14:11.Estamos saliendo de la estación Clara.
15:30 hs. Esta es la hora que marcan nuestros relojes; pero el reloj pulsera de Bigott marca 14:30 hs. Una pasajera habla por teléfono: «Mirá, no estamos ni en la mitad. El tren para cada rato y se queda mucho tiempo. No vamos a llegar mañana a la mañana. No sé qué hora vamos a llegar».
15:40 hs. Mientras nos acercamos a la estación de Concordia, el guarda pasa gritando: «¡Cierren todas las persianas que nos tiran piedras!» Y todas las persianas se bajan automáticamente. Los vagones quedan a oscuras. Se escucha una que otra piedra que da contra las persianas, desprende un sonido metálico y causa una exhalación de fastidio a los pasajeros. Nos dirigimos a fumar un pucho en el espacio entre vagones y allí, desde una ventana de vidrio, vemos a los apedreadores: dos chicos de entre 8 y 9 años apuntan, con amplias sonrisas, sus hondas (gomeras) contra el tren y disparan.
16: 10 hs. Encontramos a Kid, en bermudas, parado en el andén con tres chicos y una botella de hielo en la mano. Nos mira con cariño. Está recién despierto, sonriente, sin los rígidos jeans parece más conversable. Pero nos paramos frente a él, sonreímos, y descubrimos que no tenemos nada que decirle. «¿Te quedás por acá?», pregunto. Niega con la cabeza. Me doy vuelta, pensando en qué puedo decirle más tarde. En el fondo sé que ahora que el tren está más vacío y ha hecho amigos, probablemente ya no vuelva al asiento con nosotros. El poco pueblo que se deja ver detrás de la estación es poco atractivo para los pasajeros, por lo que nadie se interna a ver qué hay. Un hormiguero desordenado de gente se mueve de un lado a otro, en un espacio limitado por unos pocos metros.
16:50 hs. El servicio de cocina del tren está descansando en el andén. El mozo es alto, calvo, de cabeza demasiado chica para el corpachón que tiene. Un prototipo de Oblomov que sin embargo se mueve, lentamente, repartiendo sándwiches en los vagones. Tiene la voz leve y algo ronca. Ahora está parado al lado de uno de los cocineros, un tipo de cabellos largos y blancos con cara de alemán, usa anteojos de vidrios muy finos y delicados. Su porte es recio. Este cocinero es quien nos da agua caliente ($1 el termo) cada vez que hay necesidad de mate. El cocinero fuma un cigarrillo blanco y camina enérgicamente de un lado a otro. Familias enteras caminan agrupadas de un lado a otro del andén; otros muchos se limitan a estarse quietos y silenciosos como nosotros, observando, sin gestos, sin curiosidad. Hace un calor de mierda. El consumo de alimentos y mate ha menguado considerablemente estas últimas horas. Como los baños son poco cómodos para cagar (el tren se tambalea demasiado para sentarse en el inodoro, que por lo demás está meado; y el desagüe da directamente a las vías, una cuenca sin ojo, por lo que pocos se resignarían a dejar caer un pedazo a la vista de todos en una parada), tal vez sea ésta la razón por la cual se intenta reducir el proceso digestivo. Buscamos a Kid para preguntarle cualquier cosa y entablar conversación, pero no aparece en ningún lado. Ha desaparecido.
17 hs. Un vendedor nos obligó a comprarle helados, después una gaseosa. Y después de vagar por el andén, mirando lo que se ponía a nuestro alcance, estábamos de vuelta en el tren, golpeando las ventanas y gritando con los otros pasajeros: «¡Vamos! Vamos!¡Vamos!», hasta que una a una la gente empezó a aburrirse y se fue por ahí, a fumarse algo, comprar otra gaseosa, etc. Nosotros jugamos al Chin-chon. A las 17:30 el tren parte.
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