1
Hace unas horas hablé con Charles y le dije que quería escribir un artículo en forma de diarios de almuerzo sobre algunos copetines del centro asunceno. Luego estuve revisando anotaciones, comentarios al respecto, repasando anécdotas que me contaron o que viví, pues, como la mayoría de los asuncenos, ya he estado en algunos. Al final, no encontré nada interesante. La primera dificultad: ¿qué es exactamente un copetín? Yiyo Caputo me dijo al teléfono: Un copetín acá se le dice a un barcito que abre de día, donde también se come. Es una definición incompleta, pues los barcitos de día son aún simplemente bares, y por lo demás algunos copetines también abren de noche. Lo que pasa, Ever, me dijo Yiyo, es que los copetines tienen escaparates de almacén, exhibidores de empanadas y sándwiches, son baratos, etc. Además suelen llamarse Copetín Tal o Cuál. Entonces le expliqué a Yiyo lo del artículo que quería escribir. Me dijo: Lo mejor va a ser que hables con alguien que siempre va a copetines, le preguntás cualquier cosa y ya te va a ir contando. Pero yo quiero ir a comer a un copetín diferente cada día durante una semana y encontrar las historias por mí mismo. Y bueno, hacé eso si querés; pero no vas a encontrar nada interesante; si te hacés el antropólogo delirante y te instalás en uno para observar todo en una semana, seguro vas a escribir uno de esos cursis y lamentables artículos que se suelen publicar en las revistas de domingo. Recordé haberle dicho a Charles Da Ponte, que para la ilustración de la nota bastaría la fotografía de algún copetín, intervenirla gráficamente para darle, no sé, un aspecto de espectro. Luego pensé: en este caso seré yo la intervención, es decir una especie de cedazo por el que se filtrará la vida de almuerzo de los copetines y, por tanto, la historia se falsearía, pues el resultado obedecería a una pureza que yo, fiel a convicciones varias, trataría de darle. Es decir: la nota será acerca de otra cosa, y no sobre copetines; tal vez un desvarío alucinatorio, tal vez un sumario de clichés, tal vez cualquier cosa que yo, fiel a convicciones varias, creeré tratarse efectivamente del hallazgo del alma de los copetines durante las horas de almuerzo. ¿Qué me sugerís entonces?, le dije a Yiyo. Entrevistale a alguien que va siempre a copetines, preguntale cualquier cosa y te a va ir contando; capaz hasta te dé el dato de algún otro, y este otro el de otro; así vas a conseguir material para un artículo; podría ser una historia coral, por ejemplo. Entonces le dije que de ahí iba a quitar la historia de cualquier gente pero no de los copetines durante el almuerzo. ¿Y qué lo que querés hacer?, me interpeló: ¿el historial genealógico del que proceden los copetines?, ¿un listado de los comestibles, bebidas, horarios de atención y tipo de gente que va? Le dije que no conocía a nadie que iba normalmente a copetines a almorzar. Entonces Yiyo me dijo que conocía a alguien, de la época en que trabajaba de auxiliar en Laurent Asesoría Contable. Él se llama Carlos Reyles, me dijo, es gestor y siempre almuerza lo más barato en un copetín sobre 25 de mayo; su teléfono es 09… ¿Qué es un gestor?, pregunté antes de despedirme. Ya te va a ir contando él. Llamé a Carlos y quedamos en encontrarnos esta tarde, en el Copetín O’leary, sito en la calle O’leary entre Azara y Oliva.
2
18 hs. Llegué media hora antes de lo previsto. El copetín es pequeño, con pocas mesas, el ruido que llega de la calle es desesperante. Noto, a medida que redacto estas líneas, que el local se está desnudando del aura que sus feligreses fueron dejando durante el día. Es una chica joven la que atiende; ahora está barriendo el salón, friega algunas mesas; debe tener poco más de 20, buenas nalgas, se ríe de los chistes del quinielero que está apostado al lado de puerta de entrada. Cada ciudad tiene sus locales tradicionales donde la gente come alguito, se toma unas cervezas, jode las bolas hasta volver al trabajo o ir a casa. En Buenos Aires, por ejemplo, son los cafés; en Köln, los knaipes; en Los Ángeles, los bares. Me pregunto si el Café Arco, donde Franz Kafka solía reunirse a hablar de literatura con sus amigos Franz Werfel, Max Brod, Johannes Urzidil y Leo Perutz, llegó a tener en Praga la reputación que aquí tienen los copetines. ¿Y cuál es la reputación que tienen aquí los copetines? Llegó Carlos. Es tal cual como me lo describieron: nariz grasosa, cabellos enrulados, corbata sucia, camisa con manchas de sudor en las axilas, etc. Lleva bajo el brazo un enorme maletín negro sin asa. Pedimos un ñoño y ocupamos una mesa vecina al mostrador.
–Carlos, estoy escribiendo un artículo sobre los almuerzos en los copetines del centro… Decime, ¿qué es un gestor?
–¡Ese es mi trabajo! Y yo hago todo tipo de gestiones. Conseguir autorizaciones para sacar patentes comerciales en la municipalidad, conseguirle las firmas, los sellos, presentar declaraciones de IVA, sabés luego vos. ¿Y qué lo que vos querés saber de los copetines?
-Y… Es complicado. Y… averiguar cómo es el ambiente, la gente que almuerza allí, esas cosas… Me dijeron que hace años comés en el mismo copetín, uno que está sobre 25 de mayo.
-Y la verdad que me iba, pero ahora no me voy más ahí porque es demasiado cerca del trabajo. A mí me pedían siempre las secretarias y eso que les compre su comida y a veces me daban plata de más y yo comía una empanada. Pero no pega ni ahí, demasiado secre soy si me quedo por ahí. Yo no me sentaba luego a comer allí como vos decís, sino que estaba un ratito nomás, así para ver la tele y eso. Ahora lo que me voy más es al Copetín Colonial, uno que está sobre 15 de agosto y Palma. Me queda cerca de donde estoy haciendo papeleos cada rato. Allí se come bien, es barato. Todos los perros comen ahí. Pero no me voy sique siempre, sino cuando tengo plata nomás.
-Me dijeron también que de tus pasajes nomás sacás para comer…
-Y sí. Me dan para el colectivo y yo camino. Así como. Me pagan la mitad del sueldo mínimo.
-¿Y hay todo tipo de gente que come en el Copetín Colonial?
-Y ahí sí, porque es como un comedor. Pero en los otros copetines se van los ordenanzas, gestores, gente así nomás. Los que tienen más plata se van a los comedores… Los copetines son para comer un ratito algo como un sándwich nomás luego y así para ver partido y eso nos encontramos ahí todos los gestores.
3
A medida que Carlos Reyles va desmenuzando sus trivialidades, me doy cuenta de que el fantasma de los copetines se va poniendo más y más difuso. Y por el contrario empiezan a emerger los televisores. ¡Cómo no pensé en eso antes! Ya ayer, Mónica Kreibohm me estuvo recordando que los copetines son de al paso, no sitios donde quedarse. Y después agregó que, por una especie de transmutación cultural (el término confuso es mío), se fueron volviendo sitios de encuentro, como serían, por ejemplo, los cafés de París. Pienso que quizá alguna gran obra teatral, literaria o musical se está gestando precisamente en este instante en un copetín. Pienso en todas las veces que nos acercábamos a alguno para reflexionar, empanada y cerveza de por medio, sobre algún proyecto que pensábamos indispensable para la ciudad. Y recuerdo que en los momentos que nosotros (como muchos otros, en otros copetines) hablábamos de la obra de Roa Bastos o Augusto Monterroso, al lado de nuestras mesas, otras gentes debatían cuestiones políticas o laborales, el campeonato de fútbol o anécdotas de cualquier especie. Esto mismo pasaba, supongo, en el café Lezama de Buenos Aires, cuando Witold Gombrowicz intentaba traducir Ferdydurke, hablando apenas castellano, con ayuda de ajedrecistas y parroquianos de toda índole. Creo que ahora deberé alejarme un rato del tema de esta nota (almuerzos en copetines) para acercarme a estas otras aristas. Deberé buscar más Carlos Reyles pero de otra laya, sustituir almuerzos por meriendas o cenas; para escribir sobre uno mismo, como ya lo explicó Rimbaud, se debe ser otro. Quizá para escribir sobre los almuerzos en los copetines deba escribir siendo cena o merienda de copetín. Pero Rimbaud no conoce los copetines, así que no debería hacerle mucho caso. Entre tanto seguiré observando estos locales, a través de mis ojos y los ojos de los que me presten su visión.



