cyber con rincones aburdelados como anexos alternativos. Así que sólo queda, incólume a los ataques del cigarrillo, el tiempo del sueño. Esto nos lleva a la asociación de la muerte con el sueño, que los románticos alemanes ya habían proclamado. Claro, nada más alejado de la vida que la inmovilidad del durmiente, y quién vio alguna vez fumar a un muerto. Y lo digo sin ningún sesgo de ironía, ni alemana ni paraguaya). Desprecia a todo aquel que se precie de intelectual pero que no haya hecho experimentos sobre su cuerpo y sus neuronas. Que no haya agitado esa cosa de por sí inercial y conservadora (el cuerpo) con todo tipo de agresiones fecundantes, ya sea con hongos o con hachís, con cocaína o con anfetaminas, con LSD o con tabaco, etc. Todo vitalismo de la letra se le antoja falso, fatuo, mentiroso; el de Nietzsche o el de Deleuze, famosos ambos por su condición enfermiza crónica, no merece más que su burla. Pues para él el cuerpo no es más que un campo donde las fuerzas planetarias se sumen en una lucha sin cuartel. Piensa que lo que subyace a la persecución actual del tabaco, a la búsqueda contemporánea de su extirpación completa a través de la movilización total, es un complot entre la ciencia de la salud y el confort burgués. Recordemos que el tabaco es un aporte de lo precolombino, de lo no occidental en términos puros, a la civilización de la cultura material mundial. Hoy no encaja del todo dentro de la lógica de ese confort. Ésta, originada en la época más sórdida y humosa de la Inglaterra decimonónica, la era de la revolución industrial, ya no soporta actualmente ese cuerpo extraño y advenedizo, ese agregado foráneo a su ideología tout court europeooccidental. A X2 ya le es prácticamente imposible visitar a sus contados amigos. Últimamente, las “incompatibilidades” provo-cadas por el humo de su cigarrillo barato los han separado (casi) definitivamente. Un objeto, un gesto, el rito del humo y del tatatiná, han quebrado esos años igualmente rutinarios e inerciales a los que en el fondo se reduce la “amitié”, en vista de las prohibiciones que rigen. (Prohibiciones que no sabemos bien si empezaron desde una abstracción –la salud, la ciencia, etc.– o confluyeron desde puntos ínfimos y relativos –las mujeres, los asuncenos, los paraguayos, mis vecinos, etc.–. O si se dio el consenso entre lo universal y lo relativo: la ciencia y el prójimo concreto que me fastidia allí en mi barrio). X2, antes de caer en este estado de postración que lo ha obligado a recurrir a los buenos oficios de Huesos hábiles, fue un pintor, un artista. Un artista del huevo, uno, dos, diez, cincuenta, cien, quinientos huevos. Exposiciones de huevos en la Chacarita (el primer artista top en ocupar la Chacarita con sus huevos), en el Chera’a Tom, en Loma Plata, en los museos más fashioned de la capital. Su método, genial desde donde se le mire, y que llegó a hacer escuela y dejó un reguero desleído de imitadores sin talento, era como sigue: tomaba un pack de huevos, de media o una docena, del Mercado 4, del Mercado de Abasto o de la cadena de supermercados más frecuentado y lo depositaba en una galería de arte. El huevo, atrapado ahí como una bestia acosada bajo la luz cenital de la galería, con esa mínima alteración, tipo efecto mariposa, trastocaba todo un mundo de prejuicios, supersticiones e ilusiones cotidianas sobre la realidad. Pues el huevo que había pasado, a cambio de unas calderillas, el sistema de control del súper era ofrecido en su gratuidad cósica elemental a la contemplación de los amantes del arte. Es cierto, ya no era el mismo y vulgar huevo, quebradizo o a punto siempre de caducar hacia la fetidez del huevo huero: era contemplado bajo la reja del arte. Adquiría el status mutante de un conejillo de indias enloquecido por el laboratorio científico, o la desnaturalización a la que son sometidos los murciélagos en medio de las corroboraciones de la naturaleza de sus aptitudes perceptivas, o el apresamiento aséptico de la mariposa bajo el yugo de la taxidermia. Sólo algún crítico huevón llegó a quebrar la atmósfera de pasmo admirado que rodeaba al genio del huevo. Fue la excepción que confirmaba que la gente cultivada no había sido objeto de una alucinación colectiva. Cuando se cansó, encumbrado ya en el olimpo de nuestras artes, se retiró y procedió a subastar todas sus creaciones. De las ventas obtuvo lo suficiente para ir tirando en su vida retirada y solitaria. Con ese dinero se pagaba las visitas de nuestro perro. De hecho, yo mismo, cuando llevé al perro para su primer trabajo en su casa, recordé que había adquirido uno de sus célebres huevos. Lo reconocí y lo felicité inmediatamente. X2, fastidiado, hizo entrar al perro y me despidió dándome con la puerta en las narices. Como los perros le dejan fumar, sólo a ellos les permite entrar y hacerle compañía. No rompen las bolas con ninguna perorata acerca de la situación trágica de los indefensos fumadores pasivos.
Otro cliente, Y2, antigua madame, hoy retirada en la calle Paraíso de Mahoma, también ha recurrido a Huesos hábiles para amortiguar su soledad opresiva y culposa. En realidad, una serie de historias luctuosas la obligó a ello. Desde que se hartó de los gatos, seres egoístas e infieles, ha preferido la compañía de los perros. Su último felino doméstico fue una gata que había desaparecido de la casa dejándole a ella, abandonada, una camada de gatitos. Entonces adquirió una perra, que, por una perturbación extraña, se creyó la madre “gata” de los felinitos y les fue dando su leche. Pero el duro invierno de aquel año fue matando cada día que pasaba a uno de los pequeños gatos. Ni el calor de las lámparas, ni la milagrosa leche perruna, ni las mantas pudieron con el frío y la humedad que iba calando los cuerpecillos recién lanzados al mundo. Murieron, uno, dos, tres, cuatro, cinco gatos en cada uno de los días sucesivos que pasaban, y cuando ya era cuestión de orgullo, ni siquiera de amor a los animales, cuestión de demostrar que se podía ser menos cruel que las terribles leyes de la naturaleza que devoraba a sus criaturas sin el menor parpadeo, quedó al fin un último y solo gato. Esa noche la pasó en vela en la cucha de la perra psicotizada como gata madre tratando de proveer de calor y leche a su último vástago, bebiendo coñac, tiritando de frío ante la inutilidad humana, alrededor de esa cosilla, que, si llegaba también a morir, significaría para ella que el absurdo seguía cumpliendo su papel con un rigor que hasta la perversidad de una alcahueta no llegaba a comprender y disculpar. No había pragmatismo en destruir lo que recién había afincado su existencia frágil pero perfecta en el horizonte de los seres. La mañana húmeda, hundida su casa en la cerrazón del rocío, le trajo la mala nueva. La muerte del gatito y la tristeza e impotencia infinitas de Brooklin, nombre de la perra agatada. Creo que Brooklin enfermó también en aquella semana aciaga y nunca más se recuperó del todo, viviendo sin embargo bastantes años, pero con un porte sonámbulo y como de lisiada. De ese modo, Y2 quedó definitivamente sola. Nuestro perro le hace compañía, y escucha la historia de Brooklin y los gatitos muertos por el frío y acaso porque las pobres tetillas raquí-ticas de la perra, pues ellos eran mamíferos al fin, no bastaron para su nutrición y posterior supervivencia. Mi propia conclusión –ella me ha dejado a veces escuchar el comienzo o la parte final de su historia al ir a dejar o recoger al perro– es que nada hay más cobarde, más conservador, menos creativo o con más miedo a la imaginación que la naturaleza. De regreso al cuartel general de Huesos hábiles, con mi perro con su cara sabia parapetada contra los absurdos del mundo, siempre me he preguntado qué hubiera pasado si el desenlace de esa experiencia llegara a ser feliz. Imaginar a la perra que para salvar al gato hizo la epojé de esa aversión ab ovo contra los felinos que nos dicen que los perros profesan. Ver crecer al gato como a su cachorro, enseñarle los primeros (¿ladridos o maullidos?), verle rechazar la leche y robar el hueso, acaso; verle coquetear con perros y despreciar a sus congéneres felinos... Creo que la naturaleza temió enfrentar esa posibilidad.
La rutina de Huesos hábiles sigue su curso gris, tristón, inapelable. Pues sí, la ciudad esconde antros de soledad hormigueante, desde los cuales llaman, con sus timbrazos de protosuicidas, seres desesperados de siempre. Por ejemplo, Z2, que cocina arroz blanco con hortalizas para un sapo viejo y pesado ya retirado de las aventuras sapunas, de sus mocedades de ágil cazador de mosquitos, dedicado al noble oficio de mantener el equilibrio ecológico y atiborrarse de bichitos insignificantes (a no ser en verano, con sus pequeñas bombas virósicas o epidémicas: dengue, retro virus, etc.). A nuestro perro no le gusta el sapo, y menos compartir el almuerzo con semejante fracaso de la animalidad. Como ya su lengua ha perdido la agilidad necesaria a los de su especie para la supervivencia autónoma, vive en el hueco de una bajada de canaleta y sólo asoma su bulto hinchado y verdoso cuando la lata de su plato rebota sobre el piso de baldosas gestálticas. No entra en mi cabeza cómo esto pueda tener la menor gracia para Z2. Me pregunto si no ocultará rasgos indígenas, de Kaynguá o Avá, que expliquen comportamiento tan disparatado. Lo estudio mientras me deja estar ahí, mirando la tele. En la tele, Rumsfeld II juega pelota tatá con Lucho. El periodista dice que el ministro de defensa trajo una pelota atómica, pero que el paraguayito desistió de innovar un deporte tan tradicional. Después, veo a Rumsfeld II cantando gospel con Nicanor Jr. bajo la carpa de circo de la secta evangélica o mennonita Raíces. Otra secuencia muestra a Rumsfeld II ya totalmente desnudo en medio de la calle Palma. Parece que, según las crónicas bromistas y exageradas de la prensa amarilla, la noche anterior estuvo zarpando, levantando “chicas” por Antequera. Vamos, chupando pijas, jalando merca, birreando como hijo de papá recién ascendido a las altas esferas de la política. Pero la primera aventura, en este caso, le resultó un tiro por la culata. Topó con la folclórica somnilera, que lo durmió para desvalijarlo y dejarlo en cueros en plena vía pública. Z2 se ríe y alimenta al sapo y al perro burlándose del animal humano. Parece aún joven y animado. Pero, no sé por qué, vislumbro amargura en su risa tonta y populachera. Cuando ya ha dejado de afanarse con sus “mascotas”, se sienta a mi lado y me pregunta si tengo novia. No espera la respuesta y sigue hablando, hipnotizado por su propia oratoria, solipsista, autocomplaciente.
Cuando ya está oscureciendo y volvemos, perro y caballero, la idea que me está rondando se aclara. Existe la leyenda de que el sapo puede sostener bajo la lengua el tatapyi, el carbón aún encendido entre el rescoldo, la brasa de las fogatas campesinas que, al ser atizada, vuelve a dar una llama. La cuestión es saber si esa leyenda es la constatación empírica del mito mbyá que habla del sapoPrometeo ladrón del fuego, o si, al contrario, es una mera sobrevivencia del mito en un ámbito secularizado, popular, el de la leyenda.
Mi perro agita la cabeza negando rotundamente el hilo de mis devaneos; no le entra en la cabeza perruna que un ser abotargado y purulento ―pero con la panakeia impregnando rotundamente su saliva tanto como la saliva canina― haya sido objeto de tal encumbramiento por parte de una cultura como la de los Mbyá. Imposible, afirma, haciendo, más que lanzando, ladridos sobre la tarde que se evapora sin piedad en sus ascuas... Esa indeterminación del día, cuando aun no ha empezado la noche y no ha terminado del todo su faena el sol, es momento propicio para dar por acabados estos apuntes y bautizar a su héroe y a su acompañante, su fiel lazarillo. El perro será Kuarahy, y yo, apenas, Jacy.



(Kuarahy: Sol

Jacy: Luna)


Cristino Bogado.
Barcoborracho Ediciones, 2008.



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domingo, 2 de agosto de 2009

Pizarnik por Barjalía


"Alejandra Pizarnik. Anatomía de un recuerdo", de Juan Jacobo Barjalía. Editorial Almagesto. Bs As, 1998.


En este libro de memorias, Barjalía cuenta el período que trató con Pizarnik entre los años 1954 y 1955. Pizarnik tenía entonces 18 años, él le doblaba la edad, ella era su alumna en la Escuela de Periodismo y él dictaba allí un curso sobre literatura moderna.
Por lo que nos cuenta Barjalía, Pizarnik tenía granos, era bajita y feucha, con labios sensuales, y no había pasado de leer a Rubén Darío. Barjalía la deslumbró contándole del dadaísmo y los surrealistas, le calentó la chuchi y la hizo su amante. Ella se convirtió, digamos, en un delicado e hinchapelotas juguete sexual y aparato receptor pasivo de las reflexiones del lascivo y pesado profesor. Las reflexiones sobre diversos temas inundan las páginas de este libro y hacen que a uno le den ganas de amputar, por lo menos, el 95 %. Barjalía considera tan importantes sus reflexiones que las recuerda letra por letra. Incluso pega recortes de sus clases, un capítulo de una obra de teatro y cartas.
Pizarnik era entonces una adolescente con tremebundas ganas de mojar el bizcocho, como se decía antes, y además Barjalía le daba clases extracurrilares, libros, contactos con personalidades de la época (Girondo, Pichón-Riviére, etc.), y la ayudó a publicar su primer libro, "La tierra más ajena"; y también le dio una mano con su segundo libro.

Parece ser que en esta época Pizarnik ya era una chica inestable. Vivía con sus padres en la ciudad de Avellaneda, calle Lambaré 114. ¿Existirá todavía esta casa? Su padre era un joyero judío y su madre una gorda rezongona. Tenía una hermana que estaba buena, llamada Myriam. La apodaban Buma (flor en idish). No tenía amigas de su edad. No sabemos si se culeaba a alguien más, pues Barjalía, viejo egoísta, no da información al respecto. Le gustaban ya, y la angustiaban, los escritores suicidas. No le gustaba Joyce. Mostraba una ambigua inclinación lésbica, puramente intelectual, acotada por el moralismo de la época. Barjalía tampoco cuenta si se la llevó alguna vez a un encuentro swinger, aunque probablemente a ella le hubiera gustado, especialemente si le tocaba una mujer gorda y maternal. Pizarnik era asmática y pastillera, como una buena chica de zona sur. Peleaba mucho con la madre y en una de estas se escapó de la casa y fue a pedirle matrimonio a Barjalía, como si pidiera un exilio político. Pero éste se negó, y ahí se acaba el libro.
Pizarnik no le dedicó abiertamente ningún poema a Barjalía, como sí hizo con otras personas. Lo olvidó. Amor adolescente. En fin, era un pescado. Solo encontré un poema a un tal Jean, que puede estarle dedicado pues Pizarnik lo llamaba Jean-Jacques.


En las últimas páginas del libro, hay dos sentidos poemas que Barjalía le dedica a Pizarnik.
Un gran lamento por sí mismo y también un ejercicio de autoafirmación gritona y pedante es este libro. Como fresco de la época, resulta lamentable. Pero aún así con bastante interesantes algunas páginas sobre la personalidad de Pizarnik y sobre el carácter de los poetas argentinos y chilenos (Barjalía cuenta un viaje a Chile) de esa época, todos muy dolorosamente faltos de autoestima, megalómanos, cursis y, en lo posible, apasionados.



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