viernes, 29 de agosto de 2008

Ribeyro


Sin haber sido un fumador precoz, a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos. De mi período de aprendizaje no guardo un recuerdo muy claro, salvo del primer cigarrillo que fumé, a los catorce o quince años. Era un pitillo rubio, marca Derby, que me invitó un condiscípulo a la salida del colegio. Lo encendí muy asustado, a la sombra de una morera y después de echar unas cuantas pitadas me sentí tan mal que estuve vomitando toda la tarde y me juré no repetir la experiencia.

Juramento inútil, como otros tantos que lo siguieron, pues años más tarde, cuando ingresé a la universidad, me era indispensable entrar al Patio de Letras con un cigarrillo encendido. Metros antes de cruzar el viejo zaguán ya había chasqueado la cerilla y alumbrado el pitillo. Eran entonces los Chesterfield, cuyo aroma dulzón guardo hasta ahora en mi memoria. Un paquete me duraba dos o tres días y para poder comprarlo tenía que privarme de otros caprichos, pues en esa época vivía de propinas. Cuando no tenía cigarrillos ni plata para comprarlos se los robaba a mi hermano. Al menor descuido ya había deslizado la mano en su chaqueta colgada de una silla y sustraído un pitillo. Lo digo sin ninguna vergüenza, pues él hacía lo mismo conmigo. Se trataba de un acuerdo tácito y además de una demostración de que las acciones reprensibles, cuando son recíprocas y equivalentes, crean un statu quo y permiten una convivencia armoniosa.

Al subir de precio, los Chesterfield se volatilizaron de mis manos y fueron remplazados por los Inca, negros y nacionales. Veo aún su paquete amarillo y azul con el perfil de un inca en su envoltura. No debía ser muy bueno este tabaco, pero era el más barato que se encontraba en el mercado. En algunas pulperías los vendían por medios paquetes o por cuartos de paquete, en cucuruchos de papel de seda. Era vergonzoso sacar del bolsillo uno de estos cucuruchos. Yo siempre tenía una cajetilla vacía en la que metía los cigarrillos comprados al menudeo. Aun así los Inca eran un lujo comparados con otros cigarrillos que fumé en esos tiempos, cuando mis necesidades de tabaco aumentaron sin que ocurriera lo mismo con mis recursos: un tío militar me traía del cuartel cigarrillos de tropa, amarrados en sartas como si fuesen cohetes, producto repugnante, donde se encontraban pedazos de corcho, astillas, pajas y unas cuantas hebras de tabaco. Pero no me costaban nada, y se fumaban.

No sé si el tabaco es un vicio hereditario. Papá era un fumador moderado, que dejó el cigarrillo a tiempo cuando se dio cuenta de que le hacía daño. No guardo ningún recuerdo de él fumando, salvo una noche en que no sé por qué capricho, pues hacía años que había renunciado al tabaco, cogió un pitillo de la cigarrera de la sala, lo cortó en dos con unas tijeritas y encendió una de las partes. A la primera pitada lo apagó diciendo que era horrible. Mis tíos en cambio fueron grandes fumadores y es conocida la importancia que tienen los tíos en la transmisión de hábitos familiares y modelos de conducta. Mi tío paterno George llevaba siempre un cigarrillo en los labios y encendía el siguiente con la colilla del anterior. Cuando no tenía un cigarrillo en la boca tenía una pipa. Murió de cáncer al pulmón. Mis cuatro tíos maternos vivieron esclavizados por el tabaco. El mayor murió de cáncer a la lengua, el segundo de cáncer a la boca y el tercero de un infarto. El cuarto estuvo a punto de reventar a causa de una úlcera estomacal perforada, pero se recuperó y sigue de pie y fumando.



Julio Ramón Ribeyro, "Solo para fumadores"

lunes, 25 de agosto de 2008

Barco rekala en café literario con su kuate yiyi yambo este lunes 8 pm

Presentación de Barco Borracho

http://barcoborrachoediciones.blogspot.com/

en Asunción con la presencia in situ, cuerpo presente de su guru y principal agip-prop el escritor chakeño-lukeño-kurepilandés Ever Román (5 títulos hasta hora pero con contratos ya firmados para editar obras de José Pérez Reyes, Julio Benegas y Lito Pessolani)y del catálogo completo de Yiyi Jambo (25 títulos entre los cuales 4 yiyis de VV.AA, Ñanduti selvagem de Alejandra Peña, Pombero tamaguxi de Edgar Pou, Dandy maká de Cristino Bogado, Astronauta paraguayo de Douglas Diegues, La mujer del sueño del domador de yakarés, El goto de José Alcázar, Tenworeí de Jorge Kanese -hoy rekuperándose en su kasa de un patatus sufrido la semana pasada, ¡fuerza kapitán kanesú!, etc.).

http://yiyijambo.blogspot.com

Día: Lunes 20 horas en el Café Literario

Local: Mariskal Estigarribia 456 e/ México y Caballero fono: 491 640

(donde podrás encontrar libros de yiyi jambo, barco borracho y jakembó editores!!!)

Leerán en la ocasión José Pérez Reyes, Joaquín Morales, Giselle Kaputt, Edgar Pou, Cristino Bogado, Douglas Diegues, Carla Fabri, Ever Román, etc.

Vino de uvas poétikas enrojeceran los entaninados labios.

Libre y Gratuito

Barco Borracho comulga la hostia de kuruzú ará de la literatura sudaka puréte, la de las formas fálikas-ayakareteadas de las cartoneras del sub-continente: la oroginaria Eloísa de Baires, Sarita de Lima, Animita de Santiago, La Mandrágora de Bolivia, Dulcinea de Sao Paulo.

Barco Borracho empezó el año de gratia del 2007 a cargo de Natalia Villamil y Ever Román.

Difundidora de narrativa parawaya en Baires, ahora delira la idea de multiplikarse akonchabándose kon escritores de Neuquén, Bolivia, Chaco y de la repúblika Anarkista Tres Fronteiras.

Yiyi Jambo como ya sabe el lector de este blog se agita desde el 2007 con el Amarildo "Domador de Yakarés" Garcia y el "Hurakán Didí" Douglas Diegues como dupla CABEZA VISIBLE.

Foto del Tamaguxi: Douglas Diegues, Domador falando con Cristino Bogado akarangüepukú, Maggie sonríe y Ever interpela al objetivo, el viernes a la noite, lokal del SPP, durante primera presentación de Barco Borracho ediciones en Asu.

FUENTE: kURUPI

miércoles, 20 de agosto de 2008

Lanzamiento de BArcoborracho Ediciones en Asunción



La Editorial Barcoborracho Ediciones te invita al lanzamiento de 5 libros de 5 narradores paraguayos, en edición artesanal, a realizarse en el Local del SPP (Herrera 948 c/ Estados Unidos), el día Viernes 22 de agosto a las 20:30 hs.

Los cinco libros a presentarse son: LA CULEADA Y OTROS CRUENTOS, de Humberto Bas; LOS QUINCE DE LA NIÑA, de Diana Viveros; PERRO PROLE, de Cristino Bogado; DOS CUENTOS, de Javier Viveros; y FALSETE, de Ever Román.

La presentación estará a cargo de los siguientes escritores: Giselle Caputo, Carlos Bazzano, Cristino Bogado y Ever Román, quienes harán referencia a los trabajos realizados por los escritores . Habrá vino para degustar mejor el espectáculo.

La editorial Barcoborracho Ediciones está afincada en Buenos Aires desde el año 2007 y se encarga de difundir literatura paraguaya en el país vecino, así como también autores bolivianos, de Tres fronteras, Chaco, Neuquén y regiones alejadas de los centros editoriales como para que tengan alcance para un mayor número de lectores. Pueden visitar la página AQUÍ.

La noche del viernes se podrán adquirir los ejemplares de los autores citados a un precio de solo 10 mil guaraníes, así como también encargar próximos ejemplares.

Pero lo principal es que vayan para compartir con nosotros esta experiencia.

¡Los esperamos!




Informes en:

SPP (Sindicato de Periodistas del Paraguay): Herrera 948 c/ Estados Unidos | Asunción, Paraguay | Telefax: 448 468

Barcoborracho Ediciones: barcoborracho@gmail.com

lunes, 18 de agosto de 2008

Emb0lañamiEnt0 2

Dice Ojaral, autor del Invernáculo, muy comprensiblemente: "Bolaño me tiene podrido. Es la versión latinoamericana de ese estilo internacional que es una mala imitación de Nabokov y Borges, y que parece haber sido amasada toda en la misma panadería."


Yo pienso que no hace falta ser tan malo con el cadáver de Roberto Bolaño. En todo caso hay que serlo con los que lo siguen matando incansablemente. Hay varios Bolaño pero sobre todo hay dos: uno es el idolatrado por el márketing, hipernecesario para las editoriales, y otro es el escritor ingenuo y parlanchín, de fe ciega en la literatura. Y0 soy de la opinión de que se puede leer a bolaño fuera del mercado, y leído desde ahí resulta bastante más interesante, aunque, eso sí, haya que sacarle los epítetos de ultragenio, máster, padre del infrarealismo, etc. Bolaño tiene una lectura de vuelo rasante de Borges, pero es un lectura posterior a un estilo formado. Lectura de vuelo rasante en el sentido de que absorvió una idea de encicl0pledismo en las citas dentro de sus libros, pero, en esto parecido a un Borges ocasional, sin digestión. Porque no se puede decir que el chileno haya leído "muy atentamente" a Borges, al menos esto no se ve, como en el caso de otros autores como Piglia que viene a ser casi un epígono pero a la vez es explorador de facetas tratadas por el Hacedor con desgana. La cita de autores inventidos y toda esa vuelta, es un invento muy anterior al Hacedor, mismo caso el de las citas y manipulaciones lúdicas de ideas filosóficas. Es bastante viej0 y remanido en la literatura mundial. La literatura francesa del XIX (el caso de la parodia viene del siglo XVI en Francia, el juego de autores es Quijotesco, Vidas Imaginarias ya l0 hemos mencionado, etc.) y algunos casos especiales en la inglesa (la alemana es espectacular en la parodia) da un ejemplo de exacerbación de este propósito. Y esta literatura Bolaño la leyó, podemos decir mucho del chileno pajero pero no que no conoció de literatura. Creo que algo interesante podría sacarse si se hace caso a que mucho del estilo viene de la literatura norteamericana: sobre todo la prosa de Raymond Carver, el hemingwayano Carver creado por su editor Gordon Lish, a la hora de volcarse en los relatos abiertos, elípticos, desabridos, aunque por supuesto con el folclore retórico de la poesía surrealsita y la manera en que fue absorvida por los latinoamericanos en los 60. Pero por sobre todo habría que recalcar la influencia de Allen Ginsberg, el de "Aullido", esto está patente en "Detectives Salvajes", allí la influencia del poeta yanqui es excesiva: y de vuelta retocado y más rendidor en "Amuleto". Quiero decir: el canto a los escritores perdidos en un paisaje alucinante, política y telúricamente; vueltos locos, borrachos, olvidados, etc. Es la Amércica, con CIA y drogas, de Ginsberg, pero ampliada con la cola desvaída de Latinoamérica. Es muy raro que los seudo críticos de la obra de Bolaño no reparen en los beatniks, y se afanen en la traída al pedo de borges y compañía. Respecto a Nabokov, creo que hay sí una manera de leer el paisaje procedente de Lolita en 2666; pero, es pobre mi lectura en este sentido, no encuentro más.

sábado, 16 de agosto de 2008

viernes, 15 de agosto de 2008

La X

de sillas de cine de barrio donde se me reveló la
epifanía de deep troat emanuelle long john silver
y las delicias yes yes de la ciccione
la x y no la y
la x que corta y no agrega toma y no deja raja y no
ataja borboleta y escorpión
abalorios de oxidados poemas leídos en algún
tramvía de a calle de os doradores
la x escribe distrófica el centelleo de las 18.000
púberes de las ke serenos tributarios mis friends
cuando se cumpla nuestro karma y se mueran de
diarrea todos los pomberos
bajo alguna luna del ramadán paraguayo................
.......................


POMBERO TAMAGUXI,

Edgar Pou

*

martes, 12 de agosto de 2008

EmB0lañamiEnt0

Para el Kuru,


Qué delicia Diógenes Laercio!!!

Pero, PIENSO:

Después de leer “Vidas Imaginarias” de Marcel Schwob, no sé si tiene algún sentido el Borges de Historia Universal de la Infamia. Según Bolaño, Borges imitó y mejoró a Schwob, lo que a mí, umild lector, es completamente erróneo: a MI parecer simplemente lo imitó y quedó corto: en capacidad imaginativa, humor, espectacularidad y, claro, también en la prosa: fresca y musical, en juventud permanente (como solo Stevenson) a pesar de lo clásica, en Schwob; pesada y prematuramente vieja en Borges. Por otra parte y sin que venga a cuento, ¡cómo me gusta Pierre Michon! "Mitologías de Invierno" for example ("Vidas Minúsculas" está más del lado autobiográfico, género que cultiva como maestro el Michon), es una delicia de pocas páginas que parecen desprenderse de los capítulos rabelesianamente religiosos de “Vidas Imaginarias”. Este Michon no tiene el humor de Schwob, es rabelesianamente serio el ñato, muy bella prosa, un sueño que pega demasiado, marihuana con dulce de leche y toddy, un humor tan sutil, tan sutil, que con eso se aleja completamente de Schwob, que es un desparpajo. (Habría que leer a Olivier Rolin, que camina por ahí también, en “Paisajes Originarios”). Pero, PIENSO: Wilcock, Reyes y Schwob, más que Laercio, son las claves para leer a Bolaño. Prosa enwilcocksizada, intención evangelizadora de Reyes, y desparpajo y humor de Schwob: receta donde está la mitad de Bolaño. La otra mitad está solo en Bolaño.


PD: Hombre de la esquina rosada es simplemente lo más.

LOS FABULOSOS HERMANOS SCHIAFFINO

(encontrá enlaces haciendo clik sobre las fotosy los títulos)


ÍTALO SCHIAFFINO Buenos Aires, 1948-Buenos Aires, 1982


Probablemente no haya existido otro poeta más empeñoso que ítalo Schiaffino, al menos en Buenos Aires y en los años que le tocaron vivir, aunque luego su fama se viera ensombrecida por la estrella ascendente de su hermano menor, el también poeta Argentino Schiaffino. De familia humilde, en su vida sólo hubo dos pasiones: el fútbol y la literatura. A los quince años, cuando ya hacía dos que había abandonado la escuela por un trabajo de recadero en la ferretería de don Ercole Massantonio, se hizo miembro de la barra brava de Enzo Raúl Castiglioni, una de las tantas que agrupaban por entonces a los seguidores de Boca Juniors. No tardó en progresar. En 1968, cuando Castiglioni ingresó en prisión, tomó la jefatura del grupo y compuso su primer poema (al menos el primer poema del que queda recuerdo) y su primer manifiesto. El poema se titulaba Palidezcan los lebreles y tenía 300 versos y algunos pasajes fueron aprendidos de memoria por sus compañeros. Básicamente se trataba de un poema de combate; en palabras de Schiaffino «una especie de Ilíada para la muchachada del Boca». Se publicó en 1969 tras aportación voluntaria y pública y la edición de 1. 000 ejemplares contó con un prólogo del doctor Pérez Heredia en donde se daba la bienvenida al Parnaso argentino al nuevo poeta. El manifiesto era distinto. En cinco páginas Schiaffino exponía la situación del fútbol en la Argentina, se lamentaba de la crisis, señalaba a los culpables (la plutocracia judía incapaz de producir buenos jugadores y la intelectualidad roja que llevaba el país a la decadencia), indicaba el peligro y explicaba las maneras de exorcizarlo. El manifiesto se titulaba La Hora de la Juventud Argentina y en palabras de Schiaffino se trataba de «una criollada a lo Von Clausewitz para despertar a los espíritus más inquietos de la patria». No tardó en convertirse en lectura obligada al menos en los círculos más duros de la antigua barra de Castiglioni.
En 1971 Schiaffino visitó a la viuda de Mendiluce, pero no se conservan testimonios gráficos o escritos. En 1972 publicó El Camino de la Gloria, en donde examinaba, a lo largo de cuarenta y cinco poemas, la vida de otros tantos futbolistas de Boca Juniors. El librito llevaba, como en Palidezcan los lebreles, una amable introducción del doctor Pérez Heredia y un nihil obstat del vicepresidente de la entidad deportiva. La edición fue financiada por los integrantes de la barra brava de Schiaffino, previa suscripción, y el resto vendido en los aledaños de La Bombonera los domingos de partido.
Esta vez se rompió el silencio de la crítica especializada: El Camino de la Gloria mereció reseñas en un par de periódicos deportivos y su autor fue invitado al programa radial «Todo fútbol» del doctor Pestalozzi para que opinara en mesa redonda sobre la encrucijada de la crisis en el fútbol argentino. En aquel programa, que congregara a ilustres nombres del deporte, Schiaffino estuvo mesurado.
En 1975 entregó a la imprenta su siguiente poemario: Como Toros Bravos. En versos de acento gauchesco en donde es lícito ver la influencia de Hernández, Güiraldes y Carriego, Schiaffino cuenta y en ocasiones pormenoriza las salidas de la barra brava a su cargo por diversas localidades de la provincia y un par de viajes a Córdoba y Rosario saldados con victoria visitante, afonía de la hinchada y escaramuzas varias que no llegan a degenerar en peleas callejeras aunque sí en lecciones a elementos aislados de «la masa enemiga». Pese a su tono eminentemente belicoso Como Toros Bravos es su obra más lograda, más libre y espontánea, en donde el lector puede hacerse una idea cabal del joven poeta y de la relación que éste mantiene con «los espacios virginales de la patria».
En 1975, asimismo, y tras la fusión de las barras de Honesto García y de Juan Carlos Lentini con la suya, Schiaffino funda la revista trimestral Con Boca que a partir de entonces será el órgano de expresión y difusión de sus ideas. Allí publicará, en el primer número de 1976, el estudio «Judíos fuera», de los campos de fútbol, naturalmente, no de la Argentina, pero que igual le granjearía múltiples incomprensiones y enemistades. Así como también unas «Memorias del Hincha Insatisfecho», tercer número de 1976, en donde fingiendo ser un seguidor de River Plate vertirá comentarios jocosos sobre jugadores y seguidores del club rival bonaerense, y que persistirá en el primer número de 1977, en el tercer número de 1977 y en el primer número de 1978, bajo el mismo título de «Memorias del Hincha Insatisfecho» II, III y IV, celebradas unánimemente por los lectores de Con Boca y citadas por el doctor Persio De La Fuente (coronel retirado) en un estudio sobre el habla y la picaresca criolla en la Revista de Estudios Semióticos de la Universidad de Buenos Aires.
Es 1978 el año de gloria de Schiaffino. Argentina gana por primera vez una Copa del Mundo y la barra brava lo celebra en las calles, convertidas para la ocasión en un corso mayúsculo. Es el año de Brindis por los muchachos, poema alegórico y desmesurado en donde Schiaffino imagina un país unido como una enorme barra brava al encuentro de su destino. También es el año en que se le ofrece una salida «decente» y «adulta»: no escasean las reseñas y no todas se restringen al ámbito de la caverna deportiva; una radio de Buenos Aires le ofrece un puesto de comentarista; un periódico cercano al gobierno le ofrece una columna semanal dedicada a la juventud. Schiaffino acepta todo pero pronto su pluma fogosa entra en conflicto con todos. En la radio y en el periódico no tardan en comprender que para Schiaffino es más importante ser el jefe de los chicos de Boca que un empleado.
El conflicto se salda con costillas y vidrios rotos y la primera de una larga serie de visitas a la cárcel.
Sin el apoyo de sus viejos valedores, la vena lírica de Schiaffino parece congelarse.
Entre 1978 y 1982 se dedica casi en exclusiva a la barra brava y a mantener en circulación Con Boca en donde siguen apareciendo artículos suyos que arremeten contra los males que sufren el fútbol y la Argentina.
Su poder entre la hinchada no sufrió merma. Bajo su mandato la barra de Boca creció y se fortaleció como nunca. Su prestigio, si bien un prestigio en cierta forma oscuro, secreto, no tuvo parangón: en su álbum familiar aún se conservan las fotos de Schiaffino en compañía de directivos y jugadores del club.
Murió de un ataque al corazón en 1982 mientras escuchaba por la radio uno de los últimos partes de la guerra de las Malvinas.


ARGENTINO SCHIAFFINO, alias EL GRASA Buenos Aires, 1956-Detroit, 2015

La trayectoria vital de Argentino Schiaffino fue comparada, en diferentes épocas, con la trayectoria de varias y a menudo contrapuestas figuras de la literatura y el deporte.
Así, en 1978, un tal Palito Kruger dice, en el tercer número de Con Boca, que su vida y su obra son equiparables a las de Rimbaud; en 1982, en otro número de la misma revista, se le menciona como el equivalente criollo de Dionisio Ridruejo; en 1995, en el prólogo a la antología Los Poetas Ocultos de Argentina, el catedrático González Irujo lo pone a la altura de Baldomero Fernández y sus amigos personales, en cartas a los periódicos de Buenos Aires, lo ensalzan como la única figura civil comparable a Maradona; en el 2015, en una breve nota necrológica publicada en un periódico de Selma (Alabama), John Castellano mide su figura con la figura trágica de Ringo Bonavena.
Los vaivenes que dio la vida y la obra de Argentino Schiaffino en cierta medida dan validez a todos los símiles.
Creció, es un hecho, a la sombra de su hermano quien lo aficionó al fútbol, lo hizo fanático de Boca y lo interesó por los misterios de la poesía. La diferencia entre ambos, sin embargo, fue notable. Italo Schiaffino era alto, fuerte, autoritario, de carácter seco, poco imaginativo; poseía una figura que infundía respeto: nervuda, angulosa, de aire un tanto fúnebre aunque a partir de los veintiocho años comenzó a engordar peligrosamente, tal vez debido a un problema de hormonas, lo que a la larga le resultaría fatal. Argentino Schiaffino era más bien de estatura media tirando a bajo, gordito (de ahí el cariñoso apelativo de el Grasa que cargó hasta su muerte), de imaginación desbordada, carácter sociable y audaz, carismático aunque escasamente autoritario.
Comenzó a escribir poesía a los trece años. A los dieciséis, mientras su hermano mayor triunfaba con El Camino de la Gloria, publicó por su cuenta y riesgo en edición mimeografiada de cincuenta ejemplares su primer libro, una serie de treinta epigramas titulados Antología de los mejores chistes de Argentina que él mismo vendió entre los miembros de las barras bravas de Boca y cuya edición agotó en un fin de semana. En abril de 1973 aparece, siguiendo el mismo método editorial, su cuento La Invasión de Chile, en donde narra en clave de humor negro (en ocasiones parece el guión de una película gore) una supuesta guerra entre ambas repúblicas. En diciembre del mismo año publica el manifiesto Estamos hasta las pelotas, en donde arremete contra el estamento arbitral a quienes acusa de parcialidad, carencia de condición física y en algunos casos consumo de drogas.
Inaugura 1974 con la publicación del poemario La Juventud de Hierro (edición mimeografiada de cincuenta ejemplares), poemas espesos o marchas militares cuya única virtud consiste en alejarle por primera vez de su marco expresivo natural: el fútbol y el humor. Lo sigue una obra de teatro, El Concilio de los Presidentes o ¿Qué hacemos para salir del agujero?, farsa en cinco actos donde los más altos dignatarios de varias naciones americanas, reunidos en una habitación de hotel de una ciudad alemana, deliberan sobre las diferentes maneras de devolver al fútbol criollo su preponderancia natural e histórica, ahora amenazada por el fútbol-total europeo. La obra, larguísima, recuerda escenas de cierto teatro de vanguardia, desde Adamov, Genet y Grotowski hasta Copi y Savary, aunque es dudoso (pero no imposible) que el Grasa se personara alguna vez en un recinto dedicado a espectáculos de este tipo. Citaremos algunas de sus escenas: 1. El monólogo sobre la etimología de la palabra paz y la palabra arte que hace el agregado cultural de Venezuela. 2. La violación del embajador de Nicaragua en uno de los baños del hotel por parte del presidente de Nicaragua, el presidente de Colombia y el presidente de Haití. 3. El tango que bailan los presidentes de Argentina y Chile. 4. La particular lectura de las profecías de Nostradamus que hace el embajador de Uruguay. 5. El concurso de masturbación que organizan los presidentes y las tres únicas modalidades de victoria: grosor, que gana el embajador de Ecuador, longitud, que gana el embajador de Brasil y lanzamiento de semen, prueba máxima, que gana el embajador de Argentina. 6. El posterior enfado del presidente de Costa Rica, que considera «escatologías de mal gusto» tales competiciones. 7. La llegada de las putas alemanas. 8. Las peleas generalizadas, la barahúnda, el agotamiento. 9.
La llegada del amanecer, un «amanecer de un rojo pálido que acentúa el cansancio de los altos capitostes que comprenden por fin su derrota». 10. El desayuno solitario del presidente de Argentina que luego de soltar una serie de sonoros pedos se mete en la cama y se duerme.
Aún tiene tiempo para publicar, en 1974, otras dos obras. Un pequeño manifiesto en Con Boca titulado Soluciones Satisfactorias que de alguna manera continúa el discurso de El Concilio de los Presidentes. Allí propone como respuesta latinoamericana al fútbol-total la eliminación física de los mejores exponentes de éste, es decir el asesinato de Cruyff, Beckenbauer, etc. Y un nuevo poemario en edición mimeografiada de cien ejemplares: El Espectáculo en el Cielo, poemas cortos, ligeros, diríase alados sobre algunos de los grandes jugadores de la historia de Boca Juniors y en donde es posible encontrar semejanzas con El Camino de la Gloría, el celebrado libro de ítalo Schiaffino. El tema es el mismo, la factura de los poemas es similar, algunas metáforas son idénticas, no obstante lo que en el hermano mayor es rigor, voluntad de fijar una historia de esfuerzo, en el hermano menor es hallazgo de imágenes y rimas, humor no exento de cariño por los viejos mitos, ligereza frente a pesadez, potencia verbal y en ocasiones lujo. El mejor Argentino Schiaffino probablemente se encuentra en este libro.
Los años que siguen son de silencio creativo. En 1975 contrae matrimonio y comienza a trabajar en un taller de reparación automotriz. Se dice que durante este tiempo viaja en autostop a la Patagonia, lee todo lo que cae en sus manos, se sumerge en el estudio de la Historia de América y experimenta con drogas psicotrópicas, pero la verdad es que ni un solo domingo deja de aparecer junto a la barra de su hermano, en donde cada vez goza de mayor predicamento, en el feudo de Boca o en campo contrario, animando como el que más. Se dice, también, que durante estos años participa activamente en el escuadrón de la muerte del capitán Antonio Lacouture, en calidad de conductor y mecánico del pequeño parque de coches que poseía éste en una quinta de las afueras de Buenos Aires, pero no hay constancia.
En 1978 el Grasa reaparece durante el Mundial de Argentina con un largo poema titulado Campeones (edición mimeografiada de 1. 000 ejemplares que vende personalmente en las entradas de los estadios), texto un tanto difícil, en ocasiones confuso, en donde pasa sin transición del verso libre a los alejandrinos, a los dísticos, a los pareados y en ocasiones incluso a las catáforas (cuando se introduce en los meandros de la selección argentina adopta el tono del Romancero Gitano, de Lorca, y cuando estudia a las selecciones rivales puede ir desde las ladinas admoniciones del viejo Vizcacha hasta las claras previsiones de Manrique en las Coplas). El libro se agotó en dos semanas.
Nuevamente un largo silencio creativo. En 1982, según confiesa él mismo en su autobiografía, intenta alistarse como voluntario en la guerra de las Malvinas. No lo consigue. Poco después viaja a España, con un grupo de hinchas radicales, para presenciar el Mundial. Tras la derrota sufrida por la selección argentina frente a Italia es detenido en un hotel de Barcelona como presunto autor de un delito de agresión con intento de homicidio, robo y desorden en la vía pública. Junto con otros cinco miembros de la hinchada argentina pasa tres meses en la cárcel Modelo de Barcelona. Es puesto en libertad por falta de pruebas. A su regreso es aclamado por la barra brava de Boca como nuevo líder, jerarquía que no consigue entusiasmarlo y que delega generosamente en el doctor Morazán y en el aparejador Scotti Cabello. Su ascendencia moral sobre los antiguos seguidores de su hermano, no obstante, se mantendrá a lo largo de su vida, una vida que para muchos de los hinchas de las nuevas generaciones adquiere cada vez más tintes de leyenda.
En 1983, y pese a los intentos contrarios del doctor Morazán, desaparece la revista Con Boca, suceso que priva a el Grasa de su único medio de expresión pero que a la larga le resultará provechoso. En 1984, una pequeña editorial político-literaria de Buenos Aires, Ediciones Blanco y Negro, saca de imprentas el volumen titulado Recuerdos de un Irredento, que pasa entre la indiferencia general del mundo literario pero que constituye la primera incursión de Schiaffino fuera del ámbito de la autoedición. Se trata de un pequeño volumen de cuentos de marcado carácter naturalista. El más largo no llega a las cuatro páginas y evoca las mañanas y noches de fútbol de un barrio obrero de Buenos Aires; los personajes son cuatro niños que se autodenominan Los Cuatro Gauchos del Apocalipsis y en donde más de un hagiografista ha pretendido ver reflejada la infancia de los hermanos Schiaffino. El más corto no llega a la media página y describe, en tono jocoso y con abundante uso de lunfardo, la enfermedad o un ataque al corazón o tal vez simplemente la melancolía que padece una tarde cualquiera alguien innombrado y lejano.
En 1985, bajo el mismo sello editorial, aparece Paletadas de Locos, librito de cuentos aún más exiguo que el anterior (56 páginas) y que parece a simple vista un apéndice de aquél. Esta vez consigue atraer la atención de algunas reseñas. En una, brevemente, es tachado de cretino. En otra lo despedazan a conciencia pero sin atreverse con el manejo del idioma exhibido por Schiaffino. Las otras dos (no hubo más) lo alaban abiertamente, con mayor o menor entusiasmo.
Poco después Ediciones Blanco y Negro quebró y Schiaffino pareció sumirse no sólo en el silencio, como en anteriores ocasiones, sino también en el anonimato. Hubo quienes dijeron que la mitad o al menos una parte importante de las acciones de Blanco y Negro le pertenecían y que eso explicaba su desaparición. De dónde pudo sacar dinero Schiaffino para participar en el montaje de una empresa editora, sigue siendo un misterio.
Se habló de fondos obtenidos durante la dictadura militar, de tesoros robados y escondidos, de financiaciones misteriosas e indecibles, pero nada pudo probarse.
En 1987 Argentino Schiaffino reaparece al frente de la barra brava de Boca. Se ha separado de su mujer y trabaja ahora como camarero en un céntrico restaurante de Corrientes en donde su proverbial buen humor pronto lo hace querido e imprescindible para toda la parroquia. A finales de año publica, en edición mimeografiada, tres cuentos de no más de siete páginas cada uno que titula Novelón de los Restaurantes de Buenos Aires y que sin hacerse de rogar vende a sus propios clientes. El primero de los cuentos trata sobre un libanes que llega a Buenos Aires e intenta invertir en un negocio fiable sus ahorros. El libanes se enamora de una carnicera argentina y juntos deciden montar un restaurante especializado en carnes de todo tipo. Todo les va bien hasta que comienzan a aparecer los familiares pobres del libanes. Finalmente la carnicera soluciona todos los problemas liquidando uno por uno a los libaneses, auxiliada por su pinche de cocina apodado Monito, con quien sostiene una relación extramarital. El cuento termina con una escena aparentemente bucólica: la carnicera, su marido y Monito se van a pasar un día al campo y preparan un asado bajo los cielos libérrimos de la patria. El segundo cuento trata sobre un viejo potentado restaurantero de Buenos Aires que quiere encontrar el último amor de su vida y a tal efecto recorre clubs nocturnos, burdeles, casas de amigos con hijas ya crecidas, etc. Cuando por fin encuentra a la mujer de sus sueños descubre que se halla en su primer restaurante y que ésta es una cantante de tangos de veinte años, ciega de nacimiento. El tercer cuento trata sobre la cena de un grupo de amigos en el restaurante de uno de ellos, cerrado para tal efecto. La cena, al principio, parece ser una despedida de solteros, luego una celebración por algo que ha conseguido uno de los comensales, luego una cena fúnebre por alguien que ha muerto, luego un encuentro gastronómico sin otro motivo que el disfrute de la buena mesa argentina y finalmente una encerrona que entre todos o casi todos le han preparado a un traidor, aunque no se nos diga nunca qué es lo que el presunto traidor ha traicionado: vagamente se menciona la palabra confianza, amistad eterna, lealtad, honor. El cuento es ambiguo, sostenido únicamente por los diálogos de los asistentes a la mesa que a medida que avanza el tiempo se van, por otra parte, enrareciendo, haciéndose pomposos y crueles o por el contrario escuetos y lacónicos, punzocortantes. Lamentablemente el cuento acaba con un final previsible y, amén de innecesario, excesivamente violento: el descuartizamiento del traidor en los lavabos del restaurante.
De 1987 es también el extenso poema La Soledad (640 versos) cuya edición costea el doctor Morazán, autor, asimismo, del prólogo e ilustrado con cuatro dibujos en tinta china por la señorita Berta Macchio Morazán, sobrina del prologuista. Se trata de un poema extraño, desesperado, turbulento y que contribuye a esclarecer algunas lagunas en la biografía de nuestro autor: el poema transcurre entre Argentina y México y se desarrolla durante los Mundiales celebrados en este último país. Schiaffino, protagonista absoluto del poema, reflexiona sobre la «soledad de los campeones» en un hotelucho perdido de Buenos Aires que por momentos parece una estancia abandonada en la inmensidad de la pampa.
Luego lo vemos volando a México en Aerolíneas Argentinas, en compañía de «dos guardias negros» que bien pudieran ser miembros de su barra o dos figuras amenazantes.
La estancia en México transcurre entre bares de la peor catadura, en donde verifica in situ los efectos devastadores del mestizaje, aunque en líneas generales se lleva bien con los «borrachos mexicanos» que ven en él a un «príncipe-caracol con su torre destruida», y las pensiones y ciudades a las que se desplaza siguiendo a la selección albiceleste. La victoria final de la selección argentina es apoteósica: Schiaffino ve una luz enorme, como un platillo volador, planear sobre el Estadio Azteca y ve figuras transparentes que salen de la luz acompañadas por perrillos con rostro humano y pelaje de fuego, a quienes los seres transparentes sujetan con correas metálicas. También ve un dedo «de unos treinta metros de longitud» que indica, admonitorio, algo, tal vez una dirección o puede que sólo una nube, en el vasto cielo. La fiesta prosigue por las calles «de aluvión congelado» de la capital mexicana y termina con el Grasa desvanecido, agotado, reintegrado en la soledad de su pensión mexicana.
En 1988 publica, esta vez en edición fotocopiada de cincuenta ejemplares, el cuento El Avestruz, una suerte de homenaje a los militares golpistas y en donde, pese a su manifiesta admiración por el orden, la familia y la patria, no puede evitar algunas pinceladas de humor corrosivo, cruel, escatológico y al mismo tiempo desenfrenado, caricaturesco, paródico, irreverente, el estilo Schiaffino, en suma. Al año siguiente aparece, sin sello editorial y sin fecha, el libro titulado Lo mejor de Argentino Schiaffino, que reúne una selección de sus poemas, cuentos y escritos políticos. Los entendidos no tardan en sospechar que el libro es obra de la editorial El Cuarto Reich Argentino, empresa de vocación mistagógica que apareció y desapareció repetidas veces del mundo editorial bonaerense entre los años 1965 y 2000.
Su figura, poco a poco, adquiere cierta notoriedad en los medios de información del país. Participa en un programa de televisión dedicado a las barras bravas en donde es el primero en reivindicar la violencia de éstas arguyendo a razones tales como el honor, la legítima defensa, la necesidad de la camaradería, el goce puro y simple de las peleas callejeras. De acusado se convierte en acusador. Acude a debates radiofónicos y a más programas de televisión en donde habla de los temas más variados: política fiscal, decadencia de las jóvenes democracias latinoamericanas, el futuro del tango en la escena musical europea, la situación de la ópera en Buenos Aires, la inaccesibilidad de la moda, la educación pública en las provincias, el desconocimiento de los límites de la patria por parte de la inmensa mayoría de los argentinos, el vino nacional, la privatización de las industrias punteras, el Gran Premio de Fórmula 1, el tenis y el ajedrez, la obra de Borges, Bioy Casares, Cortázar y Mujica Lainez a quienes jura no haber leído en su vida pero sobre quienes lanza atrevidas conclusiones, la vida de Roberto Arlt, a quien dice admirar «pese a luchar en bandos ferozmente antagónicos», las claudicaciones fronterizas, la solución para acabar con el desempleo, la delincuencia de guante blanco y la delincuencia callejera, la natural inventiva de los argentinos, los aserraderos cordilleranos y la obra de Shakespeare.
En 1990 acude al Mundial de Italia en donde es considerado, junto a otros treinta hinchas argentinos, como visitante potencialmente peligroso. Previamente el Grasa había manifestado su intención de encontrarse con los hooligans británicos en un acto de reconciliación consistente en una misa por los caídos en las Malvinas seguida de un asado al aire libre. Pese a que todo no pasa de ser más que una declaración de intenciones, la noticia da la vuelta al mundo y a su regreso a la Argentina la notoriedad de Schiaffino se ve considerablemente aumentada.
En 1991 publica dos libros de poesía: Chimichurri (edición de autor, 40 páginas, 100 ejemplares), una desafortunada imitación de Lugones y Darío que en ocasiones llega al plagio puro y duro y que pocos se explican por qué lo escribió y sobre todo por qué lo publicó; y El Barco de Hierro (Ediciones La Castaña, 50 páginas, 500 ejemplares), una serie de treinta poemas en prosa con el fenómeno de la amistad entre los hombres como tema central. El corolario del libro, la trillada sentencia de que la amistad se forja en el peligro, parece anticipar lo que será la vida de el Grasa en los próximos años. En 1992, a la cabeza de un nutrido grupo de su barra, tiende una emboscada en plena vía pública a un autocar lleno de seguidores de River, con el resultado de dos muertos por disparos de arma de fuego y numerosos heridos. La justicia dicta orden de búsqueda y captura y Argentino Schiaffíno desaparece. En llamadas telefónicas a algunos medios de radiodifusión proclama a gritos su inocencia aunque no condena, todo lo contrario, la emboscada sufrida por los hinchas de River, sin embargo numerosos testigos entre los que se cuenta a más de un bañista arrepentido testimonian su presencia en los aledaños del atentado. Los medios de comunicación no tardan en señalarlo como el cerebro e inductor de los hechos. Aquí se inicia la etapa fantasmal, la más apta para todo tipo de especulaciones y mistificaciones, en la vida de el Grasa.
Fugitivo de la justicia, se sabe, por fotos que él mismo se hace sacar, de su presencia en los estadios arropando al equipo como un hincha más. La barra brava, el círculo interno de la barra, los que estuvieron con su hermano y con él desde los primeros tiempos, lo protegen con dedicación fanática. Su vida a salto de mata concita la admiración entre los más jóvenes; unos pocos lo leen; algunos lo imitan y siguen su senda literaria, pero el Grasa es inimitable.
En 1994, durante la celebración de los Mundiales de Estados Unidos, concede una entrevista a un periódico deportivo bonaerense. ¿Dónde se encuentra el Grasa? En Boston.
El escándalo subsiguiente es mayúsculo. Los periodistas argentinos, escamados por las medidas de seguridad de que son objeto y que según ellos atentan contra su dignidad profesional, se toman a chacota el dispositivo policial norteamericano; el resto de periodistas latinoamericanos, más algunos españoles, italianos y portugueses se hacen eco de la mofa; la noticia, una más en el extenso anecdotario que suscita el evento, da la vuelta al mundo. La policía de Boston y el FBI se ponen en acción pero Schiaffino ha desaparecido.
Durante mucho tiempo nada se sabe acerca de su paradero. Públicamente la barra confiesa su ignorancia sobre el destino de su líder, hasta que Scotti Cabello recibe, en la cárcel, una larga carta-poema de el Grasa titulada Terra autem erat inanis, con sellos norteamericanos y remite en Orlando, Florida. La carta-poema, que el doctor Morazán se apresura a publicar mediante suscripción obligatoria entre la hinchada boquense, se abre con una comparación en cadenciosos versos libres de los espacios norteamericanos y argentinos, en uno y otro extremo del continente, sigue con un recuerdo pormenorizado de las cárceles que «el entusiasmo y la inocencia» han hecho conocer «al autor y a sus amigos», en clara alusión a la condena de dos años que en ese momento cumplía Scotti Cabello, y termina en un caos en donde se mezclan las amenazas, las visiones idílicas de la infancia recuperada (la madre, el olor de la pasta recién hecha, la risa de los hermanos alrededor de la mesa, los baldíos convertidos en canchas donde se juega con una pelota de plástico hasta la caída de la noche) y las bromas irreverentes y pesadas, señal característica en la poesía última de Schiaffino.
Hasta 1999 no se vuelve a saber nada más de él. La barra guarda un mutismo absoluto, tal vez sincero. Pese a las insinuaciones del doctor Morazán, a las frases voluntariamente enigmáticas, a las palabras con doble sentido, lo más probable es que nadie en la Argentina sabe nada sobre el destino de el Grasa; todo son suposiciones; aun así, en 1998 los recalcitrantes parten rumbo a los Mundiales de Francia con la certeza de que lo encontrarán, como siempre, animando a la albiceleste. La verdad es muy otra. Durante este tiempo el Grasa se desvincula de la primera de sus pasiones y se vuelca en la segunda: lee todo lo que cae en sus manos, especialmente libros de historia, novela policíaca y bestsellers, aprende un inglés que jamás pasará de rudimentario y se casa con la norteamericana María Teresa Greco, de New Jersey, veinte años mayor que él, lo que le permite acceder a la ciudadanía norteamericana. Vive en Beresford, una pequeña ciudad del sur de Florida y trabaja de jefe de barra en el restaurante de un cubano. Prepara, sin apuro, la que será su primera novela, un thríller de unas 500 páginas cuya acción transcurre en numerosos países y a lo largo de varios años. Sus hábitos han cambiado. Ahora es ordenado y, en cierta medida, se comporta como un monje.
En 1999, como decíamos, vuelve a dar señales de vida. Scotti Cabello, ya en libertad y retirado casi por completo de las turbulencias de las barras bravas y el fútbol, recibe no una carta sino una llamada telefónica de el Grasa. La sorpresa de Scotti es mayúscula. La voz de el Grasa, intocada por el tiempo, desgrana planes, proyectos, venganzas, con el entusiasmo intacto de los primeros años y, cosa que aterra a Scotti, como si el tiempo se hubiese detenido. La confesión de que ya no es el jefe de la barra brava de Boca no parece amilanar a Schiaffino. Tiene órdenes y espera que Scotti las cumpla.
Primero, avisar a los muchachos que está vivo, segundo, anunciar a bombo y platillo su vuelta a casa, tercero, ir buscando editor en español para su gran novela norteamericana...
Scotti Cabello cumple con todos los encargos, salvo el último: en Argentina no hay quien se interese por la obra literaria del Grasa. El que no cumple es Schiaffino que, después de creada la expectativa de su retorno —si bien no entre muchos seguidores— se sume nuevamente en un hosco silencio.
Durante el Mundial de Japón de 2002 algunos hinchas nacionales que rastrean el estadio de Osaka con binoculares creen verlo en los laterales contiguos al fondo sur. Se acercan, dubitativos y felices, pero al llegar ya no lo encuentran. Tres años después la Editorial Bucaneros de Tampa publica su obra Memorias de un Argentino (350 páginas), libro lleno de gángsters, persecusiones de coches, mujeres despampanantes, asesinatos sin resolver, bares donde se reúnen tertulias de detectives privados y policías honestos, aventuras en el ghetto negro, políticos corruptos, estrellas de cine amenazadas, prácticas de vudú, espionaje industrial, etc. El libro goza de un relativo éxito, al menos entre la comunidad hispanoparlante del sur de Estados Unidos.
Para entonces Schiaffino ha enviudado y se ha vuelto a casar. Según algunas fuentes ha estado vinculado al Ku Klux Klan, al Movimiento Cristiano Americano y al grupo Renacer Americano. Pero la verdad es que se dedica a los negocios y a la literatura. Tiene dos restaurantes de carnes a la brasa en el área de Miami y sigue empeñado en la elaboración de una magna work in progress de la que no suelta prenda.
En 2007 publica en edición de autor un libro de poemas en prosa, Los Caballeros del Arrepentimiento, en donde relata, si bien en claves confusas o conscientemente herméticas, algunas aventuras en tierras norteamericanas, desde su llegada como fugitivo hasta el momento en que conoce a Elizabeth Moreno, su tercera esposa, a quien está dedicado el libro.
Por fin, en 2010, aparece la novela tan dilatadamente prometida y esperada. Su título es escueto y sugerente: El Tesoro. Su trama apenas disfraza los recuerdos del propio Argentino Schiaffino que habla de su vida, que la analiza, la desmenuza, que considera los pros y los contras, que busca y encuentra justificaciones. A lo largo de 535 páginas el lector va conociendo aspectos inéditos de la vida del autor, algunos verdaderamente sorprendentes, aunque por regla general las revelaciones de Schiaffino se reducen a un ámbito más bien doméstico: sabemos, por ejemplo, que ante la imposibilidad de tener hijos Elizabeth y él adoptan a un pequeño irlandés de seis años llamado Tommy y a una pequeña mexicana de cuatro llamada Cynthia y a la que añaden, por deseo de el Grasa, el segundo nombre de Elizabeth, etc. Políticamente Schiaffino deja las cosas claras. Claras a su manera. No es de derechas ni de izquierdas. Tiene amigos negros y amigos del Ku Klux Klan (entre las fotos del libro hay una donde se ve una parrillada en un patio trasero; todos los comensales visten las togas y capuchas del Klan, menos Schiaffino que va vestido de cocinero y que usa una capucha blanca sobrante para secarse el sudor del cuello). Está en contra de los monopolios, sobre todo del monopolio de la cultura. Cree en la familia pero también en la diversión «propia y natural de los varones». Confía en los Estados Unidos, cuya nacionalidad ha adquirido, aunque enumera —la lista es larga e intrascendente— las cosas que deberían mejorarse.
Los capítulos dedicados a su vida en la Argentina y en especial a su destacada participación en las barras bravas son insignificantes en comparación con los dedicados a glosar su experiencia norteamericana. Incurre en falsedades históricas, aunque tal vez éstas encubran, como metáforas desquiciadas, algunas verdades. Por ejemplo, dice haber participado en la guerra de las Malvinas como soldado raso y haber obtenido por su actuación en diversos combates la Medalla al Valor San Martín y los galones de sargento.
Su descripción de la lucha por Goose Green abunda en detalles de humor negro aunque peca de inverosímil en el plano estrictamente militar. De su largo periplo al frente de la hinchada futbolística de Boca apenas habla. Se queja, eso sí, de que en Argentina nunca prestaron demasiada atención a sus libros. Por el contrario, su vida en los Estados Unidos, la real y la imaginada, está relatada con vigor y minuciosidad. El libro abunda en capítulos dedicados a mujeres. Entre éstas tiene un sitial de honor su segunda esposa, la «querida y añorada compañera» que le abrió las puertas «de su biblioteca personal». Entre los deportes sólo le interesa el boxeo y la gente que se mueve alrededor del boxeo constituye un material de primera mano: italianos, cubanos, viejos negros melancólicos, todos son sus amigos y a todos hace hablar y contar historias profusamente.
Tras la publicación de El Tesoro su vida parece definitivamente encarrilada, pero no es así. Una mala administración o unos malos amigos lo llevan a la quiebra. Pierde sus dos restaurantes. El divorcio no tarda en llegar. En 2013 abandona Florida y se instala en Nueva Orleans, donde trabaja como director del restaurante El Chacarero Argentino. A finales de ese mismo año autoedita en Nueva Orleans su último libro de poemas: Historia oída en el Delta, ramillete de chistes no por melancólicos menos desaforados, en la línea de sus mejores versos boquenses. En 2015 abandona Nueva Orleans por causas desconocidas y pocos meses después uno o varios desconocidos lo matan en el patio trasero de un garito de Detroit.





Del Libro LA LITERATURA NAZI EN AMÉRICA, de Roberto Roberto Bolaño