lunes, 31 de marzo de 2008

Carta desde Buenos Aires 2

¡Hola, mis queridos amigos!

¿Cómo andá n todos?

Acá tranqui tranqui. Masomenos. Como tiene que ser.

Les cuento las novedades: Estoy trabajando en un lugar de telemarker, vendo fajas por teléfono cremas de caracol, potenciadores sexuales, etc., a latinos (especialmente mexicanos) que viven en USA. Seis horas por día, seis días por semana, incluyendo domingos, pues los sábados son mi franco. Hago como doscientas llamadas por día. Probablemente quedaré sordo por la cantidad de llamadas y profundamente perturbado por lo que escucho y digo a diario.

El domingo entré a trabajar a las cuatro de la tarde y estuve hasta las diez de la noche. Vendí 6 fajas, con crema liporreductora incluida. Muy buena onda la economía mejicana ese día. El lunes y martes, en cambio, fui presa de una profunda timidez (quizá debería decir, para ser más exacto, vergüenza), lo que me impidió organizar cualquier discurso telefónico. Por ende, no vendí. Ergo, nada de comisiones. Bajón. Espero sinceramente que a partir de ahora me vaya mejor. Es más, a partir de ahora debo mejorar.

Por otra parte he hecho nuevos amigos. Hace tres viernes voy a una especie de centro cultural, bastante parecido al Espacio Sajonia, el centro cultural que había en Sajonia, que fue el precedente del "otro" espacio, tan caro a los afectos asuncenos.El lugar este se llama Maldita Ginebra y queda cerca de donde vivo, en Abasto. Abre una vez por semana, los viernes, desde las 23 horas, hasta que la gente se va, es decir hasta la mañana. Leen poesía, son todos poetas. Un horror, todos poetas. Algunos de más de cincuenta años (hay uno de 70 o 75 años), otros un poco más jóvenes. Todos borrachos, histriónicos. Un horror. Cada viernes van poco más de 15 personas. Dos músicos rockeros del paleolítico improvisan (muy mal) baladas de los 60 o 70, luego suben a leer los poetas. Uno tras otro, sentados a una mesa con micrófonos y luces, se ubican los poetas en el escenario. Se toma cerveza. Al parecer, la gente ya llega borracha. El dueño es un boliviano precolombino, también bastante borracho, que toca el charango (muy mal) a la primera oportunidad y luego suelta complicados párrafos sobre los indígenas. Los que atienden el bar son dos hijos suyos, uno de 17 y el otro de unos 15. Si hay una ley que prohíbe que menores consuman alcohol, no sé si habrá una que regule a menores vendiendo.

El primer viernes (22 de febrero) ya me preguntaron si traje algo para leer. Oh, no, muchas gracias, fue mi respuesta.

El segundo viernes (29 de febrero), como solo había 5 personas, leí algunas cosas de unos libritos artesanales estuve fabricando para vender en bares, y que tienen escritos míos recortados en tiras como versos de un poema. Ovación general (4 personas). Me hicieron hasta una entrevista, en el escenario, con micrófono abierto. El problema era que los entrevistadores eran a la vez el público y nadie hacía mucho caso de las tonterías que yo iba diciendo porque estaban pensando sus respectivas preguntas y emitiendo opiniones varias a la vez que yo hablaba.

El viernes pasado (7 de marzo) llevé algunos poemas de Carlitos Bazzano, poeta luqueño, y Monserrat Álvares, una poeta peruana que vive en Asunción; también leí escritos míos y terminé vendiendo el librito que había llevado para leer. Me alcanzó para tomarme una cerveza.

Luego de que terminé de leer, un tipo habló de la fiebre amarilla y no le escuché muy bien porque estaba frente a todo el mundo (unas 20 personas) y tenía mucha vergüenza y me concentraba para no desmayarme o llorar. Por lo demás, no tenía nada que decir al respecto porque no sé mucho del tema.

Conocí a un poeta muy bueno, buenísimo, llamado SC (34 o 35 años), un correntino que vivió en Brasil, cerca de la triple frontera. SC estuvo en Asunción algunas veces, conoce el Yacaré y a un montón de gente de allá. De paso, me preguntó cómo conseguir la tipografía del yaca para un libro de él. En semanas anteriores SC estuvo leyendo poetas paraguayos en el ciclo de Maldita Ginebra (¡algunos en jopará!). Muy buena onda el tipo.

Después de Maldita Ginebra seguimos tomando cerveza en el depto donde vivo hasta las 10 de la mañana, hablando de literatura. Hace un montón que no hablaba de literatura, fue muy gratificante para mí. Cuando yo hacía esfuerzos atroces por mantenerme despierto, SC sacó un sobrecito de papel y se metió un sobregondi que haría retroceder de terror al propio terror. Entonces, al darme cuenta que no se iba a cansar nunca, decidí quedarme dormido en la silla. Por suerte SC se compadeció y decidió marcharse, instintivamente encontró el momento exacto, pues por un momento casi temí que se quede para siempre. Digo casi porque justo en ese momento se marchó. Muy cortez la actitud. Me pregunto dónde habrá ido a parar con lo cargado que estaba. Igual, no hubiera sido tan malo que se quede más. Es muy agradable conocer buena gente, y es bastante difícil. Me dejó su mail, que perdí, así que tengo que encontrarlo en alguno de los papelitos que hay por la casa para ver en qué quedamos estos días.

Mi hermano Bechi vino con la novia a verme estos días. También amenazó con quedarse para siempre pero al final terminó marchándose. Estuvimos hablando guaraní y tomando cerveza como condenados. Menos mal que se fue. SE estaba volviendo inestable el asunto. Es bueno que la gente se marche, marcharse es una buena actitud ante la vida.

Eso es todo respecto a mis aventuras de estos días.

Cuidado con los resabios del Mosquito.



10 marzo-2008

Nueva York postcriptum













La ciudad en que se habla todas las lenguas, Nueva York, paseada por “Ciudad de cristal”, novela del estadounidense Paul Auster (EE.UU 1947), “Ningún lugar sagrado”, cuentos del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa (Guatemala 1958) y “Cosmópolis”, novela de Don DeLillo (EE.UU 1937). Tres obras secundarias de tres autores de primera línea.



Escritas por y para fanáticos de esta urbe megalómana que empieza y se acaba en sí misma y que, como el hombre propuesto por el filósofo, es la medida para todas las cosas, estos tres textos rinden culto a la vieja religión ciudad-centrista (profesada en su época en honor a Babilonia, Atenas, Roma, Chan-chán, Tenochtitlán, etc.) asentada ahora en el este de los Estados Unidos: despierta amor en Auster, un enamoramiento de los detalles normalmente descartados y a condición de permanecer anónimos; en Rey Rosa este amor (o fascinación amorosa) es matizado por el fastidio y el estrés de sentirla, como si luego de ponerle una camisa de fuerza el escritor hubiera sido arrojado a los laberintos de un gigantesco shopping de excentricidades; y en DeLillo Nueva York se reduce a líneas estadísticas en las que el amor o cosa parecida carecen de importancia, pero en la que, sin embargo, en medio de la maraña capitalista, todavía es posible entrever auténticos actos de entrega amorosa.

En Auster la ciudad es armónica como una sinfonía galáctica: la pesadilla que provoca su tamaño inconmensurable es estéticamente interesante. En Rey Rosa esta armonía lleva directamente a la locura, al sinsentido pavoroso, a la muerte estúpida. Y en DeLillo: «...el fluir desmedido y la rapiña, en donde la voluntad física de la ciudad, las fiebres de egolatría, las reafirmaciones de la industria, el comercio y la muchedumbre configuran cada momento en calidad de mera anécdota».

"Ciudad de Cristal" (1985)

Este es el primer volumen de la “Trilogía de Nueva York”, que es completada por las novelas “Fantasmas” y “La habitación cerrada”.

Es muy particular y ya patentado el estilo austeriano: ambientación poética a la francesa; rastros de la exigencia existencialista a al ubicar al personaje en situación límite, también a la francesa; pretensión metafísica, elegancia en la prosa, en fin, lo único que sitúa la novela en la gran tradición norteamericana es el ombliguismo y la conspiración, que aquí no son tan excesivos, dicho sea de paso.

Apenas Auster retrata someramente al personaje principal, nos topamos con un escritor-padre al que le han muerto el hijo y la esposa. Efecto dejà vu (sic). Ya desde su primera novela: padre separado del hijo tras divorcio, “La invención de la Soledad”; luego hijos y esposa muertos, “El libro de las ilusiones”; y así etcétera.

Me da por pensar: al vez estos personajes podrían asociarse, buscarse un buen abogado y fundar una asociación de personajes de novela que denuncien a Paul Auster por infanticida; pues, si bien no les mata los hijos, los separa de ellos por medio de divorcios, etc.

Uno de los temas principales es el “lenguaje originario”, el que hablaban Adán y Eva en el Edén, el lenguaje de Dios –“Ciudad de Cristal” bien podría llamarse así por parafraseo del Topus Uranus de Platón). Un niño que no aprende a hablar el lenguaje de los hombres, dice uno de los personajes, forzosamente tendría que hablar el lenguaje de Dios. Ergo, fuerzo esta comparación, un escritor que se encierra en busca de un lenguaje propio, no dependiente de lo que hablan habitualmente los mortales y, por tanto, otros escritores, tendría que, al menos, aproximarse un poco a este lenguaje. Teniendo de fondo la Torre de Babel (Nueva York), el detective-escritor Quinn-Auster trata de proteger al último hablante del lenguaje de Dios de la amenaza de un teólogo esquizofrénico con delirios místicos: quiere reencontrar, recuperando este primer lenguaje, un sentido al cual pueda aspirar toda la humanidad, como era en los tiempos que todos construían la Torre de Babel, para así, tal vez, hacer a esta humanidad aún más fuerte que el mismo Dios.

El recurso cervantino de introducir un texto previamente escrito y que no pertenece al autor de la novela, más que servir de columna vertebral del relato, parece una parodia de este recurso, pues el autor de la novela (Paul Auster), interviene como personaje y, en el momento de tener la oportunidad de estructurar él el manuscrito del protagonista (Quinn o William Wilson o Paul Auster o Peter Stillman, el conflicto de identidades empieza apenas iniciada la novela y sigue a lo largo de sus páginas), manifiesta su temor de involucrarse y deja esta tarea a un amigo, que se que se hice finalmente cargo de darle un cuerpo a la novela.

Hay remansos de paz en la novela: la vida del propio Auster (el escritor, que aparece como personaje), el cielo entre los dos edificios que vislumbra Quinn, la locura de Peter Stillman padre, etc.

Un triller de apariencia común y corriente, aburrido incluso en los comienzos, que luego va enredándose en una telaraña delirante y que se despide con un final un poco acartonado.

“Ningún lugar sagrado” (1998)

En Rey Rosa hay otra versión de la ciudad de Nueva York. Aquí ni siquiera se pretende un escape. Quizá no otra versión: otra manera de decir lo mismo.

Los nueve relatos que componen el libro fueron escritos por un extranjero hasta cierto punto cautivado por el exotismo neoyorquino, como un Paul Bowles marroquí (de quien Rey Rosa fue amigo y traductor): Bowles queda seducido por el norte de África, escribe relatos influidos por la cultura de la zona, en las que se asoma el horror, delicadamente expuesto; por su parte Rey Rosa escribe, fascinado a su vez por el exotismo neoyorquino, con una prosa hiperviolenta: es el horror expuesto con horror.

Aquí desfilan un mendigo-chef, muerto por celos; un asesino profeta que mata a una inconsciente imitadora de Paracelso; un hombre con pretensión de reestructurar el sistema penitenciario privado; inmigrantes latinoamericanos que escriben cartas; cintas de video freak; la escritura atentando contra el espíritu; y un grupo de poetas que preparan bombas.

Por supuesto, hay personajes latinoamericanos: el cuento que titula el libro, “Ningún lugar sagrado”, escrito en Cali, Colombia, abre un agujero por el cual se cola la historia contemporánea de Latinoamérica: dictadura, paranoia, exilio, crímenes políticos sin resolver. Y, no podía ser de otra manera, el homenaje al salvadoreño Horacio Castellanos-Moya, insigne representante de la literatura latinoamericana más rabiosa. El cuento transcurre en Nueva York, obviamente.

Las influencias de la entropía en este libro son manipuladas para obtener una concisión maravillosa: en 90 páginas, pincelados solo en algunos rasgos ciertos personajes, podemos aproximarnos al violento caos neoyorquino, sin ningún sentido más que la aceleración indiferente de su pathos (en gr. dolencia), que no es un pathos humano, sino uno bio-arquitectónico: mezcla de instinto, cultura, tecnología y cemento.

La ciudad pasa de ser un producto humano a producir un tipo específico de ser humano que posee ya intrínsecamente rasgos inhumanos. Esta inhumanidad no es solo producida por la perversión que introduce la cultura (alineación Marx dixit, y Adorno, Benjamín, etc.) o el lenguaje (Hegel, Wittgestein, Lacan) en un estado biológico-armónico. Sino que esta perversión afecta tanto a la biología como a la cultura y el lenguaje: el erotismo de la ciudad, lo que tiene de inaprensible, de imposible (como llama Bataille al cielo inalcanzable pero siempre presente y próximo en el éxtasis amoroso). A diferencia del erotismo humano, que oculta a la vez que muestra (es erótica la piel que aparece y desaparece en el intersticio entre la manga y el guante, la abertura del cuello de la camisa: “El Placer del texto”, Roland Barthes), la ciudad siempre lo muestra todo y está en todas partes: es lo imposible por ser cielo y tierra a la vez, y estar en todas partes, pues nos quema las pupilas con su exceso de presencia y así nos deja ciegos.

“Cosmópolis” (2003)

Dedicada a Paul Auster, en esta novela abundan los guiños, de hecho es un Gran Guiño: la cadena literaria se remonta al Ulises de Homero, pero sobre todo al de Joyce (por limitarse el periplo al terreno de una ciudad). En este caso, al no poder volver a su casa, Ulises (Eric Packer, multimillonario gracias a la bolsa) no solo pierde a su intermitente Helena (Elise Shifrin), sino también su vida entera luego de ser castigado por el mercado (Nuevo Dios del Olimpo). Y es, claro, un homenaje al cosmopolitismo de Nueva York, donde abundan los inmigrantes, venidos “del horror y la desesperación”.

En el transcurso de un día el protagonista, a bordo de una limosina extralarga, blindada y equipada con todo lo necesario para vivir dentro (con retrete y pantallas donde se siguen las fluctuaciones de las bolsas de valores de todo el mundo) atraviesa atascamientos por la llegada del presidente a la ciudad (con amenaza terrorista incluida), una manifestación anarquista, el funeral de un cantante de rap, el rodaje de una película, a la vez que, desde su limosina, va apostando su fortuna (¡104 millones de dólares!) contra el yen: diversas manifestaciones del sistema de libre mercado.

Esta novela, escrita con un cinismo acorde a la narrativa norteamericana durante la guerra fría y las guerras de Corea y Vietnam (recordemos, para citar nombres conocidos por estas latitudes, a Arthur Miller y Norman Mailer), y a las paranoias conspirativas (a lo Philip K. Dick y Thomas Pynchon), se inscribe a la línea de lo más interesante de la literatura Norteamérica post-guerra fría. El protagonista de la odisea de un día tiene una actitud dictada por su sistema de vida (a lo Bret Easton Ellis, en “American Pshyco”) que, al ser enfrentado con problemas demasiado cotidianos (próstata asimétrica y un error cálculo y, por decisión propia, la bancarrota) pierde las perspectivas y se autodestruye, es decir destruye todo lo que le pertenece: su cuerpo, su dinero y el de su esposa, su guardaespaldas, etc. Eric Packer se deja arruinar por no poder fundirse con las fluctuaciones del mercado, se deja arruinar por no poder ver ni la lógica ni el porvenir oscuro, inconstante de las fluctuaciones del mercado.

Hay interesantes metáforas en apariencia periféricas pero que son la columna vertebral del relato: la música electrónica, que reemplaza la piel y el cerebro por un tejido digital; un militante anarquista que ataca a pastelazos a los embajadores del capital; la fusión del ser humano con la tecnología; armas checas activadas con la voz; imágenes actuales que recuerdan las luchas antiimperialistas de los 60; el funcionamiento muscular del corazón humano; el posible y a la vez improbable fin del capitalismo; y, entre otras cosas, esta frase: “La rata deviene moneda de curso legal”.

En fin, un relato por momentos espeluznante.

Si bien es cierto que es una buena novela, hay que decir que estructuralmente adolece de algunas vértebras flojas.

Aún así, es un “hay más” que nos dice DeLillo: sin duda uno de los mejores escritores vivos.

Posdata: «Excelente sería inventar un catecismo, o, más precisamente, un plan de estudios que permitiese transformar en una suerte de castores a la mayoría de los hombres. No conozco animal mejor de la creación: No muerde más que si se lo quiere capturar, es laborioso, en extremo marital, buen artesano, y tiene la piel de primerísimo calidad.» Georg Christoph Lichtenberg

Carta desde Bs. As. (I)

Escribe: Ever Román

¡Hola!

Por acá sin informaciones relevantes. Llovizna, está fresquito el clima.

Hoy leí un artículo en Clarín que habla de la peste de fiebre amarilla en Buenos Aires, en 1871. Hubo más de 13 mil muertos. En esa época creían que la fiebre amarilla se transmitía por contagio, entonces enterraban en yeso a los muertos. El casco principal de la ciudad estaba en San Telmo (hoy, llena de turistas, es la parte más vieja de Buenos Aires), había muchos inmigrantes españoles e italianos que vivían en cualquier parte entre las casonas señoriales de la zona. Cuando arrancó la peste, acusaron a los inmigrantes de transportarlas, como si fuera un mal inherente a la pobreza. Cadáveres por todas partes fue el saldo, y como resultado muchas casonas fueron abandonadas y empezaron a poblarse zonas de Buenos Aires donde antes solo había campo (el Barrio de Flores, entre otras partes). Las casonas pasaron a convertirse en conventillos, y hoy quedan todavía rastros de estas pensiones en forma de baratísimos y desastrosos cuartos con baño compartido.

Por otra parte, hay varios hostales y las piezas un poco más cuidadas cuestan una fortuna y se alquilan principalmente a turistas extranjeros. Hay muchos artesanos, pero por suerte (se cree) no trasmiten la fiebre amarilla, aunque son mirados y tratados como peste. También escuché por radio a una vieja que decía que la fiebre amarilla se transmite por los monos y me imaginé a Asunción poblada por monos amarillos esparciendo la enfermedad. Tengo mala memoria: ¿está Asunción poblada de monos amarillos? En las noticias hay una mezcla de intención solidaria, lástima, miedo, horror en algunos casos, por lo que pasa con los muertos en Asunción. No pasa una hora sin que se pasen informes acerca de posibles casos y vacunaciones en las zonas de frontera con Paraguay y Brasil. Por otra parte, mucha gente sigue creyendo que se transmite por contagio, así que en el fondo lo que desean es que se ponga en cuarentena a Paraguay y se cierren las fronteras. También se escuchan comentarios que muestran una particular satisfacción con la muerte de paraguayos, y me miran con cierto recelo cuando escuchan mi acento.

También hay gente a la que no le interesa en absoluto el tema. Y gente que dice: “Y es normal, con toda la basura que hay allí”; o: “Y en las selvas es donde viven los mosquitos y los monos, tenía que pasar alguna vez”, etc.

Pero hablando de otra cosa, otra noticia que arrasa con todo es lo que pasa entre Ecuador, Colombia y Venezuela. Se sacan las máscaras los medios de prensa y sin asco dicen: “Chávez es un bandido que apoya la guerrilla y los secuestros”, o: “A la Argentina no le queda otra, si se da el caso, que ponerse del lado de Colombia, pues es lo que debe hacer cualquier país civilizado”; o: “Esta es la oportunidad de Chávez de volver a ganar poder mediático después de perder liderazgo en Latinoamérica y esquivar la atención de los problemas internos: hambre, dictadura, odio de sus paisanos”, etc. ¡No me quiero imaginar lo que se escuchará en Asunción por radio! ¡Clari Arias y Vargas Peña! ¡Hugo Rubín! ¡Y los comunicados de los movimientos de izquierda..! Supongo que ya me tocará leer alguno. Hoy en Radio Colonia (que alguna vez fue una radio clandestina en época de la dictadura, y hoy de derechas, con Mauro Viale a la cabeza) estuvieron contabilizando las tropas de los tres países, llegando a la conclusión de que no vale la pena preocuparse, porque el ejército de Colombia es más grande que el de Ecuador y Venezuela juntos. En fin, nada fuera del marco de lo que pueda esperarse es lo que ocurre por acá.

Estuvo lloviendo en estos días y la ciudad se inundó unas veces: autos flotando, gente que tenía que nadar entre una calle y otra; quejas de todo el mundo por cualquier cosa (”¡Por qué no empieza ya la construcción del tren bala! ¡El subte de Buenos Aires es más chico que el de Santiago de Chile que es mucho más chica! ¡Fuera cartoneros de las calles bonaerenses!” -hace poco quitaron un tren que transportaba a los cartoneros a provincia, desalojan villas todos los días, en los barrios la gente escupe su asco a la cara de todo cartonero, la gente aplaude con las medidas nazis de Mauricio Macri, intendente-, y también: “¡Fuera Bolivianos de mierda, indios! ¡Fuera peruanos ladrones, indios, drogadictos y sucios! ¡Fuera paraguayos ignorantes y transmisores de enfermedades salvajes!”, etc.).

En fin, todo transcurre con normalidad. Me gustaría poder recibir noticias de Paraguay, ya que los periódicos no dicen nada interesante, así que les agradecería chismes a cualquiera que se digne. Yo sigo buscando otro trabajo, pues soy pésimo vendedor y me deprimo atrozmente. Analizo las ofertas de trabajo acorde con mi nacionalidad paraguaya: prostituta, albañil, cartonero, asaltante, limpia baños, doméstica, etc. No me siento convencido. Intento otras propuestas. Ayer entregué mi currículo a un correo privado, donde solicitaban repartidor. Hoy, en un ratito, me fijo en un puesto de diario donde necesitaban revistero. Veremos.

Cuídense mucho, usen repelente, esquiven el contacto con monos y quiéranse, que eso siempre está bien. Saludos a todos.

9 - Marzo -08