jueves, 30 de abril de 2009

La gracia

“No hay nada más triste que la vulgaridad sin gracia”

Salvador Elizondo




1


Mi historia comienza hace tiempo, yo no sé leer, no sé pensar con claridad, a mí me han dado una voluntad. Yo era diferente y ahora he cambiado y estoy pasando una vida mejor.


Esta idea no la concebí yo, ni siquiera la estoy escribiendo yo. Ni siquiera concebí la idea de un texto que cuente cómo se dio mi cambio, mi aproximación a esta sociedad que se está creando y que hará notar a muchos, como lo noté yo en su momento, que la gente es buena, la gente quiere ayudar, la gente es más agradable de lo que parece. Es solo cuestión de cómo se trabaja con la gente el hacer que sea como verdaderamente es: buena.


Como yo no sé leer ni escribir, o tal vez sé pero ya no me acuerdo, el que escribe este texto es la misma persona que me dio la idea y la posibilidad de ser yo también una persona. Yo estoy contando esto ahora para que ustedes comprendan y colaboren. Necesitamos que la gente colabore.


Entonces, para mayor claridad de ustedes, pondremos dos nombres a los integrantes de esta historia. Serán Uno, yo, y Dos, el que escribe este texto. Yo conocí a Dos una tarde calurosa de febrero, yo estaba recostado contra la entrada del subte, en Callao y Corrientes, yo estaba entre la multitud de gente y Dos paró frente a mí y me dijo:


-¿Por qué estás tirado ahí?


Yo le dije lo que le decía a todo el mundo, de manera automática, le pedí que se aleje unos pasos si no iba a tirarme una moneda, para que otro que sí quiera hacerlo no encuentre obstáculo. Entonces Dos me dijo:

-Sos un ciruja espantoso, así quien te ve se asusta, das asco, no das lástima, no servís.


Yo ahora soy un hombre corregido. Tengo, creo, 36 años y estoy corregido y quiero operar mi corrección sobre muchos de mis compatriotas. Pero cuando Dos me habló yo era tal cual él me describió. Yo olía mal, yo tenía la nariz amarilla, yo no podía hablar con mucha claridad porque me la pasaba mucho rato repitiendo la misma frase:


-Ey, te sobra una moneda.


Y, en muy pocas ocasiones, me la daban.


Dos no me dio una moneda sino que me dijo que volvería al otro día con una mejora para mí. Yo no me acuerdo que dijo eso, yo no me acuerdo ni de cuando lo conocí, pero él sí, así que me lo cuenta y gracias a eso puedo relatarlo. No estoy haciendo más que relatar la historia de otro, que entonces era yo, a través de la voz de este que soy yo ahora, y a través de las manos de Dos que la escribe. Yo ahora soy Tres.




2


Tres está parado en una parada de colectivo, limpio, de sport, el cuerpo subordinado por una muleta, abatido por el cansancio de caminar en muletas. Cuando Tres se revisa los bolsillos, descubre que le faltan monedas. Entonces se acerca a la persona que tiene más cerca, extiende un billete de 10 pesos y le dice:


-Disculpe que la moleste, señora, pero olvidé el carné de minusválido y me faltan moneditas para pagarme el pasaje. ¿Sería tan amable de facilitarme unas monedas de cambio?


Todo el párrafo lo dice Tres en voz alta, para que lo escuche toda la fila. Varias cabezas voltean a mirarlo. En caso de que la persona a la que se lo pide no tenga monedas, siempre otra se le pone al paso y le tiende unos centavos. Tres agradece el gesto rápido y se embolsa la moneda. Inmediatamente Tres se aleja de la fila, sin preocuparse de dar alguna explicación. En pocas horas, Tres forma unas cuarenta filas en paradas de colectivos.


El billete de diez pesos es falso, la muleta es falsa, la limpieza es también falsa, porque bajo el pantalón y la chaqueta, Tres no tiene calzoncillos y la camiseta está agujereada y sucia. En poco tiempo de colecta, Tres había conseguido ahorrarse unos 600 pesos en monedas. No las gastó porque, desde el primer día, no supo qué hacer con el dinero. Buscó por muchos días a Dos, que le había regalado la ropa y el billete falso y le había preparado el truco. Quería pagarle. Pero Dos no se presentó sino recién al tercer mes, una madrugada en que Tres se disponía a dormir en su colchón de cartón bajo un banco en la plaza Congreso, utilizando las ropas limpias como almohada y abrazando la muleta. Dos se acercó a la cama de Tres bajo el banco y le dijo:

-¡Ey, ciruja! Despertate que te vengo a ver.


Tres se despertó, muy contento ante la aparición de su ángel. Antes de decirle una palabra, le indicó uno de los árboles de la plaza, con una señal para que lo acompañase hasta allí. Dos y Tres caminaron tranquilos hasta el árbol. Entonces Tres escaló el árbol, se metió entre las hojas de la copa, y apareció después con una bolsa grande de plástico. Una vez sentado con Dos en un banco, abrió la bolsa y adentro había un cofre de madera. El cofre, una vez abierto, se mostró lleno de monedas brillantes. Mientras le entregaba el cofre, Tres le dijo a Dos:


-Ya no entraban más así que estos días no salí a juntar monedas.


-Oh, muy bien, ciruja, hiciste muy bien. Ahora me llevo estas monedas y vos tenés el cofre vacío otra vez para que no tengas problemas. Mirá, ciruja, te quería hablar de algo más. Estoy armando una organización, vos tenés que saber que no sos el primer ciruja con el que trabajo. Mirá, hasta ahora hay once. Están distribuidos en todas partes. Es una organización anónima, una empresa de cirujas recolectores de monedas. Mirá, la empresa ya arrancó, vos sos el segundo cobro de hoy, el otro me dio setecientos pesos. Mucha plata, ciruja. Pero ahora vengo a pedirte un favor, necesito que hagas por mí algo. La empresa está en proceso de expansión: se llama “Repartamos la gracia de comer”. Estoy creando enlaces para exportar la idea, ¿me entendés? Los contactos que tengo son gente de altas esferas. Es una organización clandestina. Ya hay filiales formándose en Córdoba, San Pablo, en Medellín, Santiago y Asunción. Quiero poner tu testimonio para que los contactos sepan que funciona. Así los contactos van a organizar mejor a sus cirujas, ¿entendés? En todas partes hay cirujas, casi todos espantosos, pero con una buena organización se puede hacer muchísimo y necesito que vos me des una mano. ¿Estamos de acuerdo?




3


Lo más importante que quiero decir es que yo soy ahora una persona. Y puedo hablar con claridad, incluso escribir con claridad, porque tengo quien lo haga por mí. Yo ahora sé lo que es la dignidad humana, yo ahora sé que la gente es buena, yo ahora sé que necesitaba ayuda y la obtuve. Si ustedes trabajan en conjunto, muchos que eran como yo era, podrán ser como ahora soy, es decir, tener una vida mejor. Es por eso que es importante que organicen a gente que es como era yo, en las ciudades donde estén, para que así poco a poco puedan ser como yo soy ahora. Es todo lo que quiero decirles.




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miércoles, 29 de abril de 2009

Idea Vilariño



Ayer falleció la poeta uruguaya, que me encursiló la médula apenas la conocí y cuyos poemas siguen haciéndome el efecto de un temblor ontológico.
Entre los redactores de Marcha, fue una de las de más coraje; además, tradujo a tantos que gracias a ella conocimos en el Río de la plata (varios autores de la OuLiPo, por ejemplo).
Además, le dio unas cuantas buenas lecciones a Onetti. Y a todos los que la leímos y leemos.
Espero poder recuperar aquel libro que está hace más de 3 años en casa ajena.
Adiós, Idea (qué hermoso nombre, de paso).



a René Zavaleta

Por qué no volará en cien mil pedazos
esta escoria volante este puñado
de tierra y de dolor
aire y basura
si no habrá nunca paz
si no habrá nunca
una pura jornada de alegría.
A qué seguir rodando
tironeando de todo
ensuciando el planeta
y respirando junto con el aire
los aullidos de media humanidad
que no deja de aullar hasta la muerte
que no deja vivir porque entre aullidos
tenemos que comer
los que comemos
lavarnos la piel suave
los lavados
y leer poesía los leídos.
Eso es todo. O poco más.
Muy poco.
Atrapar retener lo que se pueda
lo que nos den de amor o lo que sea
mejores dividendos
televisores autos o fusiles
con mira telescópica
el renombre
el poder.
Es muy poco. No paga
la amargura el estorbo la molestia
de tantas privaciones
el silencio imposible
la soledad imposible
o la dicha imposible.
Por qué no volará en cien mil pedazos.
Si no habrá nunca paz
si lo obligado
lo que puede limpiarnos la conciencia
es salir a matar
limpiar el mundo
darlo vuelta
rehacerlo.
Y tal vez y tal vez
y tal vez para nada
tal vez para que a poco
vuelvan los puros a emporcarlo todo
a oprimir a vender
a aprovecharse
acorralandonós
cerrando las salidas.
Tal vez para que antes
de morir nos sintamos obligados
una vez más a oír
a levantarnos
otra vez otra vez
a hacernos cargo
y tengamos una vez más
de nuevo
que salir de limpieza.
Por qué no volará en cien mil pedazos.



EL MAR

Tan arduamente el mar,
tan arduamente,
el lento mar inmenso,
tan largamente en sí, cansadamente,
el hondo mar eterno.

Lento mar, hondo mar,
profundo mar inmenso...

Tan lenta y honda y largamente y tanto
insistente y cansado ser cayendo
como un llanto, sin fin,
pesadamente,
tenazmente muriendo...

Va creciendo sereno desde el fondo,
sabiamente creciendo,
lentamente, hondamente, largamente,
pausadamente,
mar,
arduo, cansado mar,
Padre de mi silencio.



SI MURIERA ESTA NOCHE

Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.



TE ESTOY LLAMANDO

Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.

Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.

Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.



CARTA II

Estás lejos y al sur
allí no son las cuatro.

Recostado en tu silla
apoyado en la mesa del café
de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
-estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero-.
Estoy pensando en ti ya hace una hora
tal vez media
no sé.

Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje negro
y me pasaré el peine.

Iré a cenar
es claro.

Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
que me importa en el mundo.



YA NO

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.

Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.

No volverá a tocarte.

No te veré morir.




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lunes, 27 de abril de 2009

Evolución de la Fábula





El dragón X conversa con el dragón Y y dice:

―Ey, te cambio mi princesa.

El otro no se niega. El dragón Y, que vive muy al sur del dragón X, lleva y trae princesas. El dragón Z, que aterroriza las tierras del medio, lo ve pasar y lo llama:

―Ey, no me gusta mi princesa, te la cambio.

El mismo tampoco se niega esta vez. Cambian. Z se aburre pronto de la princesa de Y, que antes fue de X, y vuela a reclamarle a éste, que está ausente porque fue a visitar a Q, que vive al este. Al llegar, los tres dragones entablan una charla casual en donde se sorprenden al descubrir que ninguno está satisfecho con la princesa que aprisiona. Deciden intercambiarlas. Q ahora tiene la que era de Z, que antes fue de Y, que antes fue de X. Por lo demás, Z y X se reparten el par sobrante. El trueque se hace popular entre todo el abecedario de dragones. Los caballeros de los reinos del norte van al sur en vano, porque días antes la princesa que buscaban fue negociada al oeste, o quizás al noreste, pero existe la posibilidad de que esté en el mismo norte, por lo que la travesía llena de aventura y peligro ha sido en vano.

Pronto, príncipes y caballeros se confunden a tal punto que toda expedición que involucre un asunto de princesas ya no les entusiasma en lo más mínimo y ni se inmutan en las tabernas cuando llegan noticias de un secuestro. A falta de otra cosa, se acomodan en los taburetes y se aconcubinan con camareras; las armas se transforman en herramientas y las armaduras en pantalones. Enseguida descubren la billetera. Los dragones también, que le han encontrado mejor uso a la princesas. Esta es la razón por la que hoy en día, durante el servicio, hay un instante de duda en el cliente: aún siente deseos de rescatar a la puta.



(Cuento de Nicolás Granada. Este cuento fue publicado en la Revista del Taller Abrapalabra Nº 2 y 3, y en el libro de Nico, "Que de mi piel un robot haga origami", ambas publicaciones de Ediciones de la Ura.)
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viernes, 17 de abril de 2009

Medios de transporte


Estuve en el cumpleaños hasta pasada la medianoche. Luego fui a la estación de Haedo, a esperar el tren de las 00:52. Las calles estaban desiertas y oscuras, pero las casas burguesas y las veredas cuidadosamente limpias las hacía confortables. Hacía mucho frío. Llegué media hora antes a la estación, no había nadie en los andenes, salvo un guardia. Crucé el molinete sin pagar boleto. Nadie paga boleto a esta hora, sin embargo el guardia me miró como dudando entre reclamarme o no. Entonces le pregunté si aún había trenes. Yo sabía que sí, pues al venir a Haedo tres horas antes me había fijado en los horarios. Sí, me dijo el guardia.

Fui a un banco cerca del kiosco de la estación, que está bajo techo. Todo se veía bastante desolado. Abrí el libro que estoy leyendo, “El arte y la masa”, de Elías Castelnuovo. Leí unas 20 páginas, dudando entre si el autor era un fanático mal intencionado o simplemente un fanático.

Escuché pasos a mi lado. Un hombre calvo, de 40 años, flaco y muy abrigado, caminó hacia mí. Cuando estuvo a pocos pasos noté que llevaba anteojos. Tenía una pinta muy frágil y caminaba con pasos miedosos.

¿Todavía hay trenes, macho?, me preguntó con aire canchero.

Sí, respondí.

Siguió caminando y se sentó en un banco a pocos metros del mío. Poco después sacó un libro grueso y se puso a leer. Lo miré un rato, después volví a mi libro.

Castelnuovo decía: «… para encontrar el origen y la función del arte no es posible sacarlo del marco de la sociedad, supuesto que es la sociedad quien lo produce y consume sus frutos sistemáticamente. Tolstoy, en cambio, se sumerge primero en el abismo pletórico de sombras de su propia cabeza como si adentro de su cabeza estuviese la sociedad y, enseguida, realiza otra inmersión más profunda todavía en el abismo mucho más sombrío aún de la cabeza del Padre Eterno…» Me puse a pensar en la cabeza de Tolstoi y me abstuve de pensar en la cabeza del padre eterno. Pues, ¿qué iba a encontrar allí?

Me levanté y caminé hacia las vías. El tren venía acercándose a unos doscientos metros.

Viene el tren, dije al tipo que seguía leyendo.

Sí, gracias, respondió.

El tren se acercaba lentamente, tembloroso, como si fuera a destartalarse en cualquier momento. Caminé a la punta del andén para subir al primer vagón. Sin embargo, subí al segundo, porque estaba más habitado. En el primero solo había un linyera y un perro durmiendo. Era un vagón muy deprimente. En el segundo, algunas señoras, ocho o diez tipos esparcidos por ahí, dos guardias. Ocupé asiento al lado de un hombre gordo que dormía. El tren olía a sudor y hollín, miles de personas habían pasado por él dejando un resto vago de su peor aliento. Dejamos la estación tambaleándonos. Volví a abrir el libro, pero no pude empezar a leer porque escuché que alguien hablaba a los gritos. Tres asientos detrás del mío, un jovencito, morocho, de gorro y campera, preguntaba dónde estábamos. Miré a los guardias y comprendí: lo estaban vigilando a él.

Estamos en Haedo, vamos para Ramos Mejía, le dijeron.

El de gorro cambió de asiento y sentó en uno delante del mío, frente a los guardias parados que lo miraban con desprecio. El de gorro estaba atento a las calles que íbamos pasando, parecía perdido y ansioso. Llegamos a Ramos y preguntó si estábamos en Once. Tenía la voz pastosa, borracha.

Ramos Mejía, le dijo un guardia.

Avisame cuando estemos en Ciudadela, dijo. Nadie le respondió. En la estación de Ramos no subió nadie. El tren avanzó tambaleándose, chirriando.

Estamos en Ciudadela, le dijo un guardia al tipo del gorro, cuando paramos en la siguiente estación. Entonces el del gorro se levantó, se acercó a las puertas del tren y gritó: ¡Fuerte Apache! Y volvió a sentarse. Poco después se levantó de vuelta y se dirigió hacia los vagones del fondo. Los guardias fueron tras él. Recién entonces advertí, al mirar a los demás pasajeros, la tensión que había en nuestro vagón. Las caras de las señoras se relajaron, y también la de los hombres y yo, también, me relajé.

En la estación de Liniers subieron dos tipos, de alrededor de treinta años. Uno iba en bermudas y campera, con barba y cabellos cortos. El otro era muy flaco, iba abrigado con un buzo negro. Se sentaron en asientos al lado del mío. Hablaban, pero por el fuerte ruido del tren, no escuché nada de lo que iban diciendo.

¡Fuerte Apache!, escuché que gritaba el tipo de gorro. Su voz venía del vagón detrás del nuestro. Con pasos apurados caminaba de vuelta hacia nosotros, seguido de los guardias.

Se sentó en un asiento delante del mío. Cuando vio a los hombres que subieron en Liniers, les preguntó:

¿Ustedes son de Fuerte Apache?

San Justo y Ramos Mejía, le respondió el tipo de barba y bermudas.

El de gorro entonces se levantó y fue a sentarse en un asiento delante de ellos.

Yo soy de Fuerte Apache, mucho gusto, dijo, y les tendió la mano. Los dos hombres se la estrecharon afectuosamente.

¿Qué es lo que te pasa a vos?, le dijo el tipo de bermudas.

Ya quiero llegar a Once.

¿Para qué? ¿Qué tenés que hacer ahí?, dijo el de Bermudas.

Tengo que ir a laburar. ¿Venís conmigo?

El de gorro hablaba a los gritos y el de bermudas le respondía comedido.

¿Por qué andás gritando así? Parecés loco. Andate con cuidado.

A pesar de lo que decía, el hombre de bermudas le hablaba con una voz amable al de gorro, sin intención de ofender.

Yo siempre tengo cuidado.

Contame qué te pasa, insistió el de bermudas.

Salí hoy.

¿Cuánto tiempo?

Dos años y medio. Robo a mano armada.

¿Y ahora querés entrar de vuelta? Yo también estuve ahí y no vale la pena que te vuelvas. ¿Qué vas a ir hacer?

Voy a laburar. Tengo una hija. ¿Venís conmigo?

Yo también tengo familia. ¿Por qué no te cuidás? ¿Qué tomaste?

Nada, nada. Ni una pastilla. Yo no hago más eso.

¿Y ahora querés volver? ¿Por qué?

¿Vos dónde vas?

A Caballito.

¿Vas a laburar ahí?

Sí, pero no es lo que pensás. Es otra cosa. ¿Por qué no te quedás tranquilo acá con nosotros y en Caballito te tomás el tren de vuelta a tu casa?

Tengo que ir a laburar. ¿Venís conmigo?

Y ahí en Once qué es lo que vas a hacer. Sabés que te van a agarrar.

Yo tengo cuidado, dijo el de gorro, y se palpó el pecho de la campera.

¿Qué tenés ahí?, dijo el de bermudas.

Una 38.

Ja, ¿para qué hacés eso? Sos joven, ¿por qué no te volvés a tu casa y estás con tu hija? ¿Cuántos años tenés?

20.

¿20? Pero si sos un pibe vos. Por qué te hacés esto… Sabés que no vale la pena.

Si voy contigo a Caballito, ¿vos venías conmigo después a Once?

No puedo ir. Tengo que laburar, ya te dije.

El tren acababa de dejar la estación de Floresta. Yo tenía que ir hasta Caballito y de ahí tomarme un colectivo hasta Palermo. Pero por lo que escuché, espantado, decidí bajar una estación antes, en Flores. ¿Por qué no iba a hacerle caso a una corazonada, a la una y media de la mañana, en Buenos Aires? Me paré en la puerta. Los tipos seguían conversando, pero ya no les podía escuchar.

Cuando entramos a la estación de Flores, planeé mi desembarco. Caminaría rápidamente, sin mirar a los costados, hasta salir de la estación. Luego doblaría a la derecha, cruzaría las vías, mirando una vez a los costados por si venía alguien sospechoso y me dirigiría hasta la plaza. Allí podría relajarme, pues está medianamente iluminada y siempre hay gente.

Hice todo tal cual. Al cruzar las vías, vi un grupo de chicos que fumaban paco en la vereda por la que yo avanzaba. Cambié de vereda. Una parrilla estaba abierta y dentro unos tipos tomaban cerveza haciendo gestos bruscos con las manos. Reían. La plaza estaba desierta, oscura. Caminé rápido sin mirar nada particular. Crucé la avenida Rivadavia, sin saber si doblar a la derecha o a la izquierda, en busca de la parada del 141. Doblé a la izquierda. Ningún cartel indicaba el 141. Retrocedí mi camino por una cuadra, hasta encontrar el cartel correcto. La calle estaba muy mal iluminada, sucia, con olor a pis. Pasaban pesados colectivos con pocos pasajeros. Frente al cartel de la parada, un cyber-café colgó un cartel: “A partir de las 00 hasta las 02, libre por $2”. El cyber-café tenía la puerta enrejada y no dejaba ver lo de dentro. Pero sus luces estaban encendidas. Al lado había un kiosco abierto. Dos tipos de más de 60 años, uno de ellos fumando un largo cigarrillo, hablaban con el kiosquero que no se dejaba ver. Miré mi reloj: 1:35. Me senté en la vereda a esperar.

El tipo del cigarrillo frente al kiosco tenía abundantes cabellos blancos, con apenas un breve asomo de calvicie en la frente. Era bajito, encorvado. El otro, que no fumaba, era en cambio un tipo bastante alto. No se quedaba quieto, daba un paso hacia adelante, a los costados, volvía a acercarse al kiosco. Sus maneras eran delicadas, como si en todo momento quisiera dar a entender que era alguien educado. El del cigarrillo en cambio, tenía maneras avaras como las de un prestamista de barrio.

Si yo te digo que es un buen tipo, es porque es un buen tipo, metete eso en la cabeza, dijo el del cigarrillo al kiosquero que no se dejaba ver.

El cigarrillo se le consumió al viejo y entonces lo arrojó con un ademán violento a la vereda. Parecía enfadado, pero sin perder el buen humor.

Yo te digo que va a venir de vuelta por acá, dijo.

Luego hizo una pausa, lo que seguramente se debió a que el kiosquero le hablaba. Pero al kiosquero nunca pude oírle la voz.

Me paré a mirar si alguno de los colectivos que venían por Rivadavia era el 141 y cuando comprobé que no, volví a sentarme. El viejo tenía otro largo cigarrillo en la mano. El tipo alto que estaba con él, le pidió unos caramelos al kiosquero.

Si vos le decís que son cuatro con treinta, y son cuatro con treinta, no va a tener problema. En cambio si le decís que son ocho pesos ahí ya no sé, dijo el viejo del cigarrillo.

Pausa del kiosquero.

Sí, sí. Yo no te digo nada por eso. No te lo puedo garantizar, dijo el viejo del cigarrillo.

Un coche gris se acercó despacio por Rivadavia, encostándose contra la vereda donde yo esperaba el colectivo. Estacionó treinta metros más adelante. Bajó del coche un tipo gordo, alto, con remera negra. Tocó el timbre del cyber-café. La puerta chirrió y el tipo gordo entró.

Antes de salir de Haedo, fui al baño previniendo el desastre. Soy un tipo meón. En la parada del 141, sin perspectivas de que se acerque un colectivo, me volvieron a dar ganas de mear. El pis se me acumulaba en el estómago provocándome acidez. Pero no quería levantarme a mear, pues si se acercaba el colectivo lo iba a perder. Abrí el libro de Castelnuovo, pero el párrafo que leí no me dijo nada. Lo cerré, encendí un cigarrillo. Al otro lado de la calle avanzaba lentamente un camioncito del gobierno de la ciudad. Del camioncito salía una manguera sujetada por un tipo de uniforme de limpieza que regaba las veredas con un chorro neblinoso y potente. Despedía un olor a humedad que se mezclaba con el del combustible de la Avenida Rivadavia. Delante del tipo de la manguera iba otro tipo que con una bolsa recogía latas y botellas. Detrás del tipo de la manguera iba otro que con una escoba iba barriendo la calle. El chorro de la manguera aumentaba mis ganas de mear.

¿Y vos te creés que todo es así nomás?, dijo el viejo del cigarrillo.

Pausa del kiosquero.

La otra vez estuvimos hasta las cinco de la mañana y no pasó nada, dijo el viejo del cigarrillo.

Su compañero alto estaba parado mirando la calle. Parecía ensimismado y la vez atento a la conversación.

Una pareja bajita abrió la puerta de la casa al lado del kiosco. El hombre tenía una botella de gaseosa en la mano y la mujer los cabellos despeinados. Iban en sandalias, abrigados con buzos. El viejo del cigarrillo guardó silencio mientras la pareja recogía el embace lleno y volvía a entrar a la casa. Una pareja de hombres cruzó Rivadavia y se paró frente al kiosco. Eran un hombre de unos cincuenta años y el otro parecía el hijo, como de veinte, pelo largo atado en coleta. El padre hizo un chiste a los viejos del kiosco, que no entendí, y todos rieron. Miré de vuelta a ver si venía el colectivo. Nada. 1:50 am. Tenía ganas de mear.

A las dos de la mañana los viejos seguían su misteriosa conversación con el kiosquero y yo estaba tan atento a retener el pis y esperando el colectivo, que no entendí mucho de lo que iban diciendo. La puerta del cyber-café se abrió y salió una mujer alta y de piernas flacas. El pantalón ceñido le marcaba un culo voluminoso. Dijo gracias y caminó rápido rumbo a la plaza, meneando cándidamente las caderas. Detrás de la mujer salieron ocho tipos. Cuatro de ellos de menos de veinte. Otro, mayor, tenía un casco en la mano y le hablaba a uno que parecía el dueño del cyber café. El del casco le hizo un chiste a los cuatro más jóvenes, con palabras que no entendí, pero estos no rieron. Solo rió el dueño del cyber-café. Son unos chorros ustedes, dijo riendo, tienen que tener cuidado que no los agarren, reía, ja, me equivoqué, dijo, son putos. Los cuatro chicos no le hicieron caso y se fueron caminando en silencio. Otros dos tipos que también salieron del cyber-café, se quedaron parados frente a la puerta, como decidiendo qué camino tomar. Luego marcharon hacia la plaza. El del casco le hablaba al dueño del cyber-café, que escuchaba riendo.

La tipa mandó una carta documento que empezaba diciendo: les mando esta carta documento porque…, ja, ja, así empezaba la carta documento, dijo el del casco, y reía. El dueño del kiosco reía bajito, con desinterés.

La vereda de enfrente ya estaba limpia y el camioncito se veía a varias cuadras de distancia, moviéndose lento, paciente. Al tipo de la manguera ya no lo podía ver. Yo estaba harto y con demasiadas ganas de mear. Volví al libro de Castelnuovo: otra frase incomprensible. Sin embargo, seguí leyendo para distraerme.

Y ahora vamos a ver cómo solucionamos el problema, pero va salir bien. Como dicen, dale tiempo a dormir a tu enemigo que siempre se muestra durmiendo, dijo el del casco. Una frase verdaderamente estúpida. Volví a fijarme en los viejos del kiosco, que seguían hablando, pero no pude oír sus palabras porque el del casco hablaba muy fuerte.

Dos y veinte de la mañana. La acidez me causaba mareos. El cyber-café había cerrado las puertas y la pareja de viejos seguía en el kiosco. Miré la calle desierta y ubiqué a unos metros de mí un zaguán. Caminé rápido y me puse a mear. Me salió un chorro potente y doloroso, pero era a la vez infinitamente placentero. Era tan placentero que quise acostarme allí y seguir meando para siempre. Mi cabeza dio vueltas, como en un carrusel. La acidez desapareció enseguida.

Cuando volví a la parada una pareja joven se acercaba conversando. Yo me senté bajo el cartel y la pareja se paró a mi lado. El chico tenía la cabeza rapada y una barba al ras, bastante abundante. Sus ojos redondos y la tez de quien nunca tomó sol, sumado a una boca enorme, me hicieron concluir: es un tipo espantosamente feo. Sin embargo, sonreía mucho al hablar y su voz era dulce, lo que le hacía parecer una persona agradable. La chica era bajita, tenía puesto unos ajustados jeans que le marcaban unas bonitas piernas de adolescente. Botas en los pies, saco negro al cuerpo. Su pelo era corto, peinado infantil, boca pequeña pero labios carnosos. Era medianamente atractiva. Los dos hablaban riendo.

Yo necesito urgentemente plata, estoy en la lona, dijo el tipo. Hace dos semanas que quiero cobrar una platita. No doy más, no sabés, dijo, meneando el cuerpo al hablar.

¿Y qué pasó con eso de irte?, dijo la chica. Tenía acento de Misiones.

Y ahora no sé. Yo lo que quiero hacer es alquilar mi parte del departamento para tener una platita. Pero depende de mi hermano. ¿Viste que tendría que compartir todo con la otra persona?

Sí, parece que él no tiene muchas ganas, dijo la misionera. Su acento la embellecía un poco más.

Y sí. Bueno, con esa plata yo podría pagar los gastos del departamento y tener una reserva. Y sí me quiero ir. Yo quiero estar en esta ciudad cada tres meses nomás, un rato. No está muy bueno todo el tiempo.

Pero tu barrio es muy lindo, dijo la misionera.

Sí, está buenísimo. La gente es copada, hay de todo, está bueno vivir acá.

El barrio donde estoy es una mierda.

¡Sí! Es un barrio re-facho. La gente es malísima, re-hija de puta. Por eso está bueno vivir acá. Se siente más lo que es Buenos Aires.

Al hablar, la misionera apretaba sus brazos contra sí, protegiéndose del frío. El tipo no paraba de hamacar el cuerpo. Ella miraba al tipo con simpatía mientras hablaba, y el otro miraba hacia cualquier lado. Sin embargo le sonreía todo el tiempo a la misionera. Parecía estar en plan de conquista, pero sin dejarlo notar demasiado, como quien no quiere la cosa.

Mi hermano no parece muy dispuesto a ceder con el departamento, dijo el tipo. A mí me hace re-falta conseguir plata. Tengo un laburito de trescientos pesos que no puedo concretar. Estoy re-pendiente. Son quince minutos de laburo nomás. Un flayer que tengo que hacer…

¿Y qué pasó con eso de las fotos?, dijo la misionera.

¡Ah… cierto! Me había olvidado. Y depende del Fabi, ¿viste que las fotos son de él? Ja, ja. En realidad yo quiero armar un videíto con las fotos, no se va a poder negar. Ya tengo todo y hasta donde lo podría vender. ¿Te imaginás? Estaría buenísimo.

Ya hace rato que no sé nada de él.

Y anda por ahí, laburando como siempre.

¡Hola, señores!, dijo una voz a mi lado. Volteé a mirar. Era un carritero que le hablaba a los viejos del kiosco. ¿Cómo andan por acá, buena gente?, dijo el carritero. La otra vez pasé por acá y me pasaron ropas y frazadas para los chicos de mi barrio. ¿Vieron que está jodida la cosa? Nadie tiene laburo, está duro todo. En un ratito repartí todo lo que me dieron…

Mirá, dijo el viejo del cigarrillo, yo no te quiero decir nada pero los padres son todos chorros. No vale la pena que se les dé nada. Total van a venir después a robar. Total se van a llevar nomás lo que quieren. ¿Para qué tenemos que darle también nosotros nada a ellos?

Sí, dijo el carritero. Pero mire que no es para los padres. Sino para los chicos, ¿me entiende? Yo solamente llevo cosas para los chicos, ¿me entiende? Nada para los padres. Solo ropas de chicos, frazadas, cualquier cosa que les pueda servir.

Si es así entonces está bien, dijo el viejo del cigarrillo. Y se pusieron a reír.

El carritero dejó el carrito en la vereda y le estrechó la mano a los viejos del kiosco.

Hace rato que no venías por acá, che, dijo el viejo alto.

Y ya ves, uno anda ocupado, dijo el carritero. Reían. Dejé de mirarlos.

¿Decís que va a venir el 141?, preguntó la misionera.

Claro, dijo el tipo. Yo ya estuve dos horas esperando el colectivo.

¿Dos horas?

Sí. Una vez volviendo de Congreso.

¡Pero en dos horas podés volver caminando!

Lo que pasa es que yo vivía lejos. Tenía que ir de Congreso hasta la casa de mi vieja, iba a tardar más de dos horas caminando. ¡Es re-lejos!

¿Y dónde queda?

Está entre Mataderos y Villa Lugano…

¿Villa Lugano no era muy peligrosa?

Sí, una parte. Pero yo vivía de este lado de la Avenida General Paz. Es un barrio re-lindo, con árboles, limpio. Vivía mi vieja ahí y yo estuve unos años con ella.

¿En serio?

Sí. Re-bueno estaba.

Me paré a mirar si venía el 141. Nada. Encendí un cigarrillo.

Entonces el tipo me pidió fuego. Le encendí el pucho, me dijo gracias, y dando una bocanada le siguió explicando a la misionera.

No me acuerdo qué estaba haciendo, hace mucho ya. Me acuerdo que contaba los colectivos. ¡Llegué hasta cien! Nunca pasó el mío.

Ja, ja… ¿En serio?

Sí, boluda. No me podía concentrar en nada. No había nada para mirar. Un bajón fue. Pero igual yo ya tenía mucha experiencia con colectivos. Una madrugada tomé un colectivo vacío en Castelar y desde ahí vine parado hasta la casa de mi vieja.

¿Estaba lleno?

¡No! Vacío estaba. Lo que pasa es que si me sentaba me iba a dormir.

Ahh…

Estaba molido. No sabés lo que fue…

Me imagino, dijo riendo la misionera.

Qué historia estúpida, pensé. ¿Por qué no la abraza y simplemente le planta un beso? A esta hora y con el frío no hay quien se resista. Pero el tipo seguía con historias.

Hay un montón de técnicas para aguantar, dijo el tipo. Una es contar los colectivos como si fueran sucesivos. Si viene el 93, el siguiente tiene que ser el 94. ¿Entendés?

Como ya no quise seguir escuchando volví a mirar hacia el kiosco. El carritero se había marchado y los dos viejos seguían conversando animadamente con el kiosquero. El más alto parecía cada vez más distraído y el del cigarrillo, que todavía fumaba, se veía más tenso.

Sí… cada vez está más jodida la cosa, dijo el viejo del cigarrillo. Pero uno tiene que plantarse, sino ¿dónde paramos? ¿Entendés?

Pausa del kiosquero.

Yo le dije muchas veces que no se dejara llevar, dijo el viejo del cigarrillo. A este también ya le conté, dijo señalando a su amigo alto. ¿Verdad?

El alto asintió.

Pero es un cabeza dura, continuó el viejo del cigarrillo.

¿Sabés por qué tengo face-book?, escuché en la voz del tipo que le hablaba a la misionera. ¿Ya te conté?

No me contaste… No sabía que tenías fece-book, dijo la misionera.

Es una historia re-loca.

Contame…

¿Vos ya sabías que tengo una hermana de padre que no conocía?

No…

Y tengo una hermana. Es unos años menor que yo. Y hace unos años me dijeron, cuando salió recién el face-book, que servía para encontrar gente. Entonces me inscribí.

¿La encontraste allí?

Sí. Re-loco fue. Ella no sabía que tenía un hermano. Siempre creyó que era hija única. Un flash fue.

¿Y ya la viste?

No, todavía no. Nos escribimos mails. Tenemos una relación re-linda…

¿Pero por qué no la viste?

Y no sé… ¿Viste que estas cosas son difíciles? No sé… Yo le doy tiempo, ¿ves? Para que asimile la historia. No le debe ser fácil. Pero nos escribimos siempre, nos contamos cosas.

Qué flash…

Sí, es un flash…

¿Y qué vas a hacer?

Y no sé. Ya nos vamos a conocer personalmente, me imagino. Alguna vez tiene que pasar.

¿Ese que viene es el 55?

¡Sí! Buenísimo, boluda. ¿Viste que iba a venir?

La misionera se acercó y le dio un abrazo al tipo.

¿Nos vamos a ver el fin de semana?, dijo la misionera.

Sí, mandame un mensajito y ahí me avisás. Si no escribime. &$&%$&%$@hotmail.com. ¿Te vas a acordar?

Sí, dijo la misionera ya desde dentro del colectivo. ¡Te llamo el fin de semana!

2:35 am.

Recién ahí caí en cuenta. La misionera esperaba el 141 y se tomó el 55. ¿A mí me llevará también el 55? Miré el cartel donde figuraba el 55. Me dejaba en Serrano, a 6 cuadras de casa. Qué mierda.

Los viejos se estaban despidiendo del kiosquero, que tras los chicles y caramelos dejaba ver una mano regordeta. Los viejitos se fueron y yo quedé solo, sin siquiera tener ganas de mear. Abrí de vuelta el libro de Castelnuovo. Otra frase incomprensible. Me paré a ver si venía el 141. Nada. Entonces miré otra vez el cartel de la parada. Aparte del 55 y el 141, allí también paraba el 36, que me dejaba en Gascón, también a 6 cuadras de casa. Bien, me dije. Tengo tres colectivos y no viene ninguno. Puta mierda.

Caminando por Rivadavia se me acercó un tipo grande, de pelo largo, llevaba una botella de plástico con cerveza adentro.

¿Tenés un pucho?, me dijo.

Yo me armo los cigarrillos. Tengo una estúpida maquinita que cada vez que quiero fumar debo llenar de tabaco, lamer un papelillo y ser cuidadoso para que salga un pucho perfecto. No iba a hacer ese trabajo.

No, le dije al tipo.

¿Y tenés 25 centavos?

Eso sí, le dije, y le extendí una moneda de 50 centavos.

¿Vos sos de Puán?, me preguntó.

No, le dije.

Ahhh… Ando re-perseguido, dijo. Gracias, viejo, dijo, y se marchó.

Unos minutos después paró en la vereda de enfrente una camioneta de Prosegur, de los que llevan plata. Paró frente a un cajero automático. Bajó un tipo con una escopeta, vestido de negro, cara de matón, fornido. Caminó alrededor del cajero. Cuando acabó la inspección, bajaron dos más que se acercaron al cajero automático. Los estuve mirando por unos largos minutos, pero por la oscuridad y la distancia no pude ver las bolsas en que llevaban la plata.

¡Ey!, me dijo una voz detrás de mí. Di vuelta y vi a un par de chicos de no más de 16 años. ¿Dónde es la parada del 73?, me preguntó uno.

No sé. Frente a la plaza, creo, les dije.

Gracias, me dijeron y siguieron hacia la plaza. Mirándolos caminar, vi que un carro de cartoneros estaba recorriendo la calle, tirada por un señor que parecía bastante cansado. Los dos chicos se acercaron al cartonero y se quedaron hablando con él un rato. La camioneta de Prosegur seguía frente al cajero automático y el matón de la escopeta seguía dando vueltas de aquí para allá. El señor del carro se sentó en la vereda con los chicos y encendió un cigarrillo. Yo también encendí un cigarrillo.

Cuando la camioneta de Prosegur se fue, vi que los chicos cruzaron la calle y se pusieron a esperar el colectivo en la garita que quedaba justo enfrente de mí. Ambos se sentaron pacientemente, sin mirarse ni hablar. Parecían experimentados esperadores de colectivos.

Me paré a mirar a ver si venía el 141. Nada.

Me mantuve parado, pues comencé a tener frío y me volvieron las ganas de mear. Caminé unos pasos a mi derecha, otros a mi izquierda, y volví bajo el cartel de la parada. Entonces vi al tipo que me había pedido un cigarrillo hablándole a los dos chicos. Le dieron un cigarrillo y haciendo gestos exagerados se marchó hacia la plaza. Minutos después, paró un colectivo al que subieron los dos chicos. Salvo yo y el kiosquero que no se dejaba ver, no había nadie.

Saqué tabaco de mi bolso, lo puse en la maquinita, deslié un papel y me armé un pucho. Cuando estaba por encenderlo, se acercó detrás de mí un chico que caminaba apurado. Paré mi gesto.

¿Tenés fuego para darme?, me dijo el chico. Tenía unos 15 años, rubio, estaba bastante sucio de grasa, como si viviera en el motor de un coche o en los túneles del subte. Un bolso le colgaba del brazo, también bastante sucio.

Sí, le dije, y le extendí el encendedor.

Pero yo necesito un fósforo. ¿Tenés uno para darme?, me dijo.

No, este es el único fuego que tengo.

Yo necesito un fuego grande, ¿entendés? Para prender algo. Tiene que ser un fuego potente.

Yo solo tengo este fuego.

Pero lo necesito ahora. Yo no te quiero robar ni nada, solo necesito un fuego grande.

El chico parecía bastante ansioso, casi desesperado. Me asustó.

Acá en la calle y a esta hora podés fumar lo que querés, usá nomás mi encendedor, le dije.

No me entendés. Necesito un fuego para usar, me dijo.

Este es mi único encendedor…

Lo que necesito es una moneda de un peso así le compró un fósforo al kiosquero, ¿no tenés una?

No, tengo solo las del colectivo… Pero si le pedís al kiosquero te va a dar un fósforo, que podés prender contra el piso en cualquier parte.

No me entendés… Lo que yo necesito es un fuego grande… Dejá nomás. Gracias, dijo, y se fue.

Me quedé mirándole mientras se alejaba hacia la plaza. Iba apurado, con el cuerpo tenso.

Volví a sentarme bajo el cartel de la parada y encendí el cigarrillo. Pucho llamador, como le dicen, apenas di una calada vi que se acercaba un 55. Extendí la mano, feliz, casi salté al colectivo.

Buenas noches, dije al chófer. Serrano y Córdoba.

1,25, dijo el chofer.

Coloqué las monedas en la máquina de boletos. Luego me senté cerca de la puerta. La noche estaba hermosa y oscura. El colectivo avanzó como si tuviera las calles en préstamo por poco tiempo. Más de 80 km por hora. Pero dentro del colectivo no se sentía nada. En Acoyte subió una pareja que vestía igual: pantalones de jeans gastados, botamangas dobladas. Los dos eran bajitos y usaban el pelo corto. Saqué el libro de Castelnuovo y leí este título Darwiniano: EN UNA SOCIEDAD SANA Y VIGOROSA EL ARTE ES LA EXPRESIÓN DE SU VIGOR Y DE SU SALUBRIDAD, MIENTRAS QUE EN UNA SOCIEDAD ENFERMA Y PODRIDA EL ARTE NO ES MÁS QUE UN SÍNTIMA DE SU ENFERMEDAD Y SU PODREDUMBRE. Cerré el libro.

Los lacanianos y los marxistas tienen algo en común, pensé, borracho por la madrugada y el sueño: el saber y la ontología nace y muere en estos personajes. Son incorregibles.

Llegué a casa poco después. No había nadie esperando.






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