viernes, 29 de mayo de 2009

Literatura italiana del estante de casa 2

LA ÚLTIMA NOCHE VIEJA DE LA HUMANIDAD,
de Niccolò Ammaniti (Roma 1965). Mondadori, 1996. 306 págs. Traducción de Juan Vivanco.

Hay algunos libros que son tan bonitos, pienso mientras tengo en la mano este ejemplar de un color entre rosado y granate fosforescente, color que debe tener un nombre aunque yo no lo conozca. Además la genial ilustración de tapa, de un tal Jordi Sàbat, por la pinta catalán.
Recuerdo que pensé todo esto, o más o menos lo mismo, cuando vi este libro en un estante de usados, lustroso y extrañamente nuevo, en una librería de Corrientes, Libertador, creo. $6 y tan bello, y además un título tan sugestivo, etc.
Luego, esa misma tarde, fui por una razón que no recuero a un sitio que tampoco recuerdo y empezó a llover desesperadamente. Me refugié en un café y ahí nomás abrí el libro. Puta historia, me dije, profundamente ilusionado. Me devoré apasionadamente las primeras 50 páginas.
En la página 60, me dije, creo que este libro se está volviendo una mierda. Aún así seguí leyendo, pues bueno, tenía diálogos tan vivos y todo eso. En la página 80 volví a decirme, creo que este libro se está volviendo una mierda. Y me deprimí. Hasta la noche, no sé cómo, continúe unas 200 páginas más. Tan triste todo, ¿por qué le pondrán tapas tan lindas a libros así? Lo terminé a la mañana siguiente, como si hubiese cruzado una ciénaga llena de boletos de supermercado que tenía que ir leyendo. Tan absurda es la vida a veces.
Hoy vuelvo a hojear este libro y leo pasajes y me digo, no fue tan malo. Incluso una que otra línea parece súmamente interesante. ¡Por dios! ¡Soy una víctima de la publicidad de Mondadori! ¡Soy un vicioso de los libros de Mondadori! ¡Quiero leer todos los libros de Mondadori aunque sean una puta mierda!
En fin. Es tan absurda la vida a veces.
Qué bello ejemplar, tan bien diagramado, y el color de tapa, y la fotografía de tapa, liviano...
Recuerdo un libro de Rodrigo Fresán, "Mantra". También lo conseguí en usados y parecía genial por el diseño. El libro tenía unas 600 páginas. Una gigantesca porquería. Una pérdida de tiempo. Pero bueno, alguien tiene que leer este tipo de libros, ¿no? Pero lo que recuerdo del libro de Fresán, porque tiene cosas memorables, fueron dos poemas de Roberto Bolaño y un poco de historia sobre el DF.
Pero en este libro de Ammaniti no encontré nada interesante.
Quiero decir, interesante para alguien con la curiosidad simple, como es mi caso.
Sin embaro es tan bonito...
Debe ser un tipo apuesto Ammaniti. Además el nombre, Niccolò, bien tradicional.
El libro tiene 6 cuentos. Muy efectitas todos. Con títulos efectistas. "La última noche vieja de la humanidad", "Respeto", "Sueño contigo, con terror", "El zoólogo", "Barro (Vivir y morir en el Prestino)", "Papel y hierro".
Cierto aire a películas de Tarantino y prosa de Palahniuk.
Etc.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Cozarinsky se topa con Copi

COPI: TRES INSTANTÁNEAS Y UNA POSDATA

La primera vez que lo vi, Copi bailaba un pasodoble con Martine Barrat. Era un 31 de diciembre, creo que el de 1970; yo estaba de paso por París, solo, y unos amigos argentinos me habían dado cita en un bar de la rue Chabanais, "Le César", donde otros conocidos se reunirían con nosotros. Apenas había entrado cuando en medio del humo espeso y del parloteo de mucamos españoles y choferes portugueses distinguí a una pareja que se desplazaba con velocidad y precisión sobre la pista.
Aunque Copi era un personaje muy conocido de la vie parisienne, y su compañera una fotógrafa a quien Gilles Deleuze iba a despachar becada a Nueva York para que retratase a criminales adolescentes de Harlem, no había en la actitud de los bailarines ningún resabio de slumming, de encanaillement. Estaban, si se quiere, de visita en un amabiente ajeno, pero gozaban con tanta secilles los aplausos de los habitués que, si alguna distancia era perceptible entre ellos y "Le César", estaba más bien en mi mirada de pajuerano.
Ese dominio natural de la escena, que sentí inmediatamente y con mucha fuera en aquella primera visión, lo reencontré, más tarde, en dos ocasiones en que vi a Copi en un escenario ¿real? ¿tradicional? ¿convencional? Porque la minúscula pista del "César" siguió presente, con su falta de pretensiones, con las voces ibéricas que coreaban aquel pasodoble, detrás o por encima de los teatros, con vocación "artística" o de vanguardia, donde lo volví a ver.
Loretta Strong era un espectáculo apenas apoyado en un texto. Dudo que, interpretado por otra persona, fuese soportable. Pero el milagro tetral ocurría apenas Copi, esquelético, desnudo, piuntado de verde o de azul, tal vez de color turquesa, aparecía en el escenario, precariamente izado sobre tacos altos, como la intrépida astronauta del título. La sensación de asistir a un delirio no clínico, no recuperable por ninguna noción entonces tan en boga de antipsiquiatría; más bien el sentimiento de horror sagrado ante una criatura mitológica que se hubiera inventado a sí misma y de quien Copi era el primero en burlarse... Una sucesión de impresiones contradictorias tironieaban al espectador entre la risa y el miedo, se insinuaban a la platea durante la hora, apenas, que esa criatura deambulaba por la escena, como en un mal trip, antes de sentarse en un inodoro y tirar de la cadena que había desaparecer en las profundidades del aparato doméstico, convertido para la ocasión en rampa de lanzamiento de misiles espaciales...
Todo esto ocurría en un pequeño teatro de la rue de la Gaité, creo que el de la Gaité Montparnasse, a mediados de 1974. Me cuentan amigos de Barcelona que, en la euforia que siguió a la muerte de Franco -el llamado "destape"-, Copi y Loretta Strong fueron invitados por el primer secretario de cultura "progre" de esa ciudad. En un momento en que Brecht y Peter Brook eran consumidos ávidamente por la "inteligentsia" catalana, el espectáculo suscitó una pronfunda perplejidad y casi ninguna risa.
La tercera vez fue en la rue de la Roquette, en el Théâtre de la Bastille, en 1986 o 1987, meses antes de la muerte de Copi. La obra se llamaba Les escaliers du Sacré Coeur y en ella se cruzaban cantidad de personajes del barrio donde vivía el autor, entre los jardines y escalinatas que descienden desde la Basílica del Sagrado Corazón de la rue des Abesses: traficantes y consumidores de drogas, cultores de cualquier heterodoxia sexual, mirones compulsibos y sus indispensables exhibicionistas, no menos compulsivos. Esas figuras se agitaban en una gozosa sarabanda y se entregaban a un frenesí retórico de versos y rimas dignos de Victor Hugo, si los franceses tuvieran sentido de la parodia.
En el texto, precisemos. Porque sobre el escenario estaba Copi, solo, con un traje oscuro de elegancia irreprochable, el libreto de su obra en la mano. Y ese libreto lo leía ante el público, sin omitir las indicaciones de escena ("retrocede espantado..."), imitando a partir de su acento rioplatense las voces, las entonaciones y la cursilería de cada personaje, cruzando el escenario frenéticamente para anunciar un efecto, alguna sorpresa, acercándose a la luz del proscenio para leer una réplica que olvidaba, o salteándose dos o tres páginas que de pronto le parecían aburridas, transpirando, siempre sonriente, evidentemente feliz.
Aun en los momentos más trucuilentos de ese melodrama sin música, Copi era capaz de comunicar el placer que le producía el hecho de hallarse en un escenario, frente a un público. Cuando al final saludaba, con el libreto siempre en la mano, el público comprendía que había asistido no a la puesta en escena de una obra sino a algo más raro, casi único: a la puesta en escena del autor en ese momento casi inasible en que sus personajes empiezan a desprenderse de él sin existir aún independientemente.
El recuerdo de Copi en escena me hace pensar en algo elemental que ninguna elaboración intelectual puede sustituir: el teatro exige que algo interesante ocurra, momento tras momento, en el escenario; el valor, la espera deben cargarse para existir como teatro, con el peso de lo ausente que no llega. En el arte de Copi, en su "marginalidad flamígera y soñadora" (Lavelli), hay más teatro real que en cualquiera de las maquinosas puestas de los cultores del "dispositivo escénico", invasor y asfixiante, que han constituido una nueva academia. Si hay una tradición que desde los tinglados medievales llega hasta Valeska Gert y Robert Ludlum -y creo que sí la hay- Copi halló, sin buscarla, a su familia en esa espléndida galería de proscritos "flamígeros y soñadores".

(1998)


"El pase del testigo", Edgardo Cozarinsky. Editorial Sudamericana, 2001.

jueves, 21 de mayo de 2009

El caballero inexistente y Las dos mitades del vizconde, de Ítalo Calvino

Aquí continúo con los estantes de casa. Le toca el turno a literatura italiana, que por la cantidad, ya que no soy tan rápido leyendo como desechando lecturas, van a tardar unos meses en acabar.
Empecé con un par de libros de Ítalo Calvino (1923-1985), que como es muy preciado por la crítica y los lectores, supuse que me gustarían. Pues sí, soy un lector anticuado, me manejo por gustos. Por suerte, estos libros me han gustado. Ricos. Como postres: uno sabe que engordan y que están demás, ¡pero se disfrutan!
A fin de cuentas, esta misma sensación la producen casi todos los libros.

“El caballero inexistente”,
(OCTAEDRO editores, 2003. 160 pp.), en traducción de Esther Benítez.
Esta novela se publicó en italiano por primera vez en 1959, y es el final de la trilogía más famosa de Calvino (conformada por “El vizconde demediado”, “El barón rampante” y “El caballero inexistente”), siendo la última de las tres. Según cuenta la historia, con estas tres novelas Calvino abandonó el neorrealismo para interpretar a través la fábula al hombre contemporáneo, por lo que estos tres libros, que en una primera mirada se parecen a cuentos populares, tienen varios niveles de lectura. Por lo que a mí respecta, esto me tuvo sin cuidado, y me puse a leer por el simple hecho de entender de qué trataba la historia sin indagar más.
Empieza con una imagen que conjuga fuerza narrativa, claridad discursiva, objetivismo, desenfado y maldad. Digo maldad porque presenta una tarde en las afueras de Paris en que Carlomagno pasa revista a su ejército y va preguntando el nombre a sus caballeros, enfundados todos en una armadura medieval, como corresponde a la época. Van identificándose, hasta que le toca el turno a uno llamado Agilulfo. Carlomagno le pide que se quite el casco, y éste lo hace, y de bajo el casco no hay nadie.

«-¡Vaya, vaya! ¡Lo que hay que ver –dijo Carlomagno-. ¿Y cómo os arregláis para prestar servicio, sino existís?
-¡Con fuerza de voluntad –dijo Agilulfo- y fe en nuestra santa causa!
-Claro, claro, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, sois estupendo.”

Cuando leí este fragmento quedé estupefacto. Recién utilicé el término maldad, pues Calvino escribió este libro en una época después de la segunda guerra mundial, tras haber publicado una novela sobre la resistencia italiana (“El sendero de los nidos de araña”) y un libro de cuentos tratando en alguna parte lo mismo, y en una época en que la vida era seria, y los libros eran serios, al menos entre los sobrevivientes de la guerra. Y me dije, ¿qué le pasa a este tipo? Y, claro, me descostillé de risa. Pocas páginas después me di cuenta que el libro, a pesar del argumento fantástico y el sentido del humor, era bastante serio.
A fin de cuentas, este caballero inexistente está en el ejército para enfrentar a los moros que asedian la región, y lo acompañan en la aventura otros personajes pintorescos. Uno es un tipo que es hijo de nobles ingleses, que quiere vengar la muerte de su padre acaecido en una batalla. Otro es una mujer caballero, de armadura pulcrísima, que se curte a al batallón, un soldado por noche escogido al azar, para saciar el vientre. Otro es un loco de pueblo, que tiene muchos nombres, habla muchas lenguas, y no sabe lo que es la identidad, pues cree ser cualquier cosa que ve: un bosque, el viento, un caballero, un caballo, una mujer, una vasija, etc. Es personaje es profundamente hermoso y es de todo un poco durante la novela, incluso tiene la oportunidad de cogerse un grupo de doncellas actuando como una especie de insaciable toro sexual del Medievo. El caballero inexistente es cuestionado en su condición, y debe cumplir una aventura para remediarlo, siendo acompañado por el personaje múltiple como escudero. El joven vengativo odia al caballero inexistente, ama a la mujer y también tiene un cometido. La mujer se enamora del caballero inexistente, pues este es perfecto soldado, comedido, educado, fiel y elegante. Al final cada uno cumple su objetivo y termina bien acomodado.
El primer escritor contemporáneo y famoso en que pensé al leer esta novela (pues leer es también hacer relaciones con otras lecturas), fue en César Aira (La liebre, sobre todo), por todo eso del desenfado en la inventiva. Pero, claro, con una diferencia notable: el sentido del humor. Mientras que Aira acude todo el tiempo a los chistes fáciles (hace hippies a los indígenas del 1800 de la pampa argentina, etc.), Calvino recurre a un humor complejo, que es casi paradójico, expuesto como para te deje consternado antes que hacerte reír. Por ejemplo, hace asistir a una cena con el rey al caballero inexistente. Como no puede comer porque no tiene panza, pero a la vez es tan de reglas que no quiere faltar a una invitación real, se dedica a pedir todo tipo de comidas y fastidia a los mozos con pedidos de bebidas. Cada plato lo pone delante de él y hace migas de pan, bolitas de carne, juega, siempre serio, hasta que se cansa y pide otro plato. Y así lo mismo con las bebidas. Las alinea delante de él, las mira, las devuelve. Pero no lo hace por fastidiar a nadie, sino porque es su derecho comer, es su derecho beber y como toda persona tiene que hacer algo con la comida. Es genial. Y serio. Y jode a todo el mundo y casi nadie lo soporta.
Una de las escenas más hermosas es cuando el caballero inexistente va a África para su cometido. Una ballena ataca el barco y antes de hundirlo, le clavan una estocada al cetáceo y éste despide un chorro de aceite que rocía por completo al caballero inexistente. Luego el caballero cae al agua:

«Agilulfo, con la armadura de hierro, no puede dejar de hundirse a plomo. Antes de que las hojas lo sumerjan del todo, grita a su escudero
-¡Dirígete a Marruecos! ¡Yo voy a pie!
Y de hecho, cayendo hasta una profundidad de millas y millas, Agilulfo llega a pie a la arena del fondo del mar y empieza a caminar a buena marcha. Encuentra a menudo monstruos marinos y se defiende a estocadas. El único inconveniente para una armadura en el fondo del mar ya sabéis vosotros cuál es: la herrumbre. Pero al estar rociada de pies a cabeza con aceite de ballena, la blanca armadura tiene encima una capa de grasa que la mantiene intacta.»

Otro autor en el que pensé fue García Márquez, pero no porque la inventiva o la prosa del colombiano se le parezcan, sino porque GM tiene un par de líneas que resumen (desviando levemente la idea para necesidades propias) un párrafo de Calvino, haciendo uso del mismo recurso narrativo para justificar un discurso plagado de hechos increíbles y exagerados.

Dice GM:
«Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecía de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo...»
(“Cien años de soledad”, GGM. Sudamericana, 1992. Pág. 9.)

Y Calvino:
«Todavía confuso era el estado de las cosas del mundo, en la Edad en que esta historia se desarrolla. No era raro toparse con nombres y pensamientos y formas e instituciones a las que no correspondía nada existente. Y por otra parte el mundo pululaba de objetos y facultades y personas que no tenían nombre ni distinción de lo demás…»
(Pág. 41)

El libro es bastante interesante y hay de todo un poco, desde reflexiones sobre la historia, la moral, la meta literatura y sobre el arte de narrar. Da para varias lecturas, dicen los críticos, y es cierto. Tendría que retomar el libro alguna vez.

Aquí unos fragmentos:
«Debéis disculpar: somos muchachas del campo, aunque nobles, siempre vivimos retiradas, en perdidos castillos y después en conventos; fuera de funciones religiosas, triduos, novenas, trabajos del campo, trillas, vendimias, fustigaciones de siervos, incestos, incendios, ahorcamientos, invasiones de ejércitos, saqueos, violaciones, pestilencias, no hemos visto nada. ¿Qué puede saber del mundo una pobre hermana?»
(Pág. 42)

«…el arte de escribir historias está en saber sacar de lo poco que se ha comprendido de la vida todo lo demás; pero acabada la página se reanuda la vida y una se da cuenta de que lo que sabía es muy poco.»
(Pág. 71)

«Se entiende que cuando una ha satisfecho sus caprichos con todos los hombres existentes, el único capricho que le queda sólo puede ser el de un hombre que no existe en absoluto.»
(Pág. 76)

«Cada cosa se mueve en la liza página sin que nada se vea, sin que nada cambie en su superficie, como en el fondo todo se mueve y nada cambia en la rugosa corteza del mundo, porque hay solo una extensión enorme de la misma materia, exactamente como la hoja donde escribo, una extensión que se contrae y coagula en formas y consistencias diversas y en diferentes matices de colores, pero que se puede imaginarse embadurnada sobre una superficie plana, incluso en sus aglomeraciones peludas o emplumadas o nudosas como una concha de tortuga, y tal pilosidad o emplumamiento o nudosidad a veces parece que se mueve, o sea que hay cambios de relaciones entre las diversas cualidades distribuidas en la extensión de materia uniforme alrededor, sin que nada se desplace sustancialmente.»
(Pág. 121)


“Las dos mitades del Vizconde”,
Editorial Futuro (1956), Buenos Aires. Traducción María Dabini y prólogo de Atilio Dabini (¿Esposos?).
Esta novela fue publicada por primera vez en 1952, siendo la segunda novela de Calvino luego de “El sendero de los nidos de araña”. Con este libro Calvino se aleja, aunque levemente (se adentra en la historia y la magia, pero sin perder la objetividad y la problemática social) del neorrealismo. Trata de un vizconde que va a una guerra contra los turcos y un cañón lo parte en dos, sobreviviendo uno de los pedazos que vuelve al pueblo, para atormentar a todo el mundo. Esta mitad del vizconde es su parte mala, con lo cual uno ve una reescritura stevensoniana. La otra es la parte buena. En fin, el libro es genial y lleno de humor y con personajes bien caracterizados, etc. Se supone que las entradas no deben ser tan largas. Saludos a todos.



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domingo, 17 de mayo de 2009

15 de mayo

Con una simple actitud he conseguido desollar la vagina de mi madre, que constantemente intentaba engullirme. La he abierto con excesiva delicadeza, como si arrancase de un soplido los pétalos de una flor, y he llegado, luego de vislumbrar sus entrañas y estómago, a su frágil y viejo corazón. Mi cuchillo ha sido la resignación: mutilándome a mí he conseguido destrozar su deseo de que vuelva a su vientre, la he mutilado a ella al dejarla sin deseo ni batalla. Ahora, con el vientre abierto, su personalidad se volvió pasiva, su sadismo maternal transmutó en olvido de lo recurrente y va más seguido a conversar con vecinos y peluqueras. Mi mutilación ha sido darle la razón en lo que concierne a mi vida. Para ella me visto de alhajas verbales y gestos supremos. Soy el hijo más obediente y amoroso del mundo. Pero mi sed de sangre aún no ha sido saciada. Yo permanezco tranquilo. Pues sé que apenas surja una controversia y el deseo de dominación le vuelva, su corazón recuperará los disonantes y débiles latidos de pasión. Entonces yo me volveré obediente otra vez; y así otra vez y otra vez. Me gusta verla apagarse. Disfrutaré inmensamente el día, ya llegará, que comprenda la inutilidad de ese amor hacia mí, que me es inservible.


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jueves, 14 de mayo de 2009

¿Cortar y pegar? Sontag - Vila-Matas

"Gran parte de la originalidad de los argumentos de Benjamin se debe a su mirada microscópica (como la llamó su amigo y discípulo Theodor Adorno), convinada con su infatigable dominio de las perspectivas teóricas. «Eran las cosas pequéñas las que más lo atraían», escribe Sholem. Le gustaban los juguetes viejos, las estampillas de correos, las targetas postales y otras juguetonas miniaturizaciones de la realidad, como el mundo en invierno dentro de un globo de cristal, en el que cae la nieve cuando se lo sacude. Su propia escritura era casi microscópica, y su ambición nunca realizada. dice Sholem, era escribir cien renglones en una hoja de papel. (Esta ambición fue realizada por Robert Walser, quien solía transcribir los manuscritos de sus relatos y novelas como microgramas, con una escritura verdaderamente microscópica.) Sholem cuenta que cuando visitó a Benjamin en París en agosto de 1927 (la primera vez que los dos amigos se encontraron después que Sholem emigró a Palestina en 1923), Benjamin lo llevó a una exposicón de objetos rituales judíos en el Musée Cluny para mostrarle «dos granos de trigo en que un alma afín había inscrito toda la Shema Israel»."

Bajo el signo de Saturno, Susan Sontag. Ed. Sud Americana 2007. Pág. 132. Trad. Juan Utrilla Trejo. (La primera edición en el inglés original es de 1972)


"No es casual que gran parte de la originalidad de los textos del invertor de la máquina Benjamin se deba precisamente a su mirada microscópica, convinada con su infatigable dominio de las perspectivas teóricas. «Eran las cosas pequeñas las que más le atraían», escribió de él su íntimo amigo Gerschon Sholem. Le gustaban a Walter Benjamin los viejos juguetes, los sellos de correo, las fotos de tarjeta postal y esas imitaciones de la realidad de los paisajes invernales contenidos dentro de un globo de vidrio donde nieva cuando se lo sacude.
La propia escritura de Walter Benjamin era casi microscóspica, y su ambición nunca lograda era de meter cien líneas en una hoja de papel. Cuenta Sholem que en su primera visita a Benjamin en París, éste le arrastró al Museo Cluny para mostrarle, en una exposición de objetos rituales judíos, dos granos de trigo en los que un alma gemela había escrito completo el Shema Israel."


Historia abreviada de la literatura portátil, Enrique Vila-Matas.Ed. Anagrama 2007. Págs. 10-11



PD: La aclaración de este equívoco sería ESTA.
Gracias, Vero...


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jueves, 7 de mayo de 2009

Bohumil Hrabal, Karel Čapek, Milan Kundera y Jaroslav Hasĕk; en fin, checos

Hace unas pocas semanas empecé a leer por estantes la biblioteca de casa, con la intención, venerable, de terminar los libros que tengo y escribir luego por lo menos una línea sobre cada libro que iba leyendo, pues esta sería la primera vez que abordase con relativa seriedad estos estantes. El primer trecho de mi recorrido, el mes de marzo, correspondió a la literatura checa escrita en checo (traducida al español, claro), bastante poco voluminosa pues cuenta con apenas 6 volúmenes. A saber: Trenes Rigurosamente Vigilados, de Bohumil Hrabal; La Guerra Con Las Salamandras, de Karel Čapek; La Inmortalidad, La Insoportable Levedad Del Ser y El Libro De Los Amores Ridículos, de Milan Kundera; y Las Aventuras Del Valeroso Soldado Schwejk, de Jaroslav Hasĕk. De los de Kundera solo leí el último citado, porque La Insoportable la leí hace años y La Inmortalidad carece de algunas páginas. También hay otros libros checos (Kafka, Rilke, etc.), pero escritos en alemán, dejados para otra oportunidad.
Aquí vamos con las breves recomendaciones.


Trenes Rigurosamente Vigilados, de Bohumil Hrabal (Editorial Muchnick Editores, 2001, 125 pp; libro prestado)

Cómo anécdota particular, vi hace poco una película inspirada en otra novela de Hrabal, "Yo serví al rey de Inglaterra", fantástica, que me dan ganas de prestársela a todo el mundo, pero especialmente a Ojaral y Vero, de paso les cuento que la tengo disponible. En la peli aparece escrito el complicado nombre del escritor de una manera particular: "Hrabala". Otra cosa, Hrabal es uno de los autores que, en homenaje, se merece ediciones cartoneras, pues la mayoría de sus libros se publicaron en un estilo semejante de la época, llamada Samizdat, que consistía en la publicación de libros censurados por el régimen comunista en ediciones clandestinas de poca tirada, que circulaba de mano en mano, o mecanografiados con papel carbono para hacer más de una copia por vez, e incluso en forma de manuscritos copiados por los lectores para distribuirlos también clandestinamente. Sin este tipo de ediciones, muchas obras de Hrabal no hubieran podido circular.
El título del libro proviene de los trenes alemanes que cargaban municiones al frente y que eran, como el título, prioridad de los ferrocarriles de esa época. La novela es simplemente hermosa. Es un monólogo de Milos Hrma, joven empleado en una estación ferroviaria 1945, en las últimas semanas de la ocupación alemana de la República Checa, que va contando concienzudamente los pormenores de su historia que lo llevan al descubrimiento del amor y la desazón del amor, la magia del erotismo y el sexo, el sentimiento patrio no venido de banderas sino de la libertad de ser una persona que pertenece a una cultura particular, y también descubre la valentía, la conspiración y la entrega a una causa, en este caso la checa contra la ocupación alemana, presenten en varias oportunidades de este país. El joven tiene como compañero de trabajo a uno de los personajes más geniales de Hrabal y de la literatura en general: El Factor Hubicka. En uno de los pasajes, Hubicka, de puro aburrimiento por la rutina del trabajo de servir y vigilar trenes alemanes, seduce a una secretaria de la misma estación donde trabaja, la desnuda y sentándola sobre el escritorio del jefe de estación, procede a llenarle las nalgas de sellos: de correo, de pago, administrativos, sellos de todo tipo. Este hecho se hace conocido por los empleados de los ferrocarriles del estado gracias a una denuncia que presenta la chica, contradictoriamente ofendida y encantada con la situación. También el joven Milos se entera y es gracias a esta imagen, absurda y hermosa, que descubre una nueva forma de abordar la vida. Esto lo hace también al recordar a su abuelo, que al comienzo de la primera guerra mundial salió a enfrentar a los tanques alemanes provisto solo con sus poderes mentales.
Cito un párrafo:

—¡Es la maldición del siglo del erotismo! ¡Todo es erotismo! No hay más que excitaciones eróticas. ¡Los adolescentes y hasta los niños se enamoran de las niñas que cuidan los gansos! ¡Tragedias sentimentales copiadas de los libros y las películas eróticas! ¡A la cárcel los escritores y los educadores y los vendedores de libros y fotos pornográficas! ¡Abajo la enfermiza imaginación de la juventud! Descuartizó el cadáver de la lechera y seguro que hubiera descuartizado hasta el cadáver de su prima si no se lo hubieran impedido. En la droguería un maniquí muestra un corte en las caderas semejante a las de una mujer joven a tamaño natural. ¡Y los jóvenes lo miran con avidez! El atelier de un pintor le deja a uno dudas de si ha entrado en una carnicería donde se vende carne humana. ¡Canibalismo! Han encontrado a la asesinada en la maleta y buscan a un hombre rubio con un diente de oro. La última vez que lo vieron le compraba a ella una manzana australiana en el supermercado Corona. ¡Aj! ¡Pura carne! Asesinatos sexuales en el horizonte. Al banquillo de los acusados los maestros que toleran la educación sobre temas sexuales. ¡Cuanta más inmoralidad y más placeres, menos cunas y más féretros! —gritaba ya con voz ronca el jefe de estación por el ventanuco de la cocina del primer piso hacia la oficina de comunicaciones.



La Guerra Con Las Salamandras, de Karel Čapek (Empresa Editora Zig-Zag, Santiago de Chile 1944, 330 pp.)

Este libro es una verdadera reliquia. Tiene más de 64 años y es, creo, una de las primeras ediciones en español. También es uno de los mejores libros que leí. Lo compré en una librería de usados en Asunción, San Cayetano (Herrera y Estados Unidos), tal vez la mejor librería de usados del mundo, el invierno pasado, a poco más de $ 6. Vi en internet que un libro de la misma edición se ofrece por $ 50. El libro lo vale, de todas maneras.
Escrita en 1936, poco antes de la segunda guerra mundial, es una sátira gigantesca sobre el comportamiento ambicioso y bélico de los seres humanos, completamente incurables. Predice la segunda guerra y también las posteriores. Y, hay que decirlo, el argumento es tan extravagante que si lo hubiera escrito otro resultaría una verdadera basura, pero con la prosa variopinta de Čapek resulta subyugante. Con aires de Conrad, el primer capítulo narra el comienzo de la aventura que abarcará luego a toda la humanidad: En una isla llamada Tana Masa, cerca de Sumatra, el capitán Van Toch se dedica a la explotación de perlas. Como la cosecha no rinde lo esperado, acude a pedir ayuda a los indígenas del lugar y se entera que en una zona de la isla hay perlas, pero nadie le acompañará hasta ahí, porque está habitada por monstruo. Aún así, el capitán se dirige allí y descubre unos seres extraños, mezcla de lagarto y liliputiense, que le resultan, vencido el miedo, de gran ayuda. Estos seres son marinos resultan inteligentes, y a cambio de un poco amabilidad y paga mínima consistente en armas para defenderse de los tiburones que son sus depredadores, muestran grandes dotes natatorias y se vuelven indispensables para lo que sería la mayor recolección de perlas de toda la historia. Años después, el capitán Van Toch vuelve a Praga, con unos ahorros y la intención de volver a ver sus queridos animalitos, llamados molges o salamandras a lo largo de la novela. En los capítulos siguientes el estilo de la narración va cambiando de acuerdo a los antojos del autor y las necesidades del relato. Va de la crónica periodística a la cita de párrafos en varios idiomas, así como también el guión cinematográfico y la prosa naturalista. Todo esto con un humor que despierta la carcajada varias veces y un alarde narrativo absolutamente magistral. Ya en Praga, Van Toch busca ayuda de un empresario que le concede un barco y así vuelve a la recolección de perlas. Las salamandras se vuelven empleados de Van Toch, a la vez que sus protegidos. Con el paso del tiempo, las salamandras aprenden a hablar y al hacerse famosas, empresarios de todo el mundo las cazan como esclavos de trabajo, para minería y construcción de diques, en lo cual se muestran excelentes obreros. Cuando ya todo el mundo cuenta con su ejército de salamandras particular, los seres humanos construyen continentes enteros en el mar, para aumentar sus territorios, y empiezan guerras entre sí, en el mar, con las salamandras como soldados. Luego, inspirados en una educación laica y por una organización sindical, las salamandras empiezan a adquirir conocimientos científicos y bélicos, que las lleva a enfrentarse contra los humanos por los recursos naturales. Al igual que el libro de Hrabal, el humor de éste le debe mucho a Jaroslav Hasĕk.
Cito párrafos, de un Manifiesto de la Internacional Comunista, conservados en fragmentos por uno de los personajes:

¡Camaradas molges!
El régimen capitalista ha encontrado su última víctima. Cuando la tiranía del capitalismo putrefacto comenzó a desmoronarse ante el ímpetu revolucionario del proletariado con conciencia de clase, os enganchó a vosotros, trabajadores del mar, a su servicio; os esclavizó espiritualmente con su civilización burguesa, os sometió a sus leyes de clase, os privó de la libertad e hizo todo lo posible por explotaros brutal e impunemente.
(14 líneas tachadas)
¡Salamandras trabajadoras! Se acerca el día en que vais a cobrar conciencia de todo el oprobio de la esclavitud en que vivís
(7 líneas tachadas)
y conquistando por las armas vuestros derechos como clase y como pueblo! ¡Camaradas molges! El proletariado revolucionario del mundo entero os tiende la mano
(11 líneas tachadas)
por todos los medios! ¡Organizad consejos de fábrica, elegid delegados, cread fondos de huelga! Podéis estar seguros de que el proletariado consciente no os abandonará en vuestra justa lucha y de que, mano a mano con vosotros, emprenderá el último asalto a
(7 líneas tachadas)
¡Molges oprimidos y revolucionarios del mundo entero, uníos! ¡La última batalla se aproxima!
Firmado: MOLOJOV


El Libro De Los Amores Ridículos, de Milan Kundera (Mondadori, 250 pp.)
Este libro me vino con la mujer que me acompaña en mi vida porteña.

Milan Kundera es uno de los autores más criticados por la derecha literaria, y por la izquierda literaria, y por los faltos de sentido del humor, o que poseen un sentido del humor muy diferente, y por los autores sacerdote que van marcando las lecturas de generaciones de lectores ingenuos y bien intencionados que leen lo que oyen por ahí (como yo), y es criticado también por los lectores que creen que la literatura es una moda (“La insoportable marcó una época, pero ahora…”); y es un autor también elogiado por escritores tan disímiles como García Márquez, Thomas Pynchon y el Kuru Bogado. Y es también, por supuesto, uno de los mejores escritores que ha pisado esta tierra olvidada por la mano de Dios, es decir la literatura. Y ha escrito varios de los mejores libros que se han escrito. Y también algunos bastante aburridos, malísimos, presumidos, como Los testamentos traicionados (que sin embargo tiene párrafos rescatables). Creo que con esto ya se ve mi opinión.
El libro de los amores ridículos es una colección de 7 relatos, que poseen una apariencia deliberadamente frívola, que tratan, como el título lo expresa, historias de amor. Estos cuentos contienen los personajes típicos del universo narrativo de Kundera, es decir el erotismo, Don Juan, Dios, El Sistema Comunista Checo, las Ocupaciones, la frivolidad, el deseo, la verba, la experiencia y la inexperiencia, el humor, el cretinismo, la amargura y la nostalgia, así como también la lucidez innecesaria en ciertos momentos. Como son varios cuentos y ya vengo escribiendo, sin mucha coherencia, varias páginas, escojo solo un relato, que si bien no es el que más me ha gustado, es el que al azar me viene primero a la mente al recordar el libro: “La dorada manzana del eterno deseo”. Este cuento consiste en una conversación de 26 páginas entre dos amigos praguenses que se divierten hablando de sus conquistas, con la particularidad de que las conquistas de ambos son absolutamente ficticias. La conversación transcurre como el desarrollo de un proyecto de tesis doctoral, sin argumentos rigurosos pero con fantásticas intuiciones; y mientras conversan así, sobre el deseo y la seducción, van desplazándose hacia lugares que los llevan a encuentros con el sexo opuesto. En el comienzo, el narrador ha conseguido un libro de arquitectura y se dispone a leerlo mientras espera, en un café con mesas en la calle, a un amigo. Ya mientras espera al amigo, el narrador reflexiona, a la manera de un ensayo literario, es decir provisto más que nada de aciertos estilísticos que científicos, sobre la seducción. El narrador recuerda que el amigo al que espera tiene una teoría con varios pasos para llegar, pleno de éxito, a la conquista amorosa. El primer paso, dice, es la Detención: consiste simplemente en detener a una mujer cualquiera, donde sea, haciendo un alarde de osadía. Esta detención, según el narrador, requiere un virtuosismo innato, y es un fin en sí mismo. Luego va enumerando otros pasos. En eso llega el amigo, y los dos, siguiendo la conversación, ven a una hermosa mujer a pocos pasos. El amigo le saca un libro de arquitectura que el narrador había prestado de una biblioteca alemana, y libro en mano se acerca a la mujer. Consigue que la mujer les conceda una cita el fin de semana, llevándose como prenda el libro, para devolvérselos después. Esta cita los lleva a un pueblo donde transcurren otras aventuras, pues la chica en cuestión es enfermera en un hospital de allí. Nos enteramos, entre otras cosas, que el amigo del narrador está casado y está completamente enamorado de su mujer, y también de una historia inventada del narrador para complacer a su amigo: le dice que tiene una nueva amante, una médica, de la que va esbozando la biografía intercalándola entre otros puntos de la conversación. En el camino, el amigo ve otras mujeres y va abordándolas una a una, hasta conseguir una cita, a la que no necesariamente piensa acudir, pues conseguir los datos de la mujer que se desea es otro de los pasos importantísimos y también un fin en sí mismo. Llegan unas pocas horas antes de la cita, y en el hospital donde trabaja la mujer que se llevó el libro, se enteran que esta ha conseguido otra compañera para una cita doble. Los amigos llegaron a las 3:30, pero la enfermera les dice que recién estará libre a las 7 de la tarde. Por lo menos consiguen que la enfermera les devuelva el libro. En eso el amigo le cuenta al narrador que él tiene que estar de vuelta a la casa a las 9, pues ha quedado, como de costumbre, de jugar unas manos de cartas con la mujer. ¡Entonces hemos hecho un viaje para nada!, le dice el narrador; a lo que el amigo responde que tienen una hora, 7 a 8, para efectivizar la conquista. Como aún les queda unas horas, van a recorrer el pueblo. Allí ven otras mujeres que seducen con artimañas varias: a una le piden un sitio donde haya una playa, consiguiendo que los acompañe hasta allí. Para esto tienen que esperar una hora. En la hora, consiguen, haciéndose pasar por directores de cine, que otra chica, una adolescente hermosa, les haga de guía por la ciudad. Con esto olvidan a la mujer del balneario. Pero la chica guía tampoco llega, por lo que pasan otras aventuras mientras esperan que se haga las 7 para la cita con la enfermera. Entre tanto, la conversación transcurre sobre otros puntos: el amor conyugal, la mujer inventada del narrador, el contacto con las mujeres (otro fin en sí mismo), la fe en la conquista, en resumidas cuentas, las reglas de juego de la conquista amorosa. Al final, llega la hora de la cita con las enfermeras, y los dos se han pasado las citas de entremedio hablando de cualquier cosa. Llegan al hospital a las 7, pero las enfermeras no salen. Varios minutos después, salen las dos enfermeras, pero como ya es tarde, deciden volver a Praga, para que el amigo vea a la mujer y el narrador siga leyendo su libro, ambos con un “…plan (que) estaba cada vez más claro y al cabo de un rato ya se balanceaba ante nosotros, en medio de la niebla que comenzaba a caer, como una manzana hermosa, madura, esplendorosa… Permítanme que con cierto énfasis la denomine la manzana dorada del eterno deseo.”
El relato es pletórico de humor y gracia, así como de frases ingeniosas. Es el relato más frívolo del libro, pero de una frivolidad dulce, encantadora. El resto de los cuentos tienen un tenor similar, pero ya abordan otras cosas que más que risa y encanto nos dejan a veces una mueca consternada.
Párrafos:

Pero pasaron diez minutos, un cuarto de hora, y la chiquilla no regresaba.
—No temas —me consolaba Martin—. Si hay algo seguro es que volverá. Nuestra actuación fue total¬mente convincente y la chiquilla estaba entusiasmada.
Yo también era de la misma opinión, de modo que seguimos esperando y nuestro deseo de volver a ver a aquella chiquilla de aspecto infantil aumentaba a cada minuto que pasaba. Mientras tanto se nos pasó la hora acordada para nuestro encuentro con la chica del pantalón de pana, pero estábamos tan concentra¬dos en nuestra blanca jovencita que ni siquiera se nos ocurrió levantarnos.
Y el tiempo transcurría.
—Oye Martin, creo que ya no vendrá —dije por fin.
—¿Cómo te lo puedes explicar? Si esa chiquilla creía en nosotros como en Dios.
—Sí —dije—, y ésa fue nuestra desgracia. Nos creyó demasiado.
—¿Y qué? ¿Acaso querías que no nos creyese?
—Probablemente hubiera sido mejor. El exceso de fe es el peor aliado —aquella idea me entusiasmó; empecé a divagar—: Cuando crees en algo al pie de la letra, terminas por exagerar las cosas ad absurdum. El verdadero partidario de determinada política nunca se toma en serio sus sofismas, sino tan sólo los objeti¬vos prácticos que se ocultan tras estos sofismas. Las frases políticas y los sofismas no están, naturalmente, para que la gente se los crea; su función es más bien la de servir de disculpa compartida, establecida de co¬mún acuerdo; los ingenuos que se los toman en serio terminan antes o después por descubrir las contradic¬ciones que encierran, se rebelan y al final acaban ver¬gonzosamente como herejes y traidores. No, el exceso de fe nunca trae nada bueno y no sólo a los sistemas políticos o religiosos; ni siquiera a un sistema como el que nosotros queríamos emplear para conquistar a la chiquilla.



Las Aventuras Del Valeroso Soldado Schwejk, de Jaroslav Hasĕk (Ediciones Destino, S. L., 1981, 384 pp.)

Este libro lo compré en Villarrica, en un puesto de venta de libros donados a un orfanato. La tienda consistía en un patio zaguán con varias mesas repletas de libros, que se vendían por tamaño y peso. Como este libro no era tan gordito, me costó, creo, 3 mil guaraníes, lo que sería algo así como $ 1,80. Una verdadera joya y un regalo inigualable. De allí me traje también, entre otros 30 libros, tres libros de Márai que aún tengo por leer, más baratos por ser más delgados, y a Roberto Calasso y Tommaso Landolfi, que fueron un poquitín más caros, pero cuyo costo no equivalía ni al 5% de lo que saldrían en una baratísima tienda de usados.
Hasĕk es, esto lo explica Kundera en El Arte De La Novela, un Kafka al revés. El personaje de esta novela, Schwejk, asume el absurdo de la burocracia apoyándolo completamente, fiel, esclavo, pero sin un ápice de angustia, siempre completamente contento con esta entrega de alma y cuerpo. Es imposible saber si esta actitud tan irónica es una particularidad que obedece a una cortedad de mente de Schwejk o simplemente a un estado de sabiduría ajena a una comprensión simple. La novela comienza con la primera guerra mundial. Schwejk es un criador de perros estafador, que al hablar con su sirvienta se entera de la muerte del Archiduque Fernando, luego de lo cual se inicia la guerra. Cuando la sirvienta le dice que han matado a Fernando, Schwejk no sabe de quién se trata, pues conoce a dos fernandos, y dice que el mundo no pierde nada con la muerte de alguno de los dos. Pero al enterarse de quien se trata, empieza una perorata en la que trata varios temas, entre ellos el sentimiento patrio. La novela transcurre así, caótica, entre grandes habladores. Hay monólogos en cada página, de Schwejk o de otros personajes, siempre en un tono epigramático y digresivo, que nos llevan a enterarnos de miles de historias de personajes de la Praga de principios de siglo, repleta de disparates y seres cobardes, de militares estúpidos y curas vividores; todos, por supuesto, grandes borrachos. Hay tanto alcohol y palabrerío en esta novela que uno termina completamente borracho en cada capítulo. Borracho sonriente, por supuesto, como las borracheras que se adquieren con compinches pintorescos y bastante entretenidos. Entre miles de historias, que nos hacen descubrir entre otras cosas que la digresión es un arte sumamente sutil, que yendo por los bordes de la cordura puede expresar tanto o más que la frase directa, nos enteramos de las andanzas de Schwejk, que van desde la cría y venta de perros falsificando su árbol genealógico e incluso su raza; hasta la cárcel militar; el servicio eclesiástico del ejército; los hospitales donde iban a parar los checos que fingían enfermedad para no ir a la guerra; los manicomios; las estaciones de tren y los trenes que transportaban soldados al frente; el sistema administrativo de la guerra; la distribución de alimentos y rangos; hasta llegar al frente. En esta novela pasan demasiadas cosas y a la vez no pasa absolutamente nada. Pues en una conversación de bar, que abarca varias páginas, los conversadores no hacen más que beber cerveza quietos en una mesa, y a la vez, como personajes de las mil y una noches, hilan retorcidas historias en que se da cuenta la historia del mundo, vista en detalles mínimos y llenos de humor y consignas. Las orgías de comida y bebida, y las orgías verbales, nos llevan directo a Rabelais, que como todos los libros checos que leí ese mes, parece ser el guía espiritual.
Cito párrafo:

-La verdad es que no sé por qué los locos se enfadan cuando los encierran. Allí uno puede arrastrarse desnudo sobre la hierba, aullar como un chacal, bramar y morder. Si uno quisiera hacer eso en cualquier otra parte la gente se extrañaría, pero allí es algo natural. Allí hay una libertad como ni siquiera los socialistas han podido soñar. Uno puede incluso hacerse pasar por Dios o por la Virgen María, o por el Papa, o por el Rey de Inglaterra, o por Su Majestad el Emperador, o por San Wenceslao, aunque este último estaba siempre desnudo y encadenado, solo y en una celda. Había otro que afirmaba a gritos que era el arzobispo pero lo único que hacía era comer y otra cosa, con perdón, ya saben, aquello que cuadra un poquito con la comida. Pero allí nadie se avergonzaba de hacerlo. Uno incluso quiso ser santos Cirilo y Metodio para que le dieran dos raciones. Y había también un señor en cinta que invitó a todo el mundo al bautizo. Había muchos actores, políticos, pescadores y scauts, coleccionistas de sellos y pintores. Uno estaba allí por unos potes viejos que él había llamado urnas cinerarias. Otro llevaba siempre la camisa de fuerza para no poder calcular cuando se acabaría el mundo. También encontré un par de profesores. Uno de ellos me seguía siempre y me contó que la cuna de los gitanos había sido Riesengebirge, y el otro me explicó que en el interior de la tierra hay un globo terráqueo mucho mayor que el de fuera. Todos podía decir lo que querían y lo que se les ocurría, como si estuvieran en el parlamento. A veces contaban cuentos y cuando a una princesa las cosas se iban mal se peleaban. El más salvaje era un señor que pretendía ser el tomo 16 del diccionario de Otto. Pedía a todo el mundo que le abriera y buscara la palabra “costurera de cartones”, porque si no estaba perdido. Solo se calmó cuando le pusieron la camisa de fuerza. Entonces se quedó tranquilo porque se pensaba que estaba en la prensa de encuadernación. Pidió que lo desviraran de una manera moderna. Allí se vivía en todos los aspectos como en el paraíso. Se puede gritar, aullar, cantar, llorar, balar, gemir, saltar, rezar, dar volteretas, ir a cuatro gatas, saltar sobre un pie, en corro, bailar, pasar el día agachado o encaramarse a las paredes. Nadie se acerca y te dice: “Caballero, esto no puede hacerlo; no está bien, debiera avergonzarse. ¿Y usted quiere ser un hombre culto?” Claro que también hay locos completamente tranquilos. Había un hombre muy culto, un inventor, que siempre estaba perforándose la nariz y al final un día dijo: “Acabo de inventar la electricidad”. Como digo, aquello era estupendo. Los pocos días que pasé en el manicomio cuentan entre los más hermosos de mi vida.


Conclusión del mes: los checos han hecho un fructífero pacto con el diablo para producir escritores geniales. La sátira política y social checa de este siglo, es tan intensa e insoslayable como lo fue en España hace un montón de siglos, con Quevedo a la cabeza. Y, también, la herencia de Cervantes y Rabelais, no tiene por qué volverse tan neurótica y metodológica para seguir produciendo obras originales.
Salud a todos.



martes, 5 de mayo de 2009

una fábula de svevo

"Un hombre generoso, regularmente, durante largos años, había dado pan todos los días a los pajarillos, y vivía seguro de que el ánimo de los mismos estaba lleno de agradecimiento hacia su persona. No sabía observar, este hombre: de haberlo hecho, habría notado que los pajarillos lo consideraban un imbécil a quien, durante tantos años, habían sabido robarle el pan, sin que él pudiera capturar siquiera a uno solo de ellos."


Una burla exitosa (1926), Ítalo Svevo.


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