viernes, 30 de enero de 2009

El gran capitán (un paseo) 5

parte 1 / parte 2 / parte 3 / parte 4



El tren de las nubes (de madera)


Ventana con eucaliptos


Paisaje que rinde homenaje a Van Gogh


Pueblo en homenaje a Jean Paul Sartre


El sueño de los héroes



14:11.Estamos saliendo de la estación Clara.

15:30 hs. Esta es la hora que marcan nuestros relojes; pero el reloj pulsera de Bigott marca 14:30 hs. Una pasajera habla por teléfono: «Mirá, no estamos ni en la mitad. El tren para cada rato y se queda mucho tiempo. No vamos a llegar mañana a la mañana. No sé qué hora vamos a llegar».

15:40 hs. Mientras nos acercamos a la estación de Concordia, el guarda pasa gritando: «¡Cierren todas las persianas que nos tiran piedras!» Y todas las persianas se bajan automáticamente. Los vagones quedan a oscuras. Se escucha una que otra piedra que da contra las persianas, desprende un sonido metálico y causa una exhalación de fastidio a los pasajeros. Nos dirigimos a fumar un pucho en el espacio entre vagones y allí, desde una ventana de vidrio, vemos a los apedreadores: dos chicos de entre 8 y 9 años apuntan, con amplias sonrisas, sus hondas (gomeras) contra el tren y disparan.


16 hs. Salvo dos o tres estoicos, el tren se vacía en la estación de Concordia. Un trío de new hippies baila cóntac. «¿Eso es una danza, o es una avivada?», pregunta una pasajera. Nos despedimos de Bigott: «Concordia debía de ser la capital de la provincia, pero por decisiones políticas quedó Paraná, además de que el río Paraná es más grande. Acá los políticos le dan un poco de comida y unos pesitos a la gente y tienen asegurada su permanencia. Siempre son los mismos. Sus familiares los reemplazan cuando se ponen viejos». Mientras habla, Bigott ordena sus pertrechos. Cuando termina nos desea buen viaje y buen año 2009. «¿De dónde viene ud., Don?», le preguntamos. «Yo vendo de Bahía Blanca. Siempre hago este viaje. Esta vez el tren no tardó mucho», respondió. «¿Y cómo se llama ud.?», seguimos inquiriendo. «Yo me llamo Estoni y mi apellido es Creo. En la escuela me preguntaban si tenía fe y yo les decía: mi apellido es Creo», contestó, dando una muestra de un humor híper serio. Luego se levantó y nos estrechó las manos. Detrás de Bigott bajamos también nosotros.

16: 10 hs. Encontramos a Kid, en bermudas, parado en el andén con tres chicos y una botella de hielo en la mano. Nos mira con cariño. Está recién despierto, sonriente, sin los rígidos jeans parece más conversable. Pero nos paramos frente a él, sonreímos, y descubrimos que no tenemos nada que decirle. «¿Te quedás por acá?», pregunto. Niega con la cabeza. Me doy vuelta, pensando en qué puedo decirle más tarde. En el fondo sé que ahora que el tren está más vacío y ha hecho amigos, probablemente ya no vuelva al asiento con nosotros. El poco pueblo que se deja ver detrás de la estación es poco atractivo para los pasajeros, por lo que nadie se interna a ver qué hay. Un hormiguero desordenado de gente se mueve de un lado a otro, en un espacio limitado por unos pocos metros.

16:50 hs. El servicio de cocina del tren está descansando en el andén. El mozo es alto, calvo, de cabeza demasiado chica para el corpachón que tiene. Un prototipo de Oblomov que sin embargo se mueve, lentamente, repartiendo sándwiches en los vagones. Tiene la voz leve y algo ronca. Ahora está parado al lado de uno de los cocineros, un tipo de cabellos largos y blancos con cara de alemán, usa anteojos de vidrios muy finos y delicados. Su porte es recio. Este cocinero es quien nos da agua caliente ($1 el termo) cada vez que hay necesidad de mate. El cocinero fuma un cigarrillo blanco y camina enérgicamente de un lado a otro. Familias enteras caminan agrupadas de un lado a otro del andén; otros muchos se limitan a estarse quietos y silenciosos como nosotros, observando, sin gestos, sin curiosidad. Hace un calor de mierda. El consumo de alimentos y mate ha menguado considerablemente estas últimas horas. Como los baños son poco cómodos para cagar (el tren se tambalea demasiado para sentarse en el inodoro, que por lo demás está meado; y el desagüe da directamente a las vías, una cuenca sin ojo, por lo que pocos se resignarían a dejar caer un pedazo a la vista de todos en una parada), tal vez sea ésta la razón por la cual se intenta reducir el proceso digestivo. Buscamos a Kid para preguntarle cualquier cosa y entablar conversación, pero no aparece en ningún lado. Ha desaparecido.

17 hs. Un vendedor nos obligó a comprarle helados, después una gaseosa. Y después de vagar por el andén, mirando lo que se ponía a nuestro alcance, estábamos de vuelta en el tren, golpeando las ventanas y gritando con los otros pasajeros: «¡Vamos! Vamos!¡Vamos!», hasta que una a una la gente empezó a aburrirse y se fue por ahí, a fumarse algo, comprar otra gaseosa, etc. Nosotros jugamos al Chin-chon. A las 17:30 el tren parte.


-

martes, 27 de enero de 2009

El gran capitán (un paseo) 4




1ra parte
2da parte
3ra parte

14 hs. Tenemos dos compañeros de asiento. El primero es un joven de unos 25 años, con barba de chivito y jeans azules. Nos dijo que este es su primer viaje en el gran capitán. Este compañero tiene parientes en el fondo del vagón, por lo que está peregrinando de un lugar a otro constantemente. No sabemos, por ejemplo, dónde pasó la noche. Durmió apenas partió el tren, en capital; una hora después despertó y fue a algún sitio. Volvió y durmió otra vez. Despertó de vuelta y se fue. Luego volvió a dormir. Estas escenas se repitieron varias veces hasta que a eso de las 3 AM se fue y recién regresó cuando estábamos tomando el mate del desayuno. No nos contó dónde fue ni por qué lo hizo; se limitó a compartir unos mates con nosotros. Por si ulteriormente realiza un acto notable, le llamaremos Kid. Nuestro segundo compañero es un señor de unos 60 años. Enjuto, de bigotes y anteojos fotosensibles, va vestido con un pantalón de tela y una camisa a cuadros. Se llama Bigott. Subió a bordo con una mochila pequeña y una bolsa de cartón como equipaje. Cuando embarcábamos en el tren, todas las luces estaban apagadas. Debíamos orientar en el tren manoteando los asientos y presintiendo el camino. Un pasajero con linterna nos ayudó a encontrar nuestros asientos. Apenas nos acomodamos se nos sumó Kid. Ocupó el asiento frente a mí. Entonces escuchamos, en la oscuridad del vagón, una voz que decía: «Disculpe, señor, estos son nuestros asientos». Acto seguido se presentó Bigott ante nosotros, diciendo: «Acá debe ser el 23», y procedió a sentarse al lado de Kid. Cuando el guarda nos pidió los boletos, el de Bigott estaba marcado hasta Concordia, Provincia de Entre Ríos. Recién pasamos por Villaguay Este, así que no tendremos a Bigott mucho más con nosotros. Ha sido un pasajero silencioso, apenas emitió un comentario leve pidiendo que mis piernas cedan lugar a su bolso de cartón.






Basavilbaso. A medio día llegamos a este pueblo. Un importante contingente abandonó aquí el tren. Quién sabe por qué. Basavilbaso fue fundada en siglo XIX, pero obtuvo reconocimiento particular por las colonias de inmigrantes judíos que se asentaron aquí. Según la edición de EMECE, de 1946, de la novela "El ejército de las sombras", el escritor francés Joseph Kessel nació en Basavilbaso. Según Wikipedia, nació en Vila Clara, aquí cerquita. La colección de EMECE (La puerta de Marfil) en la que fue publicada la novela estaba dirigida por Bioy Casares y Borges, así que prefiero creerle a estos dos; por lo menos así puedo decir: pase por la casa donde nació el tipo ese que escribió un libro sobre la La Resistance. En todo caso, mientras paramos aquí, a nadie le importa Joseph Kessel. Sino bajamos del tren a estirar las piernas, o a contraerlas, o fumar un porro, o comprar una birra en un kiosco, o simplemente un aire diferente al de los vagones. Los new hippies, niños, artesanos, señoras, matones y nosotros, deambulamos por el andén. Vendedores de empanadas, sándwiches y gaseosas negociaron óptimamente con los pasajeros. Nosotros comimos 2 empanadas ($1 cada una) y una gaseosa de 250 ml ($2,75). Alguien vomitó en una de las escaleras de acceso al tren, por lo que algunos chicos se agenciaron de escobas y mangueras para limpiar. Pronto varios niños y niñas, y algunas chicas, se daban un baño para quitarse el calor. Kid no bajó con nosotros, pero cuando volvimos a subir al tren ya no estaba. Pudo haberse quedado en Basavilbaso, o está en algún otro vagón. Quién sabe. El tren pitó, se movió unos metros y volvió a detenerse por 5 minutos.




-

miércoles, 21 de enero de 2009

El Gran Capitán (un paseo) 3

2:30 AM
El tren se detuvo en medio de la nada. Por las rendijas de las persianas cerradas vemos que es una nada de calles de tierra olvidadas, yuyales, perro que no para de ladrar, casas y casas. El tren pita y avanza otra vez. Un par de persianas han sido levantadas completamente. Alguien nos grita desde afuera. Desde nuestro vagón le responden con otro grito ininteligible. Casi todos los pasajeros, salvo nosotros y los del asiento del grito, están dormidos. Nadie ronca, ni habla en sueños. Silencio y el chirrido de las ruedas de metal contra las vías. Nuestro avance entre una y otra convulsión es un salto al vacío.

3:10 AM
El tren se detiene. Afuera hay ya muy pocas casas. Pasa el guarda y comenta: «Parece que van a enganchar un vagón". Nos encaminamos al espacio entre vagones a fumar unos puchos. Tres new hippies bajan del tren a estirar las piernas. Uno de ellos se entretiene arrojándole piedras a un alumbrado público. Los otros hacen chistes, comentan anécdotas, ríen. Nosotros, serios, fumamos. Se ven muy pocas estrellas en el cielo. El chico que leía a Orwell despertó y trasladó aquí, pucho en mano, su salón de lectura. Pasa una intrascendente media hora; luego tras el sonido del pito, volvemos a los asientos.


sueño sueño sueño


8:10 AM

Es un amanecer luminoso, soleado, el cielo sin nubes. Estamos atravesando un caserío mesopotámico. Una radiosita suena a todo volumen: Welcome to the jungle. El cielo azul celeste y el verde de las pasturas nos atacan desde las ventas. En cocina nos dicen: «Habrá agua caliente en media hora». Sweet child of mine. El dj es un capo.

9:10 AM
Conseguimos. Agua caliente. Durante la noche, el tren se detuvo unas diez veces. Diez a quince minutos por vez. Nadie nos explicó por qué. Aunque, ¿deberían explicarle a los pasajeros por qué para el tren cada vez? Desyunamos pudín de pan con mate. Pasa por los pasillos un mozo gritando: «¡Sándwich de milanesa! ¡Pebete con queso!». Algunos pasajeros comprar y comen sándwiches; otros ya los tenían y comen sus sándwiches; otros, al igual que nosotros, comen dulces y toman mate.

-

lunes, 19 de enero de 2009

El Gran Capitán (un paseo) 2


6 de enero

1:20 AM.

Nuestro vagón se desliza livianamente como un barco, por lo que resulta bastante cómodo para escribir. Solo da uno que otro salto en intervalos bien separados. Como vacas sorprendidas, los pasajeros permanecemos con los ojos abiertos. Estamos atravesando José C. Paz, Gran Buenos Aires. El guarda pasó hace un ratito y nos pidió a todos que bajemos las persianas metálicas. «Porque acá la gente acostumbra a tirarle piedras al tren», dijo. Por supuesto, todas las persianas están ya bajas. El vagón se llenó de polvo, por lo que hay alguna tos sonando por ahí. Un tipo del asiento de al lado lee Revolución en la granja, de Orwell. Este pasajero es, se diría, una vaca que reflexiona sobre su condición de ser. Se escuchan piedras contra las persianas. El ruido metálico queda retumbando en los oídos unos segundos. Al entrar en esta zona, peligrosa en palabras del guarda, el tren redujo notablemente la velocidad. Debe ser, esto es una suposición, para que los apedreadores no fallen el tiro. Dentro del vagón con las persianas cerradas, se levanta con el polvo un olor a baño. El olor es bastante intenso. Levantamos un poco las persianas para ver qué hay afuera: noche de provincia, 1:40 AM, barrio de casas despellejadas, calles oscuras, gente sola caminando despacio; una patrullera está escoltando al tren este trayecto. Es un coche, creo que chevrolet, blanco y azul. La sirena en silencio, las luces del techo le titilan como lamparitas de navidad. ¿Pescarán esta noche algún apedreador los de la patrulla? Deber ser un trabajo arduo escoltar un tren. «Es triste», me dice Naty, «salir emocionado de tu casa para ver pasar el tren y encontrarlo con las persianas bajas. Porque el tren no te quiere ver.» Volvemos a cerrar las persianas. Ya no se escuchan pedradas contra el tren. Aunque no lo podemos ver, parece que alcanzamos una zona despoblada. Levantamos otra vez un poco las persianas y miramos: casas, patios baldíos, calles, más casas. Llevamos más de una hora de tren y la ciudad sigue explayándose, imperturbable. Buenos Aires es una ciudad espantosamente grande. Volvemos a cerrar las persianas.

2:10 AM

Las puertas entre un vagón y otro están abiertas. Nos ubicamos en la unión entre dos vagones, espacio que debe tener un nombre pero que nos es desconocido. Desde aquí podemos ver cómo es la zona que atravesamos. Oscura, calles vacías, las casas son minúsculas y están apretujadas unas contra otras. Cada tanto hay un baldío con basura o yuyos. En un paso nivel, tres chicos de entre 10 y 14 años miran pasar el tren. ¿Serán ellos los apedreadores? Hijos de David, Goliat sigue con los párpados cerrados, así que no les puede ver.

-

domingo, 18 de enero de 2009

El Gran Capitán (un paseo) 1


lunes 7 enero 2009



Es muy difícil llegar tarde a la partida del Tren a Misiones, también llamado Tren de los pobres, Tren de los paraguayos y autodenominado El Gran Capitán. Cuando fuimos a la boletería nos dijeron (esto lo corroboran los pasajes): día y hora de salida, Lunes 5 de enero 22hs. Sin embargo, como nos lo habían sugerido, llamamos un par de horas antes de dirigirnos a la estación de Federico Lacroze. "El tren va a salir puntualmente a las 23 hs", nos dijeron al teléfono. Fuimos a la estación de Lacroze a las 22:30 hs. En el andén nos volvieron a decir: "El tren va a salir alrededor de la media noche". La recepcionista de la boletería, sin embargo, nos facilitó agua caliente para el mate. Compras de última hora en la estación: yerba (1k $4!); mazo de cartas ($7,50!!). Nos sentamos a esperar en los andenes, tomando mate, jugando a las cartas. Más de 100 personas esparcidas por todo el andén pasaban el tiempo como mejor podían. Miraban mapas, cantaban, fumaban, besaban, puteaban o se miraban largamente las manos; o miraban a otra gente, o sus bolsos, o se miraban mutuamente a los ojos sin parpadear. Muy poca gente hablaba, la actividad principal era mirar. Entonces nosotros también nos pusimos a mirar. Muchos new hippies, jóvenes normales sin brillo como nosotros, niños, gente con mochilas gigantescas y termos donde podrían guardar una ballena. Mujeres y hombres gordos, flacos, feos y pasables. Unas pocas botellas de cerveza circulaban de mano en mano. A las 12:30 hs. el tren llegó, orondo, matemáticamente impuro, larguísimo, inabarcable, como de 15 vagones. Nos asustó y parpadeamos, y sin pensarlo nos dejamos engullir.






* Estas anotaciones son del diario de viajes, tal cuál fueron redactadas, sin corrección ni mejoría, con destino a Posadas, fechado del lunes 5 al miércoles 7 de enero de 2009.


-

domingo, 4 de enero de 2009

Mientras W escribe

Mientras W escribe esta carta, no puede entrever al que la va a recibir, o inventar un posible destinatario. Podría, al terminarla, arrancar la página y tirarla al basurero. O tacharla completa. Pero no hará ni lo uno ni lo otro. Tampoco sabe, al terminar cada trazo, si podrá continuar otro párrafo.
Bebe un vaso de caña con tónica; a cada trazo del bolígrafo le viene el indecible miedo a escribir. No lo entiende pero, tras tanto sentirlo, el miedo le es ya familiar. Y a la vez (como si le hiciese el amor a alguien despreciable –es decir como si le diese lo mejor de él por medio de su cuerpo) siente con cada nuevo trazo una dulce morbidez que acaricia los bordes de los detonadores de sus crisis neuróticas.
Entre la evasión del olvido y la memoria sobresaturada, su escritura se mueve en la perfecta línea divisoria.
Esta línea es frágil, y en todo instante la quiere rasgar. Pero sabe que, mientras siga escribiendo, no conseguirá más que darle grosor, hacerla fuerte y flexible. Luego, como una rueda de caucho abandonada al sol y la lluvia por meses (este sol y esta lluvia es seguir escribiendo más de la cuenta), la línea comenzará a secarse y a ponerse quebradiza. Entonces la estirará más, agotará sus últimas posibilidades de extenderse, hasta hacerla pedazos.


.