viernes, 3 de julio de 2009

El buitre y la paloma, de Diana Viveros

a D. F.



Con Julián Barboza nos conocimos en la Facultad. Él se había sumado a las filas de Derecho por convicción; yo lo hice forzado por las circunstancias. Supongo que dándole el gusto a las imposiciones de mi familia correspondía a todos sus cuidados. Éramos –hay que mencionarlo ya– bastante diferentes. Tal vez lo que nos vinculó desde un principio fue la necesidad tan humana de prenderse a alguien con quien recorrer una etapa nueva en la vida.
Julián era alto y de complexiones corvas. Algo en sus rasgos sugería un atavismo arábigo: quizás su piel cobriza o su nariz aguileña. Más difícil se tornaba adivinar su sangre carioca. Yo soy de estatura baja y un poco rellenadito, no diré una garrafa o un salchi-chón, pero tampoco un émulo de Brad Pitt. Contrario a Julián, soy excesivamente blanco. Todo esto servirá para marcar nuestras difefísicas.
En cuanto a lo moral existían, asimismo, claras divergencias. Él era activo, yo perezoso; él sabía relacionarse socialmente, yo prefería mi caparazón. Julián profesaba la religión protestante y yo tenía una fe vagabunda a la manera de Agustín de Hipona, pues mientras él iba con pasos firmes hacia su salvación, yo vacilaba en busca de cualquier dios que me ofreciera un parche interior. Así pasé del fervor católico de la cuna al budismo práctico de la cultura light; de allí bastó un salto progresivo hacia el descreimiento y finalmente desemboqué en el más invicto nihilismo. Julián, una vez trabada la amistad, no perdía ocasión para hablarme de la Biblia; su charla estaba impregnada de citas que emergían, sobre todo, del epistolario paulino.
A mí me agradaba gastar en los bingos, los domingos de fútbol, el cine y las revistas científicas. Julián mostraba prudencia cuando de dinero se trataba. Tenía lo que se llama olfato para los negocios y se había aventurado a invertir en una flota de autos de alquiler. Entabló sociedad con un hombre de su congregación. Es lo bueno de ir a misa, me decía a mí mismo, siempre va a haber cómo sacarles provecho a los correligionarios, incluso Dios se prestaría a tirarte una cuerda.
Y Julián, en verdad, parecía ir al lado de su gran jefe. Recuerdo cuando me enseñó un billete de un dólar y tradujo el lema inscripto en una de las caras: In God we trust. Lo hizo apuntando a un palmario fin evangelizador. «Es por eso que los yanquis lo tienen todo», dijo, «porque adoran a Dios». Pensé más tarde que pude haber refutado esa teoría de varias formas; referirme, por ejemplo, al poder temporal y al espiritual, o hablarle acerca de la simbología masónica inserta en el billete, la hipocresía del imperio y hasta cierta velada alusión a la conducta de Judas, pero desnudar su ingenuidad hubiera sido meter el dedo en la llaga, por lo que me encogí de hombros y celebré mi ataraxia.
Con el paso del tiempo, las cosas fueron cambiando. Ya íbamos por la mitad de la carrera y todo apuntaba a que Julián terminaría alzándose con el título de mejor egresado de la promoción. Ocupaba, en efecto, un puesto honorífico entre los alumnos; sus exposiciones orales merecían el encomio de los profesores y sus trabajos de investigación se gestaban a fuerza de consultar arduas bibliografías. Contrario a como se desenvolvían sus circunstancias, yo atravesaba por un periodo de infelices experiencias.
Para decirlo gráficamente, me convertí en un reflejo antípoda de Midas, pues todo lo que tocaba se volvía mierda. Primero perdí mi trabajo como cajero en la cooperativa por las sucesivas llegadas tardías. Con ello vinieron los aprietos económicos: debía en los estudios, los servicios básicos de luz y agua, el alquiler de mi cuarto, y tuve que devolver el teléfono celular que acababa de adquirir por una promoción, de esas «lleve hoy, pague dentro de treinta días». Ya no exhibía mi osamenta por los casinos ni los copetines de Luque; las noches me sorprendían comiendo pororó, tirado en la cama, con el laconismo propio de un bovino. Mamá tuvo que reforzar la cesta de víveres mensuales que me enviaba por encomienda desde nuestro pueblito: entre ellos no faltaban la cecina ni los pastelillos de miel que elaboraba con infinito amor para su hijo, el futuro abogado, el primero de tres generaciones que pasaría del elemental bachillerato –debo agregar que vine a Luque a fin de estudiar; después volvería a casa para que los demás se pavonearan de mis goles convertidos. Milena, para colmo de males, me salió con que estaba embarazada. Cuando le pregunté de quién me dio una bofetada y se puso a llorar. Por el tiempo en que nos comprometimos había dejado de asistir a mis clases y me puse a probar un empleo tras otro.
Una noche encontré a Julián Barboza por casualidad. Fue cuando percibí que ese sujeto era mi alter ego, pues a medida que yo sufría una vida miserable y pletórica de postergaciones, él poseía la cornucopia. De su inversión en los autos de alquiler obtuvo fértiles frutos y ahora andaba en tratativas para la venta de su pequeña empresa e inaugurando otra en el rubro de alimentos a base de soja. En los estudios le iba de maravillas y ya había iniciado otro semestre. Para dicha mayor, el flamante presidente de la república era partidario de su culto, por lo que súbitamente comenzaron a aparecer en la escena política personajes que hablaban de Dios y de las Escri-turas con una frecuencia lujuriante. Julián Barboza desparramaba bendiciones a diestra y siniestra. ¡Lo tenía todo! Incluso salía con Vanea, nuestra compañera de clases, la más hermética mujer que he podido tratar. Iban a la iglesia, de vez en cuando algún recorrido por la plaza, un domingo de trote en Ñu Guazú, algún concierto de livianos artistas del extranjero cuando robaban por estas latitudes, etcétera. Todo iba sobre ruedas en la decente vida de Julián Barboza.
Me empujó de repente una imprevista inspiración, acaso apurado por el hambre y la fiebre. Si a él le iba tan bien, lo único que yo debía hacer era imitarlo. O dicho de forma distinta: si Julián era mi otro yo, me bastaría hacer lo que él para invertir los roles.
No me sirvió de mucho acompañarlo a su templo. Ya otros habían olisqueado las ventajas de pertenecer a la doctrina del gobernante y se habían volcado en masa a sus reuniones y se habían puesto en campaña para digerir su liturgia. Yo, Eduardo Burgos, era uno más del montón.
Entonces comencé a odiar a Julián. De la noche a la mañana me acometió la idea de que él tenía la culpa de que a mí me fuera tan mal. Tratar de copiarle, ahora me daba cuenta, no me depararía una suerte mejor. Milena continuaba preñada y Vanesa, seguramente, tan casta como un recién nacido; yo continuaba probando empleos variopintos y él se hastiaba de glorias profesionales. Al final comprendí que lo que debía hacer no era dejarme arrastrar por Julián, sino todo lo contrario: debía lograr que fuera él quien me siguiera a mí.
De manera que lo cité en un bar. Un llamado telefónico bastó para que nos reuniéramos ante una botella. Le dije que necesitaba consue-lo de amistad; Julián titubeó primero, pero después acudió solícito. A pesar de toda su pompa, a mí me parecía un muchacho abúlico e inseguro y esa imagen se fortaleció tras el perturbado gesto con que intentó impedir que la moza pusiera un vaso en su parte de la mesa. Le insistí: «tomá conmigo, por favor, hoy necesito un amigo sincero». Y aunque aquella frase no cargaba un sentido en sí misma, él creyó captar a qué me refería y accedió: lo vi llenar su boca de cerveza.
Julián escuchó esa noche mis frustraciones y miserias. Vengo de San Joaquín, le confesé, vivíamos cinco personas en una casa de tres habitaciones. El único contacto con el mundo era una radio de transmisión a pilas. Comíamos de una granja casera. No quise terminar como mi papá y al cumplir los 19 tomé mis cosas y me instalé en Luque, por sugerencia y con auxilio de mi madre. A través de la venta de tres ovejas y un carnero me permití un cupo en la universidad. Ingresé a la cooperativa por medio de un profesor, quien más tarde, por cierto, me negó su respaldo y me prohibió nombrarlo como referente personal. Vivía en una piecita alquilada, y con deudas encima, en el Cuarto Barrio, que es, por mucho, un barrio de cuarta. Perdí el empleo por irresponsable. Conocí a Milena en una fiesta de colegio; nos acostamos juntos esa madrugada y durante los siguientes cuatro meses, aunque nunca le pregunté qué aspiraba en la vida y a ella no le despertaba la menor curiosidad mis orígenes. Ahora está embarazada y sólo acierta a llorar. Su estado le ha hinchado los pies y le ha trazado horribles ojeras en la cara. Eso se me figuraba a mí, al menos. Tuve que colgar los libros por las cuotas impagas.
Por fin, después de tan larga perorata, no carente, por cierto, de un sentimiento de humillación y autoflagelo, Julián me palmeó la espalda y dijo: «el Señor está para todos, me encantará ayudarte». Al advertir que el índice de su otra mano rozaba el borde de su vaso con una habilidad desconocida, entendí que aquélla no era la primera vez que Julián Barboza probaba alcohol. Tal descubrimiento me significó una maligna felicidad. Julián, de algún modo, estaba huyendo de un pasado sombrío. Esa certeza incipiente, esa premisa ansiosa de un, acaso, prematuro silogismo, me incentivó todavía más. Debía seguir tentando. Propuse otra botella y el espanto se hizo carne en Julián, que se excusó con mil palabras hueras, se levantó apresurado, arguyó un compromiso ineludible y me instó a llamarlo al día siguiente, pues algo haría por mí. Creí penetrar en su mente en ese momento: se estaba repitiendo a sí mismo la famosa frase «sólo por hoy», que caracteriza a los alcohólicos.
El primer golpe había sido asestado. No obstante, dudaba de si mi éxito consistía en haber pillado casi por azar la debilidad de Julián o haber empezado, en cierta medida, a meterme en su mundo. Aún así, las piezas se habían movido en el tablero. Yo ya tenía algo de él y él tenía algo de mí: yo andaría husmeando en sus negocios, con sus contactos, y él se sentaría ante mí en los expendios de bebida, forzado por las exigencias de la amistad, en más de una oportunidad.

* * *

Una vez que pude anclar a Julián en los copetines y los bares de Luque y escuché sus gritos desinhibidos de borracho, y después de entrar en el negocio de los productos alimenticios, todavía con un puesto humilde, huelga mencionarlo, fui por su mujer. Vanesa siempre me gustó; Milena, no. Mi plan consistía en que Julián y Milena terminaran enredados. Si lograba esa jugada ya podía sentirme acreedor del decisivo jaque.
Comencé a llevarlo a Julián al cuarto que compartía con Milena y arrojando cualquier pretexto –«falta pan, voy a la despensa»; «me llama don fulano, al rato vengo»– los dejaba solos. La urbanidad los obligaba a sentarse en el sofá e improvisar cuestionarios baladíes acerca de la economía o el clima. Un tema obligado entre ambos, con seguridad, era yo, el factor común. Habrán mencionado mis tendencias hacia la depresión, mis llantos escurridizos, mi oscura suerte, mi cobardía hiperbólica. No me importaba. Sabía que lo que dijeran de mí no detendría el inducido viraje del destino. Tras esos primeros atisbos de intimidad me resultó más fácil convencer a Julián del atractivo de Milena y a ésta halagar al odiado con las palabras más zalameras. Sólo faltaba el elemento alborotador: la panacea de Baco.
La ocasión propicia fue mi primer salario por lo de la soja. Después de cancelar algunas cuentas, convidé con un almuerzo de gratitud a Julián y, por su intermedio, a su bella novia. Milena preparó una suculenta costilla sazonada con papas y especias. Había vino en la heladera, por supuesto, como para una multitud. Vanesa resultó vegetariana y sólo picoteó la ensalada mixta; ese dato hizo que la deseara menos. De pronto me imaginé que su piel sabría a zanahoria. Tampoco se bebió el jugo de la vid, sino que se conformó con unos limones exprimidos en la jarra. Pese a tal contrariedad, no cejé en mi empeño de unir a mi enemigo con mi mujer.
Así, ni corto ni perezoso, pedí a Vanesa que me acompañara a la despensa, a traer, qué sé yo, turrón de arroz, yogurt dietético o al-guna de esas cosas que ella, desde luego, consumía. Esperaba que al regreso sorprendiéramos a Julián y Milena por lo menos abrazados, si no en una situación aún más comprometedora.
Por el camino, Vanesa y yo hablamos de mi situación. Tenía un gran débito en la universidad, también materias pendientes, ay, ay… decepcioné a mi querida, sufrida madre, ay, ay… soy un perdedor, un pobre diablo, ay, ay, ay… jamás litigaré en el Palacio, ay… y cuando Vanesa me enredó en sus brazos, el aroma de sus cabellos me anuló la razón. Por un momento olvidé su vegetarianismo y la conocí de nuevo carnívora; temía que me devorara con sus ojos y con la urgencia de su cuerpo.
Cuando llegamos al cuarto, encontramos a Milena tirada en el piso, bañada en sangre, y a su lado a Julián, con un cuchillo en la mano, temblando como una hoja y farfullando en voz baja: «no quise hacerlo».

* * *

Ayer, después de cinco largos años, me reuní con Julián Barboza. Me estaba haciendo el ofendido y no le había visto desde el juicio que lo condenó por homicidio. ¡Pobre! Él se puso realmente feliz con mi visita. «Te perdoné hace mucho», le referí, y le saltó el llanto y hasta pretendió besar mi mano. «Aunque todavía no comprendo por qué mi chiquita tuvo que morir así», agregué, sólo para herirlo un poco más.
El pabellón cristiano del penal de Tacumbú es tranquilo y hasta acogedor. Nos sentamos en el pasillo y almorzamos. Paseaban alrededor de nosotros algunos presidiarios, nerviosos, algo tristes probablemente, porque nadie había ido a visitarlos. Otros se sentaban a unos metros de nuestra mesa y se deleitaban viéndonos hablar, escuchaban, de hecho, nuestra charla, y de vez en cuando parecía que levantarían la cabeza y emitirían su opinión acerca de lo que estuviéramos conversando. Imaginé que Julián también había pasado por lo mismo en más de una ocasión. Él me obsequió una guampa forrada en cuero. «Lo hice esta semana, cuando llamaste anunciándome tu visita»… ¡De verdad, pobre Julián!
Me preguntó qué tal me va y le contesté que de lujo. Ya había terminado la carrera y trabajaba en un estudio jurídico, en San Joaquín. Las angustias juveniles habían quedado atrás. Tengo prestigio y el reconocimiento de mis colegas del foro. Enseño en una universidad y estoy suscripto a revistas de derecho que me llegan del exterior. No me casé con Vanesa, ciertamente, pero sí con una alum-na, joven rubia y de boca rosada. Me iba bien, a medida que Julián se petrificaba en la prisión, pobre, cuánto tiempo debe estar recluido todavía, cuándo recuperará la paz, pobre, era alcohólico y se metió al tratamiento de esa religión, pobre, pero volvió a caer, «sólo por hoy», gemía un eco en su cabeza, hasta que se dijo «¿qué puede pasar?», y mató, en extrañas circunstancias, a una mujer que me engañó con eso del embarazo, según lo declaró la autopsia: en sus entrañas no crecía feto alguno. Intuí entonces que ella merecía lo que le hizo Julián, lo que yo le hice.
Pero el asesino, el frustrado estudiante destacado de nuestra promoción, me contó cosas que no me gustaron. Después de un lus-tro en la prisión se ha ganado el respeto por su trabajo. Su instinto emprendedor hizo que se le confiaran cargos administrativos dentro del pabellón cristiano, él manejaba llaves y contraseñas, ingresaba a zonas restringidas, manipulaba carpetas con informaciones confi-denciales… Julián Barboza de nuevo progresaba, el fénix renacía de las cenizas, el coloso se erigía, lo que para mí deparaba un futuro antónimo.
«Tengo que reaccionar», reflexioné, en el instante en que Julián iba por el final de su relato. No puedo permitir que vuelva a salir airoso. Eso haría sonar las trompetas de mi decadencia. Le palmeé, le agradecí tan ameno tiempo compartido y me retiré. Sabía que Julián tendría la palpable posibilidad de salir antes por buena conducta. Una vez en libertad podría graduarse y llevarse a mis clientes. Por supuesto, sus antecedentes entorpecerían su camino, no podría as-pirar a mucho, quedaría bloqueado por el sistema, quedaría acom-plejado. No sé qué pensar. ¿Llegará el día en que lo vea en el noticiero como uno de los candidatos al indulto presidencial por el día de la Virgen de las Mercedes? No debo esperar a que eso ocurra. Algo tengo que hacer ya, definitivamente. Me pondré mis guantes de pelea ahora mismo y solicitaré al lúcido Maquiavelo una nueva asistencia.





Diana Viveros, del libro "Los quince de la niña"
Barcoborracho Ediciones. 2007

4 comentarios:

Mafalda dijo...

...

¡Que barbaridad!
¡Que buen cuento!

De las inmundicias humanas, la envidia es la que más me crea incomodez.

Gracias por compartir.

Mafalda

mariano skan dijo...

ever: a este cuento lo dejo para después 1º leo el suyo, ever roman, que lo tengo ahi al ladito, ya lo pinché y lo guardé en mi archivo y cuando el tiempo sea propicio lo leo EVER, no sabía que Ud. le daba a la tecla, que bueno.

saludos

e. r. dijo...

Hola, mafalda!
vio qué bueno?
saludos

Hola, mariano!
pues sí, le doy también, criminalmente. solo que no te esperes mucho.
saludos

N. dijo...

hey! que bueno, me sorprendio lo del asesinato! interesante el transfondo psicologico del cuento, el alter ego del hombre, la certeza casi delirante de la balanza entre los dos. muy lindo escribe diana, seguire pidiendo cosas por ahi.
besos
pd: tendre que leer mas autores paraguayos, pero por los que lei, todos parecen tener en el fondo una frustracion angustiosa, brutal y desesperante