domingo, 26 de julio de 2009

DICIEMBRE, 25, MADRUGADA

Al alba he contemplado
un cadáver yacente a los pies de la estatua de Artigas
como si rotas todas sus cadenas por sable libertario
si bien podía estar sólo ebrio, dormido y soñándose libre
bien defendida su alucinación por General fantasma

Al alba he contemplado
la íntima, tenebrosa soledad de todos los objetos de la tierra
que despiertan desnudos de sí mismos
para pálidamente reintegrarse poco a poco en su ser
desorientados aún, su mismidad perdida, así entrañables

Al alba he contemplado
tan cómplices como hartos a dos viejos amantes
saliendo de un bonito hotel que yo conozco
enemigos tal vez por ya tan próximos
satisfechos y míseros
solos en el amor como ningunos

Al alba he contemplado
las hondas ascuas negras y abiertas de mi perro saludando mi arribo
como mirándonos de fuego a fuego en cierta luminosa indistinción traviesa
que celebra la Nada de este Todo

Pero, antes de llegar, al alba he contemplado
en su ventana a la travesti rubia que siempre me saluda con burla o con afecto,
no me queda esto claro, y me invita a subir, no sé si en serio

Pero también al alba he contemplado
a un hombre pensativo sentado en el borde de la acera
que con mucha tristeza contaba lentamente y volvía a contar unos billetes

No me contemplé al alba en el espejo
ni antes ni después de mi café y mi perro
sabiendo que era ocioso querer ver cosa tal
como un centro o un rostro o el lugar de la síntesis
de la Vida dispersa

Siendo ello imposible tras haber contemplado tantas cosas al alba,
pensé cosa segura no poseer reflejo, mas, de hallar una imagen
en esa superficie, esto yo lo sé bien,
sería sólo una máscara


Montserrat Álvarez /Asunción,
amanecer del 25 de diciembre de 2007




jueves, 23 de julio de 2009

Fragmentos sin una playa, de Charles Da Ponte

Él charlaba alegremente de su dieta vegetariana, de energía cósmica y de meditación. Ella masticaba su lomito rebosante de aderezos y tenía algo de mayonesa en la comisura derecha de sus labios. Ella acababa de renunciar a un colegio donde impartía clases a adolescentes de clases acomodadas y estaba pensando seriamente en emigrar. Hacía una cálida noche de invierno, con temperatura de diecinueve grados y viento del noreste. Algunos lapachos hacían llover sus flores sobre el asfalto. Los naranjos explotaban de apepús. En la radio sonaba algo de jazz, la mesa del localcito era redonda y todos estábamos por irnos: a nuestras casas, a otro país, a la mierda, a la deriva.
El mundo se está yendo al carajo, pienso mientras Ju’i sigue hablando sobre, bueno, sobre alguna cosa que ha estado desarrollando en esa perversa cabeza que tiene, mientras gesticula mucho con las manos y su cigarrillo se consume y el tiempo pasa vorazmente, consumiéndonos a nosotros a su vez, como a monstruosos cigarrillos baratos. En algún lugar, alrededor de la silla y la mesa, debe haber también, como mínimo, una mano mía pero no la encuentro de momento. En la tele están pasando un partido que nadie en el bar ve; el volumen está bajo, las voces de los clientes, altas, exageradas; las remeras de los jugadores no llevan nombres, sólo logotipos de distintas marcas; no hay en la pantalla ninguna leyenda que pueda identificar el lugar, el tiempo o las circunstancias del encuentro emitido. A los nombres se los lleva el vértigo.
Él discutía con ganas, aferrándose a la esperanza, perdiendo pelo a manos llenas, bebiendo una petaca tras otra y comiendo menos de lo necesario. Había soltado la guitarra y tomado la cámara con idéntica pasión. Pero no fue suficiente y ya no sé dónde vive. Dejamos de escribirnos hace varios meses. Creo que está por Suiza o Polonia o algo así.
Terminada la ducha, salió del baño un poco más sonriente y vino a la cama. Cuando bajó del taxi estaba nerviosa hasta la burla. El hotel esperaba en silencio. Ya era de noche. Jugamos con el control remoto de la tele y la dejamos en el canal porno. Una mentira y un pijama le cubrían las espaldas. Debajo no llevaba nada y mis pezones se habían endurecido. En el desayuno se bebió su café rápido y comió la mitad de su tostada porque no quería llegar tarde al trabajo. Habíamos terminado una semana atrás y así acababa nuestra despedida. En la vereda ya había un niño pidiendo limosna.
Ju’i continúa moviendo la boca: ¿Mastica? No, habla. Hace una pausa para hechar una seca y sacudir la ceniza y yo ya no sé si levantarme en silencio e irme o darle una bofetada y a ver qué pasa. Porque el pobre no tiene la culpa a fin de cuentas. Uno quiere también descansar un poco, arrojar el ancla en alguna isla vecina, recalar en una mirada tranquila, en una voz que permanezca, en algo que no se mueva. Pero no. El oleaje, siempre el oleaje. Y otra vez el mar, oscuro, sin pájaros en el cielo. Sin costas, sin playas. En la mesa de al lado alguien suelta una risotada que sube en grandes burbujas negras hacia la superficie. Y mientras siento las primeras medusas meterse por debajo de mi remera y arrastrarse por mi espalda, pienso: “El mar… Pero qué estúpido pensar en el mar cuando uno vive en un país rodeado de tierra”. Un país rodeado. Un país sin salida. Un país sin salida al mar. Qué sé yo del mar: únicamente su ausencia, mi orfandad, este divagar por un olvido con fronteras, con el agua hasta el cuello y sin saber nadar.
Me decía él que a lo mejor empezaba a fumar o algo porque ya era hora de tener algún vicio realmente pernicioso. Con todos sus mambos de laburo a cuestas, le dolía la cintura, a lo mejor los riñones, y no pegaba nada ya la onda. Le preocupaban sus viejos, que ya estaban en serio viejos y no tenían jubilación ni ahorros, y ahora qué, me decía, se acariciaba la barba y hojeaba un librito de poemas bastante destartalado. Los exámenes que tomó a su clase de cursos acelerados se amontonaban en un rincón de la mesita que era también el comedor, la biblioteca y la sala. El apartamento le quedaba chico y la miseria le venía grande.
Amenazaba una tormenta. Ella me tomó de las manos, me llevó a la terraza del edificio, junto a la piscina, recostó mi cabeza sobre sus muslos y me cantó una canción. Tenía una voz muy dulce; su regazo olía a jazmines. Hace un año murió sobre la mesa de un quirófano, quizá de negligencia, extraña enfermedad, y no tuve el valor de asistir a su velorio. Quemé todo lo que nos escribimos y enterré los restos en tierra roja y húmeda, junto con hojas de naranjo.
La cabeza de Ju’i cuelga hacia delante, su cuerpo se balancea suavemente de un lado a otro. Otro resto mecido por el oleaje de este mar de naufragios: días tras días tras días. Lo miro, parpadeo, y ahora Ju’i flota, con silla y todo; alrededor, todas las mesas y sillas y clientes, el local entero, flotan. La calle ondula y los árboles se vuelven algas. Nada queda en pie y por todas partes las olas de los momentos, chocando unas con otras.
Así que, finalmente, decido irme a dormir. Agarro mi librito de edición barata, con la cubierta sostenida a base de cinta scotch, aunque no veo por qué no lo tiro o lo dejo aquí o se lo regalo al tipo de la barra, qué importancia tiene, me tambaleo algo, sí, señor, me tambaleo por el mal de amura o mareo marino que le dicen, vasos y botellas que chocan entre sí, el señalador que se desliza de entre las páginas y cae bajo la mesa, tampoco importa, creo que me despido o algo así, sonrío o algo así, tiendo la mano (o algo así) a Ju’i que me importa menos todavía que el libro o el señalador, y salgo al gran charco, sin esperar respuesta ni reclamos.
Afuera está la noche, toda rota y con los pedazos esparcidos. Encima parece que era nomás de plástico la desgraciada, porque ni ahí vas a encontrar la manera de juntar los trozos rotos, de pegarlos y que otra vez queden parecidos a como estaban antes. Habría que tirarla nomás ya, sin gestos de ningún tipo y pensando en otra cosa. Con indiferencia y sin estilo. Cada porquería que fabrica China. No da ni para lamentarse.
Esperando el colectivo o el amanecer o ambos juntos agarro una astilla de la madrugada y una estrella de mar, sin que nadie se dé cuenta, y me las guardo en el bolsillo. Me miro las manos para asegurarme que no las dejé por ahí (soy tan descuidado). Están las dos, arrugadas y grises por el agua, y me pregunto si a esta edad todavía puedo aprender a nadar.


Charles Da Ponte

(de paso gracias por el diseño del nuevo encabezado de este blog...)

miércoles, 22 de julio de 2009

La culeada, de Humberto Bas

“Sin nadie con quien hablar de estas cosas,
termino hablando solo, conmigo mismo.
Puedo malgastar mis palabras.
¿A qué malgastar mi silencio...?”
Augusto Roa Bastos


1
Usted ve todo mal porque tiene la vista así. Dice que las mujeres se hacen a golpes y deja que Francisco me pegue. Ve cómo rompo las tazas cuando estoy enrabiada y me mira mal, que por qué hice eso, me pregunta, que eso no se hace, me dice.
Por eso creo que el problema está en sus ojos; en el adentro de sus ojos. Allí, por esas viboritas que le hacen de venas o músculos, por esos cables que atan sus ojos a su cerebro y le hacen trastabillar las ideas.
Mira cuando subo a bajar las bolsas de afrecho y dice; la mujer se hace a golpes, mientras ve cómo me caigo. Por las noches pega su oído a la puerta, escucha mi grito apagado en la almohada y los gritos de chancho lleno de Francisco y se siente contenta. Se siente así porque no es la que está allí. Cuando por las mañanas tengo mis ojos con sombra, dice que me maquillo y no que son moretones de sopapos.
Yo creo que tiene los ojos dados vuelta, hacia atrás, y se mira, y se retuerce viéndose toda negro adentro, como víspera de tormenta, como en esos sueños desbarrancados que uno cae en el pozo y amanece bajo el catre.
Pero cuando ve al Pancho saliendo de mí atrás, abrochándose el pantalón y secándose el sudor con olor a cochinada, usted relame esa su boca sin dientes y se le encienden sus ojos enrevesados.
Por eso pienso, cuando él me abre de atrás, como destajando sandía, cuando me hace mojar la sábana con mi sangre y mi saliva, que usted también pasó por esto. Pienso que extraña a papá haciéndole así, o que le da pena que él ya no esté, desde que murió atragantado con locro, mientras hacían eso, y no tiene a quien latarle toda la rabia que le entró.
Pienso que extraña, no el gusto, sino la costumbre del dolor que le solía arrancar tajos de su grito en esas siestas en la que me mandaban a lo de Erótida.
No pudo vengarse de él, por sus desgarraduras, y se venga de mí. Quiere partir su dolor de antes y tirar sobre mi dolor de ahora, de pura egoísta que es nomás.
Eso pienso porque no me hace caso cuando le grito, sin palabras, con mis ojos, para que me ayude, que me socorra y sólo encuentro sus ojos que se escapan y entonces, mejor, quedo callada, mirando el piso, que aunque sucio, me escuha no diciéndome nada, no mostrándome de vuelta mi cara como usted lo hace.
Yo veo en su cara mi cara y me asusto, tengo vergüenza de mí.
Después veo esa misma vergüenza en la cara de los vecinos, cuando me ando por la calle y me miran fiero.
A mi espalda siento el hediondo de sus miradas y tapo mi nalga por si quedan manchones de sangre allí.

María Kilina... la desculada.
María Kilina... la culeada -escucho que gritan.

Pero a veces tomo fuerza y, de repente nomás miro hacia atrás para tirar algún cascote y los veo callados, hablando co-mo si no me vieran. Pero sigo escuchando...

la desculada... la culeada...

y me quedo quieta, los miro, no los veo, tapo mis oídos y sigo escuchándolos, tapo mis ojos y sigo viendo a Pancho parapetarse en mi trasero y escucho, veo, corro, corro... como una loca, como una lechera, una burra, como una yegua, como todos esos animales que él dice que soy y que usted asiente y encuentro que los vecinos me siguen gritando...
Kilina... loca... locaa... locaaaaaaaaaaa!

No sé cuánto he de aguantar esto.
Cuando le pregunté por cuánto tiempo dolía, usted me respondió que las primeras veces nomás mi hija..., las primeras veces nomás. De a poco una se acostumbra, la desgarradura se agranda y queda así y eso conviene porque después ya no te agarra estreñidura. ¡Hay que verle la cara linda al sapo, hay que verle!
Eso me decía, me dice y seguirá diciéndome si yo le doy aire para su labia.
Yo sólo digo que usted ve todo mal porque tiene sus ojos así.
Ahora dice, como siempre, eso no se hace, una mujer no agarra hacha. Eso es cosa de hombres, y más si no es para hacer leña.
Así empezamos a discutir por primera vez, porque la enfrento y ya no callo y le digo que no tenía de dónde agarrarme sino del hacha porque usted se me resbalaba de la mano como semilla del mango recién chupada.
Las dos quedamos frente a frente, balanceándonos como esos gajos de laurel rotos por el ventarrón.
Usted triste, yo contenta.
Sé que ahora él no se va a levantar del cajón para parapetarse en mi atrás, que no voy a amanecer con su baba endurecida en mi cuello y que voy a dormir tranquila.

2
Usted me escucha hablar así y piensa que me hago, que fabrico mi decir para no parecer loca.
Pero le trato de usted para alejarme más y ver desde lejos su cara, su cuerpo y todo lo que me dijo antes; para no mojarme con el salpicón de su lengua de víbora.
No puedo usar su habla para decir todo esto. Usted la ahuecó y la dejó sin panza.
Hablo así para no pegármele tanto y terminar creyendo sus creencias.
Pero igual se burla. Dice que me hago, que mis palabras son ensayadas, moldeadas por mi mala paciencia.
Hay que ver quién se hace. Yo digo que estoy loca y usted carcome su pudrición para que no salga afuera.
Debo salir del corral de su olor, me digo, de ese corral que me encierra en sus palabras. Esas palabras que me enseñó a quererla porque es mi madre, a respetarla, a obedecerla, a defenderla y nada más que porque me parió.
Yo pensaba en la maldición de Dios cuando veía mal sus cosas. Me tapaba los ojos y apretaba el pecho y sentía en mis ojos la mirada de unos murciélagos. Por eso no chillaba con sus castigos. Sólo hacía que lloraba para que deje de bajar su chancleta en mi nalga.
Pero fui haciéndome dura con sus palizas. Fui muriendo de a pedazos y me puse dura por partes, ahora soy como una piedra. Sus cosas me rebotan. Sólo entramos en razón con eso de que soy una mal parida.

Pero no crea que mi vida es todo lamento, ni que ahora estoy triste, aquí, en este agujero. Esos pedazos de hierro en la puerta solo hacen que el mundo parezca rayado. Esos señores que pasan por el pasillo; esas otras mujeres que me escupen y las que lloran y se ríen o se arrastran, también están rayadas por los hierros. Pero me siento más liviana, con mis callos haciéndose plumas y pienso volar. Volar como cuando con Pancho me encontraba en la loma buscando terneros. De cuando derramaba mi sudor en el pastizal y también mi primera sangre.
Cuando eso daba gusto, porque el dolor me hacía cosquillas y porque respirábamos cansados y nos cambiábamos el sudor.
Yo todavía recuerdo esa planta de lapacho que nos cobijaba. Allí está, fuerte, que no se quiere caer. Es un recuerdo agarrotado que se empaca en la tierra para no tumbarse y hacerme creer que mi vida nunca valió.
Yo sé que valió, y que vale ahora. Vale desde que sentí mojarme otra vez con su sangre, con sus pedazos de ceso que se teñían de rojo y que manchaban mi blusa. Desde que lo sentí respirar como la primera vez.
Lástima que fue la última.
Pero igual me monté encima y con su cabeza achatada lo galopé hasta descoyuntar mi cadera de gusto. Ahora es mi turno, me decía, ahora yo te galopo, hijo de una gran yegua. Y sabe, me salía ese odio como un hermoso vómito, con gusto, como si acabara de nuevo, olvidada de mí, esfumada se dice, no, y ahí no estaban ni usted, ni el Pancho, estaba yo con mi gusto.
Él muchas veces me mató igual. Me cabalgaba muerta y me metía sus talones en mi verija. Era la peor muerte porque me dejaba viva sintiendo asco de mí. Y el asco de una ha de ser una cosa que no se perdona nunca.
Así nomás son las cosas.
Ahora usted es más pequeña.

Antes yo le decía usted a la vecina Leonancia y al maestro Aurelio y ellos eran grandes. Eran grandes por lo de usted y yo les hablaba más cortado, con la lengua trabada y todo mi cuerpo trabado por el miedo. Y ahora... ahora digo usted para no bajarme desde donde estoy volando, para no empujarla más, para que no se me acerque tanto y me haga recordar con su lengua chapucera, que usted es mi madre, que sudó lacre cuando vine de culo a este mundo, que limpió mi traste de mierdas, y que me curó el sarampión, la papera, la rubiola, la disentería, bronquitis y todas esas maldades que le agarran al cuerpo de cuando una es niña y que usted se encarga de recordármela junto con el padre nuestro de cada día.
Yo por eso hago distancia y no me fijo en su lengua. Alejo mi recuerdo, pero... otra vez me vienen esas cosas; sus sacrificios de cuando vendía frutas en el mercado, para que yo pueda tener la ropa, el zapato como la gente e irme a la escuela donde la niña Filártiga; para que pueda hacer la comunión con sandalia blanca y vestida como la Virgen María.
¡Virgen María... ja!
Me da gracia nomás, porque cuando eso ya conocía el olor a queso del asunto de Pancho y ya no caminaba como de siempre.
Ahora voy a salir de aquí. Voy a atar los hilos de sisal de la sábana y me voy a colgar del cuello. El señor, su señor, me mira desde el techo. Me tiene compasión. ¡Pobrecito!, le digo yo, ¿acaso conoce otra cosa?
Sigo haciendo la soga de sisal mientras hablo. Mientras despanzurro los catarros podridos que nunca tosí. Todavía me ha de quedar un pedacito de corazón, por eso hablo, hablo y hablo...
Calzo la soga a mi cuello y hago un lazo en el otro extremo; se lo encajeto al cuello de su señor, estire de una buena vez, mierda, le digo. Así voy subiendo hasta sentir mis pataletas como las de Pancho cuando terminaba adentro mío.

3
Siga mirándome nomás y largue esa su lágrima de urraca comadrera.
Dígale a su vecina que, ¡pobrecita!, le salí mal y que no sabe por qué y retuérzase en su rosario, que le sirva aunque sea para colgarse como yo.
Ahora póngame esa puntilla negra que con tanto gusto tejió para esta ocasión, rece lo que tenga que rezar y déjeme descansar en paz.



(1989)

Extraído de "La culeada y otros cuentos", de Humberto Bas.
Barcoborracho ediciones, 2008.

martes, 14 de julio de 2009

La gloria literaria y un fragmento de Stendhal por Zweig




Antes de las computadoras, había un trabajo magnífico: transcribir los manuscritos de los escritores para la editorial correspondiente. Cuenta la leyenda que Pizarnik perdió el manuscrito de Rayuela por algunas semanas, pues Cortázar se lo había pasado para tipearlo y que así se gane unos pesos. Yo, cada tanto, escribo en un cuaderno frases que me gustan, como una quinceañera enamorada. Pero mi leit motiv es diferente. No lo hago para dejar
constancia de que las frases existen ni nada por el estilo, como un enamorado de la retórica, sino para intentar de alguna manera escribirlas yo. Quiero saber cómo se siente estar escribiéndolas. Ni siquiera me interesa qué sintió el autor ni nada por el estilo. Es egoismo puro, paja, acto de disfrazarse de gran escritor.
Hoy, que empecé la biografía "Stendhal", escrita por Stefan Zweig, apenas empezado el libro, quiero cometer mi crimen y, porque a pesar de mis juegos el texto es hermoso, donárselo a la red. Así seré un Zweig doble: escribiré lo que él y lo daré al mundo, como lo hizo él.
En cierto sentido, como Zweig se trepa en Stendhal, yo me treparé en Zweig, pero aún más impúnemente que si escribiera su biografía.
Oh, gloria literaria. A veces es tan fácil aprehenderte...

«Pocos hay que hayan mentido tanto, y con más pasión mistificado el mundo, como lo hizo Stendhal, pero pocos hay también que hayan dicho más profundamente la verdad.
Sus disfraces y falsedades forman verdaderos regimientos. Antes de abrir uno de sus libros, hay ya algo de eso; en su cubierta o en el prólogo hay ya un nombre que no es el suyo, pues el autor, Henri Beyle, llana y sencillamente comienza siempre por ocultar su nombre. A veces se adjudica un título de nobleza, otras se disfraza con el nombre de "César Bombet" o añade a sus iniciales H. B. unas misteriosas A. A. tras las que nadie podría adivinar que se oculta un "ancien auditeur", es decir, un ex auditor del Estado. Sólo el seudónimo, en el informe falso, se siente seguro.
Unas veces se presenta como austríaco; otras como "ancien officier de cavalerie" y muy a menudo con el nombre extraño de Stendhal, incomprensible para sus compatriotas y que es el nombre de una pequeña ciudad prusiana, célebre por su carnaval. Cuando cita una fecha, puede jurarse que no es exacta. En el prólogo de la "Chartreuse de Parme" dice el que el libro fue escrito en 1820 a más de mil millas de París; ese dato falso no basta para que dejemos de saber todos que, en realidad, la novela fue escrita en 1839 y en el mismo París.
En los hechos que cita, las contradicciones chocan continuamente unas con otras. En una autobiografía, afirma con solemnidad que estuvo en las batallas de Wagram, Aspern y Eylay; nada de eso es cierto, pues su diario prueba irrefutablemente que en ese tiempo estaba instalado cómodamente en París. Alguna vez habla de una larga e importante conversación que hubo de sostener con Napoleón, pero ¡oh fatalidad!, en el volumen siguiente, léese la confesión de que "Napoleón no hablaba con necios como yo". Así que cualquier afirmación que haga Stendhal hay que tomarla cuidadosamente entre los dedos como vía de precaución y más que nada hay que ir alerta con sus cartas que, por temor a la policía, probablemente, van siempre con fechas falsas y firmadas con nombres distintos cada vez. Si está paseando tranquilamente por Roma, fecha sus cartas en Orvieth; si escribe desde Besancon, seguramente es que está en Grenoble; el año de la fecha es a veces falso, la más de las veces ocurre lo mismo con el mes, y el nombre, como regla general, es siempre falso. Los biógrafos han podido reunir más de doscientas firmas fantásticas. Stendhal -que en realidad se llama Beyle- al firmar sus cartas se da el nombre de Cottinen, Dominique, don Flegme, Gaillard, A. L. Feburier, Barón Dormant, A. L. Champagne y hasta a veces firma con nombres como Lamartine y Jules Janin. Pero eso no lo hace solamente, como se ha supuesto, por miedo al gabinete negro de la policía austríaca, sino más bien por un innato placer de bluff, de deslumbrar, de disfrazarse, de esconderse. Stendhal miente, no por impulso exterior, sino para hacer su ser misterioso e interesante. Maneja mistificaciones y errores magistralmente como si blandiera un florete por encima de su cabeza para que nadie se le aproxime y nunca ha disimulado ésa su inclinación a la intriga y a la falsedad. Una vez en que un amigo le culpa en una carta de haberle engañado infamemente, él escreibe con toda tranquilidad una nota, al margen, que dice "vrai", cierto. Con ánimo tranquilo y con placer irónico, mezcla falsos años de servicio en su empleo, modos de pensar ya contra los Borbones, ya contra Napoleón; en todos los escritos oficiales o privados, públicos o particulares, pululan las inexactitudes como pececillos en una charca. Y la última de sus mistificaciones es, ¡récord asombroso de la mentira!, que, por dispocisión testamentaria ordenada se ponga sobre su tumba una mentira tallada en mármol, así que, en el cementerio de Montmartre, se puede leer la lápida de su sepulcro, que dice así: Arrigo Bely, Milanese. ¡Él, tan francés, que se llamó Henry Beyle, que fue bautizado en su ciudad natal de Grenoble! Hasta ante la muerte, quiso presentarse románticamente disfrazado.
Pero, a pesar de todo eso, pocos hombres han dicho al mundo tantas verdades acerca de sí mismos como lo hizo este artista del fingimiento. Stendhal supo, cuando llegó el caso, se tan perfectamente sincero, ser tan amante de la verdad como antes lo fue de la mentira. Con un desparpajo que haría, no ya enrojecer, sino más bien estremecer, ha sabido contar osadamente, como nadie lo ha hecho nunca, sus más íntimos sentimientos y observaciones, confesiones que los demás se apresuran a cubrir con un velo tan pronto como les suben a la conciencia. Stendhal hace, coluntariamente y realmenten, toda clase de confesiones a las que otros ni aun esposados se les podría llevar, pues Stendhal tiene tanto valor, tanto descaro díríamos, para la verdad como para la mentira; tanto en la una como en la otra, salta por encima de toda reflexión o consideración social y traspasa los límites dela propia censura. Insaciable en la vida, tímido en su trato con las mujeres, encerrado siempre entre los gruesos muros del fingimiento, se vuelve valiente tan presto como toma la pluma en su mano, y no hay obstáculos para él; al contrario, cuando encuentra resistencia en sí mismo, se echa de cabeza allí para hacerse la anatomía. Precisamente aquello que más le cohibía en la vida, es lo que más le domina psicológicamente. Intuitivo, ha descubierto ya en 1820 las más complicadas claves y mecanismos de la mecánica del espíritu que solo cien años después, con el psicoanálisis, ha sido imposible (sic) estudiar y recostruir. Y para eso Stendhal no tiene más laboratorio que su propia obsercabión; para su asalto maravilloso no tiene el apoyo de ninguna teoría: su único instrumento es y sigue siendo siempre una gran curiosidad, su impulso un valor indomable para descubrir la verdad. Obserca lo que siente y, eso que siente, lo dice con sinceridad, descaradamente y con tanta más pasión cuanto más íntimo sea. Sus sentimientos más feos es lo que más le atrae a su estudio; recuerdo ahora cuán a menudo y cuán fantásticamente se vanagloria del odio que sentía por su padre, cuán económicamente describe que, durante un mes, se esforzó en sentir pena cuando supo la muerte del padre. Todas sus penosas confesiones sexuales, sus continues fracasos con las mujeres, las crisis de su vanidad, todo eso lo expone tan detalladamente, tan exactamente ante el el lector, como si fuera un mapa militar; así que, en Stendhal, encontramos confesiones tan íntimas, de tan sutil sinceridad y descritas tan científicamente, que, antes de él, ningún hombre se hubiera decidido a dejarlas salir de la garganta ni menos a imprimirlas. Y eso fue su hazaña; gracias a él, gracias al cristal de su inteligencia, han quedado cristalizados para siempre preciosos conocimientos para la posteridad. Sin ese admirable maestro del fingimiento, sabríamos ciertamente muchas menos verdades del mundo del espíritu y de sus bajos fondos.»

"Stendhal", de Stefan Zweig. Editorial Tor, 1942. Páginas 7-14.




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sábado, 11 de julio de 2009

Nuestro héroe desfigurado, de Yi Munyol



Editorial Norma, 1994. Traducción de David Suárez Rivero.
Yi Munyol es un escritor coreano, el más famoso de su país, candidato al nóbel en alguna ocasión; aquí sabemos un poco más de él.

El narrador de Nuestro Héroe Desfigurado (gran título) se llama Han Pyongt'ae. Es un nombre bastante complicado, como imagino que será para un hispanoablante cualquier nombre coreano. Han Pyongt'ae es también un niño burguesito pesado, chillón y bastante engreído. Pero bueno, el niño no es el narrador, sino el Han Pyongt'ae ya adulto.
Hijo de un funcionario expulsado del gobierno central de Seúl, Han Pyongt'ae termina calando en un pueblito de mala muerte, y allí en una escuela de provincia, también de mala muerte, a los 10 años, y esto, claro, no le gusta nada.
«El salón de profesores vino a confirmar esta primera impresión. El de la escuela de donde venía era amplio y brillante, como lo de los mejores establecimientos de Seúl. Todos los maestros se veían elegantes y llenos de vitalidad. Pero este salón era, en cambio, exactamente del tamaño de un aula, y los docentes fumaban en él como chimeneas, a la manera de los campesinos: sentados, taciturnos, calamitosos y anónimos.»
Ya el primer día de clase, el niño Han Pyongt'ae conoce a su pesadilla: Om Sokdae. Este Sokdae, con nombre de personaje malvado de videojuego, es el jefe de clase del curso al que va Han. Pero más que jefe de curso, es un verdadero dictador: se hace regalar y servir por los alumnos, a fuerza de amenazas de palizas o de destierro.
La historia en sí, no tiene nada de fascinante. Los niños son espantosamente crueles y cobardes; después de todo, los hijos son hijos de sus padres. Sin embargo, esta historia tan llana, que avanza a través de lugares comunes como si se tratara de bosques tenebrosos, cautiva porque está llena de rabia, de resentimiento, de sentimientos bajos.
Su desarrollo es previsible: el niño Han, de ciudad, se topa con la barbarie pueblerina, con un maestro salvaje y violento, y un compañero de clases, Sokdae, que lo llena de humillación y desprecio, para obligarlo a ser uno más de sus subditos.
Pero Han Pyongt'ae es un pendejo orgulloso y le da batalla por una buena cantidad de páginas, una batalla apasionada y desordenada, de niño, y en respuesta el otro, Sokdae, le da una batalla fría y cruel, de adulto. De pequeño hijo de puta. Nunca lo desafía abiertamente, lo defiende cuando hay que defenderlo, pero también lo aísla de los juegos hasta hacer que Han Pyongt'ae se beba la soledad como si bebiese los jugos de un hígado de mendigo alcohólico, una bilis horrenda que lo deja verde y vomitando, con los ojos llorosos, meándose encima, cagándose.
Chorreante de diarrea, Han Pyongt'ae intenta ganarse a sus compañeros para enfrentar a Sokdae, pero este es mucho más fuerte y hábil en política, tiene rendido a su favor a todo el alumnado, y Han Pyongt'ae termina aislado, exiliado, sobándose el rencor.
Hasta que, como tiene que ser, Han Pyongt'ae se rinde, busca adular al tyrannus, chuparle la despótica erección, y luego beberse el semen del monstruo de Sokdae para quitarse el gusto a bilis que lo está matando. Y, claro, termina siendo un esbirro más.
Aquí se acabaría una novela medianamente buena, con fragmentos antológicos.
Pero la historia sigue. Si bien Han Pyongt'ae ronda a Sokdae y recibe sus favores, incluso una que otra disculpa, sigue incubando un deseo de venganza. Le llega su hora cuando un nuevo profesor descubre las fechorías de Sokdae. El puto de Sokdae, utilizado como trapo de piso, se enfrenta a la cobardía de todos los alumnos, ex-esclavos suyos, que lo denuncian y lo hunden en el pozo séptico de las dictaduras en desgracia. En este tramo, es muy difícil no sentir empatía por él.
Todos traicionan a Sokdae, menos Han Pyongt'ae. Pero él no lo traiciona porque se haya amigado, sino porque su odio erupciona contra la cobardía de sus compañeros, que luego de adular incansablemente a Sokdae y hacerlo a él padecer todo tipo de injurias, se hacían las víctimas.
Como todos sabemos, las dictaduras cuentan con la complicidad de un país.
Aquí hay una serie de reflexiones sobre las democracias y su corrupción y cómo estas encierran el deseo de la dictadura, que emerge en los más leves gestos; después de todo, la brutalidad es la única condición humana posible.
Aquí acabaría una novela un tanto servil al pesimismo del autor, sin mucho miramiento estético. Pero ésta novela sigue unas páginas más.
Ya adulto y con una vida miserable, Han Pyongt'ae es arrastrado por el capitalismo coreano a la bancarrota y termina rumiando su infancia y mezclándolo todo, un perfecto hombre resentido, es decir una persona sensata.
Quizá con unas pocas reflexiones de más y de menos, aquí acabaría una buena novela, aunque con bastantes altibajos.
Pero la novela sigue un par de páginas más.
Y el final es completamente innecesario, olvidable.
En fin, la historia no tiene nada de arriesgado ni de espectacular, pero la fuerza que alcanza en algunas páginas la hace muy recomendable. Su tono me recordó en ocasiones a Fournier, al menos la sensación que produce el Furnier de las últimas páginas de El Gran Meaulnes.
La novela en el original coreano debe ser impresionante. Pues, para llegar al castellano tuvo que atravesar otro idioma, el francés, y la verdad es que sobrevivió. Y esto solo lo hacen los buenos libros, ¿verdad? O los libros obstinados, como Han P...



jueves, 9 de julio de 2009

Diario
6/julio/2009

Todo sugerido me viene Mallarmé. Primero en una revista de psicoanálisis y poesía, del que leí unos párrafos esta mañana y luego dejé, porque más ganas me dieron de leer los poemas citados: Herodíades, Un coup de dés, etc.
También estoy leyendo un libro de filosofía con el mallarmeano título de "La domesticación del azar", de un tal Ian Hacking. Al final de uno de los capítulos cita, leí esta noche: "une pensée emet un coup de dés" (un pensamiento emite/es un tiro/jugada de dados).
El azar jamás será abolido, dice Mallarmé.
Tengo un tomo de sus poemas, que leó esporádica y azarosamente, cada tanto, por sus puros sonidos, para sentir la brisa.
¿Fijar el azar es el fin de la escritura?
O, podría ser, ¿trascenderlo?
Volví a mirar un poema cualquiera de Mallarmé y me detuve en este verso: "le jamais banal Bruges" (la jamás banal Brujas).
Brujas es una ciudad-puerto Belga, cruzada por puentes, una especie de Venecia o Amsterdam, pero tanto o más interesante que las otras. Brujas se llama Brugge (puentes) en flamenco. Los franceses la tradujeron fonéticamente, Brugge (puentes) por Bruges (brujas); y los que hablamos castellano lo tradujimos del francés: Brujas.
Junto con el elogio ("jamás banal") del poema, sentí, y no sé exactamente por qué, una carga muy enfática en el adjetivo, como si a Mallarmé no le hubiese quedado otra que ponerlo. Como si el énfasis ya hubiese estado allí antes que él lo hubiera escrito.
Banal es también insustancial, que podría leerse como un atributo de la liviandad. Es decir, como si los versos dijeran: la siempre pesada Brujas. La cargada.
Las brujas son, en efecto, puentes.
Las brujas, puentes para ir del azar absoluto a la trascendencia, ¿a los cielos de la poesía?
Brujas, puentes, es decir musas.
Mallarmé, hecho (cargado) de sustancia azarosa monta en las musas, las utiliza como puentes. Como Brujas. ¿Cómo pueden ser banales (livianas) entonces?
Los poetas cabalgan musas, brujas, puentes, como prefiera uno decirles.
Décadas después, Antonin Artaud graficó con más intensidad aún este tema:
"Selva, selva, tus ojos hormiguean
sobre las fachadas multiplicadas
cabellos de tormenta, los poetas
montan caballos, montan perros."
Cabellos de tormenta, cabellos cargados de sustancia azarosa. Cabellos caballos. Puentes, brujas, perros.
Y yo, que no soy poeta, no hago más que montarme a mí mismo, y mi cielo trascendente no es más que esta hoja de papel.




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viernes, 3 de julio de 2009

El buitre y la paloma, de Diana Viveros

a D. F.



Con Julián Barboza nos conocimos en la Facultad. Él se había sumado a las filas de Derecho por convicción; yo lo hice forzado por las circunstancias. Supongo que dándole el gusto a las imposiciones de mi familia correspondía a todos sus cuidados. Éramos –hay que mencionarlo ya– bastante diferentes. Tal vez lo que nos vinculó desde un principio fue la necesidad tan humana de prenderse a alguien con quien recorrer una etapa nueva en la vida.
Julián era alto y de complexiones corvas. Algo en sus rasgos sugería un atavismo arábigo: quizás su piel cobriza o su nariz aguileña. Más difícil se tornaba adivinar su sangre carioca. Yo soy de estatura baja y un poco rellenadito, no diré una garrafa o un salchi-chón, pero tampoco un émulo de Brad Pitt. Contrario a Julián, soy excesivamente blanco. Todo esto servirá para marcar nuestras difefísicas.
En cuanto a lo moral existían, asimismo, claras divergencias. Él era activo, yo perezoso; él sabía relacionarse socialmente, yo prefería mi caparazón. Julián profesaba la religión protestante y yo tenía una fe vagabunda a la manera de Agustín de Hipona, pues mientras él iba con pasos firmes hacia su salvación, yo vacilaba en busca de cualquier dios que me ofreciera un parche interior. Así pasé del fervor católico de la cuna al budismo práctico de la cultura light; de allí bastó un salto progresivo hacia el descreimiento y finalmente desemboqué en el más invicto nihilismo. Julián, una vez trabada la amistad, no perdía ocasión para hablarme de la Biblia; su charla estaba impregnada de citas que emergían, sobre todo, del epistolario paulino.
A mí me agradaba gastar en los bingos, los domingos de fútbol, el cine y las revistas científicas. Julián mostraba prudencia cuando de dinero se trataba. Tenía lo que se llama olfato para los negocios y se había aventurado a invertir en una flota de autos de alquiler. Entabló sociedad con un hombre de su congregación. Es lo bueno de ir a misa, me decía a mí mismo, siempre va a haber cómo sacarles provecho a los correligionarios, incluso Dios se prestaría a tirarte una cuerda.
Y Julián, en verdad, parecía ir al lado de su gran jefe. Recuerdo cuando me enseñó un billete de un dólar y tradujo el lema inscripto en una de las caras: In God we trust. Lo hizo apuntando a un palmario fin evangelizador. «Es por eso que los yanquis lo tienen todo», dijo, «porque adoran a Dios». Pensé más tarde que pude haber refutado esa teoría de varias formas; referirme, por ejemplo, al poder temporal y al espiritual, o hablarle acerca de la simbología masónica inserta en el billete, la hipocresía del imperio y hasta cierta velada alusión a la conducta de Judas, pero desnudar su ingenuidad hubiera sido meter el dedo en la llaga, por lo que me encogí de hombros y celebré mi ataraxia.
Con el paso del tiempo, las cosas fueron cambiando. Ya íbamos por la mitad de la carrera y todo apuntaba a que Julián terminaría alzándose con el título de mejor egresado de la promoción. Ocupaba, en efecto, un puesto honorífico entre los alumnos; sus exposiciones orales merecían el encomio de los profesores y sus trabajos de investigación se gestaban a fuerza de consultar arduas bibliografías. Contrario a como se desenvolvían sus circunstancias, yo atravesaba por un periodo de infelices experiencias.
Para decirlo gráficamente, me convertí en un reflejo antípoda de Midas, pues todo lo que tocaba se volvía mierda. Primero perdí mi trabajo como cajero en la cooperativa por las sucesivas llegadas tardías. Con ello vinieron los aprietos económicos: debía en los estudios, los servicios básicos de luz y agua, el alquiler de mi cuarto, y tuve que devolver el teléfono celular que acababa de adquirir por una promoción, de esas «lleve hoy, pague dentro de treinta días». Ya no exhibía mi osamenta por los casinos ni los copetines de Luque; las noches me sorprendían comiendo pororó, tirado en la cama, con el laconismo propio de un bovino. Mamá tuvo que reforzar la cesta de víveres mensuales que me enviaba por encomienda desde nuestro pueblito: entre ellos no faltaban la cecina ni los pastelillos de miel que elaboraba con infinito amor para su hijo, el futuro abogado, el primero de tres generaciones que pasaría del elemental bachillerato –debo agregar que vine a Luque a fin de estudiar; después volvería a casa para que los demás se pavonearan de mis goles convertidos. Milena, para colmo de males, me salió con que estaba embarazada. Cuando le pregunté de quién me dio una bofetada y se puso a llorar. Por el tiempo en que nos comprometimos había dejado de asistir a mis clases y me puse a probar un empleo tras otro.
Una noche encontré a Julián Barboza por casualidad. Fue cuando percibí que ese sujeto era mi alter ego, pues a medida que yo sufría una vida miserable y pletórica de postergaciones, él poseía la cornucopia. De su inversión en los autos de alquiler obtuvo fértiles frutos y ahora andaba en tratativas para la venta de su pequeña empresa e inaugurando otra en el rubro de alimentos a base de soja. En los estudios le iba de maravillas y ya había iniciado otro semestre. Para dicha mayor, el flamante presidente de la república era partidario de su culto, por lo que súbitamente comenzaron a aparecer en la escena política personajes que hablaban de Dios y de las Escri-turas con una frecuencia lujuriante. Julián Barboza desparramaba bendiciones a diestra y siniestra. ¡Lo tenía todo! Incluso salía con Vanea, nuestra compañera de clases, la más hermética mujer que he podido tratar. Iban a la iglesia, de vez en cuando algún recorrido por la plaza, un domingo de trote en Ñu Guazú, algún concierto de livianos artistas del extranjero cuando robaban por estas latitudes, etcétera. Todo iba sobre ruedas en la decente vida de Julián Barboza.
Me empujó de repente una imprevista inspiración, acaso apurado por el hambre y la fiebre. Si a él le iba tan bien, lo único que yo debía hacer era imitarlo. O dicho de forma distinta: si Julián era mi otro yo, me bastaría hacer lo que él para invertir los roles.
No me sirvió de mucho acompañarlo a su templo. Ya otros habían olisqueado las ventajas de pertenecer a la doctrina del gobernante y se habían volcado en masa a sus reuniones y se habían puesto en campaña para digerir su liturgia. Yo, Eduardo Burgos, era uno más del montón.
Entonces comencé a odiar a Julián. De la noche a la mañana me acometió la idea de que él tenía la culpa de que a mí me fuera tan mal. Tratar de copiarle, ahora me daba cuenta, no me depararía una suerte mejor. Milena continuaba preñada y Vanesa, seguramente, tan casta como un recién nacido; yo continuaba probando empleos variopintos y él se hastiaba de glorias profesionales. Al final comprendí que lo que debía hacer no era dejarme arrastrar por Julián, sino todo lo contrario: debía lograr que fuera él quien me siguiera a mí.
De manera que lo cité en un bar. Un llamado telefónico bastó para que nos reuniéramos ante una botella. Le dije que necesitaba consue-lo de amistad; Julián titubeó primero, pero después acudió solícito. A pesar de toda su pompa, a mí me parecía un muchacho abúlico e inseguro y esa imagen se fortaleció tras el perturbado gesto con que intentó impedir que la moza pusiera un vaso en su parte de la mesa. Le insistí: «tomá conmigo, por favor, hoy necesito un amigo sincero». Y aunque aquella frase no cargaba un sentido en sí misma, él creyó captar a qué me refería y accedió: lo vi llenar su boca de cerveza.
Julián escuchó esa noche mis frustraciones y miserias. Vengo de San Joaquín, le confesé, vivíamos cinco personas en una casa de tres habitaciones. El único contacto con el mundo era una radio de transmisión a pilas. Comíamos de una granja casera. No quise terminar como mi papá y al cumplir los 19 tomé mis cosas y me instalé en Luque, por sugerencia y con auxilio de mi madre. A través de la venta de tres ovejas y un carnero me permití un cupo en la universidad. Ingresé a la cooperativa por medio de un profesor, quien más tarde, por cierto, me negó su respaldo y me prohibió nombrarlo como referente personal. Vivía en una piecita alquilada, y con deudas encima, en el Cuarto Barrio, que es, por mucho, un barrio de cuarta. Perdí el empleo por irresponsable. Conocí a Milena en una fiesta de colegio; nos acostamos juntos esa madrugada y durante los siguientes cuatro meses, aunque nunca le pregunté qué aspiraba en la vida y a ella no le despertaba la menor curiosidad mis orígenes. Ahora está embarazada y sólo acierta a llorar. Su estado le ha hinchado los pies y le ha trazado horribles ojeras en la cara. Eso se me figuraba a mí, al menos. Tuve que colgar los libros por las cuotas impagas.
Por fin, después de tan larga perorata, no carente, por cierto, de un sentimiento de humillación y autoflagelo, Julián me palmeó la espalda y dijo: «el Señor está para todos, me encantará ayudarte». Al advertir que el índice de su otra mano rozaba el borde de su vaso con una habilidad desconocida, entendí que aquélla no era la primera vez que Julián Barboza probaba alcohol. Tal descubrimiento me significó una maligna felicidad. Julián, de algún modo, estaba huyendo de un pasado sombrío. Esa certeza incipiente, esa premisa ansiosa de un, acaso, prematuro silogismo, me incentivó todavía más. Debía seguir tentando. Propuse otra botella y el espanto se hizo carne en Julián, que se excusó con mil palabras hueras, se levantó apresurado, arguyó un compromiso ineludible y me instó a llamarlo al día siguiente, pues algo haría por mí. Creí penetrar en su mente en ese momento: se estaba repitiendo a sí mismo la famosa frase «sólo por hoy», que caracteriza a los alcohólicos.
El primer golpe había sido asestado. No obstante, dudaba de si mi éxito consistía en haber pillado casi por azar la debilidad de Julián o haber empezado, en cierta medida, a meterme en su mundo. Aún así, las piezas se habían movido en el tablero. Yo ya tenía algo de él y él tenía algo de mí: yo andaría husmeando en sus negocios, con sus contactos, y él se sentaría ante mí en los expendios de bebida, forzado por las exigencias de la amistad, en más de una oportunidad.

* * *

Una vez que pude anclar a Julián en los copetines y los bares de Luque y escuché sus gritos desinhibidos de borracho, y después de entrar en el negocio de los productos alimenticios, todavía con un puesto humilde, huelga mencionarlo, fui por su mujer. Vanesa siempre me gustó; Milena, no. Mi plan consistía en que Julián y Milena terminaran enredados. Si lograba esa jugada ya podía sentirme acreedor del decisivo jaque.
Comencé a llevarlo a Julián al cuarto que compartía con Milena y arrojando cualquier pretexto –«falta pan, voy a la despensa»; «me llama don fulano, al rato vengo»– los dejaba solos. La urbanidad los obligaba a sentarse en el sofá e improvisar cuestionarios baladíes acerca de la economía o el clima. Un tema obligado entre ambos, con seguridad, era yo, el factor común. Habrán mencionado mis tendencias hacia la depresión, mis llantos escurridizos, mi oscura suerte, mi cobardía hiperbólica. No me importaba. Sabía que lo que dijeran de mí no detendría el inducido viraje del destino. Tras esos primeros atisbos de intimidad me resultó más fácil convencer a Julián del atractivo de Milena y a ésta halagar al odiado con las palabras más zalameras. Sólo faltaba el elemento alborotador: la panacea de Baco.
La ocasión propicia fue mi primer salario por lo de la soja. Después de cancelar algunas cuentas, convidé con un almuerzo de gratitud a Julián y, por su intermedio, a su bella novia. Milena preparó una suculenta costilla sazonada con papas y especias. Había vino en la heladera, por supuesto, como para una multitud. Vanesa resultó vegetariana y sólo picoteó la ensalada mixta; ese dato hizo que la deseara menos. De pronto me imaginé que su piel sabría a zanahoria. Tampoco se bebió el jugo de la vid, sino que se conformó con unos limones exprimidos en la jarra. Pese a tal contrariedad, no cejé en mi empeño de unir a mi enemigo con mi mujer.
Así, ni corto ni perezoso, pedí a Vanesa que me acompañara a la despensa, a traer, qué sé yo, turrón de arroz, yogurt dietético o al-guna de esas cosas que ella, desde luego, consumía. Esperaba que al regreso sorprendiéramos a Julián y Milena por lo menos abrazados, si no en una situación aún más comprometedora.
Por el camino, Vanesa y yo hablamos de mi situación. Tenía un gran débito en la universidad, también materias pendientes, ay, ay… decepcioné a mi querida, sufrida madre, ay, ay… soy un perdedor, un pobre diablo, ay, ay, ay… jamás litigaré en el Palacio, ay… y cuando Vanesa me enredó en sus brazos, el aroma de sus cabellos me anuló la razón. Por un momento olvidé su vegetarianismo y la conocí de nuevo carnívora; temía que me devorara con sus ojos y con la urgencia de su cuerpo.
Cuando llegamos al cuarto, encontramos a Milena tirada en el piso, bañada en sangre, y a su lado a Julián, con un cuchillo en la mano, temblando como una hoja y farfullando en voz baja: «no quise hacerlo».

* * *

Ayer, después de cinco largos años, me reuní con Julián Barboza. Me estaba haciendo el ofendido y no le había visto desde el juicio que lo condenó por homicidio. ¡Pobre! Él se puso realmente feliz con mi visita. «Te perdoné hace mucho», le referí, y le saltó el llanto y hasta pretendió besar mi mano. «Aunque todavía no comprendo por qué mi chiquita tuvo que morir así», agregué, sólo para herirlo un poco más.
El pabellón cristiano del penal de Tacumbú es tranquilo y hasta acogedor. Nos sentamos en el pasillo y almorzamos. Paseaban alrededor de nosotros algunos presidiarios, nerviosos, algo tristes probablemente, porque nadie había ido a visitarlos. Otros se sentaban a unos metros de nuestra mesa y se deleitaban viéndonos hablar, escuchaban, de hecho, nuestra charla, y de vez en cuando parecía que levantarían la cabeza y emitirían su opinión acerca de lo que estuviéramos conversando. Imaginé que Julián también había pasado por lo mismo en más de una ocasión. Él me obsequió una guampa forrada en cuero. «Lo hice esta semana, cuando llamaste anunciándome tu visita»… ¡De verdad, pobre Julián!
Me preguntó qué tal me va y le contesté que de lujo. Ya había terminado la carrera y trabajaba en un estudio jurídico, en San Joaquín. Las angustias juveniles habían quedado atrás. Tengo prestigio y el reconocimiento de mis colegas del foro. Enseño en una universidad y estoy suscripto a revistas de derecho que me llegan del exterior. No me casé con Vanesa, ciertamente, pero sí con una alum-na, joven rubia y de boca rosada. Me iba bien, a medida que Julián se petrificaba en la prisión, pobre, cuánto tiempo debe estar recluido todavía, cuándo recuperará la paz, pobre, era alcohólico y se metió al tratamiento de esa religión, pobre, pero volvió a caer, «sólo por hoy», gemía un eco en su cabeza, hasta que se dijo «¿qué puede pasar?», y mató, en extrañas circunstancias, a una mujer que me engañó con eso del embarazo, según lo declaró la autopsia: en sus entrañas no crecía feto alguno. Intuí entonces que ella merecía lo que le hizo Julián, lo que yo le hice.
Pero el asesino, el frustrado estudiante destacado de nuestra promoción, me contó cosas que no me gustaron. Después de un lus-tro en la prisión se ha ganado el respeto por su trabajo. Su instinto emprendedor hizo que se le confiaran cargos administrativos dentro del pabellón cristiano, él manejaba llaves y contraseñas, ingresaba a zonas restringidas, manipulaba carpetas con informaciones confi-denciales… Julián Barboza de nuevo progresaba, el fénix renacía de las cenizas, el coloso se erigía, lo que para mí deparaba un futuro antónimo.
«Tengo que reaccionar», reflexioné, en el instante en que Julián iba por el final de su relato. No puedo permitir que vuelva a salir airoso. Eso haría sonar las trompetas de mi decadencia. Le palmeé, le agradecí tan ameno tiempo compartido y me retiré. Sabía que Julián tendría la palpable posibilidad de salir antes por buena conducta. Una vez en libertad podría graduarse y llevarse a mis clientes. Por supuesto, sus antecedentes entorpecerían su camino, no podría as-pirar a mucho, quedaría bloqueado por el sistema, quedaría acom-plejado. No sé qué pensar. ¿Llegará el día en que lo vea en el noticiero como uno de los candidatos al indulto presidencial por el día de la Virgen de las Mercedes? No debo esperar a que eso ocurra. Algo tengo que hacer ya, definitivamente. Me pondré mis guantes de pelea ahora mismo y solicitaré al lúcido Maquiavelo una nueva asistencia.





Diana Viveros, del libro "Los quince de la niña"
Barcoborracho Ediciones. 2007