miércoles, 5 de noviembre de 2008

La muerta enamorada


Théophile Gautier escribió esta novelita gótica cuando tenía alrededor de 25 años, influído por E. T. A. Hoffmann y Matthew Gregory Lewis, cuyas obras "Los elíxires del Diablo" y "El monje", que relatan el mismo tema (un religioso que cede su castidad por las pasiones del cuerpo). En los tres relatos los hechos sobrenaturales se mezclan con los sueños, la mujer es el demonio, la entrega a la fé mediante oraciones y otros sacrificios recupera el alma para Dios. En fin, típico del delicado espíritu de la época, en que blasfemar servía para redirigir las almas al cadalso. Pero en los tres relatos, cada autor se sirve de una o dos páginas para tambalearnos. El demonio es hiperseductor en El monje, el onirismo domina la narración de Hoffmann (lo siniestro, como definiría Freud luego). Lo que diferencia a Gautier de estos dos, es su énfasis preciosista. La belleza de la prosa del francés es insuperable. Ya le puso Baudelaire el epíteto por el que le recordamos, en su dedicatoria de Las Flores del Mal: ...perfecto mago de las letras francesas.
"La muerta enamorada" es la confesión del Cura Romualdo, que a sus 68 años recuerda la única vez que se enamoró en su vida de párraco (" el amor es una historia singular y terrible"), amor que pudo vencer gracias a su sacerdote de cabecera (tipo doctor de almas), el ínclito y pesado Serapione.
El día principal y más esperado por Romualdo, cuando estaba en la fila de espera junto con otros seminaristas para ser ungido como sacerdote, emocionado hasta las bolas, tembloroso en medio de la misa, ve en la iglesia a una mujer sentada en los últimos bancos ("Esa mujer era un ángel o un demonio, acaso ambos... no procedía de Eva, nuestra madre común") y ahí nomás se enamora hasta la médula, epifánicamente, y empieza una aventura por derroteros confusos, durante tres años, hasta que gracias a Serapione y, vale decirlo, su delirante elección por Dios, se salva. O condena. A sus 68 años, Romualdo todavía se estremece al pensar en el nombre de Clarimonda (sensualísmo el nombre, no?). No sabe si hizo bien o mal, su sacrificio le hurtó la felicidad, pero lo reconcilió con dios.
Roger Callois decía que esta historia de Gautier era la réplica occidental del sueño de Chuang-Tsé (cuando éste despierta y no sabe si es un filósofo que soñaba ser una mariposa o si una mariposa que sueña ser un filósofo), En efecto, la vida de Romualdo se maneja entre dos ejes complementarios a partir de que conoce a Clorimonda: es un cura penitente y enamorado, y también un libertino enamorado: en una especie de sueño, Romualdo vive ambas vidas a partir de ahí.
Hasta la mitad del libro, el argumento es genial; hacia el final, deriva en una lastimosa simpleza. Toda esa cosa vampiresca, decía Callois. Simpleza y apuro por acabar, digo yo. En fin, nada de esto le quita la genialidad. La prosa, tan hermosa, perfecta, es liviana y tensa como los aleteos de la mariposa de Chuang-Tsé. Como una cuerda de arco a punto de reventar la manzana de tu corazón. Oh l'amour! Uno tiende a decir estas cosas por flojera metafórica.
En la prosa de Gautier están las novelas eróticas de Musset, los parnasianos escribiendo sobre cualquier cosa, cierto Baudelaire, etc. Grandes educados.
En fin, se disfruta.
Aquí abajo va el párrafo en que Clarimonda declara su amor a Romualdo (todo lo cual es dicho, para más espectacularidad, telepáticamente), cuando éste la mira justo antes de recibir la unción que lo condenará a cura:

«Si quieres ser mío, yo te haré más dichoso que el mismo Dios en su paraíso; los ángeles te envidiarán. Desgarra ese fúnebre sudario con que van a envolverte; soy la belleza, soy la juventud, soy la vida: si acudes, seremos el amor. ¿Qué podría ofrecerte Jehová en cambio? Nuestra existencia se deslizará como un sueño y será un beso eterno. Derrama el vino de ese caliz y serás libre. Te llevaré a islas desconocidas, dormirás junto a mí en un lecho de oro macizo, bajo un dosel de plata; porque te amo y quiero arrancarte a tu Dios, hacia quien tantos corazones vierten torrentes de amor sin alcanzarlo jamás».



.

4 comentarios:

Ojaral dijo...

Mmmmmm, ¿a ud le parece tan bueno? Serán prejuicios míos, pero yo de leer ese párrafo nomás, esquivo el libro en cuanto lo vea. Para curas enamorados (o calientes), me quedo con el padre Amaro, de Eça.
Sepa disculpar, don Ever.
Saludos!

e. r. dijo...

Oh, sí, Eça es más pasional, realista de paso. Y Gautier, como gran parte de la literatura francesa simbolista, es más que nada intelectual. La verdad que a mí me gusta mucho, me enseñó mucho a la hora de escribir la manera que hace cabalgar lo folletinesco, lo gótico, la estructura del cuento clásico, con la plasticidad de un lenguaje nuevo (en su época, claro), cristalino, poético; encima, la creación de un personaje como algo más importante que el lenguaje del escritor. En este caso difiere de muchos de la época.
Y debe disculparse con Gautier, mi amigo, que encima parece satanista.
Saludos

Richard dijo...

Hola Ever:

Lo siento la demora, pero justo descubrí esta hermosa entrada tuya sobre el famosísimo cuento de Gautier. Vos tenés toda la razón en cuanto a los placeres oníricos de la trama: es una obra divertida si, por supuesto, está escrita en un estilo anticuado. ¡Qué buena sorpresa la de encontrarme con este post hoy! ¡Un saludo afrancesado!

Andromeda dijo...

Sin duda mi reseña no es, ni de lejos, tan genial como la tuya.
Como dices, es un libro para disfrutar. Por cierto que tengo El monje pendiente en la estantería. Lo intenté con Los misterios de Udolfo, de Ann Radcliffe, pero lo dejé por la mitad; leí a trompicones El tío Silas de Le Fanu, y cómo olvidar al inaugurador Castillo de Otranto.
Lo que sí pienso releer es Carmilla; me parece que lo mejor del género está en los relatos, aunque es aventurado decir esto porque en realidad he leído poco.
Me alegra poder compartir esto con alguien que conoce la obra y el tema. Gracias, ¡un saludo! :)